miércoles, 22 de octubre de 2014

Buey, ángel, puerros y pañales




El quinto día del Heptamerón de Leopoldo Marechal está dedicado a La Poética y esta composición está dividida a su vez en dos partes Biografía del Poeta y Arte Poética.

De esta última parte, que Marechal dedicó a Rafael Squirru en 1964, están tomadas estas estrofas que dejo aquí.

2

La complexión monstruosa del poeta
se afirma en el contraste de su noble mirada:
con el ojo derecho mira en horizontal,
como el buey de paciencia cotidiana
o el hombre de peinado triste y obligatorio;
con el izquierdo mira en vertical,
según la ley del ángel,
hacia la flor abierta de todas las alturas.
Y es así, Rafael, como el aeda,
puesto en aquel dualismo del mirar,
traza la resultante de una y otra visión
y se queda en la oblicua peligrosa del monstruo.
¿Es un buey  en tangencia con el ángel
o un ángel que ha rozado la tangente del buey?
La humanidad, fluctuando en esa duda,
guarda un mutismo casi respetuoso.

3

No obstante, la Experiencia de golpeado esternón
esgrime su verdad en este axioma:
“Todo poeta es una zarza hostil
en el campo de puerros de la Sociología”.
Rafael, cuando el hombre municipal eructa
canciones licenciosas en su baile de un año,
el poeta, cubierto de ceniza,
le vuelve a recordar en sus estrofas
aquel sabor eterno que nos fue prometido.
Y cuando al fin el hombre rasga sus vestiduras
y se arropa en un llanto de ternero,
el aeda lo invita, sin pudor, a la danza
y le ofrece los vinos tintos de su locura.
Por eso los mortales, con buen juicio,
lo prefieren guardado en su ataúd
(tal un roto violín en su estuche de felpa),
o erecto en una estatua que insultan las palomas
cuatro veces al día.

4

Rafael, en el Arte Poética yo entiendo
trazar la biografía de mi alma.
Tempranamente allá en el Sur, ¡oh, días!
el  esplendor terrible de las formas
enamoró mis ojos y despertó en mi lengua
los urgentes afanes de la música.
Si yo aticé la llama de potros exaltados,
antes los admiré como frutas del Verbo.
Y allá en el Sur, cuando pesaban otros
la carne de las cosas,
yo las nombré temblando, y fueron mías.
Pero más tarde puse yo los ojos
en mi propia natura de cantor,
para escrutar su enigma y adivinar sus leyes:
¿Quién era yo, ese niño que alborotaba idiomas
en un silencio duro como la geología?
El Arte que ya escribo es la respuesta.

5

Frente al Verbo admirable
y en su línea, yo soy
un haz de lo posible musical.
Descubrir esta esencia junto a un caballo moro
se parece a encontrar una llave perdida.
La tomo y abro: si en el Verbo soy
una espiga de música posible,
debo guardar fidelidad al Verbo
y proferir en acto lo que calla en potencia.
Es un trabajo ad intra por el cual yo realizo
lo que le corresponde a mi substancia.
Y esa conformidad del portalira
con su naturaleza inalienable
debe ser anterior al canto mismo
y a toda pesadumbre de laureles.
Rafael, cierta noche, junto a un caballo moro,
vi yo a la Metafísica en pañales.

¿Y por qué está esto aquí?

Quién sabe.

Tal vez sean tiempos para aquellos que Marechal llama en su obra el Poeta, hagan versos o no.

Tal vez sean tiempos ahora más que antes en los que es más necesaria la mirada horizontal del Buey, pero también la vertical del Ángel y ambas en una oblicua peligrosa.

Y tal vez haya que mirar más que antes y por un tiempo todavía con la oblicua peligrosa del Monstruo, trazando la resultante de una y otra visión, como dice allí. Y eso porque nadie tiene derecho a ser sólo Buey si no es sólo Buey, como tampoco tiene derecho a ser sólo Ángel si no es sólo Ángel. Y tal vez ahora menos que nunca.

Tal vez el campo de puerros de la Sociología -de la Sociología de cualquier tipo, que las hay de todas clases en toda cosa- todavía tenga que soportar -y haya que hacerle soportar- la zarza hostil del poeta que traspase el cuero duro del Buey horizontal, para que no se apoltrone creyendo que la horizontal nunca acabará, y mantenga a la vez en la altura la presencia del Ángel, que le diga a los hombres que el destino es la altura y más allá de la altura. Y eso para que no se olvide que en la historia de los hombres, en este mundo bajo la luna, no somos ni una ni otra cosa, ni Buey ni Ángel, sola y excluyentemente.

Y tal vez sea necesario que haya todavía de esos Monstruos en la oblicua peligrosa, porque lo que hay adelante no es menos que los pañales de la Metafísica, pero son pañales de algo mucho mayor que la Metafísica.

Y porque la historia no estará en pañales siempre. Y el tiempo no será siempre.

Si nadie más quiere verlo ni quiere decirlo, tendrá que verlo y decirlo alguno que -de este lado del tiempo- en la oblicua peligrosa de la mirada del poeta, sepa que esta tierra del Buey y estos cielos del Ángel pasarán y otros Cielos y otras Tierras que no pasarán ya están en pañales más allá de este tiempo.

Y todo por fidelidad al Verbo.


Y tal vez para eso era finalmente para lo que se necesitaban los poetas.




lunes, 20 de octubre de 2014

Ortodoxia, alegría y vino




Tres textos de Gilbert Keith Chesterton, para repasar lecturas, al menos.

Y eso porque -diluvios más o menos- nunca está sobrando un poco de Ortodoxia, algo de alegría y otro poco de vino.


I

¿Habría sentido el Cristianismo lo que yo sentí -y no pude (ni puedo) expresar-: esa doble necesidad de ser leal al mundo, deseando sin embargo y a la vez su reforma definitiva y raigal? Después recordé que se achacaba al Cristianismo precisamente la pretensión de combinar esas dos cosas que yo intentaba combinar. Se acusaba al Cristianismo de ser demasiado optimista con respecto al universo y demasiado pesimista con respecto al mundo. Al descubrir la coincidencia me quedé estupefacto.

En la controversia moderna ha surgido una imbécil costumbre abusiva de los polemistas contemporáneos, y es aquella que consiste en decir a cada rato que tal y cual creencia puede ser sostenida en una época, pero no en otra. Se nos dice que algún dogma fue creíble en el siglo XII pero ya no puede serlo en el XX. Lo mismo sería decir que cierta filosofía puede ser creída los lunes, pero no puede ser creída los martes. Lo mismo sería decir que cierta teoría cósmica es verosímil a las tres y media, pero ya no lo es a las cuatro y media. Lo que puede creer un hombre depende de su filosofía y no de lo que marca el reloj del siglo. Si un hombre cree en una ley natural inalterable, no puede creer en ningún milagro de ninguna época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a la ley, puede creer en cualquier milagro de cualquier época. Supongamos, para ejemplificar el argumento, que nos halláramos frente al caso de una curación taumatúrgica y milagrosa. Un materialista del siglo XII, no la creería más que un materialista del siglo XX. Pero un científico cristiano del siglo XX la creería como un cristiano del siglo XII. Es cuestión simplemente de la teoría que cada hombre profese sobre las cosas. De modo que, frente a toda respuesta histórica, no hay que preguntarse si es la respuesta que corresponde a nuestros tiempos, sino si es la respuesta que corresponde a nuestra pregunta.

(Ortodoxia, Capítulo V, La bandera del mundo)

II

Por consiguiente, en conclusión, ésta es mi razón para aceptar la religión y para no conformarme con extraer de ella unas cuantas dispersas verdades seculares. La acepto porque no meramente me ha dicho esta verdad o aquella sino porque "dice verdades", porque se ha revelado veraz y fidedigna. Todas las demás filosofías dicen cosas que llanamente parecen verdad; sólo esta filosofía ha dicho una y otra vez cosas que no parecen verdad pero son verdad. Único entre los credos, este credo es convincente donde no es atrayente; resultó que tenía razón, como mi padre la tuvo en aquel jardín. Los teósofos, por ejemplo, predicarán una idea evidentemente atrayente, como la reencarnación; pero si esperamos a ver sus resultados lógicos, serán el altanerismo espiritual y la crueldad de casta. Porque si un hombre es pordiosero a causa de sus culpas prenatales, la gente se inclinará a despreciar al mendigo. El Cristianismo, por su parte, predica una idea evidentemente poco atrayente como el pecado original; pero cuando esperamos a ver sus resultados, son simpáticos y fraternales, un trueno de risa y de piedad; porque solamente por el pecado original podemos compadecer al mendigo y desconfiar del rey. Los hombres de ciencia nos ofrecen salud, un beneficio obvio; recién después descubrimos que por salud entendían esclavitud corporal y tedio del espíritu. La ortodoxia nos hace saltar de terror con los abismos del infierno; sólo después nos damos cuenta de que ese salto es un saludable ejercicio atlético altamente benéfico para nuestra salud. Solamente después descubrimos que aquel peligro es la raíz de todo drama y de todo romanticismo. El argumento más vigoroso en pro de la gracia divina es, simplemente, su poca gracia. Cuando se examinan los puntos impopulares del Cristianismo, resulta que son los propios puntales del pueblo. El círculo exterior del Cristianismo es una rígida guardia de abnegaciones éticas y de sacerdotes profesionales; pero detrás de esa muralla inhumana se encontrará la vieja vida humana, bailando como los niños, bebiendo vino como los hombres; porque el Cristianismo es el único cerco de la libertad pagana. En la filosofía moderna todo es al revés: el cerco exterior es atrayente y encantador; y adentro, se retuerce la desesperación.

Y su desesperación es ésta: no cree realmente que haya ningún significado en el universo; de ahí que no pueda esperar hallar en él ningún romanticismo; su novela no tiene trama. Un hombre no puede esperar aventuras en el país de la anarquía. Pero viajando por la tierra de la autoridad, el hombre puede esperar cualquier número de aventuras. No es posible hallar significaciones ni senderos en un matorral de escepticismos; pero cruzando un bosque de doctrinas y designios personales encontrará cada vez más significaciones y cada vez más senderos.

