domingo, 27 de diciembre de 2009

Bestemmia

En italiano, blasfemia se dice así. Y blasfemar, bestemmiare. La palabra que da origen es blasfemein, en griego, que a su vez es un verbo compuesto de otros dos: blaptein (dañar, ofender) y femi (decir, hablar). Para los italianos, la palabra blasfemia también existe, pero, vaya cosa, como un latinismo o helenismo.

Tienen ellos otra palabra vecina: biasimare. Por el polvo de los años y otras cosas, las palabras cambian y sus letras mutan. Y es así que existen en italiano ambas –bestemmiare y biasimare- y son ambas hijas de la misma madre: blasfemein.

Pero hay que hacer un recorrido breve. No dicen del mismo modo las dos. Biasimare se usa cuando se dice que alguien habla mal de otro, o lo censura o desaprueba o lo envilece con sus dichos, si exhibe sus defectos dejándolo en carne viva, diríamos. Como nuestra expresión ‘sacarle el cuero a alguien’, despellejarlo.

Bestemmiare, en cambio, tiene el sentido más conocido de blasfemar, injuriar a otro de palabra, querer ultrajarlo con palabras, vituperarlo, imprecar contra él, hablar tratando de ofender decididamente a otro, de herirlo; y, muy particularmente, se refiere a pronunciar una palabra ofensiva y que busca ser hiriente, respecto de Dios y los asuntos divinos.

No me la he cruzado, pero dicen los diccionarios que en español y portugués antiguos, la expresión blástima (recuérdese el origen en blaptein…) existe, con el sentido de blasfemia. En todo caso, deriva de un latín vulgar blastemare que reemplazó por un tiempo al blasfemare más griego y que en italiano vino a dar -ahorremos los pasos- bestemmiare y en español blasfemar.

El caso además es que en español tenemos el verbo lastimar y la palabra lástima. Y ambas, por cierto, derivan de aquella blasfemein de la que hablaba al principio. Y esto no es muy curioso pues en la raíz blaptein, está ese -lapt- que termina dando -last-, no sólo en lenguas romances como el español. Algo sí más curioso y significativo es lo que dice el diccionario respecto del verbo lastimar.

De hecho, lastimar y sentir lástima son opuestos. Busquen lastimar en un diccionario español y verán que significa tanto herir y hacer daño, como dolerse del mal que sufre alguno; es tanto agraviar y herir como compadecer.

¿Y qué nos hacemos con eso?

Por lo pronto, saberlo, que siempre es lo primero.

Pero inmediatamente después, se me ocurre pensar por ejemplo si acaso no será que la palabra es lo que más lastima, o es el signo del daño mayor. La palabra que ofende y daña, la bestemmia, la blasfemia, tanto como el biasimo, la reprobación acerva e hiriente, lastimar y querer lastimar tanto en asuntos divinos como humanos. Y, a la inversa, pienso si acaso habrá algo que nos suavice el daño del espíritu y el corazón tanto como las palabras y el poder que llevan. Quién sabe, aunque se me hace que no.

Que tengamos en español una misma palabra, un mismo verbo, para lastimar y sentir lástima (lastimar, es las dos cosas, repito), para herir y compadecerse de la herida (incluso, hasta de la herida hecha por el mismo que luego se compadecerá y lastimará), deja también una cierta perplejidad, feliz perplejidad, a mi gusto. Curiosas son las vidas de las palabras y lo que los hombres, queriendo o sin querer, les hacemos hacer.

Llego a este punto y me pregunto incluso por qué 'darle a uno alguien lástima' es una expresión bifronte, también ella. Porque, según se la diga, significa el amor o el desprecio, la compasión o la displicencia.

Tal vez sea que los hombres tenemos cierta conciencia de nuestra limitación expresiva, tal vez sepamos algo que no sabemos que sabemos, cuando –como en este caso, que no es el único- se nos enredan las voces. Y algo más que las voces, porque es presumible que nuestra limitación expresiva venga de una limitación afectiva y cordial, que hace que tengamos sensaciones parecidas ante asuntos o circunstancias completamente diferentes e incluso contradictorias. Me pregunto si este caso que digo no muestra algo así. Recuerdo haber leído cosas parecidas hace varios años en un ensayo de Lewis (Transposición, se llama, y está en El diablo propone un brindis), y aunque los motivos y secuelas del inglés no son exactamente los míos, creo que provienen de una matriz parecida.

Sin embargo, más lo pienso y lo miro, más me parece que en este caso es la herida lo que mueve estas cuestiones, y que por la herida –o por su efecto- viene la palabra, tal como lo vengo viendo.

Ya fuere que se busque herir a otro, ya fuere que se compadezca uno de la herida de otro. Si es así, la palabra se vuelve el arma que hiere y, muchas veces, también es la que lleva consuelo al herido. No serán las mismas palabras, claro. Pero es la palabra misma.

Las palabras tienen un poder destructor impensado. Quien las usa en ese sentido de alguna manera lo sabe y en su verba viene algo de su corazón (siquiera de cómo tiene el corazón cuando las dice…); quien –tal vez herido él mismo, rabioso de dolor, triste de dolor- quiere herir, usa palabras que sabe que tajearán a otro. Eso, sabe, lastimará. Y sentirá cierto desahogo, tal vez, porque tal vez ha lastimado ahogado él mismo. Tal vez lo haga por razones menos leves que éstas que digo y no sea el inocente dolor o la pesante tristeza, sino cierta perversidad, o algún vicio del alma, claro, lo que haga hablar con palabras que lastiman, sabiendo que lastiman y para lastimar.

Pero, el fabuloso poder de la palabra no es sólo destructor, claro. Porque, aun en ese sentido, la palabra es destructora porque se supone que ella lleva verdad y realidad y que lo dicho es verdadero o lo que se dice es lo que verdaderamente se piensa o se siente.

Habrá que ver.

En el fondo de la copa, queda todavía un resto de diciembre, apenas un resto.

Y bien puedo dedicarlo a mirar la cuestión, mientras hago una lista mental de las veces que estuve frente a ambos verbos: bestemmiare, biasimare.

Y cómo me fue con ellos y cómo les fue a otros. Y así.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Panaderías

En 1932, Jean Giono, escritor provenzal hijo de un zapatero italiano, publicó Jean le Bleu, una novela dicen que autobiográfica, que no he leído. Tuvo su cuarto de hora, dicen. Una de las historias que allí aparecen es precisamente la que le dio pie a Marcel Pagnol para componer el guión y los diálogos de una película que estrenó en 1938 y que por supuesto dirigió: La femme du boulanger, es decir, La mujer del panadero.

La película fue tan exitosa como escandalosa en su momento y todavía años después. Casualmente, y a propósito de no me acuerdo qué asunto, me contaba mi madre ayer que un sacerdote muy conocido en el Buenos Aires de su juventud, allá por la década de 1950, solía quejarse de que los cristianos tenían poco criterio y preguntaban pavadas respecto del arte o de la literatura, como también acerca de cuestiones de moral. Puso ese ejemplo, precisamente: “No vengan a preguntarme todo –se quejaba el cura-: ¡no me digan que no saben lo que tienen que hacer! Viene una señora el otro día a decirme: ‘Padre, ¿puedo ver La mujer del panadero? Y, le dije, si el panadero se la deja ver… ¡Háganme el favor!”

A mí, si usted me perdona, me gustó película. La recuerdo con gusto, la vi hace muchos años, cuando en el canal estatal había un ciclo de cine en blanco y negro… a la 1 de la madrugada, que seguía con cierta disciplina de cinéfilo amateur.

Como pasa con esos filmes, era bastante teatral. Pero creo que me gusta eso precisamente. Es la forma en que el cine no se malogra en documental o en cosas peores y muestra su cara más artística, más asociada a la actuación y a los climas, que a los paisaje o las espectacularidades y tecnologías; eso a mi gusto, al menos, que no es mucho decir. Me dicen que hay una versión de esta película de hace unos 10 años, que no he visto.

El asunto es sencillo y casi minimalista, y tiene la porción casi canónica de esa materia ácida que pretende escandalizar con trazos gruesos: El panadero Aimable Castanier –que no en vano se llama Aimable y es la mar de bonachón- se instala en Sainte Cécile, pueblito provenzal. Pueblo chico, infierno grande… con los líos y broncas, que duran generaciones, y con personajes arquetípicos, en varios sentidos, incluso como caricaturas de modelos. Entre tantas reyertas y recelos provincianos, en algo están todos de acuerdo, sin embargo, desde la primera hogaza que cuece Aimable: el suyo es el mejor pan que hayan comido jamás. Aurélie, su bastante más joven mujer, modesta y siempre discreta, lleva la caja. Pero, no todo es tan terso. El caso es que una noche, Aurélie (que se revela más sensual que lo que uno diría viendo su carácter) se fuga con un seductor Dominique, pastor del señor local, el marqués Castan de Venelles. Aimable, desolado, no hace otra cosa sino emborracharse fastuosamente cada día desde entonces, hasta llegar cerca de la desesperación y un intento de ahorcarse. Aurélie, la infiel, no sospecha hasta dónde han llegado sus pasos, porque, gracias a su faux pas, no hay modo de que los comarcanos puedan sacar a su marido de su estado de tristeza y desengaño y convencerlo de que vuelva a hornear el pan exquisito, que ahora les falta a todos como si les faltara el aire. Y el pueblo, en este caso, no es tanto que quiera saber de qué se trata, sino que quiere que vuelva el pan de Aimable, tal como salía de sus manos, cuando su corazón era feliz. Y el final no lo cuento.

¿Y entonces?

Pues, por lo pronto, eso: la panadería, las panaderías.

ver

Es uno de mis berretines y gustos. Creo que hay pocos signos de humanidad tan nítidos como el aroma de madrugada en los lugares donde se hornea pan, a leña. Y las panaderías mañaneras del invierno, con su aire de refugio, caliente y sabroso. Mis recorridas por las panaderías del pueblo no tienen descanso. Ando siempre probando si decaen o mejoran, o conociéndolas, nada más, y catando a ver si tiene miga lo que hacen.

Debo confesar que, con una delectación infantil, también me gustan los almanaques que se reparten a fines del año. No sé qué les veo. Hay muchos horribles, adocenados, previsibles. Otros son sofisticados hasta el asco, tratando de pasarse de listos, y apenas dan un alarde insolvente de originalidad. La muestra de ingenuidad de algunos es enternecedora, la apuesta por las escenas camperas de moda de otros, es agobiante. Los números apelmazados o sueltos; santorales sí o no; semanas que comienzan el lunes; los feriados en azul o verde; las infaltables revoluciones de la luna y tantos otros detalles que me pongo a ver con ojo de arqueólogo o botánico.

Esta mañana, finalmente, en “la panadería de arriba” (por una calle, arriba) dieron almanaques, claro.

El cartón, de unos 15 por 20 centímetros, tiene sobre la izquierda –jamás había visto algo así- una frase, a cuyo pie había una Biblia abierta, todo montado sobre un atardecer en tono insólitamente verde con nubes verdes, pasto negro y una silueta oscura de un árbol solo sobre una loma suave, que ilustra el texto, precisamente.

Es el versículo 3 del Salmo 1: Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace prosperará.

No me hace muy feliz, dicho así, y me gusta más la versión que dice:
¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!
Él es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.

No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Por eso, no triunfarán los malvados en el juicio,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

Fuertes palabras, claro. La panadera –porque se trata de una vieja y amable panadera- eligió algún deseo de prosperidad, se entiende, y, o descartó o no vio el resto del salmo. O sí lo vio y eso sería más interesante aún. No le pregunté.

