miércoles, 26 de marzo de 2008

La pampa tiene el ombú

Qué se yo.

Seguro que no.

Y más que seguro, mire lo que le digo.

Porque estoy casi escandalosamente seguro de que usted, amable e ilustrado amigo, no tiene la más mínima idea de qué es esto:



Y no se le vaya a ocurrir que yo sí sé qué cuernos es. Para nada...

Y no tanto desdén, cumpa, no tanta sorna: sepa usted, por si le importa, que me costó un nada agradable tiempete de navegación por sitios procelosos y procaces, hasta que, finalmente, rastreando y escarbando siempre librado a mi intuición ignara, llegué hasta la madre del borrego.

Sí.

Aquí está: es la insidiosa nueva fórmula para calcular las famosas retenciones a la exportación de granos, que tanto se menean hoy por hoy y que a tantos menea a favor y en contra.

Sepa, compagno, que la supracitada está completita y bonitamente explicada en la aún menos socorrida Resolución 125 del 10 de marzo de 2008, emitida por el Ministerio de Economía y Producción, comunicada por la circular que emitió la Dirección de Nacional de Mercados. Si la quiere un poco explicadita, también hay. Y si la quiere actualizada, también. ¡Qué tal!

Así que, seamos serios: primero lo primero (aunque, usted me va a disculpar, tengo la fundadísima impresión de que saber más o menos de esta formuleja no sirve para mucho...)

Aúpa, chaval: lea la resolución, lea todo lo que pueda más bien, medite, vea, salga a ver, recuerde, no sé, haga cuentas (si le da para eso...); usted verá...

Después, si cuadra, podemos hacer algunas consideraciones sobre el asunto.

Una sola cosilla más (porque vamos a tener que hablar de tantas cosas, fíjese...): le pediría que me hiciera la caridad de saberse sus lecciones, caro mio, todas las lecciones -no solamente las formulitas-, y no me venga con fraslafras, porque para cuando volvamos a encontrarnos tengo unas cuantas preguntas acerca de este 'conflicto', por ejemplo sobre algunos nombres de personas, de partidos, de empresas, de agrupaciones; sobre el mercado de Chicago y sobre los tambos de Gral. Rodríguez; preguntas sobre números y palabras; tengo preguntas que creo que, malditamente, requieren cierta 'data' (tilingisima vox), bastante información, hechos, pero también criterios y hermenéuticas, tendencias, corrientes de pensamiento; historia de la cristiandad, del capitalismo, de la revolución, el Martín Fierro y tantas cosas...

Porque hablar de economía -haciendo que uno habla de economía- habla cualquiera, hasta un ministro. Como hablar de economía y política poniendo cara de que uno habla de política y economía, también habla cualquiera, desde Miguens hasta D'Elía.

Ahora.

Saber de qué se trata en realidad, es otra cosa. Y decir de qué se trata, mucho más otra cosa todavía.

Vivos, mercenarios e idiotas hay como para hacer una muralla china. Yo mismo, mire: me da dos renglones de ventaja y le hago un discursete para cualquiera de las dos partes, le garanto. Ni falta que hace: saber lo que dicen los diarios (no importa cuál), lo sé yo también. Mirar tele, miro. Café en los bares, tomo. Conversar con 'los que saben', ay, también conversa uno, mal de los pecados...

Así que.

Ahora que lo pienso, mejor pongámonos de acuerdo. Así no perdemos mucho tiempo, estimadísimo, ni usted, ni yo.

Hablar vamos a hablar -porque por ahora 'hay que' hablar del tema, ¿vio?-, pero hay muchos niveles en esta conversación. Niveles y asuntos. Y convendría saber al menos de qué estamos hablando y en qué sentido.

No importa cuándo y de qué manera termina este capítulo agitado y agonal.

Pero no estaría nada mal que se pudiera, no importa cómo termine ni cuándo, saber de qué se trata y acertar a decir de qué se trata.

En fin.

Ya veremos.

O no.

martes, 25 de marzo de 2008

Uno

Hay que reconocer que el suplemento de Página/12 dedicado a la expresión y promoción de la homosexualidad parece un brulote y que tiene esa especie de salacidad escandalosa, como provocativa, furiosa. Tal vez esté hecho para eso, además de la políticamente correcta inclusión, claro...

El título (y hasta su tipografía), el día en que aparece (por lo pronto, este viernes, que fue Santo), la nota de tapa, hacen un bonito conjunto simbólico.

Igual me pregunto para quién. ¿Quién será el que se entusiasma tanto jugando con esos símbolos para molestar a quién? ¿Y cuántos se sentirán inquietos u ofendidos por ese manoseo de cosas santas, reales o simbólicas? ¿Es simple y llano odio? ¿Así, tan burdamente? Podría ser.

Lo leí con cierta rapidez, eso sí. No es de gran calidad en ningún sentido, bastante torpe, como desmañado diario íntimo adolescente, y perdonen los adolescentes la comparanza.

En realidad, diría que no hay que dar por el pito, más que lo que el pito vale. Lo diría..., pero mejor no lo digo. La broma fácil siempre es fácil, posible.

Sin embargo, y aunque podría despacharse la cuestión sin más trámite que la repulsa o la ironía, tal vez alguna cosa haya para decir. Porque una parte del mundo nuestro de estos tiempos está hecho de cosas y casos así.

Tal vez, con el reverso de la mano, displicentemente, podría apartarse el asunto por la traza perversa que se nota en cada signo y hasta por lo que tiene de provocador e insolente. Pero, aun antes de hacerlo, habría que tomar nota, porque implica un paisaje, supone un statu quo respecto de lo humano tal y como está en no pocas cosas, y entonces es algo que no puede desdeñarse del todo.
ver

Quizá también respecto de temas así haya que buscar hacer luz. Y aunque para pasarle el peine fino a asuntos tales podría hacer falta un estómago un poco blindado, al menos hay que mirarlos para saber en qué estado está el hombre al que uno se dirige cuando le habla de cosas que uno cree que deberían interesarle, importarle, cosas que debería este hombre de estos tiempos entender, cosas que necesita, cosas que deberían hacerle bien, incluso no sabiendo que las necesita o no queriendo saberlo.

No vaya a ser que uno se haga una idea equivocada de las ansias de restauración que supuestamente el mundo gime pidiendo con gemidos esperanzados.

Pese a lo violento, creo que el caso no es gran cosa, no me cuesta admitirlo, porque de estas cosas y peores hay a pasto. Pero tiene un ribete que permite hacer alguna aplicación.

Al fin de cuentas, el episodio de Sodoma que cuenta el capítulo 19 del Génesis, refiere que Dios mismo manda a sus ángeles a buscar entre los habitantes de la ciudad siquiera algunos que justificaran no destruirla por el fuego. Esto también puede querer decir que antes de quemar hay que mirar, mirar para ver si algo se puede salvar, si alguien se puede salvar, siquiera uno, por lo menos querer mirar; y hasta mirar siquiera para ver qué es lo que habrá de ser incinerado y por qué.

Y me ocupo de esto ahora sabiendo que hoy es la Fiesta de la Encarnación y sabiendo que podría haber dejado libre este espacio, antes que hablar de estas cosas. O que podría haber puesto algo alusivo.

¡Pero si esto de lo que estoy hablando también es alusivo!

Recordaba hace poco que equinoccio significa que hay una noche que dura lo mismo que el día. Después de ese punto en el tiempo y en el cielo y la tierra, allá en las tierras donde Dios bajó a los hombres, la noche y la tiniebla declinan, se apartan, la luz del sol las hace retroceder. Para la celebración de hoy, que es la de la Encarnación, la de la entrada de Dios en la historia de los hombres y en las cosas de los hombres, seguimos cerca del equinoccio de la primavera septentrional, que también fue el de nuestras Pascuas, otoñales aquí en el sur.

Un tiempo en el que, allí donde fue la primera Pascua Redentora, la noche retrocede y le deja al sol el cielo. Y la tierra.

La noche -y lo que ella significa- no puede hacer otra cosa. Porque lo que existe es la luz y ante la luz, la noche escapa, se va, se disuelve.

Y otro tanto puede decirse del solsticio invernal del norte, que es nuestro verano, del que también hablé alguna vez. Es la fecha del Nacimiento. Y también se aplica allí el sentido porque, para aquella "plenitud de los tiempos" de la que habla san Pablo en la carta a los Gálatas, la luz entra otra vez en las tinieblas y éstas se retiran.

Allá en el norte, en las tierras del Nacimiento Redentor, es la noche más larga y es el sol más pequeño. Pequeño sí, pero vigoroso y potente porque desde ese día comienza a crecer y a mostrar quién es y a barrer la tiniebla y a hacerla luz y a darle luz, toda la luz que la noche y la tiniebla quiera recibir, si acaso quiere querer.

Al final de cuentas, lo de siempre: los símbolos bajan. Porque bien podría ser que para eso mismo existan los equinoccios y los solsticios: para expresar estas esperanzas de la Luz que llega, dichas a clarinadas con sordina para que las entiendan los hombres de buena voluntad.

Pascua, Nacimiento, Encarnación: tiempos de tinieblas que retroceden y de la Luz que crece y luce.

Y eso, mientras.

Mientras, para nostros los hombres que vivimos en el tiempo. Porque estamos en un mientras del tiempo, visto y vivido desde la orilla humana.

Y aunque en la historia de los hombres y a los ojos de Dios ya ocurrió una vez y para siempre aquella Encarnación, y ya hubo aquella plenitud en Belén y fueron aquellas Pascuas que redimen, y aunque ya lo sabemos los hombres, y lo sabe el Tentador y el Homicida, todavía los hombres estamos en el mientras, hasta que no haya más tiempo.

