martes, 18 de mayo de 2010

Bicentenario

Dice Leopoldo Marechal en el Segundo Día de su Heptamerón (Didáctica de la Patria, 6):
El nombre de tu Patria viene de argentum. ¡Mira
que al recibir un nombre se recibe un destino!
En su metal simbólico la plata
es el noble reflejo del oro principal.
Hazte de plata y espejea el oro
que se da en las alturas,
y verdaderamente serás un argentino.


Y es todo lo que tengo para decir al respecto.

A ver, mi pana…

Que no todo Venezuela es Chávez y no todo Simón es Bolívar, qué joder.

Por eso: aquí van cuatro de o por Simón Díaz, venezolano, llanero, gloria y emblema de la música de la pequeña Venecia.

Cuando estaba chico, oía a mi padre cantar su Alma llanera o Caballo viejo, tan arruinado después por tantos, y otras músicas de esos tonos. Me lleva a mi niñez y a mi padre, enamorado él de la música y también de la llanera.

Todo lo cual es suficiente motivo, quién necesita más.

Y como todavía estamos en mayo: Flor de mayo, para principiar.



Los ritmos más ligeros de la sabana, los hace aquí Simón Díaz con la Rondalla Venezolana. Como esta Fiesta en Elorza.



O esta Laguna Vieja.



Al fin, la afamada Tonada de Luna llena (que no es tema exactamente romántico*, aunque sí dulce…)






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* Juan Ignacio hizo de anfitrión hace ya varios años a un seminario de expertos y entusiastas.

lunes, 17 de mayo de 2010

Napule e'

Nápoles es tan antigua. Tantas cosas son napolitanas. Desde la Sibila de Cumas (había nacido en Grecia, en realidad, aunque eligió la costa de la Campania para vivir) hasta san Genaro o la camorra.

Casi todo el mundo sabe, por otra parte, lo que se dice de la porteña milanesa a la napolitana: plato inexistente en cualquier carta itálica, elaborado con ingenio digno de napolitanos, aunque nacido a orillas del coliseo del box, en Buenos Aires.

Creo, sin embargo, que lo que más me gusta de la dizque más antigua colonia griega en Europa, es la música que hacen. Y aquí mismo es donde los tanófobos deben cambiar presto de ocupación y rumbear para otra bitácora.

Dos ejemplos, cada uno con su miga.

Pongamos por caso la canción de guerra de los Sanfedisti. Un ejército de campesinos pobres antirrepublicanos de los tiempos de la invasión de los revolucionarios franceses y Napoleón a Italia. Parecido a La Vendée, con sus más y sus menos. Nacidos en el sur con epicentro en el reino de Nápoles, claro. Comandados por un cardenal de familia noble y calabrés, todavía hoy discutido con pasión como el mismo movimiento, combatieron en casi toda Italia contra los franceses y sus aliados locales entre 1799 y 1806, aunque después siguieron contra la masonería y los carbonarios, unos 30 años más adelante. Nápoles, dicen, era también el foco de irradiación de la masonería en Italia. Se los llamaba sanfedisti, con el apócope de Esercito della Santa Fede in Nostro Signore Gesù Cristo. La historia de estos hombres es poco conocida por aquí, aunque merecen algo de atención, en varios sentidos: historia magistra vitae, dijera Marco Tulio. Combatían tanto por la fe católica y el papa, como por la restitución del reino borbón. Todo contra los giacubbini, como los llaman. Cosas de Nápoles, vea usted. Curioso y entreverado.

Doscientos años pasaron, y algunas cosas pasaron, otras siguen pasando y otras no han pasado aún…


ver
Canto dei Sanfedisti

A lu suono de grancascia
viva lu popolo vascio
A lu suono de tamburrielli
so' risurti li puverielli
A lu suono de campane
viva viva li pupulani
A lu suono de viulini
morte a lli Giacubbini.

Sona sona
sona Carmagnola
sona li cunzigli
viva o rre cu la Famiglia.

A sant'Eremo tanta forte
l'hanno fatto comme a ricotta
A stu curnuto sbrevognato
l'hanno miso a mitria 'ncapo
Maistà chi t'ha traduto
chistu stommaco chi ha avuto
'e signure 'e cavaliere
te vulevano priggiuniere.

A lli tridece de giugno
sant'Antonio gluriuso
'E signure sti birbanti
e facettero o mazzo tanto
So' vvenute li Francisi
auti ttasse n'ce hanno miso
Liberté... Egalité...
io arruobbo a tte
tu arruobbi a mme.

Li francisi so' arrivati
ce hanno bbuono carusati
E vualà e vualà
caveci nculo alla libbertà
A lu ponte a Maddalena
'onna Luisa è asciuta prena
e tre miedece che banno
nun la ponno fa' sgravà

A lu muolo senza guerra
se tiraie l'albero nterra
afferraino 'e giacubbini
'e facettero 'na mappina.
E' fernuta l'uguaglianza
è fernuta la libertà
pe vuie so' duluri 'e panza
signò iateve a cuccà

Passaie lu mese chiuvuso
lu ventuso e l'addiruso
a lu mese ca se mete
hanno avuto l'aglio arreto
Viva tata maccarone
ca rispetta la religgione
Giacubbini iate a mmare
che v'abbrucia lu panare.

Vayamos un poco más atrás. Época de oro de los Habsburgo, por el siglo XVI, con un consecuente despliegue de artes en Nápoles, que, hay que decirlo, podía sacar arte de lugares que los Habsburgo, con todo y su grandeza, no vieron nacer porque no habían nacido a la vida civil cuando los napolitanos ya sabían tocar la guitarra o gobernar imperios. El caso es que, entre otras cosas, se impuso por entonces una moda de canzone villanesca alla napolitana, con versiones para todos los gustos, incluso gustos más zafios, que no es el caso que aquí traigo, no vaya a pensar mal…

ver

Madonna tu mi fai lo scorrucciato

Madonna tu mi fai lo scorrucciato,
che t'aggio fatto che 'ngrifi la cera...
Anema mia, chesta n'è via
de contentar 'st'affannato core.

Me par che m'habbi in tutto abbandunato
ca non t'affacci all'ora della sera...
Anema mia, chesta n'è via
de contentar 'st'affannato core.

Va' figlia mia, che ci aggio 'ndivinato
ca saccio con chi giochi a covallera....
Anema mia, chesta n'è via
de contentar 'st'affannato core.

Donna, caro mio ben, dolce signora,
habbi pietà d'un chi te solo adora...
Anema mia, chesta n'è via
de contentar 'st'affannato core.





(Encontré dos versiones de esto y pongo ambas, pues, además de otras diferencias que tienen su gracia, en una se canta una estrofa más que en la otra. Los versos son de Juan de Colonia y dicen que del 1537. El enamorado se queja –inútilmente, diría yo, según se deja ver- porque la dama ya no se interesa por él y tiene con quien jugar sus juegos… El estribillo repite algo así como: Alma mía, que este no es modo de contentar a este corazón tan dedicado…, que si no fuera galante sería irónico, o quizá sea ambas cosas.)

De las dos canciones, el Canto dei Sanfedisti y ésta última, tan diversas, me llama la atención la sutil y tan napolitana comisura entre la alegría y el dolor, entre el coraje y la fiesta. Tomarse las tristezas del amor y la furia de la guerra con cierta alegría, les parecerá a los más ceñudos falta de seriedad. Podría ser, aunque no me parece

Claro que entiendo de todos modos.

Es verdad: no todos son napolitanos.

Y no todos son tan antiguos.

domingo, 16 de mayo de 2010

La edad del mundo (II)

No es lo mismo, vea.

Conocer a la mañana o al mediodía o a la tarde. O a la noche, y esto último, menos que menos. Así es en los ángeles, por lo pronto, y lo digo ahora sólo figuradamente, porque el día de un hombre es otra cosa distinta de la luz (o tinieblas) en la que viven, como el tiempo del hombre lo es respecto del modo en que ellos transcurren.

Y aunque no es para nada igual que lo que ocurre con el conocimiento angélico (con sus conocimientos matutinos, vespertinos o nocturnos, e insisto con denuedo en que no se llaman así por las horas del día…, si acaso no es al revés...), es verdad que en ciertas luces de la mañana se ve inmediatamente lo que más tarde hay que ver mediatamente. No que se vea cara a cara, pero hay intuiciones en medio de la luz matutina que, a medida que el sol corre por el cielo, dejan de volar o saltar grácilmente y comienzan a caminar, paso a paso, cuando no, las más de las veces en un servidor, a arrastrarse. Y a veces a evanescer hasta perderse o ocultarse por años, si acaso vuelven en este siglo.

Así, entonces, me pasó hoy que me quedé mirando la edad del antiguo mundo frío y vigoroso que me rodeaba esta mañana; aunque con el correr del día aquella luz se fue transformando. De modo que extraño ahora, ya con las sombras sobre el mundo, lo que tan gracioso y lucido lucía al alba.

Qué remedio.

Me puse a ver y vi que en las biblias suele citarse la Primera Carta a los Corintios junto al pasaje del Génesis que puse en el epígrafe. Y, por cierto, es del todo pertinente.
Alguien preguntará: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo?

Tu pregunta no tiene sentido. Lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere. Y lo que siembras, no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta. Y Dios da a cada semilla la forma que él quiere, a cada clase de semilla, el cuerpo que le corresponde.

No todos los cuerpos son idénticos: una es la carne de los hombres, otra la de los animales, otra la de las aves y otra la de los peces.

Hay cuerpos celestiales y cuerpos terrestres, y cada uno tiene su propio resplandor: uno es el resplandor del sol, otro el de la luna y otro el de las estrellas, y aun las estrellas difieren unas de otras por su resplandor.

Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.

Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual.

Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida.

Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después. El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.

De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial.
(I Cor. 15, 35-49)
Esta carta puede verse (con algunas dificultades para la lectura) comentada por santo Tomás y más precisamente, para quien tenga menos tiempo o ganas, puede verse el comentario al pasaje que ahora traigo a cuento.

Se entiende, por lo pronto, que san Pablo y su comentador hablan acerca de Adán como hombre terrenal y de Cristo como hombre celestial. Como se entiende con sólo leer ese capítulo que san Pablo está hablando y enseñando allí acerca de la resurrección.

Más allá de esto, el punto que me atrajo esta mañana (ay, el matutino…) era simplemente la alusión a la antigüedad del mundo, es decir a la antigüedad de la materia, y a la antigüedad del hombre, en tanto que es un ser corpóreo, hecho del polvo de la tierra, esto es, material.

Y pensaba que hay para el hombre (para mí) una consonancia de principio con las cosas materiales, una correspondencia inicial, de la que algo importante se sigue. Pero más allá de esto, que es cosa desde antiguo dicha y con los tiempos tergiversada hasta el disparate o hasta la perversión, me importa más que nada ahora el dato temporal de esa consonancia material.

Tuve la intuición (‘impresión’ o tal vez ‘ilusión’ me suena ahora menos pomposo y más ajustado a lo que creo que pasó…) de que de la consideración de nuestra coetaneidad secundum quid con el mundo material creado, se siguen algunos beneficios para el talante humano, siempre tan necesitado de esperanza.

No pensé exactamente en una coetaneidad genérica y volátil, puramente figurada. Pensé en términos más literales: de algún modo, este mundo y yo (yo mismo, no el género humano…) tenemos la misma edad. De algún modo, insisto, claro.

