jueves, 24 de junio de 2010

La tarde, el desierto y el pan (III)

La cuestión sigue en pie. En primer lugar, con una aproximación incompleta al asunto del humor extraño con el que Jesús dice a los apóstoles que ellos mismos procuren comida para 5.000 hombres, más mujeres y niños. Ni con los panes y peces que hay, ni con los denarios que hay, ni con la comida –si caso hubiera- que pudieran encontrar en los alrededores. Ni modo: Jesús sabía que eso era imposible.

“No tienen por qué marcharse…”, se me hace que no es una expresión directa y llana, no está dicha enteramente en serio, digamos así. Y “dadles vosotros de comer…”, es todavía más próxima a la broma, aunque no cualquier broma.

Imaginemos otros actores, o imaginemos que por lo menos no hubiera sido Jesús sino otro el protagonista.

Héroe, o quidam cualunque, si hubiera pronunciado esas frases habría sonado tal vez el clarinazo de la hazaña, de la gesta imposible con final presumiblemente feliz, como en los cuentos de hadas o en las sagas míticas, en las que un puñado de argonautas se lanza a la aventura y vuelve velis nolis con bolsas de 50 kilos de harina sin harina, ya plenas de hogazas humeantes arrancadas a las fauces de un dragón, un basilisco o de recuas de panaderos ávidos que ven el filón de semejante comanda, tanto da.

Pero de hecho es Alguien más perspicaz que un héroe y más inocente que un quidam quien está al mando de la operación “dadles vosotros de comer” y sabe, se entiende, cuál es la tropa y sus posibilidades.

Si, por el contrario, esto hubiera sido el rasgo como si dijéramos voltaireano de un antihéroe socarrón, habría sido por demás escandaloso. Burlarse de la inopia, el desamparo y del hambre, burlarse así de los limitados compañeros de armas: imperdonable. Un espíritu delicado no debería soportar una broma así de ácida volcada sobre la fatiga de unos miles de hombres ansiosos y necesitados de pan. Niños que deambulan por campamentos improvisados en torno a fuegos pobres, mirando a sus padres con ojos expectantes, madres angustiadas por la noche y la lejanía, padres atormentados por la mala idea de quedarse allí hasta tan tarde, ahora no sólo sin pan, sino como posible pan mismo de cualquier alimaña o fiera salvaje. No cabría allí burla alguna, ni broma siquiera. No sería digno siquiera el sesgo de una casi ironía. La preocupación de los discípulos es tan urgente como genuina: “déjalos ir…” y a eso no puede contestarse con: “que se las arreglen, si no hay, no hay: esta no es mi guerra…”

¿Y si se tratara de un prestidigitador, un mago, un buhonero de maravillas blancas o negras? ¿O de un merlín que supiera lo que va a hacer y crea de ese modo una especie de suspenso escénico, una especie de anticipación dramática para que resulte restallante el milagro? Un rasgo de narcisismo, sin duda: la promesa imposible ante una situación imposible será finalmente realizada. La risa callada, alojada cuidadosamente en la comisura que oculta la barba, satisfecho de sí mismo y de sus poderes y de la cara de espanto y asombro de unos y de otros cuando aparecen las canastas repletas.

Entendemos habitualmente el humor como una ocurrencia repentina y a veces llena de gracia, un juego de palabras iluminador corrosivo o fresco, tal vez como un estilete que parte un pelo en el aire y su misma velocidad es sorpresa feliz, tal vez como un absurdo que por su mismo dislate causa risa, o como una voltereta -más o menos cruel- que pone en perspectiva insólita y por ello ridícula a cualquier cosa, y así de otras maneras.

Nos cuesta más atribuirle al humor el papel de un borrador de pizarrones.

Sin mucho esfuerzo exegético, puede entenderse que las frases de Jesús fueron una enseñanza y por lo mismo tuvieron intención docente. Es claro que subrayan algo, claro que sí.

