Lucía recorrió la casa lentamente. Le llevó media mañana, aunque empezó al amanecer.
Todos los cuartos estaban abiertos y eso lo hizo bastante más fácil. Pero no tan fácil. Estaba la minuciosidad con que la vista enumeraba y analizaba cada objeto, todo el mobiliario, puertas y ventanas, apliques, lámparas. Todo lo vio en un orden casi perfecto, inmóvil, sin vida. Eran cuadros, acuarelas, no bocetos, no borradores rápidos a mano alzada.
Salas y salones, igual. Un comedor amplio y luminoso, igual. Hasta los pasillos, toda dependencia, armarios, cómodas, los dos baños, la escalera. La cocina era una laboratorio en desuso, como congelado al final de un día de trajines y experimentos: todo irrealmente pulcro y ordenado.
La mirada, mientras tanto, no descansaba. Buscaba los detalles, perseguía huellas que terminaban en ninguna parte. Sin perder la concentración, buscaba señales. Hasta repetía los recorridos en los lugares que podían ofrecer más caminos. El escritorio, por ejemplo, cajones sin llave que guardaban carpetas ordenadas y clasificadas. Las paredes completamente forradas de libros en estanterías que llegaban hasta el cielorraso. Cada libro, cada recuerdo (medallones conmemorativos, objetos de viajes, cuchillos y vainas de colección, cosas así), cada retrato o fotografías sin enmarcar. En el rincón, a la derecha de una mesa con una lámpara, la música, igualmente quieta y muda.
Un solo movimiento parecía perturbar la ordenadísima monotonía: un reloj sobre la repisa de la chimenea que marcaba rítmicamente el tiempo. Pero, aunque era lo único se movía, subrayaba la uniformidad del conjunto con su isocronía opaca.
Alrededor de las 11, Lucía había completado la recorrida y el rastreo metódico de signos y marcas de existencia, de presencia siquiera futura.
Cruzó la sala más grande. Se paró ante la puerta de entrada y, antes de abrirla, se volvió a mirar con la vista y la imaginación cada paso que había dado por la casa.
"No, ya no está...", dijo a nadie, en voz casi imperceptible. Y salió.