Aquí, cada cosa trae a la cola su historia, como las herramientas y los cuadros de la casa de mi padre; porque también es la casa de mi padre. Termino donde empecé, por el extremo correcto. A lo menos he pasado ya la puerta de toda buena filosofía. He entrado en mi segunda infancia.

Pero este universo cristiano más vasto y más intrépido y poblado de aventuras, tiene un sello final difícil de expresar; no obstante, como conclusión de todo el tema, intentaré expresarlo, siquiera como conclusión.

Todo el verdadero argumento de la religión se encierra en el problema de que si un hombre que ha nacido al revés, que ha nacido de cabeza, puede decir o no cuándo está al derecho y cuándo está al revés.

La principal paradoja del Cristianismo consiste en afirmar que la condición ordinaria de un hombre no es la que parece normal y sensata; que lo normal es una anormalidad. Y ése es todo el secreto del dogma de la Caída.

(Ortodoxia, Capítulo IX, La autoridad y el aventurero)

III
Vino y Agua
La Balada de Noé

El Viejo Noé tenía una granja de avestruces, con aves de gran porte,
comía su huevo con un cucharón, con un balde por soporte,
y la sopa que tomaba era Sopa de Elefante y el pescado una Ballena,
y sin embargo eran pequeños para la bodega que iba en su carena,
y Noé, cuando él se sentaba a comer, decía a su mujer con tino:
"No me importa donde vaya el agua, mientras no se meta en el vino"

El cielo se desplomó en catarata, cegando un precipicio el reverbero,
como si fuera a lavar las estrellas como burbujas por el fregadero,
las gargantas del Infierno se tragaron los siete cielos que bajaban rugiendo,
y Noé guiñó un ojo y dijo: "Me parece que está lloviendo;
el agua sumergió al Matterhorn, como si ser mina fuera su sino:
Pero no me importa donde vaya el agua, mientras no se meta en el vino"

Pero Noé pecó, y nosotros pecamos; nuestras piernas borrachas son testigo;
hasta un abstemio grande y negro se nos envió como castigo,
y no puedes conseguir vino en una capilla, un Eisteddfod, o en la liga prohibicionista,
porque la Maldición del Agua ha vuelto, por la ira de Dios prevista,
y se sirve agua en la mesa del Obispo y en el santuario del Pensador latino:
"Pero no me importa donde vaya el agua, mientras no se meta en el vino."

(Traducción -algo libre pero conservando el espíritu- de Horacio Velasco Suárez)



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El original:
Wine and Water


  Old Noah he had an ostrich farm and fowls on the largest scale,
  He ate his egg with a ladle in an egg-cup big as a pail,
  And the soup he took was Elephant Soup and the fish he took was Whale,
  But they all were small to the cellar he took when he set out to sail,
  And Noah he often said to his wife when he sat down to dine,
  "I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine."

  The cataract of the cliff of heaven fell blinding off the brink
  As if it would wash the stars away as suds go down a sink,
  The seven heavens came roaring down for the throats of hell to drink,
  And Noah he cocked his eye and said, "It looks like rain, I think,
  The water has drowned the Matterhorn as deep as a Mendip mine,
  But I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine."

  But Noah he sinned, and we have sinned; on tipsy feet we trod,
  Till a great big black teetotaller was sent to us for a rod,
  And you can't get wine at a P.S.A., or chapel, or Eisteddfod,
  For the Curse of Water has come again because of the wrath of God,
  And water is on the Bishop's board and the Higher Thinker's shrine,
  But I don't care where the water goes if it doesn't get into the wine.

(The Flyin Inn, 1914)




jueves, 16 de octubre de 2014

La Roca




En 1934, T.S. Eliot compuso y publicó The Rock, una obra de teatro en verso que se presentó a una especie de concurso. Tenía música y danza, y se estrenó el 28 de mayo de 1934 en el Sadler's Wells Theatre y fue para apoyar a una Fund of the Diocese of London, institución de caridad que se proponía preservar las viejas iglesias de Londres y construir nuevas en zonas marginales. La obra tenía como eje la historia de la Iglesia. A la vez, aparecen allí asuntos teológicos de aquel presente y del futuro que vendría, asuntos que le interesaban al autor y que expuso según sus puntos de vista. Eliot compuso 10 coros para la obra The Rock, que fue su segunda obra teatral, y esos fragmentos de la obra suelen darse por separado con el título de Choruses from "The Rock".

Leía esta mañana unos diarios de la Europa cuando vi que, a propósito de las cosas de este tiempo nuestro en la Iglesia Católica, un lector de un diario italiano citaba un fragmento de los Coros en una carta de lectores (caray: qué cultos son estos analfabetos..., diría Braulio Anzoátegui que decía Chesterton...)

Volví a ver esos textos. Son buenos textos, aunque no sean de lectura fácil, como no lo es en general el autor. Tenía 46 años cuando los escribió.

Dejo aquí tres de esos díez Coros, en una traducción prestada que hube de retocar en esto y aquello, para que se le hiciera tal vez un poco más de justicia lírica a Eliot, hasta donde un servidor podría, que no es tanto.

La cita que me convocó a remirarlos, está tomada del Coro VI.


IV

Hay los que quieren edificar el Templo,
y los que prefieren que el Templo no se edifique.
En los días de Nehemías el profeta
no había excepción a la regla general.
En el palacio de Shusham, en el mes de Nisan,
él servía el vino al rey Artajerjes,
y lloró por la ciudad destruida, Jerusalén,
y el Rey le dió permiso de partir
para que pudiera reconstruir la ciudad.
Así se fue, con unos pocos, a Jerusalén,
y allí, cerca del pozo del dragón, por el portal del estiércol,
por el portal de la fuente, por el pozo del Rey,
Jerusalén estaba asolada, consumida por el fuego:
no había lugar donde pastaran las bestias.
Había enemigos afuera para destruirla,
y espías adentro,
cuando él y sus hombres juntaron sus manos para reconstruir el muro.
Y así edificaron como los hombres deben edificar:
con la espada en una mano y la llana en la otra.


V

Oh Señor, líbrame del hombre de intención excelente y de corazón impuro: pues el corazón es engañoso sobre todas las cosas, y desesperadamente perverso.
Sanballat el Horonita y Tobías el Ammonita y Geshem el Árabe: eran sin dudas hombres de espíritu y celo públicos.
Presérvame del enemigo que tiene algo que ganar y del amigo que tiene algo que perder.
Recordando las palabras de Nehemías el Profeta: "La llana en una mano y la pistola más bien suelta en la canana".
Estos que se sientan en una casa cuyo uso se ha olvidado para qué sirve, son como serpientes que yacen sobre escaleras en ruinas, contentas a la luz del sol.
Y los otros corren como perros, emprendedores, olfateando y ladrando: dicen: "Esta casa en un nido de serpientes, destruyámosla.
Y vamos a acabar con estas abominaciones, las torpezas de los cristianos." Y estos no están justificados, ni los otros,
y escriben inmunerables libros; siendo demasiado vanos y distraídos para el silencio: buscando cada quien antes su propia elevación y evadiendo su vacuidad.
Si la humildad y la pureza no están en el corazón, no están en la casa: y si no están en la casa no están en la Ciudad.
El hombre que ha edificado durante el día querría retornar a su hogar a la caída de la noche: para ser bendecido con el don del silencio, y dormitar antes de dormir.
Pero estamos rodeados por serpientes y perros: por lo tanto, algunos deben trabajar, y otros deben sostener las lanzas.


VI

Es difícil para los que nunca han conocido persecución,
y para los que nunca han conocido un cristiano,
creer en estos cuentos de los Cristianos perseguidos.
Es difícil para aquellos que viven cerca de un Banco
dudar de la seguridad de su dinero.
Es difícil para aquellos que viven cerca de una comisaría
creer en el triunfo de la violencia.
¿Creéis que la Fe ha conquistado el Mundo
y que los leones ya no necesitan guardianes?
¿Necesitáis que se os diga que lo que ha sido, puede seguir siendo aún?
¿Necesitáis que se os diga que aún logros tan modestos
como aquellos de los que se jacta la sociedad bien educada,
difícilmente sobrevivirán a la Fe a la cual deben su sentido?
¡Hombres! Cepillaos los dientes al levantaros y al acostaros; ¡mujeres! abrillantaos las uñas:
sacáis brillo al diente del perro y a las zarpas del gato.
¿Por qué habrían los hombres de amar la Iglesia?
¿Por qué habrían de amar sus leyes?
Ella les habla de la Vida y la Muerte, y de todo lo que ellos querrían olvidar.
Ella es tierna donde ellos serían duros, y dura cuando a ellos les gustaría ser blandos.
Ella les habla del Mal y el Pecado, y otros hechos desagradables.
Ellos tratan de escapar constantemente
de las tinieblas exteriores e interiores
a fuerza de soñar sistemas tan perfectos en los que nadie necesitará ser bueno.
Pero el hombre que es, oscurecerá como una sombra
al hombre que finge ser.
Y el Hijo del Hombre no fue crucificado de una vez por todas,
la sangre de los mártires no fue derramada de una vez por todas,
las vidas de los Santos no fueron entregadas de una vez por todas:
pero el Hijo del Hombre está siempre crucificado
y habrá Mártires y Santos.
Y si la sangre de los Mártires ha de correr por los escalones
primero debemos edificar los escalones;
y si el Templo ha de ser derribado
primero debemos edificar el Templo.





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El texto original:

IV
 

There are those who would build the Temple,
And those who prefer that the Temples should not be built.
In the days of Nehemiah the Prophet
There was no exception to the general rule.
In Shushan the palace, in the month Nisan,
He served the wine to the King Artaxerxes,
And he grieved for the broken city, Jerusalem;
And the King gave him leave to depart
That he might rebuild the city.
So he went, with a few, to Jerusalem,
And there, by the dragon's well, by the dung gate,
By the fountain gate, by the king's pool,
Jerusalem lay waste, consumed with fire;
No place for a beast to pass.
There were enemies without to destroy him.
And spies and self-seekers within,
When he and his men laid their hands to rebuilding the wall.
So they built as men must build
With the sword in one hand and the trowel in the other.