Ese mismo asunto de estar plantado al borde de las aguas, dicho sea de paso, veo que aparece en el capítulo 17 de Jeremías, el profeta, con un paisaje similar:
Así habla el Señor:
¡Maldito el hombre que confía en el hombre
y busca su apoyo en la carne,
mientras su corazón se aparta del Señor!
Él es como un matorral en la estepa
que no ve llegar la felicidad;
habita en la aridez del desierto,
en una tierra salobre e inhóspita.
¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!
Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,
que extiende sus raíces hacia la corriente;
no teme cuando llega el calor
y su follaje se mantiene frondoso;
no se inquieta en un año de sequía
y nunca deja de dar fruto.
Poderoso texto y hasta perturbador para muchos, al igual que el del salmo en cuestión. Y bastante más que la película sobre Aimable Castanier. Tal vez haya quien entienda de un modo lineal -o interesado- que al que se portare bien, le lloverán bienes y será rico y próspero y tendrá buena salud, lo querrán los amigos y lo pondrán todos por los cuernos de la luna, si se entiende la expresión en este caso. O tal vez se entienda al revés y se crea –no es un invento del calvinismo, al fin de cuentas…- que las fortunas de cualquier tipo son el dedo divino señalando a uno determinado, en pago por la predestinación o la elección…

Sé positivamente que hay lectores más inteligentes que eso y de mejor talante en su corazón como para creer tan mecánico el bien, y tanto que contradiga con flagrancia brutal los dolores de los buenos, las pobrezas de los buenos, las heridas de los buenos. No faltará quien se porte bien porque quiere algo a cambio, se entiende. Pero, ¿qué habría uno de querer? ¿Qué debe uno esperar portándose bien? Existe siempre la tentación de que el 100 por uno se vaya desgranando ya mismo, en este valle, mientras vamos de camino al otro; tanto como creo que hace bien quien aparta la tentación de ese feo toma y daca espiritual (y material), no por aspereza y estoicismo, no por desprendimiento y ablación ascética, sino para purificar los amores, en todo caso. Pero todo otro asunto es ése, y tal vez no para ahora.

Mire, usted.

¿Y Aimable Castanier? ¿Y la femme du boulanger?

Ah, es verdad... El panadero y su magnífico pan y Aurélie y su pastor y el pueblo triste sin pan.

Claro que sí.

Pues, en realidad, cuando vi el almanaque y su augurio me acordé de él, vaya uno a saber por qué.

Cosas de diciembre, tal vez.

jueves, 24 de diciembre de 2009

La peor persona del mundo

No es tan difícil.

Creo que es cuestión de aplicarse apenas un poco. O quizá no tanto, sabrá cada quien. Es verdad que también puede hacerse el recuento y hacer listas, que es siempre bastante más fácil porque de suyo la selección es más difícil, siempre.

Pero no se trata de un montón de personas y sus nombres. No es por docena.

Se trata de pensar –seriamente- en la peor persona que uno conozca. Y no es cuestión de conformarse con la tapa del diario o con el noticiero; menos aún se puede recorrer la literatura que uno se sepa, bien o mal, de cualquier laya; menos todavía pensar en la que dicen que es...

No. Ni personajes, ni personajones. Persona, tiene que ser. Una. Una sola. Concreta y determinada. Reconocible. Y eso supone de alguna manera clara y cierta que uno la conozca, no como conoce los nombres científicos de plantas que jamás ha visto, o como se pronuncian los nombres de capitales de países que no se sabe a ciencia cierta si existen o no.

No. Una persona. Una persona que uno conozca y que le produzca a uno por la razón que fuere el mayor desagrado hondo que haya jamás experimentado. Alguien de quien, al fin de cuentas, uno no pueda sino decir que por más que se esfuerce uno, no hay caso: es la peor persona que uno conoce, y qué se le va a hacer.

No hay que hacer trampas, claro. En lo posible, no hay que dejar que nada se interponga. Hay que esquivar hasta la misericordia, digámoslo así; hay que sortear cualquier atenuante, cualquier subterfugio. Hasta el propio afecto, porque a veces queremos –o nos parece que queremos- a gentes que son deleznables, evidentemente despreciables, o final y sinuosamente indeseables, que todo puede pasar.

Nada de eso.

Si uno se pone en esta lid, hay que hacer el esfuerzo (en realidad, no hay que…, propongo, nada más, intentarlo, si acaso alguno quiere…) de ser todo lo preciso y ecuánime que se pueda ser, por mucho que pareciera dolerle a uno o por mucho que realmente doliere. Y dicho esto, precisamente, ni siquiera hay que intentar soslayar el propio nombre de cada quien y todo lo que uno supiere del portador, que seguramente no será poco. Nada de escrúpulos. Nada de tortuosos protagonismos, nada de falsas humildades. Si la cuenta da, por caso, que definitivamente uno no resulta la peor persona del mundo, no hay que ocupar un sitial que no nos corresponde. Como vale la inversa también: si después de un análisis honesto resultare que la peor persona del mundo lleva mi propio nombre, nada de echarse a menos o amagar.

Si acaso uno llega al final del ejercicio y advierte que sí puede bocetar el rostro de la peor persona que conoce en este mundo, deténgase allí. Aparte de sí el asco o la decepción, la furia o la sorpresa. Suspenda el juicio. No juzgue. Hágase a un lado, siéntese en una imaginaria piedra al borde del camino, alguna que esté bajo un árbol que lo proteja del sol con sombra fresca, mire el paisaje. Respira pusadamente. El esfuerzo y la impresión pueden haber sido grandes. Pero no es ése el final del camino.

Si llegó hasta allí, mi estimado, me parece que probablemente esté cerca de entender en parte la Navidad y con ella la Redención. No es el único modo. Ni siquiera postulo que sea el mejor ni el más adecuado. Ni sé si es del todo aconsejable para todo mundo. Pero sí digo que es el que se me ocurre ahora, incluso mientras hago este mismo ejercicio, tratando de hacer justicia.

Y mientras trato de ser justo con la Navidad. Y de ser justo con la Redención, que es el fin de la Navidad. Una justicia que no le hace nada a la Navidad ni a la Redención, sino a mí.

Creo que así podría vernos el propio Dios que se encarna y nace esta noche. Podría vernos casi como podríamos ver nosotros a la peor persona del mundo, que bien podría ser yo mismo.

Pero creo tambiénn que lo único que pide Dios es que uno crea que Él puede hacer lo que quiere y que crea uno, más todavía, que Él quiere el bien y el bien para el hombre.

Suena desafiante aquella frase conocida de san Agustín, comentando un pasaje de la carta a los Romanos, si no me equivoco: Etiam peccata . . . Sí, aun incluso el pecado coopera al bien de los que aman a Dios. Basta con creer que Dios quiere el bien. Y que por eso, también por eso, Dios es amable, además.

Por escandaloso que pareciera a quien no lo entiende bien, no es la expresión de san Agustín demasiado distinta del espíritu de aquella otra del profeta Isaías (I, 18):

Si fuerint peccata vestra ut coccinum, quasi nix dealbabuntur, et si fuerint rubra quasi vermiculus, velut lana alba erunt.

Aunque vuestros pecados fueran como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque fueran rojos como el carmesí, como lana blanca serán.

Y eso perfectamente le puede pasar a la peor persona del mundo.

Esta Noche puede pasarle, puede empezar a pasarle.

En esta Noche, quiero pensar en la persona peor que conozco en este mundo y ver así, de ese modo, qué significa la Encarnación y el Nacimiento, qué tamaño tiene la misericordia, qué clase de amor hace eso con –y sobre todo, por- lo más despreciable y abyecto, por lo más perverso, por lo menos amable a la vista y al corazón.

Tal vez el camino suene tortuoso. Tal vez sea entrar tiznado a la Navidad.

Pero parte del asunto está en que el bien de Dios es terrible. Terriblemente impresionante.

Creo que de tanto en tanto nos conviene recordarlo. De tanto en tanto podemos -¿debemos?- hacer pasar por Belén las caras de las peores personas que conozcamos en este mundo.

Después de todo, el Niño que tienen –que tenemos, que tengo…- enfrente, vino a vernos a la cara, uno por uno y a todos.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

(De Minaya Alvar Fáñez, a Messi)

(Bastaba con el gol. Con el festejo
no era más gol el gol. Con el decoro
quedaba a salvo el gol, igual. Reflejo
quizá de ser quien se es. La plata, el oro,
no garantizan nada. El señorío
es cosa de señores. La cucarda
habla sólo del pie. Pero el tronío
va más alto que el pie, da a la gallarda
frente del vencedor una corona
que es para pechos nobles: los mejores
no importa de qué oficio, de qué suerte;
que es del templado y justo, como el fuerte
Ruy de Castilla, flor entre las flores,
más alto que Carrión y Barcelona.)



martes, 22 de diciembre de 2009

Fin y principio (II)

Otra vez, por un tiempo breve, anduve la tierra sin monasterios. Trabajos con los hombres y las historias de los hombres.

Esta vez tuvo que ser el noroeste de aquellos parajes, por la montaña, los lagos y los bosques. Peor, en cierto sentido, por esa belleza evidente, ese estallido de retamas en incendio y flores, ese vigor de enormes árboles frescos y viejos, el brillo hondo de lagos azules y las nieves serenas, mallines de pastos tiernos y reverdecidos, entre moles de piedra nueva en los siglos del mundo.

Así no vale, pensé. La estepa y los desiertos, las costas huérfanas de todo, menos de vientos temibles, las ondulaciones yermas y casi anodinas, no tienen reparo para la vista y el corazón, no dan respiro casi en su nada de nada. Son casi la intemperie en sí misma. Son -siquiera para el que puede ver- como los huesos de la belleza, sin la carne ni el color de la belleza. Así no vale, pensaba. Es trampa. Es más difícil integrar al mundo y a la historia de los hombres la sola naturaleza cuando se amansa de ese modo que fulgura y con esa majestad, como pasa en la montaña y el bosque y el lago. Muy difícil es. Da la tentación de separarla de la historia y hacerla puro paraíso.

Hay que hacer allí un esfuerzo de atención para entender que los parajes deliciosos de la montaña de piedra y pinos, de nieve y lagos, son también la casa del hombre, no solamente la casa de los ángeles del mundo, ángeles viriles y montañeses, a la vez que de fina estampa, de maneras discretas. Y ahora que digo esto, se me hace que hasta los ángeles de la estepa son distintos, con sus vestes pardas y ceñidas a la cintura con un cíngulo de esparto gris u ocre, sus pies descalzos, sus ojos más oscuros y entrecerrados, catando el viento y el polvo del desierto y la estepa, erguidos sobre los promontorios de cara al mar helado, no menos alegres, aunque más cerriles, valga la paradoja.

Allí están, sin embargo, los hombres de las lacustres montañas emboscadas, tan hombres como los otros también ellos y tan huérfanos de monasterios como los que trashuman la estepa y el desierto. Y más, tal vez, como pasa siempre: quizá porque unos creen que si hay semejante belleza no hace falta tanto el espíritu, mientras los otros quizá sienten que difícilmente haya necesidad del espíritu sin la belleza evidente.

Miraba desde la altura que da el vuelo sobre aquellas tierras. Vista así, como se la ve desde los 10.000 metros, vi una patria quieta y dormida, armónica y variada, serena, a la semiluz de la tarde, mientras entraba la noche al cielo de este mundo.

Pero viniendo de aquellos hombres, y de las historias y trajines de aquellos hombres de las tierras de bosques y retamas, sentí que veía la patria maniatada, muda, enmudecida. Parecía dormida, tanto como inerme. Inerte con inercia, como rodando el mundo, ocultando el vacío o la desdicha, la frivolidad o el mal. Así la patria y casi todo lo que hay en ella: lo que es menos que ella y lo que es más que ella.

Ah, el hombre, los hombres…

Esa forma que tenemos de hacer que las cosas que rotan y se suceden sean una forma anómala de fin, incluso cuando se postula que no habrá fin alguno, que el fin no importa. O también cuando se postula que el fin es inminente o cuando se siente que el fin es lo único que importa. Los filósofos, en algún caso, lo podrán llamar inmanentismo o historicismo; lo podrán llamar de otro modo los teólogos y de otro los gurúes. Pero ciertamente que en cualquier caso es una actitud del espíritu frente al fin. Y frente al principio, claro, porque nadie que se enfrente al fin deja de lado el principio. Y eso define la cuestión de un modo serio y hondo, mucho más que lo que uno cree.

