lunes, 16 de agosto de 2004

Me acicatea un lector. Y veo que no puede quedar así como así aquello de Mitre sobre que:

"Mejor es reconciliar los antagonismos por el amor y por la necesidad de vivir juntos y unidos, que hacer fermentar los odios..."
con lo que amonestaba a José Hernández por el Martín Fierro, en 1879.

Y cómo no: Juntos y unidos, reconciliar antagonismos por el amor...

El problema es que Mitre nunca hizo otra cosa sino lo contrario de lo que dice: las matanzas de caudillos, la cruel "guerra de policía" contra el gauchaje, la intervención en la Banda Oriental, la infame Guerra del Paraguay. Solo, con sus partidarios o usando de las traiciones y venalidades de otros, como las del propio Justo de Urquiza.

Convengamos en que Hernández no era un gran político, y, hasta donde conocemos su obra literaria y periodística, nada en ella tiene siquiera parecido con la calidad del Martín Fierro, especialmente en la Primera Parte, la de 1872.

Fue escrita en pleno triunfo del mitrismo, tras diez años terribles después de la batalla de Pavón, donde Buenos Aires y el porteñismo se alzan con el poder que buscaban. Y allí sale a la luz el poema como un fuerte alegato.

Y como respuesta literaria de lo que queda de los federales a las acciones de los unitarios y liberales, encabezados por el mismo Mitre y con Sarmiento como ariete (aunque, a juzgar por sus artículos y escritos de los dos últimos dos años de su vida, a partir de 1886, Sarmiento no se ufanaba, antes bien se lamentaba, del triunfo liberal).


"Mejor que entenderse con el animal de Peñaloza es voltearlo, aunque cueste un poco más. Aprovechemos la oportunidad de los caudillos que quieren suicidarse, para ayudarlos a bien morir..." (Carta de Bartolomé Mitre a Marcos Paz, el 10 de enero de 1862)
"He aplaudido la medida (del asesinato de Peñaloza), precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro, y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían inquietado en seis meses". (Carta de Domingo F. Sarmiento a Bartomolé Mitre, del 18 de noviembre de 1863)
"El candidato es el Partido Liberal... Eliminando candidaturas del calibre de la de Urquiza, es como yo entiendo que puede y debe hacerse una elección libre". (Bartolomé Mitre en su Carta de Tuyú Cué, del 28 de noviembre de 1867)
"Necesito ir a las provincias, usted sabe mi doctrina. Los candidatos están hechos de antemano... No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de humano..." (Carta de Sarmiento a Mitre, del 20 de septiembre de 1861)

Todo un programa de reconciliación y unidad.

En realidad, muy buena parte de todo esto pendía de la prédica de Juan Bautista Alberdi.


"Necesitamos cambiar nuestras gentes incapaces de libertad por otras gentes más hábiles para ella. Con tres millones de indígenas, cristianos y católicos, no realizaréis la República, ciertamente. No la realizaréis tampoco con cuatro millones de Españoles peninsulares, porque el Español puro es incapaz de realizarla, allá o acá. Si hemos de componer nuestra población para nuestro sistema de gobierno, si ha de sernos posible hacer la población para el sistema proclamado que el sistema para la población, es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona. Ella está identificada al vapor, al comercio y a la libertad, y nos será imposible radicar estas cosas entre nosotros sin la cooperación activa de esta raza de progreso y civilización. Esta necesidad es anterior a todas y base de todas. La América del Sud posee un ejército a este fin, y es el encanto que sus hermosas y amables mujeres recibieron del cielo andaluz, mejorado por el cielo espléndido del Nuevo Mundo. Removed los impedimentos inmorales que hacen estéril el poder del bello americano, y tendréis realizado el cambio de nuestra raza. Crucemos con ella (con la raza anglosajona) nuestro pueblo oriental y poético de origen: le daremos la aptitud del progreso y de la libertad práctica". (Las Bases, capítulo XXX)

Lo cierto es que Hernández, a partir del segundo Martín Fierro, el de 1879, se echa atrás, algunos dicen que porque entró a la masonería. Se reconcilia con Sarmiento -quien le ofrece algunos cargos- y con Mitre, a quienes prodiga elogios. Hay quienes creen que la acción constante del poder del mitrismo, y después de Julio Argentino Roca, fue la causa que minó las resistencias.
Otros, en cambio, tal vez más atentos a los escritos del propio Hernández, sostienen que los federales se cansaron de pelear.

Martín Fierro quedó, sin embargo.

Tal y como se lo lee. De lo demás, pocos o casi nadie se acuerda. Aunque en estas cuestiones no andemos hoy muy distinto a lo que entonces, bien que más decadentes.

Pero, en materia de signos (aunque todavía gobiernan Mitre, Sarmiento, Roca y Alberdi), y con todo y eso, yo no sé, pero no debería de causarles gracia a los liberales que, por ejemplo, a cada rubio anglosajón de visita por el país se le regale un ejemplar del poema, como recuerdo de lo que es la Argentina.

domingo, 15 de agosto de 2004

"Más tarde vi nuevamente a los Apóstoles y a los discípulos en oración, en torno al lecho. El rostro de María estaba despejado y sonriente, como en los tiempos de su juventud. Sus ojos, llenos de una alegría santa, estaban vueltos hacia el cielo. Vi entonces un cuadro maravillosamente conmovedor.
El techo de la celda de María había desaparecido; la lámpara se hallaba suspendida en el aire; a través del cielo abierto vi el interior de la Jerusalén celeste. De aquel cielo bajaron como dos nubes brillantes en las que se veían innumerables caras de ángeles, entre las cuales, una ruta luminosa se dirigía hacia la Santísima Virgen. Vi subir desde María hasta la Jerusalén celeste algo como una montaña de luz. La Virgen tendió los brazos hacia aquel lado con un deseo infinito, y su cuerpo alzado en el aire y suspendido encima de su lecho de modo que podía verse debajo. Vi a su alma bajo la forma de una pequeña figura luminosa, infinitamente pura, saliendo de su cuerpo con los brazos tendidos y alzándose sobre aquella ruta de luz que subía hasta el cielo. Los dos coros de ángeles que estaban en las nubes se reunieron debajo de su alma y la separaron del cuerpo, el cual, en el momento de esta separación, volvió a caer sobre la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho. Mi mirada, que seguía el alma de María, la vio entrar en la Jerusalén celestial, y llegar hasta el trono de la Santísima Trinidad. Vi a un gran número de almas, entre las cuales reconocí a varios patriarcas, como también a Joaquín, Ana, José, Isabel, Zacarías y Juan Bautista, quienes vinieron a su encuentro con una alegría respetuosa. María voló a través de todos ellos hasta llegar al trono de Dios y de su Hijo, quien, haciendo resplandecer, por encima de todo, la luz que brotaba de sus heridas, la recibió con un divino amor, le presentó algo así como un cetro y le mostró la tierra a sus pies, como si le confiara un poder particular. La vi entrar en esta forma en la gloria, y olvidé todo lo que se mostraba a su alrededor sobre la tierra. Algunos de los Apóstoles, sobre todo Juan y Pedro, debieron de ver todo esto, pues tenían sus ojos fijos en el cielo. Los demás estaban, en su mayor parte, posternados. Todo era luz y esplendor, como en el momento de la Ascensión de Jesucristo.
Vi, cosa que me alegró mucho, a un gran número de almas liberadas del purgatorio, seguir al alma de María cuando entró en el cielo. Hoy también, en el día de la conmemoración que celebra la Iglesia, vi entrar al cielo a muchas de esas pobres almas, entre ellas a varias que conocía. Recibí la seguridad consoladora de que todos los años, en el día del aniversario de la muerte de María, muchas almas de quienes le han rendido un culto particular, participan de los efectos de esta gracia.
Cuando miré de nuevo hacia la tierra vi resplandecer al cuerpo de la Santísima Virgen. Reposaba sobre su lecho con el rostro radiante, cerrados los ojos, y los brazos cruzados sobre el pecho. Los Apóstoles, las santas mujeres y los discípulos, arrodillados en torno suyo, oraban. Mientras yo miraba todo aquello, había en la naturaleza un concierto armonioso y reinaba una emoción, semejante a la que ya había percibido, en la noche de la Natividad. Supe que la hora de la muerte había sido la hora novena, como la del Salvador."


Ana Catalina Emmerich

jueves, 12 de agosto de 2004

Me acordé, a propósito de cuestiones políticas y de manoseos populares, de algunas otras cosas que, me parece, tienen raíces semejantes.

Y me encontré con dos textos, entre otros varios. Son de Leonardo Castellani, y de dos trabajos distintos: De Kierkegord a Tomás de Aquino, lo primero, y de El Evangelio de Jesucristo, lo segundo.

Creo que atinadamente, hace tiempo un amigo había juntado estos dos lugares, para referirlos a la despersonalización del hombre en nuestros días.

Claro que esto nos abre otros caminos. Y nos obliga a considerar lo político de otra muy distinta manera (casi al modo del propio Castellani).

¿Y por qué no? ¿Sería muy desacertado hablar de política y de amor al prójimo, al mismo tiempo? ¿O de política y de santidad? ¿Sí? ¿De veras? ¿Por?

El primer texto:

"¿Por qué "el pueblo" se convirtió en masa? Simplemente porque fueron destruidos los cauces. ¿Cuáles eran los cauces? Eran las instituciones, incluyendo a la misma natural e indestructible institución de la familia; en la cuales los hombres se ordenaban en función de sus diferencias. ¿Cómo se destruyeron? En nombre de la Igualdad".

Y el segundo:

"La santidad de la Iglesia es como una lejía: es una cosa dinámica y no estática: es un devenir, una lucha, una ascensión interminable. Aparentemente interminable, pero que termina. "He aquí que haré nuevos cielos y nueva tierra", dice Dios. Terminará la lucha un día. "Volveos Excepcionales lo mismo que vuestro Padre, el cual es ciudadano del cielo; vosotros no lo sois todavía. No seáis Masa, volveos Singulares, Diferentes, Individuos". En suma, "llegad a ser lo que sois, volveos Persona y no os resignéis a ser siempre Rebaño".

-¿Quién dijo eso?
-Jesucristo.
-Usted tergiversa. Jesucristo ¿no dijo por ventura: "Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto?"
-Sí. Así traduce la Vulgata.