Pero si las frases de Jesús fueron docentes, y ciertamente lo fueron, tuvieron a la vez el mismo efecto que el de un borrador sobre un pizarrón repleto de fórmulas posibles. Esas fórmulas por cierto no son las de Jesús, sino que han sido escritas y pergeñadas por nosotros. Con trazo vacilante, escritura inconclusa, paréntesis vacíos y signos de igualdad con la nada en uno de sus extremos: así es como los hombres solemos resolver nuestras ecuaciones. Y tenemos cierta petulancia mal disimulada al conformarnos complacidos con nuestros trazos insuficientes en el pizarrón. No tanto por impericia, que la hay, sino más bien por indigencia de medios... y de fines.

Y por cierta ignorancia, claro: ¿cómo podrían saber que el momento eucarístico y escatológico que une a la tarde en el desierto y sin pan es el escenario ideal para una parábola en acción, que diría Castellani? ¿Cómo darse cuenta sin que Jesús lo diga? ¿Cómo ver lo que el desierto significa al caer una tarde que no sabemos qué significa? ¿Cómo saber de qué pan vive el hombre? ¿Cómo pensar y sentir a la vez en dos planos todo el tiempo, viendo todo el tiempo en una cosa la otra? ¿Cómo imaginar que el propio hombre al hacer una cosa hace otra a la vez de la cual la primera es sólo el typo?

Si es posible utilizar este texto en la fiesta del Corpus Christi es sin duda porque su sentido eucarístico es nítido, la mera presencia del pan hecho mucho para muchos es un signo transparente de lo que hoy no entendemos del todo, pero ya sabemos de sobra. Con la suficiencia que nos da el tiempo y la sabiduría de los sabios, miramos a los apóstoles rudimentarios e ignaros con mirada piadosa: “pobres, no se dieron cuenta…” Ayuda a nuestra suficiencia, y parece que la corrobora como ya vimos, la furia de Jesús sobre la barca, tratando asuntos de panes y levadura: ¿cómo no entendéis? ¿cómo es posible que no hayáis entendido? Tampoco creo que esa furia fuera la ira homicida de un iracundo, sino el reverbero magisterial que pregunta una y otra vez si hemos entendido, una como impaciente instancia que requiere infatigablemente nuestra atención, sin la cual nada se aprende.

Jesús usa el modo simétrico y en eso, en buena medida, veo el humor, bien que extraño.

No tienen pan, así que mejor déjalos ir..., dicen los apóstoles.

Entonces ustedes tienen que darles pan, que no se vayan nada..., dice Él.

No tenemos pan, dicen ellos. Y lo que tenemos no alcanza, ni en pan ni en denarios.

A ver..., dice Él.

Y entonces hace que sea verdad aquello que recién les dijo: que no deben irse las gentes y que deben ellos darles de comer. Y las dos cosas que dijo pasan efectivamente: no se van los 5.000 y ellos les dan de comer.

Con todo, y tal vez para mayor deleite de los más agudos, deja completamente de lado la cuestión de los denarios, omite elegante y benévolamente la bolsa que carga Judas, como quien aparta la cáscara de una nuez con el dorso de la mano, con lo que a mi juicio completa el dulce tinte de su humor severo.

Pienso ahora que tal vez, y algo lateralmente, algún punto de la ardiente cuestión "De auxiliis gratiae" tenga su lugar en estos pasaje de las multiplicaciones de los panes, aunque insistiría en que, si lo tiene, es en clave humorística, lo que quizá podría afectar la circunspección de algún que otro teólogo, cosa que no querría, por supuesto, sabiendo lo quisquillosos que pueden ser.

lunes, 14 de junio de 2010

Y bendita la mare que te parió

Qué mañanita tuvo hoy el alba.

Para un melancólico, sería la sombra y figura mismas de la melancolía, qué cosa.