Cualquier lugar, cualquier situación, por trivial que fuere, lleva eso hincado. La tierra sin monasterios, también. Y la patria entera que la contiene, también. La estepa y el bosque, el mar y la montaña, los hombres y su historia, por mínima que sea, por poco que cuente, todo lleva el fin como una divisa invisible. Y todo habla del fin: lo que se piense sin pensar respecto de eso, lo que se diga sin saber que se lo está diciendo, lo que se crea estar diciendo respecto de eso.

Qué suerte, me decía con cierta tristeza y socarronería, que el año que miden las hojas del almanaque nos crea la ilusión de que algo se termina y algo empieza, en un retorno casi eterno, indefinido. Qué suerte, pensaba, que esa rotación sucesiva nos crea la ilusión de un círculo que no para de rodar y nos hace creer que podemos postergar todo hasta que todo empiece otra vez, sin gravamen ninguno, dispendiosos del tiempo, de las vidas de los hombres y sus cosas, sin que haya que tener ni desesperanza ni esperanza, sin el apremio -ni sereno ni histérico- de que una vez, alguna vez, habrá fin.

Qué suerte poder pensar y sentir que el fin no existe y todo anda sin principio y fin, aunque nada tenga que andar sino simplemente rodar porque no hay principio y fin. Y qué suerte, también, claro que sí, pensar que el fin es inminente y que por más que todo siga rodando ya dejará de rodar porque llega el fin, así que no importa que ruede.

Pero qué difícil lo otro.

Levantarse cada mañana y estar de nuevo al principio y conservar el entusiasmo del principio y poner el pie en el suelo haciendo empezar de nuevo no solamente el día, sino el mundo y tener que ocuparse de eso cada día y cada vez como si no hubiera fin, sabiendo que hay fin y conservar la alegría del fin, tanto como la del principio.

Y todo eso andando el tiempo y la historia de los hombres hasta que llegue el fin.

martes, 15 de diciembre de 2009

Adviento de Parusía

A F. M. S.


Las olas que no cesan de este mundo,
de este mundo de mar de sal doliente,
rumorean, se agitan. Tu figura
las gobierna. Las ondas y los ayes
se maridan y engendran inquietudes
que andan perplejas por un mar sin puertos.
Esperamos al fin un fin sin límite:
un resplandor que calme, vientos leves,
refrigerios de ti, gracia en el aire,
fulgores amorosos, la justicia,
los ojos del león entrecerrados
viendo pastar en paz a los corderos
y una voz poderosa que proclama
que ya no hay más dolor, ni mar, ni tiempo.



lunes, 14 de diciembre de 2009

Fin y principio

“El año que viene, me parece que voy a jugar de arquero…”, dijo Gregorio, cuando todavía el balón estaba tibio, sonaban las felicitaciones cruzadas, las barras de purretes alentando y festejando.

Le era una felicidad su tercer puesto, summa cum laude. Pero creo que lo que más alegría le daba era empezar, estar listo para empezar otra vez.

Y no, mi estimado: en realidad, bien mirado, el año no terminó.

Ni en un sentido, ni en otro.

Y en otro sentido más, menos todavía. De hecho, para un cristiano el año recién empezó.

Y la vida tampoco terminó. Y la historia, tampoco. Más allá de que las cosas y los años, empiecen y terminen. Hasta, en cierto sentido, la vida y la historia.

Pero se me hace que tiene razón Gregorio, hay que decirlo otra vez. La alegría es el quicio entre el fin y el principio.

Una alegría fatigada, cierto. Una alegría con raspones en las rodillas y un golpe en la canilla, una alegría con el tobillo doblado, el dolor en el hombro, la respiración todavía entrecortada, la boca seca, calor en la frente, alegría con esfuerzo y sudor, con las pintas de la tristeza del gol errado y el tiro libre que se marró, la alegría con el desencanto de las oportunidades perdidas...

Sí, por supuesto.

Exactamente el quicio donde el fin se encuentra con el principio.

Sin eso, creo, es un fin fuera de quicio. Sin esa alegría más allá de todo, más adentro de todo, es un fin desquiciado.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La luz de esta luna llena

Aceite gris está el cielo;
bonita la luna llena
que con su tiza ha trazado
rondas de alegre tristeza
por el cielo gris de aceite,
espeso de luz. La pena
de ver que pasa la luna
llena, sola, suave y queda,
tirita lágrimas dulces,
pero no porque le duela
el aceite gris del cielo
ni la traza que la esfera
deja sutil en el aire
cuando va al oeste. Sueña,
la pena que llora alegre,
con esa luz de belleza
que una mano azul y mansa
parece que retuviera
para que los ojos giman
felices de ver la plena
plenitud de luz luciente
que, como la luna, es llena
y le da luz a las cosas
aunque sólo se las presta,
para que vean las cosas
esos ojos que las vean.
Manantiales de silencio
del cielo abajo ya ruedan;
vienen celestes de luna,
y hacen noche en las veredas
que las manos de los hombres
trazan cada vez que rezan.
Silencios que suenan voces.
Voces de luz tenue y quieta
que en estallidos de luna
son música, son la fiesta,
son corazones de noche
que sin embargo alborean
transidos de paz y luna
y son flor de una verbena
que en una danza de gloria
ya sube desde la tierra
para brindar en el aire
con un amor que se empeña.
Camina el hombre en lo oscuro
de la noche de esta tierra.
Sabe que un sol que no ha visto
ha vuelto a la luna bella
en el aceite del cielo
que está cubriendo sus huellas.
Por eso no teme y anda.
Por eso, aunque teme, arriesga.
Por eso, aunque sufre, ríe.
Por eso, aunque duele, espera.
Mira la luna y confía.
Y en la luz que la hermosea
ve una Hermosura que brilla,
ve una Hermosura que llega,
ve una Hermosura que ha hecho
la luz de esta luna llena.



lunes, 30 de noviembre de 2009

La vida bona

Parece cosa de lo más averiguada que la danza conocida por chacona va de América a España y de allí a Italia, principalmente, aunque hay ejemplos famosos lejos del Mediterráneo, como Bach, por caso.

De América dicen que salió y más específicamente dicen algunos que de algún sitio entre el Golfo de México y el Caribe. Otros, en cambio, parece que con fundamento se la endilgan al Perú. Y más exactamente dicen que, aunque indiana por el origen territorial, era más bien cosa de negros y mulatos. Cosa lasciva dicen que era este baile, que parece que se danzaba meneando no solamente las tabas. Algunos la llamaban directamente la mulata indiana, fíjese usted lo que le digo.

Supongo que así sería. No encuentro -porque no tengo a mano- ninguna chacona entre la música vieja del virreinato, pero sería cosa de ver de qué trata tanto asunto. Sí he visto que algunos han estudiado la quisicosa. Allí están para testificar Lope de Vega o Cervantes, Quevedo y hasta el adusto don Luis de Góngora, a quien le atribuyen estos versetes intitulados La chacona a las sonajas:
¡Oh qué bien que baila Gil,
Con las mozas de Barajas,
La chacona a las sonajas,
Y el villano al tamboril!
Fue a Madrid por san Miguel
Y el demonio se soltó,
Que chaconera volvió,
Si iba villano él.
Salgan cuatrocientas mil
Que con todas se hará rajas.
La chacona a las sonajas
Y el villano al tamboril.
Un olmo, que el son agudo
En medio el ejido oyó,
Con las hojas le bailó,
Ya que con el pie no pudo.
Con airecillo sutil
Las altas movió a las bajas.
La chacona a las sonajas
Y el villano al tamboril
Baile tan extraordinario
Nadie le ha visto de balde;
Varas le costó al Alcalde
Y bodigos al Vicario;
El capón del Alguacil
Ha gastado sus alhajas.
La chacona a las sonajas
Y el villano al tamboril.
"...con estas acciones gesticulares y movimientos lascivos de las chaconas, en tanta ofensa de la virtud de la castidad y el decoro, so silencio de las damas", dice Lope en La Dorotea y, anotando una edición de La gatomaquia lopesca, dice la argentina Celina Sabor de Cortazar de la chacona que menta el Fénix: baile popular de carácter desenfadado, como la zarabanda, el polvillo y el zambapalo. Se acompañaba con castañetas, sonajas y panderos, y con meneos indecentes. La letra, también picaresca, terminaba en estrofas con un estribillo que generalmente era: "El baile de la chacona/ encierra la vida bona". Era baile de gente baja, negros y mulatos, pero poco a poco fue ganando las clases principales. Moralistas y gobernantes clamaban contra esta danza (como Los gatos canos del v. 208) por su carácter lascivo y provocador.

Ahora bien.

Difícil imaginar el motivo de tanto denuesto y alboroto si uno se pone a oír a Maurizio Cazzati, a Tarquinio Merula, a Antonio Bertali, o a Andrea Falconieri (o Falconiero), todos los cuatro italianos y de entre los siglos XVI y XVII, cada uno con su respectiva ciaccona.









(Hace un tiempo, hasta un servidor le hizo los honores a la afamada chacona, cuando di con una pieza de Telemann y sobre ella hice un intento de compás, no con notas, sino con palabras, aunque tratando de seguir la melodía del alemán, pieza que dejo ahora asentada para mejor entendimiento de los presentes.)



Curioso asunto; sí, señor.

Me pregunto, entonces, cuánto tendría de vituperable aquello que tan grandes hombres reprobaban. No lo dudo, ni lo niego. No lo sé, simplemente. Pero me pregunto también cómo ocurrió que se tomara en cuenta a la danza mulata con semejante prontuario y de dónde les vinieron las ganas para hacer de ella lo que resultó siendo. ¿Será que una cosa y la otra, aunque de nombre igual, fueron cosas muy distintas y una chacona no tiene ni rastros de la otra?

Me pregunto igual cómo habrán hecho para tomar materia tan vilipendiada y dizque innoble y hacer una obra tan barroca como creo que bella. Qué habrán visto detrás de los tales meneos y cómo los habrán sorteado para llegar a algo evidentemente menos carnal, y por cierto más estilizado (no quiero decir, a propósito, refinado…), algo que se me hace más representativo del espíritu encarnado que de la carne sola.

Y me pregunto más cosas acerca de qué es lo que hace que eso sea posible. Porque no fue aquella transmigración de la chacona la única ocasión que hubo de hacer un buen cocido, aunque lo calentara uno con boñigas. Y me pregunto si volvería a ser posible, hoy por ejemplo, tomar una lambada o una cumbia villera y hacer de eso música de concierto. Y me pregunto, en caso de que no fuera ya posible, por qué no lo sería. Y me pregunto si…: ¡pero basta, hombre!

No se puede oír música con tanta pregunta. No se puede pensar con tanta pregunta.

No se puede vivir con tanta pregunta.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Garúa

Llueve tímidamente. El agua fina
pule tan finamente todo. El aire
huele a mundo sin mal, sabe a misterios.
Hay un zorzal. Murmura sus monólogos
en la cumbre de un tilo que gotea
esa nostalgia atroz. Bajo este cielo
caben el viento, abismos y las águilas,
la noche inquieta, fiestas, las cenizas,
la soledad, el mar, un llanto, el vino
y el pan, la sierra verde, fuegos, horas,
tempestades, arrojos, alhucemas,
los nombres mudos, guerras, niños, cantos.
Bajo este cielo todo cabe. ¿Todo?
Llueve luz. Hay un cielo sobre el cielo.


miércoles, 25 de noviembre de 2009

Don José: In Paradisum

En la antigua Misa de Requiem, hay una antífona que se canta cuando el féretro sale de la capilla, tras los funerales, y va camino a la tumba.



El texto de la antífona, que se conoce por sus dos primeras palabras, dice:
In paradisum deducant te Angeli;
in tuo adventu suscipiant te Martyres,
et perducant te in civitatem sanctam Jerusalem.
Chorus Angelorum te suscipiant,
et cum Lazaro quondam paupere
aeternam habeas requiem.

