Tengo sólo un secreto.
Me queda este secreto solo,
de tantos cuantos tuve,
vanamente.
Vive en un aire sur,
en un silencio de araucarias,
tiene el signo del fuego en la mirada y las manos,
cuando el viento y la mañana
acechan su figura de gracia
con tajos de ventisca.
Allí se guarda mi secreto en un rincón
de piedra y maderas aromadas.
Allí se entibia mi secreto
con el rescoldo pardo de la lana,
lo arrebuja una mano invisible con rumores y canciones,
lo alimenta con trigos y avellanas maduras
y miel de flores,
silenciosas y aguerridas.
Por las ventanas,
heladas de soledad y brillantes de ternura,
quieto al fondo de un valle de tormentas,
está de pie la majestad de un cerro,
con su ceño de cumbre en guardia cada día,
cada noche sin luna.
Vigila mi secreto como un padre,
como un rey a su reino.
Como un guardia a mi reino:
tan insignificante yo
con ese reino inmenso...
Algunas noches,
mi secreto visita mi lecho a oscuras.
Una sonrisa de lirio ilumina
mi sueño,
que apenas es sereno y feliz en este llano,
tan lejos de su aire.