Ni frío ni calor, con una pesada rastra de humedad y neblina en todo. Un cielo de plomo al oeste y al sur, como cielo de Lugones en el Salmo pluvial. Al este, trashuma a desgano un sol de lo más incómodo con el día que tiene por delante, y que aparece nada más que para decir que se va…

Oigo, mientras tanto, unas versiones de un amor a los gritos que rescaté de un arcón y que siempre me hace mucha gracia. Será cosa de los andaluces, no lo sé. Pero eso de cantarle una ternura como de Ave María a la Virgen del Rocío, en esta Salve Rociera, y ese olé como de marcha, con esos aires marciales… esa ternura militante, eso de golpear los puños sobre la mesa al compás de un rítmico ‘te quiero’.

Si ocurriera al acaso que entre el auditorio se encontrare algún melancólico –crónico o circunstancial-, creo que algo tendría que gozar, de algún modo tendrá que levantar su corazón con esta barra brava de la Señora del Rocío.

Así que, oiga.

Y después, vaya, salga al día y mírelo de nuevo. A ver si ve lo mismo.







domingo, 13 de junio de 2010

Romero

Linda, la noche; tarde, en la noche. Tranquilo al fin el día, el tiempo, y tanto que parecen en paz hasta los tiempos, al fin.

Una lluviecita fina, de a ratos. Fresco apenas todo. Entre la humedad que sube de los pastos embarrados y que baja del cielo como seda, hay un aire de maderas que arden bien, maderas de buena madera, en algún fuego adentro de humo afuera. El humo se huele, el fuego se adivina.

Lindo, viera. Sereno.

Oigo a Cafrune, mientras.

Sabe lo que hace, sabe lo que dice. Y sabe decir.

Qué suerte tuvo este hombre, creo. Sencillamente, sin tanto meneo, sin tanto baile. Sobrio para decir.

Qué suerte tuvo al poder hacerlo así. Decir esas cosas buenas, sentires claros que suenan y han de ser puros, me imagino, aunque parezcan penas.

Alegra oír las penas bien dichas.

Y decir también con todo eso una Argentina limpia, simple, honda.

Y decir el amor y el humor y el dolor. Sin tanto lío, ni tanta conga. Limpio.



Es como un rezo (sí, mi amigo, la belleza también reza...)

Yo se lo agradezco: en una noche así -como de fiesta, de tan serena-, es un regalo.

sábado, 12 de junio de 2010

Hard is my fate

Nach truagh mo chas, dicen que dijo el buen Príncipe Carlos Estuardo, un escocés hablando en escocés, en tiempos de la infausta Batalla de Culloden. Y no se refería al resultado de la liza, aunque podría haberlo hecho.

La ocasión en que se supone que podría haberla dicho, fue precisamente la que dio origen a esta melodía que traigo aquí: Hard is my fate, que se dice en escocés como ya se ha visto.



Los investigadores, hablando de ella, dicen cosas como éstas, harto simpáticas y so british, diría yo:

This delightful melody has been attached to a supposed soliloquy of Prince Charles on the night after his defeat at Culloden. The editor's mother, with her elder sister, then little girls, were, from the crowd which the presence of the Prince and Lord Lovat brought to their father's house, stowed into a small apartment or closet betwixt the Prince's bedchamber and another, having a door of communication with both when requisite. The whispers of the little girls, in terror of making noise, produced suspicion in the Prince's breast of having been betrayed. Their door was secured; but how they must have been astonished to hear him knock, and exclaim with agitation 'Open, open!'‑when, upon their reluctantly opening the door, he presented a visage of consternation which they could never forget, easier to be imagined than described. It however gave them the best opportunity they had of viewing his person; and his only exclamation which they understood was 'Hard is my fate, when the innocent prattle of children could annoy me so much.'" (Fraser). Alburger suggests that this tune may be an unacknowledged composition of Fraser's, "writing music associated with the past in the same way that Burns and Hogg wrote poems and songs with historic connections and, by not acknowledging the them as theirs, left the reader to think he would" (Alburger).

