Apenas pasó el mediodía, fuimos caminando hasta los lindes del viñedo.
El viento era frío y soplaba con furor de a ratos, por eso le costaba mantener los papeles sobre las rodillas, cuando nos sentamos en el montículo junto a los regadores.
Llevamos unos poemas de Roy Campbell, con la idea de leerlos al sol hasta que nos llamarán desde la casa a tomar el té. Pero, una vez allí, quiso traducir Autumn. Me negué refunfuñando: no habíamos ido a trabajar sino sólo a pasar dos o tres días con amigos.
Hizo un mohín de decepción y se quedó mirando las hileras unos cuantos minutos antes de volver a los papeles que llevaba en el cuaderno. Amainó el viento tan de repente como había empezado a soplar.
Me recosté en un hueco alfombrado de manzanilla y trébol, abrigado por el sol. Ella estuvo leyendo mientras me adormecía. Después, vi que escribía, tachaba y volvía a escribir lo que me pareció eran notas sueltas. Y así pasó una hora o tal vez algo más. No hablamos.
"Te va a gustar...", dijo al fin, con picardía. Y, titubeando y corrigiéndose de tanto en tanto, recitó:
Me encanta ver, cuando las hojas se van,
cómo llega la clara anatomía,
el invierno, paradigma del arte,
que mata toda forma de vida y sentimiento,
salvo lo puro, que sobrevivirá.
Ahora, ya las cadenas resonantes
de los gansos se enganchan a la luna;
despojados están los grandes plátanos que opacan el sol;
y los pinos oscuros, revelándose a sí mismos,
dejan que entren las agujas del mediodía.
Azotados por el vendaval, los olivos blanquean
como luchadores encanecidos, doblados por la labor,
y, con las vides, sus ramas se aligeran
para rebosar nuestras vasijas, donde el verano perdura
en la espuma roja del aceite dorado por el sol.
Pronto, en la pira vivificante de nuestro hogar,
sus tallos podridos se desharán;
y como un fuego rubí y jadeante,
la uva enrojecerá en tus dedos
a través del cristal encendido de la copa.
Después, el silencio.
Busqué el cielo con la vista, como distraído, la miré y sonreí. Puso su mano en mi frente, con ternura, como si me perdonara.
Pero ella también merecía el indulto, porque tenía razón: me gustó su traducción.
Busqué el cielo con la vista, como distraído, la miré y sonreí. Puso su mano en mi frente, con ternura, como si me perdonara.
Pero ella también merecía el indulto, porque tenía razón: me gustó su traducción.