Sí. Pero digo que, de algún modo, tenemos la misma edad.

Y eso, creo, es bueno. Y, creo, nos hace bien saberlo. Y nos haría bien recordarlo.

Pero no hay que abusar de la tarde y menos entrar a la noche con estas cosas entre manos, que me da que necesitan más luz que la que hay en la cueva. Y en mi cabeza, ça va sans dire. Y en el día, si me apura.


Mañana será otro día. Y pasado, otro. Y así.

No hay apuro. Somos antiguos.

La edad del mundo

Entonces Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo,
e insufló en sus narices aliento de vida,
y resultó el hombre un ser viviente.
(Génesis 2, 7)


Cada año, un vecino implacable -que tengo al sur-sureste- amanece al otoño con furor de árboles.

En los últimos tres años, podó con cierta inquina unos paraísos que tiene en su huerto, así como en años anteriores quitó toda cosa que se erguía más allá de los tres metros. Con todo y eso, viene a resultar al cabo del tiempo que hacia el sudeste, desde el mismo lugar desde el que ahora escribo, está más claro. Y tanto que el viento de esta mañana helada -que el molino del oeste certifica ser del sudeste lleno-, va libre por el cielo límpido y entra a ráfagas vivaces por la puerta abierta de la cueva y se cuela y me encorva los dedos enguantados, que restriego al terminar de escribir cada frase para que entren en calor.

Pero la gloria de este día no era el sudeste, sino un punto luminoso al este que todavía no era luz antes del alba, apenas una claridad difusa y tímida. Mate en mano, cigarro en boca, arrebujado como un siberiano en invierno, me paré un rato primero en el jardín a mirar la salida del sol y después desde la cueva, que tiene su perspectiva oriental nítida y casi épica, a esas horas del alba de estos tiempos de mayo, que esta vez vinieron fríos.

Quería ver la salida del sol. Por dónde sale el sol. No si el sol sale.

¿Se corre tanto el sol? ¿Va de aquí para allá, como a mí me parece? Claro que sí, pero la sensación es curiosa y distinta cuando se lo ve sin los ojos de las elipsis cósmicas, los ejes terrestres, los equinoccios y los solsticios.

Meses atrás, por ejemplo, he visto al sol salir por detrás de una casuarina, como escalando las ramas jóvenes. Bien al este, diría entonces. Más cerca, en mi propio jardín, el limonero me cubría así de los primeros calores del día y yo se lo agradecía.

Ahora, después de esperar, un inmenso cedro centenario -más hacia el nordeste- señala al fondo de la vista el punto en el que empieza a incendiarse el cielo, tardío, ya después de las 7 y media.

Sí. El sol se despierta cada vez en un lugar distinto. El cosmos se mueve, con una coreografía inquietante a veces.

Un aroma de lavandas subía desde la tierra fría, la mata de alhucemas enhiesta iba cuerpeando sin alardes el aire. No había nubes. La madre de los falcónidos que tienen nido en alguna altura cercana, planeaba solitaria en el aire gélido, moviendo su cabeza con precisión de un lado a otro, buscando comida aquí abajo en el suelo.

El día está despertando, sí.

Este mundo antiguo tiene otro día.


Pensé, entonces, que los hombres olvidamos habitualmente que tenemos la edad del mundo.


Ya se hacía la hora de buscar el pan, de encender los fuegos de la mañana, de ir al día.

Otra vez.


Como es desde que hay día.

viernes, 15 de enero de 2010





Viajero: ves lo que ves.

En esta foresta mansa,
bajo esta raíz descansa
ens dormido.

Se lo tiene merecido.

Si acaso ves que despierta,
su tiempo se habrá cumplido.
Y estará sobre sus pies.

La raíz de lo que es
no está muerta.






miércoles, 13 de enero de 2010

Sueño de una noche de verano (conversaciones con Abraham)

Creo que miraba sin mirar. Parecía buscar algo en el suelo e inmediatamente después en algún lugar cerca del horizonte, o en la foresta alrededor. Tal vez fuera un gesto intencional, nada más; pero era un gesto plástico y simpático.

Había un silbido lejano de casuarinas, persistente y mordiente. Inquietantes figuras altas y negras se mecían como lanzas despenachadas o mástiles flameantes en un mar de tormenta, detrás de la pequeña laguna, como quien va para el camino real. Clareaba el día. Con los ojos entrecerrados por el humo del fuego que habíamos hecho casi al filo de la barranca, se respiraba lentamente.

Pensaba, se ve. Algo quería decir.

Soplaba esta vez el raro viento del sudoeste. Hace tiempo no sopla: vigoroso, huracanado, temible. Fantástico. Un viento de revelaciones. La mañana ya se veía que sería fría, pese a correr enero. Ayer mismo, un calor húmedo. Hoy, ya no. El humo traía un aroma extraño en verano; la madera se quemaba chisporroteando y las llamas, anárquicas, se colaban por las astillas y las hacían estallar. El ruido del fuego llenaba el silencio lleno de ruidos de la madrugada y el viento acompañaba.

-¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable?, dijo en voz muy baja y sin entonación casi.

-Soy el autor de todas las entradas de esta bitácora, qué puedo decir..., respondí el disparo lo más rápido que pude. Me di cuenta de que iba a ser pasado por la trilla.

Como al acaso, como si no me hubiera prestado atención, continuaba: -Tal vez haya cincuenta entradas que lo merezcan. ¿Borrarías toda la bitácora, en vez de perdonarla y sacar nada más que esas cincuenta? Creo que no harías semejante cosa. No te veo borrando lo justo juntamente con lo culpable, haciendo que los dos corran la misma suerte.

Sonreí.

-Tampoco yo creo ser capaz de semejante cosa, dije. Si encontrara cincuenta de esas entradas -soy tan justo o culpable como cada una y ellas lo son por mí, en todo caso-, entonces 'perdonaría' a toda la bitácora, y las suprimiría sólo a ellas.

Siempre con la mirada como perdida, siguió una bandada de pájaros negros que trazaban ángulos imposibles en el cielo. Mientras, hacía cimbrar unas ramas de sauce, dejando que el viento fuerte las levantara como plumas.

Nos habíamos acercado al filo de la tierra y nos sentamos casi sobre la barranca, más cerca de las brasas y los tizones humeantes: mirábamos el paraje ancho que había por delante, pocos árboles y una bruma lenta y entre celeste y rosada que andaba reptando sobre el calor de la tierra por el frío del aire.

-No me quiero meter en lo que no es asunto mío, pero… quizá lleguen a ser cien. ¿Borrarías todo si en vez de cincuenta son cien?

Ahora era yo el que perdía la mirada. Claro que había pensado en eso. Tantas veces había pensado en ese asunto.

-No, dije con la voz ronca por el humo: encuentro esas cien, y el resto de la bitácora se queda, aunque es verdad que no es tu asunto, por otra parte.

-¿Y si llegaran a trescientas?, tentó el tiro rápidamente, pero sin cambiar el tono desvaído.

-Si es así, voy por esas trescientas, y sigue todo como está.

-Claro, susurró como si hiciera cuentas. Parecía tener algo cansado en la voz y, a la vez, cierta calma alegre. Aunque quizá, puesto a mirar, resulten quinientas…

-No me extrañaría para nada; pero si hay quinientas, hay quinientas…, dije casi sin mover los labios, mientras recostaba la cabeza sobre el tocón de un viejo fresno, cortado hacía poco.

Un remolino súbito levantó tierra a lo lejos y se oyó en el montecito el crujido de unas ramas secas que caían como granizo. Pasaron unos teros. Cada vez había más luz y hacía más frío.

-¿Qué se yo? Cada cual sabe, no digo que no. Pero, en realidad, si uno se pone a pensar, revisando y leyendo con tiempo podrían ser setecientas..., trazó como una hipótesis inocua, mientras encendía otro cigarro.

-Entonces, ¿qué remedio? Tengo que hacerme cargo, si ése es el caso, y tendré que vérmelas con esas setecientas entradas, concedí.

El aire estaba cada vez más liviano. El viento era suave ahora y unas nubes rápidas le daban vértigo a la escena y al paisaje. Apenas había un resplandor al este y parecía el sol. Bastante más lejos, sabíamos que estaba el mar, que no veíamos, pero creíamos oír.

-No creas que lo digo por molestar, sonrió sin afectación y con cierta picardía; pero, ¿no es verdad que quien dice setecientas podría muy bien decir mil o tal vez...?



El silencio ahora era tan liviano como el aire. Como si no hubiéramos estado hablando, los dos mirábamos de a ratos hacia adelante, de a ratos hacia el fuego. A veces, el cielo. Los cigarros se apagaban entre los dedos, apenas si fumábamos.

Pasó casi una hora de esa nada que se había vuelto densa, pero sin expectación y para nada molesta. Si cantaba algún pájaro, tímido, era para volver al silencio inmediatamente, como si hubiera dicho su bocadillo de extra en la escena. El fuego languidecía, volaban cenizas de tanto en tanto y un rojo cansado en la madera se iba haciendo cada vez más gris.

El límite entre la noche y la mañana se ensanchaba, difuminado.


La conversación y la noche habían terminado.



Era la hora.



Me levanté y me fui.

martes, 12 de enero de 2010

Il Trionfo del Tempo e del Disinganno

Il Trionfo del Tempo e del Disinganno es un oratorio un poco extraño y además el primero que compuso Händel, a los 22 años, en 1707. El libreto es del renombrado cardenal Pamphilj, de antiquísima familia romana, y pretende ser una especie de diálogo alegórico y moral entre Belleza, Placer, Tiempo y Desengaño, con el propósito –algo barroco, convengamos, y más que algo- de señalar que Tiempo y Desengaño triunfan sobre sus aquí oponentes.

Me gusta la obra -siempre me gustó- en la primera versión, que es la que conozco, porque Händel reformuló el texto y algo de la música en 1737. De eso casi nada sé.

Mi estimada Cecilia Bartoli canta algunas partes en su repertorio (entre otras, la afamada Lascia la spina, que es recitado de Placer; o aquella parte en la que Belleza se queja de Tiempo con versos fuertes:
Un pensiero nemico di pace
fece il Tempo volubile edace
e con l'ali la falce gli diè.
Nacque un altro leggiadro pensiero
per negare si rigido impero
on'il Tempo, più Tempo non è.)
Hace bastante que no oía nada de este asunto, pero volví a toparme con este oratorio gracias a un envío amical que debo agradecer.

Lo que son las cosas: y yo que creía que ‘la’ Bartoli era la que mejor lo hacía…

Hasta que llegó Roberta Invernizzi.

No sabía nada de ella y ahora sé algo.

Al final del oratorio y con la voz de Belleza, fieramente enojada con Placer, canta estos versos, casi dantescos:
Pure del Cielo intelligenze eterne,
che vera scuola a ben amare aprite,
udite, angeli, udite il pianto mio,
e se la Verità dal Sole eterno
tragge luce immortale, e a me lo scopre,
fate che al gran desio rispondan l'opre.

Tu del Ciel ministro eletto
non vedrai più nel mio petto
voglia infida, o vano ardor.
E se vissi ingrata a Dio,
tu custode dei cor mio
a lui porto il nuovo cor.



Ya lo sé: la cuestión requeriría tal vez idas y vueltas, discutir los textos (si los busca, los encuentra...) y la intención del Pamphilj, revisar lo que hizo después Händel; si el Tiempo, si la Belleza…

Ya, ya...

