Al día de hoy, según dicen los que cuentan segundo a segundo esas cosas, hay alrededor de 8.216.000.000 personas en este valle de lágrimas. No es una cifra exacta porque, esas mismas cabezas contantes, dicen que hasta las 20:10 de hoy, habían nacido unos 305.200 humanos, casas más, casas menos, y siguen contando. Lo que quiere decir que esas cifras que dejo aquí ya no son actuales, al momento en que los lectores están leyendo esto.
Muy bien.
El asunto es que, a mi parecer, un número casi irrelevante de todas esas gentes sabe más o menos realmente qué carajos está pasando en el planeta. Y de ese número infimísimo, un número menor sabe por qué estos carajos están pasando. Y, aun de ellos, otro número más chico sabe para qué.
De adónde irá a parar todo esto (es decir, si todo se va a ir al carajo o no, cuándo o nunca, de qué manera, y así), creo que puede haber algunas inteligencias que sepan algo. Aunque son substancias inteligentes separadas de la materia. Ya sean ángeles buenos o de los otros.
¿Y ustedes pretenden o esperan que, así, a mano alzada, un servidor se pare sobre un cajoncito de manzanas y se haga el profeta de lo oculto, exégeta de los no sé qué carajos que pasan?
Pues, compagni, busquen un lindo peine fino y con paciencia, si eso esperan, empiecen a sacárselo de la cabeza, con liendres y todo.
Me río de los profetas ceñudos, qué quieren que les diga. Me río de los estrategas de bodegón que juegan en el aire un deporte que creen que es fútbol. Y no es fútbol. Gritan goles que no son goles, se lamentan porque les cobran un off side que no está en ningún reglamento, se abrazan a compañeros que no son compañeros, putean a árbitros que no son árbitros, van a estadios que no lo son y ven pasto donde no lo hay (con el verde de la esperanza y todo...).
Me río de los profetas impacientes. Hacen esfuerzos enormes para que el eje de la tierra se mueva cuanto antes unos grados a la derecha cósmica, para que así los polos les queden donde les conviene y el mar llegue a las puertas de sus casas, con chiringuito y sombrilla y palita y baldecito y todo. Si el eje hay que inclinarlo a la izquierda, igual se puede hacer el intento. En ninguno de los dos casos importan las consecuencias.
Me río de los que hacen planes (o creen que deshacen planes).
Me río, sí. No se me ofendan: me río.
(Y cuando repaso las cuadras de mi barrio –la Argentina– sigo riéndome de los jugadores de generala. No, no son los políticos, ni los economistas, ni los empresarios, ni los dirigentes, ni los intelectuales, ni los cráneos de cualquier cosa, ni los obispos..., porque ninguno de ellos me causa gracia. Me río de los jugadores de generala que ponen cara de que entienden de qué carajos van las cosas y hablan y hablan y viven tachando la doble si no les sale, y así siguen tachando hasta la del 1. ¿Si ahora voy a decir algo de Javier Milei o de la pelea de perros peronista y cosas así? No por ahora...)
Son hijos de la desesperación.
Por no tener paciencia, hija de la fortaleza y de la esperanza.
Y por eso mismo y más que nada, por esperar lo que no deben. Y por no esperar lo que deben esperar.
Una mentira existencial cósmica, enorme, épica como dice la moda que hay que decir.
Por no tener paciencia, hija de la fortaleza y de la esperanza.
Y por eso mismo y más que nada, por esperar lo que no deben. Y por no esperar lo que deben esperar.
Una mentira existencial cósmica, enorme, épica como dice la moda que hay que decir.
Y eso sí que da pena y no causa gracia.