Pero yo le aseguro categóricamente que estotra traducción no es infiel; y para nosotros los condenados a ser pisoteados por la bestialidad de la Masa, quizá sea mejor estotra de Jerónimo del Rey que la del mismísimo San Jerónimo. ¿Qué significa teleiois en griego? Vea cualquier diccionario: una cosa dinámica y no estática. Por tanto, haceos excepcionales, como vuestro Padre que está en los cielos es Único. Haced un esfuerzo para llegar a ser lo que sois, es decir Individuos; es decir, Únicos, es decir, Perfectos, es decir, Santos."

miércoles, 11 de agosto de 2004

"... Creo que Ud. ha abusado un poco del naturalismo, y que ha exagerado el colorido local, en los versos sin medida de que ha sembrado intencionalmente sus páginas, así como con ciertos barbarismos que no eran indispensables para poner el libro al alcance de todo el mundo levantando la inteligencia vulgar al nivel del lenguaje en que se expresan las ideas y los sentimientos comunes del hombre.
No estoy del todo conforme con su filosofía social, que deja en el fondo del alma una precipitada amargura sin el correctivo de la solidaridad social. Mejor es reconciliar los antagonismos por el amor y la necesidad de vivir juntos y unidos, que hacer fomentar los odios..."



Esto le escribió Bartolomé Mitre a José Hernández el 14 de abril de 1879, en ocasión de la aparición de la segunda parte del Martín Fierro.

(Me sorprende qué pocas comas usa Mitre...)

Ahora bien, si no le gustaba, no le gustaba. Pero si no entendía o no quería entender lo que dice la obra (obra mayor que Hernández, y no digo nada novedoso), eso ya es otra cosa.

Es cierto que Hernández y Mitre no se podían ver. Pero dejemos de lado las rencillas personales y hasta la omnipresente ideología.

En cualquier caso, me parece que el juicio prueba que no es necesario ser un ilustrado revolucionario de izquierda para ejercer el paternalismo popular. Aunque esta vez con el sesgo de que el zorro debe ser libre en el gallinero libre, como emblema liberal de la 'unión y libertad' de los hombres.

El párrafo, además, tal vez sirva de prueba incidental de que la miopía es un mal que suele atacar a las estatuas de bronce.
El amor al prójimo (III)

Estaba releyendo un opúsculo de Simone Weil, Reflexiones sobre el buen uso de los estudios esolares para el amor de Dios, para un curso.

Empieza con un párrafo seco y preciso, como es su estilo:

La clave de la comprensión cristiana de los estudios, es que la esencia de la plegaria es la atención. Es la orientación hacia Dios de toda la atención de que es capaz el alma. De la calidad de la atención depende en gran parte la calidad de la plegaria. La efusividad del corazón no puede suplirla.
Más adelante, y como al pasar (o no tanto), trae algunas líneas referidas al amor al prójimo.

ver

No sólo el amor a Dios tiene por sustancia la atención. El amor al prójimo, amor que, como sabemos, es el mismo amor, está hecho de la misma sustancia. Los desgraciados no necesitan otra cosa en este mundo que hombres capaces de prestarles atención. La capacidad de prestar atención a un desgraciado es algo muy raro, muy difícil, casi un milagro. Casi todos los que creen tener esta capacidad no la tienen. El ardor, el impulso del corazón, la piedad, no bastan.

En la primera leyenda del Graal se dice que el Graal, piedra milagrosa que por virtud de la hostia consagrada sacia toda hambre, pertenece al primero que diga al guardián de la piedra, un rey casi paralítico por una dolorosa herida: "¿cuál es tu tormento?"

La plenitud del amor al prójimo es sencillamente ser capaz de preguntarle: "¿cuál es tu tormento?" Es saber que el desgraciado existe, no como una unidad en una colección, como un ejemplar de la categoría social rotulada "desgraciados", sino en tanto hombre, exactamente análogo a nosotros, que un día fue herido con la marca inimitable de la desgracia. Para ello es suficiente, pero indispensable, saber dirigirle cierta mirada.

Esta mirada es ante todo una mirada atenta, en que el alma se vacía de todo contenido propio para recibir en sí misma al ser que mira tal cual es, en toda su verdad. Sólo es capaz de ello quien es capaz de atención.


Lo destacado en el último párrafo está en relación con otra cuestión capital en Simone Weil, como es su visión respecto de la Iglesia Católica y la vida intelectual. De esto, especialmente en sus últimos tiempos, habló mucho.

Ya se ha dicho no poco al respecto. De modo que algo más se podrá decir. El asunto es delicado, espinoso y está lleno de filigranas. Y, si no me equivoco, está en relación directa con la cuestión del amor al projimo. Y no sólo con la vida de la Iglesia y la vida del espíritu, tal como las veía y vivía Weil.

Algo más se podrá decir, insisto. Pero no será esta vez.

martes, 10 de agosto de 2004

Hagámosle un poco de justicia a España, al fin de cuentas.
Estoy oyendo flamenco y canciones gitanas.
Populares, claro. Ni el autor conozco(*) (si alguno sabe quién las compuso, mi disco no lo dice...)

Esta la canta Carmen Flores.

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La Rosa y el Viento

En la Alhambra había una rosa
más bonita que ninguna:
la blancura de las fuentes
envidiaba su blancura.

De noche, cuando la Alhambra
se iba vistiendo de luna,
bajaba el viento a Granada
en busca de su hermosura.

La rosa se distraía
oyendo los surtidores,
mientras el viento gemía
de amor en los miradores.

Ay, mi rosa de la Alhambra,
rosa de la morería,
haré lo que tú me mandes
con tal de que seas mía.
Manda repicar campanas
y yo las repicaré,
manda que se seque el barro
y no volverá a correr:
Pero, por amor de Dios,
Pero, por amor de Dios,
no mandes que no te quiera
porque eso no puedo yo.

Pasó la reina una tarde
a la vera de la rosa.
Si la rosa era de nieve
la reina era más hermosa.

Y cortándola del tallo
con mano de terciopelo
en un arfilé de plata
se la prendió sobre el pelo.

Y por la noche, en la Alhambra,
mientras la rosa moría,
llorando en los arrayanes
el viento triste decía:

Ay, mi rosa de la Alhambra,
rosa de la morería,
haré lo que tú me mandes
con tal de que seas mía.
Manda repicar campanas
y yo las repicaré,
manda que se seque el barro
y no volverá a correr:
Pero, por amor de Dios,
Pero, por amor de Dios,
no mandes que no te quiera
porque eso no puedo yo.

Y esta otra, una deliciosa rencilla de amantes, una cómica y pequeña teatralización que cantan, alternados, Juanito Valderrama y Dolores Abril, personificando a dos sujetos comunes.

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Pelea en Broma
mujer:
Para cuidar esta rosa
tú eres poco jardinero.
Para cuidar esta rosa
tu cariño no lo quiero,
eres muy poquilla cosa:
sólo se te ve sombrero

hombre:
...........jardinero...
Si yo soy poquita cosa
para ser tu jardinero...
Ay, quién parece una rosa
siendo un cardo borriquero
(...apuntate esa, preciosa,)

mujer:
(Ahora verás si no río
lo vo' a dejá sin una pluma...)

hombre:
vamo a ver....

mujer:
No crece por mi jardín
esa planta que has nombrao,
que no crece por mi jardín.
Eso que tú me has llamao
te sienta mejor a tí
que eres un chumbo pelao

(anda, ahí, para que se meta con la' mujere...)

hombre:
No es hombre ni bien nacío
er que ofende a una mujé.
No es hombre ni bien nacío
si no le da su querer
y luego la tira al río
con una piedra en los pié...

mujer:
Si no pueden trabajar
a los borricos los venden
y nosotra' ar marío
lo tenemo' que aguantar
aunque esté ya chuchurrío

hombre:
Ay ahora, ay ahora...:

Ni pegarle a la mujer,
ni que sea mala

mujer:
¿............el qué?

hombre:
no reñirle ni pegarle:

mujer:
..........claro que no...

hombre:
cogerla por el pescuezo

mujer:
Ay, ay...

hombre:
con mucha fuerza apretarle
cerquita der mundo un güeso

mujer:
Un güeso, ¿no?, un güeso...

hombre:
...Un güeso inrroíble...

mujer:
...pero hacemo' un buen cardo...

mujer:
Yo sé bien que no lo sientes
lo que acabas de decir.

Yo sé bien que no lo sientes...

hombre:
Cómo lo voy a sentir
si vivo para quererte...

mujer:
Olé, eso 'ta mejó, olé, olé...

hombre:
...desde que te conocí.

Populares, digamos.

Es poesía sencilla, simple. Historias de amor.
Historias comunes, transformadas en símbolos, comprensibles para 'la inmensa mayoría'...

(Me tengo que tapar la boca para que no se me escapen las ironías... ¿Qué falta hace? Mejor dejo acá.)

(*) Corresponde un homenaje a Josu y a Juan: Rafael de León es el autor de La Rosa y el Viento. De la otra, todavía no tengo noticia.
Nada que agregar, salvo que -en tren de homenajes- aquello de:

"Pero allá en la madrugada
te despertarás llorando
por el que no es tu marío
ni tu novio, ni tu amante,
sino el que más te ha querío:
con eso tengo bastante..."

me suena y me resuena en la voz de Nati Mistral, desde hace unos 30
años...

Me voy a repetir, seguramente, pero ese desprecio a lo popular (por sutil y filantrópico que suene), esa 'redención' de lo popular, para que salga de lo informe y se vuelva revolucionario, es 'gorila', al fin y al cabo.

Y esas 'segundas intenciones' en todo acto de arte o de cultura, valen lo mismo que tomar rehenes inocentes.

Si la única justificación honesta para producir belleza es 'picanear' el dormido apetito revolucionario que reside en cualquier hombre -y especialmente en el 'pueblo'-, no nos queda más remedio que la 'sospecha'. Porque habría que pensar, a la inversa, que son los reaccionarios quienes producen belleza para adormecer el apetito revolucionario del 'pueblo'. Y más todavía: la belleza que no hace revolución, la retarda.

Es verdad que existe el arte y la cultura como armas. Como es verdad que hay 'torres de marfil'. ¿Y? Un hombre sin cabeza no es un hombre completo. Un hombre sin corazón, tampoco.

Si una cultura efectivamente pretende mantener fláccido al hombre a sobredosis de somníferos, ¿qué remedio es que una cultura pretenda mantenerlo conectado a 220 voltios?

No solamente el 'pueblo', sino todo hombre viene siendo maltratado por la cultura, desde hace siglos, y la cuenta de años puede llegar al Renacimiento o más atrás todavía.