Mientras. Y nos miramos, claro, a nosotros mismos, viendo cuánta luz podemos dejar entrar en nuestras propias tinieblas y noches.

Y sabiendo que todavía vivimos en este mientras y que vivimos cada día con su noche, y leemos los diarios y miramos el mundo y vemos -tal vez contra toda esperanza- si podemos dejar pasar la luz, llevar luz; si acaso encontramos, entre quienes hacen las tinieblas o entre quienes las padecen, alguno que quiera la luz, la Luz, siquiera uno.

lunes, 24 de marzo de 2008

Smith

En 1920, el asunto de la separación de la Iglesia 'en' Gales concluyó con un Welsh Disestablishment Bill, al que el partido conservador, el de los tories, se opuso furiosamente en el parlamento, con el ariete entre otros del tal F. E. Smith.

Contra Smith y en ocasión de este debate, Gilbert K. Chesterton escribió un poema irónico y muy musical, díganme si no... Fue a propósito de una frase rimbombante que tomó de las expresiones del parlamentario tory, que suena entre otras cosas como una hipérbole imperial, porque parece que trasladara al cosmos un asunto casi de cocina inglés, manipulando para ello al cristianismo: A Bill which has shocked the conscience of every Christian community in Europe...

La enormidad sirvió de epígrafe para la oda.
ver

Antichrist or the reunion of
christendom: an ode

Are they clinging to their crosses,
F. E. Smith,
Where the Breton boat-fleet tosses,
Are they, Smith?
Do they, fasting, trembling, bleeding,
Wait the news from this our city?
Groaning "That's the Second Reading!"
Hissing "There is still Committee!"
If the voice of Cecil falters,
If McKenna's point has pith,
Do they tremble for their altars?
Do they, Smith?

Russian peasants round their pope
Huddled, Smith,
Hear about it all, I hope,
Don't they, Smith?
In the mountain hamlets clothing
Peaks beyond Caucasian pales,
Where Establishment means nothing
And they never heard of Wales,
Do they read it all in Hansard
With a crib to read it with -
"Welsh Tithes: Dr. Clifford answered."
Really, Smith?

In the lands where Christians were,
F. E. Smith,
In the little lands laid bare,
Smith, O Smith!
Where the Turkish bands are busy
And the Tory name is blessed

Since they hailed the Cross of Dizzy
On the banners from the West!
Men don't think it half so hard if
Islam burns their kin and kith,
Since a curate lives in Cardiff
Saved by Smith.

It would greatly, I must own,
Soothe me, Smith!
If you left this theme alone,
Holy Smith!
For your legal cause or civil
You fight well and get your fee;
For your God or dream or devil
You will answer, not to me.
Talk about the pews and steeples
And the cash that goes therewith!
But the souls of Christian peoples...
Chuck it, Smith!

Hoy por hoy, y pese a una tradición que tal vez podría haber hecho suponer en parte al menos otra cosa, la Iglesia 'en' Gales, como más o menos oportunamente se la denomina desde principios del siglo XX, tiene mujeres ordenadas desde hace unos 10 años y se encuentra en medio del debate acerca de la ordenación episcopal femenina, con piezas de distinta laya.


Si uno mira el asunto, cabe tal vez la pregunta sobre si tendría toda la razón entonces el poeta.

Habrá quien diga con un razonamiento algo bastante chueco que, visto lo que resultó, GK se equivocó al ponerse de parte de los galeses; y diré que es bastante chueco pero además rastrero y pusilánime como todo argumento exitista. Creo que está claro que no parece que pudiera saber GK cómo terminaría el asunto de la Iglesia en Gales. Pero, y aunque no fue sobre lo que vino después que GK expresó su opinión lírica, ¿estaba en el origen lo que vino después y GK no lo vio? Tampoco parece. Podemos tener en cuenta sus motivos en esa ocasión, cosa atendible; como también hay que admitir que todo el caso vino a dar a esto de hoy, aunque no necesariamente en razón de esa separación galesa. Y creo que es claro que per se no es un baldón para el escritor. Porque bien podríamos decir que la defensa del Bill por parte de GK -nótese que él fue oficialmente anglicano hasta 1922- no era sine die y ante cualquier circunstancia. No hay que dejar aparte el hecho de que con su intervención no solamente se oponía a los tories, a los que se enfrentó por sus ideas políticas especialmente acerca de Inglaterra, sino en este caso a su propia iglesia de entonces, la de Inglaterra.

Hay que ver que lo que podría haber sido defendible en una ocasión y por determinados motivos, no extiende un bill permanente sobre todo el desarrollo del problema, sus consecuencias, implícitas o no en su origen, y casi diría a todo lo que rodea al asunto.

Pero.

También está el hecho bastante central en este caso de que uno puede tener una opinión respecto de un asunto determinado y darle la razón a alguien en un asunto en el que efectivamente la tiene, aunque no necesariamente sea de su partido, iglesia o club. O, lo que a veces es lo mismo, negarle la razón a alguien en un asunto en el que no la tiene, pese a que sea de su partido, o de su iglesia o club. Y -para los finos dialécticos- salvemos siempre el hecho de que se defienda la opinión de alguien que esté diciendo algo verdadero (de verdad teórica o práctica), porque es verdad o porque es lo justo.

Claro.

Si alguno está pensando que eso es inusual, tiene razón, porque lo usual es que, ante un asunto sobre el que se puede o debe opinar, habitualmente pasa que se está más atento a la suerte de sí mismo -que muchas veces significa la suerte de su partido, iglesia o club- que a la suerte del asunto en cuestión.

Como también tendrá razón quien pensara que eso de darle la razón al que la tiene independientemente de otras consideraciones más políticas o de partido, o de club o de iglesia, es algo que tal vez un tipo como GK podría hacer, pero no cualquiera.

viernes, 21 de marzo de 2008

Pascua temprana

A principios de febrero, mate va y viene, muy de mañana charlábamos con mi madre, cerca del mar. Hablábamos de los tres temas habituales entre nosotros, en este orden: plantas, historia de la familia y religión. Y de esto último, poco, porque hay una especie de código familiar que obliga, más que a las palabras, a las señas y los signos en algunos asuntos. Hay sí un cuarto tema, cómo no: las recetas de cocina.

El caso es que la vieja arrancó por los agapantos que crecen como plaga en la costa y su color celeste, casi lila. Se había enamorado viéndolos por todas partes. Me decía que algunos los llaman "flores de navidad" por la fecha en que florecen en el campo y le llamaba la atención que hubiera tantos florecidos a esa altura por allá. Venía a cuento también porque nos cayó el Miercoles de Ceniza en esos días y le contaba yo de unos árboles que suelo ver en México que llaman "de Cuaresma", por lo mismo: un color como azul-morado de la flor que aparece para febrero. De allí pasamos a una discusión sobre un posible álamo de los que llaman Mussolini que estaba plantado alrededor de la casa y en la vereda (y yo que sí era, y ella que no era...) De donde fuimos a dar al tiempo que viene haciendo y qué le pasa a las plantas, y la seca y el crecimiento errático y desproporcionado de árboles y flores. Y cómo se siembra esto y cómo se poda aquello, y así. Ella enseña -habla, más bien- y yo anoto. Se morirá un día, que grande ya es, y pasará aquello que, en frase de otro, repetía Atahualpa: cada viejo que se nos muere es una biblioteca que se nos va pa'l olvido.

El eslabón con el capítulo de las historias familiares -que fue larguísimo y muy simpático- fue apenas un comentario.

ver

-Mi abuela Ángela, que era de Abruzzo, decía algo en dialecto que ahora no me acuerdo cómo sonaba, pero que quería decir que cuando la Pascua venía temprana, había que esperar algunos desastres...

-¿Qué? ¿Como si dijeras: "Con Pascua temprana, vienen macanas..."?, dije floreándome de módico verseador refranero, pero inmediatamente arrepentido porque hubiera sido mejor revolver en su baúl para ver si se acordaba del dictum.

- Y sí..., algo así. Pero en dialecto sonaba de otro modo, parecía como una amenaza..., pero ya no me acuerdo...

-¿Una profecía?

-Más o menos... Ellos decían que cuando la Pascua venía muy temprano había que esperar cosas raras y más bien duras, por ejemplo sequías (eso en el campo importa mucho...), animales que se morían, y cosas familiares, o terremotos, tormentas grandes, o guerras y pestes..., esas cosas...
Lo dijo al pasar. Pero me quedó repicando hasta ahora. Por cierto que me di cuenta de que no era frecuente una Pascua tan temprana. Y de hecho históricamente no lo es. A qué se refería mi bisabuela con el refrán en dialecto, no lo sé. Y de dónde salió el refrán, cómo lo sabía y por qué lo usaban, menos.

Me puse a ver. Y terminé viendo cálculos, historias, estadísticas, ciclos del sol y de la luna, los paganos, Arlés, el Concilio de Nicea, el calendario de Julio y aquel de Gregorio del siglo XVI, precisamente modificado para que la fiesta móvil de la Pascua no cayera a principios de marzo, como cayó un año de aquellos años.

Así, yendo por estas vías, creo que este año por primera vez pude ponerme a ver con los ojos y el corazón -diría, si no sonara cursi- ese asunto de la primera luna llena posterior al equinoccio. No sé si la habré visto antes. Esta vez sé que la vi en relación con la Pascua, tratando de imaginarme a qué se refieren todos esos cálculos que obligan a medir y mirar el cielo y la tierra para celebrar una fiesta grande, de la que depende todo el año. Y, en realidad, toda la vida.

