lunes, 21 de abril de 2025

Tecka y el mar


– Es como el atardecer aquel, en Tecka... ¿Te acordás?

Claro que me acordaba. La expedición había sido algo fallida. Se nos ocurrió ver si podíamos unir la ruta 40 con la 44, haciendo la 17 hasta Corcovado. Porque sí, nomás. Por las ganas de cruzar parte de la meseta y llegar a los cerros. Porque sí, para ver qué veíamos y porque íbamos a cualquier parte. Si había tiempo, el plan era bajar hasta el Lago Vintter, volver hacia el norte y seguir viaje hasta Trevelin.

A la altura de Foyel, casi en la mitad de la 17, con el traqueteo se soltó una manguera de freno. Adelante teníamos un camino que iba a necesitar el frenaje. Hubo que parar. El camino que habíamos hecho ya lo conocíamos. La decisión más sensata era emparchar y volver a Tecka. Y así fue.

Llegamos a la hora de la siesta y no había más que esperar para que un mecánico, en la salida norte, reparara el caño. Después veríamos si seguíamos con la ruta que habíamos decidido hacer.

Pero el hombre había tenido que ir a Madryn, dos días atrás. Estaba por volver, nos dijo su mujer, que salió a la calle con media docena de caritas sonrientes y asombradas. Por alguna razón les llamaba la atención su vestimenta de exploradora y los enormes anteojos para sol, que le sujetaban el pelo arriba de la frente.

Salimos a buscar por el pueblo alargado algún lugar para pasar la noche, no confiábamos en que el hombre regresara ese mismo día y, aunque lo hiciera y arreglara el freno, no íbamos a meternos en la 17 de noche. Nos dijeron de una casita en el lado sur, y que ahí había habitaciones para viajeros. Y fuimos.

Una mujer bastante mayor, tal vez de más de 75, sonrió al vernos en la calle golpeando las manos. No era exactamente ni un jardincito ni un patio. Pero la mujer se empeñaba en poner unas flores coloridas todo a lo largo de una especie de caminito que iba de la entrada a la puerta de la casa, humilde y limpia.

A la mañana siguiente, toda la casa olía a café y a pan. Cuando llegamos al taller, nos sorprendió un hombretón mestizo y ceñudo. Era el mecánico. Nos dijo que estaba por salir a buscarnos. Apenas eran las ocho y media, pero se había enterado de nosotros y de lo que la mujer le había contado sobre el arreglo. Hosco, sí. Pero servicial.

Inspeccionó de rodillas, casi acostándose en el ripio: es una pavada, sentenció. Parecía de lo más satisfecho. Sin embargo, no nos entregó el auto hasta la media mañana del día siguiente. Sin muchas explicaciones, puso la llave en mi mano y aclaró que con el viaje a Madryn se había retrasado, que tenía otras cosas antes de liquidar nuestra "pavada". Y no dijo más, salvo una cifra algo ridícula por lo módica.

Con el auto internado, no había nada que hacer durante todo ese día. Insistió en llevarnos hasta la otra punta de Tecka y nos dejó en la casita. Cuando la mujer nos vio bajar de la camioneta, menos de una hora después de haber salido para el taller, sonrió con una mueca como si ya supiera. Y sí, dijo, el Negro es así: te cumple pero te hace esperar, es muy formal...

El resto de la mañana fue para recorrer el pueblo. Un almuerzo campero (un guiso de cordero, un poco de vino, una torta de arándanos recién hecha, un café ) y una siesta.  Y otra vez a caminar, pero remontando una altura que había al suroeste y que prometía una buena vista hacia la cordillera de un lado y Tecka del otro. Y fue así: una buena vista.

Mientras íbamos caminando, un viento sur empezó a soplar intermitente. Cuando ya estábamos un poco más arriba, al principio de esta cadenita de sierras como lomas, el viento se hizo más fuerte y empezó a azotarnos un poco la arena. Para cuando llegamos a lo más alto, la vista era doblemente agradable. Por lo que se veía pero sobre todo por lo que no se veía. Al volver supimos por la mujer que aquello no era para nada frecuente. A la altura en la que estábamos, que no era gran cosa, la arena llegaba y nos envolvía en forma de una especie de humo seco y polvoriento. Más abajo, la arena lastimaba en rachas violentas. Por lo raro del fenómeno más que nada, decidimos quedarnos arriba para ver cómo seguía esa ira repentina del aire. 

– ¿De veras te acordás o me lo decís porque sí...?, dijo con un gesto inquisitivo.

Y de verdad aquello y esto que veíamos ahora, del otro lado de la meseta y sobre la costa, se parecían mucho. También acá el viento galopaba por la meseta furioso, pero esta vez se arrojaba al mar como una tropilla de caballos enloquecidos y asustados. También acá la arena en el aire lastimaba. También ahora el sol se puso primero de un color amarillo agrisado hasta volverse rojo en medio de la nube de polvo.

Había, sin embargo, dos diferencias. En Tecka atardecía y aquí amanecía. En Tecka había alguna saliente en la que nos refugiamos apenas, aquí no había donde guarecerse, salvo una mínima barda como de tosca en la que el viento se enroscaba y parecía que tomaba más fuerza.

Tecka casi desapareció el tiempo que estuvimos en esa altura y el sol enrojecido detrás de los cerros, casi tornasolado, nos hacía un paisaje extravagante y mágico que no podíamos dejar de mirar, mientras tratábamos de que el viento no nos castigara con púas de arena y con el polvo en los ojos y en la boca. Acá el mar casi desaparecía también y el oriente rojo se opacaba también. Pero el frío era distinto, ahora más intenso.

Se acurrucó debajo de mi brazo y protegió su manos dentro de mi campera, de espaldas al viento de la meseta, en lo alto del acantilado, con la mirada fija en un mar huidizo y en el amanecer polvoriento y desvaído pero fascinante.

La voz insistía, pero le temblaba un poco, aterida.

– De veras te digo, ¿te acordás de Tecka o no...?