No es cuestión de buena o mala intención. No en primer lugar.

Si no se puede gozar de un bien honesto, si hay que exigirle al gozo 'segundas intenciones' prácticas y útilitarias, hay una dimensión de la vida del espíritu amputada, malformada.

Todo en la vida hombre, todo acto de conocimiento, o de producción, en tanto es algo propio de lo humano, es un tránsito de lo visible a lo invisible.

Y no ver, no entender, no 'catar', qué es lo invisible detrás -o adentro- de lo visible, es alguna amputación, alguna malformación, alguna frustración.

Porque eso invisible detrás de lo visible, es verdaderamente perceptible para el espíritu.

En cualquier caso, que esto sea malintencionado, solamente agrava una cuestión que, de por sí, ya es triste.
Del prólogo que Gabriel Celaya escribe a su propia antología Poesía Directa.
ver

"...como toda etapa sólo en función de las que le precedieron adquiere su pleno sentido, diré sintéticamente que mis primeros pasos fueron los del surrealismo y que pasé después por una fase de prosaísmo existencial, como primer trámite para llegar a una poesía que, a una con otros compañeros de promoción, juzgué necesario escribir, en manifiesta reacción contra Juan ramón Jiménez, para 'la inmensa mayoría'. En principio, apear el lenguaje, reivindicar lo humano contra lo precioso y hablar de lo que todo el mundo habla en la calle, sin hacer ascos y sin ponerse de puntillas, parecía suficiente. Pero no lo fue. Aunque uno no lo quisiera seguía siendo un minoritario. Y la buena acogida de la crítica en nada remediaba esto.
En 1951, cómo prólogo a una selección de poemas (...) escribí entre otras cosas 'la Poesía no es un fin en sí misma. La Poesía es un instrumento entre otros para transformar el mundo'. Lo dije con pleno conocimiento, pero en aquella época aún no me daba cuenta de todo lo que esto implicaba, aunque era evidente..."
Y un fragmento más, todavía.
ver

"...El acceso a esa 'inmensa mayoría', sin la cual nuestra poesía no será nada, salvo bizantinismo, no puede lograrse con una revolución literaria. Los recursos técnicos, y en especial la posibilidad de hacer audibles y no sólo legibles, nuestros versos gracias a medios como el micro, el alta voz, la radio, etcétera, son sumamente importantes y están llamados a revolucionar una literatura que venimos concibiendo desde el Renacimiento bajo el signo de la imprenta, que es como decir de la lectura a solas. Pero hay algo aún más importante. Se trata del acceso a la Cultura de capaz sociales que hasta hace poco han vivido en estado de pura naturaleza, pero que ya empiezan a llamar sordamente pidiendo otra vida. Sólo en la medida en que el poeta sepa responder a esta demanda, logrará crear un público más vasto, y algo más que un público. Pero sería ilusorio confiar sólo en los recursos literarios. Para salvar la poesía, como para salvar cuanto somos, lo que hay que transformar es la sociedad. Y a esto debemos consagrarnos con todo y, por de pronto, si damos en poetas, con la poesía como arma cargada de futuro."

lunes, 9 de agosto de 2004

Releí en estos días a un poeta que me gusta y no me gusta del todo.

Y ambas cosas, tal vez, por algunos versos de estos versos.

ver
La poesía es una arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades:

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.

Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
Que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: Poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: Lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.


Son del español Gabriel Celaya, y de la década del '50.

Alguna vez los oí cantados por Paco Ibáñez, en un disco grabado en vivo allá por la década del '70, cuando estaba de moda cantar poesía revolucionaria en el Olympia de París (pronúnciese Olimpiá, que queda mucho mejor...)

¿Se habrá enterado el 'pueblo' de estos esfuerzos de la cultura revolucionaria?
¿Traducirán algo tan 'popular', tan 'necesario' al 'pueblo'?
¿No será que hay que cambiar al 'pueblo' primero para que esta proclama lo proclame y en ella el 'pueblo' se sienta proclamado?
Pero, si primero hay que cambiar al 'pueblo' de tal manera que entienda y guste esta poesía escrita para el 'pueblo', ¿por qué hay que elegir necesariamente esta versión de 'pueblo'?

Por ahora solamente los copio. Pero estos versos -y el prólogo que el autor le escribe a su tomo Poesía Urgente- merecen algún comentario. Y no solamente preguntas (sí, sí... hasta yo me doy cuenta de que estas 'preguntas' bien pueden ser un comentario.)

sábado, 7 de agosto de 2004

Y hablando de las palabras que canonizan, Víctor Heredia y esta canción de hace unos 20 años.
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Aquellos soldaditos de plomo

De pequeño yo tenía un marcado
sentimiento armamentista;
tanques de lata, de cromo y níquel
y unos graciosos reservistas de plomo,
a mano pintados, con morriones colorados
que eran toda una delicia para mi mente infantil...
...yo me creía, como creía en el honor
del paso del batallón dentro de mi habitación;
era todo un general dirigiendo la batalla,
y el humo de la metralla acunaba mi pasión
por los gloriosos soldados que, sable en mano
avanzaban sobre aquel cruel invasor
que atacaba mi nación...
...sangre de entonces, sangre vertida,
toda mi niñez vencida por el tiempo que pasó.
De las banderas, sólo jirones; de los morriones
Empenachados, sólo un recuerdo desmadejado de dolor...
...¿qué nos pasó, cómo ha pasado?
¿Qué traidor nos ha robado
la ilusión del corazón?
Creo que quiero cerrar los ojos
para no ver los despojos de lo que tanto
amaba entonces.
Que vuelva el bruñido del bronce,
que se limpien las banderas;
yo quiero ser una fila entera de soldados desfilando
y todo un pueblo cantando con renovada pasión.
Quiero de nuevo el honor
aunque no existan victorias,
quiero llorar con la gloria de una marcha militar,
y un banderín agitar, frente a un ejército popular...

Estaba en la esquina de Florida y Diagonal Norte.

Entré por ese pequeño callejón que va a dar por Perú hasta la Av. Belgrano.

De fondo, retumbando en las calles encajonadas que llegan a la Plaza de Mayo, bombas de estruendo, rítmicas, potentes. Gente, pancartas, cortes. Lo de casi todos los días.

El callejón de Perú, desde la esquina de la Manzana de las Luces, sonaba a tambores de guerra. Sí, era una batucada, a unas dos cuadras, en una vereda ancha del Bar Colonial que está en Perú y Belgrano. Batucada con negros y todo: redoblantes, tamboriles, tambores. Había al menos cuatro negros, parecían uruguayos, porque en Buenos Aires negros casi no se ven. Pero si aquello era una batucada, se parecía en todo caso a esos conciertos de plaza de pueblo que dan las bandas militares.

Calentaban los parches en una improvisada actuación callejera. Un recital, en el límite entre la batalla y el arte.
ver


Banderas, tambores de guerra, estruendos. Épica callejera, épica piquetera, contestataria. Parece que venían con un grupo de protestantes del CEAMSE, ataviados con sus pantalones y chaquetas fluorescentes, anarajandas.

Uniformes, como de regimientos. Y ritmos de combate, estruendos de marcha, de marcha de infantería, de caballería. Turbas, calentando las manos, los parches, calentando los corazones.

Metiendo miedo a los empleados de bancos a la hora del almuerzo, a las chicas uniformes que trabajan en las AFJP, a los quiosqueros, a los que comen junto a la ventana a la vera de la calle en el Querandí. Algunos chicos que salen de las escuelas aplaudiendo (no pueden con su genio de circo, de bulla, de ritmo, de fiesta: son chicos, les gusta el clima de recreo, aunque sea recreo de batalla, que ellos ni ven, ni saben del todo...)

Miedo, sí. Y envidia épica del burgués, que cuando ve un desfile le sube la adrenalina, cualquier desfile...

Miedo y fiesta, bombas y tambores. Guerra. Clima de guerra. Épica porteña. Calles rítmicas, ruidosas, peatonales a fuerza de marchas y cortes y vallas.

Unos por aquí 'racionando en caliente', pasándose un termo con algo que humea. Campamentos, vivaques de esquina, de calle cortada. Miradas desafiantes, suspendidas, torvas, miradas de combatientes, de quienes se sienten combatiendo.

Otros, más allá, caminando como perdidos, recorriendo calles vacías, con sus arreos de pancartas de sábana y palos arrollados, buscando a 'su gente'. Algunas mujeres, no muchas, como las que seguían a los ejércitos. La guerra sigue siendo cosa de hombres, más bien. Y esas especies de pajes, estudiantes de 'secundaria', pequeños cabos universitarios haciendo sus primeras armas.

Y todos los otros gestos de la guerra. La llaman 'movilización' porque les sonará muy fuerte, muy 'facho', si dicen 'guerra', 'combate'. A secas.

Y la llaman 'popular', porque 'popular' exorciza, canoniza, es políticamente correcto. Vaya uno a saber por qué. O sí sé por qué.

Pero tienen banderas, redoblantes, estruendos. Tienen sus palos y su logística, tienen sus transportes y sus estrategias.

Tienen su enemigo. Y luchan. Como un ejército itinerante, filtrando, perforando lenta y perseverantemente las fronteras tan permeables de esta mueca de Imperio Romano. La misma decadencia, la misma corrupción que la del Imperio. Pero nada de la grandeza del Imperio.

Todavía hablan de 'paz social' y de 'reclamo popular' y esquivan como con vergüenza las palabras combate, guerra, combatiente, ejército. Un día se les llenará la boca pronunciándolas. Hoy prefieren -sus dirigentes, sus 'generales' prefieren astutamente- llamarse con el nombre barato, con el nombre mediático: 'democracia popular', 'lucha social', es lo más que se permiten.

Pero son un ejército.

(Qué cosa, me digo, tanto batir el parche de que hay que 'desmilitarizar' la sociedad. Tanto hacer una bandera del odio al uniforme y a la disciplina de combate. Y pensar que era cosa de agregarle 'popular' al final de cualquier emblema...)

Hacía frío. Se diluían los tambores. Ya dolían las manos de ver cómo le daban al parche. Y se nubló la tarde, más fría todavía.

Y pasó la guerra. Por hoy. Hasta mañana.


Me digo, me repito, que las causas de una guerra pueden ser peores a veces que la guerra misma.

Porque están esos que ven en los cotidianos y cientos de paseantes, que marchan a ritmo de tambor y bomba de estruendo de Buenos Aires, solamente una infracción a las leyes de tránsito y libre circulación. O lo que es peor, los que ven en los piqueteros un obstáculo a la llegada de capitales.