Cómo todo el año mide distinto cuando se mide por fiestas, es algo que ya sabía; quiero decir que lo había leido, lo había estudiado y hasta enseñado en las clases, que no es para nada lo mismo que saberlo. Como conocía que están aquellos arrestos de legislador universal que le dan al hombre cuando hace de jalonador de los tiempos, poniéndole hitos cívicos, algunos hasta perversos. A veces para suplantar -sepultar, hay que decir- el tiempo humano preñado de tiempo divino. Siempre, sin embargo, confiando en que al jalonar establece, enseña, muestra, moldea la mirada y el corazón. No, eso no se puede evitar. Uno puede ponerle a una calle Don Bosco o Che Guevara: la razón para hacerlo es idéntica y el resultado parecido: habitualmente eso 'hace vida'. Y para eso se hace.

Sin embargo, parece que una cosa es disfrazarse de antiguo y hablar en lenguas muertas y pasadas por el rebozo de los días de la historia hasta hacérsenos familiares pero irreconocibles, y otra cosa es saber de qué trata el asunto del que se habla, e incluso saber por qué hay que hacerlo o decirlo así. Ver y pensar lo que veían, saber lo que sabían; sentir qué tiempo era, cómo, por qué, para qué; cosechas y florecimientos, inviernos y calores, nacimientos, bodas y muertes; labores y banquetes medidos mirando el aire, mirando el cielo, el sol, las estrellas, la luna, la tierra en ascuas, o reseca y helada, los brotes, las hojas secas.

Imposible. Nuestro modo de mirar las cosas, creo haber notado, por buena intención y mejor doctrina de las que uno blasone, nos impide hacer lo que hacían los antiguos. No digo que sea imposible. Ni digo que pueda ser repetible lo mismo automáticamente, lo cual podría dolerse de automatismos y mecanicismos que podrían tener cara de tradición. Cara, nomás. Pero si acaso hacemos lo mismo, resulta de tan otro modo que parecemos extranjeros hablando una lengua incomprensible. Pronunciando, más que hablando, una jerga que sonará bien en el mejor de los casos, pulida, con dicción perfecta en el mejor de los casos, pero casi por completo ininteligible para los que pronunciamos, casi sin hablar, esa lengua de misterios. Es como si tuviéramos el diccionario, la gramática, la sintaxis, pero no supiéramos traducir. O supiéramos traducir, peor aún, y lo que no entendemos es nuestra propia lengua: qué quiere decir en nuestra lengua lo que hemos traducido. Es como si no tuviéramos los mismos ojos, el mismo corazón, la misma cabeza. Hombres distintos, inconciliables, diría.

Claro, es más fácil decir algo que saber de qué se trata lo que acabamos de pronunciar, qué quiere decir, de dónde vienen las palabras que decimos.

Los mismos formulismos se me hicieron chocantes a primera vista, cuando me puse a ver cómo se hacen las cuentas y como se proyectan, sobre el tiempo y el cielo, para saber qué día caerá la Pascua en 2070 y pico o en un año determinado del siglo XXV. Uno de los cálculos, por ejemplo, me mostraba con qué frecuencia estadística habría Pascuas tempranas o tardías entre el año 1600 y el 3000...

Parece más matemática que liturgia, parece más teorema que teología. Y puede que para algunos lo sea, aunque no sepan -como yo- ni jota de números. Pero no lo es, no del todo, al menos. Me pareció ver al final que había algo más y había algo mejor en esa pretensión de fijar, de medir, de acompasar el tiempo humano con los tiempos divinos. Aunque para el siglo XVI esa intención ya estuviera inficionada de más medida que sentido, de más extensión que altura y profundidad.

Y entonces me di cuenta de que mi bisabuela no tuvo mucha ocasión de ver tanta Pascua temprana, en el curso de su vida; si acaso una que dicen que fue creo que en 1913 -antes de la Gran Guerra y de lo que eso significó, sí...- y que es la anterior a ésta de ahora, también casi al límite del tiempo canónico entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Y pensé quién pudo haber tenido ocasión de ver tantas Pascuas tempraneras como para que el refrán siguiera vivo y operante, siendo que es cosa que no suele pasar.

Y esa es otra en mi contra: el refrán me llega por mi madre que no vio la Pascua temprana anterior y a ella por su bisabuela que vio una y no más. Y acá estoy yo que no lo conocía, en absoluto, y no importa si lo que dice el refrán es verdadero a rajatabla, sino que haya un refrán para eso.

Tal vez alguno dirá que, precisamente, eso se arregla hablando con la madre menos de plantas, familia y cocina y más de religión.

No creo.

En primer lugar, dije que hablamos poco de religión. Pero poco y malo no son sinónimos, aunque algunos crean que mucho y bueno sí lo son. Pero, en segundo lugar y en todo caso, estoy diciendo exactamente lo opuesto.

Hubo un tiempo en que hablar de plantas y de religión no era muy distinto, o al menos hacía pendant. Ni cocina y liturgia eran contradictorios o ajenos. Ni Dios y las tormentas. Hubo un tiempo en que la gente sabía que el año iba de tal fiesta a tal otra y no del primero de enero al 31 de diciembre, y que se sembraba o se pescaba a partir de tal otra fiesta y se cosechaba o se salaba para tal otra. Como sabían que la torta pascualina original tenía 33 capas de hojaldre (en algunas partes de Italia todavía así se hace...), una por cada año de vida de Jesucristo, por meter un condimento peninsular.

Creo que es al revés, exactamente. Si me pongo a ver, creo que más bien la religión que me enseñaron me decía de chico cosas como eso de que esta planta se llama Cuaresma, por el color de las flores. O que a aquella paloma blanca le dicen "de la Virgen". O a través de tantos otros símbolos y de cosas como signos y flechas, que apuntan a algo que hasta no se alcanza a entender del todo, cosa que está bien al fin de cuentas porque sin Misterio no hay verdad. O como a través de algunos otros de estos mismos refranes inquietantes, que hacen ese matrimonio entre la liturgia y el tiempo y el cosmos y el año y el cielo, de un modo glorioso y terrible.

Nada de todo eso le servirá de argumento al que no quiera estudiar y saber las cosas que debe y puede, y que los cánones y los libros tan bien dicen, cuando dicen bien, claro.

Pero tal vez, de ese modo que digo que parece que hacían los antiguos, la religión -y junto con ella las artes y ciencias, además- era mucho más clara a todos los ojos del hombre, no solamente a los ojos que usa para leer tratados, y sutilezas y codicilos y rúbricas. Y así creo que se veían más cosas en todas las cosas, hasta sin saber del todo que se veían. Cosas que ahora parece que uno si quiere verlas tiene que leerlas en un manual o en un tomazo o en un tomito, con la ilusión de que porque las ve escritas las entiende. Y allí en los escritos las busca, en parte porque no las ve en otra parte, y no porque no estén.

Algo hemos perdido, es claro. Algo que no es fácil de rehacer y de restaurar. Y que dudo se pueda restaurar sólo con buenos libros o buenas recetas.

Creo que lo que se ha velado o perdido es algo que permitía entender mejor -aun sin saber del todo que se la entendía- aquella expresión magnífica de que Dios no descansa hasta que sea todo en todo. Que es además un magnífico plan y que tiene como centro y clave, temprana o no, a la Feliz Pascua.

sábado, 15 de marzo de 2008

Cita


The Road goes ever on and on
Down from the door where it began.
Now far ahead the Road has gone,
And I must follow, if I can,
Pursuing it with weary feet,
Until it joins some larger way,
Where many paths and errands meet.
And whither then? I cannot say.

The Road goes ever on and on
Out from the door where it began.
Now far ahead the Road has gone,
Let others follow it who can!
Let them a journey new begin,
But I at last with weary feet
Will turn towards the lighted inn,
My evening-rest and sleep to meet.


John R. R. Tolkien




Más lejos. Cada día
más lejos del país, la casa, el agua fresca
y de todas las cosas.

Más lejos de los árboles,
los juegos de los niños, las canciones
y de la arena gris de los caminos.

Más lejos, más allá
del viento que barrió la sierra, el llano: el viento
que pasa y vuelve y pasa
como las estaciones de los años.

Más allá y otra vez y más allá, más lejos
que lo que dicen mudos
unos versos de hierro y que en su herrumbre
tiñen de vida el canto desvaído.

Más allá, mucho más, lejos, más lejos.

La distancia de un mar,
la del olvido,
la de toda la historia y las palabras.

Más allá, cielo arriba, noche adentro
sobre el campo de estrellas:
la luz batalladora,
el sol dormido,
el aire limpio y quieto
sobre las eras verdes y onduladas...

Singladura de sangre sobre sangre,
viaje del corazón,
del fuerte corazón animoso y herido:
siempre lejos y más
y más allá hasta el puerto y la posada.

Más allá, lejos, viaje...

Lejos será una vez un allá sin tormentas,
sin ausencia, ni muerte ni desiertos,
sin vanas vanidades
ni oquedades ruidosas que preñan las distancias;
sin más viaje entre tierras y sierras de arroyos aturdidas,
sin arriba ni adentro,
ni abajo,
sin afuera.


Allí estaré ese día.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Kahwa

Pasa seguido: cuando uno tiene que ayudar a los pequeñuelos en sus asuntos y tareas, termina distrayéndose con algo a lo que le ve miga. Impaciente, entonces, despacha al rapaz con algunas fórmulas que sospecha serán de éxito seguro en el aula y se queda a solas con lo que le llamó la atención.

Así la cosa, una más de esas estólidas consignas escolares ("investigar en casa con papá y mamá sobre..."), me trajo a África.