Alburger (Scottish Fiddlers and Their Music), 1983; ex. 98, pg. 163. Fraser (The Airs and Melodies Peculiar to the Highlands of Scotland and the Isles), 1874; No. 125, pg. 49. Hunter (Fiddle Music of Scotland), 1988; No. 53.

Este aire apareció en el aire de la cueva cuando estaba distraído en esto y aquello, mientras sonaba aquel disco de Jordi Savall a la viola celta, haciendo asuntos irlandeses y escoceses, que ya menté.

Me sorprendió la tonada, y más porque al oírla me resultó alegre.

Volví sobre ella, busqué la pista y encontré su nombre paradójico. Después, claro, la explicación de los buscahuellas le puso su tono el asunto.

Pero, más allá de la historia y los eruditos, vale la pena tomar ejemplo y ver la cuestión como un emblema.

Porque está bien que alguien pueda, cuando crea que su destino es duro, componer una melodía que le acompañe la mañana a alguno, que le alegre el día a otro.

Creo que, al fin de cuentas, es lo mismo que pedía J. H. Newman, cuando rogaba a Dios que sus tinieblas fueran luz para los demás.

viernes, 11 de junio de 2010

Sudáfrica mía

Disculpe lo módico, cumpa.

Pero se viene el batifondo.

Desde hoy, y por los próximos 30 días, habrá (hay) bastante huevada alrededor de estas cosas; y de tantas maneras, viera usted.

Me apuro, entonces y antes de que me olvide, a dejar aquí sentado todo lo que tengo para decir al respecto.






Que ande bien.

El corazón del tesoro (VI) Altro intermezzo


The Harp Consort
, conjunto anglo, grabó por los '90 en un disco So el encina, un poema español anónimo del siglo XV, junto con otros asuntos inspirados en Lucas Ruiz de Rubayaz, un clérigo burgalés del siglo XVII ocupado en cosas de música. Al disco, que es bueno, lo llamaron como el libro de música del prete, Luz y Norte, y le agregaron unos temas de regalo, bajo el título sonoro y simpático de Amores Pasados.

Allí precisamente figura esta pieza que tiene la peculiaridad, según parece, de registrar la participación del que fuera afamado bajista y musicalizador rockero, John Paul Jones.



So el encina

So el encina, encina,
so el encina.

Yo me iba, mi madre,
a la romería;
por ir más devota
fui sin compañía;
so el encina.

Por ir más devota
fin sin compañía;
tomé otro camino,
dejé el que tenía;
so el encina.

Halléme perdida
en una montiña,
echéme a dormir
al pie del encina,
so el encina.

A la media noche
recordé, mezquina;
halléme en los brazos
del que más quería,
so el encina.

Pesóme, cuitada
de que amanecía
porque yo gozaba
del que más quería,
so el encina.
Muy biendita sía
la tal romería;
so el encina.

Creo que hay aquí otro ejemplo de corazón y tesoros, se entiende fácil.

El asunto de los romeros (o romeras, vea usted, que aquí tengo la historia de una, frente mismo a mis oídos…) que en el camino de su vida se tiran una cana al aire (o más de una…), es un motivo como folklórico en la literatura cristiana desde antiguo.

No, mi estimado, no: no está dicho que sea conditio sine qua non para ser cristiano, ni que para ser un buen cristiano haya que tirarse disciplinada y concienzudamente una cana al aire (o más de una…) ¿De dónde sacó eso?

Dije, nada más, que es una especie de tópico. Y que es un tópico que no horrorizaba tanto antes, como horrorizó después, curiosamente.

Tal vez, precisamente, porque el cristianismo –el de Gonzalo de Berceo, por ejemplo en su siglo XIII, con su Milagro del Romero de Santiago (parecido en algo a esta cancioncilla, aunque con final diverso)- suponía que los que se arrepentían sabían lo que hacían. Y lo que habían hecho. Y lo que querían hacer.