 

V
O Lord, deliver me from the man of excellent intention and
impure heart: for the heart is deceitful above all things, and desperately wicked.
Sanballat the Horonite and Tobiah the Ammonite and Geshem
the Arabian: were doubtless men of public spirit and zeal.
Preserve me from the enemy who has something to gain: and
from the friend who has something to lose.
Remembering the words of Nehemiah the Prophet: "The trowel in hand, and the gun rather loose in the holster."
Those who sit in a house of which the use is forgotten: are like
snakes that lie on mouldering stairs, content in the sunlight.
And the others run about like dogs, full of enterprise, sniffing
and barking: they say, "This house is a nest of serpents, let us destroy it,
And have done with these abominations, the turpitudes of the
Christians." And these are not justified, nor the others.
And they write innumerable books; being too vain and distracted
for silence: seeking every one after his own elevation, and dodging his emptiness.
If humility and purity be not in the heart, they are not in the
home: and if they are not in the home, they are not in the City.
The man who has builded during the day would return to his
hearth at nightfall: to be blessed with the gift of silence, and doze before he sleeps.
But we are encompassed with snakes and dogs: therefore some must labour, and others must hold the spears.


VI


It is hard for those who have never known persecution,
And who have never known a Christian,
To believe these tales of Christian persecution.
It is hard for those who live near a Bank
To doubt the security of their money.
It is hard for those who live near a Police Station
To believe in the triumph of violence.
Do you think that the Faith has conquered the World
And that lions no longer need keepers?
Do you need to be told that whatever has been, can still be?
Do you need to be told that even such modest attainments
As you can boast in the way of polite society
Will hardly survive the Faith to which they owe their significance?
Men! polish your teeth on rising and retiring;
Women! polish your fingernails:
You polish the tooth of the dog and the talon of the cat.
Why should men love the Church? Why should they love her laws?
She tells them of Life and Death, and of all that they would forget.
She is tender where they would be hard, and hard where they like to be soft.
She tells them of Evil and Sin, and other unpleasant facts.
They constantly try to escape
From the darkness outside and within
By dreaming of systems so perfect that no one will need to be good.
But the man that is will shadow
The man that pretends to be.
And the Son of Man was not crucified once for all.
The blood of the martyrs not shed once for all,
The lives of the Saints not given once for all:
But the Son of Man is crucified always
And there shall be Martyrs and Saints.
And if blood of Martyrs is to flow on the steps
We must first build the steps;
And if the Temple is to be cast down
We must first build the Temple.



Nota 1:
Hay un poema de T. S. Eliot del mismo año y con el mismo título, que no desarrolla in extenso los Coros que están en la obra teatral.

Nota 2:
Tal vez no venga mucho al caso. Tal vez. Pero, por extraño que pudiera parecer, en mayo de 2011, en la Catedral de Buenos Aires, el Centro Cultural Charles Péguy -entiendo que estrechamente asociado a Comunione e Liberazione- leyó la obra de Eliot. Podría no parecer tan extraño, tal vez, si se atiende al hecho de que el fundador de Comunión y Liberación, Mons. Luigi Giussani, desarrolló un extenso análisis en una sesión de lectura de la obra y conferencia para estudiantes universitarios en 1982.




jueves, 9 de octubre de 2014

Uno y otro


Entonces estarán dos en el campo: el uno será tomado y el otro será dejado;
dos mujeres molerán en un molino: la una será tomada y la otra será dejada;
(dormirán dos en un lecho: el uno será tomado y el otro será dejado.)


Catena Aurea, San Mateo, 24, 40-41



No solamente no sabemos cuándo
la cosecha que tiene prometida
recogerá su fruto y, cada vida,
en el tiempo feroz que va llegando,
se irá en gavillas o se irá quedando,
sobre una tierra ajada y preterida.

No es tanto el tiempo (aunque lo estoy mirando...):
es la Mano que viene cosechando,
la que todo perdona y nada olvida,
la que a uno toma y a otro va dejando...

A esa Mano tengo el alma asida,
esperando, esperando y esperando...

¿Cuál de los dos seré en esa partida?




martes, 7 de octubre de 2014

Juan y María



Hace unos cuantos años publiqué, en un libro sobre G. K. Chesterton y entre otros textos suyos en antología, un ensayo que siempre me gustó.

El libro anda por allí medio agotado y el ensayo que puse en aquella bio-antología provenía de un libro póstumo de Chesterton, El hombre común.

Hoy, en la conmemoración de Lepanto, dejo como regalo esa boda celeste, si acaso, que no terrestre, que tanto le gustaba a Chesterton.






lunes, 6 de octubre de 2014

¿Por qué no te callas?



Entre otros, hay un monasterio en Monte Athos: Vatopediu o Bατoπαiδíoυ, como prefiera. Es el segundo en importancia de los 20 que hay en la que llaman la Montaña Sagrada.

El nombre griego es una palabra compuesta de arbusto y niño y viene de un episodio que se narra en las tradiciones del monasterio: allá por los fines del siglo IV, un hijo del emperador Teodosio el grande se cayó de un barco y fue rescatado por la Theotokos y llevado sano y salvo a la costa, donde se lo encontró durmiendo junto a un arbusto, no muy lejos del lugar donde estaría más tarde el monasterio. Con el tiempo, los monjes pintan un ícono que homenajea a la Virgen por ese rescate milagroso.

No sabría yo esto si una de mis hermanas no me hubiera traído de Rusia lo que ellos por allí llaman kartiny, esto es, una reproducción de un ícono. El que ilustra la cabeza de esta entrada es precisamente el que me regaló.

Me llamó la atención especialmente la mano de ambos, Madre e Hijo. No soy un experto en iconografía mariana, y menos en la oriental u ortodoxa, pero alguna poca cosa sé y esa pose no la había visto nunca.

La busqué y no tardé mucho en saber que era una de las siete imágenes milagrosas de la Virgen que hay en aquel monasterio que digo. A ésta se la conoce y se la venera como Panagia Paramythia, que es como decir Nuestra Señora de la Consolación o del Consuelo.

Pregunté de dónde venía aquella figura que, en efecto es una versión rusa (probablemente del siglo XVIII) de su original griego. Mi hermana no sabía.

Averiguando por mi cuenta supe entonces que el ícono original, aquel del homenaje al milagro del niño en el arbusto, no tenía cuando fue pintado la posición de las manos que le veía a esta imagen y que me había llamado la atención.


El asunto es que la tradición cuenta que a principios del siglo IX, una mañana, unos piratas acechaban a los monjes, agazapados en las costas y esperando para saquearlos, no bien abrieran las puertas después de rezar Maitines. El superior de los monjes, concluido el oficio, se queda rezando y ve y oye que el ícono se mueve y habla, más precisamente la Virgen, que le advierte, más o menos con palabras similares a éstas: "No abran las puertas hoy, vayan a las murallas y defiéndanse y echen a los piratas que los están esperando para saquearlos..."

El monje ve, entretanto, que el Niño mueve también su brazo y tapa la boca de su Madre, mientras le oye decir: "No los adviertas, Madre, que son un rebaño flojón y pecador. Que bajo la espada de los piratas padezcan un poco la penitencia que merecen..."

Pero el monje ve todavía un movimiento más. La Madre toma la mano del Niño y apartándola apenas (que es lo que se ve en el ícono) repite entonces su advertencia. Lo que salva a los monjes del saqueo, claro.

El milagro se conmemora el 21 de enero y cada viernes a la tarde, antes de la Divina Liturgia, cuando los monjes rezan sus cánones de agradecimiento y súplica ante el ícono, junto al cual hay una lámpara siempre encendida.

Según la tradición, el ícono conserva desde aquella ocasión los cambios en las figuras, y la Virgen y el Niño quedaron en las poses que hoy se ven, y que es lo que precisamente me había llamado la atención.

Pero.

Después de conocer el asunto que está detrás de la imagen muy admirada en el mundo ortodoxo, me llama la atención otra cosa más rara todavía.

No tanto la advertencia de la Virgen a los monjes. No tanto la advertencia severa del Niño a su Madre y el gesto de dura reprimenda a la Madre, tapándole la boca, y a los monjes librándolos a la pena del saqueo por su flojera y sus pecados. Mucho menos que el ícono se mueva y las figuras cambién de posición y gesto. O siquiera que hablen con el monje.

La actitud de la Virgen tras la amonestación del Niño es, creo, lo más sorprendente.

Y siendo los tiempos que son, la oportunidad de este kartiny sobre mi mesa me resulta grandemente extraña y significativa.





viernes, 3 de octubre de 2014

Espejito, espejito





Mire, vea...: encontré en un antiguo manual de "Hágalo Usted mismo" un ejercicio de lo más interesante para días de tormenta como el de hoy, for instance.

Haga lo siguiente: búsquese una cara, cualquiera, la que tenga más mano y más bronca le dé (tiene que ser así para que el ejercicio rinda su fruto espiritual...)

El ejemplo que ilustra estas instrucciones es sólo a título de ilustración y no supone una sugerencia ni excluye en modo alguno caras peores. 

No sea trivial: nada de elegir la cara del Muñeco Gallardo o la de Juan Román Riquelme.

Elija con elegancia y con altura, póngale un precio alto al asunto. Por dos pesos, ni se moleste.

Ahora, ¿ya eligió? Fenómeno..., vayamos a la fase 1.

Mire bien la cara elegida. Con penetración, detenidamente, casi a punto de éxtasis, casi en el punto alfa.

Hágase uno con la cara elegida hasta que ya no sepa quién es usted y quién no es usted. Que todo usted esté en el todo de la cara elegida.

Una vez hecho lo antedicho, repítase con insistencia: "yo soy eso". (Atención: no caiga en la trampa frecuente del subterfugio y la gambeta: hágase cargo absolutamente de todo, sí: d-e t-o-d-o..., ni un gramo menos, ya tenga usted algo que ver con esa cara, ya crea que no tiene nada que ver con ella.)

Cuando crea que la frase ya es parte de su osamenta, pase a la fase 2.

Ya en la fase 2, sin dejar de mirar la cara elegida, incorpore la consigna: "eso es eso porque yo soy yo". Repítala hasta que se forme una masa homogénea. O hasta que usted entienda, lo que sea primero.

Deje reposar el espíritu en esa consigna hasta que crea haber entendido que hay una causalidad de hierro que no lo deja escapar. Puede mirar la cara y matizar con la expresión: "espejito, espejito..."

