miércoles, 23 de abril de 2025

Dardo (entre la vida y la muerte)


– Todos estuvimos muertos alguna vez. Y a veces más de una. Pero una, seguro.

Dardo solía ser críptico. Sentencias como estiletes fantasmales quedaban flotando en medio de una discusión hasta que, con cierta benevolencia, aclaraba apenas los dichos. Muchas veces el comentario era polémico y al final había que admitir que había tenido razón. Otras, no sabíamos, porque o no explicaba el estilete o no llegábamos a entender los fragmentos que nos arrojaba como migas de pan para encontrar la salida de su bosque de imágenes y de ideas. Estábamos solos esta vez. Lo invité a comer porque hacía tiempo que no nos veíamos.

– Una nueva línea espiritual, Dardo. ¿Reencarnación? ¿Más de una?

– Eso lo hace cualquiera, hasta un chico puede imaginarse que en otra vida fue un pterodáctilo o una manzana. La cosa es pasar por la muerte, estando vivo. 

Quedaban pocas personas en el bodegón. Es el momento en que la gente pierde la contractura del comensal, se recuesta despreocupadamente sobre los respaldos. Pide otra botella de lo que viene tomando, ya sin viandas. Pellizcan los panes. Se acodan en la mesa, conversan. A veces hay risotadas. Dardo hacía otro tanto, pero sin risotadas y mirando al salón y a los comensales, el bamboleo cansino de los mozos. Era casi el final de la noche. 

– ¿Cuántas veces te moriste, Dardo?

– Una. Y no dije que nos morimos: dije estuvimos muertos... pero vivos. Creo que es peor que la muerte misma. Me pasó una vez. Una vez estuve muerto. Varios años.

Lo miraba con simpatía. Lo conozco. Sé que hay una historia atrás, y sé que no va a contármela. No completa, si acaso, no sin misterio. Me tocó pedir el vino ritual de sobremesa, pero sólo una copa para cada uno. Dardo miraba a la ventana casi fijamente.

– Pero... –arrancó con la mitad de la idea callada, sólo sonando en su mente–, te das cuenta recién después, al final. Cuando la muerte termina. Es como bajar al Infierno de Dante, como un mundo de sombras. No te das cuenta mientras estás muerto, las cosas te parecen reales. O reales verdaderamente, sin más. Hasta agradables o lindas, incluso. Otras son emocionantes o intensas. Felices, diría. También se siente dolor, nostalgia, miedo. Después, cuando ya no estás muerto, todas esas cosas se hacen jirones, como de gasa transparente, u opaca, hasta sucia puede parecer. Y muchas cosas desaparecen como si nunca hubieran existido. O vagan como espectros por un tiempo y van disolviéndose. Y cuando estás vivo y ya no muerto, llega el olvido, que no es olvidarse. Porque no siempre se olvida uno. Y el olvido es como el recuerdo de una pesadilla o de un sueño. Sólo que se va sabiendo de a poco que todo eso pasó cuando uno estuvo muerto...

Y abruptamente, como había empezado, dejó de hablar.

No sé si lo entendí. Creo que lo que creí entender era demasiado simple para ser una descripción de algo real y muy complejo para ser una figura, una metáfora. Volvió a acomodarse en la silla y se quedó mirando el mantel a cuadros, como si los estuviera contando.

No quise preguntar. Lo conozco. Cuando habla en esos términos no funciona el interrogatorio o seguir la conversación. Porque en realidad no es exactamente una conversación. Pasó tiempo. Tal vez fueron unos cuantos minutos. Él no esperaba que hablase. Yo no quería hablar. Pero, en un momento, no sé cómo se me ocurrió, le pregunté. Y hablé en sus términos. No, no en sus términos idénticos. Quise seguir lo que me parecía era el hilo de lo que decía. 

– Entonces, ¿estás vivo ahora?

– No sé. La verdad es que todavía no sé. Cuando uno estuvo muerto tanto tiempo le cuesta distinguir. Creo que sí, pero no sé...