Resulta que, según parece sentencia común entre los doctores, los árabes llamaban al café con el mismo nombre que usaban para el vino: kahwa (o qahuah-qahvah, si se prefiere); para cuando la infusión llegó a Turquía su nombre "alla turca" cambió a kahvé, que nombra el licor y no el fruto. De hecho, los que saben árabe dicen que qahvah significa vino blanco, ligero, y de allí que el sentido primitivo de la voz árabe parece ser vino o licor; así fue que pasó a aplicarse al café, por ser un líquido como el licor y por sus efectos similares: vigorizante y embriagante, por decir lo menos.

Por supuesto que para más detalles de todo tipo, y muy simpáticos algunos histórico-religioso-políticos, basta darse las consabidas vueltas enciclopédicas, en las que uno podría ilustrarse sobre liberalismo y café o revolución y café o catolicismo y café o luteranismo y café. En fin, la mar de sugestivas aplicaciones.

Muy bien.

El asunto ahora es esta pequeña cuestión de que los padres africanos del café lo llamaban con el mismo nombre con el que nombraban al vino. Y no por falta de palabras, sino porque veían que ambos producían efectos similares, siendo distintos. Y, en lo que sabemos y según el modo como los usamos, opuestos.

La pirueta es medio obvia, tanto como caprichosa: lo que se supone que cura la embriaguez, lleva el mismo nombre... precisamente porque también embriaga. La causa del posible desorden y su remedio se llaman igual o parecido, precisamente por las características desordenantes del remedio con el que se supone se curará el mal del desorden.

Como si dijera: ponga usted a Noé en estado comatoso a fuerza de hectolitros de bon vin. A continuación, intente curarlo con barricas de igual medida pero ahora de café oscuro, aromático y sabroso. Parece que lo que obtendrá es un coma al cuadrado.

Interesante. Y de ser así, sumamente ilustrativo y sugerente, si uno lo aplica a otros ámbitos.

El vino no es malo, ciertamente. Tampoco su ingesta disparatada vuelve malo al vino en sí, y eso también está claro. Pero su ingesta disparatada es algo malo, y de esto parece no haber duda. Como es claro también que el café no es malo y es, no sólo en la conseja universal, un remedio eficaz contra la ingesta disparatada de vino. Pero eso, claro, siempre que la ingesta del remedio no sea a su vez una ingesta disparatada del remedio.

Porque, en tal caso y por esta sola causa, tendrían casi toda la razón los árabes en llamar al vino y al café con la misma palabra.

Ahora.

No sé si los árabes tienen razón y tal vez acertaron sin querer; y quede dicho que, bien se entiende, no los hago responsables de estas elucubraciones.

Lo que sí sé es que, a propósito de varios asuntos -graves e importantes y de los otros también-, a veces pasa que se ofrecen de tal modo remedios a ciertos males, que lo que que resulta al final es un bonito muerto.

Sabremos sí que el óbito del tipo se produjo finalmente por una ingesta disparatada. Y aunque no sea indiferente el punto (porque una enfermedad no es igual que su remedio), a esa altura de la cuestión puede ser más o menos irrelevante si el fulano murió de un exceso de kahwa o de... kahwa.

domingo, 2 de marzo de 2008

Dos de marzo

Primera lluvia de marzo

Miro el aire, respiro mientras llueve
y al refugio del tala, guarecido:
llega marzo en preludio y alborea
y nombra el cielo gris y lo conmueve.
El sudeste del viento va escondido
entre las nubes. Sopla y devanea
su furia de verano o silba leve
aromas de limón recién nacido.
Tiembla el ciprés y mi jazmín gotea
sus nostalgias de sol y no se atreve
a perfumar el mundo; la azalea
muda, feliz, tan verde. Dolorido
resuena el triste que un zorzal gorjea
húmedo y alto, solo y bienvenido.


Celebración de marzo

Equinoccio agridulce, mes tercero.
Primavera y otoño de la tierra:
marzo de las dulzuras, de la guerra,
del feraz y feroz Marte guerrero.
Tiempo bifronte, sombra y luz tan clara.
Siembra y vendimia del amor más puro,
marzo florido y del dolor oscuro:
¡ah, quién al aire de tu mes brillara!
¿Fue en el ocre del sur donde naciste
o fue en el norte, en que la flor te espera?
Pues, mustio en hojas, surges en retoño.
Marzo, equinoccio claroscuro, hiciste
con la sangre borgoña del otoño
el vino nuevo de la primavera.


martes, 26 de febrero de 2008

El nombre

El nombre, brasa enante, va en la historia.
Y al viento de la historia asido y suelto,
un tiempo da su llama en la memoria
y al fin olvido, ya en cenizas vuelto.
El nombre quiebra el día y amanece
en bordonas de luz. Llega la tarde.
Y no prospera al aire. Se entumece
el rescoldo aterido en el que arde
el nombre. El humo siembra en su destello;
y al son del timbre que es del nombre suena
y umbrío pena silencioso, un trino
que tiembla. Todo duerme en noche llena
en su cielo de mar, ancho, alto y bello.
Y va el nombre, evanesce peregrino.

viernes, 22 de febrero de 2008

Eclipse

Entró a lo blanco en ti, silente, al sesgo,
y apenas sombra fue, y apenas sombra
de esta tierra en la luna que te nombra.
Y con el sesgo impune llega el riesgo
para tu luna llena que quería
lucir de sol, fragante de blancura,
a cielo pleno alzarse en la figura
de un círculo de luz como de día.
Y todo y tanto fue terreno, en rojo
en ti la tierra que te oculta el fuego,
que opaca te volviste y para el ojo
apenas gris de arcilla, haciendo juego
con la arcilla que te cubrió a su antojo,
para librarte a tu blancura luego.


domingo, 17 de febrero de 2008

El mar

¿Hasta dónde de todo llega el mar?

¿Por qué estas horas tantas de mirar la infinita
y rítmica mixtura de cielo y mar en todo,
agua inmensa de todo
en su cadencia?

¿Hasta dónde se aplaca la voz
–mi voz- que desafía
la espuma y el sonoro resplandor de la espuma?

¿Qué dice el mar?
¿No sufre? ¿Habla solo?
¿Sonríe en esas frías espumas volanderas?

El mar, el inconstante repetido.

¿Qué son estos rumores de un ejército líquido,
que marchan a mi vera,
frente a mí,
que desfilan o cargan
con las olas caladas
en las bocas sin fuego de fusiles de espuma,
sin descanso,
y que cantan, susurran:
broncos de sal y piedras;
¿y ese aroma picante que repica?;
¿y ese sabor batiente sobre la piel del mundo?

¿A dónde va la sal que quema el aire
de murmullos de sal,
de tempestades ciegas y dolientes
que surcan lomos de ondas poderosas de sal,
de estos estruendos sordos,
potentes de silbidos en el viento de sal
que incinera de dudas en arpegios de sal,
en las voces de sal
-las ignoradas voces que he ignorado-,
y que arde en sal preguntas olvidadas
y en sal preguntas nuevas,
tan viejas como el mar salado y más antiguas,
y que todo lo quema,
todo lo enciende en llamas de salitre
del día hasta la noche, y cada tarde?

¿Quién sabe? No lo sé.

Yo no lo sé. Lo ignoro.

No sé de qué rincones de este mundo,
gobernado de tentáculos vaivenes
viene el mundo meteco
del agua, el sol,
la sal -sabiduría-,
sonoro, aullante,
rústico antiguo, inmemorial,
augusto prepotente;
no sé de dónde viene
en viento a remolinos de ráfagas de arena,
armado para costas y escolleras de amores,
armado dulcemente para quillas de hierro,
y para el débil acero de mi pecho
incólumes rompientes,
quietas rocas virtuosas…

Espero, mientras tanto.

Con el ceño del mar frente a mi ceño propio;
la nostalgia del mar frente a mi furia;
busco romper a golpes de ceguera
la bruma de este mar de claridades;
la tristeza del mar ante mis ojos
sin lágrimas de sal sin sal ni olvido.

Pero un día,
(algún día,
de la arena de todos estos días
que trashuman clepsidras tumultuosas
de valvas, caracolas,
debajo de mis pies
y van, volviendo
vuelven a mí y se van
y van tan insistentes,
y van,
y vienen otra vez,
sibilantes fulgores,
ante mi vista opaca de memorias,
sin nombres,
tan silenciosamente mansos,
tan sin duelos:
un día…)
veré lo que hay oculto detrás del horizonte vertical de la espuma,
honduras de misterios salados y sabrosos,
hechura de misterios, humedales
que rondan playas secas en rondas de agua en ristre
presa de tiempo y sal
siempre quemante,
como un bautismo ardiente de albricias y dolores,
tan nuevos como llantos arcanos redimidos
y antiguas alegrías hechas nuevas,
tan feliz como un paso entre los mares del mundo,
con las aguas abiertas a un silencio gozoso,
todo luz,
todo amor,
como nunca he probado,
como no supe nunca.

Y eso lo sé. Lo espero.

Mientras, sufro este mar;
mientras, lo miro
quieto y atento; atado a un mástil que no sé
y oigo sus ayes.

Un día no habrá mar
y esta memoria
de este mundo extranjero, vacilante,
-recuerdo en estos labios, en los ojos,
en la música acorde de esta fuerza que aturde
y en mis manos saladas, rotas, secas-
será lo que ya era antes que todo fuera
y lo veré de nuevo.

Y sabré lo que fue.

Y al fin veré –eso espero- lo que he visto.

lunes, 28 de enero de 2008

Es tan alta la luz

Alta es la cuesta. Empina
y, más que el pie, remonta la mirada
la fronda y el sendero
sin que hiera el guijarro.