No se ponga nervioso, aplaque, con respiración rítimica y honda, la ansiedad, la angustia, el asco o cualesquiera otras reacciones resultantes del shock anímico que le produce la contemplación indicada (en la literatura específica se han relatado algunos casos de breve locura súbita y brotes psicóticos pasajeros en espíritus muelles o blandengues...)


Una vez conseguido el entendimiento de la cuestión, no deje de mirarlo con atención y espere las instrucciones de las fases 3 y 4.

Si advierte que no ha entendido, repita los pasos de estas instrucciones para alcanzar los resultados requeridos para las fases 1 y 2.





domingo, 28 de septiembre de 2014

Pelargir, Pelennor, Morannon



Son tres batallas en los últimos días de la Guerra del Anillo y están en la tercera parte de El Señor de los Anillos.

Ocurren el 13, 14-15 y 25 de marzo de 3019 en la Tercera Edad. Dos en tierras de Gondor y la última ante la puerta negra de Mordor.

No me haga caso si no quiere, pero le recomendaría releer esos tres episodios.

Pero no así nomás, no narrativamente.

Hay que poner especial atención a los emblemas: tanto en el marco de las acciones, como marco emblemático, como en los personajes que allí obran, también ellos vistos como emblemas personales.

Así visto, las circunstancias y los personajes resultan typos de unos antitypos que venimos a ser nosostros en nuestras circunstancias, casas más casas menos, precisamente porque el marco y los personajes son emblemáticos y no históricos o ficticios. Y ni siquiera proféticos.

¿No? Quién sabe. ¿Podría saber Tolkien que al dibujar ese imaginario (horribile dictu) estaba dibujando asuntos reales que podían ocurrir realmente tiempo después? Quién sabe.

Como fuere, creo que conviene leerlo con esa clave de lectura (horribile dictu, también) y ver muy especialmente un asunto, que es lo que quiero decir ahora.

En esos tres episodios hay la crema y nata de ambos bandos en acción. Los personajes más significativos están allí, cada cual con su carácter propio, con lo que son y con lo que han llegado a ser; y allí despliegan la naturaleza significativa que Tolkien les ha dado. Y hay que mirar principalmente eso en este ejercicio que propongo. Los personajes como emblemas, pero ya vueltos personas con su talante personal, sus circunstancias, su modos de ver lo que que ocurre, sus temores y consuelos, sus amores u odios, sus incomprensiones o certezas, su fuerza, sus debilidades, sus caídas, sus conversiones, sus fatalismos, sus esperanzas, su comprensión de la última razón de lo que están viviendo o su incomprensión. Y así.

Muy bien.

Si quiere, hágame caso y léalo así.

Pero al leerlo de ese modo haga algo más: elija un personaje.

O mejor dicho, búsquese allí. Vea quién es, sinceramente quién está siendo, vea a quién elige y por qué. No elija quién querría ser, sino quién es.

Quién es hoy usted aquí, de ellos allí y entonces.





viernes, 26 de septiembre de 2014

La pena de sentido


La pena de sentido
es la pena más honda.
Y de todas las penas de sentido,
la pena del oído.

La vista se consuela
repasando, reiluminando sus estampas,
en el sueño y la vela.
El tacto no te sabe,
el gusto no te supo,
el olfato te ignora, flor cerrada.
Pero el oído
entre la orquesta toda alada
busca el hilo sutil de tu sonido.
No importa la palabra, el pensamiento,
el halago, el deshielo de la esfinge.
Lo que busca el oído,
lo que la pena finge
es la miel del acento,
la insinuación del cante
-tu dulcísima isa
disimulada en brisa-
y el violín y la viola de Violante.

El arroyo que fluye,
el bosque que se queja,
y el mar soñando que en tu voz se aleja
y el flautar de la aurora que no huye.
Es la sal, la alegría
mojada en no sé qué melancolía,
la clara certidumbre
de que la luna tañerá su lumbre
mezclando risa en lloro
y plata de teclado en arpa de oro.

Y no puedo, no puedo
corporeizar la más mínima onda
de tu suave orear desvanecido.
Por eso es más que todas honda
entre todas las penas de sentido
la enamorada pena de mi oído.


Está en las Canciones a Violante, de Gerardo Diego, en una edición primera de 1959 que me regalaron.

Para los que saben, no hay ni que decirlo; pero no es la única gema de ese libro, tan breve como intenso.





Algo sobre octubre


Una de las cosas más impresionantes de este mundo bajo la luna es el tiempo. Y no estoy hablando del tiempo de los filósofos, menos del tiempo de los físicos, aunque sé que en una y otra vereda hay enormidades y honduras que también son de paladear y de asombrar.

Tampoco hablo del tiempo del mundo celeste, de lo que entra y sale del tiempo yendo y viniendo del Cielo a los hombres. Es más hondo, inconmensurablemente, sí. Y sin eso no se entiende nada. Sin la eternidad, quiero decir, no hay modo de entender ni el tiempo ni lo que vive en él.

Con todo y eso, está ese tiempo tan físico como interior, tan de todos como propio (imposible de otro modo), siempre en un cruce inevitable entre lo propio y lo de todos, y siempre difícil de desentrañar y de distinguir.


Los meses, los días, los años, las horas. No son seres espirituales (¿no?). Ni siquiera seres vivos.

No tienen intenciones, no tienen propósitos, ni recuerdos, ni olvidos. Ni amores ni alegrías, ni rencores, ni penas. Y al no tenerlos, no podrían darlos.

Son del tiempo. Son tiempo.

Y sin embargo.

Aquí estoy a la vista de las vísperas. Porque allí está octubre. Mi octubre, se entiende.

Con los años, octubre terminó guardando lo dulce y lo agrio en partes iguales. Y no hay modo de volver a él cada año sin la sensación extraña de que las hebras de una cosa y de la otra, así tramadas, también vuelven dulce lo agrio y agrio lo dulce. ¿Eso lo hará octubre?

¿Dónde se enhebran las hebras?

Están en el aire de octubre, se dice el corazón. Imposible, se argumenta a sí mismo. ¿Cómo no lo verían los demás hombres? Entonces sólo está en tu corazón, dice el corazón. Difícil un poco es eso, se replica, porque es octubre, y no otro tiempo, el que se ha guardado esas felicidades y esas congojas y aunque haya por allí de ambas cosas en esto y en aquello, el corazón mira las fechas y los días y hasta las horas. Y el mes, claro. Y las fechas y los días vienen a él con su equipaje.

El corazón mira lo que lleva él mismo, dice el corazón. No sólo, se contesta. Porque está lo que hay en octubre y está él en octubre. Y entonces ríe o se lamenta. Y ambas cosas. Y siempre las mismas cada vez, cada mismo día de cada tiempo igual.

Pero, ¿son siempre las mismas, siempre serán las mismas cosas cada vez? Quién sabe.

Tal vez, sé que eso ocurre, un día lo agrio y amargo descubra un dulzor antiguo que se nos hace nuevo y la inversa, también.

Tal vez llegue otro día, otro mes, otro octubre, y aquello que hablaba un idioma cambie los sonidos y los sentidos y resulte otro y descubramos que el idioma nuevo no era nuevo y que el idioma viejo no era ningún idioma.


Mientras eso no pase, pronto llega octubre.

Mi octubre, se entiende. El agridulce.




jueves, 25 de septiembre de 2014

Pobre gaita (II) (con canción)




Y así son las cosas, creo, si no me equivoqué mucho.

No puedo decirme que esa historia que conté me sea feliz, porque sé que no lo es.

Tan tramada de pequeñas hebras dolorosas que parece que no se notaran, pero que así con cuentagotas nos hacen los días, sin que nos demos cuenta. Hasta que un día nos damos cuenta, si tenemos suerte. Y lo que era nada, se vuelve signo y los signos se nos van poblando de sentido, como si se encendieran las cosas y nos hablaran en un idioma que ahora podemos entender.

Porque claro que vivimos en un mundo lleno de signos. Y eso es todo un consuelo después de todo.


Al fin, si tuviera que decirlo de otro modo, no tengo otro modo de decirlo que con estos pocos versos.


Pobre gaita

Tenías en la voz esa distancia
de ningún lado, de ninguna parte,
sin tiempo, sin sabor, tampoco el arte
de decir con donaire y con fragancia.
Sin sangre, sin dolor, sin la prestancia
de la gente de a pie, la del descarte,
la que lleva con garbo el estandarte
de ser cualquiera y ser con elegancia.
Una pena de mares nos separa:
yo no sé dónde éstas, ni sé si vives
o eres la voz de nada, apenas clara.
Pena de que no encantes ni cautives
tengo en el alma y esa cosa rara
de tus galaicos sones leitmotives.






Pobre gaita



Es una historia, nada más.

Y las hay mejores, ya lo sé; pero es la que hay. Y es la que puedo contar hoy, siendo las cosas tal como son hoy.

Pero mejor empecemos por el principio.

Aunque, en verdad, no sé bien dónde principia esta historia.


*   *   *


Hay algo peor que tener que bajar a la ciudad: ir en auto. Y muy temprano, peor.

Entonces, mejor el tren.

Pero allí ya tenemos un principio. Hace varios meses que trabajan en estaciones nuevas, andenes más altos, arreglos, pinturas, propagandas políticas y cemento, hierros y caños y carteles socialistas, cenefas de madera y consignas por los altavoces. Y trenes nuevos, chinos, que necesitan andenes más altos y así.

Primero fue que se inauguraba todo en julio, después agosto y al fin, septiembre. Antes, unos tinglados a la intemperie que hicieron las precarias veces de andenes para que los trenes se lucieran andando.

Ahora era ir a la ciudad comm'il faut, a todo nuevo. ¿Llevar lectura? Quién sabe. Mejor no. Música. Tenía que oír de nuevo la guitarra de Carlos Roldán y unos auriculares bien podían hacer el trabajo. Mientras, nada impide mirar todo lo que se pueda, todo lo que se vea, a esas horas hay que ir de pie entre ruinas...

Ver a las gentes. A qué altura de la historia estamos. Qué hacen. Qué ya no hacen mientras casi todos atienden sus electrónicas (¿yo era uno de ellos?) y apenas si hablaban entre sí, cosa que es nueva. Así que poco para oír en estos tiempos.

