Cuando un italiano pronuncia gattopardo, en primer lugar se figura un animal, un gran felino. Básicamente un leopardo, aunque guerrean los traductores entre el guepardo (cheettah, para los anglos), la onza. No le hace: un gran felino con la piel moteada, como este leopardo y este guepardo que se enfrentan en la ilustración. Cierto, cada uno de ellos tiene características distintas, la fuerza, la velocidad, la agilidad, la astucia cazadora, la mirada nerviosa o calmadamente escrutadora, y así.
En una serie nueva, que traduce a su modo el único libro publicado por Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, coronando el arco de entrada de la villa solariega de Fabrizio Cordera, príncipe de Salina, en Sicilia, hay una escultura en piedra de un gattopardo al acecho. También está en el escudo de los Corbera, rampante, que aparece en hartas ediciones de Il Gattopardo, en todos los formatos imaginables, formalmente heráldicos o casi paródicos.
Muy bien.
De nada de esto quiero hablar ahora, aunque hay decenas de asuntos allí, muy apropiados para tiempos como los de hoy día.
Me interesa en cambio una cuestión: de cómo gatopardo reemplazó a gattopardo.
Es decir, de cómo una actitud reemplazó a un leopardo.
La exégesis de la substitución es delicada, y más hoy. No sé cuántos conocían y habían leído la novela de 1958 antes de seguir los capítulos de la serie. Y lo digo porque hay matices en el guión, creo, que no responden exactamente al talante de la novela.
Es decir, de cómo una actitud reemplazó a un leopardo.
La exégesis de la substitución es delicada, y más hoy. No sé cuántos conocían y habían leído la novela de 1958 antes de seguir los capítulos de la serie. Y lo digo porque hay matices en el guión, creo, que no responden exactamente al talante de la novela.
La intención del autor ciertamente que está en línea con la suerte semántica que terminó corriendo gattopardo hasta volverse la matriz del gatopardismo. Lo deja claro la elección de la época y de la circunstancia que es el centro de la narración: la unificación de Italia que llega a Sicilia de la mano de José Garibaldi, alrededor de 1860, y la actitud de, principalmente, una parte importante de la nobleza isleña ante la nueva realidad. Quiero decir que no es que eso no esté en las líneas principales de la novela, sino que hay más que eso en la figura de il gattopardo.
Pero pienso, finalmente, que la carga simbólica que puso el autor de la novela en il gattopardo, como figura y no como adjetivo en primer lugar, se hace más lineal y explícita, no sólo en la serie, sino mucho antes, cuando la palabra empezó a correr. Tal vez esa carga simbólica fue más potente en épocas de mayor dominio de las realidades superpuestas que hay en las cosas.
En la Commedia, por caso, Dante Alighieri, antes de comenzar de la mano de Virgilio su descenso a los infiernos, enfrenta en la selva oscura a tres animales: precisamente a una onza, y a un león y una loba: lujuria, ambición de poder y avaricia, respectivamente. Pero no traduce el símbolo de cada animal, sino veladamente en el caso de la loba (por razones tanto personales, como polítícas y eclesiásticas de sus días).
Grita demasiado el símbolo en el caso de la substitución de il gattopardo por gatopardismo, hasta que ese significado hace que se pierda cualidad cuando se hace explícito en un sólo aspecto. E, insisto, es una muestra de la debilidad simbólica contemporánea. Entre otras cosas, porque es improbable que la realidad del felino transporte simbólicamente a la realidad del oportunista. Pero hay algo más. Il gattopardo felino es más que un símbolo del oportunista acomodaticio que acepta que las cosas cambien siempre y cuando no cambie nada. Y ese algo más se pierde con la traducción inmediata ya entre el felino y el oportunista acomodaticio en beneficio propio. Y todo eso cuando todavía falta escrutar en qué sentido un leopardo es oportunista, como para que de una cosa se siga la otra.
Creo que Fabrizio Cordera, príncipe de Salina, al fin de cuentas, es il gattopardo por más razones que la mera voluntad de acomodarse a la suerte de la historia en beneficio propio.