Y es tan alta la luz,
de tan hondo y tan alto baja, y sube,
que ciega el corazón, apaga el ojo,
ardiendo mansamente.

Alta es sin sombra: al alto roble herido
da el destello y la brisa.
Luminosa, a su antojo, va callada.
La tarde va. Y remota,
tan libre y suspendida va la tarde.

Alta en su domo azul,
alta como la cuesta,
alta y densa del oro de este día,
alta y potente, en todo inalcanzable.

Así, como un augurio,
así me lo dijeron:

Alta será, invisible para todos.
Como la senda irá sobre la fronda,
sobre el páramo irá, sobre las sierras
tramará sus alturas.

Y al seguirla, verás.


De toda cosa que anda por el mundo,

es la altura de luz
que viene desde el día hasta el ocaso
lo que arderá venteando, sin medida,
en silencio fulgente.

Y en la tarde del mundo,

y en las costas del tiempo,
vuelve la luz, juiciosa enardecida,
a tasar de frescura
a sentenciar el fuego,
a bruñir con el agua,
a esplender las raíces,
y a renacer de cielo cada cosa.

jueves, 24 de enero de 2008

Años

Un sueño de tu noche es la primera
noche de sueño, en años como vientos
que rozan los cardales polvorientos,
en tropel de nostalgias y de espera.
Temblantes, mis palabras. Con acentos
del agua de un torrente, reverbera
tu risa que madura en mi solera.
Habrás querido andar por estos lentos
y silentes caudales. Tu figura
tan tímida refulge, amaina el paso,
y de mi mano vas y todavía
te llevo de la mano y no es oscura
la noche de tus sueños y al ocaso
ríe esta soledad, despierta el día.

miércoles, 23 de enero de 2008

Intermezzo: Io mi senti svegliar dentro a lo core

Io mi senti' svegliar dentro a lo core
un spirito amoroso che dormia:
e poi vidi venir da lungi Amore
allegro sì, che appena il conoscia,
dicendo: "Or pensa pur di farmi onore";
e 'n ciascuna parola sua ridia.
E poco stando meco il mio segnore,
guardando in quella parte onde venia,
io vidi monna Vanna e monna Bice
venire inver lo loco là 'v'io era,
l'una appresso de l'altra maraviglia;
e sì come la mente mi ridice,
Amor mi disse: "Quell'è Primavera,
e quell'ha nome Amor, sì mi somiglia".
Es una de las 31 Rime que Dante Alighieri incluyó en su Vita Nuova. Más exactamente está en el Capítulo XXIV del libello y pasa por ser una de las más famosas de la literatura italiana (aunque, dicho sea de paso, no la que más me gusta del florentino...)

Hay en toda esta obra muchas cosas de valor, claro. Otras extrañas y algo oscuras. Muchas que se refieren a la vida del autor, bromas ocultas a amigos y adversarios, disputas con poetas, teorías, postulados e innumerables matices culturales: desde la teología hasta la política.

Sin embargo, este sonetto importa ahora por el modo en el que Dante desarrolla el asunto y casi por el asunto mismo, al menos en un sentido. Hasta parecería que se le fue la mano.

Es una visión de Amor, ciertamente, identificado allí con la inefable Beatrice de su obra.

En el texto, en particular, brilla la asimilación de la dama Portinari nada menos que a la figura de Cristo, dato corroborado por el mismo poeta al poner a la par de Monna Bice a Monna Vanna, dama de los amores de su amigo Guido Cavalcanti.

Dante ve venir a ambas juntas y Amor le explica el significado de lo que está viendo.

Las declaraciones que contienen este soneto, en este capítulo XXIV, son explícitas al asociar a Giovanna (Monna Vanna), con la figura homónima del Bautista, con lo cual aparece como predecesora, en esta visión de Amor, de la propia Beatrice (Monna Bice), figura entonces de Cristo.

Primavera se la llama a Vanna, y Dante aduce una etimología dictada por el propio Amor que le dice que el apelativo significa en realidad prima verrà, es decir, la que precede, la que va delante, la precursora. Como se dice allí, su propio nombre, Juana, es un destino en este sentido. Mientras tanto, el nombre dado a Beatrice es -ni más ni menos- Amor.




Hay una otra interpretación de este mismo capítulo XXIV que los críticos y comentadores suelen llamar cruel o perversa, por el contenido y la intención: en la figura de Beatrice se esconde Dante mismo y su sentido de lo poético y su escuela poética; en la figura de Giovanna se oculta el nombre de su enamorado, Guido Cavalcanti, amigo de Dante, con la misma simbología joánico-crística de precursor y redentor, ahora en sentido 'profesional' poético. Aunque relevante en otro aspecto, y corriendo paralela a la anterior, no interesa mayormente el dato al propósito que ahora me lleva a incluir el texto aquí.

lunes, 21 de enero de 2008

Signos de la Venida (II): No lo conocía

Vuelvo a san Juan, el bautista.

Hay que mirarlo con atención, insisto, pues creo que en él se cifran asuntos cruciales -valga el adjetivo- del tiempo de la promesa prometida que es el de Antigua Alianza con Abraham e Israel, del tiempo de la promesa cumplida que es el de la Encarnación del Verbo de la que Juan fue contemporáneo en un sentido y del tiempo de lo que ha de venir, porque, entre otras cosas, su figura es asimilada por Jesús mismo a la del profeta Elías, emblema mesiánico a la vez que escatológico.

Ayer, domingo, san Juan, el Amado (Jn. 1, 29-34), trae unas palabras del Bautista que parecen aumentar la tensión y el misterio acerca de la relación entre los primos, Juan y Jesús.
Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije:
Detrás de mí viene un hombre,
que se ha puesto delante de mí,
porque existía antes que yo.
Y yo no lo conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel." Y Juan dio testimonio diciendo: "He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: 'Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo.' Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios."
El texto de san Juan continúa así (35-39):
Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: "He ahí el Cordero de Dios." Los dos discípulos lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que lo seguían les dice: "¿Qué buscáis?." Ellos le respondieron: "Rabí -que quiere decir 'Maestro'- ¿Dónde vives?" Les respondió: "Venid y lo veréis." Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima.
Como se ve, dos veces dice aquí 'yo no lo conocía'. Pero también, al decir de Juan evangelista, dos veces en dos días sucesivos dice que Jesús es el Cordero de Dios. Y la primera vez que lo ve pasar, en vez de 'el Elegido', según una variante del versículo 34 que comentan los Padres, dice más: éste es el Hijo de Dios.

San Juan, en este capítulo primero, incluyendo el Prólogo en el que aparece en dos oportunidades, nombra varias veces a su homónimo y con él comienza su relato evangélico. Se dice que fue su discípulo hasta que siguió a Jesús, por indicación de Juan, como aquí se ve. Probablemente, en la segunda proclamación de que Jesús es el Cordero de Dios, uno de los dos discípulos de Juan es el propio Juan evangelista; el otro, con certeza (v. 40), es el hermano de Simón Pedro, Andrés. En el Prólogo, de hecho, sólo se nombra por su nombre a tres 'hombres': Juan, Moisés y Jesucristo.

Así las cosas, la voz que clama en el desierto tiene en los Evangelios una presencia que a mí, al menos, me resulta por demás sugestiva. Según lo que suele verse y decirse de él, su aparición resulta para muchos más espectacular que significativa, rodeado como está de circunstancias extremas, o por su propia figura, vestimenta, voz, su vida 'extravagante' y su muerte trágica. Sin duda que está asociado de principio a fin con la persona de Jesús, como ningún otro lo está, salvo la Virgen. Sin embargo, parecería que su figura pasa inadvertida en algunos aspectos simbólicos muy importantes, que, al mismo tiempo, los Evangelios no dejan de hacer notar, siquiera por supuestas contradicciones y claras obscuridades.

Llegados a este punto, y antes de avanzar, tal vez convenga hacer una enumeración y breve relación de los episodios en los que aparece.

viernes, 11 de enero de 2008

Laurel de mi casa

Remedo tu verdura, tu alteza y tu quietud,
decano de la tierra del jardín de mi casa,
mudo como la sombra que se bebe a tu pies,
áspero de sabores, tan sólido, fragante.
Tu oscuridad de noche, que el viento en vano agita,
se inquina por la tarde, cuando la lluvia acendra
la lisura agrisada de tus brazos erguidos,
verticales, trenzados en ramas de plegarias.
Siempre estás a la vera cuando paso a tu lado
mirándome al soslayo en tu calma aromada,
verdinegro y ceñido, pertinaz silencioso.
Remedo la tibieza cordial de tu madera.
Remedo la firmeza de tu raíz jugosa.
Remedo tu apostura, yo sé que inútilmente.

lunes, 7 de enero de 2008

Cuenta

Si una historia de amor va a campo abierto
se dice junto al fuego, bajo un árbol,
se canta como un agua del arroyo;
despeñada en tomillo por el aire,
floreciente en las faldas de la sierra,
se trama como nube en cerros grises;
y se madura en trojes de silencio.
Así tiene que ser para que cuente.
Pero una historia así es una historia:
no es la vida de amor que surca mares
ni es el cosmos de amor que abrasa cielos.
Porque el amor que cuenta, no se cuenta.
Él es el fuego, el campo, el cerro, el río,
y el tomillo y el aire y el silencio.

sábado, 29 de diciembre de 2007

La Cabeza y el Cuerpo

Más allá de cualquier explanación y comentario, los textos están en los Evangelios; especial pero no únicamente, en los discursos de despedida que Jesús dice en torno a la Última Cena.