No importa, me dije. Sonaba espléndida la guitarra, nítida, mientras esperaba en los andenes nuevos, mirando todo para ver qué era estar a nuevo. Llegó la formación. A horario. Sereno el andar.

Un rumor, apenas, no lo distinguí al principio. Pero unos cinco minutos después volvió con más fuerza.

Los auriculares, como guardias severos a la puerta de las voces, no dejaban pasar casi nada que no fuera la guitarra. Casi.

Me los saqué. Alcancé a oír unas palabras en inglés neutro, ni metálicas ni cálidas, por los parlantes del vagón; pronunciaban el nombre de la siguiente estación.

Incómodo por la interferencia, en cuanto estábamos llegando a la siguiente estación, ya oí que una mujer española nos avisaba que llegábamos a tal y tal (pronunciaba como una vecina de otro lugar un nombre de otro lugar) y que si íbamos a bajar nos preparáramos y que tuviéramos cuidado. Y lo mismo después en la voz de una mujer (¿sería su melliza nacida en otro lugar?) que modulaba su inglés de aeropuerto, sin acento. Y al salir de la estación, otra vez: cuál es la siguiente estación, bilingüe claro.

Y aquí hay otro principio posible para la historia.

Se me cruzaron de pronto las imágenes de la madre de todos los excluídos de la patria grande recibiendo canchera los vagones que llegan, inaugurando desafiante las estaciones que empiezan a cambiar, poniendo en marcha, canchera otra vez y desafiante además, los trenes chinos nuevos, nacionales y populares.

Y, entonces, la voz de la pobre gaita en los altavoces y de su melliza de quién sabe dónde en su inglés de aeropuerto.

Primero se me dio por mirar otra vez a las gentes del vagón que ya eran más que antes. Su traza y su raza, sensiblemente latinoamericana más ahora que antes. Y sus cachivaches de consumo masivo (a no menos de pesos 1.500 por artefacto...), sus miradas perdidas por las ventanillas, sus miradas perdidas en las pantallitas, sus miradas perdidas.

La guitarra de Carlos Roldán apenas si podía con la voz de la pobre gaita, que ahora se colaba e invadía en cada entrada y salida de andén los acordes, sin que ni él ni yo pudiéramos apartarla.

¿Por qué se me fue la imaginación a la escultura de Cristóbal Colón atado y amorzado en alguna plaza fría del invierno no tan frío de una ciudad como sin raíces, capital de un país patotero y emancipado en las palabras y los gestos, y en nada más que en las palabras y los gestos, de cosas de las que no debería emanciparse ningún bien nacido?

Sería la voz de la pobre gaita, creo. Pobre gaita.

Pero. Tanto discurso relatado, tanto relato discurseado, tango gesto y alharaca, tanta sonrisita sobradora de boca ladeada repartida por el mundo, tan argentina la pose y tan desagradable, tan canchera, y todo para zaherir a los colonizadores y humillar a los invasores y para lamerle las llagas a los desclasados y para levantarlos en armas de odio y desprecio y ampliarles los derecchos y ampliarles los torcidos para que mastiquen la arena de la diversidad cultural un 12 de octubre...

Y todo eso para terminar poniendo a una pobre gaita a decirles a los nativos, a los indianos, y pronunciando a la gallega (como si fuera una receta de un pulpo a la gallega), las estaciones: William Morris, Hurlingham, El Palomar, Caseros, Santos Lugares... y La Paternal y Chacarita y Palermo y así...

Pobre pueblo nuestro.

Pero Carlos Roldán insistía, desde Wilde de Avellaneda, y desgranaba acordes de antigua música argentina y amablemente me limpió la mirada. Y el oído.

Hasta que.

Hasta que.

Y allí podría haber todavía un principio más para esta historia.

Estaba la pobre gaita. Pobre gaita.

A ver, a ver....

¿Quién sería? ¿Dónde estaba? ¿Quién le escribió en un papel (¿fue por correo electrónico?) los nombres de pueblitos perdidos de un país lejano? ¿Sería de unos entre 40 ó 50 años como parecía? ¿Sería esposa y madre? ¿Viuda? ¿Soltera? ¿Solterona? ¿Divorciada? ¿Estaría enamorada? ¿Viviría en un pisito módico en Madrid? ¿En los altos de una casita a las afueras de León? ¿Valladolid? ¿Era de Huelva y se mudó a Bilbao? ¿Por qué aunque ya la oía con cierta fijeza no pude sacarle la tonada? ¿Por qué tan neutra, tan nada, tan nadie? ¿Para qué, si aquí, entre los indianos, igual era lo otro per diametrum y nadie la oía y los que acaso la oyeran sólo sabrían que era la gaita del parlante? ¿Quién sabría aquí si pronunciaba Villa del Parque a la catalana o a la andaluza o a la navarra o a la gallega (como un pulpo a la gallega o una corvina a la vasca o un gazpacho andalú...)?

Digo yo: ¿y si no existe? ¿Y si no existiera la pobre gaita? ¿Sería una pasión inútil mi pena gaita por la pobre gaita? ¿Existirá de veras? ¿Será alguien? ¿Alguien de carne y hueso, aunque no tuviera alma ni sangre? ¿Serán nada más que unos bytes esas neutralidades de voz, sintetizadas en algún programa chino, manejado por una chinita con barbijo, esclava en alguna planta colectiva en un barrio de nombre imposible en Xuanhuei o Zhaotong o en cualquiera otra ciudad de la provincia de Yunnan...?

Pobre gaita.

Estuve hablando con ella todo el viaje. Ella ni me oía y sin duda no me prestaba nada de atención. Le pregunté todas esas cosas y más. Ni contestó siquiera. Los indianos ni la oían, tampoco ellos. Los indianos ni se daban cuenta de que el truculento colonizador les hablaba como un gran hermano gaita desde los altavoces de los nuevos vagones chinos, nacionales y populares. Estaban sumidos en otros bytes.

Pobre pueblo nuestro.

Pobre pueblo mío.

Pobre gaita.


El tren llegaba al fin a la ciudad.

La pobre gaita me decía, neutra, nada, sin sangre, que habíamos llegado a Retiro, pronunciado a la gallega (como un pulpo a la gallega...)




Ex clavitud (II): Centellea


Un clavo saca otro clavo.


Decía mi abuelo, que él sí usaba la frase y era carpintero por gusto: "mejor es una tenaza..."


Y se reía con una risa que centelleaba.

Y yo no entendía de qué se reía con su risa de centella.


Y tenía razón en reírse, veo ahora.




miércoles, 24 de septiembre de 2014

Romance de la malquerida


Corrió la voz una vez
y, así como van las voces,
ya murmuran en la aldea
viejos, mozas, labradores:
Esa muchacha morena,
con ojos negros que esconden
quién sabe qué, nadie sabe...
qué moza con pretensiones,
la que pasa y no saluda
y a todos les dice nones,
anda bebiendo los vientos
por un mozo y, en las noches,
canta unos cantos de luna

que sólo dicen adioses.

Por toda compaña tiene
la sombra niña del roble
(en el huerto de la moza
crece como ella y es joven...),
que tinta en sangre y estrellas
y con lágrimas salobres,
llora, toda pena y duelo,
y hasta sus ramas encoge
ocultando su corteza,
porque no vean que llore.

Por las mañanas del día
con el sol que luce bronces,
o por la tarde entre cabras
que tiran todas al monte,
va la moza suspirando,
y dicen que es por el hombre
que nadie sabe quién es
pero la mata de amores.

¡Cuántas flores amarillas
y verbenas a montones
teje mirando el arroyo,
mientras suspira canciones
que dicen que no la quiere
el dolor de sus pasiones!

Por las calles de la villa,
trenzados en los balcones
de hierro negro y roído
con rejas como prisiones,
de tanto en tanto aparecen,
como si fueran reproches,
unos lacitos de mimbre
con bellotas de su roble
que la moza va colgando
cuando duermen soñadores
los ojos de todas partes
envueltos en camisones.

Y ella camina en lo oscuro
y recita maldiciones
como súplicas de besos
que se dan en los rincones
oscuros de cada calle
las amadas y amadores.

En los huertos y en la sierra
ya maduran los limones,
y después llega el otoño
poniendo todo de cobre;
y vuelve la primavera,
baja el agua, crecen trojes;
y llega al fin un verano
herido de trigo y soles.

Pero la moza camina
las nieves y los ardores
siempre sola, el paso triste,
con ojos como carbones
apagados de tan negros
y fríos de estar sin hombre.




Ex clavitud


Un clavo saca otro clavo.

De mozo nunca me gustó la frase. Ni la usaba.

Pero hay que ver también que, siendo jóvenes -y por serlo-, entendemos poco y mal esa equivalencia aparente entre un clavo y otro.

Si, tantos años ha, alguien me hubiera dicho que, un día, las cosas y la vida me descubrirían y podría saborear el arcano feliz de esa misma frase, no se lo habría creído y hasta lo habría mirado con fastidio y hasta con cierto desprecio.


Y habría hecho muy mal.


Porque la frase lleva una verdad feliz.

Un clavo saca otro clavo.





martes, 23 de septiembre de 2014

Azul de lluvia




Hace unos cuantos años, íbamos con un buen amigo trepando por las montañas del sur y nos pilló un tormentón, bajando.

Apenas pudimos hacer algunos kilómetros y tuvimos que refugiarnos en un campo, porque ya habíamos alcanzado los bosques de abajo.

Llegamos a una matera, había gente y pedimos posada. Un fuego rodeado de piedras casi en medio del tinglado y unos tres o cuatro peones sentados alrededor. Olores de campo y de cosas de campo, olores de montaña, la madera aromada, la piedra, el agua.

En una especie de cabecera, en un banquito de ordeñe, estaba sentado el patrón, presidiendo la juntada sin alarde, un enorme belga criollo y jocundo. Hospitalarios, nos ayudaron a poner a secar nuestras cosas y equipos y ropas, nos hicieron un hueco junto al fuego e hicieron correr el mate, como si fuéramos de toda la vida. Tratábamos de entrar en calor y estábamos mudos. Ellos conversaban y bromeaban de cosas de sus faenas y trabajaban cueros, trenzaban tientos, arreglaban frenos o riendas, componían máquinas, según el caso. Afuera, la puerta de la matera mostraba un valle cada vez más neblinoso y frío.

