sábado, 31 de mayo de 2025

Lo que amamos al amar





Tengo esta foto hace muchos años.

Gilbert y Frances.

No tengo que describir lo que están viendo: lo están viendo.

Basta mirar, tomarse el tiempo para ver lo que uno está mirando. Detalles, una sinfonía de detalles.

Es curioso, basta un poco de imaginación para nada forzada para darnos cuenta de que lo que estamos mirando es lo mismo que miraba Frances, lo mismo que miraba Gilbert. A diario, a cada momento.

Pero.

Creo que no vemos lo mismo que ellos veían. Y, a la vez, tal vez podamos ver algo que ellos no podían ver.

Deténganse en Gilbert, su aspecto desaliñado, su volumen, su enormidad, su atuendo, su mirada de hombre perplejo y sorprendido. Su mirada más hacia adentro que hacia afuera y sin embargo completamente abierta, su tormenta de pelos que anuncia un viento de ideas e imaginaciones para nada desaliñadas. Su brazo en cabestrillo, su cigarro casi displicente.

Deténganse en Frances, su pulcritud serena, su elegancia simple, sus manos finas y firmes, los íntimos gatos. Su estatura. Su mirada benévolamente pícara, como reconcentrada pero perspicaz. Sonriente apenas. Complacida. Su comodidad sin sumisión, su aspecto dominante con dominio feliz y amoroso, junto a la mole insólita, rota, despeinada, perpleja con perplejidad casi infantil.

El conjunto es dispar. Pero el conjunto patente es una conjunción curiosamente manifiesta. Su misma distancia explica misteriosamente su cercanía. Su disparidad exige una pregunta inquisitiva sobre su paridad.

Sin embargo. 

¿Quién de los dos parece estar a punto de tomar la palabra? ¿Quién parece atento a lo que el otro dirá, querrá, pedirá? ¿Quién parece al cuidado de quién?

¿Verían ellos esa disparidad que vemos por evidente? ¿O verían solamente una paridad, que también vemos pero que nos resulta misteriosa?

¿Qué amaron al amarse?

Porque grandemente se amaron durante tanto tiempo. Aun cuando uno de ellos se adelantara a morir, el amor supérstite, y doliente, seguía joven en el otro.

Hace años que miro esa fotografía. Estoy enamorado de esa disparidad que suena concertada y sinfónica y no puedo dejar de mirar y ver lo que miro y veo allí.

¿Cómo un alma enorme y vivaz como la de Gilbert cabe en la aparente pequeñez de Frances? ¿Cómo es que ella con su esmirriada figura llenó cada rincón de aquello enorme? ¿Será que ella era inmensa y él pequeño –y puro– como un niño? ¿Será que ella fue la catedral en la que cabía sobradamente el alma evangélicamente niña de la mole?

Tengo todavía preguntas como para seguir mirando esa fotografía hasta el fin de mis días. Y el mismo tiempo para ensayar respuestas que me digan alguna vez qué amaron al amarse.

Porque lo que amamos al amar es así de misterioso.

Y cuando nos enfrentamos a una paridad en la disparidad como parece ser esta, más aún.

Y se nos da por hacer silencio y seguir mirando a ver si vemos.

Y creo que, mirando en ellos ese misterio, tratamos inevitablemente de ver el misterio de nuestros propios amores.

Y ver, en nuestro amor, qué amamos al amar.