Lo dicho a partir del capítulo 12 y hasta el 17 del Evangelio de san Juan, el amado, es una sucesión de analogías, similitudes, casi identidades, propiedades transitivas entre -digámoslo así- la Cabeza y el Cuerpo y, por cierto, entre el Cuerpo y el Padre. Todo ello fundado, como lo hace allí Jesús, en las relaciones que Él tiene con el Padre por ser Jesús quien es y en su carácter de Mediador y hasta de signo o icono del Padre, como se ve en sus respuestas a los apóstoles en esos capítulos.

Lo que ahora me importa subrayar, sin embargo, es lo que allí se me figura como un punto central: Lo harán con ustedes, porque lo han hecho Conmigo.

Tal será la vida del Cuerpo, como ha sido la vida de la Cabeza.

Es un principio simple, pero decisivo. Y aplicable, según y conforme, a cualquier asunto en el que se busque o se dirima el sentido de lo que se ve en la historia, y el propio sentido de la historia. Y no porque sí.

Toda -y digo enfáticamente toda- cuestión que implique el sentido y la acción del cristianismo, incluso el curso histórico de la cristiandad, se ve a la luz de esta relación tan íntima como mística entre el Cuerpo y la Cabeza, que también tiene un aspecto central en la continuidad eficaz que le encomienda la Cabeza al Cuerpo, hasta que vuelva.

Una relación que se resumiría -salvadas las distancias ónticas- en aquella profecía de que "lo que hacen Conmigo, lo harán con ustedes": Mi historia es la de ustedes, si ustedes son Míos, como el Cuerpo es uno con su Cabeza.

Por supuesto que, visto así, nada queda afuera de esta relación, mientras se trate de entender la vida del Cuerpo, desde la Creación de todas las cosas hasta el Fin; mientras se trate de entender los signos de los tiempos, lo que dicen y hacen los miembros del Cuerpo tanto como lo que se dice de ellos y se hace con ellos, siempre en el marco mismo de la relación del Cuerpo con la Cabeza.

Esto quiere decir, entonces, que para entender la vida y el sentido del Cuerpo, hay que prestarle atención a la vida y al sentido de la Cabeza.

A veces, parecería que el cristiano olvida esa inherencia, que será finalmente la de la Amada en el Amado transformada. Y no solamente unidos y reencontrados al final, en el Fin: cuando baje la Jerusalén Celeste, cuando Él reine para siempre y haga nuevas todas las cosas, coronando lo incoado.

Ese olvido -en el que muchas veces se juega la Fe, muy especialmente la Esperanza y también la Caridad- parecería olvidar que su analogado primero y principal, su caput, es quien es. Y que, además, tuvo cuidado extremo en significar cada palabra y cada gesto y cada hecho de su vida histórica en relación con su Plan, que incluye la existencia del Cuerpo.

Una Venida y la otra Venida, un Nacimiento y una Parusía, un tiempo y ese otro modo de ser todas las cosas. Y, en medio de ambos 'puntos', las palabras y los gestos y los hechos de la Cabeza, que además son signos de la vida del Cuerpo.

Por muy extraño (y -entendiéndolo livianamente- hasta decepcionante) que pudiere parecerle al cristiano, esto significa que es en la Cabeza donde el Cuerpo verá qué es, qué será, cómo es, cómo será, y qué significa, todo lo que al Cuerpo se refiere.

Y cómo lo tratarán, cómo lo recibirán, cuánto y cómo lo oirán y lo seguirán. O no. Qué harán con él. Cuál será su suerte y su fin. Y en qué consiste su suerte y su fin en este tiempo y cuando ya no haya tiempo. Y cómo, siempre en relación con la Cabeza, deberá entender el propio Cuerpo su suerte y su fin en este tiempo y cuando ya no haya tiempo, mientras ambas cosas transcurren y ocurren.

Todo lo que quisiéramos mirar, mirémoslo en Él; lo que quisiéramos ver, veámoslo en Él; todo lo que habremos de esperar, conozcámoslo en Él.

Todo.

No sólo aquello que nos gusta o nos gratifica mirar, ver o esperar por motivos tantas veces y siempre cortos, aunque no inéditos como se ve en aquellos mismos pasajes del texto de san Juan.

Todo.

Porque como es allí será aquí, como es en la Cabeza será en el Cuerpo.

No es el siervo más que su señor.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Regalo

Hace unos pocos días, un amigo me devolvió un librito que le había prestado hace tiempo y que había olvidado que había prestado.

Es aquella breve colección de Pensamientos de Charles Péguy.

El asunto es que, en realidad, tengo la impresión de que me han regalado un libro... mío. Por la felicidad de haberme encontrado con él. No por la devolución (que en materia de libros se sabe que no es obligatoria, en modo alguno...) Y por la felicidad de no sentir que lo haya reencontrado, sino encontrado.

Lo miré de nuevo, encontré las marcas de otros tiempos. Sendas ya vistas, recorridas.

Con todo, algunos pensamientos -copio abajo unos pocos- me parecieron muy a propósito (todavía...) de otras cosas: algunas cósmicas, otras propias, más bien diversas entre sí.

O quién sabe si tanto.
Cuántas paciencias no son sino medios para no sufrir... Cuántas paciencias no son sino la más sabia, la más impecable estafa al dolor, es decir, a la prueba, es decir, a la salud.

Verso y prosa son dos seres diferentes, incomunicables. Y decir la misma cosa en verso y prosa no es decir la misma cosa.

Un alumno no vale, no existe sino en el sentido y en la medida en que por sí mismo introduce una voz, una resonancia nueva.

Reconstruir un público amigo de la verdad sincera, de la belleza sincera, un público pueblo, ni burgués, ni populachero, ni afectado, ni bruto, es la tarea formidable a la que nos hemos atado.

El pueblo, antes de la cultura, tuvo los proverbios que ya eran peligrosos porque no se creía del todo que eso fuera pensamiento. Algunos intelectuales, después de la falsa cultura, tienen fórmulas que son groseras como los proverbios, y del todo peligrosas, además, porque se cree del todo que eso es pensamiento.

Muchos santos no han tenido vida pública y la gloria del cielo fue la primera que alcanzaron.

En el fondo, para el cristiano no hay vida privada y vida pública desde que todo pasa igualmente a la vista de Dios.

La sabiduría humana dice: desgraciados aquellos que dejaren para mañana.
Y Yo digo: felices, felices los que dejan para mañana.
Feliz quien remite. Que es como decir feliz quien espera.
Y el que duerme.

Como si más de uno
que dejara sus negocios muy malos al acostarse,
no los hubiese encontrado buenos al levantarse.
Porque, quizás, Yo anduve por ahí.

Siempre hay que decir lo que se ve. Sobre todo -esto es más difícil- siempre hay que ver lo que no se ve.

Lanzar ideas falsas -y sostenerlas- es peligroso. Pero lanzar una idea falsa y despreocupadamente abandonarla... es mucho más peligroso... El autor ha podido retirar su idea pero no ha retirado la imagen, la memoria que la gente humilde formó, guardó de esa idea. A la primera ocasión la falsa idea reaparece floreciente; la comparación descomedida se impone porque es cómoda.

La revolución es el llamado de una tradición menos perfecta a la tradición más perfecta; el llamado de una tradición menos profunda a una tradición más profunda.

Una revolución, por esencia, busca penetrar profundamente en las vetas no agotadas de la vida interior..., no son los hombres superficiales los que hacen las revoluciones; son los hombres medulares.

A veces, me permito reflexionar durante la comida. Esto hace perder enormemente el tiempo.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

El Niño en Belén

Si vienes esta Noche, Niño, y naces
entre la paja seca de este pecho, sabes que soy tu cueva de Belén y soy tu portal pobre, Niño mío. Si Tú vienes a mí, Niño, y me naces, sabes que nacerás entre estas piedras y que estiércol habrá, y que habrá oscuro, que soy un asno, un buey, y que habrá frío. (¿Y quién soy yo para negarte el pienso si Tú quieres nacer en este páramo, en mi bajío, en esta cueva insulsa, y hacer habitación de un Rey sin tasa de esta pocilga que tan bien conoces?) Sólo tengo esta nada y pastos, tengo este silencio vacuo, estas miserias, este rincón sin luz y esta nostalgia. Ven, Niño, y nace. Dales esperanza. Que tu Madre me alumbre cuando alumbre. Y que arda en esta Noche tu alegría.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Signos de la Venida

Para la fecha de su fiesta, este año, volví a mirar la figura de san Juan, el bautista, siempre impresionante.

Lo recuerdo ahora porque el evangelio del 3er. domingo de Adviento, lo trae nuevamente. Y, pensando en lo que se dice allí, me pareció que podría haber más de un punto de contacto entre dos textos que, en apariencia, se diría que se refieren a cosas similares de modo contrapuesto.

Por una parte, éste del domingo en el que se refiere a la pregunta que, a través de sus discípulos, le formula, a Jesús, san Juan el bautista desde la prisión: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro? Una pregunta en la que resuena el eco del capítulo 18 del Deuteronomio.

La pregunta sin duda parece tener dos partes unidas por la disyunción, cuestión que también valdría la pena mirar.

Jesús, en cualquier caso, le contesta a los enviados de Juan con textos del profeta Isaías (un resumen de los capítulos 26, 29, 35, 61), de claro sentido mesiánico (Mt. 11, 4-6):
Jesús les respondió:
Id y contad a Juan lo que oís y veis:
los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los
pobres la Buena Nueva;
¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!
Esos mismos textos de Isaías son los que leerá Jesús en Galilea, en la sinagoga de su ciudad de Nazará, cita san Lucas, la conocida Nazareth. Y al finalizar, comentará: Esta escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy.

Todo el asunto podría ponerse bajo el título genérico de 'signos de la Venida'.