Al paraíso te conduzcan los ángeles,
a tu llegada te reciban los mártires
y te conduzcan a la ciudad santa de Jerusalén.
El coro de los ángeles te reciba
y con Lázaro, el que fue pobre,
tengas el descanso eterno.
Con su mirada fresca, los ojos abiertos y festivos detrás de sus anteojos, su media sonrisa celebratoria, mi buen amigo habría celebrado y gustado estos versos. Ni una palabra de más, ni una de menos. Pero por cierto ningún párrafo de apologética por docena. Ni un discurso sociológico, comparativo, inmanentista, historiográfico o historicista. Es, al fin y al principio, una antífona. No es un cajón de fruta donde pararse. No es una bandera que haya que hacer ondear. Es una antífona.

Al salir de su propio funeral, ya en la calle, habría dado unos pasos firmes, erguido sin petulancia, cómodo en la existencia del cielo y de la tierra. Tanteando el bolsillo interior de su infaltable saco (el bolsillo cigarrero, claro…), habría hecho sus elegantes gestos mecánicos del fumador, y, acaso con una mirada de sorpresa, in media res, habría dicho: “¡Vive Dios! ¡Qué maravilla es esa antífona…!”

Y habría seguido muriéndose en paz. Hasta quedar completamente vivo.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Don José


La primera ginebra que tomé en mi vida, me la convidó un caballero. No. No dije “un caballero…”

Dije un verdadero caballero.

Tenía yo 17 años y él más de diez que los míos. Yo empezaba mis Letras y él coronaba las suyas, que ni falta que le hacía, creo. Estábamos en el bar de la facultad y él tenía acceso regio al licor que la universidad vedaba, con cierta vacuna estolidez. Y se lo merecía. Al menos el posadero tenía buen sentido y sabía distinguir a los hombres distinguidos.

Tan jovial y rotundo era, tan noble y sereno. Además, fumaba Particulares 30, que siempre fue cosa respetable y de apreciar. Recuerdo un conejo a la cacerola memorable, una noche sin tiempo, en su casa. Entre la primera colada y la segunda del animalito en sus hortalizas, regada la mesa de bon vin, y ginebra en porrones sucesivos, leímos poemas mutuos hasta la madrugada, hombre anfitrión y pródigo; mirábamos, con su mujer de testigo, los dibujos que él hacía, las letras que dibujaba con maestría, los diseños de los muebles que había fabricado, los planos de la casa que había remodelado, y todo sorteando el sueño de sus hijos chicos por entonces, yendo de cuarto en cuarto para ver aquello y esto, como un trío vagabundo en una especie de viaje por la ciudad callada y dormida que era su casa.

Era un señor. ¡Qué feliz estoy de haberlo conocido y de haberle tenido tanto cariño a semejante bondad de alma! Se merece el cielo, fíjense lo que les digo. Y me alegra tanto saber que seguramente allí está ahora, después de dolores lacerantes y hondos, que jamás vi que se le volvieran agrios.

Se me acuerdan ahora aquellos versos de Marinero en Tierra que Rafael Alberti le hizo a Garcilaso y que se le aplican al buen amigo que se nos murió anoche.
Si Garcilaso volviera,
yo sería su escudero;
que buen caballero era.

Mi traje de marinero
se trocaría en guerrera
ante el brillar de su acero;
que buen caballero era.

¡Qué dulce oírle, guerrero,
al borde de su estribera!
En la mano, mi sombrero;
que buen caballero era.
¡Qué homenaje nos ha hecho este buen hombre con su paso por este valle!

En el primer número de aquella revista entusiasta, que hace tiempo no mento por aquí, y de la que él participó con el entusiasmo de un príncipe y la humildad de un verdadero rey, dejó escritos unos versos que pongo ahora aquí como envío.

Tal vez con un sentido del humor tan fino como benévolo, puso en aquel poema que era un poema por amor, dos epígrafes. Uno, del De docta ignorantia, de Nicolás de Cusa: La precisión de la verdad luce de un modo incomprensible en las tinieblas de nuestra ignorancia. Y otro de La decadencia del analfabetismo, de José Bergamín: Cuando llegamos al fondo es cuando vemos que es superficial.

Tus repliegues uno a uno desdoblando
penetro ansioso con ojos que no ven
ni el andamio, ni el soporte, ni el sostén
que para mí te has ido apuntalando.

-Ciego soy.

Y… cuando al fondo tuyo voy llegando
me abruma no haberlo descubierto cien
mil veces otrora, o antes, más que ahora, amén
de que hay más, mucho más, que voy tanteando.

-Ciego voy.

Pueda yo descubrir dentro mío algo así
de tu mano, con tu lumbre, el pedernal
horadando hasta la veta que haya en mí…

-Luz de ti.

Ya recóndita, ya profunda o abismal…
¡mas que vea lo que yo hasta ahora nunca vi
o arda una pavesa en mi yesca banal!

-Ciego fui
-que no vi
-que era así.

No tengo modo –ni ganas– de explicar ahora el bien que le ha hecho este buen hombre a sus alumnos de tantos años, a sus amigos, a tantas gentes, y todo en un silencio que lo honra todavía más.

Y no puedo –y no quiero– evitar la felicidad que me da recordar su discreción, su generosidad, su valiente mansedumbre.

Fue un buen caballero. Tiene razón Alberti.



domingo, 22 de noviembre de 2009

El Rey que viene

Denethor II era un hombre noble y grande, senescal regente de Gondor, más exactamente el 26°.

En Gondor, el último rey anterior a Elessar-Aragorn había sido Eärnur, en el 2050 de la Tercera Edad, y su senescal fue Mardil, el primero de los regentes del reino de una línea que duró más de 900 años, que se había hecho hereditaria y que por ello recibió finalmente Faramir, en el 3019, cuando Denethor, su padre, murió arrojándose a las llamas y al abismo de su desesperación.

Estos senescales regentes fueron instituidos en un principio para evitar contiendas de pretendientes al trono de los herederos de Isildur, cuando el rey Eärnur cayó en manos del señor de los Nazgûl y desapareció.

Por raro que parezca en hombres de semejante estatura, como la gran mayoría de sus antecesores Denethor no esperaba la vuelta del Rey, pese a que su cargo de senescal regente tenía ese término preciso: senescales regentes hasta el regreso del Rey. Durante muchos años, Denethor sospechó siempre de Gandalf e incluso cuando supo de Aragorn le temió, creo que lo odió y envidió en parte y lo apartó finalmente todo lo que pudo de Gondor.

Era un hombre grande y sabio, pero sentía que Gondor le pertenecía y quería perpetuar su casa –naturalmente provisional en relación con el reino–, a través de su hijo preferido, Boromir. El propio Boromir estaba imbuido de esa doctrina y, mal que bien, también él quería la grandeza de Gondor… bajo los senescales, no bajo el Rey. No esperaba al Rey tampoco él y también receló a Aragorn cuando supo que el trono de Gondor era su herencia. Al momento de morir, sin embargo, la nobleza y grandeza de Boromir le permitieron ser quien realmente era y reconoció a su señor.

El asunto, entonces, es el Rey que viene.

Y, entonces, el asunto es también si los senescales regentes lo esperan realmente, y ansían su Venida para entregarle el reino que quedó a su cuidado de ellos, precisamente, hasta que el Rey vuelva.

A dos cuestiones difíciles tuvo que enfrentarse Denethor.

En primer lugar, como sus antecesores, tenía un sus manos un reino nobilísimo entre los hombres, pero no era rey. Y debía recordar que no lo era y esperar al Rey que vuelve. Y ya fuera porque amaba reinar aun sin ser rey o porque amaba la grandeza de Gondor más que al Rey que la hacía tan noble, no creía que el Rey fuera a volver, como muchos de sus antecesores y contemporáneos.

En segundo lugar, Denethor era hombre sabio y grande en dones. Tenía la capacidad de ver más allá de lo inmediato y era en ese sentido un gobernante de fuste. Pero en aquello que era grande fue probado: su misma mirada fue obnubilada y de allí su desesperación. Probablemente la muerte temprana de su esposa, Finduilas de Dol Amroth, lo sumió en la amargura, la tristeza y el silencio. Como probablemente un celo amargo por conservar la dignidad de Gondor (sin más rey que los senescales…), lo obligó a frecuentar uno de los 7 Palantiri para descubrir y anticipar los planes de Sauron.

Tal vez convenga recordar al paso que estas esferas de cristal eran obra de los Noldor, hábiles en tantas obras con metales y piedras, muchas de las cuales fueron peligrosas para los hombres o mal usadas, como los Silmarilli.

Precisamente era Sauron quien había quedado, después de idas y vueltas, en poder del Palantir mayor que había robado de Osgiliath; y precisamente era ése el que en cierto modo controlaba a los 6 restantes, y por cierto al que frecuentaba Denethor, con su pasión desordenada de cierta omnipotencia.

Es cosa curiosa. Sobre el fin de sus días, ya en medio de la Guerra y prestos a combatir en la decisiva batalla de los Campos de Pelennor, una de las últimas visiones de Denethor fue la de una flota de Corsarios que remontaba el Anduin con rumbo a Gondor, para sitiarla por agua. Esa escena probablemente desesperó aún más al senescal y le hizo pensar y sentir que todo estaba perdido pues, atacado por todas partes y de tal manera, Gondor no se salvaría. De allí que, creyéndose sin hijos que lo sucedieran y con semejante prognosis (y sin esperar al Rey…), el suicidio le pareció la única salida. Como Sauron podía controlar las visiones, seguramente le ocultó la verdad sobre esa flota. Denethor, al fin, se arrojó al fuego con la piedra visionaria en la mano, todo un símbolo.

Es el caso que en Orthanc, la torre en la que gobernaba y vivía Saruman, había otra de estas piedras visionarias. También a través de ella Sauron controló al gran mago, haciéndole imbatible a sus ojos el poder oscuro de Mordor, y manipulando su voluntad, que debió haber sido poderosa, pero torcida, lo convenció de que había que poner el bien y el poder al servicio del poder y del mal.

Una vez que cayó Orthanc y con ella Saruman, Aragorn tuvo acceso a ese Palantir y vio en la piedra una escena similar a la que vio Denethor: la flota de Corsarios navegando el Anduin y aprestándose a atacar Gondor. Lo vio antes que Denethor y con esa información a la mano, resolvió intentar la maniobra de tomar la flota, desalojarla de Corsarios y dirigirse a Gondor, pero esta vez a colaborar con la defensa de su reino, con un ataque arriesgado y sorpresivo. Así lo hizo. Y era él y eran sus hombres -y no los Corsarios- los que iban a bordo de las naves en la escena que Denethor vio en el Palantir, aunque el senescal, manipulado por Sauron y por su propia desesperación, no los vio.

Parece claro que la voluntad y el corazón de Aragorn no eran la voluntad y el corazón de Denethor. Sus fines no eran los mismos y sus respectivas inteligencias, finalmente, no estaban mirando las cosas del mismo modo y tal vez ni siquiera estuvieran mirando las mismas cosas. Sus esperanzas y expectativas diferían. Y parece que, viendo de algún modo lo mismo, vieron cosas distintas y obraron de modo diferente.

Para los amantes de las fechas, diré que, según los registros, Denethor se suicidó un 15 de marzo.

Otro 15 de marzo, pero de 1981, moría en Buenos Aires Leonardo Castellani.

Rumbo a la Argentina, el 22 de diciembre de 1946, a bordo de un buque –el Naboland–, escribió estos versos, desmañados aunque suficientes:
Como un petrel que sobre la erizada
superficie del mar plúmbea y movida
volando sin cesar toda la vida
y con las olas por precaria almohada

la su indígena playa ya olvidada
toda esperanza de volver perdida
así boga mi alma mal dormida
sobre una eterna soledad salada.

Sólo un oscuro instinto la encamina
un increíble esfuerzo la sostiene
un fuego la alimenta y determina
el aire la mantiene

hacia el bajel azul de un rey que viene
hacia un sueño de amor inmenso y lene
y una ignota golconda diamantina.



martes, 17 de noviembre de 2009

Táimse Im' Chodhladh

Estoy dormido, no me despierten...

Dice así un aire tradicional irlandés, un aisling. Es un género de poesía con raíces medievales, aunque creció allá por el XVIII en Eire. Aisling o aishling es una visión o sueño, a veces profético de un renacimiento.

