La ciudad de Buenos Aires es burguesa. Ciudad del Plata y de la plata, casi como el país, que diría Castellani.
Pero su burguesía, su aburguesamiento, es poco menos que congénito. Ciudad contrabandista y, como puerto, algo prostituida y fascinada por las novedades del mundo. Tilinga, avariciosa, déspota con el despotismo mediocre de una aristocracia que apenas si tiene raíz en el dinero. Y cosas así. Porque ese es el núcleo duro de la ciudad. Hay más cosas, sí. Y hasta cosas y gentes distintas. Pero en su tono general, los porteños siguen el patrón. Y siguen al patrón, al providente que les asegure su concepto burgués de la vida. Y su aburguesamiento.
Pero su burguesía, su aburguesamiento, es poco menos que congénito. Ciudad contrabandista y, como puerto, algo prostituida y fascinada por las novedades del mundo. Tilinga, avariciosa, déspota con el despotismo mediocre de una aristocracia que apenas si tiene raíz en el dinero. Y cosas así. Porque ese es el núcleo duro de la ciudad. Hay más cosas, sí. Y hasta cosas y gentes distintas. Pero en su tono general, los porteños siguen el patrón. Y siguen al patrón, al providente que les asegure su concepto burgués de la vida. Y su aburguesamiento.
Dos que supieron eso muy temprano y lo sufrieron: José de San Martín y Manuel Belgrano.
Pero no es sólo burguesa en cuanto a los bienes de este mundo. También lo es fuertemente en cuanto a las ideas de este mundo. Buenos Aires es progresista: progre, para que se entienda mejor. Bascula en ocasiones entre sus dos notas dominantes: a veces más progre que burguesa, a veces más burguesa que progre. Pero de ahí no sale. Y ahí se queda. Y cuando encuentra en algo las dos cosas juntas, Buenos Aires se apoltrona cómodamente y se toma un whisky. O un café o un mate. Porque eso le calma los nervios a gentes de todos o casi todos los escalones sociales. Lo demás son matices que dependen, precisamente, de que las dos notas "atraviesan", como dice la neojerga, todas las clases.
Creo que si uno pasa por este tamiz a la dirigencia política (no sólo a ella, pero ahora es ella la que cuenta), verá que el menú no se aleja de estas dos notas. Y que en sus historias políticas las dos notas son dominantes. Populismo o anarcocapitalismo no cuentan porque son apenas especies de los mismos géneros dominantes.
Se que algunos dirán que Juan Manuel Olmos, Juan Manuel Abal Medina o Leandro Santoro no son lo mismo que Javier Milei, Santiago Caputo y Manuel Adorni o que Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y Silvia Lospennato.
Y diré que en parte me enternece el voluntarismo y la inocencia de quienes lo digan.
No es cuestión de dar por buenos los posicionamientos oportunos de cada quien en distintos momentos. Es la matriz lo que importa. La matriz que sale a relucir en sus proyectos, en sus discursos, en sus acciones.
Al final, todo eso explica los números de las preferencias porteñas. No de una u otra elección. De todas o de casisimísimas todas.
Desde donde lo estoy mirando, los nombres de las listas de candidatos y el favor que obtengan entre los porteños, no me cambia demasiado.
Más allá de sus legajos, de sus miserias o trayectorias personales, los tres candidatos más votados en la última elección porteña, gozan de las dos notas dominantes.
En medidas diversas, en asuntos diversos.
Pero de la guita y el progresismo no se mueven.
Las dos mismas notas.
La misma honda matriz en pensamiento, palabra, obra u omisión.