Pasaron las horas y oscureció y más frío hacía. Todavía no estábamos del todo secos y nos acopiaron unos troncos más: "para la noche... pasen la noche y mañana ven...", dijo el belga, "hay algo de comer en la casa, si quieren, buscan y se lo traen pa'cá... y hay un poco de vino, no sé si toman..."

Nos miramos con mi compadre y sonreímos. Dormimos apenas con unos pellones, casi sobre las piedras. El fuego era fuerte, pero igual nos hizo frío esa noche. Todo lo nuestro estaba tan seco a la mañana como entumecidos nosotros. El mate ayudó y después el café que nos convidaron y el pan casero y así.



*   *   *


Los martes son días que me reservo para cosas para hacer, sin salir del corral, ocuparme en esto y aquello. A veces, el jardín y las plantas; a veces, arreglos de cosas rotas, que no andan, o que querría que anduvieran. A veces, orden interno. A veces, nada y pensar en lo que voy a hacer el martes que esté por venir.

Hoy era el jardín, aunque sabía que amenazaba lluvia. Pero era el plan. La mañana se complicó y hacia mediodía sopló un viento frío y amenazante que avisaba en llovizna fina que en cualquier momento llovería. Y llovió, desparejo y frío.

Me acorraló y ya no había modo de andar afuera. Miraba el jardín. Porque era lo único que me quedaba por hacer, si no le iba a hacer nada. Él estaba contento, yo sumaba un renglón al martes que viene.

Me quedé un rato viendo llover y tomando mate. Y de pronto vino la matera aquella del sur y se me plantó adelante, con su aire frío y todo aquel verde penetrante y como salvaje de aquellos campos entre montañas.

En los dos últimos años, dejé crecer un yuyo que viene alto, tiene hojas oscuras y una flor azul que es la causa de su sobrevida. Y de mi alegría. Mi madre se queja: cómo hacés venir 'esos' yuyos... Pero el año pasado se llevó un par y los puso en su casa, por allí, entre sus plantas. Porque me gusta la flor..., me dijo al descuido, como si nunca los hubiera condenado a muerte.

Ahora, allí estaba ella, recién nacida. La flor (no mi madre...)

Feliz de la vida con esta poca de agüita.

Y la miraba yo y ella ni me miraba (la flor, no mi madre...) y más me traía aquellos días de hace tanto. Porque también allá había unas florcitas azules en un mallín que se veía desde la matera, que eran un contento.


Y pasó la tarde.



Nosotros, fin de la noche


Ho perso il sonno
Oscillo
al canto d’una strada
come una lucciola
Mi morirà
questa notte?


Giuseppe Ungaretti, Giugno



¿Qué nosotros duerme en esta cornisa del tiempo?

La noche ya casi ha enterrado a todos sus vivos.

Ahora, vagamente libre,
ronda por los funerales del invierno
buscando semillas secas en huellas borradas.

Luciérnagas de olvido
apagaron sus candelas de recuerdos y memorias
y se disuelven en la niebla.

¿Qué nosotros despertará cuando una calandria diga que la noche pasó
y dejó su estruendo de horas heridas?

¿Qué nosotros levantará la bandera del día de los que aman
y repican a gozo sus cantos de amor y de guerra,
cuando el incendio ya no levante el humo de las tristezas?


No hay nosotros.

¿Habrá nosotros?

No ahora. 


No nosotros.

 

Estoy yo, la mitad de nosotros.

(Yo, apenas. Y apenas a la sombra de jilgueros y silencios.
Entre almácigos de noches nuevas,
sembrando días y tardes en los surcos abatidos de la tierra arrasada,
podando el corazón de las flores,
librando las notas mudas de todos los vientos....)


No hay nosotros.


Pero habrá.



lunes, 22 de septiembre de 2014

Se equivocó la paloma (II): animales bíblicos


Lo primero es lo primero. Dice Castellani que ésta es una parábola zoológica y en cierto sentido lo es, porque acumula bichos, sin duda.

Jesús, efectivamente, nombra en esa pequeña parábola o comparanza cuatro animales. De modo que hay que ir primero a los animales.

Allí hay ovejas, lobos, serpientes y palomas.

El texto griego de san Mateo dice:
Ἰδοὺ ἐγὼ ἀποστέλλω ὑμᾶς ὡς πρόβατα ἐν μέσῳ λύκων· γίνεσθε οὖν φρόνιμοι ὡς οἱ ὄφεις καὶ ἀκέραιοι ὡς αἱ περιστεραί. 
προσέχετε δὲ ἀπὸ τῶν ἀνθρώπων·
Y la Vulgata:
ecce ego mitto vos sicut oves in medio luporum estote ergo prudentes sicut serpentes et simplices sicut columbae,
cavete autem ab hominibus...

Los nombres de los cuatro animales que se mencionan allí son más bien généricos: πρόβατον (oveja), λύκος (lobo), ὄφις (serpiente) y περιστερά (paloma), de modo que parecería que por ese lado no se llega muy lejos.

Aunque...

Por lo pronto, para un pueblo de pastores y que nació de un pastor, como Abraham (era algo más que pastor, pero pastor era), las ovejas y los lobos no son extraños. Tampoco las serpientes y las palomas, unas porque abundan en el desierto y en tierras áridas; las otras porque está en todas partes. Es claro que el que oía entendía fácilmente: ni lobos ni serpientes son simpáticos, oveja y palomas sí lo son.

En las Escrituras hay diversidad de nombres distintos para algunos de estos animales, no entraremos en demasiado detalle sobre eso ahora, aunque las distinciones son de lo más interesantes e instructivas, no por zoología precisamente.

Como fuere, creo que hay que decir al respecto al menos tres cosas.

1. De las aves que se mencionan en las Escrituras, la más nombrada es, precisamente, la paloma, más de 50 veces dicen. Incluso en sus dos versiones, tanto la tórtola como la paloma a secas, aunque los judíos las asociaban, igual que nosotros. Serpientes hay en las Escrituras de unas 10 clases y otras tantas voces las designan, incluyendo algunas que parecen mitológicas, como las aladas o los basiliscos o dragones.

2. De los cuatro animales mencionados en la parábola, solamente el lobo no tiene ninguna relación con el nombre y la persona de Jesús.

a. La oveja, y en particular el Cordero, le es propio. No hay que olvidar que entre los judíos el cordero es el animal sacrificial por excelencia, cuyo holocausto es el sacrificio mayor.

b. La paloma está con Él desde el principio: sus padres ofrecieron por Él en el Templo dos pichones de  paloma. Así lo mandaba el Levítico (5, 7) para aquellos que siendo pobres no podían ofrecer un cordero por el primogénito. De las dos palomas, una se daba por el perdón de los pecados y otra para el holocausto. Y así lo hicieron. Por cierto que es el Espíritu Santo en forma de una paloma lo que aparece sobre Él en su bautismo. Una tradición medieval antiquísima, ponía a la paloma como casa de la Eucaristía.

c. No hay duda de que la serpiente (en cualquiera de sus versiones) está asociada directamente al Demonio y al Enemigo, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Pero, y por extraño que nos pudiere parecer (se le ha escapado a Castellani), hay al menos un pasaje claro en el que se asocia a Jesús con una serpiente. ¿Quién lo dice? Él mismo, según el evangelio de san Juan (3, 13-15):
Nadie ha subido al cielo,
sino el que descendió del cielo,
el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés
levantó en alto la serpiente en el desierto,
también es necesario
que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él
tengan Vida eterna.
Se está refiriendo al pasaje narrado en el capítulo 21 del libro de los Números, sobre la serpiente de bronce de Moisés:
Los israelitas partieron del monte Hor por el camino del Mar Rojo, para bordear el territorio de Edom.
Pero en el camino, el pueblo perdió la paciencia
y comenzó a hablar contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos hicieron salir de Egipto para hacernos morir en el desierto? ¡Aquí no hay pan ni agua, y ya estamos hartos de esta comida miserable!"
Entonces el Señor envió contra el pueblo unas serpientes abrasadoras, que mordieron a la gente, y así murieron muchos israelitas.
El pueblo acudió a Moisés y le dijo: "Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti. Intercede delante del Señor, para que aleje de nosotros esas serpientes". Moisés intercedió por el pueblo,
y el Señor le dijo: "Fabrica una serpiente abrasadora y colócala sobre un asta. Y todo el que haya sido mordido, al mirarla, quedará curado".
Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre un asta. Y cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba hacia la serpiente de bronce y quedaba curado.
La palabra que usa el texto hebreo para serpiente en este caso es sârâf que tiene, para nosotros, curiosas asociaciones con los Serafines.
(Del hebreo, serâfîm, "seres ardientes [elevados"; plural de sârâf [del verbo sâraf , "arder"], "serpiente", "serafín", "resplandeciente"). Seres celestiales que el profeta Isaías vio en visión delante del trono de Dios (Is. 6, 2-6). Cada uno tenía 6 alas: con un par se cubrían al rostro, con otro los pies, y usaban el tercer par para volar. Oyó que los serafines cantaban: "Santo, santo, santo, Yahavé de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria" (v. 3). Cuando confesó su pecado, uno de los serafines tomó un carbón ardiente del altar y con él tocó los labios del profeta para indicar de ese modo la purificación de su iniquidad (vs. 5-7). La Biblia no ofrece más información acerca de la identidad de estos seres. El adjetivo sârâf aparece como "ardientes" en Números 21, 6 ss., donde se describen las serpientes que invadieron el campamento de los israelitas en el desierto. En el v. 8 la "serpiente" que hizo Moisés se llama sârâf, la misma palabra que en Isaías. 14, 29 y 30, 6 se traduce por "serpiente voladora" o "que vuela". Puesto que la raíz verbal hebrea srf se refiere a algo que arde (Ex. 32, 20; Lv. 13, 55; 1 R. 13, 2), parecería que cuando la palabra se aplica a una serpiente no se refiere a su forma sino a su ardiente mordedura o a la inflamación que produce, o quizás a su brillantez. Por eso, cuando se la usa para calificar a los seres celestiales que se encuentran delante del trono de Dios, tal vez denote el resplandor que irradian. En Isaías. 6 la palabra "serafín" puede estar asociada al hecho de que fue un sârâf el instrumento para administrar la purificación simbólica por medio del fuego (vs. 6, 7). Las palabras y las actividades de los serafines del capítulo 6 ponen en evidencia que se trata de seres inteligentes que honran a Dios y le sirven.
En este punto, como complemento, conviene mirar con atención la suerte que corrió esa famosa serpiente de bronce de Moisés entre los judíos, es decir, simbólicamente, entre los hombres. Y conviene ver, por ejemplo, qué hizo con ella el rey Ezequías (y de paso, qué hizo su hijo Manasés...), todo lo cual está dicho en los capítulos 18 y 21 del segundo libro de los Reyes.