Paso.

Otro día. En otra vida.

Ahora, no. No ahora que Tiempo y Desengaño, parece que vienen triunfando sobre Belleza.

¿Y Placer?

No sea pánfilo, mi amigo, no sea pánfilo...

Una sola cosa sí le digo, a las apuradas: no me gusta nada esa tesis de que el tiempo y el desengaño triunfan sobre la belleza. Por más que entienda el sentido lírico de la cuestión y la vieja y noble prosapia que tiene la idea no tan lírica de que a lo que está en el tiempo se lo come el tiempo. Ni así visto aplaudo.

(Y ya déjese de embromar de una vez con Placer, hágame la caridad...)

Aquí está, sin ir muy lejos, la belleza de Roberta Invernizzi que, mientras el tiempo pasa y curándome además del desengaño de que Cecilia no lo es todo, triunfa.

La belleza está al final de todo. Y es el fin.

Mejor así.

domingo, 10 de enero de 2010

Librea

Reinas en todo: a flores me gobiernas.
Si decretas el sol, luzco y me inclino.
Si es la lluvia, soy húmedo en tu nombre.
Me sombrea el ciprés y lo obedezco.
Tan súbdito y pastor de cada rosa,
tan alcalde en lavandas y laureles.
Barón de acacias y tan don del tala,
como paje del roble o escudero
sumiso de nogales, casuarinas.
Teniente de ciruelos, manzanares,
acato al limonero y los jazmines;
y la ley son retamas, los aromos.
Me rige el lirio. Y hasta el trébol manda…
Me gobiernas a flores. Yo te sirvo.



viernes, 8 de enero de 2010

Savina

Lo confieso: tengo admiración por Savina Yannatou. Y más.

En especial, al atardecer.

Fíjese.

Encare usted temprano un día áspero y macilento, déjelo andar salpicado él de noticias agridulces y de vueltas y revueltas de caminos que se entreveran y van y vienen y desalientan al más pintado. Ocúpese de trivialidades que manda el buen tino. Tramite sandeces, fatigue escritorios y mostradores anodinos. Camine usted la ciudad. No: no sólo camine: ¡vaya en auto…! Y hable con todo mundo. Haga negocios tontos de cabotaje, cobre cheques, presente papeles, atienda llamados, haga llamados.

Uf.

Siéntase atrapado, inane y aburrido. Ríase de su sentimiento. Salga del escritorio, rápido: no se ahogue… Discuta con dos ferreteros por un repuesto desconocido en el barrio viejo de la ciudad. Vuelva a su escritorio. Despache notas, escriba importantes estupideces y lo que venga, asigne bobadas urgentes, siéntase torpe y ríase de su torpeza.

(Atención, eso sí: en un recodo del día, salga a comprar unas acuarelas y unos papeles de dibujo para su malcriada Isabel: que seis años son su fiestón de ella…)

Y, al fin, en cuanto pueda, seguro de que no pierde nada que valga la pena conservar, deje los parajes aquellos de los malos recuerdos y huya hacia el noroeste. Enfrente las autopistas, mire con atención las caras y los gestos de los viandantes a su vera. Siéntase miserable de ser uno de ellos. Y ríase de sentirse miserable. Después de todo, es un día. Mientras, piense, escriba, medite, goce el fin. Gaudium in fine…

Llegue.

Desmonte. Ría, juegue, festeje, ayude a soplar velas de cumpleaños, coma torta.

Y espere: también el festín de la malcriada palidece y termina.

Vaya finalmente a la cueva, cansino y seguro de que el tiempo es más suyo ahora, lleve el mate en ristre. Repose.

En ese momento -no antes, no después-, convoque a su querida Savina para que aplane el día, lo vuelva terso y claro como una llanura.

Y oiga, que la belleza es un nombre grande. Y no es contra nada. Es. Y hace el bien.

Atardece.

Vigorosa y simplemente, suena Savina. Pocos tienen sabiduría en la voz. Ella tiene. Sabe.



Es el momento de preguntarle qué más quiere cantar. Otra...

¿Occitano? ¿De veras? ¿Y cómo así?

Y, entonces, le garanto, frescamente cantará fragmentos de una canción francesa, del Languedoc, que se dice para despedir al señor Carnaval, cuando lo queman, en los inicios de la Cuaresma.



Pero, mire usted…

ver

Encontré la letra completa en occitano y su traducción.
Adiu paure Carnavas

Adiu paure, adiu paure,
adiu paure Carnavas
Tu te'n vas e ieu demòri
Adiu paure Carnavas
Tu t'en vas e ieu demòri
Per manjar la sopa a l'alh
Per manjar la sopa a l'òli
Per manjar la sopa a l'alh
Adiu paure, adiu paure,
adiu paure Carnavas

La joinessa fa la fèsta
Per saludar Carnavas
La Maria fa de còcas
Amb la farina de l'ostal

Lo buòu dança, l'ase canta
Lo moton ditz sa leiçon
La galina canta lo Credo
E lo cat ditz lo Pater.

Adiós, pobre Carnaval

Adiós pobre, adiós pobre,
adiós pobre Carnaval
Tú te vas y yo me quedo
Adiós pobre Carnaval
Tú te vas y yo me quedo
Para comer la sopa de ajo
Para comer la sopa de aceite
Para comer la sopa de ajo
Adiós pobre, adiós pobre,
adiós pobre Carnaval.

La juventud juerguea
Para saludar a Carnaval
María hace bollos
Con la harina de la casa

El buey baila, el burro canta
El carnero dice su lección
La gallina canta el Credo
Y el gato dice el Pater.

¿Es verdad, Savina, que además con esta melodía hay un sentido himno de Viernes Santo, que le cantan al Varón de Dolores los cristianos del Líbano y el medio oriente? ¿Y dice usted que hay una versión de las dos letras, y con el himno también en catalán?

ver

En árabe, este himno se llama Wa habibi (Oh, mi amado…) y dice:

وا حبيبي وا حبيبي أي حال أنت فيه
من رآك فشجاك أنت أنت المفتدي
يا حبيبي أي ذنب حمل العدل بنيه
فأزادوك جراحاً ليس فيها من شفاء
حين في البستان ليلاً سجد الفادي الإلة
كانت الدنيا تصلي للذي أغنى الصلاة
شجر الزيتون يبكي و تناديه الشفاء
يا حبيبي كيف تمضي أترى ضاع الوفاء

Una traducción aproximada, dicen que dice esto:
Oh mi amado, oh mi amado: en qué estado estás…
Quien te ve se apena, tú eres la víctima.
Oh mi amado, qué pecado pesa sobre sus hijos
que te han hecho heridas tales que no se pueden curar.

Y así es. ¿Ven?

Digan lo que quieran: Savina Yannatou, al atardecer, le salva a uno el día.

Lo hace bello, fresco, claro.

Y bueno.

Admirable.


Ευχαριστω, Savina.

jueves, 7 de enero de 2010

El silencio

Estoy tratando de encontrarle un sentido al dato. Y no porque no lo tenga, sino al contrario: trato de ver cuál es su mejor sentido, de todos los que suena tener.

Ahora es tarde. Obligadamente tarde en la noche. Fue un buen día, fresco y soleado, vivo, glorioso. Pero ahora es tarde y es noche larga.

Hay silencio ahora. Un silencio de aves, un silencio de agua, silencio de rumores de árboles y de risas. Nadie canta. El aire no suena. Las flores no hablan. La respiración está lejos, profunda, quieta, ausente. En medio del jardín, recostado sobre el marco de la puerta de la cueva, oigo, veo, que el cielo está mudo, que la noche calla. Hay un silencio de nombres, de personas, de cosas. Nadie nombra a estas horas. Ni siquiera los pasos suenan sobre el pasto húmedo y el cigarro apenas habla un lenguaje de luz cenicienta, intermitente. Lo demás es silencio. Parece silencio.

Sin embargo.

Miro alrededor y, de pronto, caigo en la tonta cuenta de que hay bastante más que 150.000.000 de palabras rodeándome. Y eso sólo sumando las escritas en papel, que no son las únicas.

(No, ni se moleste en hacer sumas, mi amigo. Deje que los veladores se ocupen de esas trivialidades. ¿De dónde sale esa cifra, entonces? Una sola pista, algo imprecisa: apenas una novela promedio, tiene unas 60.000 palabras...)

(Y le confieso una cosa: Me pregunto siempre -hace años es siempre- qué hacer finalmente con los libros. Ni hablar de los “papeles”. ¿Qué hacer? Se disputan una parte algunos de los de casa, tampoco a los mordiscos..., tal vez por afinidades digamos que profesionales. Y anda por ahí de tanto en tanto, esa tentanción súbita , no muy confiable, de vivir en un mundo sin palabras de aire ni papel, ni de luz, ni de tinta...)

La madrugada ya llega. Me puse a ver de oír esas palabras. ¿Todas? No, claro. No todas, no todas de una vez.

Pero no a mirarlas, sino a oírlas. No sólo saber que están allí, encuadernadas, encarpetadas, sueltas, disciplinadas y quietas, vivas o muertas, recordadas, formularias, insolventes o brillantes. Históricas, queridas, odiadas, despreciables o venerables, veraces o hipócritas, dulces, ácidas, triviales, sensatas, duras, mentirosas, luminosas u oscuras.

No, nada de nada; no por ahora. Por ahora, lo primero. Si es posible oírlas. Porque están allí, alrededor, como una multitud silenciosa, murmurante. Y, será por la hora, creo ver ahora que todos ellas de algún modo me miran. Y la mayoría de ellas, creo, para peor, me oye. Ay...

Pero no son las únicas, por supuesto.

Hay tantas más.

Cuántas palabras digo diariamente. Cuántas digo con el aire, la luz, la tinta. Cuántas no digo y me digo. Con cuántas palabras pienso e imagino decir.

Y cuántas leo. Y cuántas oigo. Y cuántas imagino oír y sé que se están diciendo. Y cuántas sé que no se dirán jamás. O que mejor ni se dijeran.

Mire bien: nomás allí, frente a usted, mi amigo, que está leyendo estas líneas, allí mismo hay más de 700.000 palabras que lo miran. ¿Se da cuenta?

Y esas mismas 700.000 con más otros millones de palabras están aquí: frente a mí, dentro de mí, alrededor. Como usted tendrá sus millones, además.

El caso es que conozco tantas palabras, sé de tantas. Sé tantas cosas de tantas de ellas. No, no lo tome a mal: no por sabiduría o ciencia. Ni por las erudiciones algo fútiles, de caja de herramientas. Cosas, dije: cosas propias de ellas, sus historias, sus legajos, sus claves y códigos de señales, sus contraseñas. Eso digo, no su lugar en el lexicón o en el diccionario, no su lugar en este estante o en aquella carpeta.

Hablo de su vida de ellas, de sus tiempos, y de su corazón. De lo que pesan, de lo que valen. Y hablo de lo que creo saber.

Y en realidad sé tan poco de ellas. Tan nada. Conozco tantas cosas de palabras que conozco tanto y que creo que nunca he oído realmente.

Las estoy mirando ahora.

Y las espero, creo. Para ver si me hablan. Para que hablen, finalmente. Y para poder oírlas, finalmente. Para oír si las oigo, para ver si las oigo. Y así ver.

Y me imagino que si alguna vez uno estuviera frente a una palabra de verdad, oiría felizmente el silencio por primera vez. Y entendería.

