miércoles, 16 de abril de 2025

Dos estrellas y dos mujeres (Apéndice: Sobre la Estrella Matutina.) (y III)





Hay una Estrella Matutina y hay una Estrella Vespertina. Ambas son el planeta Venus en horas diversas. En cada caso, y respectivamente, unas tres horas antes de salir el sol al oriente y durante otras tres horas después del ocaso del sol, en nuestro occidente.

El sol, por su parte, siempre fue un símbolo fuerte de una realidad eminente: Cristo. Al mismo tiempo, símbolo de la Luz eminente, el propio sol tienen una significación alta y honda en la Creación, como reflejo de la Luz Eterna. Más específicamente, la asociación del sol naciente como figura de la Encarnación tanto como de la Redención y de la Resurrección mismas.

En las Sagradas Escrituras, por otro lado, varias veces Cristo es designado también como la Estrella Matutina, de modo explícito o alusivo. La Estrella Matutina es también su signo, como la que vieron los Reyes en Oriente y los guío a Belén. También Cristo será como el sol en su Segunda Venida, haciendo el mismo recorrido, ahora como la luz de un relámpago que sale de oriente y va a occidente. La Iglesia desde antiguo ha querido asociarlos, y lo ha hecho en las más grandes celebraciones de la cristiandad, superponiendo a las creencias antiguas y paganas, las más antiguas nociones cristianas acerca de la realidad significativa de la Luz naciente. 

Son muchos los pasajes con los que nos topamos rastreando al Sol de Justicia y a la Estrella Matutina, celestes y encarnados. Y desde el principio hasta el fin y más allá del fin. Y es comprensible. El asunto es importantísimo y seguir sus huellas, por lo mismo, lleva mucho tiempo, si acaso hay tiempo humano para medir la aproximación a semejantes alturas y honduras. Bastaría con recordar que lo significado es anterior al signo que lo significa y que, por lo mismo, el sol es lo que es y significa lo que significa, porque Dios, la Luz, y Cristo, su lámpara, son lo que son. Y otro tanto con la estrella.

"La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero", dice san Juan en el final de su revelación hablando de la Jerusalén Celeste (Ap. 21, 23).

También san Francisco de Asís sabe esto y lo afirma en su Cántico de las Creaturas: “Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el señor hermano sol, por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor; de Ti, Altísimo, lleva significación”.

Sin embargo.

Hay otros dos seres creados que también aparecen asociados a la Estrella Matutina y por razones completamente diversas. Uno es el Ángel de Luz, Lucifer. Otro, María Santísima. Y Ella repetidamente como Estrella en las devociones, así la Stella Matutina de las Letanías de Loreto y la Stella Maris de milenaria tradición católica.

Es claro que no se dice de la misma manera de ambos. Uno, creado excelentísimo con la dote de una Luz que le fue propia por participación, rechazó la recibida y la creyó propia sin más, rechazando ser el que recibe en sí lo que no es suyo, y así se oscureció ya para la eternidad. Ella, contrario sensu, aceptó humildemente ser Foederis Arca, el Arca que contiene la Alianza de Dios con los hombres para su redención, y no sólo anunció así la venida del Sol, como Estrella Matutina, sino que se iluminó de tal modo que, como Stella Maris, guía a los hombres a puerto –que es Cristo mismo– en medio del terrible mar de este mundo, como repiten una y otra vez jaculatorias y oraciones antiquísimas.

Más alturas y honduras y misterios hay en este lenguaje divino respecto de la Luz. Pero allí está su lenguaje para con los hombres, en el que cada signo lleva en sí una densidad inconmensurable, acorde con su procedencia: el Sumo Significante.

*   *   *

Aquel texto que al decir de muchos inspiró como una verdadera fuente la obra de John Tolkien, contiene una referencia explícita a la Luz. Valga detallar que esa obra de la antigua literatura de la isla, el Christ, tiene tres partes. La referida a la Encarnación, la referida a la Pasión, Cruz y Resurrección y, por último, la referida a la Segunda Venida de Cristo. Los versos que conmovieron a Tolkien, como dije, están en la primera de las tres.

Recordémoslos, sobre todo porque impresionaron a Tolkien desde 1913, año en que los conoció:

Salve, Éarendel, el más brillante de los ángeles, 
enviado a los hombres sobre la tierra media.

Pero hay algo más que Tolkien primero vislumbró y después confirmó. Por una parte, que había detrás de aquello una tradición más antigua que lo que pudiera expresarse en anglosajón. Por otra parte, que la identificación de la luz con Cristo y con la divinidad que luce desde toda la eternidad, era capital en el poema y quedaba asociada también a un mundo feérico y épico del norte de Europa, tanto en sus creencias y en sus mitologías como en sus tradiciones literarias. Y, finalmente, que todo ello tenía un sabor fuertemente primordial.

Se ha dicho muchas veces que la luz ocupa un lugar alto en los relatos que ingenió a partir de allí. Una ponencia de Santiago Aníbal Di Salvo, en las X Jornadas Nacionales de Literatura Comparada, en La Plata hace unos 15 años, lo deja de manifiesto, recurriendo precisamente a la obra del poeta medieval inglés, cruzada con la de Tolkien. También hay trabajos muy completos sobre las mitologías nórdicas, que alimentaron también la invención original de Tolkien a lo largo de los años, como un artículo de Francis Stark sobre esos asuntos relacionados con Eärendil. Sirvan ambos como muestras de que el tema está en la mente de los investigadores, como lo estuvo en Tolkien en su momento. No discuto aquí sus interpretaciones y conclusiones, pues son concurrentes por vías diversas fundamentadas.

Sin embargo.

Hay algo determinado que me movió a estos apuntes, especialmente en el caso de la Estrella.

Como se ve, la figura de luz que significa la Luz –además del sol– es la Estrella de la Mañana.

Tolkien, por el contrario, pone el emblema desde el comienzo mismo en la Estrella Vespertina. Se coincide con fundamento en que Tolkien imagina desde el humus cristiano y católico. Tanto para las figuras crísticas y sus rasgos en distintos personajes de sus obras (como bien lo demostraron con sus trabajos Jorge Ferro repetidamente y Fr. Horacio Ibáñez, op.), como de modo similar esto se trasluce en figuras de la Virgen María (también asociada a la Luz primera y también Ella Estrella de la Mañana –en tanto anuncia al Sol-Cristo–), como es el caso de Galadriel.

Pero no hay que dejar de subrayar el hecho (para mí algo misterioso) de que la Estrella, desde que aparece en sus escritos, cambia de polo en su obra, así como cambia su ubicación que pasa de oriente a occidente, y por lo mismo de Matutina a Vespertina, aunque –desde el primigenio Éarendel en más– conserva el reverbero de la figura de Cristo.

Cuál sea la razón de esto, cuál sea su significado, es un asunto que requiere un tratamiento más extenso y profundo que estos apuntes.

No he visto, sin embargo, que el tema haya llamado la atención a los que se han ocupado de la Estrella y que he leído con interés. He visto, más bien al contrario, que ni siquiera mencionan esa inversión. 

Y es una inversión evidente que no dudo de que al propio Tolkien no le ha pasado inadvertida. Ni por su conocimiento teológico y de las Escrituras cristianas, ni por su versación en las literaturas y mitologías del norte europeo. Pero está también la comprensión que el autor mostró acerca de la cualidad simbólica en todo lo creado. Tanto en la realidad como en su obra.

Tal vez en alguna parte esté la explicación y el origen de esta inversión, que tendré que seguir buscando.