 3. Me parece que habrá quienes se pongan incómodos con la cuestión de las ovejas y las palomas. Podrá parecer pusilánime esa versión del cristianismo. Y habrá quienes preferirían que en vez de tanta oveja hubiera halcones y palomas. Y estar del lado de los halcones. Pero el caso es que halcones no hay allí en la parábola. Y la serpiente que hay tampoco sería de mucho consuelo para un falconófilo.



Pero, alto aquí.

Ya veremos que se ve cuando vea mejor, porque esta pesquisa cansa los ojos, no crea.

Y aunque es tan sabrosa como interesante, creo que se necesita más aliento del que un servidor tiene. Además, hay que ver y pensar.



Me voy a dar una vuelta por allí y volveré al asunto más tarde.




domingo, 21 de septiembre de 2014

Primavera sur

Estimados, mañana, cuando sean las 23 horas y 29 minutos, aquí en el sur será el equinoccio de primavera.

En el polo sur, comenzará una especie de día de 6 meses que sigue a una noche de algo similar. Y en el norte, a la inversa. En marzo, ocurrirá al revés y más exactamente el día 20 a las 19 y 45 de nuestro mundo pampa.

A esa hora que dije, mañana, el sol cruzará el ecuador celeste como si dijéramos de norte a sur, por el Punto de Libra, que ya no es Libra sino Virgo porque ahora ésa es la constelación de referencia por el movimiento de los astros. En este equinoccio, los días iguales van a hacia la noche más corta.

En marzo, por su parte, el sol cruza de sur a norte, cortando el ecuador celeste de la Tierra en el punto de Aries, que ya no es Aries sino Piscis, por la misma razón.  Y en ese equinoccio, los días iguales declinan hasta la noche más larga.

Algo en cielo dice eso y no seré yo quien lo dude ni lo menosprecie. Más bien al revés: me quedo pasmado con esos movimientos de las cosas en el cielo de los hombres y los ángeles, donde las esferas bailan una música terrible.


Mientras tanto, aquí, bajo la esfera de la Luna, ahora, al sur de este mundo azul, la primavera ya empezó y es algo distinto.

Y todos saben qué es.

Y nadie sabe qué es.




5 o'clock... mate



No se fíe mucho de lo que digo, pero, hasta donde sé y vi, los ingleses y los chilenos tienen comidas o bebidas con nombre de horas.

(Seguro habrá otros. Por ejemplo, dicen que también los vascos con su hamaiketako -precisamente, la de las once-, aunque eso sólo lo sé de leídas.)

Los ingleses con su tea time, que se hace tópico como el 5 o'clock tea, que no es a las 5 de nada, sino más bien a las 4 de la tarde o incluso al atardecer y en ese caso cerca del té-cena, que llaman algunos por acá.

Cualquiera diría que la más simpática es la de los chilenos: las once (también, la once u once, derecho viejo...)

Se dice tomar once y no es a las once de ninguna hora del día, sino más bien a la tarde. Pero también se lo usa a veces como tentempié, o como una mezcla de viandas que se podría comer a cualquier hora. La botana de los mexicanos, podría decirse, o el picar algo de nosotros de acá, aunque allá suena más nutrido.

Es gracioso lo que dicen por ahí de su etimología.
El origen del término es discutido. Lo más probable es que sea la traducción literal de una comida tomada a media mañana conocida en inglés como elevenses ("onces"), interpretación que recoge la Real Academia Española.

Sin embargo, y según lo que posiblemente sea una etimología popular chilena, esta palabra provendría de la costumbre de los trabajadores de las salitreras que acompañaban la merienda con un trago de aguardiente, a finales del siglo XIX. Debido a la existencia de restricciones para beber alcohol, llamaban once a tal comida por la cantidad de letras (11) que posee la palabra aguardiente. Una variación de esta teoría señala que, durante la Colonia, los hombres que querían tomar aguardiente se referían a esta bebida como "11", para que las mujeres no se dieran cuenta. Otra versión cuenta que un club de reunión de damas, formado por un total de once personas, se juntaba a mitad de tarde para compartir té y galletas.


Mirá.

¿Y?

Y nada. Eso es todo.



Yo estaba tomando mate. También a la 5, claro.


Y me acordé de eso.

¿Por qué? ¿Tá mal?




Elogio, con E de Enrique


A Banchs, ya en su cielo de poesía


Enrique, de tu voz la luz asoma
como una barca que en el mar titila:
tu voz de halcón, que endulza en la pupila
el aire en el que arrulla la paloma.
Enrique, en los lagares de tu idioma
hay un mosto de amor que se destila
con tu mirada frágil y tranquila,
y que en tus versos se nos vuelve aroma.
En esta urna duermen las cenizas
del cascabel que tañes con tu mano,
y son un fuego que callado atizas.
Que este elogio a tu canto glorifique
ese misterio del callar temprano
que nos dejaste en tu silencio, Enrique.



sábado, 20 de septiembre de 2014

Alegrías impacientes




Hay como mil especies de impacientes. Sí: mil.

¿Tantas?

Así es. Y viera cuánto son bonitas algunas impacientes...

¿Y por qué impacientes?

Ah..., ésa es pregunta para los que saben por qué, pero no espere grandes revelaciones.


El asunto ahora es otro.

Hablo con mi madre. Por casi todo comentario, me dice: "Conté las alegrías que tengo: son nueve..."

Un tema antiguo entre nosotros y que tiene ramificaciones y discusiones varias.

¿Cuántos colores de Alegrías del hogar hay?

"Son nueve distintas...", confirmó y repasó los colores y describió las hojas y hasta me recordó en qué lugar estaba cada una.


Impatiens walleriana, así dijo que se llamaría la Alegría del hogar, allá por mediados del XIX, el señor Joseph Dalton Hooker. Y así quedó. Es una de las casi 1000 especies del género Impatiens que describió Linneo un siglo antes. Y las llamó así porque vio que, apenas con tocar las vainas con semillas de las plantas de este género (que con vainas o sin ellas todas están llenas de flores cualquiera sea la especie), explotan y las esparcen todo alrededor.


Mi madre no sabe nada de todo eso.

Cultiva con alegría sus Alegrías, tiene paciencia para verlas crecer, las cuida (porque son sutiles las Alegrías, son delicadas...), y las transplanta, y hace nuevas. Y espera que florezcan.

Y, al final, cuenta con paciencia los colores distintos de las Alegrías impacientes.




Días de hierro


Corazón, mira el aire: son días rojos.

Como un roble en otoño.
Como una mañana de tormenta.
 
Como el hierro que arde en silencio
y que cuenta las horas
en las fraguas oscuras de mi sangre.

Son días de hierro.

Pero somos el hierro.

Y llevamos el fuego que nos arde
en entrañas de hierro.

Fragua y martillo somos.
Forja que truena un día sin tiempo, eso somos.
 

Yunque de amores,
golpe de gozos:

en nuestras entrañas vivas de hierro vivo.


Eso somos.

En estos días de hierro.





Roble





Emociona saber que son míos. Y ya es todo un regalo verlos así, en la mañana, juntos pero libres, serenos al sol fresco, fuertes como un roble.


Dos robles no los da cualquiera.

Dos robles son un regalo invaluable.



viernes, 19 de septiembre de 2014

Septiembre

Es inútil, ni lo intente: arruinar septiembre no se puede. Ni aunque quiera.

Y mire que hay quienes querrían. Y quienes lo intentan, sabiendo que tocan cosas que no tienen repuesto, queriendo o por torpeza.

Pero igual es inútil. No se puede arruinar septiembre.

En la madrugada, una niebla densa había bajado por todas partes y jugando de rama en rama, bromistas, en medio de la cerrazón, como ecos, ya cantaban los pájaros, nítidos. El aire era fresco como un alarde invernal, inútil también. Septiembre es más fuerte que eso, se ve.

Todo aromado el aire entre la niebla: jazmines, la Eugenia, los azahares del limón, las salvias florecidas, lavanda, menta, los mismos pastos. Como espectros coloridos y felices, las azaleas, las alegrías, los lirios de agua, las achiras, vagan en flor entre el gris blanco de la madrugada, como niños.

Estaba en pie a esas horas, aprovechando tiempos. Iba de camino a ocuparme de la paloma esa de la parábola, en lo que vengo pensando (no, cumpa, no: ni me olvidé, ni me hago el distraído, no...)

Pero, no había modo de cruzar hasta la cueva sin quedarse al sereno. En septiembre. Me refugié apenas bajo el tala, mate en mano, adivinando cosas detrás de la niebla, como en una catedral de niebla, lucida, florida, lista para una boda, con el coro probando y sacando sus voces antes de que el mundo se llene de invitados o de intrusos.

Y pensé en primaveras de otras partes. La misma primavera de Palestina, la de Jesús, la de cuando fue anunciado y concebido, la de cuando bajaba a Jerusalén para la Pascua, la de cuando en su propia Pascua epónima fue sacrificado, la de su Resurrección.  O la primavera aquella, famosa y misteriosa: la de la higuera que reverdece.

Ya lo sé: no sería septiembre, a veces ni siquiera abril que es el emblema boreal de la estación. Pero era tiempo de primavera lo mismo. Era septiembre, a casi todo efecto.

Sin duda que otoño y primavera, al menos en este sur del mundo, son las estaciones por antonomasia. Tal vez, allá lo sean. Y tal vez allí ocurra como ocurre en estas partes, mudando los nombres.

Marzo, por ejemplo, es el equivalente a septiembre. Pero no es lo mismo, no. Ni modo.

Septiembre, todavía invierno, es ya primavera y mucho más que eso, que es lo que en la primavera queda dicho y representado. Es invierno casi todo el mes, sí. Y más cuando el equinoccio se atrasa, como en este año. Pero es septiembre y es indestructible.