Sin embargo, hay 'otra' Venida.

A ella se refiere extensamente Jesús mismo en el capítulo 24 del evangelio de san Mateo (y otros lugares concordantes en san Marcos y san Lucas). Y el texto podría muy bien llevar el mismo título genérico que ya mencionamos para lo primero.

Ahora bien.

Es notorio que los signos de una y otra Venida son distintos.

Juan, el Bautista, manda preguntar por la Venida y se le contesta con signos. Al ver estos signos cumplirse, Juan y sus discípulos -que tal vez son los destinatarios de todo el intercambio- podrán contestarse la pregunta que se formularon, tal vez Juan programáticamente, tal vez los discípulos de Juan de modo real. El caso es que estos signos son benéficos y amables, llenos de luz y esperanza, auspiciosos y felices.

Entretanto, y según Jesús, están los 'otros' signos de la 'otra' Venida, que tiene similar sabor mesiánico respecto de la primera (similar, decimos, no podría decirse en principio que idéntico); estos signos, sin embargo, son contrarios a los que Jesús refirió a Juan, el Bautista, pues estos segundos anuncian catástrofes y cataclismos, apostasías, traiciones, cobardías, muertes, destrucción. Con el agregado paradojal de que, al verlos, el que espera habrá de alegrarse, pues ellos son los signos de una Venida pronta y que en razón de que precisamente es una Venida feliz, deben mover a alegría.

¿Qué significa esto? ¿Dos Venidas, cada una con sus signos? ¿O se dice Venida y debe entenderse lo mismo?¿Por qué en ese caso diferentes signos anunciarían cosas similares, si no es que anuncian en realidad la misma cosa?

¿Por qué esta relación tan disímil entre signos de la Venida y la propia Venida? Y aun cuando se tratará de dos Venidas anunciadas, bien que se trataría de la llegada de Uno mismo que viene, pero viniendo de dos maneras distintas, en momentos distintos, ¿qué significa que a una Venida se le atribuyan unos signos y a la otra, otros?

Por otra parte, cada Venida tiene un sentido y los signos que acompañan a cada una no se compadecen, linealmente, con sus sentidos.

La primera Venida, redentora, la Encarnación misma, es anunciada con signos benéficos y alentadores. Esta Venida terminará, se consumará, visto en términos quizá demasiado humanos, en una catástrofe, pese a que en rigor sea una eucatástrofe, en su sentido profundo y más real. Terminará con una muerte humillante, que en realidad es muerte redentora pues el final real de esta primera Venida es la Ascensión posterior a la Resurrección, sucesos gloriosos ambos y, vertebrados en la Redención, motivos mismos de esta Venida.

Mientras que la segunda Venida referida por Jesús, inequívocamente regia (de allí su identificación con una Parusía real), se anuncia con signos terribles y horrendos, para terminar en un halo de gloria inmarcesible. Y ni siquiera terminar, pues esta segunda Venida se anuncia regia desde que acaece, justiciera, espléndida, triunfante en su mismo suceso, en su misma irrupción.

Diferente en principio del modo como acaece la primera Venida.

¿Por qué?

Creo que la pregunta de san Juan Bautista en buena medida está en el vértice de este asunto.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Luna de Guadalupe

Hoy la luna son cuernos de una luna
-como luna de oriente;
como una hoz de plata;
cimitarra de polvo, inmóvil y fragante-,
como regazo de una madre virgen,
en esta pura noche bonancible de diciembre a mediados,
aquí, en el sur de todo.

Es un cuenco que luce,
una scudella de madera clara
que rebosa lo oscuro, rebasada de luz,
misterio de este cielo silencioso.

Sobre estos pastos de aromas y rocío,
diminuto jardín, refugio manso,
no hay luz de luna,
ni estrellas hay.

Muda es la noche.

Y la mirada es muda.

Y las manos se ahuecan como cuernos de luna.

Y esperan.


jueves, 6 de diciembre de 2007

Ceniza de este suelo

Al caer de la tarde, una ceniza
de un fuego de hojas mustias, mientras vuela,
urde una sombra y sube al aire arriba
y flota en oro rojo. Acaso sueña
que es tizne de madero, brasa ardida,
fulgor entre los fríos. Si pudiera,
tal vez en llamas se convertiría
para encender la noche que le llega.
La miro derivar, liviana, errante,
paloma de humo, pétalo agrisado,
planeando su orfandad, su hoguera lejos.
Marinera y perdida de su nave,
naufraga en otro ardor, en otro vasto
mar en incendio silencioso: el cielo.


miércoles, 5 de diciembre de 2007

Hacer verdad

Hace unos días, leí una oportuna cita del P. Castellani, que me llevó a releer su Esencia del Liberalismo, una conferencia de 1960.

Muchas cosas dice allí Castellani. Algunas creo se cumplieron como proféticamente. Otras no. Las descripciones y definiciones del liberalismo están completas, me parece, incluso con sus matices. No todo me pareció del todo, debo decir, porque hay cosas discutibles, aunque son las menos.

Las consecuencias que saca, sin embargo, sirven todavía y tal vez más que nunca.

Especialmente, una de ellas.

Porque Castellani empieza y termina su pieza hablando del nacionalismo. Y diría que, si se lee en clave todo el trabajo, resulta que en el fondo el tema es el nacionalismo.

¿Por qué?

Tal vez porque Castellani estaba pensando en lo que tendría que haber en lugar del nacionalismo, no tanto en lugar del liberalismo.

Y parece que piensa que eso que tendría que haber es algo que nunca termina de haber.

Porque hablando de la esencia del liberalismo, creo que no es inocente la frase "...y llegamos al fin desta conferencia (que debe ser práctica)..."

Esencia y existencia del nacionalismo, como si dijera que es el título detrás del título.

Las advertencias al nacionalismo acerca de su 'papel' o de su 'misión', son nítidas. Y, a mi parecer, la historia del nacionalismo -antes de 1960 y después de 1960- le da la razón.

No creo que sea necesaria mucha perspicacia -o suspicacia- para entender que hay un reproche cordial al nacionalismo en esa conferencia (no es el único lugar), por lo que es y por lo que Castellani entiende debería ser y hacer.

¿Cuál era (y cuál es) la principal "política" que tenía (y tiene) que hacer el nacionalismo? "Hacer Verdad... y a largo plazo."

Por supuesto que hay que prestar mucha atención a la proposición completa, tanto como a la definición de política, la definición de hacer, y -con mayor razón- a la de Verdad. Así como entender bien eso que dice del largo plazo, cuestión que se refiere específicamente a la esperanza, tanto en las cosas del tiempo y el mundo (como expectativa temporal) como en las que están más allá del tiempo y del mundo, lo que no quiere decir que no reverberen ya en el tiempo y el mundo.

No faltará quien haga salvedades respecto de lo que Castellani piensa del nacionalismo, de si era o no canónicamente nacionalista. También habrá quien pese en balanza de oro cuánto de cuáles cosas (ciencia política, historiografía, acción, retórica, cultura, literatura, artes...) es el nacionalismo. Como habrá disquisiciones acerca de qué queda comprendido en el nombre algo genérico de 'nacionalismo', y tal vez haya que tomarse un tiempo para algún discrimen al respecto. Y cosas así.

Bueno.

Inclúyase todo eso, y más, si se quiere.

Pero a condición, me parece, de atender a la cuestión de fondo, sin subterfugios.

Y no es cuestión sencilla. Para nada.



Es largo tal vez para este espacio. Pero hace unos cuantos años, teniendo que hablar sobre el nacionalismo argentino y las letras, dije lo que pensaba -y todavía pienso- sobre el papel que entiendo le ha tocado al nacionalismo en nuestra historia y cuánto ha cumplido con ese papel. Todavía pienso que un falso tironeo entre política y cultura (con sus definiciones más o menos rengas), casi como el infaltable torno entre acción y contemplación, son asuntos que están como en el germen de disensos y de las frustraciones de muchos. Y en el germen de un hasta cierto punto involuntario fraude.


jueves, 22 de noviembre de 2007

Memoria para el olvido (V)

¿También Dios tiene leopardos de dulcedumbre y tórtolas de bramido?

¿También en Él hay memoria para el olvido? ¿Es eso lo que dice -en parte, al menos- el salmista cuando dice: "Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto"?

¿También cuando Dios olvida lo malo tiene memoria? ¿También cuando sabemos que Dios olvida lo malo -y lo deshace... y se deshace en perdones con el arrepentimiento del ofensor y del pecador-, también allí tenemos memoria? ¿Recordamos que olvida? ¿Debemos recordar que olvida? ¿Debemos recordar que deberíamos olvidar lo que Él olvida?

Tal vez sí, aunque habrá que seguir viendo.

Mientras, me detengo en estas palabras de Benedicto XVI en la audiencia papal del 19 de octubre de 2005.
"Desde lo hondo a ti grito"

1. Se ha proclamado uno de los salmos más célebres y arraigados en la tradición cristiana: el De profundis, llamado así por sus primeras palabras en la versión latina. Juntamente con el Miserere ha llegado a ser uno de los salmos penitenciales preferidos en la piedad popular.

Más allá de su aplicación fúnebre, el texto es, ante todo, un canto a la misericordia divina y a la reconciliación entre el pecador y el Señor, un Dios justo pero siempre dispuesto a mostrarse "compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado" (Ex 34, 6-7). Precisamente por este motivo, el Salmo se encuentra insertado en la liturgia vespertina de Navidad y de toda la octava de Navidad, así como en la del IV domingo de Pascua y de la solemnidad de la Anunciación del Señor.