Pero si la guerra es también para que el hombre deje de ser lo que es y siempre ha sido -no solamente lo que está siendo en el mundo del neoliberalismo y la exclusión (y todos los otros nombres substitutos de las cosas verdaderamente innombrables que el 'generalato' revolucionario no sé siquiera si sabe)-, si la guerra es para eso, en algo fracasan los generales del ejército anti-antipopular.

Porque los Pitrola, los Delía, los Castells, y todos los otros gurúes de la voluntad popular, tendrían que saber que a la gente -al pueblo- le gustan los tamboriles, los tambores, los redoblantes. Les gustan, visceralmente.

Entonces, un día, el pueblo, de tanto y tanto hacerle oír el ritmo de marcha de infantería, de caballería, y de ponerle ritmos marciales a la Toma de la Bastilla descangallada, el pueblo va y se busca un Napoleón. O se lo encuentra. O él los encuentra.

Y Napoleón va y se funda un imperio militar. Y los llena de uniformes vistosos y medallas y banderas y cañones. Y los pone a recorrer el mundo mientras se conquista esto y aquello de más allá. Y los revolucionarios, al paredón; y los otros también.

Y listo.


(No, listo no...Porque después se juntan Inglaterra y Rusia, por ejemplo, y hacen una especie de Unión Democrática en Waterloo y terminan con Napoleón y con la revolución. Eso sí, en nombre del pueblo, de la voluntad popular, de la libertad y de la prosperidad, y con la ayuda de los revolucionarios desplazados por Napoleón, eso por supuesto. Hasta los próximos tambores. Hasta mañana.)

viernes, 6 de agosto de 2004

Hace unos días vengo leyendo un pequeño texto de Louis Bouyer: ¿Humano o Cristiano?.

Es de 1958 y tiene apenas 130 páginas. Pero hay que leerlas despacio.

Parece de lo más tolerante y ecuménico: tiene palos y caramelos para casi todos.

ver

"A veces sucede, por ejemplo en la época constantiniana, que la misma ciudad de los hombres afirma su deseo de ser integrada en la ciudad de Dios, de apropiarse sus costumbres y sus leyes. La ciudad de Dios no puede oponerse sin más a tales avances, pero tampoco puede acogerlos sin crearse una especie de refugios, de espacios inaccesibles a cualquier ciudad terrestre, donde se sumerja en las purezas de las exigencias divinas. La adhesión de la ciudad terrestre a la ciudad de Dios, en la era constantiniana, hubiera sofocado ciertamente la ciudad de Dios en la tierra, si ésta no se hubiera preparado esa zona liberadora, purificadora, que fue la vida monástica, a parecida de repente y extendida tan de prisa en toda la nueva cristiandad.

Sin embargo, a pesar de este respiro de aire compensador, el precio inevitable de las 'conversiones de Constantino' fue, para la Iglesia, el desembocar en la Roma de un Alejandro VI o de un León X... ¡Con qué desgarramientos dolorosos y casi mortales se pagan, tarde o temprano, esas conquistas en las que uno mismo es conquistado! Con más razón aún, la construcción de la ciudad de Dios no puede reducirse, ni siquiera superponerse simplemente, a la construcción de una ciudad que los hombres han querido hacerse, si no es a costa de rechazar, o al menos olvidar, a Dios. Una sociedad fundada sobre el interés no puede ser un auténtico esbozo y, menos aún, una realización implícita del reino de Dios. Tampoco podrá serlo una ciudad fundada sobre la rebelión contra los dominadores..., provocada por quienes quieren asegurar para todos lo que unos cuantos se habían reservado hasta entonces. O, para ser más exactos: una civilización cuyo fundamento es simplemente el dominio del hombre sobre los recursos materiales del universo no es ni cristiana en el fondo, ni cristianizable..."

jueves, 5 de agosto de 2004

Uno tiene sus debilidades.

No sé si me hubiera gustado sacar todas las fotos que sacó Henri Cartier-Bresson, durante 42 años, en los 95 años de su vida.

Sí me hubiera gustado viajar por el mundo sacando fotos.

Esta comarca, por ejemplo. Además de tener ese camino, esa perspectiva, esos árboles, ese cielo, tiene muy buenos quesos. Es Brie, en Francia, 1968.

No, los quesos no se ven. Pero si hubiera viajado a sacar la foto, los habría visto...
Por una parte, una de las causas importantes de la aparición de la cumbia villera es la cultura pretenciosa, que al final se 'deschava' con esa cuestión de que "los que estamos en esto, lo que buscamos es prestigio y popularidad..."

Por otro lado, hay pretenciosos en todas partes. Basta buscar, al azar, en cualquier página cumbiambera...

ver

Enero 2004 - Surge Rempachado.

Es una agrupación enrolada en el estilo de la cumbia villera que genera una innovación al parodiar o satirizar conocidísimas canciones cambiándoles la letra reflejando algunos comportamientos cotidianos de manera muy zarpada y exagerada.

El grupo sólo pudo presentarse una vez en televisión... Luego fue censurado (con justa razón dado el horario de protección al menor)

Si tuviéramos que definir es estilo del grupo utilizaríamos la frase "Cumbia Grotesca". No lo decimos en forma despectiva o peyorativa. Lo definimos así porque en muchas de sus letras se usa un vocabulario sumamente vulgar, irritante y hasta obsceno. Algo similar sucedía en la Antigua Grecia (cuna de la cultura occidental) dónde las comedias cargadas de insultos, sátiras políticas, lenguaje ordinario precedían a las magníficas tragedias. En Argentina tenemos al Genial comediante Enrique Pinti, que divide al público entre quienes lo admiramos y quienes lo critican por putear de la manera que putea. Allá ellos, La Sátira Grotesca, la Comedia Grotesca es un género tan válido como cualquier otra comedia. Si te gusta lo escuchás, sino te gusta: no lo escuches.

Seguramente, Rempachados será muy criticado por la vulgaridad de sus letras. Pero, de la misma forma que los fascistas de siempre van a decir "es música de negros", los "negros" de siempre (que quieren divertirse, bailar y joder) encontrarán en este grupo uno de los cabecera.

Su primer trabajo discográfico tiene 13 temas y el título que eligieron anticipa su contenido satírico: "Un derroche de cultura".

La mayoría de las letras tienen doble sentido y toda la producción se caracteriza por un ritmo muy bailable y divertido...

Después, siempre están las explicaciones 'estructurales', la dialéctica opresor-oprimido, la de excluyente-excluído y la globalización, el modelo neoliberal, los emergentes populares, y eso de que el verdadero pecado es la pobreza y el hambre, o aquello de que la verdadera pornografía son los pibes que se mueren de hambre y la tortura de los represores...

Y el tarado argumento fáctico e hipnotizante de que "no hay que ser hipócritas, porque esto es la realidad, esto existe, esto está pasando..."

Es mucho más largo -y bastante monocorde- el catálogo de la sociología y de la culturología, generalmente progresista o "de izquierda", incluyendo el análisis sociológico-evangélico y la praxis evangelizadora que cree que si desaparece el capitalismo la gente se va a convertir... a la solidaridad (no al cristianismo).

También está la contraparte escandalizada de las razones "de derecha". Siempre tentada por la supresión, por la poda, por el "bien automático", que consiste en enterrar vivos a los malos, en hacer bajar fuego del cielo y arrasar la ciudad.

Cuando se acusa nada más que a la revolución -cualquier revolución humana- de los males que la subsiguen, se está en el territorio del "bien automático". Porque siempre hay algo en el origen de cualquier revolución, tan grave como la propia revolución. Y a veces más grave. Muchos se engañan pensando que combatiendo la revolución, se resolvieron las causas que la generaron. También acá se cuela la certeza de que si desaparece el comunismo, la droga, la prostitución o la homosexualidad y el mal gusto para vestirse, lo que quede será lo bueno.

Así como, en definitiva, lo que los progres sostienen a rajatabla es su derecho a que se los deje legislar qué es bueno y qué es malo, los conservadores tienen la certeza inclaudicable de que ya lo saben. Y de que son los únicos que lo saben.

miércoles, 4 de agosto de 2004

¿Cuál será la diferencia entre leer gratis estas cosas y que haya que pagar para leerlas?

La Razón le hace un reportaje a Sergio Renán, por el estreno de su última película, "La soledad era esto".

Ya al final:

- ¿Cómo se lleva con la soledad?

- En la vida uno está solo, lo que no significa que uno no tenga un círculo afectivo intenso. Pero la soledad es una condición inherente al ser humano. Es lo más sano entenderlo así.

(...)

- ¿Cuál es su mayor miedo?

- Haber descubierto en mí cosas que no me gustan de mi persona.

- ¿Puede decir que en esta profesión encontró lo que buscaba?

- Los que estamos en esto buscamos prestigio y popularidad y, en general, no los encontramos.


¿Se lo habrán preguntado realmente? ¿Habrá contestado así realmente? Bien puede ser.

Son tres de esas preguntas típicas con las que los periodistas buscan fama gratis de agudos y profundos.


De las tres respuestas, no entiendo la segunda; me parece un disparate la primera y es penosa la tercera.

Ese "esto" del título de la película es muy bueno (no es suyo, es del autor de la novela -que no leí y que inspira esta película que no veré-).

Pero ese "esto" de la última respuesta: "...los que estamos en esto...".

¿Qué poca cosa será "esto" en lo que está Renán que solamente es capaz de ofrecer prestigio y popularidad?


Habrá creído estar hablando de arte.
Sí, definitivamente.


Entre Paul Johnson y Rubén Darío, me quedo con Rubén Darío.

También publicaba en La Nación, hace 100 años.

Mejor para ella.

ver

A Roosevelt

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador!
Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de energía,
como dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.

Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.

Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del gran Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de Amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!
Johnson: "Odiar a los Estados Unidos es odiar a la humanidad".

Eso dice el titular del reportaje que le hacen al inglés Paul Johnson. Dicho así (y esto es culpa de La Nación que titula), parece una frase profética del conservador. No digo que no sea una estupidez, pero al menos parece una estupidez sonora.

En realidad, hablando de Francia, lo que dijo es esto (pero ahora sí ya es culpa de Paul Johnson):

-¿Y por qué detesta tanto a Chirac?