¿Cuánto somos palabras? ¿Cuánto somos palabra? ¡Cuánto! Impresiona.

Por eso digo: no le falta sentido al asunto. Le sobra.


Caramba, mi viejo, será la hora -como usted dice-; pero, mire las cosas que se le ocurren…: ¿no prefiere el relevo de guardia?

Puede ser. No todavía. No es tiempo.


Igual, es verdad, y es verdad para usted también: ¡cuánto somos palabra, palabras…!

martes, 5 de enero de 2010

El Niño rey



Andaban la noche fría
y el desierto iluminaba
la estrella que les fue guía.

Miraba Gaspar, miraba
Baltasar lo que veía
Melchor mientras caminaba.

El cielo que se encendía,
la noche que se doraba
como al sol del mediodía.

Llegaron y se notaba
que la luz que aparecía
no era el cielo el que la daba.

Un buey brillaba y reía,
en luz la oveja balaba
y un burro en luz refulgía.

La piedra rústica alaba,
baila el pastor y alegría
el pasto seco lloraba.

Ven que se encienden a día
las sombras, que ya no estaba
la noche negra y vacía.

Y el Niño que jugueteaba
con la Doncella María
y José que contemplaba.

Ya Baltasar se postraba,
ya Melchor honor rendía,
y ya Gaspar se inclinaba.

Qué regia la cofradía:
qué regalos regalaba,
cuántos dones ofrecía.

Y el Niño cómo gozaba
esas gracias que le hacía
cada uno que llegaba.

Y a cada cual bendecía
el Niño, mientras clareaba
la Noche de Epifanía.



lunes, 4 de enero de 2010

Maoríes en la Atenas de Kernnunnos



La vela, desvela. Qué remedio.

Es como viajar, casi.

Por eso tal vez anda uno dando vueltas a sus asuntos -y con sus asuntos-, mientras las horas pasan. Y también le da vuelta a los asuntos que no son sus asuntos, admitámoslo, que eso no tiene que ver con los relojes.

Varios de los casa (y así empezó el viaje al anochecer), andan por el literalmente ancho mundo. Una de ellos, la más lejana, ha tocado Nueva Zelanda en estos días.

A ver, entonces, por dónde anda.

Recorrí las islas, miré las fotos de las espectaculares montañas Misty, recordé que Jackson buscó locaciones allí para su película sobre el libro de Tolkien..., y qué más quiere que le diga. Es una isla, después de todo.

Una vez sumergido en la mitología maorí, descubrí nada menos que a Tāne Mahuta y a Tāne, la divinidad detrás del antiquísimo árbol que lo simboliza.

Apenas viendo quién era, no había que pensar demasiado, por extraño que parezca: la historia de Tāne es en mucho similar a la de Kronos, también él hijo de la Tierra y el Cielo, de Gaea y Urano, que entre los maoríes se llaman Ranguinui y Papatuanuku. Y no sólo por eso, según se ve. Más cosas aparecen en esos relatos, pero, si alguno quiere interesarse...

Apasionante, claro. Ni los griegos son maoríes, ni viceversa. Y se las arreglan para tocar asuntos así, de modo tan similar. Veo después que el punto en parte está tratado en algunos textos de materias clásicas. Con más tiempo, puedo ver que Maui, héroe máximo de los maoríes, muestra puntos sorprendentes de contacto con otras historias y mitos, incluido el de Orfeo y hasta con Prometeo.

¿Sabrá esto Juana, la visitante de las islas maoríes en estos días? ¿Tendría que saberlo? Pero, no, hombre…, que para eso viajo yo en vela.

Llegado hasta allí, la noche sigue y se abren caminos en varias direcciones. ¿Vamos para este lado, por la senda del árbol? ¿Vamos para este otro lado, por la de los dioses? ¿Importa tanto? Tomé para el lado de los dioses, finalmente, suponiendo que tarde o temprano llegaría al árbol.

Fue así que recordé que detrás del sentido del tiempo de los celtas, y de su figuración de los ciclos del año, hay cosas similares a éstas de los tiempos del tiempo. Lo busqué y lo encontré. El relato en los libros es mejor que lo que hay dando vueltas por allí. Desmañadamente, y con retoques de madrugada, una de las versiones de la historia que puede transcribirse fácil es ésta, en la que aparecen algunas de las múltiples divinidades de estos pueblos:
El dios Esus (el señor) se une a la diosa Rigani (la reina) en primavera, y así resulta la afamada Reina de Mayo.
Rigani, dejando a Esus, se une con el dios Taranis, dios del trueno y de los cielos. Así Rigani vuelve a convertirse en reina de los cielos y esto corresponde al período llamado Lughnasad (agosto, en el norte), fiesta en la que aparece otro nombre excelso entre los celtas: Lugh (palabra que significa brillante y que está detrás de Llew hasta Lugo y Lugones, mire usted…)
Con la llegada del otoño norteño, Esus se transforma en el Dios Kernnunnos, el dios-ciervo y padre, entre otras cosas, de la naturaleza y los animales.
Con la fiesta de Shamain (una especie, simplificando, de día de muertos), en el otoño boreal, Kernnunnos baja al inframundo, a los infiernos Rigani vuelve a ser la madre-tierra al bajar ella también a las entrañas del mundo. Ahí se une a Kernnunnos en noches que llaman las noches sagradas de las madres (para la época de la Navidad en el hemisferio norte, esto es, su invierno).
Taranis enfurecido manda contra Rigani uno de sus lobos-monstruos.
Gracias a la ayuda del dios solar Belenos, Rigani mantiene a distancia al monstruo mandado por Taranis.
Ogmios (el elocuente e inventor de la escritura), con el apoyo de Teutates (el dios padre y señor, el Tutatis de Ásterix), mata al monstruo que amenaza a Rigani.
Taranis manda a otro monstruo que transforma a Rigani en una triple grulla.
Teutates reúne en contra de Taranis un ejército y esto queda representando en el ritual del caldero.
Teutates juzga a los guerreros muertos en combate. Hasta que Teutates termina siendo vencido por Taranis.
Los dioscuros celtas, Divannos y Dinomogetimaros, descubren a los toros, cuyo sacrificio más adelante permitirá a Rigani volver a su forma original.
Belenos, en su papel de dios bueno y mediador, permite que se opere la unión de los dioscuros con los dioses Ogmios y Kernnunnos.
El dios Sukelus se encarga de matar a los dragones que se encuentran en las zonas de paso hacia el inframundo.
Se realiza el sacrificio ritual del ciervo (hacia las fiestas del carnaval en el norte), que Ogmios realiza para permitir a Kernnunnos volver de las entrañas de la tierra.
Kernnunnos vuelve entonces a tomar la forma de Esus y corta el muérdago sagrado en el bosque donde se encuentra al toro sagrado y a tres grullas simbólicas.
El sacrificio del toro le permite a Rigani volver ya con su forma original y así se va cerrando el ciclo del año en esas imaginaciones celtas.
Convengamos: todo este entrelazamiento mítico de espíritus y cosas que se entrelazan en metamorfosis sucesivas, se parece bastante no sólo a las nociones de tiempo que subyacen en estas mitologías, sino a las figuras de sus guardas y símbolos… O al revés, claro.

En el caso de algunos de estos relatos celtas, que no son uniformes en todos los territorios donde poblaron y vivieron, Esus es el Señor y Rigani la reina, y ambos están en el origen de los tiempos y de los ciclos.

También ellos combaten entre sí, en estas mitologías tan lejanas de los maoríes, y lejos en parte también de los griegos, aunque no tanto; y, de sus combates y andanzas y entrecruces, también surgen los tiempos (circulares, por cierto, como en casi todas las religiones y mitologías) y los ciclos y los seres sometidos a esos ciclos, que lo son tanto de la naturaleza como de los cielos, en cuanto a las posiciones de los astros en la esfera celeste y las notas y propiedades que vieron en ello los pueblos antiguos, en relación con el hombre y el universo.

Apenas una curiosidad, pero llena de significados. El mayo de los celtas, por ejemplo, se extendió por Europa, aunque los cultos primaverales son casi universales. Y, con el tal mayo, el culto a los árboles, claro (llegamos otra vez al árbol…). Tengo entendido que un Mayo es precisamente un nombre genérico para denominar al árbol, incluso en España, o al menos en sus zonas de mayor influencia celta, trayendo el nombre de la costumbre de clavar en tierra un tronco –cuanto mayor, mejor…- frente a las casas el 1º de ese mes en épocas de primavera, para que se cumpla –siquiera ritualmente- el deseo invocado de fecundar y hacer propicia la tierra y a todo lo que ha de crecer. Ese eje, el árbol, tiene con su verticalidad perpendicular a la tierra el sentido místico también de unir, de alguna manera, lo permanente con lo mudable.

Ya que estamos en estas cosas (dicho rápido y para no hacerlo tan largo, porque amanece), Kernnunnos o Cernnunnos (o como quiera escribirlo…) está -sin saberlo, tal vez- detrás de otro árbol: el famoso Guernikako arbola de los de Vizcaya.

Por cierto que el árbol de los vascos no es exactamente el Tāne Mahuta de los maoríes y sus milenios. Sin embargo…

En lo que al vasco se refiere, de hecho y hasta donde sé, hay uno, desde 1979, que hace ahora las veces del emblemático árbol de Guernica. Es, dicen que dicen, retoño de otros, porque lo cierto es que había 3 antes que él que fueron muriendo sucesivamente. En 2004, según me entero, se murió el anterior. Él, y todos ellos, hay que creer, son hijos de un mismo bosque que supo haber en las inmediaciones, allá atrás en el tiempo.

El que murió en 2004 era un roble.
El tercero que ha presidido la Casa de Juntas de Gernika, tenía una altura de doce metros y su edad se calculaba en 146 años. El primero de ellos se le denominó «el Padre» y se plantó en el siglo XIV llegando a durar durante 450 años, mientras que el segundo conocido como «el viejo», cuyo fósil se conserva en los jardines de la Casa de Juntas, estuvo vivo entre 1742 y 1892. Fue el 15 de Enero de 1860, cuando el Padre de Provincia, Don Castor Allende Salazar, plantó el retoño que habría de alcanzar el siglo XXI, con él se aseguraba la sustitución del, por entonces, ya desahuciado Árbol Foral del Señorío. Fueron precisamente sus bellotas las que sirvieron para dar vida y continuidad al frondoso roble en el que en palabras de Labayru, «se hallan alegóricamente representadas las libertadas vizcaínas»
Más ciclos, y retornos de retoños.

Pero es así, parece, que lo más vasco, lo vasquérrimo, viene a juntarse con otras cosas. Miren usted por dónde. El propio nombre Guernica-Gernika, que dicen no es palabra vascuence ni se traduce en esa lengua, parece que muestra una ascendencia celtíbera, de una raíz Kern- (cuerno); de donde se estima que el lugar pudo haber llevado ese nombre por su probable dedicación, como lugar sagrado de reunión, al mismísimo Kernnunnos, el cornudo, cuya representación, ya se sabe, es un ciervo astado asaz.

En fin.

De Tāne a Kernnunnos, de paso por Kronos, es mucha distancia para una sola noche.

Viajar cansa. Y lleva tiempo. Y no es tiempo circular, precisamente.

Hay que descansar.

domingo, 3 de enero de 2010

Gimnasia y esgrima

Estaba recostado bajo un árbol tratando de conciliar un poco de ese sueño grato de la tarde. Una silla cómoda, sol de verano, plácido. Un fraile solía decirme que lo canónico eran unos mágicos 15 minutos. Sí, entiendo…

Eso es así. Si hay noches.