Éste -que tiene muchas versiones- habla de un sueño de patria, como si soñara una visión de una muchacha bella, como una patria bella, joven y antigua.

Desde hace siglos, se disputan la melodía entre escoceses e irlandeses.

Felices de ellos, pienso, que anduvieron siglos disputándose una canción que les recordó la patria.

Y lástima por ellos si olvidaron la patria y apenas si sólo recuerdan las canciones. Claro que al menos recuerdan las canciones que les recuerdan la patria, que algo es...

Oí muchas versiones de esta melodía y me quedo con dos, a mi gusto. Una de Brian Kennedy, creo que por la nitidez de su dicción, para una lengua tan difícil de decir.


Tráthnóinín déanach i gcéin cois leasa dom
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé
Sea dhearcas lem' thaobh an spéirbhean mhaisiúil
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé
Ba bhachallach péarlach dréimreach barrachas
A carnfholt craobhach ag titim léi ar bhaillechrith
'S í ag caitheamh na saighead trím thaobh do chealg mé
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé

Is mó buachaillín óg a thógadh go ceannasach
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé
Do cuireadh le foirmeart anonn thar farraige
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé
Go bheicfeadh an lá a mbeidh ár ar Shasanaigh
Ughaim ar a ndroim is iad ag treabhadh is ag branar dúinn
Gan mise a bheith ann mura dteannam an maide leo
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé

Ba bhachallach péarlach dréimreach barrachas
A carnfholt craobhach ag titim léi ar bhaillechrith
'S í ag caitheamh na saighead trím thaobh do chealg mé
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé
Táimse im' chodhladh is ná dúistear mé
Dicen que ésta que sigue es una traducción aproximada de algunos de esos versos. No lo sé, porque no sé el gaélico que haría falta para saberlo.
As I was abroad late one evening
I am asleep and don't waken me
It happened that I noticed by my side a beautiful apparition
I am asleep and don't waken me
Her curly, ringleted, cascading surplus of tresses fell over her trembling limbs,
As she launched the arrows that pierced me in the side.
I am sleep and don't waken me.

Arise my loyal family and take up your weapons
I am asleep and don't waken me
And level to the ground every English clown.
I am asleep and don't waken me
If only three survive, let there be shouts of triumph in all your towns;
From Carrick-on-Suir west to the banks of Dingle
Raise your blades and give the English their own treachery;
I am asleep and don't waken me.
Una otra versión que me parece más tradicional, en cierto sentido, y que me gusta con su aire creo que más deliberadamente rústico, es la de Iarla Ó Lionáird.



Tanto da, si quieren.

No soy un gourmet. Y mucho menos es cuestión de querer ser Irlanda, tal vez hoy menos que hace 100 años. Y sin tanto tal vez. Ni tampoco Escocia, si vamos al caso.

Pero el ejemplo me vale lo mismo.

Mientras no podamos cantarle a la patria como a una novia, como a una de esas jóvenes de delicias que dice Leopoldo Marechal, podremos cantarle como lo que quieran, pero no sé si tendremos patria.

Porque para tener patria hay que amarla -y cantarle- como a una novia amada.

Me parece que Dios no le da patria a los cafiyos, ni a los putañeros.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Melisma

Hace ya tres años que hablé por aquí de los chantres corsos.

Casualmente para esta misma época. Y, lo que son las cosas, también como entonces Gregorio andaba en sus cosas de fútbol. Ahora va más estilizado en su porte y en su juego, aunque igual de festivo y alegre de correr una cancha grande, balón al pie, botines, arco enfrente. Hace de esas cosas un juego y un arte a la vez. Cosa seria, diría Chesterton.

Pues que le dure, porque son pocos los que pueden hacer eso con las cosas de la vida, con su vida misma. Que le dure.

La cuestión es que revisando archivos, volví a toparme con aquellas músicas, cuánto me alegro…

La tardecita –decimos por aquí– era propicia: cálida pero con vientecito, tranquila.

Puede uno volar un poco por el mundo. Irse a Córcega, si quiere, a la iglesia de Pianellu, y oír un Kyrie, de una Misa de los Muertos, cantado por aquella Cunfraterna di a pieve di a Serra, memorable.



O tal vez más atrás, incluso. Y darse una vuelta por el canto parisino del siglo XII y XIII y oír un “sencillo” Benedicamus Domino (es toda la letra), de la Misa de la natividad de la Virgen, cantado por un director de coro bizantino de Grecia (porque no había franceses que supieran cantar el canto parisino…), en el convento de Corbara, también en Córcega.



No me quejo, mire.

Ni de los franceses que olvidaron, ni de los corsos que recuerdan. Ni de los corsos que recuerdan que los franceses olvidaron, ni de los franceses que olvidaron que los corsos recuerdan. No me quejo de cosa alguna, en realidad.

Los corsos cantan y los demás oyen. Y listo.

Oigo, asiento, paladeo. Los casi 10 minutos que dura el melisma.

Y hago como Gregorio, me parece.

Aprendí eso de él, creo: al final del partido pregunto cuánto salimos. Al final, si acaso pregunto.

A quién le importa cuánto salimos…

domingo, 15 de noviembre de 2009

Che farò senza Euridice (V)

Mucha lluvia y vientos. Tormentas de estos días.

Bien para las plantas, y lo agradecen las vastedades en sequía. Y sabe de lo más bien para los que tienen cobijo.

Es cosa de ver lo que hace la intemperie.

Y tal vez el asunto de Orfeo y Eurídice, que andaba viendo tiempo atrás, no esté lejos de estas cuestiones.

Así lo barrunté desde el principio, creo: al fin de cuentas, es la intemperie.

Pero hay que explicar. Y tal vez, aunque dé largo, despejar un asunto antes, que es como una salida del camino –excursus, que le llaman–, o eso puede parecer.

Hay quienes dicen que tanto en la figura de Orfeo como en la de Prometeo hay rasgos ambivalentes, al menos ambivalentes. Y puede ser.

En una visión cristiana de estos mitos, por ejemplo, las figuras paradigmáticas resultan agridulces. Por una parte, benévolos con los hombres y sacrificados por ellos, de algún modo, parecen tener para algunos un aire de familia con la figura del Cristo de los cristianos. Notas, al menos; algunas notas. El mito puede hacer eso y de hecho lo hace, porque es de la naturaleza misma del mito una significación mediata de asuntos de misterios.

Pero, a la vez, ambas figuras tienen rasgos emblemáticos de rebelión o de subterfugios ante la divinidad que de alguna manera desdoran su grandeza.
ver

Cuando uno se enfrenta a Orfeo no puede sino admirarse de lo que significa el canto en los relatos que lo mentan. Da gusto oír lo que dicen que la música y el canto pueden hacer cuando él los hace. Hablan de la consonancia de su canto con los misterios del cosmos y con las raíces del cosmos: como si esa consonancia fuera entre la música que él conoce y una raíz como musical en todas las cosas. Por cierto que lo órfico no se reduce al canto, ni siquiera a lo musical, por importante que fuere para la comprensión del mito y los misterios y las doctrinas que derivan de la figura del cantor tracio. Son muchas las cuestiones implicadas. Para decir al menos un asunto mayor: la tensión entre el culto a Apolo y el culto a Dionisos y las implicancias religiosas y culturales de esa tensión. Recuerdo ahora unos pasajes de Simone Weil al respecto, de mayor hondura –y más graves implicaciones– que lo que Nietzsche pensó al respecto de lo dionisíaco y lo apolíneo. No le doy la razón a Weil del todo, pero no es del todo desacertado que en la raíz de la cultura griega antigua y clásica hay una especie de ruptura entre dos espíritus o formas del espíritu, una ruptura que debería entenderse de algún modo cíclica en las cosas humanas, con la historia del cristianismo incluida. No me meto con eso ahora.

Mientras tanto, en Prometeo, el amor y hasta la devoción por lo humano se destacan de un modo notable para el mundo antiguo; un amor hasta exótico se diría, que llega hasta la oblación personal frente a la misma divinidad.

Esa consonancia orfeica y esa oblación prometeica son asuntos de cuidado y a mirar, por cierto.

Es verdad también que el hecho de que por esas mismas vías ambos tengan un traspié hace que aparezca el aspecto agridulce. De algún modo, su forma de creatividad musical y su favor y fervor por lo humano, los hace al mismo tiempo, al menos, amigos y enemigos de los dioses y de los hombres. Será curioso, todo lo que quieran, pero así es el mito.

Por otra parte, hay un cruce de intemperies, si uno se pone a ver (y esto me interesa más ahora...)

Prometeo es una figura fuera del panteón. Orfeo pierde a su amada y queda desolado, que es lo mismo que quedar a la intemperie, en esos asuntos. Prometeo sufre un castigo proporcional a su falta: la intemperie divina se compadece con la intemperie del Cáucaso. En su caso, además, el emblema de Zeus le sangra las entrañas sin cesar. Orfeo, por su parte, de la intemperie amorosa transita a la intemperie real, vagando lejos de los hombres, hasta perderse, en varios sentidos. En su caso, esta vez, el mito dice que las Ménades dionisíacas lo despedazan por despecho.

Repito que tomo algunos aspectos de estas figuras que me parecen congruentes con lo que quiero decir al respecto.

Así las cosas, doy ahora un salto a la cuestión de la intemperie de la historia y el caso de Orfeo.

Cuando hace más de un mes me puse a mirar la cuestión, no pude evitar una transposición que se me puso delante de los ojos y todavía no sale de allí.

El asunto es que, mirando específicamente el caso de Eurídice y Orfeo, se me hizo como un signo de otras cuestiones.

Pongo en el lugar de Eurídice a ciertas verdades amadas, a ciertas virtudes altas, a las profecías –en particular, a las de las ultimidades– y, todavía más, al sentido mismo de la historia y al sentido del tránsito humano por la historia, con la Redención incluida. Más cosas entran en esta figura recreada de Eurídice. Todas ellas se resumirían en un depositum –aun, Fidei– que los hombres –concedo: algunos hombres– atesoran, tanto como Orfeo ama a Eurídice.

Imagino que el amor del aeda tracio tendría mucho de la misma materia y de la misma forma de su canto. Muchos misterios correrían por las venas de ese amor. Orfeo amaría como cantaría, supongo yo. Amaría a aquella mujer como componía sus melodías. Supongo yo, y no creo que exagere.

El caso es que un “enemigo” amenaza a Eurídice. Algunas versiones viejas del mito dicen que esto ocurre el mismo día de su boda con Orfeo, para mejor inteligencia de los asuntos graves que contiene la cuestión, con todo lo simbólico que contiene la realidad conyugal. Escapando de esa amenaza, Eurídice muere.

De este modo es que Orfeo queda desolado. Su desposorio con todas aquellas cosas grandes y amables que Eurídice representa, queda baldío en un instante. Y él queda a la intemperie.

Es un emblema también de lo que a todo hombre le pasa, sin más. Aquello que más ama puede presentársele al alcance de la mano en el tiempo de la historia. Pero cuando está por consumar su matrimonio, de repente esas cosas pasan, de un modo u otro, a la eternidad. O mejorando lo dicho: muestran que la consumación de nuestro desposorio con ellas es eternal y no temporal. La historia, este tiempo, no es el territorio de aquella consumación. Es apenas como el tiempo de un noviazgo que promete felicidades y dulzores, para cuando uno cambie de estado.

Ahora bien.

Orfeo no se resigna a esa intemperie y desolación. El amado es refugio, el amado es posada para el amante. El amado es el fin del día y el fin del camino para el que ama. El amado es nuestro hogar y sin él estamos a la intemperie, desolados, solos y desamparados.

Es, al menos, un dato espiritual y psicológico común a todos los mortales. El deudo, el doliente, aquel que ha perdido a la persona amada, debe enfrentarse a un hecho terrible: ya no la verá. Ya no tendrá comunicación alguna con ella en el sentido habitual. Luego, siente no tener reparo, refugio, posada, fin, sentido. Es difícil ese desgarro, esa soledad, esa incomunicación. Es lacerante y dolorosamente presente. Casi sin remedio. Casi, claro.