-Porque el antiamericanismo es la peor forma de racismo. En Estados Unidos uno encuentra gente de todo tipo, étnico, religioso o racial, así que odiar a Estados Unidos es odiar a la humanidad... (...) (Chirac y el establishment francés) Son una elite de intelectuales para quienes las ideas son más importantes que las personas. Y si bien dicen ser democráticos, en realidad no entienden que el voto de la gente común, el de los pequeños comerciantes, es tan valioso como el de ellos. Creen que saben lo que es mejor para los demás y no aguantan que los Estados Unidos sean una verdadera democracia, en la cual lo que la gente dice se hace...


Una verdadera gansada.

El reportaje está lleno de pavadas, de frivolidades de clubman, de parloteo de peluquería...femenina.

-Una última pregunta: los argentinos no le caímos demasiado bien durante la Guerra de las Malvinas, pero ¿qué piensa de nosotros ahora?

-Buenos Aires es tan linda como París. Tiene librerías mucho mejores que las de Gran Bretaña y una Feria del Libro como no hay en Europa. El país tiene todo tipo de materias primas y una población educada. Cada vez que voy me lleno de tristeza, porque soy el primero en sorprenderse de que no siga siendo una potencia como lo era antes de ese espantoso hombre, Perón. Hace unos años fui a conocer a Menem y me pareció bastante inteligente y con una idea clara de hacia dónde debía ir el país, pero ahora resulta que era un delincuente? Ya no sé qué creer. Supongo que gran parte de la culpa la tiene la elite política de su país, que no sirve para nada. Pero eso no puede ser lo único. Cuando pienso en la Argentina, me vuelvo loco. Es uno de los pocos casos para los que no encuentro una maldita explicación.

martes, 3 de agosto de 2004

Hay poemas sobre el amor (muchas veces llamados horriblemente poemas de amor), y hay poemas por amor, que no es lo mismo, de ninguna manera.

Claro que el lector no se da cuenta de la diferencia, casi nunca.


A veces el cielo calla.
A veces la sombra enciende
por la huella de la noche
tus ojos como dos sierpes
quemantes como candelas
y de luna en luna ardientes.

Ay, cómo engaña al amor
la luna con su fulgor.

A veces tus ojos callan
y en el cielo se enardecen
las estrellas que los suplen,
silenciosas de desdenes,
para que yo llegue al alba
y nunca a tus ojos llegue.

Ay, cómo engaña la mar
si dice que he de llegar.

Y de callar como callan,
el cielo y tus ojos tienen
tal hambre de voces claras,
tanta sed de voces fuertes,
que no saben del silencio
que tengo para ofrecerles.

Ay, cómo engaña al amor
el silencio y el dolor.

Y, de voz en voz, me pasan
el secreto a voces tenues
de que la noche y tus ojos
confabulan mientras pueden
para que yo llegue al alba
y nunca a tus ojos llegue.

Ay, cómo engaña la mar
si dice que he de llegar.

lunes, 2 de agosto de 2004

Cosas de chicos

Serán 'cosas de chicos', si lo dicen las madres picaronas, los padres comprensivos, tíos gambas, abuelos querendones y otros educadores diplomados.

Pero se ve que no para san Agustín.

Se pone serio con las travesuras en el capítulo XIX del libro I de sus Confesiones (ver).


El texto original dice al final:
"Humilitatis ergo signum in statura pueritiae, rex noster, probasti, cum aisti: 'Talium est regnum caelorum'".
Hay otra traducción de este final del capítulo, que parecería querer interpretar el sentido y la fuerza del original, aunque la concisión y agudeza del latín se resientan más que un poco.

Haciendo a un lado al propio Agustín (que con elegancia y cierto desenfado se atreve a una broma sutil con las palabras de Jesús), la dicción de un monje de su orden -que es frecuente en las ediciones de divulgación de las Confesiones, como la de la colección Austral-, quiere ser más fuertemente emotiva y retórica, y le sale así:

"Conque, mi Dios y mi Rey, cuando Vos dijisteis que el reino de los cielos es de aquellos que eran tales como los párvulos, no tanto fue aprobar en ellos la inocencia, cuanto la humildad que simbolizan por su pequeña estatura".

domingo, 1 de agosto de 2004

El amor al prójimo (II)

El samaritano compasivo (I)

La parábola está llena de guiños y claroscuros. Y hasta de bromas sutiles. A los suyos y a los otros.

Pero también está en el vórtice de un tiempo final. Son los últimos tiempos del paso de Cristo por el mundo. Son los días de las definiciones más agudas respecto de su misión y hasta del fin de los tiempos.

Así lo subraya el propio san Lucas: "Entonces, como se aproximaba el tiempo en que debía ser elevado de este mundo, tomó resueltamente el camino de Jerusalén..."

Alrededor de septiembre-octubre (entre el 15 y 21 de Tishri), tiene lugar la fiesta de los Tabernáculos o de las Cabañas. La fiesta se llama Sucot, por la Sucá, pequeña cabaña o choza de armazón de madera con techo de paja o ramas, en la que el judío debe vivir a lo largo de una semana. Esta fragilidad de la vida precaria, pone a todo judío en igualdad de condiciones: dependiendo de Dios, como en el Desierto del que fueron por Él rescatados, a la intemperie, apenas guarnecidos en la tierra por endebles tiendas.

Jesús subía de camino a Jerusalén, precisamente a celebrar esta fiesta mayor, seis meses antes de su última Pascua. Dice san Lucas que su viaje a la Ciudad Santa es en ocasión de que se aproxima el tiempo en que será elevado de este mundo, o glorificado (en palabras de san Juan), es decir el tiempo de la Pasión, Crucifixión, Resurrección y Ascensión. De hecho, será su último viaje a Jerusalén.

Las distancias son respetables. Por ejemplo, de Cafarnaúm, a orillas del mar de Galilea, hasta Jerusalén, hay unos 185 kilómetros.

Viene de Galilea, en el norte, y para llegar a Judea debe cruzar Samaria.

Entran unos enviados suyos a una ciudad samaritana a buscar posada. Y los echan, precisamente porque van a Jerusalén. Hostilidad habitual de los samaritanos con los peregrinos judíos que se dirigían a las fiestas.

No hay que olvidar la antigua enemistad entre judíos y samaritanos. Ni las razones. Entre ellas, la impiedad que mutuamente se endilgan. Y la extranjería por ocupación de sus tierras que los judíos le enrostran a los de Samaria, su turbia raíz histórica, que incluso tal vez aparece en la mención de los 'cinco maridos' (en relación con los cinco pueblos paganos inmigrantes a la región), cuando Jesús se encuentra con la mujer samaritana junto al Pozo de Jacob en Sichar de Samaria, según el extenso relato de Jn. 4, 4-42.

Una enemistad que viene desde la toma de la región por el rey asirio Salmansar V, en 721 a.C. La historia está contada con detalle en el capítulo 17, 24-41, del libro segundo de los Reyes. Bastaría recurrir al libro de la Sabiduría, 50, 25-26, para tener una idea clara de cómo esa inquina continúa siglos después.

Además está el lugar santo: el monte Garizim, donde los samaritanos adoran a Dios y celebran sus propios ritos pascuales, contrariando la prescripción judía.


Pues bien, allí va Jesús cruzando una vez más Samaria. Rechazado afrentosamente por los samaritanos.

Al recibir la noticia, Santiago y Juan le preguntan a Jesús si quiere que manden que el fuego caiga del cielo y los consuma, lo que trae a la memoria otro episodio relacionado con Samaria, tangencialmente, cuando Elías el profeta, allá por el siglo IX a. C., hace caer fuego del cielo que consume a la guardia del rey que lo manda a buscar, pues el profeta lo ha reprendido por recurrir a Baal Zebub (el señor de las moscas), tal como aparece e 2 Reyes, 1, 1-ss.

Jesús, volviéndose hacia ellos, reprende a sus discípulos. En la Vulgata latina, hay un fragmento del versículo 56 que no aparece en las traducciones del griego: "Vosotros, no sabéis de que espíritu sois. Pues el Hijo del hombre no ha venido para perder a las almas sino para salvarlas" (Lc. 9, 51-56).

Tras este episodio, se dirigen a otra ciudad, visto que en la zona no son recibidos. Se desvía, pues, hacia Jericó, camino de Betania, cerca del Jordán, adonde visitará a Marta, María y Lázaro, sus amigos.

En el texto de san Lucas, que es el que sigue la liturgia de este tiempo, aparece aquí la misión de los 72, que tiene curiosas -y hasta casi humorísticas- conexiones con lo anterior. Como por ejemplo, que manda a sus discípulos sacudirse el polvo de los pies de aquellas ciudades donde no los reciban ("quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza (...) les digo que Sodoma en aquel día será tratada menos duramente que aquella ciudad..."). Esto dicho poco después de haber pasado por alto Él mismo el rechazo samaritano.

Finalmente, vuelven los enviados a predicar y cuentan cuántas maravillas han hecho en su Nombre. Entre otras, expulsar demonios. A lo que Jesús responde que Él mismo ha visto a Satán caer del cielo como un relámpago.

Sin embargo, el discurso que sigue al recibimiento de aquellos que ha enviado a predicar en su nombre (Lc. 10, 21-24), es quizás una clave mayor en medio de esta cuestión. Allí Jesús, lleno del Espíritu Santo, exalta y celebra el privilegio que los discípulos tienen de ver cosas que los profetas y reyes quisieron haber visto y no han visto, como también bendice a Dios por revelarle el misterio del Hijo a los simples y pequeños.

En san Lucas, inmediatamente cambia el escenario. Jesús está predicando ahora en medio de las gentes.

En los otros evangelios sinópticos, también aparece la pregunta acerca del mandamiento mayor de la Ley, que es la que da motivo a la parábola.

En san Mateo (23, 34-ss) como en san Marcos (12, 28-ss), en medio de discusiones con los saduceos, los fariseos y los escribas y doctores de la ley, que de continuo buscan tentarlo y trampearlo. Es un fariseo confabulado contra Jesús en san Mateo el que pregunta y un escriba en san Marcos, con la peculiaridad de que Jesús a este escriba, que ha hecho una reflexión atinada sobre el valor mayor del amor a Dios y al prójimo por sobre los sacrificios y holocaustos, le dice: "Tú no estás lejos del reino de Dios".

En san Lucas, en cambio, como de la nada sale un doctor de la ley quien pregunta. Primero por el mandamiento mayor para ponerlo en apuros a jesús y, más capciosamente aún, una vez que aparece en danza el amor al prójimo, acerca de quién es nuestro prójimo, lo que, según el evangelista, pregunta para justificarse.