Porque las noches, como todo el mundo sabe, no son para dormir: son para velar. Más todavía si uno es padre. He vuelto a recordar en estos días las noches largas de pasillos de hospital de años de mi vida y de las vidas de los míos. Días sin día y noche. Noches sin madrugadas. Conocí eso cuando tenía pocos años y nunca se me ha permitido que lo olvide del todo.

En esos casos, lo que hace el tiempo es a veces curioso. Se apelmazan las horas, se va de una cosa a otra sin que haya un concierto de propósitos, aunque parecería que hay uno solo. Pero no es que nada más es algo anómalo. Todo es –se vuelve- una alteración. No es que haya un momento de zozobra y, aparte, el resto del día. Sí hay algo que hace las veces de eje, y en torno a él vamos y venimos. Pero el eje es tal y está hincado de tal modo en nuestro tiempo que desencaja todo el resto y lo obliga a una torsión. Es tan excluyente como molesto. Y, lo más curioso, es que a veces -¿parece?- es necesario. Agridulce, claro.

Ahora bien: un día es otra cosa. Tiene cierto organismo, se mueve de un modo gracioso: una organización plástica, como mecánica aunque viva y como libre. Un día-día de una vida-vida es distinto. Fresco y liviano, aunque estemos cargados de cosas; feliz y amable, aunque nos topemos con desengaños y tristezas.

Pero, cuando hay un cuerpo extraño, un remolino, las cosas giran y se alinean de otro modo y de algún modo ¿buscan? ¿tienden a? romper al girar lo que hay a su alrededor. Una araña en el centro de su tela, absorbente y fatal.

El sol está bastante más fuerte. Un poco de agua. Y, si hay alguna posibilidad de sueño, habrá que buscar por un rato algunos rincones frescos de la casa o de la cueva. A deambular, pues.

La escena –que veo empezada- es algo previsible. El colorado gigantón Hamish recibe a su viejo compañón de la infancia, William Wallace, que vuelve al clan Campbell después de tantos años lejos. El encuentro es simpáticamente áspero, aun cuando se reconocen.

Es una boda. Hay bailes y juegos y destrezas y comida. Niños que corren, gentes que conversan y ríen, cerveza, guirnaldas. En fin, lo visto. No sé por qué pero, de algún modo, creo que Tolkien logró una especie de tópico con sus fiestas de la Comarca y, tal vez, a partir de allí la imaginación se haya hecho un poco más pobre o perezosa. O tal vez ya lo era y, gracias a él, se nota.

El asunto ahora es que los ingleses no le permiten llevar armas a los escoceses. De otro modo, como dice Hamish, el desafío que le lanza a William habría sido con espadas, tal vez hachas. Será con una piedra. Pesada, negra. Hay que tirarla lo más lejos que se pueda. Gana Hamish, claro. Y se ufana de su rudeza eficaz.

Wallace, al parecer, sabe más cosas. Lo reta a un duelo desigual. Tomarán cierta distancia. Hamish tendrá como arma otra vez la pesada piedra negra y se la arrojará a Wallace, que no podrá mover los pies del suelo. Hamish debe tratar de acertar. Si lo hace, se entiende, es casi seguro que aplastará a su contrincante. Lanza. Y falla.

William Mac Aulish, a su vez, toma su arma: un guijarro insignificante. Lo arroja y pega certeramente en la frente de Hamish Campbell. Lo marea primero y lo hace caer inmediatamente después. William gana el duelo, claro.

He visto la película varias veces, con suerte diversa. Esta vez, no logra retenerme. Vuelvo al jardín y a la silla bajo el laurel y el tala. No habrá sueño. Que haya reposo.

Mientras vigilo a mi objetivo nocturno, ahora en el día excepcionalmente acuático, vuelvo al tiempo, a cierta especie del tiempo. Y pienso en esa esgrima que nos impone, o nos propone. O que nosotros le proponemos a él. O logramos imponerle.

Uno de nosotros tiene una piedra grande, lustrosa y negra. El otro, un guijarro insignificante.

Si acierta el caballero de la piedra negra, el otro será aplastado. Si acierta el caballero del guijarro, habrá vencido y habrá bastado para poner a su adversario a la distancia conveniente.

Interesante. A veces es posible. Creo que habitualmente nos hacemos a la idea de que el tiempo, de que cierto tiempo y sus cosas, nos aplastarán.

Pero, a veces, en esa esgrima, un guijarro insignificante, cosa de nada, mantiene a raya al tiempo. O mantiene a distancia a cosas que son del tiempo o que son en el tiempo y que, de acertar con nosotros, terminarán aplastándonos.

Y tal vez con un guijarro de nada (no tanto, no tanto…), logramos acertarle en el mismo entrecejo a alguna de aquellas cosas que querrían adueñarse del tiempo y de nuestro tiempo y de nuestra vida en el tiempo o de nuestras cosas en la vida en el tiempo.

Con todo y eso, acertándoles, nos libramos de cierta especie de temporalidad tiránica y de lo que viene con ella. Porque si ellas nos arrojan una piedra pesada y negra, y resulta que aciertan, nos aplastan y de algún modo dejamos de ser nosotros y nuestras cosas dejan de ser de algún modo nuestras. Y, de algún modo, ya no tendremos una vida. Y ese tiempo y sus cosas serán el caballero de la piedra negra vencedor.

Es difícil. Pero, como William Mac Aulish, deberíamos prepararnos, modelarnos con cierta gimnasia para esa esgrima.

Mis meditaciones se diluyen a esta altura. Igual, mientras me dispongo a seguir la vela, juego distraído con una piedrita redonda y ambarina entre mis dedos.

Uno nunca sabe.

sábado, 2 de enero de 2010

Homenagem

El año pasado, me propuse escribir un fado.

¿Por qué? ¿Cómo ‘por qué’?

Supongamos que, entre otras cosas, quería probar que no se puede escribir un fado si uno no es portugués.

Pero, además, quería escribirlo en español como si fuera portugués, para que cuando se tradujera al portugués no hubiera casi merma. Un ejercicio, diría, reflejo: componer en español como si el español fuera la traducción del portugués. Y eso para probar que no se puede.

Me llevó un tiempo, viera. Casi un par de meses. Y lo hice. Lo hicimos, en realidad, porque MM, paciente paulista, me ayudó con acuidad y buen tino a completar la obra. Y allí quedó el asunto, porque el destino que verdaderamente llevaba no lo sabía.

Hace unos pocos días, volvió el fado. Y con oferta melódica. Miré usted. Cuánto honor.

La insistencia, la voluntad de vivir de este pobre fado (pobre en este caso la mano del dizque fadista, claro…), se me hace que me obliga a darlo a la luz, impúdicamente.

ver

Fado del gozo de fado

Fado triste de estos años.
Los ojos que ven pasar
un amor, los desengaños,
como las olas del mar.

Fado de agua de estos ríos
que lavan el tiempo y son
aires de un fado, sombríos
acordes del corazón.

La noche que el fado canta
no tiene estrella ninguna
y es agria miel la garganta
que a un amor desconsolado,
le dice: noche sin luna,
triste amor..., como este fado.

Cuando se olviden las penas,
si olvida el pecho dolido,
el fado que va en las venas
dirá de otro amor perdido.

Y si es fado que no llora,
ojalá ni voz le des.
Sólo al llorar enamora
el fado, si es portugués.

La noche que el fado canta
no tiene estrella ninguna
y es agria miel la garganta
que a un amor desconsolado,
le dice: noche sin luna,
triste amor..., como este fado.

Mas con saudade, algún día,
un fado nuevo dirá
saudades de una alegría
que alguna vez llegará.

Y un día, verás, diremos
–la sola voz, la guitarra–
el gozo que conocemos
del fado que nos desgarra.

La noche que el fado canta
tiene estrellas, ya no es bruna.
Y es luz y miel la garganta
que al único amor amado,
le dice: noche de luna,
dulce amor..., como este fado.
La traducción portuguesa dice:
Fado do gozo de fado

Fado triste destes anos.
Os olhos que vêem passar
um amor, os desenganos,
como as ondas do mar.

Fado de água destes rios
que lavam o tempo e são
ares de um fado, sombrios
acordes do coração.

A noite que o fado canta
não tem estrela a brilhar
e é mel azedo a garganta
que a um amor magoado,
lhe diz: noite sem luar,
triste amor…, como este fado.

Quando se esquecem as dores,
se esquece o peito doído,
o fado que nas veias corre
cantará outro amor perdido.

E se é fado que não chora,
oxalá nem voz lhe dês.
Só ao chorar enamora
o fado, se é portugués.

A noite que o fado canta
não tem estrela a brilhar
e é mel azedo a garganta
que a um amor magoado,
lhe diz: noite sem luar,
triste amor…, como este fado.

Mas com saudade, algum dia,
um fado novo dirá
saudades de uma alegría
que alguma vez chegará.

E um dia, verás, diremos
– a voz solitária, a viola–
o gozo que conhecemos
do fado que nos desola.

A noite que o fado canta
tem estrelas, céu a brilhar.
E é luz e mel a garganta
Que ao único amor amado,
lhe diz: noite de luar,
doce amor…, como este fado.

Tal vez usted no sepa de qué va el fado. No está bien eso, pero puede ser. Pero, si es así, entonces es del todo injusto que crea que se entera por esto que un servidor intentó, haciendo de letrista.

Mejor es oír fado de verdad. Y no: no compare. Oiga.









¿Vio?

¿Entendió?

¿Sí?

Listo.

viernes, 1 de enero de 2010

Umbral

A veces, Señor, uno está tentado de decir que si querías que fuéramos como lirios del campo nos deberías haber dotado de una organización más semejante a la de un lirio. Pero ése, supongo, es precisamente tu gran experimento. O no, no un experimento pues Tú no necesitas andar averiguando cosas. Tu gran empresa, más bien. Hacer un organismo que también es espíritu; realizar ese terrible oxímoron, un “animal espiritual”. Tomar un pobre primate, una bestia llena de terminaciones nerviosas, una creatura con estómago que necesita ser llenado, un animal de cría que desea una pareja, y decir “ahora arréglatelas: sé un dios”.
Esto dice C. S. Lewis en el capítulo 4 de Una pena observada.

Este año, me late, va a ser un año memorable.

¿Usted dice ‘duro’, ‘difícil’, ‘peligroso’, ‘terrible’?

Dije lo que dije: memorable. Y digo además que me parece que va a poner a prueba el oxímoron terrible ése del que habla Lewis. Como también digo que “…sé un dios” es un convite-mandato que estará a la orden del día. Y nos medirá.

Sin ser ese “dios”, el hombre parece que no podría ni siquiera ser realmente hombre. Y hoy, menos.

Claro. Está el tiempo y los tiempos. Tiempos duros, dicen que son éstos. Llenos de expectativas y de signos y de pesquisas de signos.

Pero no hay que confundirse. El tiempo que importa es principalmente Kairós. Y los signos serán los signos del Kairós.

A esto se refiere san Agustín cuando dice en las Confesiones (XI, 11):
¿Quién podrá detener el corazón del hombre para que se pare y vea cómo, estando fija, dicta los tiempos futuros y pretéritos la eternidad, que no es futura ni pretérita?
De esto habla Jesús con saduceos y fariseos (Mt. 16, 1-3):
Los fariseos y los saduceos se acercaron a él y, para ponerlo a prueba, le pidieron que les hiciera ver un signo del cielo.