2. El salmo 129 comienza con una voz que brota de las profundidades del mal y de la culpa (cf. vv. 1-2). El orante se dirige al Señor, diciendo: "Desde lo hondo a ti grito, Señor". Luego, el Salmo se desarrolla en tres momentos dedicados al tema del pecado y del perdón. En primer lugar, se dirige a Dios, interpelándolo directamente con el "tú": "Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto" (vv. 3-4).

Es significativo que lo que produce el temor, una actitud de respeto mezclado con amor, no es el castigo sino el perdón. Más que la ira de Dios, debe provocar en nosotros un santo temor su magnanimidad generosa y desarmante. En efecto, Dios no es un soberano inexorable que condena al culpable, sino un padre amoroso, al que debemos amar no por miedo a un castigo, sino por su bondad dispuesta a perdonar.

3. En el centro del segundo momento está el "yo" del orante, que ya no se dirige al Señor, sino que habla de él: "Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la aurora" (vv. 5-6). Ahora en el corazón del salmista arrepentido florecen la espera, la esperanza, la certeza de que Dios pronunciará una palabra liberadora y borrará el pecado.

La tercera y última etapa en el desarrollo del Salmo se extiende a todo Israel, al pueblo a menudo pecador y consciente de la necesidad de la gracia salvífica de Dios: "Aguarde Israel al Señor (...); porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa: y él redimirá a Israel de todos sus delitos" (vv. 7-8).

La salvación personal, implorada antes por el orante, se extiende ahora a toda la comunidad. La fe del salmista se inserta en la fe histórica del pueblo de la alianza, "redimido" por el Señor no sólo de las angustias de la opresión egipcia, sino también "de todos sus delitos". Pensemos que el pueblo de la elección, el pueblo de Dios, somos ahora nosotros. También nuestra fe nos inserta en la fe común de la Iglesia. Y precisamente así nos da la certeza de que Dios es bueno con nosotros y nos libra de nuestras culpas.

Partiendo del abismo tenebroso del pecado, la súplica del De profundis llega al horizonte luminoso de Dios, donde reina "la misericordia y la redención", dos grandes características de Dios, que es amor.

4. Releamos ahora la meditación que sobre este salmo ha realizado la tradición cristiana. Elijamos la palabra de san Ambrosio: en sus escritos recuerda a menudo los motivos que llevan a implorar de Dios el perdón.

"Tenemos un Señor bueno, que quiere perdonar a todos", recuerda en el tratado sobre La penitencia, y añade: "Si quieres ser justificado, confiesa tu maldad: una humilde confesión de los pecados deshace el enredo de las culpas... Mira con qué esperanza de perdón te impulsa a confesar" (2, 6, 40-41: Sancti Ambrosii Episcopi Mediolanensis Opera SAEMO, XVII, Milán-Roma 1982, p. 253).

En la Exposición del Evangelio según san Lucas, repitiendo la misma invitación, el Obispo de Milán manifiesta su admiración por los dones que Dios añade a su perdón: "Mira cuán bueno es Dios; está dispuesto a perdonar los pecados. Y no sólo te devuelve lo que te había quitado, sino que además te concede dones inesperados". Zacarías, padre de Juan Bautista, se había quedado mudo por no haber creído al ángel, pero luego, al perdonarlo, Dios le había concedido el don de profetizar en el canto del Benedictus: "El que poco antes era mudo, ahora ya profetiza —observa san Ambrosio—; una de las mayores gracias del Señor es que precisamente los que lo han negado lo confiesen. Por tanto, nadie pierda la confianza, nadie desespere de las recompensas divinas, aunque le remuerdan antiguos pecados. Dios sabe cambiar de parecer, si tú sabes enmendar la culpa" (2, 33: SAEMO, XI, Milán-Roma 1978, p. 175).

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Memoria para el olvido (IV)

En la anteúltima estrofa de La Vuelta de Martín Fierro, en el Canto XXXIII, dice José Hernández:
Es la memoria un gran don,
calidá muy meritoria.
Y aquellos que en esta historia
sospechen que les doy palo
sepan que olvidar lo malo
también es tener memoria.
Y por eso la traigo ahora, a propósito de estas cosas de memoria y olvido. No porque allí se refiera Hernández a lo mismo en que estoy pensando. Pero dice lo que dice.

Creo que es materia para ver, especialmente lo que subrayo de la estrofa.

Porque hay que ver si es verdad o no y en qué sentido. Y además, puestos a ver, hay que ver si sería posible vivir sin eso o si sería posible vivir con eso. Si es posible -casi diría- cualquier cosa. Y en qué sentido.

Hay que ver.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Memoria para el olvido (III)


"...leopardos de dulcedumbre
y tórtolas de bramido."

Memoria para el olvido
Guillermo Etchebehere
Atahualpa Yupanqui



Es tiempo de primavera
Y tinta en sangre del día
la tarde gime y espera,
de la estrella que la alumbre,
leopardos de dulcedumbre.

La noche titila abrojos,
surca y rasga la alegría,
gruñe su sal en los ojos,
ruge memorias de olvido
y tórtolas de bramido.

La tarde destila enojos,
liba agraces y ambrosía.
Y macera, entre despojos,
hebras de llanto perdido
y tórtolas de bramido.

La noche se embriaga entera.
Y arde en aquello que ardía:
hay dolores en solera
que dejan, con pesadumbre,
leopardos de dulcedumbre.

Ya fue la tarde a su historia.
Pasó la noche en su brío.
Y el escabel alto y frío
del abra de la mañana,
da con su alivio una gloria
lucida, fresca y arcana,
que siembra, en su mansedumbre
y armada de amor vencido,
leopardos de dulcedumbre
y tórtolas de bramido.

martes, 6 de noviembre de 2007

Peso de los años

Nosotros, porque fluyen una sangre baldía
y fantasmas que asedian erráticos y yermos,
cargamos en los hombros la nada, unos enfermos
suspiros impotentes o muecas de alegría.
Huéspedes del vacío y rehenes del hueco,
nosotros, infortunios quién sabe si al acaso,
nacidos para auroras y engrillados de ocaso
somos torrente en vida dentro de un cauce seco.
¿Nosotros? ¿Quiénes somos los que somos 'nosotros'?
¿Los de la voz que brama? ¿Los que entornan las puertas
al pasar por los vanos de dolores ficticios?
¿Nosotros no vivimos la sangre de los otros?
¿Ni amañamos delicias del árbol de los vicios?
¿Ni fingimos las aras para princesas muertas?

domingo, 4 de noviembre de 2007

Memoria para el olvido (II)


Si no entendí mal, creo haberme hecho una idea, más o menos, de a qué se puede aplicar aquello que Etchebehere-Yupanqui dicen cuando dicen que
Todo consiste en tener
memoria para el olvido
y echar al desconocido
transcurso de la costumbre
leopardos de dulcedumbre
y tórtolas de bramido.



Claro.

Cada quien es cada cual.

Cada quien sabrá para qué olvidos precisa tener memoria.

Y cada cual sabrá adónde le van a parar sus leopardos de dulcedumbre y sus tórtolas de bramido.

Memoria para el olvido

Encontré hoy una milonga cantada por Atahualpa Yupanqui. Y allí estaba una figura en los versos finales, que es realmente un acierto:
"...leopardos de dulcedumbre y tórtolas de bramido".
Después de varias 'pasadas', retomé la letra.
El canto no es solamente
fervor que se determina:
es también sed que se inclina
por beber en la corriente;
es un pétalo sonriente
y es peñascal de oración,
ascua de sueño y pasión
que hundiéndose en cada cosa
desentierra una dichosa
noticia del corazón.

Si la troje manifiesta
su preñez, si el huerto ofrece
la euforia que lo abastece
de sombra y frutos en fiesta,
si en una parva recuesta
la alfafa su resplandor:
puedo agrupar el color
de una sonrisa cansada
y palpar con la mirada
la cicatriz del sudor.

Las cosas tienen sentido
si el canto que las convoca
lleva enterrado en la boca
gusto a un recuerdo querido.
El árbol acontecido
perdura en su resplandor;
si el hacha del leñador
trocó su carne en madero,
la mano del carpintero
condecora su verdor.

Quien canta debe encender
en la vigilia sus ojos
y encontrarle a los rastrojos
el ruido del florecer.
Todo consiste en tener
memoria para el olvido
y echar al desconocido
transcurso de la costumbre
leopardos de dulcedumbre
y tórtolas de bramido.
La sorpresa -para mí- es que me entero ahora de que estos versos -y otros de algunas milongas que canta Atahualpa, según parece- vienen de Guillermo Etchebehere, poeta de la generación del '40 que ya cité alguna vez.

Sigo conociendo poco de la vida y de la obra de Etchebehere. Me están entrando ganas de hasta darme una vuelta por Cañuelas y ver su origen. Mientras no pase, me voy arreglando con una reseña que encontré y que viene precisamente de sus pagos.

Pero eso de 'memoria para el olvido' y aquella figura feliz de dulcedumbre y bramido -paradójicas y antitéticas ambas cosas- se me quedan rondando y revoloteando sobre una cierta cantidad de asuntos.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Alumbramiento


A preñarte de besos madrigales
van las manos, los ojos y la boca:
te nacen de la voz mientras convoca
trigales en sazón, vientos raudales.
Y grávida y feliz, con la simiente
de la belleza toda en todo henchida
alumbrarás la luz, tú, concebida
turgente de canciones y sonriente.
Madura el surco, agita tu descanso;
ya te arraiga la siembra, ya te aflora.
Y es esta guerra a vida, ay, el remanso.
Breve en el aire leve de tu peso
vas culminante, plácida, sonora:
toda preñada en luz, en voz, en beso.