En todos los sinópticos, Jesús contesta -directa o indirectamente- a la pregunta sobre el mandamiento mayor, en primer lugar con la conocida expresión del capítulo 6 del Deuteronomio "Shemá, Israel...": "Oye atentamente, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor y tú amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu y toda tu fuerza..."

En segundo lugar, Jesús menciona el mandato que figura en el Levítico (19, 18): "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".

Como se ve, nada que no conociera ninguno de ellos. El Shemá era la primera profesión de fe de un judío y es la oración diaria y principal de un judío, aún hoy. De allí que el que pregunta se haya sentido en falta, pues Jesús le ha puesto por delante algo que él no ignoraba.

En el evangelio de san Lucas, hay otra peculiaridad. No es propiamente Jesús el que contesta, pues su respuesta a la pregunta es otra pregunta: "En la Ley, ¿qué está escrito?, ¿qué lees tú allí?" y el Shemá, en este caso, es proclamado por el propio doctor, quien junta los dos mandatos en uno.

Entretanto, Jesús contesta en san Mateo y san Marcos nombrando ambos mandamientos como distintos, y diciendo claramente que el Shemá es el primero y el amor al prójimo es el segundo, "semejante al primero" según el texto de san Mateo, agregando en éste último que en estos dos mandamientos está resumida toda la Ley y los Profetas.

La parábola del Samaritano compasivo, que sólo está en el evangelio de san Lucas, es la respuesta que Jesús le da al avergonzado doctor de la ley.

Hay que recordar, por otra parte, que no han pasado muchos días del episodio de Samaria y que los discípulos que acompañaban a Jesús están presentes.


"¿Quién es mi prójimo?", es la pregunta del escriba o doctor de la ley.

Una de las principales disciplinas intelectuales de los judíos es el arte de preguntar y, correspondientemente, el de responder.

Se ve a los doctores, escribas y fariseos hacer esto con Jesús continuamente. Como también se lo ve a Jesús hacer esto decenas de veces. Plantear preguntas difíciles y responder respuestas más difíciles aún, de modo que ya no se pueda volver a preguntar, si es que se ha preguntado de mala fe.

"¿Quién es mi prójimo?", pregunta el doctor de la ley. Pero al concluir la parábola, Jesús le devuelve al demandante otra pregunta programática y docente, como hizo respecto del Shemá: "¿Cuál de los tres, a tu juicio, se ha mostrado como el prójimo del hombre que cayó en manos de los malhechores?"

De alguna manera, la pregunta y la respuesta no están en la misma sintonía.

En esta aparente torsión hay un punto fundamental. Como en muchas otras ocasiones, Jesús parece 'aprovechar' la oportunidad.

Por lo pronto, linealmente, si la pregunta fue 'quién es mi prójimo' parecería que la respuesta contenida en la parábola debería llevar el nombre desconocido de aquel judío maltratado por los ladrones, y que éstos dejan por muerto al costado del camino. O, lo que es casi lo mismo, si no lo mismo, que es el samaritano quien se ha vuelto hacia el moribundo, viendo en él a su prójimo y ayudándolo a pesar de su nacionalidad. Además, la presencia en el relato de un sacerdote y un levita que pasan ignorando al caído, reforzaría la idea de que son éstos quienes ni ven en el caído a su prójimo ni están ayudando (amando) a su prójimo (doblemente prójimo, probablemente, a los oídos del doctor que pregunta, pues sacerdote, levita y caído son judíos.)

Y es verdad que, en la interpretación más habitual y corriente, identificamos al caído con nuestro prójimo, porque le atribuimos al prójimo la necesidad de ser amado por nosotros, como así también nos obligamos a amarlo, y, en consecuencia, a atenderlo, no importa quién sea. Por alguna razón, la palabra prójimo viene para nosotros cargada con la connotación de que el prójimo es a la vez necesitado, caído, despreciado, y que amarlo supone ir en pos de él, ir en su ayuda.

Cuando pensamos en la parábola, habitualmente pensamos que el samaritano amó a su prójimo y el sacerdote y el levita no. Y que un ejemplo de amor al prójimo es el del samaritano que amó a su prójimo, y no el de los otros dos, que no lo hicieron, pues no vieron en él a su prójimo.

O, y aquí hay que prestar atención, no se vieron a sí mismos como prójimos del caído, mientras que el samaritano sí se vio prójimo del moribundo.

Porque, precisamente, la respuesta que se ve obligado a dar el propio doctor de la ley, según la pregunta que le devuelve Jesús, es: 'el samaritano', lo que -según se ha visto- resulta por otra parte una respuesta muy dura de admitir para el propio judío.

Tanto que ni siquiera lo nombra: "aquel que obró con misericordia respecto del caído".

Pero, también es verdad, y por lo mismo que vengo diciendo, esa respuesta parece ser la respuesta a una pregunta diferente de la que el propio judío formuló.

No deja de haber un rasgo de humor también aquí. Pues si dejáramos contiguas la pregunta del doctor de la ley y la respuesta que él mismo tiene que dar tras la parábola que Jesús le propone para contestarla, el diálogo resultaría así: "Y ¿quién es mi prójimo? El samaritano".

Claro que, no es exactamente lo mismo quién es mi prójimo que quién obró como prójimo, aun cuando ser prójimo, y en tanto es una relación, supone un término equivalente y reversible: si éste es mi prójimo, yo lo soy para él.



sábado, 31 de julio de 2004

Si no me equivoco, estos dos asuntos -típicas ocurrencias de GKCh-, son complementarios:


"The Iliad is only great because all life is a battle, the Odyssey because all life is a journey, the Book of Job because all life is a riddle."
(The Defendant)

"And my haunting instinct that somehow good was not merely a tool to be used, but a relic to be guarded, like the goods from Crusoe's ship -even that had been the wild whisper of something originally wise, for, according to Christianity, we were indeed the survivors of a wreck, the crew of a golden ship that had gone down before the beginning of the world. (...) I knew now why grass has always seemed to me as queer as the green beard of a giant, and why I could feel homesick at home."
(Orthodoxy)
El amor al prójimo (I)

Mientras miramos -y tratamos de ver- a Cristo en el pobre, es Él en realidad el que nos imita.

Nos mira, nos ve. Es Él quien primero mira al hombre. Y somos a sus ojos algo parecido a lo que vemos en Él, cuando lo vemos humillado y destrozado. La tristeza que vemos en Cristo es algo como la tristeza que Él ve en nosotros, el dolor que sufre es como el dolor que sabe que nos duele, y que Él hace en Él dolor insufrible; la pobreza, el hambre, la sed, el cansancio, la enfermedad, la muerte, la indigencia que nos agobian y nos cansan, son su modelo.

El modelo de Cristo (Cristo haciéndose hombre y hombre doliente) es el hombre pecador, indigente, pobre, arruinado, hecho una ruina, golpeado, magullado, solo, abandonado, burlado.

Cristo se mira en el hombre, se calca sobre el hombre. La perfección de la imitación que Cristo hace del hombre lo vuelve miseria, lo hace un gusano a los ojos humanos. Se hace escandalosamente pobre. 'Exagera' -según nuestra mirada que lo ve hombre y no mide fácilmente el misterio de que ésos sean 'padecimientos' de un ser también divino-; exagera las heridas, la sangre derramada, el dolor, sobreabunda infinitamente el asco, la repulsión, el odio, el desprecio.

Pero cuando vemos a Cristo ultrajado, roto, desangrado, maltratado, no se nos ocurre habitualmente pensar que con parecida conmoción mira Dios a sus creaturas humanas.

Parecería que Cristo exagera, que no es necesario cargar las tintas. Que no hace falta tanta sangre y tanto dolor. Pero no se nos ocurre pensar el misterio que hay detrás de la mirada divina.

¿Qué ve Dios cuando ve arruinada a la creatura que ama?

Miramos a Cristo doliente y humillado -en todos sus dolores y humillaciones, del Pesebre a la Cruz- y se nos estruja el corazón, y se nos saltan las lágrimas.

Pero parece que algo similar le ocurre a Dios con sus pequeñas criaturas.

Algo parecido -sólo parecido- al impulso que nos hace apretar los dientes y las manos ante la visión del Cristo de los dolores, es lo que mueve a Dios cuando mira al hombre.


Dios no es un sujeto 'prolijo'. No se impacienta porque le moleste la 'suciedad' en su reino, porque el destrozo de sus 'niños' 'desorganiza la casa'.

Dios ama el orden. Pero Dios no es un decorador, ni un ama de casa hiperpulcra.

Dios ama. Y se conduele de la desgracia de los que ama. Y el hombre nace en desgracia. Y Dios ama al hombre. Y no se arrepiente de su creación.

Y va a su rescate. Se pone a su lado. Carga su cruz. No la suya, la nuestra. Vemos a Simón de Cirene. Y recién después nos damos cuenta de quién ayuda a quién. Quién está cargando la cruz de quién.


La medida del amor divino es, precisamente, esa 'exageración' del dolor.


El pobre, el doliente, es la imagen viva del hombre desterrado, del desgraciado, del hombre que ha de ser redimido y rescatado. Como nadie, el hombre que más sufre es la figura misma del hombre, de cualquier hombre, pobre o rico, sano o enfermo, triste o feliz.

Dios no ama al pobre porque simplemente se conduele de su desgracias 'adicionales'.

Como si dijéramos que Dios piensa que el hombre ya tiene bastante con la desgracia del destierro, ya tiene bastante con la desgracia de la herida del pecado en su naturaleza...y 'encima' estas calamidades de que no tiene para cubrirse y para comer, y 'encima' le faltan las piernas, y 'encima' tiene chancros de lepra, y 'encima' babea su locura, o perdió a sus padres, o quedó viuda, o es perseguido, o nació ciego.


Mucho antes de ser el modelo del dolor, Cristo, Dios, es el modelo del amante. Y es el amor el que lo lleva a dolerse y a hacerse dolor.


Ahora bien, se nos pide -se nos indica y manda- ver en el pobre a Cristo.

Es verdad que no hay dolor mayor que Su dolor, que el dolor de Cristo.

Como es verdad que -desde que vemos su dolor que asume todo dolor humano- el dolor del hombre doliente, el dolor y la indigencia del pobre, se nos hacen como una figura, son como una imitación, un signo, una señal, un recuerdo del dolor de Cristo.


Cuando lo hacemos con alguno de ellos, con Él lo hacemos, cuando atendemos a uno de ellos, a Él atendemos.