Muy bien.

El asunto es que la situación me cuadra con algunas otras cosas que no son personas.

Supongamos que dijera que Eurídice es una edad de oro, o algún tiempo o circunstancia concebida casi sin matices como tal. Una edad de oro histórica y temporal. Algo en el tiempo que ha desaparecido. Supongamos también algo que pudiera darse en el tiempo, o que uno esperase verlo en el tiempo y verlo inmarcesible. Un reino en este mundo; algo que haga de reino, algo pasado, presente o futuro. Pero encarnado en el tiempo de la historia. Viviente en el tiempo de la historia. Como Eurídice, antes de morir.

Orfeo –no importa quién haga de Orfeo, ahora– no se resigna. Y va a buscar a Eurídice –tampoco ahora importa qué haga de Eurídice–, y va a buscarla hasta el Hades. Y no se arredra y miente y seduce hasta a las potencias infernales con tal de volver a la historia con su refugio histórico: Eurídice.

En el mito, hay que recordarlo, la divinidad le dice a Orfeo algo que, más que como un mandato o condición, entiendo aquí como una obviedad: tratar de poner absolutamente, plenamente en la historia lo que tiene raíz en la eternidad, no se puede: se disuelve. Ver lo eternal como temporal hace que inmediatamente se disuelva. Arrastrar lo eterno a la historia no es posible. Y lo más seguro es que esa expectativa y el fracaso real consiguiente termine sumiendo al amante en la desesperación y en el desencanto. Y así sintiendo sienta, al fin, que ya no hay refugio para él, ni aquí ni allá.

Eurídice, entonces, es ya materia de lo eterno, formada en eternidad. Orfeo cree que podrá reinstalarla en este mundo, anclarla a la historia, hacerla nuevamente temporal, con la secreta ilusión de que ya no muera, que es como decir que el tiempo del refugio sea eterno mientras está en el tiempo. Una estupidez bastante frecuente y comprensible entre los hombres que ha dado origen a muchos –ismos, además de llevar a la tristeza insondable y hasta la desesperación y la muerte a muchos amantes inconsolables que creen haber perdido en el pasado lo que ya los espera en el futuro.

(Dicho sea de paso, insisto en que Garcilaso entendió bien el asunto cuando le hizo pedir al amante Nemoroso que la difunta Elisa se acordara de él y que, para alcanzarla, pidiera en el Cielo que "se apresure el tiempo en que este velo rompa del cuerpo y verme libre pueda...")

Eurídice no pertenece al tiempo. Tampoco pertenecía enteramente a él cuando anduvo el tiempo de la historia, convengamos.

Orfeo no lo sabe, no lo supo, lo olvidó, pese a que su música consonaba con los misterios del cosmos y le daba tono y porte a las cosas con su melodía de adentro hacia fuera, tocando su fibra interior, existencial y esencial.

Eso es: no es que Orfeo no conociera la música interior de la realidad. Es que en algún momento quiso usar esa interioridad potente en su beneficio, quiso perdurar el refugio temporal, hacerlo eterno.

Parece que los mitos ya decían que todo aquel que quisiere secuestrarle a la divinidad los dones eternos, que cualquiera que quisiere manipular la divinidad y la eternidad en su servicio, para anclarla a la temporalidad de su refugio, saldrá mal parado. O, al menos, cometerá injusticias queriendo o sin querer, por ser benevolentes.

Dije en alguna de las entradas anteriores en meses pasados que hasta Galadriel es un ejemplo de ello.

Y creo que así es. Ella no tenía tanto el problema del mal como el problema del bien. También ella, altísima y bellísima, se enamoró de Arda y tuvo sus propios proyectos sobre ella, olvidando –o queriendo olvidar– que la consumación del bien y la belleza de Arda, no son en Arda. Y que no es lícito manipular la eternidad para construir un reino temporal, por más que los ladrillos de ese edificio sean cosas nobilísimas y bellas y buenas y verdaderas.

En fin

Che farò senza Euridice?

Pues, qué puedo decirle mi amigo: por lo pronto, apechugue.

Tanto da que Eurídice pueda ser amada por sí misma y sea a la vez monarquía o liturgia, belleza en el arte o justicia social. Y tantas otras cosas nobles y buenas y necesarias.

Apechugue y mida bien sus melodías, aquellas melodías con las que pretende hacer volver a su Eurídice al tiempo de la historia y retenerla allí.

La advertencia del Hades es verdadera: haga la prueba y vuélvase a mirarla, a retenerla para sí o a anclarla en la existencia antes o fuera de tiempo, que es lo mismo que querer congelarla en la historia y querer tenerla a su disposición en su refugio temporal e histórico, hágalo y entonces se le disolverá ante sus ojos. Y entonces estará en una intemperie mucho mayor y más honda que aquella en la creía estar porque no veía ya a su Eurídice.

Por eso digo: apechugue. Son muchas las cosas que se pueden hacer en el tiempo con la Eurídice de nuestros amores. Muchas. Menos una: olvidarse de que lo que sea que fuere aquello bueno, bello y verdadero que nos es Eurídice en este mundo, tiene raíces en el cielo y tiene su término y consumación en el cielo nuevo y en la tierra nueva, cuando venga el cielo a la tierra y se transforme la tierra.

De modo que, si de veras quiere ver y sentir el fin de la intemperie, espere la Parusía.

Y si quiere usted saber cómo se la pasa uno a la intemperie mientras estamos a la intemperie en el tiempo de la historia: apechugue nomás, y no pierda la alegría. Y espere la Parusía.


sábado, 14 de noviembre de 2009

La voz serena

La madeja de voces que a veces suena
y se enreda en los hilos de la memoria,
apenas duele cuando, si lleva pena,
tiñe de ocre o de grises alguna historia.
Si va el rojo en su cauce, si es una vena
caudal, como los ríos, su trayectoria
sangra heridas con sangre jugosa y buena.
Otras veces, susurra la vanagloria:
liba eslabones dulces con que encadena
la carrera y el vuelo. Luna ilusoria
hueca de luz, vacía por más que llena.
Finge dolor y glorias y en su oratoria
marchita y enmudece la voz serena.


jueves, 12 de noviembre de 2009

Hiin enkelte

El asunto es que, a como lo entiendo, el singular es el único que tiene permiso para estar por encima y por fuera de la ley. Y es el caso que no pide permiso, ni se le ocurre. Y es también el caso que no considera estar por encima ni por fuera de la ley, ni se le ocurre.

Entiéndalo como quiera, pero así lo entiendo yo. Y no estoy sólo.

Hablo aquí en términos kirkegord-castellánicos, por cierto.

Seguramente la cosa merece mayor desarrollo y detenimiento; hago ahora este apunte, nomás.

De modo que, mirándolo con algo de atención, creo que ese apetito de distinción y diferencia que todo hombre tiene -y que parece ser una raíz fuerte de la singularidad-, está siempre amenazado por la vanagloria, vicio capital según santo Tomás, con sus respectivas hijas (porque como todo cabeza de familia, cada vicio cabezal, tiene hijos…):
Como hemos visto (en la cuestión 118, a. 8), aquellos pecados que de suyo están ordenados al fin de un pecado capital se llaman sus hijas. Ahora bien: el fin de la vanagloria es la manifestación de la propia excelencia, como consta por lo antedicho (en los artículos 1 y 2 de esta cuestión). A lo cual puede el hombre tender de dos modos: primero, directamente, ya por palabras, y así tenemos la jactancia, ya por hechos, y entonces, si son verdaderos y dignos de alguna admiración, tenemos el afán de novedades, que los hombres suelen especialmente admirar, y si son ficticios, la hipocresía. Segundo, cuando uno trata de manifestar su excelencia indirectamente, dando a entender que no es inferior a otro. Y esto de cuatro formas: primera, en cuanto al entendimiento, y así tenemos la pertinacia, la cual hace al hombre aferrarse en exceso a su opinión sin dar crédito a otra mejor; segunda, en cuanto a la voluntad, y así tenemos la discordia, cuando no se quiere ceder ante la voluntad de los demás; tercera, en cuanto a las palabras, y así aparece la contienda, cuando se disputa con otro a gritos; cuarta, en cuanto a los hechos, y así se da la desobediencia, al no querer cumplir el mandato del superior.
Esto es el cuerpo del artículo 5 de la cuestión 132 de la II-II parte de la Suma Teológica, aunque para entender todo mejor hay que rastrear varios asuntos sobre la soberbia, sobre el irascible y el concupiscible y otras materias anejas.

En todo caso, a mí me parece nítido que estas 7 hijas de la vanagloria de algún modo se asocian a notas que tienen colores parecidos en el singular, en el hiin enkelte.

Tal vez será eso lo que hace que -por apetito desordenado de excelencia, es decir, por vanagloria- tantas veces cultivemos, muy orondos y con tanto denuedo y esmero, los vicios hijos de esta vanitas, con la semiplena certeza de que nos lo tenemos bien ganado y no se nos tiene que imputar a mal. Y eso porque somos singulares, qué tanto.

Apetito de gloria y de exclusividad, en cierto sentido lícito aunque no cuando está desordenado; apetito de excelencia, que a algunos los lleva a la santidad y a otros simplemente al dandysmo intelectual, espiritual.

La psique del hombre es compleja y está llena de recovecos. Y la de los que tienen por algún lado pasta de grandes, o eso se cree uno, lo es más. O puede serlo mucho más.

Y así se hace muy difícil saber quién es qué en cada caso y por qué.

Ahora bien.

Hasta para el más pintao, nada es más fácil que confundir aserrín con pan rallado, eso sí se lo garanto. Y muchas veces por vanagloria, fíjese lo que le digo.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Día de muertos

Si todo ese dolor de muerte fuera
la única voz que clama en el desierto,
toda la vida sería prisionera
de ese desierto y de ese reino muerto.
Pero, no: no es así. La muerte pasa,
pasa el dolor y hasta la voz que grita
en el desierto. Porque todo pasa.
Porque la vida muere y resucita.
Y entonces ya no muere. Y seguiremos
siendo después. Y ese dolor que aprieta
y deja muda el alma con la muerte,
ya no tendrá esa voz que clama inquieta.
Nueva será la voz y entonaremos
con ella un Gloria bello, claro y fuerte.


viernes, 30 de octubre de 2009

Como un río

Y así se va octubre. Y hay que dejarlo ir, nomás. Como un río, manso y poderoso, así pasa con octubre.

Octubre es un mes difícil, me parece. En medio de la segunda mitad del año, puede parecer que no es ni una cosa ni la otra. Acá en el sur del sur, al menos.

No es tiempo de empezar, pero todavía no termina. Es un mes como cansado, diría.

(En el norte es otra cosa, claro. Pero quién está pensando en el norte.)

Vamos a dejarlo ir, entonces. Como un río manso y poderoso, marrón plateado como algunos de esos ríos de por acá, con ese calor de agua que tienen los ríos de por acá, los ríos del nordeste nuestro.

Las imágenes me vienen prestadas, en realidad. Estaba oyendo al Chango Spasiuk y esa música que hace, que tiene tanto de otras partes como del litoral nuestro. Difícil que alguien pueda recoger siglos de música y hacer algo nuevo; y, sin embargo, a él me parece que le sale.

Allí van dos de las cosas que oía. Una se llama Tristeza y la otra Doña Fidencia-Apóstoles.

Y esa música se me figura octubre. Como uno de los ríos grandes nuestros, mansos y lentos, pero poderosos.

Y, ahora que pienso (Spasiuk tal vez no tiene la culpa...), me pregunto si a veces la grandeza no se nos hace un poco como si dijera triste; si la altura y la majestad no tienen para nosotros un aire melancólico.

Será, quizá, que lo alto y lo hondo son lo mismo en cierto sentido. Y que a veces llamamos tristeza a lo que es misterio.

Una idea lleva a la otra. Tal vez estamos demasiado acostumbrados a pensar, parafraseo a Chesterton, en la frivolidad como en un asunto de jocosidad.