Marzo, en cambio, no llega a ser otoño. Es un verano que languidece, una torridez sin destino. Más ha sido así todavía, en los ultimos años, en los que algunas estaciones se han diluído, empastado. También marzo es verano casi todo el mes, también a veces se atrasa el solsticio en él. Pero no es otoño.


El día empezó.

Septiembre estaba en funciones, vigoroso, ágil.

Un aire vivaz, fresco, ahora todo iluminado, la noche lejos, quién sabe dónde, la niebla ida.

Y el mundo, aquí, otra vez septiembre.





jueves, 18 de septiembre de 2014

Cenizas de zorzal


Epitafio

La vida estaba entera
en el pan y en la sal
que compartimos.


Elegía

Mueres con el invierno.
En las cenizas,
raíces de manzano en flor.


Dirge

En tu primavera de luna,
nueva de luna nueva.
¿por qué esta sombra de azahares
te acompaña?


Cenizas de zorzal

La noche se lamenta, oscura.
Vela muda su duelo y tus cenizas,
que no cantarán.


Philomelos


Dimmi, dove è ora la mattina?
Dove si trova il tuo canto,
sospeso dal cuore fragile?



Había un zorzal


Había un zorzal. Cantaba en mi ventana.
Su canto era la luz y me decía
que con su voz paría la mañana,
aunque fuera de noche y no de día.
Había un zorzal. Y la esperanza mía,
en liturgia feliz y cotidiana,
en medio de la noche amanecía
con cada nota límpida y temprana.
Había un zorzal. Y aunque su voz humana
mi misma voz a veces parecía,
su voz no era mi voz. Yo lo sabía.
Había un zorzal. No está. Su voz cercana
ni siquiera resuena ya lejana.
Había un zorzal. Había un zorzal. Había.



martes, 16 de septiembre de 2014

Se equivocó la paloma (*)


Este Padre (lo dicen en Roma)
Es piadoso a la par que prudente
Es prudente como una paloma
Y es piadoso como una serpiente.


Estos versos (de los que hay otras versiones en otras partes y cuya inspiración viene del texto del evangelio) son más o menos conocidos y están en Las Parábolas de Cristo, de Leonardo Castellani.

Aparecen en medio del comentario a un pasaje del evangelio de san Mateo (X, 16) que dice: "He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos. Sed pues prudentes como serpientes y simples como palomas. Y tened cuidado con los hombres".

En la edición vieja (Itinerarium, 1960), la Parábola de la paloma y la sierpe (44-45) está en las páginas 183-188. En la edición de Jauja (1994), en las páginas 174-178. Y en esta edición digital, entre las páginas 115 y 118.




Por lo pronto, y antes de hacer alguna consideración sobre el asunto, creo que conviene leer o releer estas páginas.

Y más diré: creo que es realmente útil y conveniente la lectura atenta del comentario tanto para palomas como para serpientes.

Y aun para palomas reptantes tanto como para serpientes palominas.

En cualquier caso, lo que sí le pido, cumpa, es que no se me apure con las conclusiones demasiado oportunas o partisanas. No haga como quienes leen no primero sino solamente lo que les interesa o lo que les viene bien para su pequeña fiesta privada o lo que les duele más.


Entonces, primero miramos. Y, a la vuelta (de un servidor), vemos.


__________________________

(*) Es así, nomás. Mientras estamos en este valle, las cosas están un poco enredadas y se cruzan unas con otras. Hablaba de palomas hace unos días por muy distintas razones (¿sí? no sé, no sé...) y me vinieron a buscar estos versos; y así como llegaron los versos, llegó el comentario de Castellani a esta parábola que digo; y con el comentario, esta entrada y lo que venga. Queda usted notificado, compadre.





Nota breve y amable a la entrada anterior sobre el despecho hispano y la hispana pena, que en algo confirma la pena hispana que me da (aplicable sólo a lector de mala leche y corazón yermo, y espero no tener que decir nada más sobre el asunto)




Hay que joderse: el buen Dios permite que nos llegue de tanto en tanto algún que otro lector que no diré que es idiota, pero que seguramente es sin gracia (esto es, tan infeliz como desgraciado), y creo que lo hace sabiamente y más que nada para ayudarnos a cumplir la penitencia muy merecida por nuestros muchos pecados.

Sursum corda!

Y amén.






Despecho hispano, hispana pena


Lo confieso, mi estimadísimo: más que ninguna otra, una de las cosas que me aleja de España, de tanto en tanto, es el fingido amor impostado de algunas gentes por las cosas peninsulares. Fingido y utilitario, con impostación devota, y con devoción ideológica.

Y tanto así que algunas veces están a punto de hacérmela odiosa. A España, digo.

La amaran sin más y estaría bien. Pero se ve que España no les es suficiente y la necesitan para algo más y por algo más que por ser. Por ser España, con lo que ser España es.

Me da fastidio. Y pena. Pena hispana. Y mire quién se lo dice, mi amigo: hasta donde sé, tendré a España en cosas del alma, acaso, porque en la sangre, nones. Por ningún lado.

(Y quién sabe si no será por eso mismo que no necesito usarla para que parezca que la quiero...)

*   *   *

El caso es que en estos días me llegó, entre otras cosas que me llegaron de allí, un envío curioso que realmente me conmovió. Alguien circuló un pastiche cuyo núcleo duro es un artículo de Arturo Pérez Reverte, que después (ordenando el desorden del envío) vi que era asunto de algunos años ya: La carga de los tres reyes.

Y pastiche digo porque, puesto a ver, vi que el artículo mondo no venía, sino con agregados furiosos y despechados de algún quidam que hizo pie en Pérez Reverte y desde allí dio su salto mortal, con dolor de España, al parecer.

Mire, vea: no soy tan tonto: muchas cosas dicen hoy los españoles sobre estos asuntos y más, que no me cuadran ni me gustan. Ni me gustan las razones por las que las dicen. Y no solamente los españoles que aman en tiempos revueltos, o los del bando simétrico opuesto, que con modositos gorgoritos derechosos hacen pininos para ser sin estar y estar sin ser. Hasta algunas cosas dichas en estas muestras no me gustan.

Dicho esto -y acúseme de sentimental, si quiere-, digo que la furia de este buen hombre anónimo me pareció de lo más hispana, y en eso mismo conmovedora, como me pareció en su estilo corajuda la página de Pérez Reverte. Y por eso traigo esto ahora. Aunque no deja de parecer algo penoso que así y ésas sean las voces y que los propios lamentos, aunque sinceros, terminen siendo la cifra misma de lo que España muestra ya no ser.

Así las cosas, le dejo el asunto en sus manos y ya verá usted qué se hace con él.

Lo leí, creo que lo entendí. No tengo más que hacer.


*   *   *


(Esta primera parte y una última, que indico más abajo, no pertenecen al artículo de Pérez Reverte y las agregó un difusor anónimo, pero la copio porque hace al asunto, y le da clima a la cuestión...)

Los americanos tienen El Álamo, Gettysburg.
Los franceses, Alesia.
Los judíos, Masada.
Los griegos, el Paso de las Termopilas.
Los alemanes, los bosques de Teutoburgo.
Los ingleses, Trafalgar.
Los portugueses, Aljubarrota.
Los rusos, Stalingrado.

Hasta los zulúes tienen algo... Insaldwana.

Y los españoles, debido a los traidores por un lado y los cobardes por otro, no tenemos...

Las Navas de Tolosa, por insidiosa
La Batalla del Ebro, por fascista
Lepanto, por intolerante
Tenochtitlán, por genocida
Bailén, por retrógrado
Amberes, Breda, Northlinghen, por no herir sensibilidades
Villaviciosa, por no plural

¿Sigo?

Y un montón de ineptos, embusteros, interesados, desgraciados, chusma, incultos, maricomplejines,... traidores y cobardes (insisto) que han dirigido, dirigen y dirigirán las mentes... de los que se dejen, de esta gran nación que es España.

Cuando paso cerca de Despeñaperros (sitio donde se despeñaron miles de perros invasores e impositores de sus ideas (políticas, religiosas, filosóficas, ... ....), siempre salgo despotricando que no haya nada allí para conmemorar algo tan importante, tan épico, tan cristiano.

He estado en Normandía, y estuvimos cuatro días viendo museos, cementerios, edificios históricos de la batalla de Normandía, en Estados Unidos de cualquier escaramuza sin importancia hacen un centro histórico con museo incluido, y aquí tenemos el 800 aniversario de lo que considero la batalla más importante de la historia de Europa (o sea del mundo) y no hacemos nada.


La carga de los tres reyes

Por Arturo Pérez Reverte


Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad -seguro que el término les suena- contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa -también esto les suena, imagino- debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.

¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura porque aquí no habría despelote ni mariconeo, sino gente real que por amar a su tierra luchaban a morir.

(Esta línea que dejo subrayada, y también esto que sigue más abajo, estaba agregado al envío original por el difusor anónimo, casi confundiendo lo propio con lo de Pérez Reverte. Casi. Más clima, claro, y por eso lo dejo.)


¡Ojo! ¡Importante!

Tardamos 8 SIGLOS, o sea, ¡¡800 AÑOS!! en echarles de la península, nuestra tierra! Fue por nuestra desunión, porque España la formaban distintos reinos y no uno solo. Combatíamos entre nosotros -como ahora con las 17 autonomías innecesarias- y no tuvimos un solo Rey, una sola nación, un único mando militar para expulsarles, de eso se aprovecharon durante ¡8 siglos! y ellos, los de la media luna sí que lo recuerdan, por eso se aprovechan, de nuestra actual desunión, para una segunda invasión silenciosa... bajo la permisividad de políticos de bajo perfil, acomplejados, miedosos de llamar las cosas por su nombre..., nada que ver con aquellos valerosos guerreros cristianos que combatieron y derramaron su sangre ¡para.... nada!

Ellos recuerdan nuestra desunión, la misma que tenemos ahora y que muchos políticos fomentan. Y ellos lo saben... y de paso, se frotan las manos, se ríen y se aprovechan para su segunda invasión...

Nosotros hemos olvidado la historia, pero ellos no.... mal asunto.

Durante mucho tiempo fui todo lo que pude... ahora soy todo lo que quiero.