Como digo que, tal vez, quienes se toman de aquellas palabras de Lewis para llamar tesoro a lo que tienen en el corazón, aman más el hecho de tener un tesoro, que el de tener un corazón.

Porque lo que dice es:
Creo que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo.
Y hay un matiz en eso de protegerse a sí mismo con una falta de amor consentida, un matiz algo obvio que no nos permite sacar la conclusión un poco frívola de que para mostrar que uno es cristiano (más cristiano, o mejor persona tan sólo...) ningún amor le está prohibido. O lo que es más sutil –y corriente-: que Dios espera de mí que ame lo que sea a como dé lugar, así fuere dictándole con mi tesoro en la mano la ley al universo, y a Dios mismo si cuadra, en mi beneficio, claro.

Porque parece cierto también que en eso de que donde está el tesoro estará el corazón, de algún modo se dice que la medida de mi corazón ha sido mi tesoro.

El propio Lewis, en el final de su breve sueño, El Gran Divorcio, le hace decir a la mujer que se ha salvado amando:
No puedo amar una mentira (…) No puedo amar lo que no es. Estoy en el amor y no saldré de él.
Ojalá pudiera el corazón decir eso de su tesoro, al final.

Por otra parte, la relación de esto con la alegría, es un asunto que importa.


Pero es viernes, claro.

miércoles, 9 de junio de 2010

Tormentas y tormentos (III)

Los Nazgûl retornaron, y como ya el Señor Oscuro empezaba a medrar y a desplegar fuerza, las voces de los siervos, que sólo expresaban la voluntad y la malicia del amo tenebroso, se cargaron de maldad y de horror. Giraban sin cesar sobre la Ciudad, como buitres que esperan su ración de carne de hombres condenados. Volaban fuera del alcance de la vista y de las armas, pero siempre estaban presentes, y sus voces siniestras desgarraban el aire. Y cada nuevo grito era más intolerable para los hombres. Hasta los más intrépidos terminaban arrojándose al suelo cuando la amenaza oculta volaba sobre ellos, o si permanecían de pie, las armas se les caían de las manos temblorosas, y la mente invadida por las tinieblas ya no pensaba en la guerra sino tan sólo en esconderse, en arrastrarse, y morir. (J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos, III, 4)

Nazgûl quiere decir, en la lengua negra de Mordor, Espectros del Anillo.

Además de otras mortíferas armas materiales, su Hálito Negro era un arma poderosa y de veneno mortal. De ese Aliento resultaba que los hombres caían en la desesperación, en inconsciencia y hasta en pesadillas horribles y sueños de muerte. Si alguno se exponía por largo tiempo a esa Sombra, moría. Las athelas eran un remedio que podía curar sus efectos.

El Rey Brujo de Angmar era el señor de los nueve Nazgûl, y murió a manos de Éowyn, en la última batalla a las puertas de Minas Tirith, en los Campos de Pelennor.

Éowyn misma supo de los efectos del Hálito del Nazgûl, aunque su propio corazón pudo haberle sido tan fatal como el mal y las heridas del Rey Brujo de Angmar, si otro Rey no la hubiese ayudado a curarse.

Entre otros nombres, al Rey Brujo se lo conoció como Capitán de la Desesperación. Y con razón. Especialmente, por aquel grito agudo que tanto paralizaba a los hombres, los sumía en un terror sin nombre, quitándoles la esperanza y el coraje de sus corazones.

Ahora bien.

Cuando oímos decir “el grito del Nazgûl”, imaginamos un sonido. Y está bien. Porque de veras es un ruido infernal, punzante, chirriante y helado a la vez.

Pero el grito del Nazgûl no es solamente un grito.

Hay otras varias cosas que lo son.

