jueves, 15 de mayo de 2025

Sobre gatos y liebres




Uno de los defectos profesionales de quienes enseñamos el arte de la Retórica o la filosofía del Lenguaje, es que, sin querer, tenemos el hábito de analizar las expresiones que oímos. Y, para ese entendimiento de lo que se oye (o nos están diciendo), aplicamos lo que se nos ha enseñado y hemos aprendido, que en buena medida ya forma parte de nuestros juicios, con naturalidad, precisamente porque es un hábito.

En estos días, especialmente, esa pasión por entender lo que se dice, viendo cómo se dice, tuvo materia como para hartarse.

Quiero poner un ejemplo breve de las "herramientas" de las que –espontáneamente o según el arte– se vale la inteligencia para entender lo que se dice. Y también para componer lo que uno mismo dirá.

En el Arte de la Retórica, Aristóteles da una definición de virtud y de lo noble, para uso argumental en los discursos de género demostrativo o epidíctico. Inmediatamente, enumera las partes de la virtud y las define; después agrupa una serie de ejemplos respecto de qué es noble y honesto y por qué. Al final, hace estas consideraciones sobre el uso de las virtudes en la argumentación, que dejo más abajo. 

Hay que advertir lo que dice al principio de este párrafo, es decir, que estas instrucciones de uso, son válidas tanto para alabar como para vituperar, lo que quiere decir que con estos consejos puede, el que habla o razona, elaborar su discurso o defenderse de otra argumentación, porque hay una velada advertencia en este breve texto que dejo. Y una salvedad importante: Aristóteles insiste con que el arte sirve para argumentar sobre contrarios opuestos, pero no porque sea indiferente cualquier posición que uno adopte, sino que sólo lo justo, lo noble, lo verdadero y lo prudente merecen defensa, mientras que de sus opuestos uno debe defenderse y por lo mismo debe aprender cómo.

Veamos este breve texto (Retórica, Libro I, Parte I, cap. 9):

Pero tanto para alabar como para vituperar, conviene tomar también lo que está próximo a la realidad, como si se identificase con ello. Por ejemplo, representar al precavido como calculador e intrigante; al simple como bueno y al insensible como manso. Es decir, que siempre hay que atribuir cada una de las cualidades semejantes según lo que más convenga. Por ejemplo, presentar al iracundo y al furioso como francos; y al arrogante como de gran altura y distinción; a los que se exceden en algo, como si poseyesen las virtudes correspondientes; por ejemplo, al audaz como valeroso y al pródigo como liberal y magnificente. Pues esto es lo que creerá la mayor parte de los hombres, y al mismo tiempo equivaldrá a un razonamiento capcioso, a un paralogismo, derivado de la causa. Porque, si no siendo necesario, está alguien dispuesto a afrontar el peligro, mucho más parecerá estarlo cuando se trate de algo honesto; y si está dispuesto a dar a cualquiera, también lo estará a dar a los amigos, pues la excelencia de la virtud consiste en hacer bien a todos. 

Lee o relee uno estas líneas y ve allí el identikit de un político, de un periodista, o de cualquiera que tome la palabra para ensalzar o denostar a otro. Y cualquiera es cualquiera: desde un director técnico hasta un obispo (o cardenal). Y lo que está leyendo allí es algo elaborado en el siglo IV antes de Cristo.

Así que por pillos o sofisticados o sutiles que se autoperciban los que así discursean, no han alumbrado nada original.

Si me preguntan (y ahora me pongo la gorra... de profesor), creo que es un ejercicio crítico muy útil: 1. la observación de lo que se dice y la detección de estos recursos que llegan a hacer pasar gato por liebre; 2. probar de hacer pasar uno mismo gato por liebre, como entrenamiento honesto y defensivo, dándole un nombre virtuoso a algo infame. Para hacerlo más fácil a los ejercitantes, dejo algunos ejemplos (que no pueden usar en el ejercicio): llamar héroes a empresarios tránsfugas y especuladores; llamar comprometido a un cura que dejó de lado la raíz de su ministerio para ser dirigente político y social; llamar jóvenes idealistas a guerrilleros asesinos de inocentes; llamar defensor de la libertad a un gorila que defiende la libertad, sobre todo de un zorro en un gallinero. Y cosas así.  

Si se animan, buena suerte.