Pero todavía nos queda ver que el dolor de Cristo -ese dolor que es como el modelo original que vemos retratarse en el hombre pobre y sufriente y por el cual dolor 'crístico' vemos a Cristo en el pobre-, ese dolor está calcado del dolor humano.

Dios no sufre. Y el primer dolor humano es el del pecado y el de la muerte. Y en Dios no hay pecado ni muerte. Ni dolor.

Pero Cristo se hace hombre para librar al hombre del pecado, de la muerte y del propio dolor, en su causa. Y se hace dolor humano; sin ser pecado, se somete; sin tener que morir, muere.

Así como el hombre es creado a imagen y semejanza de Dios, Dios se hace a imagen y semejanza del hombre para rescatarlo.

Cristo sufre a imagen del dolor del hombre, pero sufre al modo de un amante divino.


Y esto parece ser que es lo que está en figuras y signos en la parábola del Samaritano compasivo.


Entonces, ¿quién es quién en esa parábola y por qué?

viernes, 30 de julio de 2004

Un apunte de Chesterton respecto del amor al prójimo, en un artículo de julio de 1910:

"The Bible tells us to love our neighbors, and also to
love our enemies;
probably because they are generally
the same people."

jueves, 29 de julio de 2004

¿Por qué hay que ver en el que sufre, en el pobre, a Cristo?

Y si tenemos que ver a Cristo en ellos, si Él quiere que lo reconozcamos en ellos, si Él nos dice claramente qué papel asume y representa, ¿qué papel nos toca a nosotros, qué papel venimos a representar nosotros si Cristo es el pobre y el doliente?

¿Quién es el samaritano de la parábola? ¿A quién está representando? ¿Quién es el judío que bajaba de Jerusalén a Jericó de Samaria? ¿Alguno de los dos es Cristo? ¿Alguno de ambos somos nosotros? ¿Cuál?

¿Por qué hay que amar al prójimo?


Una vez que tratemos de ver quién es quién en esa parábola, y qué papel, el papel de quién, nos toca a nosotros frente al pobre y doliente, tendríamos que volver a preguntarnos por qué hay que ver a Cristo en los pobres y dolientes.

martes, 27 de julio de 2004

"¡Oh el dinero, el gran ideal nacional de los argentinos! Hacer mucho dinero rápidamente y por cualquier medio es la Manzana de la Vida: la Serpiente no necesita aquí gastarse mucho. Pero por lo mismo donde pecan, por ahí perecen. De mentiroso a ladrón no hay más que un paso; y de eso a todos los otros vicios, e incluso crímenes, medio paso (...) 'Criadores de vacas y cazadores de pesos', ya nos llamó Unamuno (...) Es para llorar el espectáculo que presenta el país, mirado espiritualmen­te. El liberalismo ha suministrado a la pobre gente  --no a toda, sino a la que no ama bastante la verdad--  una religión y una moral de repuesto, sustitutivas de las verdaderas; un simulacro vano de las cosas, envuelto a veces en palabras sacras.
¡Qué es ver tanto pobre diablo haciendo de un partido un Absoluto y poniendo su salvación en un nombre que no es el de Cristo -aun cuando a veces el nombre de Cristo está allí también, de adorno o de señuelo-! Se pagan de palabras vacías, vomitan fórmulas bombásticas, se enardecen por ideales utópicos, arreglan la nación o el mundo con cuatro arbitrios pueriles, engullen como dogmas o como hechos las mentiras de los diarios; y discuten, pelean, se denigran o se aborrecen de balde, por cosas más vanas que el humo... Una vida artificial, discorde con la realidad, les devora la vida (...) El hombre que no adora a Dios adora por fuerza otra cosa, dijo Tomás de Aquino; y en primer lugar al Estado, que es la obra más grande de las manos del hombre; pero...'no adorarás la obra de tus manos'."
 
Leonardo Castellani dice esto en un artículo de 1957, Una religión y una moral de repuesto, que salió en la revista Dinámica Social primero y después en su libro Cristo, ¿vuelve o no vuelve?

Podría arrancar aquí con una catilinaria, pero prefiero recordar estos días políticos y mediáticos (en todas las combinaciones de estas dos palabras), con un homenaje y una cita.


"Son las siete menos siete, faltan siete para las siete..."


El chascarrillo inocente es del payaso Firulete (murió en estos días a los 81 años y su nombre verdadero no importa nada porque era Firulete y ya está...).

Pero, por trivial que parezca, y además de significar una firme ubicación temporal (y aritmética), la del simpático payaso creo que es la fórmula más redonda, sensata y verdadera que corrió por las tapas de los diarios y las pantallas de televisión y las bocinas de las radios en estos días cálidos de este invierno mistongo.

Dios la Belleza
 
Cada hombre que tenga un verso a flor de labios
y lo haga palabra desmedida de todas las medidas que saben los hombres,
consabida;
cada hombre que pueda mirar alguna cosa,
cualquier cosa que fuere,
y la luz que allí brilla lo enceguezca y desborde;
cualquier hombre y cualquiera que solamente pueda mirar, decir, hacer,
ya no sepa otra cosa, ya no vea más nada y apenas diga eso o la haga
o lo cante:


digo yo que en el alto lugar más allá de los ángeles,
en la altura del aire que no conoce tasa;
allí, donde no llegan las águilas, satélites y sondas e ilusiones
de los más fantasiosos,
en ese sitio arcano, recóndito y el único que nunca está vacío
y que Dante, San Pablo y Cicerón llamaron la esfera la más alta,
la tercera, la última:

habrá un lugar que nadie podría discutirle, donde Dios la belleza,
el Dios que sabe todos los modos en que brillan las cosas por su esencia,
lo tendrá siempre en cuenta y a la vista del trono, del escabel del trono,
o cerca, por lo menos, de un confín no lejano de su Cielo que es siempre.


Porque Dios no desmiente con sus actos sus dichos.


Y si es bueno que exista el olor de las flores,
la luz de la mañana, y hasta el sol o la nube,
cada brizna en el viento, cada viento en la noche,
el campo si atardece, la montaña sin sombra;

o las palabras dichas que hacen que exista todo
en mis ojos, mi lengua, mi memoria, mi oído,
o entre los pliegues tristes de un corazón de carne
(de demasiada carne) y los hacen alegres,
o por lo menos hacen las palabras que brille
una alegría suave que llaman esperanza,
o despiertan arrojos que se llaman amor,
o cantan dignamente el dolor de la pena;
o las manos que hacen del barro inerte opaco
vasija que da vida,
o del mármol calor;
o en color, formas gráciles, bocetos de otras cosas
que ya existen y quieren ser por él repetidas
para mostrar su forma inacabable siempre;
o ponen en el aire y con aire un sonido
que enhebra toda cosa en músicas y en danza
dando compás al grito, melodía a la pena, canción al regocijo;
 
y así con cada mano que hace más veces ser
la rosa o el retrato cansado de mi faz,
con cada voz que busca el sonido secreto de los nombres de Dios
(con que llama a las cosas),
o la mano que sale de la piedra,
habitante de un mundo que florece si otra mano la llama,
o el que en el aire siente sonidos que no tienen reposo
si en el tiempo no son la sinfonía:

para ellos Dios guarda un rincón en el Cielo y los redime siempre,
por un verso en fortuna,
un color inaudito,
un sonido que acuerde,
una piedra que hable:

Te pido, Dios, que sabes que bella es toda cosa ante Tu Faz bendita,
redimas al apóstol que habla de Tí en figuras, colores y sonidos,
sepa de Tí o no sepa;
Te conozca o Te ignore pero Te busque siempre
diciendo -y más sabiendo, oscuramente al menos- que intuye que en su origen
toda cosa Te debe, toda obra Te debe
lo bello que posea;
que conmueve y que exalta y que aquieta y que eleva y que lleva
a la sala del trono,
al escabel del trono donde Tú estás. Amén.

 
Es rara la memoria, la evocación.

Con lo dicho sobre Abraham, no sé por dónde me vinieron a la memoria unos versos.

Tres sonetos de Francisco Bernárdez, que hace años comento en clases sobre la palabra. Y otros míos de hace unos cinco años atrás, que verán la luz ahora.

¿Por qué me acuerdo de ellos? No tengo idea.

Primero, lo primero.


Las cosas
El mundo nos despierta y al oído
nos confiesa el afán de cada cosa
por empujar la puerta misteriosa
y escapar de la muerte y del olvido.

Nos dice que la piedra y que la rosa
buscan la voz del hombre dolorido:
la piedra inerte para ser sonido,
y palabra la rosa misteriosa.

Y nos dice también que, sólo cuando
las cosas hallan lo que van buscando,
alcanzan toda su naturaleza.

Porque, sólo en la voz que las asume,
tiene la piedra toda su firmeza,
tiene la rosa todo su perfume.

(De "El Ruiseñor")


Alguien
Alguien que está escondido en la espesura
De la noche desierta y silenciosa
Canta con una voz de una hermosura
Que revela su ser a cada cosa.

Al escuchar la voz maravillosa
El mármol siente que su entraña es dura,
La rosa empieza a conocer que es rosa
Y la noche recuerda que es oscura.

Es como si del fondo de su llanto
El universo con amor oyera,
Despierto al fin por el inmenso canto;

Se conmoviera con la voz, abriera
Los pobres ojos que lloraron tanto
Y por primera vez se comprendiera.


La Palabra

En cada ser, en cada cosa, en cada
Palpitación, en cada voz que siento
Espero que me sea revelada
Esa palabra de que estoy sediento.

Aguardo a que la diga el firmamento,
Pero su boca inmensa está callada;
La busco por el mar y por el viento,
Pero el viento y el mar no dicen nada.

Hasta los picos de los ruiseñores
Y las puertas cerradas de las flores
Me niegan lo que quiero conocer.

Sólo en mi corazón oigo un sonido
Que acaso tenga un vago parecido
Con lo que esa palabra puede ser.
(De "Poemas de Carne y Hueso")

lunes, 26 de julio de 2004

¿Cuál es el sentido de este episodio en el que sorprende el regateo de Abraham por Sodoma?

Finalmente, Dios hizo llover fuego del cielo y la destruyó. Y se salvó en cambio Segor, o Çoar -según los entendidos, en hebreo 'poca cosa, una cosa de nada'- pequeña localidad próxima, pues hasta allí fue a dar Lot, rescatado por los ángeles de la destrucción de Sodoma.

Pero, si había un justo, ¿por qué no detuvo Dios el castigo? ¿Era cuestión de número de justos o de justicia  (= 'virtud') en la ciudad?