Es un grito del Nazgûl todo lo que desgarre el aire, el aire en el que no solamente viven los demonios, sino la creación entera; es un grito de Nazgûl toda voz y cosa siniestra, reptante como humo, insidiosa como un veneno del mundo, que deshace y disuelve, que quiere romper y rompe, que destroza incluso sin tocar, quemante como ácido, infeliz y triste, violenta o mansa, con la mansedumbre de una pitón.

Y más. Porque muchas cosas que ocurren y nos ocurren tienen el mismo sonido que el grito del Nazgûl. Muchas cosas paralizan a los hombres y quitan la esperanza de los corazones, de modo que ya no se piensa sino en esconderse, en arrastrarse, y morir.

En tantas cosas suenan los gritos del Nazgûl: cosas de la casa o de la política, cosas de los hijos o de la cultura, cosas del amor, cosas de la Fe, cosas de la música, cosas de la amistad, cosas de la natura y las diversiones, cosas de los trabajos, de las comidas o de la muerte.

Se diría que nada hay en el cosmos sino gritos del Nazgûl.

Gritos de Nazgûl en el corazón de tantos a los que se les oscurece la mirada y se les arruga el corazón; gritos de Nazgûl sonando entre las filas de los que apenas pueden -y todavía querrían- mantenerse en pie; gritos de Nazgûl lacerando toda fe hasta que quede exangüe; gritos de Nazgûl en las caras perdidas y babeantes, en los ojos ávidos y las manos rapaces; en las medias sonrisas suficientes de los maquinadores; gritos de Nazgûl en las decepciones; en las ruinas de los amores; en la carroña de una ciudad que ya no puede parir hombres sino despojos; gritos de Nazgûl en las seducciones de los capitanes usurpadores; gritos de Nazgûl en los ojos irritados de soñar sueños infames; gritos de Nazgûl que amenazan a niños y jóvenes desde el vientre mismo de sus madres, para hacerlos mercancías o muerte o rehenes de afanes pútridos; gritos de Nazgûl en la estúpida torpeza del maestro; gritos de Nazgûl en la soberbia del discípulo indolente; gritos de Nazgûl en las fumatas de los volcanes y de los fumaderos; gritos de Nazgûl en los gritos de Nazgûl que punzan y crispan hasta dejar ciegos a los lúcidos, infames a los buenos, traidores a los leales; adúlteros a los fieles; corruptos a los castos; iracundos a los mansos; envilecidos a los humildes; feroces a los dulces.

Sí: el grito del Nazgûl. Tanto grito de Nazgûl...

Y sin embargo.

Después de haber sido traspasado y muerto en los Campos de Pelennor, el Señor de los Nazgûl se deshizo y los restos de sus ropas y atavíos estaban vacíos.
Ahora yacían en el suelo, despedazados y en un montón informe; y un grito se elevó por el aire estremecido y se transformó en un lamento áspero, y pasó con el viento, una voz tenue e incorpórea que se extinguió, y fue engullida, y nunca más volvió a oírse en aquella era del mundo.
Y así será cuando sea.

Mientras tanto, espero.

lunes, 7 de junio de 2010

La tarde, el desierto y el pan (II)

Despejemos mientras tanto una cuestión hasta cierto punto menor, como es la de los 200 denarios.

Hablemos, entonces, de plata.

En el mismo episodio en el que Jesús menciona la cuestión de la levadura de los fariseos, concluye que no debemos temer a los que matan el cuerpo. Allí mismo enseña que ni uno solo de nuestros cabellos es indiferente para nuestro Padre, y pone el ejemplo de los pajarillos de las ofrendas para el templo.

Así lo dice san Mateo (10, 29):
¿No se venden dos pajarillos por un as?
Y así san Lucas (12, 6), con una tabla de correspondencias que expresa mejor lo que Jesús quiere decir:
¿No se venden cinco pajarillos por dos ases?
Porque dos pajarillos por un as, hacen cuatro por dos ases. Tan poco valen, que uno va de regalo. Sin embargo, ni siquiera ese pajarillo de yapa, irrelevante entonces, deja de estar ante la mirada de Dios que vela por él, como por los lirios del campo. Cuánto más velará entonces por nosotros, mucho más preciosos en Su corazón que estos pajarillos de a un as el par.

