lunes, 14 de abril de 2025

Batallas cul-turales



De los manejos con la guita del país (choreada, malversada, lavada, malgastada...) por parte de peronistas o liberales/libertarios et al., no vale la pena hablar demasiado. Unos y otros se las ingenian para hacerse los burros o para decir que esa guita choreada, malversada, lavada, malgastada, jamás ha sido choreada, malversada, lavada, malgastada.

Por eso.

Ahora apenas nada más que un comentario al margen sobre la batalla cultural. La verdadera batalla cultural.

Creo que el peronismo, el k-peronismo, la izquierda, el progresismo de derecha, el radicalismo, las patotas culturales, intelectuales, artísticas y sectores importantes de la Iglesia Católica, han demostrado en esa batalla cultural una determinación y una eficacia inconmensurablemente mayor que los pocos apóstoles liberales y libertarios y algún que otro derechoso no liberal o libertario, socio o lamesuelas de libertarios y liberales.

Pour la galerie, estos segundos dicen alguna que otra cosa cada tanto, descafeinada o sobreactuada. Pero se cuidan: o nadie les da bolilla o les cae la policía cultural y los escracha, corriéndolos con la vaina.

Precisamente, unas semanas atrás, cuando la estrella de Milei parecía ir opacándose en medio de fallidos y errores no forzados, los opinólogos adictos y también con más razón los críticos especulaban cuándo había empezado el tobogán de los aplausos. Los unos nerviosos, los otros relamiéndose.

Aunque la lista variaba según la vereda, todos coincidían más bien en que Davos fue el principio de los dolores. Y no cuando habló de guita y de épicas económicas ampulosas, sino cuando habló de las uniones homosexuales y la pedofilia que acompaña las uniones homosexuales. Los encuestadores invitados confirmaban casi en general que eso había influido en la opinión pública, para mirar a Milei con una mueca de disgusto.

Un ejemplo nomás. Pero al tomarse el trabajo de seguir el asunto en la opinión emitida o difundida por los medios de todos los colores, una y otra vez aparecen los "derechos" como una verdad ya escrita en piedra e intocable. Y aparece el error o la crueldad, según la vereda, de volver atrás con las conquistas conquistadas.

Pero ¿qué piensa, qué siente el hombre de a pie? En realidad no es fácil saberlo. Hay que escarbar bastante, hay que ir al segundo o al tercer subsuelo de sus convicciones o de su imaginario para sacar algo en limpio, porque en la planta baja a la calle, la tópica progresista lleva ventaja. 

Por eso se les hace bastante fácil a los opositores juntar el aumento del tomate, la encanutada de alimentos para los comedores, los negociados del litio, las jubilaciones paupérrimas, el precio de los remedios, los negociados de las deudas, la represión a las marchas, las paritarias pisadas y otras economicidades con "las ideas retrógradas y medievales" (mayormente fictas) del gobierno.

Un gobierno que no fue votado por "las ideas retrógradas y medievales", sino con exclusión más o menos explícita de esas iniciativas, confusamente expuestas en la campaña por Javier Milei y otras voces libertarias o asociadas. "No estoy de acuerdo con todo, pero lo voy a votar...", es una frase ya olvidada pero repetida en 2023, aun por muchos opositores y hasta por gentes de tradición peronista. 

Un gobierno que fue votado sólo o mayormente con el hartazgo en la mano. Hartazgo de que todo fuera un kilombo extenuante, un continuo choreo o patoteo, y otras virtudes así.

A quienes hartaron a los votantes hay que agradecerles la incorporación de Javier Milei al panteón de los vaivenes argentinos. A quienes lo votaron hartos de los vaivenes desdichados les esperan más harturas.

Pero hay algo que, en cualquier caso, se me hace más o menos evidente: ese pueblo que vota no está esperando que al fin se lo libere de la opresión ideológica del progresismo de izquierda o de derecha que impulsa y sostiene "la ampliación de derechos".

En otras latitudes, esa batalla no tiene mucha mejor fortuna. Sólo el voluntarismo ve otra cosa.

Pero a los voluntaristas del wishful thinking los espera tal vez una noticia agridulce. No basta con salir corriendo de la patoteada progre, no basta con vomitar en presencia de los dueños de los "derechos" y escupirles en la cara. Puede incluso ser un error amargo al final lanzarse a los brazos de algunos enemigos de mis enemigos.

Porque puede pasar que la patoteada de los enemigos de mis enemigos llegue a la puerta de mi casa y una de dos: o me sumo a la patoteada de los neopatoteros (triste destino) o las patadas de los neopatoteros vienen a dar a mi traste propio. Aunque no sería un mal destino, sobre todo si es porque no me arrodillo ante los ídolos falsos .

Los que lo saben y lo vivieron, no deberían olvidarlo o hacer que no lo saben: ya les pasó (a ellos mismos) a otros, en otros tiempos de buena parte del siglo pasado, sin ir muy lejos.