Él les respondió: "Al atardecer, ustedes dicen: "Va a hacer buen tiempo, porque el cielo está rojo como el fuego". Y de madrugada, dicen: "Hoy habrá tormenta, porque el cielo está rojo oscuro". ¡De manera que saben interpretar el aspecto del cielo, pero no los signos de los tiempos!

Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro signo que el de Jonás". Y en seguida los dejó y se fue.
De lo mismo habla san Pablo esta vez (Rom. 13, 11-12):
Ustedes saben en qué tiempo vivimos y que ya es hora de despertarse, porque la salvación está ahora más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe.

La noche está muy avanzada y se acerca el día. Abandonemos las obras propias de la noche y vistámonos con la armadura de la luz.
Y esta otra vez (Ef. 5, 15-17):

Cuiden mucho su conducta y no procedan como necios, sino como personas sensatas que saben aprovechar bien el momento presente, porque estos tiempos son malos.

No sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la voluntad del Señor.

Y otra vez más (Col. 4, 5):
Compórtense con sensatez en sus relaciones con los que no creen, aprovechando bien el tiempo presente.
Y de lo mismo san Pedro (1 Pe 1, 11-12):
Ellos (los profetas) trataban de descubrir el tiempo y las circunstancias señaladas por el Espíritu de Cristo, que estaba presente en ellos, y anunciaba anticipadamente los sufrimientos reservados a Cristo y la gloria que les seguiría.

A ellos les fue revelado que estaban al servicio de un mensaje destinado no a sí mismos, sino a ustedes. Y ahora ustedes han recibido el anuncio de ese mensaje por obra de quienes, bajo la acción del Espíritu Santo enviado desde el cielo, les transmitieron la Buena Noticia que los ángeles ansían contemplar.

En todos esos pasajes de las Escrituras, la palabra griega que se usa es kairós. Y, en todos los contextos, se usa intencionalmente. Connota del mismo modo y se refiere a lo mismo.

Creo que habrá más necesidad de Kairós que de Chronos en los tiempos de este año, por tentador que resultare tener el cronómetro en la mano. Vamos a ser medidos por el tiempo, no a medirlo. Vamos a ser medidos por Kairós.

Contar menos las horas, mirar más a lo que dicta las horas, como dice san Agustín. Para entender mejor. Los tiempos y este tiempo. Y los signos. Pero más que ninguna otra cosa para estar más atentos a lo significado por los signos que a los meros signos. Y que haya luz.

Y se me hace que quien no quiera ser un dios, en el sentido que dice Lewis, quien no quiera vivir según ese Kairós, sufrirá de más. Y hará sufrir.

Y así se hará más difícil no ser opaco. Y se hará mucho más difícil todavía hacer aquello difícil que decía y pedía Newman de que las propias tinieblas se vuelvan luz para los demás.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Veinte años (III)

Pues, bien.

Otro año. Pasó. Y viene uno más.

Años del calendario, por cierto: Chronos puro.

Lo demás es Kairós.

(Vi que para los psi, Kairós es insight. ¡Qué tiernos son! ¿Nunca dije que los psi no me caen bien? ¿Sí lo dije? Ah…)

No es igual. No es lo mismo, para nada. Me refiero a Chronos y Kairós, claro.

Chronos, por ejemplo, está diciendo ahora mismo cosas extrañas sobre lo que soy y la edad que tengo, o sobre los años que he vivido, los que he ganado. Y los que he perdido. Y se arroga un saber sobre mí y sobre mis cosas que no tiene en absoluto; y ni qué decir de lo que cree saber acerca de la historia. Mide y habla de medidas como si la pura y dura medida por sí nos hiciera alguna mella. Pero Chronos es Chronos, qué remedio. Él debe de haber inventado frases estúpidas sobre el tiempo, como eso de que el tiempo es oro, o eso otro de que a los males los cura el tiempo, o eso de que no hay que perder el tiempo (pronunciado como lo pronuncia él, siempre goloso y fagocitador de toda cosa, con la excusa de que él es el tiempo…)

Chronos mide y hace estragos al medir, pobre. Cree que es la misma materia y forma del tiempo.

Casi como el hijo mayor de la parábola del pródigo, refunfuña ante Kairós y más refunfuña ante el Señor de cada Instante.

Habrá sido él quien le habló al oído a Abraham cuando le hablaron de que sus hijos serían como las arenas del mar, y también a la incrédula Sara cuando le dijeron que iba concebir. Tiene que haber sido él el que empujó la espada de Pedro en el huerto. No pudo ser sino él el que le calentó la cabeza a Judas. Pobre Chronos. Si supiera que es la mitad, si acaso, del tiempo.

Si él supiera lo que, por ejemplo, sabe Kairós sobre los veinte años que hubiera dado papá por tañir un instrumento. Pero Chronos no entiende frases así. No sabe qué significan en el corazón de los hombres ni los veinte años, ni la semana, ni los minutos.

Él los mide, los pone en fila como patitos y los hace marchar. Sincronizados, claro. E intenta que suframos por eso (o que nos alegremos, a veces), por el transcurso a secas, mecánico y fatal, como si no hubiera en el paso del tiempo nada más que una extensión mensurable.

Chronos no conoce alegrías o tristezas. Entiende los fuegos artificiales porque es 24 de diciembre a las 23 horas, ó es 31 a las 12 de la noche. Sabe de las lágrimas porque es un aniversario. Sabe de la ansiedad porque cuenta los segundos para atrás hasta la hora convenida o fijada. Conoce la alegría cuando ve que es mi cumpleaños en el almanaque o porque el partido que voy ganando terminó cuando el cronómetro marcó el final. Pobre Chronos.

Mi Kairós habla otro dialecto, a Dios gracias. Apenas si ve las hojas de abajo del almanaque. Le gustan más las de arriba, claro: paisajes, pinturas, hasta frases insólitas. Es comprensible. Es Kairós. Es lo más parecido al tiempo humano; es el tiempo humano en realidad, es la substancia del tiempo humano, por tiránico que sea su vecino Chronos. De su materia está hecha el mundo y nosotros. Y yo.

Kairós sabe algo de hojas verdes o secas, sabe de frutos y flores, sabe de la desesperación o del éxtasis. Los conoce, desde adentro (sin insight, amigos, sin insight…); Kairós ve mientras Chronos solamente camina. Kairós respira y llora y ayuna y se demora y quiere la eternidad del abrazo, del beso a la frente del hijo, la plenitud de la fiesta, la eternidad del encuentro y del desencuentro.

Kairós -creo al final que fue él- le dijo a mi padre que dijera que veinte años de una vida bien pueden usarse como moneda de cambio, que veinte años son nada porque son mucho y son mucho porque son nada (lástima que el tango Volver diga otra cosa…); se lo dictó, creo, irónicamente. Le dijo que la felicidad tiene algo de eterno, de acrónico. Le dijo, cada vez que papá decía aquello, que es así la eternidad: el instante, el intenso y alto y hondo instante.

Y es así con cada cosa que toca y bendice Kairós.

Después, si acaso, volveremos a ello con el corazón, recordaremos y la felicidad –y a veces la pena misma- de entonces será la substancia de la que volvamos a sentir al recordar. Pero Chronos no estará allí, casi. Volveremos allí de la mano de Kairós, como nuevos y estrenando el afecto o la emoción o la admiración y la sorpresa, no importa el tiempo que haya pasado.

Y un día, también de la mano de Kairós, seremos conducidos y estaremos –ya no será volver, discúlpeme, don Platón…-, cara a cara con aquella cara que fue nuestra dicha; cara a cara con aquella voz; cara a cara con aquella calle –sí, Dolina, de verdad será…-; cara a cara, incluso, con aquello que alguna vez Kairós nos quitó de adelante y no pudimos alcanzar o ver.

Y entenderemos.

Y entonces Chronos, al fin, espero, entenderá.

Veinte años (II)

Lo que uno querría es una cosa. Lo otro, es otra cosa.

Puede pasar que uno quiera tanto alguna cosa que esté dispuesto a dar lo que tiene, y hasta lo que no tiene, por hacerse de ella. Y supongo que una parte de lo que mi padre decía tenía ese sentido.

Pero creo que la frase es cómoda para cuando uno quiere algo que no hará. Al menos cómoda en un sentido psicoespiritual. Consuela y calma pensar de ese modo. Acomoda un apetito, lo hace menos gravoso y, finalmente, hace que lo apetecido no pida nada a cambio. Porque quizá no se trata de dar, ni de hacer.

Daría veinte años de mi vida. Daría, obsérvese bien. No los daré, claro. Pero los daría. En suma, es nada o casi: no tengo que dar mis años.

Ahora.

¿Es algo que vale la pena aquello por lo que daría mis años? ¿Tanto? ¿Es algo apetecible por sí, en sentido lato? ¿Quiero algo –lo que fuere- que verdaderamente podría obtener, ni hablar de que debería obtener? ¿Por qué el daría, entonces? ¿Por qué la frase misma, sin ir más lejos? Hágalo, mi amigo, y ya no diga nada. Y si es que tiene que, con más razón: hágalo. Tal vez quiere decir que debería hacerlo si pudiera quererlo lo suficiente, pero de hecho no logro quererlo lo bastante. No porque no sea bueno, ni para mí. Tal vez porque ni siquiera lo quiero-quiero, sino que me parece o me figuro que debería quererlo. Pero hay algo que en la frase dice -a mi sabor- que no tengo siquiera que quererlo demasiado, ni morir por ello. No es algo estrictamente mío tal vez. No es algo para mí. Es un querer más bien afectivo que quién sabe en lugar de cuál querer efectivo ha venido a quedar. Digo que lo haría, digo que daría una parte de mi vida por hacerlo. Lo digo. Y al decirlo queda dicho y si está dicho, de algún modo, se me hace que está hecho, está cumplido, está realizado o patente mi deseo verdadero. Mi deseo, claro, en todo caso. O la expresión, más bien, de un deseo que de alguna manera me honra formular. Y, creo, al fin con todo y sin embargo, que nada de eso es del todo verdad, lamentablemente. Puede fallarme la voluntad, claro, y así no hacer lo que hay que hacer. No hacer lo que hago, no estar haciendo lo que tengo que hacer, diríamos más ramplonamente. Pero creo que en general esas cosas se dicen respecto de algo que sé casi de cierto que no haré y hasta casi que no tendría por qué hacer.

Hasta allí, por ahora.

Pero hay algo más. Y ahora tomándome la frase en serio. O, al menos, un aspecto que me apasiona de esa frase: veinte años de mi vida.

No es nada el hecho de pensar siquiera cuántos años tiene mi vida y si acaso de ella podría sacar veinte años para dar a cambio de una digitación melodiosa y precisa, o de lo que fuere que quisiera o dijera querer, a cambio de esos años. Que si no tengo años o no me sobran, ni modo.

Por eso hay algo que me gusta más pensar e imaginar, ya que estamos: ¿Así que veinte años? ¿Y cuáles veinte años, me gustaría saber?

Supongamos, efectivamente, dar veinte de los años de mi vida; pero eso, en todo caso, tendrá que ser sin discriminar los años “valiosos” de los comunes y prescindibles. Porque eso estaría bastante mal, si vamos a ver: dar los que creo que me sobran o no querría ya tener que andar cargando, es algo que desluce la frase y la misma acción: doy cosas de supuesto escaso valor o nulo a cambio de algo que siento valioso asaz. Muy feo es eso. Sí, señor. No debería ser así. No, señor.