Es verdad que ser frívolos en cuestiones de alegría es asunto gravísimo. Pero pienso que no lo es menos ser frívolos en asuntos de tristeza.

Porque si es terrible usar la alegría como un subterfugio de la desesperación y de la vacuidad, es terrible también usar la tristeza como un subterfugio de la vanidad y como una pose de altas -y hondas- preocupaciones.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Garcilaso de la Vega se apresta a recibir a Don Juan de Austria, en el cielo de los grandes de España

He venido a servirte en lo que mandes,
Sire, soy Garcilaso de la Vega,
y ahora es otoño en tu rincón de Flandes.

Es otoño y octubre y sé que llega,
Serenísimo Juan, pronta la muerte
que viene a darte paz en esta brega.

Y estamos hermanados de esta suerte:
octubre es nuestro puerto de partida,
cuando el otoño su borgoña vierte.

Y hermanos somos en dejar la vida
por amor a Don Carlos, cautiverio
que nos da gloria, sin dolor ni herida.

A Felipe, Don Carlos dio el imperio.
Pero tuyo es su fuego solamente,
tuya es la luz del sol y su misterio.

Tuyo el ardor amante, el insolente
destino, el mundo y ese grito osado
de dar batalla contra la corriente.

Yo sé que Alteza nadie te ha nombrado
ni te hicieron Infante de Castilla.
Pero el cielo y el mar te han coronado.

Y en tu corona de grandeza brilla
más que el oro y diademas, tu grandeza,
que más que nada brilla de sencilla.

De mi sangre en mi canto di belleza
y hoy la traigo a tus pies. Vengo a decirte
la alteza de tu luz y tu nobleza.

Quise venir, Don Juan, a recibirte
para cantar con gozo a tu memoria
y algo del gozo de tu luz pedirte.

Aquí, Señor Don Juan, no hay más historia
ni traición, no hay más pena, ya no hay celo:
todo es gloria, Señor, ya todo es gloria.

Llegó hasta el cielo en tu coraje el vuelo.
Ya eres el vuelo mismo. Y mi alegría
por tanto cielo que trajiste al cielo.



miércoles, 7 de octubre de 2009

De una luz en el cielo de Lepanto

El turco ya no está. Y un mar fragante
macera en sal Lepanto día a día.
Llora nostalgias de la voz brillante
del capitán que al batallar reía.
Ahora Don Juan comanda una galera
que navega las nubes de ese cielo.
Otoño en cruz ayer, y primavera
de rosas de rosario ardiendo al vuelo.
Herido va de estrellas. Don Juan pasa
y esparce luz sobre Corinto. Cantos
de mar y cielo dicen la memoria
del capitán amado que se abrasa,
todo fuego, en su fe. Dicen la gloria
de Don Juan en el cielo de los santos.

martes, 6 de octubre de 2009

Che farò senza Euridice (IV)

Hay un vecino ciprés calvo, cerrando el noreste del jardín, que ya está en su gloria verde-oro, erguido y vivaz, joven, renovado.

Me siento cerca de la cidra en flor, a la vera de un jazmín nuevo y ya oloroso y miro la arboladura nerviosa del árbol al viento. Es el potro del ciprés como añoso y borgoña que había hace no más de dos meses. Él mismo es la vejez solemne y la juventud flameante, según el tiempo.

Hay sol y está fresco. Hay que convalecer de trajines y malatías y, mientras, corregir unos papeles de otros. No tanto que no se vaya uno a otros papeles.

Pienso sin mucho concierto en que los asuntos de Orfeo y Eurídice no están lejos de los asuntos aquellos de Galadriel, por los que anduve hace unos meses. No, es verdad: sin mucho concierto. Pero, algo hay. Entre lo que estaba mirando entonces acerca del problema del bien y esta pasión por retener a fuerzas lo contingente, sin distinguir entre lo de la tierra y lo del cielo, por decirlo sin mayores precisiones, algún puente hay.

Siquiera la idea madre de que, por mucho que se quiera retener lo que lo enamora a uno sobre la faz de la tierra –sea en Arda o en Tracia–, sea cual fuere la belleza o la gloria que se desea siempre viva y perenne, no es aquí donde pueda lograrlo uno. Y más: querer retener esa belleza, esa gloria o ese amor bajo el cielo de la luna es funesto para los hombres. Y para los elfos, claro.

Dicen que la Égloga de Garcilaso es pagana en su inspiración, y la estancia que traje también. ¿Por qué? ¿Por la mención del ‘tercer cielo’ de los antiguos? Pamplinas de eruditos. En todo caso, será tan pagana como la segunda carta a los de Corinto, donde san Pablo les cuenta haberle ocurrido otro tanto y con las mismas palabras.

Así que, al final, qué puedo decir: Garcilaso me sabe más bien cristiano en su aspiración de andar a sus anchas con todos sus amores, pero allá.

Allá era, mi estimado Orfeo, no acá. Acá las cosas son diferentes. Maravillosas y espléndidas, con todo. ¿Cómo no? Y de tan espléndidas, uno las retiene y se demora. Y es capaz de bajar al Averno para regresarlas, apenas vestido de muerto, fingiendo morir. Y hasta es capaz de terminar haciendo de su vida un infierno, si cuadra, no sólo por tratar de conservarlas y retenerlas, sino por haber fracasado en el intento.

No es igual querer morir para llegar al cielo que querer morir por no haber podido retener el cielo.

En ese punto, Garcilaso me resulta más próximo al muero porque no muero teresiano, con su ¿por qué de mí te olvidas y no pides que se apresure el tiempo en que este velo rompa del cuerpo y verme libre pueda?

El caso es que Orfeo, según el mito, terminó a los golpes con el mundo, con el que tantas cosas hizo y con el que tanto comercio tuvo y al que tanto amó. En alguna de las versiones clásicas fue despedazado por la Ménades o por los tracios a secas, en algunas otras. Cosas espantosas se dicen del final de Orfeo por allí. Para algunos, el inventor de tantas cosas, entre ellas le atribuyen la cítara y una lira de nueve cuerdas, parece también como un emblema del punto humano en el que se cruza –se junta, se separa- el culto a Dionisos y el de Apolo, divinidades a las que Orfeo sirvió consecutivamente, con lo que ello implica simbólicamente. Por eso dicen que las salvajes Ménades dionisíacas le cobraron caro su desprecio por su patrono, al irse con Apolo. Hay quienes dicen que se volvió misógino al perder a Eurídice y que fue eso lo que le hicieron pagar; puede ser, después de todo y su salvaje femineidad, las Ménades son mujeres.

Además de señalar sus nuevas costumbres de misógino, también dicen que se apartó de la sociedad de los hombres y dejó de hacer música. Y que cuando se la pidieron, merced a su fama, se burló de ellos, furioso, rompió su instrumento enardecido y cantó cosas espantosas. De allí que algunas versiones del mito le adjudican a los tracios a secas la muerte de Orfeo, a quien, en vez de abuchearlo, simplemente lo trucidaron.

Pero.

El ciprés batalla al viento de la tarde con sus ramas de un verde que no parece de este mundo. Los zorzales de la mañana hace rato dejaron sus cantos y se apresta el turno tarde para recibir a las sombras. Y lo bien que hacen.

Me pongo a ver entonces la música de Orfeo. No puedo avanzar demasiado por esa vereda. No como músico porque no soy músico. No tengo imaginación para ponerle un traje musical.

Y, entonces, me gana otra idea: ¿cómo habrá sido la música aquella que tanto conmovió a los dioses que le franquearon el engañoso descenso y el más nefasto ascenso? ¿De qué estaría hecha, qué sonaría en ella? ¿Cómo podrá ser la pena hecha música, capaz de conmover a un dios, si en verdad la divinidad se conmovió, cosa que algunos ponen en duda y hablan sencillamente de una trampa? ¿Qué es eso que aplacó demonios y tormentos en el abismo?

Hay, por su parte, quienes sostienen que a los dioses les cayó mal la debilidad –romántica, diríamos hoy- de este Orfeo desolado y que por eso mismo lo castigaron en su misma ansiedad de querer recuperar aquello por lo que debería haber dado la vida. Así aparece en El Banquete platónico, por ejemplo. Tal vez, muerto de veras, Orfeo se habría unido a Eurídice, cosa extremosa, aunque en algo parecida a la queja de Garcilaso. Incluso podría haber pedido morir en lugar de su tan amada, como le hubiera gustado a Platón.

No puedo evitar sentir alguna simpatía por Orfeo poeta y músico, el amansador de fieras y piedras y trasgos, el civilizador de hombres, dice el mito, a fuerza de donar belleza con la poesía y la música que heredó de su madre la musa Calíope, y con la lira de Apolo.

Haber tañido y cantado melodías que figuran o hacen ríos, forestas y montes y mares no es poca cosa. No es poco para un hombre.

Es tan complejo el mundo de Orfeo. Tan vasta su raíz, tan enmarañada, además. Si no fuera que el asunto se abriría en cientos de caminos, diría que entre Prometeo y Orfeo hay más de un punto de contacto. Al menos, ambas son figuras agridulces y sus finales son de espanto.

Pasó la tarde.

Con el último oeste, ando mirando el penacho ya francamente dorado del ciprés vecino que hizo guardia mientras yo viajaba por el sur surero y por la Tracia y el Hades.

Claro que se pudo hacer ambas cosas: los papeles de otros y los otros papeles. Pero me quedó la música.

Fueron apareciendo melodías y voces que recordé imaginando cómo conmover a los mismos infiernos, si viene al caso. Es probable que algunas suenen parecido. O podrían. No lo sé. Veremos.

lunes, 5 de octubre de 2009

Che farò senza Euridice (III)

Dante tuvo su Beatrice, llena de luz, cuando llegó -después de recorrer Infierno y Purgatorio- a la Luz.

De su mano recorrió los círculos celestes, en un viaje amoroso tanto como místico, que es a la vez una Summa de varios asuntos, pero también una Summa política, entendida todavía al modo antiguo de las esferas del cosmos que se comunican entre sí y también al modo simbólico en el que unos asuntos entran dentro de otros, cosa que nos cuesta entender después de tantos siglos.

Viajes de enamorados, sí. Viajes por el mundo de más allá de este valle, sin dejar de mirar este valle, también.

Sin duda que de otra laya es ese viaje de Dante, distinto al de Orfeo. Con todo, también el de Dante es un emblema de los amores consumados allá y a los que tiende todo amador terreno, lo sepa o no, ame lo que amare. Pero, visto de otro modo, también el viaje dantesco es un modo de ver las cosas de la tierra desde otra parte.

Y así, ya ve mi estimado, no hay modo de que el cielo –y el mundo de más allá de la tierra- no esté mezclado entre las cosas de la tierra, especialmente con el amor de por medio.

El problema, entonces, no es tanto qué cosa sea el cielo sino qué cosa es el amor.

En mis años mozos, y todavía no soy tan viejo, repetía -con mi mala memoria y con gran entusiasmo en mis clases- estos versos impagables de Garcilaso.
Divina Elisa, pues agora el cielo
con inmortales pies pisas y mides,
y su mudanza ves, estando queda,
¿por qué de mí te olvidas y no pides
que se apresure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
y en la tercera rueda,
contigo mano a mano,
busquemos otro llano,
busquemos otros montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos,
donde descanse y siempre pueda verte
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte?
Esta estancia, así se llama este tipo de estrofa, es la anteúltima de la inimitable Égloga I de Garcilaso de la Vega. Es de una belleza mayor. Y parece difícil que en 14 versos alguien pueda incluir tanto asunto y tan condensado como elegante.

Sin miedo y sobresalto de perderte, dice el poeta, algo que también pudo haber querido decir Orfeo. Sin embargo Garcilaso va por otra vía: Estar ambos allí donde tú estás agora, sobre esa tercera rueda, que es el tercer cielo, sin sobresalto de perderte. No aquí en este valle. Allí. Mano a mano contigo en otro llano, otros montes, otros ríos, otros valles. Otros, no los de aquí. Y allí descanse y te tenga ante mis ojos sin miedo de perderte. Porque estamos allí. Y no aquí, que es estar entre lo vario y mudable que se mueve bajo el primer cielo que es el de la luna. Porque allí, en el empíreo, se ven las mudanzas estando uno quedo. Pero de este lado del mundo no quedan quedas las cosas. Y muchas veces desaparecen de sólo mirarlas.