Otro caso de los varios que hay para hablar de denarios y dineros, es el que trae san Juan (12, 5-6) cuando relata el episodio en el que María (Magdalena, dicen) derrama una libra de carísimo perfume de nardo en los pies de Jesús durante una comida en lo de Simón el leproso, en Betania, a la que fue con los apóstoles. Estaban allí Lázaro, recientemente revivido, además de su hermana Marta, que, como siempre, servía.
Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?”

Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella.
Chaval, que trescientos denarios es un pasote de pelas...

Volvamos ahora a la cuestión del pan en el desierto, a la tarde, y se verá que no es poca cosa.

El relato de la primera multiplicación está en los cuatro evangelios y, de distinto modo, los cuatro dicen que no hay con qué darles de comer. Ya porque sólo aparecerán cinco panes y dos peces insuficientes, ya porque en la bolsa, dijera san Juan, no había para comprar lo necesario.

Ni san Mateo ni san Lucas mencionan la cifra. Pero sí lo hace san Marcos (6, 37):
Él les contestó: “Dadles vosotros de comer." Ellos le dicen: “¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”
Y también san Juan, especificando que fue Felipe el que hizo el cálculo (6, 7):
Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.”

Muy bien.

No porque sea muy importante, repito, pero veamos de qué cantidades estamos hablando.

La moneda romana que circulaba (junto con la griega y la propia moneda hebrea), tenía como unidad el as, moneda de escaso valor, cuya equivalencia actual parece difusa, aunque tal vez, y por lo que vi, al valor de aquellos tiempos podría cotizársela hoy a unos dos pesos argentinos, algo más que medio dólar o un poco más que medio euro.

Con entre 10 y 16 ases se obtenían 4 ó 5 sestercios y con eso, un denario que, a su vez, era más o menos equivalente a una dracma griega. Así: un denario es igual a 4 ó 5 sestercios y a entre 10 ó 16 ases, según los cálculos.

Para la época de Pompeya, y por lo que se ve en las paredes de las tabernas, en las que se anotaban los precios, es probable que una familia de 3 personas, una familia del común, pudiera sobrevivir con unos 6 sestercios al día.

A su vez, para esa misma época, parece que el jornal diario era de un denario, en casi todo el Imperio. Es precisamente la paga que en la parábola de los trabajadores de la viña (por ejemplo, en san Mateo 20, 1-16), ofrece el patrón al que llega primero... y al que llega último, con lo que enfrenta un reclamo gremial...

Según cuenta Tácito en sus Anales, por su parte, Augusto elevó durante su mandato a unos 220 denarios al año la paga de un legionario corriente, que hasta entonces cobraba unos 125. Se ve que paritarias e inflaciones hubo desde antiguo, para lo cual bastaría comparar lo que dicen las paredes de Pompeya (sepultada en el 79 d. C.) con los edictos de control de precios de Diocleciano, un par de siglos después.

Al fin y por último, es útil saber que una pieza de pan costaba, para la época del relato, alrededor de unos dos ases, es decir, lo mismo que los pajarillos aquellos de las ofrendas que menta Jesús.

Así las cosas, para darle una pieza de pan a cada uno de los 5.000 hombres (sin contar mujeres y niños, porque no se contaban...), habría que haber pagado 10.000 ases o, lo que es lo mismo, 625 denarios (a 16 ases por denario) o 1.000 denarios (a diez ases cada uno).

Tenía razón Felipe: con doscientos denarios no hacemos mucho.

Y eso supuesto que hubiéramos conseguido 5.000 hogazas de pan por los alrededores del desierto, ya anocheciendo y con las tabernas que hubiera ya cerrando, en los pueblitos de aquella Galilea.