Pero, por otra parte, ¿dijo prescindibles? ¡Ja! Claro que esos años no existen: ¿cómo se le ocurre pensar que hay en realidad años baldíos y descartables?

Porque, veamos un poco: ¿cuáles años le gustaría a usted descartar o donar a cambio, si dice que habrá de desprenderse de esos 20? ¿Los del dolor? ¿Los de la sombra? ¿Los de la enfermedad y la muerte? ¿Los del deseo frustrado o la mera y habitual frustración? ¿Los del desprecio o el menosprecio? ¿Los de la espera incumplida? ¿Los de la opacidad o la amargura? ¿Los del odio? ¿Los años infecundos o estériles? ¿Los de nada de nada?¿Los de la desesperación? ¿Los años de la distancia y la nostalgia? ¿Los años sucios? ¿Los años de la infelicidad y el ahogo? ¿Los años de la injusticia? ¿Los años del daño y la mentira? ¿Los años del mal?

No.

No, mi querido amigo. No. En absoluto.

Ni aun dándole crédito a la frase la puedo salvar por ese lado. No hay una sola brizna del tiempo prescindible, así, de ese modo. Si el caso fuera de dar tiempo a cambio de algo, siempre estaría dando algo valiosísimo. Siempre.

Si me pongo a pensar, claro que yo propio voy a encontrar veinte años de los que me gustaría, me convendría, estoy seguro de que me sentiría feliz de poder deshacerme. Y si me pidieran el doble, también encontraría. Pero eso sin pensarlo bien. Eso a las apuradas, atolondrado y loco. Porque, de veras, no hay tiempo baldío.

De veras que cada segundo es un acto de misericordia que tiene raíces infinitas.

Sí, oyó bien: el tiempo es misericordia. El tiempo es bienaventuranza. Para el hombre lo es. Para cualquiera y todo hombre.

Veinte años

Mi padre cantaba. Mucho. Había hecho una carrera desde chico en esas cosas y la interrumpió abruptamente. Pero era bueno en eso. Tenor de joven, barítono después, cuando ya cantaba porque sí y para sí. Ya podrán los paladares de gourmet decirme que si esa coloratura y ese tal por cual y el otro que trina el treno. Uf.

El caso es que papá cantaba. Y silbaba. Mucho también. De tan musical que era, componía versos y era bastante bueno también allí, aunque, con la escuela jesuítica a las espaldas, le costaba pasar por alto tropos y recursos. Pero tenía buen gusto, debo decir, por lo que recuerdo, porque murió relativamente joven. Había hecho letras y le gustaba ponerle melodías a las cosas que había leído. Hay que decir también que sus letras, como la carrera lírica, se cortaron de pronto. Quedaron de ambas cosas magníficas hilachas. Pero hilachas. Pero magníficas. Pero hilachas. No pude aprovechar lo que hubiera querido, porque cuando él se iba, yo llegaba. Con todo, hace treinta años que murió y todavía hallo cosas suyas muy de tanto en tanto y de veras valen la pena.

Pero.

Cuando íbamos a Córdoba –fue así hasta mis 17 años- cada verano, se juntaban los tres hermanos: una solterona, un cura y el menor, papá. La primera cosa después de acomodar las maletas en la casa, era irse al piano ella, al violín el cura y papá en un sillón verde oscuro de cuero, en la penumbra del cuarto más fresco de aquella casa. Nosotros, los chicos, alrededor. Y empezaba el concierto. Primero se desentumecían los dedos de la pianista durante una media hora con piezas triviales, como de Mozart (no se pongan así…, sé lo que digo) o zambas de Ariel Ramírez. Mientras, el violín crujía afinando. Papá, mudo, las manos entrelazadas a la altura de la boca, los codos en los apoyabrazos, reposaba; se sacaba los anteojos, los ojos entrecerrados oyendo a su hermana. Al fin, ella se daba vuelta y miraba a mi padre: “¿Vamos…?”, preguntaba críptica y papá, sin moverse de su posición, asentía. Así era cada vez. Y empezaban. Ella cantaba mirando el teclado, mirando a un punto indefinido cuando levantaba la cabeza y mirando a la gloria del canto en ese trío, que era su hermano menor. Modulaban al principio, aunque parecía que cantaban, como si ensayaran. De pronto, con un acorde del piano que parecía una contraseña, se terminaban los aprontes y arrancaba una cosa en serio. Así por un rato. Y por las noches o cuando había un hueco otro tanto. A veces, cuando estábamos en la casa de las sierras, se hacía sobremesa bajo las estrellas, se apagaba el farol y empezábamos otra vez. Y empezábamos porque entonces los demás, especialmente mi hermana mayor y yo, podían acompañar. Y aprender. La sierra silenciosa se llenaba de dos, tres, cuatro voces armonizando a capella canciones viejas, italianas -bastante dialecto norteño- y españolas o argentinas, algo en alemán. Una cosa rusa que entonaban. Bromas líricas algunas, melancolías suyas otras. Cualquier cosa pasaba por el tamiz de las armonías, aunque fuera una marcha militar que terminaba pareciendo un madrigal o una po´lifonía del XVII. Y así por hora, hora y media. Cuando se daba el fin de fiesta, todos a dormir, menos mi padre que se quedaba en una reposera de tijera, en silencio bajo las estrellas, no sé hasta qué hora, porque yo era de los que tenían que acostarse.

En esas ocasiones, como en otras musicales (tal vez en algún concierto, u oyendo algo en disco o radio), papá, en algún momento, mirando con los ojos entrecerrados, solía decir: “Daría veinte años de mi vida por tocar así…”, y se refería al instrumento del caso, especialmente piano o guitarra, que eran sus preferidos. Cantaba y escribía pero apenas si tocaba algo. Pocas veces lo vi al piano y menos veces con una guitarra en la mano.

Creo que uno de los nombres del cielo para él era la lira literal: poder tocar con arte algún instrumento.

Ya lo he dicho alguna vez en esta bitácora. Durante años oí aquella frase. Muchas veces la repetí. Creo que hasta que murió, acríticamente. Después, creo que es natural, la pensé. Hace treinta años que solamente la he usado como si dijera al revés. Muchas veces la he analizado con otros, para decir qué se me hace que lleva ese deseo en sus entrañas. Y por qué tomarla al pie de la letra es tan peligroso. No sólo porque es peligroso tomar sólo la letra de algo y no su espíritu. Sino porque en el espíritu de ese dictum paterno algo hay que no está del todo bien.

El sentido y valor tópico creo que se entiende y con cierta facilidad. Dar algo a cambio de algo. Dar algo valioso y muy querido a cambio de algo tan valioso como apreciado. No es raro. Es natural. Casi diría que es la extensión de aquello de vender todo lo que se tiene y comprar el campo donde está enterrado un tesoro. También vale como oblicua exclamación admirativa cuando uno se delita tanto con lo que otro hace bien, que daría algo propio y querido por poder hacerlo y hacerlo así. También podría sonar como una admiración y deleite superlativos.

Bien. Fácil de ver.

Pero en el espíritu de aquella expresión había algo que no era tan fácil de ver. No se aplicaba a un género, se aplicaba a una especie de cosas y casi a un individuo determinado: hacer una determinada cosa. Y no es solamente querer hacer algo, que así dicho hay quien quiere haber nacido en otra época o no ser quien es. Se trata, en el caso de la frase, de querer hacer algo posible de hacer para uno, se entiende. Poder hacer algo y dar veinte años de la vida para lograrlo. Por eso. Casi diría que lo más peligroso de aquella frase que tantas veces le oí a papá es que era (parecía ser, siempre oí que era) literal.

Daría veinte años de mi vida.

Mire usted. ¿De veras?

En fin: veremos.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Hablemos de sexo (es decir, de plantas…)

No sea torpe, m'hijo... ¿Cómo se le ocurre que voy a a hablar de eso...? Ni con el sexo de los ángeles me voy a meter ahora. Ni con ningún otro.

Simplemente, le digo que hablemos del jardín.

Si hay alguien a quien respeto la mar en esas lides, ésa persona es mi madre. Harto tengo a más de cuatro ponderando sus sutilezas verdes. Pero. Una cosa es lo que ella sabe y el modo de saberlo. Con eso ya tendría uno bastante, no tanto oyéndola jardinear, sino viéndola. Y entonces uno sabe que el mundo se divide en dos: los como ella y los otros. Son raros los como ella, conozco pocos, y por suerte varios. Algunas de ellos son mujeres y ahí está la cuestión.

No sé si ha notado usted, caro amigo, que en general las mujeres dicen el jardín de un modo, lo ven de un modo, lo hacen de un modo. No diré femenino, aunque debería. Pero es distinto del modo masculino, casi siempre.

Habitualmente, el varón se aplica de un modo substantivo a la cuestión. Menos adjetivo y casi nada adverbial, salvo en el caso de los veros-veros, que sí lo hacen de modo íntegro y armónico, adverbios también incluidos. Circunstancias y medidas, tiempo y lugar, modo y causas. Siembras, podas, gajos y trasplantes, cosechan y floraciones, sol y agua y sombra y viento: todo lo saben sin medirlo, casi. Hay quienes saben eso de un modo empírico y otros científicamente. Me gustan más los primeros, no puedo evitarlo, sobre todo porque –y cómo- aplican las manos y tallan y hunden los dedos en la tierra y deshojan con suavidad y como al descuido, pero con la precisión y la elegancia de un relojero.

El asunto es que empalmé el insomnio lunar de anoche con el tren rápido de la mañana y me fui unas horas a la ciudad. Volví pasado el mezzogiorno y como un autómata, calcé vestes de labor y me zambullí en el jardín. Y ahí me di cuenta, al cabo de un rato, de mi extraño y habitual soliloquio acerca de las cosas que se van haciendo. Soliloquio frecuentemente mudo, que no habla tanto de las cosas inmediatas, sino a propósito de ellas. Noté que, por mucho que me pese, no hay modo de hablar en esos términos con mi madre, y no sé si con alguien más, y creo que no. Al menos cuando de jardín se trata.

El caso es que allí estaba la Summa entium realmente plantada ante mí y era cuestión de ir viendo de qué trataba cada cosa. Cortar el pasto a máquina es fácil y sirve para poner la mente en blanco, un barbecho de lo que vendrá, tal vez.

Me sirve mejor enumerar algunos de los asuntos.