Dicen, yo no lo aseguraría del todo, que este canto del pastor Nemoroso a Elisa, en la Égloga I, está dedicado a una portuguesa, Isabel Freyre, a la que Gracilaso nunca pudo tener ante sus ojos, pues dicen que era tan bonita como le era esquiva, y era muy bonita. Dicen más: que la Galatea que parece renuente a su enamorado Salicio en la primera parte del poema es la Isabel esquiva, y esta Elisa es la misma Isabel pero ya muerta, que finó a edad temprana para terrible desconsuelo del enamorado. Y he allí otra mujer que se va para ya no ser vista en estas márgenes.

Algunos, en voz más baja, aseguran que en realidad son para la esposa de su hermano, Pedro Lasso de la Vega, otra bonita portuguesa: Beatriz de Sá (ay con las Beatrices...), a la que por cierto a Garcilaso sólo le quedaría esperar verla en la tercera rueda...

Como quiera que fuere, y haya sido Isabel o Beatriz, ese será un amor si acaso consumado en la tercera rueda del mundo, allá en el cielo inmutable, allí mismo donde a Dante lo espera otra Beatrice, mujer que, dicho sea de paso, tampoco estuvo jamás mano a mano con Alighieri en la tierra, si le creemos al florentino y a sus biógrafos.

Pero otra vez, ahora con Garcilaso, estamos entre el cielo y la tierra. Ahora yendo de aquí hacia allá, en ese tráfico incesante entre este mundo y el otro cuando de amores se trata. Y amores, dije. No simplemente amor, con r de amor romántico.

Tal vez haya algo más aún. Porque desde aquí, me parece y sin ser por ello caprichoso, se puede ir sin duelo a unos versos del segrer gallego Bernal de Bonaval, que ya mencioné hace varios años, y que aparecen cantados por Amancio Prada, con la música que él les puso.



Por compleja que se vuelva la madeja con todos estos hilos, no se me hace que sean tan distintos, en cierto sentido, los lamentos de aquel Orfeo tracio de los de este Bernal gallego.

Ambos le pelean a la muerte la visión, siquiera la visión, de la amada. A dona que eu amo, que dice Bernal y la Eurídice de Orfeo están de algún modo ambas en manos de un dios que puede mostrarlas -o no- a sus respectivos amados. Y de no hacerlo, ambos sienten, quieren, piden morir. Ni siquiera están muy lejos Garcilaso, Bernal y Orfeo.

La visión y la posesión de la amada o la muerte. La muerte o la ausencia de la amada y la esperanza de cielo. Asuntos complementarios, parecen. O partes de un continuum, propio de los amores y del Amor en este valle, siempre transitando entre las cosas de arriba y las abajo. Mostrando que las de abajo nunca están del todo completas y seguras, y que nunca lo están sin las de arriba; subrayando siempre que la más mínima distracción, y mucho más la mera contingencia, las puede volver humo y cenizas, desvanecerlas en el aire, como a Eurídice.

Y hasta parece cierto que a veces la mera visión a destiempo de lo amado en este valle lo vuelve inhallable, inalcanzable, salvo en el mundo del tercer cielo.

Y a veces, tal vez, ni siquiera allí. Y todo ello con sus secuelas, que son no pocas y bien interesantes, viera usted.

Porque, por ejemplo, allí está también el caso de la mujer de Lot –ésa que no tiene nombre en las Escrituras, aunque la tradición oral judía suele llamar Yrit–, que es un caso que se ha asociado en algo y bastante naturalmente al de Eurídice. La sal inherte, la sombra evanescente.

Pero, por ahora, esto es suficiente para mí.

¿Y cuándo voy a hablar de religión y de política?, me pregunta usted.

¿De veras? ¿Y de qué cree que estuve hablando hasta ahora?

domingo, 4 de octubre de 2009

Che farò senza Euridice (II)

Lindo el campo surero. Linda la tarde fresca en las rutas del suroeste si uno va pensando en la muerte de Eurídice. O en las muertes, sin más. O en la vida.

Y están esas sierras, unas bajas, otras recortadas al fondo fingiendo altura; muchas lomas de nada, algunas. Pero suaves a la vista y serenas.

El cielo que se va apagando en ese rosado levemente presuntuoso, y se rinde al final en esos anaranjados de fuego, después; y más después todavía acarminándose concentrado en un punto más o menos oeste, hasta morir en flamas de ese amarillo tibio de la tarde a campo abierto.

Animales mansos ramoneando la vida, por todas partes. Choiques de cría, unos pocos; tres llamas para lana; ovejas según la zona. Pocos caballos. Canteras ocres, piedras calizas, pastos grises, dorados, verdes de agua reciente. Silencio de aire fresco, de pampa. A mitad camino, una parada en medio de la nada del mundo, viendo crecer un aire y verlo hacerse viento.

Lindo el campo surero.

Uno, claro, va cansado y vuelve más. Pero mirar, mira. Y ver, ve. Oye. Y más adentro. Y algo afuera.

Y se me dio por no dar vuelta la cabeza. Como le mandaron hacer a Orfeo. No mirar a la Eurídice de la vida. O mejor dicho, a la vida Eurídice que cada quien tiene. Y, todavía más exactamente, entrecerrar los ojos para pensar en la vida como en Eurídice y en Eurídice como en asuntos de esta vida.

Porque, amigo mío, Eurídice apenas si es una mujer. Y se me ocurre que mucho más es algo, de lo que la mujer y el amor a la mujer quizá sólo sean un signo; un signo fuerte en el mito, aunque no tan poderoso como lo que tal vez haya –si tengo algo de razón– detrás de la mujer Eurídice.

Impresionante y doloroso le habrá sido al Orfeo del mito ver deshacerse ante los ojos a la mujer amada, lastimosamente muerta antes y trabajosamente recuperada del Averno después, y esto nada más que porque los dioses se encantaron con los conmovedores lamentos líricos de Orfeo, oyendo con piedad y emoción lo que él mejor sabía hacer.

Así fue entonces que le dieron la ocasión de ir a buscarla, descender a los infiernos y llevarla a la luz del día y recobrarla. Pudo volver del reino subterráneo para verla viva otra vez, resucitada, y ya no perderla. La única condición que le impusieron había sido no mirarla siquiera sino hasta que estuviera por completo fuera del Hades. Sólo y apenas un pie en los reinos oscuros tenía todavía Eurídice cuando Orfeo se dio vuelta y, todo a la vez, la vio y dejó de verla para siempre. Terrible asunto, sí. Aunque no puedo negar que me gusta pensar que al Orfeo tracio de verdad le fue más doloroso todavía, si acaso le pasó algo así o parecidamente así, que bien puede pasar.

Pero. Me inclino a mirar el asunto de otra suerte. ¿Usted dice que Eurídice no es una mujer? No, no dije que no fuera. Digo que, me parece, en el mito Eurídice es al menos un mujer, no sólo; digo que es además una mujer, pero, a mi sabor, es principalmente otra cosa.

Como en círculos concéntricos, creo ver que el primero y más exterior -la carne del mito, digamos- es la mujer Eurídice. Y todo el asunto tiene allí un sentido homogéneo. Basta pensar en ella como una mujer amadora y amada, basta ver el amor de Orfeo, las circunstancias, la trama de ese primer círculo, y la historia se cuenta sola. Tanto y sola que el asunto encantó a muchos desde el comienzo. Pero, creo, esa es la carne del mito. Como su materia.

Detrás de esa apariencia, hay otro círculo que con los mismos materiales bien puede referirse a otra cosa.

Por cierto que lo que es símbolo o mito, puede entenderse en capas diversas e impregnar sentidos complementarios unos de otros que encastran y se traban entre sí.

Como si dijera que, en la medida en que el amor a una mujer es emblema de amores, bien pueden otros amores están simbolizados en ese amor. Y entonces, así, el amor a una mujer no es el amor mayor, aunque en ella se cifra el amor mayor. En la misma medida en que, creo, el amor puede ser el emblema de otras uniones, de otras consubstanciaciones. Así como la fidelidad a una mujer es más que a una mujer, el amor a una mujer es más que a esa precisa mujer, o a una genérica mujer.

Y eso querrá decir entonces que habrá que ver el amor no sólo como lo que se nos aparece siendo, aunque al menos como lo que se nos parece siendo. Y así, hasta la política tendrá que verse como amor, por raro que parezca, fíjese lo que le digo.

A la vez, en mi caletre arrasado por las tierras y las luces sureras, pensaba entonces que la música y la poesía que Orfeo sabía como pocos, no eran en el mito solamente la mención de dotes encantadoras del buen Orfeo. Aunque hay versiones distintas, la historia dice también acerca del fin de Orfeo y la relación de ese fin con la música y la poesía que bien se sabía.

Sin necesidad de ponerme órfico, pensaba entonces en Orfeo a la vez como un arquetipo y un hombre a la vez. Con lo que Eurídice corría suerte pareja a la de su amador.

El paisaje abierto puede hacer eso con la mirada. Permite que uno extienda el asunto todo a lo largo y ancho y alto del campo y el cielo, sin tiempo ni apuro.

Claro, eso si acaso no oscurece antes, casi de repente, y se queda uno como en los abismos de Eurídice, suspendiendo la mirada con precaución y temblor, para que tampoco se deshaga la visión de lo que uno va mascullando, así como se deshizo la enamorada de Orfeo con sólo verla antes de que saliera de los abismos, mitad sombra, mitad luz.

Pero, al fin, me digo: ¿qué apuro hay?

En un poco de tiempo más, habrá tiempo surero para otro tanto, si es que uno tiene todavía esas cosas en la sesera. Y en el corazón.

Con miles de años en las espaldas, ¿quién piensa en resolver a las corridas las cosas del cielo y de la tierra y los abismos, mientras vaga por las tierras del sur en este mundo sublunar?

Yo no, le anticipo.

viernes, 2 de octubre de 2009

Che farò senza Euridice

No sé cuántas versiones hay de esta aria de Orfeo y Eurídice del alemán Christoph Willibald Gluck, sobre unos versos que compuso para el libreto el poeta Rainiero de Cazalbigi, que modificó el mito original siguiendo a Ovidio, para darle al asunto final feliz.

No sólo hay decenas de versiones: las hay para toda suerte de voces y registros, varones y mujeres, tenores, contraltos, contratenores.

En mis años jóvenes me aficioné a una versión de Pavarotti, claro. Pero con el tiempo incorporé más de una docena de voces distintas, con sus más y sus menos y no porque la de Luciano no me gustara. Así, también y de paso, tuve tiempo en estos años para mirar con más atención a Orfeo.

Veamos la música.

Ahí está, para empezar por alguien, el modo como lo dice Michael Chance, por ejemplo, un contratenor.





O Andreas Scholl, más depurado dicen y más grave, aunque también él contratenor.





Pero, también y no puedo omitirla, está la fabulosa Teresa Berganza.





Y, si ya estoy aquí, entonces cómo no voy a recordar al mítico Tito Schipa. Dicen que no tenía voz. Claro. Pero le da una naturalidad al lamento de Orfeo, que al final resulta tal vez bastante más creíble que el virtuosismo de otros, o casi. Por lo menos, a mi gusto.






Pero.

Finalmente, y bastante más allá de Gluck, está el poderoso mito de Orfeo y Eurídice.

No ahora, no. No mientras viajo y ando por allí y más allá, en otros asuntos que ni a Platón, ni a Virgilio, ni a Ovidio, ni a nadie como la gente le interesarían tanto como lo que les interesó el asunto de Orfeo.

Eso vendrá otro día, si cuadra, con más tiempo. Orfeo, entretanto, sigue cantando su lamento sobre la muerte de Eurídice.

Ay, muchacho… Como si para Orfeo todo el asunto fuera la muerte de Eurídice, que no es poco, pero...

En fin, no me hagan hablar.