(Dejemos aparte el hecho de que la 'justicia' de Lot no lo pone a salvo de sus 'tropiezos' anteriores y posteriores al castigo a Sodoma...)

Se le concede pedir, pero, lo que Abraham pide, no es concedido. Y para mayor sorpresa, se rescata a un justo y se destruye la ciudad al mismo tiempo.

Abraham se detuvo en diez, y tal vez pudo haber seguido. 

Unos 1.300 años después, en palabras del profeta Jeremías (5, 1), Dios dice que con uno bastaba: "recorred las calles de Jerusalén, ved e informaos; buscad por sus plazas a ver si halláis un varón, uno solo, que obre justicia, que busque fidelidad, y le perdonaré".

Ya en el Deutoronomio (24, 16) dice, por otra parte, que "los padres no pagarán por sus hijos, ni los hijos por sus padres. Cada uno será condenado por su propio crimen". 


Hay aquí varios asuntos, me parece. Por una parte, la cuestión acerca de si el justo sostiene la ciudad. Y si lo hace eficaz e infaliblemente.

La respuesta a este punto parece ser que sí puede sostenerla, y si puede sostenerla podría en forma eficaz, pero no infaliblemente. Sólo es infalible la protección de la 'ciudad', cuando un 'justo' la protege y es su sufrimiento el que expía el pecado de todos. Y ése justo es el Servidor de Yahvé del capítulo 53 del profeta Isaías.

También, a este respecto, está la cuestión de los 'buenos' y los 'malos' conviviendo en 'este mundo' y qué hace Dios con esa mixtura. Ese lenguaje parece ir in crescendo en las Escrituras. Y, si el propio Apocalipsis no es el punto más alto en esta forma de plantear esa convivencia en la historia humana, ciertamente lo es en boca del propio Jesús el llamado "protoapocalipsis" del capítulo 24 de san Mateo. Otro tanto habría que decir del episodio de Sodoma como figura del 'juicio de este mundo'. 


Por otro lado, a Abraham se le concede pedir. Y Dios se aviene a la oración de Abraham que plantea su súplica a modo de negociación, lo que también Dios acepta, incluso comprometiendo en cada respuesta una acción, aunque ciertamente que bajo condición.

Esto parecería que debe referirse a la oración, al 'mecanismo' de la oración. Al modo de orar. Y al modo en que Dios contesta a nuestras oraciones.

(No es antojadiza la lectura de este texto del Génesis junto con el pasaje en que los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar, con el agregado de la parábola del amigo inoportuno, que es casualmente un caso parecido al de Abraham...)

El pedido de los 'buenos' es oído por Dios, que hace finalmente lo que mejor le parece.

Esta relación entre el pedido y la concesión es algo que siempre deja perplejo.

La Escritura suele acudir a la mención insistente de la Gloria de Dios como razón última del proceder del propio Dios, y como explicación de aquellas realidades terrenas cuya resolución nos confunde o nos parece injusta o simplemente misteriosa y hasta sin sentido.

Pero es cierto también que, como hacemos con tantas cosas referidas al sentido de lo divino, pasamos por esta cuestión de la Gloria de Dios como si diéramos por entendido que se trata de una explicación sin explicación, bien sonante pero oscura, casi un cliché que calma la ansiedad frente a lo misterioso o angustioso de la historia humana y de la propia realidad divina.

domingo, 25 de julio de 2004

La abundancia puede resultar más problemática que la escasez.

Estuve leyendo "¿Humano o cristiano? Antinomias de un humanismo cristiano?", de Louis Bouyer, un trabajo de 1958, de rara factura y provocativas conclusiones.

El episodio de la destrucción de Sodoma, por su parte, es un asunto interesantísimo.

Y está la cuestión Kirchner-Béliz-Quantin, en materia de política coyuntural argentina.

Nadie creería que son asuntos de parecida laya.

Lo difícil es saber por dónde empezar.

Como en la duda uno se abstiene, dejo lo dicho como sumario.

sábado, 24 de julio de 2004

                                           X

Habéis visto la casa edificada, la habéis visto adornada
por uno que llegó en la noche, ahora está dedicada a
DIOS.
Ahora es una iglesia visible, una luz más, puesta en un
cerro
en un mundo confuso y oscuro y agitado por presagios
de miedo.
¿Y qué diremos del futuro? ¿Es una sola iglesia lo único
que podemos edificar?
¿O seguirá la Iglesia Visible y vencerá al Mundo?

La gran serpiente yace siempre medio despierta, en el
fondo del pozo del mundo, enroscada
en pliegues de sí misma hasta que despierta de hambre y
moviendo la cabeza a derecha e izquierda se
prepara para su hora de devorar.
Pero el Misterio de Iniquidad es un pozo demasiado
hondo para que lo sondeen los ojos mortales. Salid
afuera de entre los que aprecian los ojos dorados de la
serpiente,
los adoradores, sacrificio que la serpiente se da a sí
misma.
Tomad vuestro camino y separaros.
No seáis demasiado curiosos del Bien y del Mal;
no tratéis de contar las futuras olas del Tiempo;
sino satisfaceos con que tenéis luz
bastante para dar vuestro paso y encontrar dónde
asentar el pie.
¡Oh Luz Invisible, Te alabamos!
Demasiado clara para una visión mortal.

Oh Luz Mayor, Te alabamos por lo que es menos,
por la luz oriental que nuestras torres tocan de mañana,
la luz que se inclina sobre nuestras puertas occidentales
al anochecer,
el crepúsculo sobre charcos estancados cuando vuela el
murciélago,
Luz de luna y luz de estrellas, luz de búho y de falena,
fulgor de luciérnaga en una brizna de hierba.
¡Oh Luz Invisible, te adoramos!

Te damos gracias por las luces que hemos encendido,
la luz del altar y del santuario;
pequeñas luces de los que meditan a medianoche
y luces dirigidas a través de los cristales de colores de
ventanas
y luz reflejada en la piedra pulida,
la dorada madera tallada, el colorido fresco.
Nuestra mirada es submarina, nuestros ojos miran
hacia arriba
y ven la luz que se quiebra a través del agua inquieta.
Vemos la luz pero no vemos de dónde viene.
¡Oh Luz Invisible, te glorificamos!

En nuestro ritmo de vida terrena nos cansamos de la luz.
Nos alegra cuando acaba el día, cuando se acaba
la función y el éxtasis es demasiado dolor.
Somos niños rápidamente cansados: niños levantados de
noche y que caen dormidos cuando se lanza el
cohete; y el día es largo para el trabajo o el
juego.
Nos cansamos de la distracción y la concentración,
dormimos y nos alegramos de dormir,
gobernados por el ritmo de la sangre y el día y la noche
y las estaciones.
Y tenemos que apagar la vela, apagar la luz y volverla a
encender;
para siempre debemos apagar, para siempre volver a encender
la llama.
Por eso te damos gracias a Ti por nuestra lucecita; ésta
está moteada de sombra.

Te damos gracias a Ti que nos has movido a edificar, a
encontrar, a formar en la punta de los dedos y
los rayos de nuestros ojos.
Y cuando hayamos edificado un altar a la Luz Invisible,
quizás podamos poner en ella las lucecitas para
las que se hizo nuestra visión corporal.
Y te damos gracias de que la tiniebla nos recuerde la luz.
¡Oh Luz Invisible, Te damos gracias por Tu gran gloria!


Thomas Stearns Eliot
(De los coros de la obra La piedra)
Siempre habrá algo que aprender de los antiguos. Ahí está el ciclo de Arturo y sus personajes y su simbolismo.

Es verdad que mucha de esas cosas aparecen a la luz literaria recién después del siglo XII. Y que a partir de su nacimiento literario van deformándose hasta alcanzar ribetes de Guerra de las Galaxias, casi ya sin rastros del simbolismo original.

Está el caso de Sir Galahad, por ejemplo, el hijo de Lancelot y de Elaine de Corbenic. Como Arturo, nace de un engaño mágico, pues su padre creía yacer con Ginebra.

En la Mesa Redonda, le toca la silla destinada a quien habrá de hallar el Santo Grial. Que no porque sí se llama el Sitio Peligroso.

En los romances antiguos, su suerte futura aparece ya predicha cuando uno de sus antepasados directos es bautizado por el hijo de aquel bíblico José de Arimatea, que según la tradición introdujo el cristianismo entre los británicos (además de ayudar a llevar la famosa Mesa y la propia Copa de la Última Cena).

Era para Galahad el privilegio de ver el Grial, pues su corazón era puro y sin mancha.

Sir Perceval, Parzival, Parsifal o Percival, según tradiciones y autores diversos, es otro de los tres caballeros que alcanzan a ver el Grial, junto con Sir Bors.

Pero estos dos últimos, que acompañan al joven caballero en la Búsqueda, fallan al principio, uno por hablar de más y el otro por cierta lujuria en su mirada y en su corazón. Purificados al fin, logran lo que otros no.

Muchos otros elementos tienen estas historias, personas, aventuras y lugares, que significan cosas.

Para cuando todos estos emblemas lleguen a la biblioteca de Don Alonso Quijano, el bueno, muchos de ellos serán puros disparates. Trasmutados los personajes originales, el sentido de sus hazañas, serán casi un mito insano, en el peor sentido de la palabra mito.

Pero, aun pasados los siglos y malversados, muchos de los principales actores permanecen potentes en su significado, mal que le pese a un tiempo que ya no parecía tener con qué entenderlos. Tanto incluso se conserva su significado que, a pesar de que se dispersa el motivo original, el propio Quijote tiene en tamaños señores inspiración suficiente para sus hazañas, algo que alcanzará hasta el palurdo basto y sencillo que lo acompaña, Sancho Panza.
No tanto, sin embargo, como para que los contemporáneos del 'loco de la Mancha' entiendan las ventajas prácticas de la pureza de corazón, y mucho menos, la ventaja práctica de hallar el Grial...


Ahí tenemos un caso que muestra cómo la sociedad se hace desde adentro, movida, estructurada, por las palabras y los signos que la guían.

Las épocas existen, sin duda.

Hasta yo conozco los almanaques y sé que los días tiene 24 horas y las semanas siete días y así...

Pero la historia de los hombres es 'en' el tiempo, no 'por' el tiempo.

La historia de los hombres es una cuestión de sentido, más que de tiempo que transcurre.

Claro que las épocas existen. Pero la historia no es cuestión de épocas. Es cuestión de sentido.

Es entender o no lo que las cosas significan lo que marca las épocas. Y no al revés.