El zapallo anco. Tiempo atrás, la madre me trajo unas semillas. “Son como calabazas, muy dulces y amarillas por adentro. Cuidado dónde las ponés: sufre lo que está cerca…”; y no sabría ella quizá lo que estaba diciendo. Lo verdad que era. Y las verdades que había allí. Dulces y bonitos serán los calabacines-ancos que ella me dio. Pero la planta hace sufrir: tuve que disciplinarla fiero para que no ahogara romeros y jazmines, para que no se desbordara en otras cosas, matando pastos y azaleas. Y créame, compagno, no lo voy logrando y me da que tendré que volar el zapallo, por dulzuras que me haga. Claro. La vida. Vea usted bien esas dulzuras tales y dígame después qué hacerse con ellas…

Las campanitas. No sé si sabrán todos que son una de las plagas más bonitas que hay. La hoja áspera denota su bajeza, la flor efímera su liviandad. Pero ese color azul sí que recrea, más cuando natura lo mezcla a su gusto y al llover tienen un aire agreste y húmedo que no es despreciable. Pero viene rastrera también ella y crea otros problemas, además de los similares a los de la planta de zapallo. Sus venas de tallo recorren todo lo que pueden, se enhebran en fisuras y se enredan. Son el nombre de tantas cosas. Ceden sin demasiada resistencia, pero no siempre. Obran por saturación, no como las hiedras, que se vigorizan y aprietan lo que hallan al paso. No así las campanitas, que con sus modales anodinos, vistosos de lejos, distraen, hacen perder el tiempo y en cierto sentido afean, con todo y su cuota módica de gracia colorida. Una se enredó en el lote de lavanda, noble yuyo si lo hay. No hay elección: tiene que ser con suavidad, tratando de no dañar. Viendo de tratar con delicadeza a las dos debilidades, con el mejor resultado posible: las campanitas son débiles y molestan a la débil lavanda. No es ponerse del lado del débil, sin más. Las dos son débiles. Peliagudo asunto es ése.

La yuca madre. Viera usted las veces que le he cortado las púas a la desdichada. No sé por qué no la he arrancado todavía. Y cada vez me digo lo mismo: crece, hay que dejarla… Y vuelvo a tusarla para que los chicos no se pinchen y el fútbol no se desaliente por falta de balón. Y me clavo yo mismo esas púas que no deben pinchar cuando las corto. Mi cabeza guarda tres o cuatro, cada brazo otro tanto, los ojos esquivan los lanzazos agudos y traicioneros lo mejor que pueden… La vida, claro. Lo que pasa. Sin querer hay que hacer de pararrayos. Sin querer, sí, me oyó bien. Queriendo no querer, si prefiere. Gruñendo y con más ganas de cortar la planta que de hacerla inofensiva o hasta benéfica, siquiera a la vista.

La eugenia. Para un cumpleaños, le regalé a Ana, la melliza, una planta. Se me ocurrió que era una manera de ayudarla a concentrarse en algo, tan dispersa y movediza como es. Pregunté, busqué y me conformó ésta. Resistente, viene frondosa semi árbol, con graciosas flores y breves frutos colorados. Ana jamás se ocupó de la planta y tuve que ocuparme de ambas. La vida, claro. Vea usted lo que hace cuando hace algo por otro. Que no es usted, es él…

La cidra. Ahora pasó los tres metros y casi toda su altura y fronda es de los últimos dos años (después de la nieve aquella…), de los más de 10 que lleva en tierra argentina, ese citrus mexicano. Me costó hacerla crecer y ahora no sé cómo sostenerla en pie. Se secaron dos semitroncos que tenía, malhaya. Pero el más alto quedó. Las flores de este año ya son frutos. Y son demasiados. Y como sé que son demasiado grandes (limones, digamos, del tamaño de melones), temo por ella, temo por su endeblez, por su altura. Sufrí por ella mientras crecía, sufro por ella cuando ha crecido, sufriré sus frutos. Viéndola esta tarde, le pedía que al menos durara hasta que el fruto tuviera semilla y hubiera posibilidad de empezar todo otra vez. La vida, claro. Parezco su padre y soy apenas su jardinero. Y pasará con ella lo que haya de ser, por mucho que la cuide.

Limonero, lirios de agua, achiras y el laurel chileno. Se fueron acercando al crecer y crecieron mucho. Hicieron un conjunto apelmazado y vigoroso, lindo de ver, ya casi impenetrable. En los entresijos de tanto follaje, al mayor de casa se le ocurrió hacer un experimento de compost…; la Eugenia, en poco más, se maridará con el limonero y noviará antes con el laurel. Allí bulle la vida, es un festín de verdes y colores, de aromas. Bulle todo allí. Menos el hombre, que casi no puede entrar a esa selva acotada y tupida que se expande ahora todavía más. Como mi casa (y otras cosas de la vida...), pienso, y lo que crecen y el volumen que desplazan al crecer los críos. En poco más, seré el hombre de ese jardín y habrá más plantas que hombre allí y tendré tanto lugar como el que ahora casi no me dejan las plantas y el compost, esto es: la vida bullente un día me pedirá que me corra...

Pues, bien: así es. Y más y más cosas que son ya demasiado aburrir.

Lo cierto es que no ve eso en el jardín mi señora madre. Ve plantas y estaciones del año.

Y lo bien que hace.

Pero, yo no soy mi madre, claro.

Nueva luna llena


Noroestes de luna sueña el cielo
y le sangra una luz en su costado.
Madrugada de insomnio, aroma y vuelo
del corazón en flor, quieto y callado.
Con su frente estrellera sobre el suelo
la niebla penitente ha dibujado,
al este silencioso de ciruelo,
un sol maduro y fresco, ensangrentado.
Y es tan nueva la luna que se ha ido,
tan lúcida amanece en retirada,
tanto incendia la noche en que ha caído,
tan llena y luna es, va tan preñada
del día nuevo como del que ha sido,
que ya no está, pero no falta nada.



martes, 29 de diciembre de 2009

Perra loca

Fue ayer y no me di cuenta de que era 28 de diciembre, porque de haberme dado cuenta me habría sentido víctima de una broma de inocentes.

La joven atendió el llamado con un displicente “sí…”, y con esa clarinada el diálogo ya pintaba breve, conciso. ¿Quién pasa a buscar el auto? ¿Vos o yo?: era ésa la aguda cuestión en juego, el asunto mayor. Llevó casi un minuto de lacónicas deliberaciones, mientras el 22 traqueteaba rumbo a Retiro. Estaba en el asiento de atrás, no la vi, no sé qué aspecto tenía, sólo oía su voz; es decir, sus monosílabos, porque las frases eran asaz escuetas y gruñientes. Me pareció que había sido despertada de un semisueño y traída a los asuntos mundanos. Como me pareció, no sé por qué, que del otro lado la voz era masculina. Pero eso lo imaginé.

Llegábamos al Correo Central por el Bajo cuando la joven formuló el sintagma más complejo y largo que le oí: “Bueno, entonces, dejá…; voy yo a buscar el auto; paso primero por el psicólogo a buscar a la perra, la busco y me voy para allá…”

Creo que bajó en seguida, no lo sé. Me quedé pensando y me olvidé casi de ver quién era la supuesta dueña. Cuando me di vuelta, había un hombre en el lugar de donde venía la voz.

He oído que existe la psicología para perros. Tengo pocas cosas que decir de la psicología, a secas. Pocas cosas buenas y pocas cosas malas. En general, el asunto no me interesa demasiado, por mucho que interese el alma humana, el corazón humano, los afectos humanos, los dolores humanos, los asuntos humanos. Siempre –no puedo evitarlo- tengo la mezzo injusta impresión de que, de habitual, la psicología tiene poco que ver con todo eso. No me son simpáticos los psi, y he podido ver que no pocos de sus clientes suelen tener en no pocos casos el aire orgulloso de los poseedores de algún arcano. He visto algunas veces que hay un fraseo, un tono, una impostación de sabiduría en ambos lados de la cuestión que me producen cierta molestia. Y cierta pena. Y esto que digo es exactamente lo opuesto a una generalización, aunque son pocos los casos que puedo de cierto aducir en contra de esa sensación. Y está, además, el asunto ése del posesivo del cliente: “dice mi psicólogo…”, “me dijo mi psicóloga…”

Qué se yo. No hago ahora sino transcribir lo que se me dio por pensar entonces, hasta que caí en la cuenta de que lo que había oído en realidad no se trataba sin más de la psicología y sus arrabales: era que la perra de marras tenía un psicólogo.

Tratando de salvar el asunto (y todo el mundo sabe que no soy así de benévolo), pensé que alguien -que podría haber sido cuidaperros o estudiante de bellas artes pero resultaba que era psicólogo- tenía circunstancialmente la perra en custodia hasta que la dueña fuera a por ella. Podría ser. Ojalá fuera, pensé, aunque no tuviera ningún sentido. Ojalá que la perra no haya sido declarada insana, débil mental o depresiva o neurótica. Ojalá que no se les haya ocurrido que la perra “necesitaba ayuda para ir viendo las cosas que le estaban pasando…"

Pero ése era yo, creo. No los dueños. Menos el psicólogo. Mucho me temo que efectivamente hay quien cree –de un lado y del otro- que la psique de la perra necesita ayuda. Aunque la perra no tenga psique.

Estoy seguro de que habrá razones a pasto para ser psicólogo de perros, como tiene que haber argumentos sólidos en la cabeza de los dueños de aquella perra para acudir a uno de ellos. ¿Y qué dirá la perra? Pero ya estoy pensando en clave y ensañándome con la forma hodierna de entender el dolor del hombre y los perros del hombre y creo que no debería hacer eso…

Llegué a Retiro y “el rápido de y 48” estaba saliendo del andén. Lo perdí. Suerte perra. Suerte loca. Desganado, por la hora y el día y el durable non sense de la frase, me subí sin apetito alguno al local que para en todas; hacía calor, tenía sueño, había mucha gente dando vueltas.

Un poco me reía de mí y de la dueña de la perra loca y del psi. Pero, también, me sentía en algo el extranjero de Camus, abotagado pero inquieto, caminando al rumbo una playa ardiente y soleada con las piernas y los hombros pesando alternadamente, como en un pozo del tiempo y en un vacío de realidad.

Me imaginé una playa argelina de mar ruidoso y desierto a las espaldas, chilabas al viento caminando por las orillas, pies descalzos de plantas blanquecinas, niños morenos y de dientes blancos jugando con pelotas de cuero o de trapo. Viejos desdentados y cejudos, sentados con las piernas cruzadas sobre edredones a rayas de colores vivos, fumando cigarrillos armados, con las manos ajadas y curtidas, las uñas rosadas y combas, gesticulando y discutiendo.

De pronto, imaginé también, paseando por la playa aquí y allá, grupos pequeños de perras locas seguidas a la distancia por psicólogos ufanos, y por las dueñas semidormidas un poco más atrás, como en una tela surrealista, al óleo, colores apastelados.

Sí. Puede hacer eso con uno un 28 de diciembre, al atardecer, volviendo.

Pero, mi estimado, déjeme que le diga: en casa hay un border collie negro y de pelambre larga, pastor de ovejas él, en su origen; ahora citadino, el pobre. Le ladra a los relámpagos y aúlla cuando hay truenos en el cielo y corre como desaforado carreras de 30 metros de ida y vuelta cuando empieza a llover fuerte. Se escapa seguido y aterroriza al vecindario con su facha de lobo en furia, buscando, parece, a quién devorar. Sí, señor: una bestia. Aunque jamás mordió de veras a nadie, todos dicen –creen- que está loco. Come abejorros de los que revolotean sobre las flores de las salvias y se ha zampado más de un benteveo, y algún que otro zorzal, y claro que un par de palomones. Patea caracoles en verano y se lanza con el flanco contra las espinas del tala o las púas de la yuca.

Sí, señor.

Pero, mi amigo, eso sí: el día que me oiga decir que antes de pasar a buscar el auto, busco a Chango por lo del psicólogo, piense mal de mí, se lo suplico. Y tendrá razón.

Porque hay algo fieramente insano, hay algo enloquecido que no es para psicólogos, algo que se levanta como una pestilencia del humus y es fieramente demoledor del cosmos, cuando uno decide que debe llevar a una perra –por loca que estuviere- al psicólogo.