Está claro que Jesús sabía todo esto cuando les dijo: “No tienen por qué marcharse (todos estas gentes a ver qué consiguen por allí, aunque ya sea tarde); dadles vosotros de comer...”

Tormentas y tormentos (II)

Sobre una historia todavía anónima y compuesta en la baja Edad Media en Francia, Le Roman de Ponthus et Sidoine, el gaitero Carlos Nuñez interpreta aquí un brano (dicen los italianos…) en el que, a mi gusto, toma una melodía también medieval que, en otros tiempos, traje aquí en varias versiones (una de ellas, la de mi estimada Savina). El tema se llama, claro, Ponthus et Sidoine. El roman es la historia de Ponthus, un heredero al trono gallego, y su amada princesa de la Bretaña, Sidoine. Cuestión de aventuras y peripecias, guerras con moros, bretones, ingleses e irlandeses, traiciones y romances y más cosas, con final feliz. En esta interpretación, Núñez aparece acompañado por Jordi Savall a la viola celta.



Como digo, he visto que se trata de una melodía que se ha usado antiguamente tanto para un canto profano de Cuaresma de despedida del carnaval en el Levante y sur de Francia, como para un himno libanés, Wa Habibi, dedicado a Jesús ensangrentado el Viernes Santo, de finísimos versos; lo dejo aquí en una versión instrumental.



Al mismo Jordi Savall, con la misma viola celta, lo tenemos por su parte haciendo aquí un aire escocés que se intitula Chapel Keithack.



Muy bien: ¿Y con esto qué hacemos?, sigue preguntándose (y -me) usted.

Y digo otra vez: nada. Y otra vez más: la belleza es gratis.

Pero esta vez sí le diré algo más: no tomemos a la belleza de rehén de nada. Ni de lo bueno ni de lo malo. Ni de la alegría y la fiesta, ni de la pena y el dolor, ni de la verdad (interesada o libre), ni del malintencionado error.

No la hagamos apologética ni servil.

No la hagamos sierva, porque es señora.

Y si usted no es capaz de vérselas con la belleza mano a mano, de dolerse con su alegría y hondura, como de alegrarse con su intensidad y nostalgia, me da que llegará a ser un traficante, un bucanero, un estraperlista de la creación divina y humana. En el peor de los casos, Dios no lo permita, tal vez si sigue por ese camino llegue a ser un esteticista, que es una especie de cafisho (o madama…) o dandy de la belleza que hay en el cosmos, en las cosas o en las obras de los hombres.

En el mejor de los supuestos, no se dará cuenta de nada y no tendrá idea de qué trata el asunto.

Usted verá.

Y no sé bien por qué será, pero, hasta donde sé, le garanto que hay pocas cosas que nos ponen más a prueba en la calidad de nuestro declamado amor a lo que es, como estar frente a lo bello.

Creo, incluso y ya que me apura, que hoy por hoy hasta debemos pedir más Fe (sí: fe sobrenatural...) para alcanzar a distinguir siquiera lo bello natural y tener de ese modo los frutos del consuelo y aun de la esperanza y la alegría que eso da, en medio de tormentas y tormentos.

domingo, 6 de junio de 2010

La tarde, el desierto y el pan

El pasaje que se lee hoy, en la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es del evangelio de san Lucas (9, 11-17) y se refiere a la primera multiplicación de los panes. Y que son dos queda claro porque, tanto san Mateo como san Marcos, dejan asentado el reto que los apóstoles reciben de Jesús, después de la segunda ‘multipanificación’, dijera Castellani (en este caso, con dudosamente bella voz…)

Todo el asunto tiene su importancia, claro.

Pasó que, tras esa segunda, y atosigados por los fariseos y saduceos que, para tentar a Jesús, lo persiguen pidiéndole una señal (también ellos se llevan una amonestación dura, ahora por andar detrás de espectacularidades, lo que recuerda las tres tentaciones, en las que también rondaban pan, milagros y poder…), Él y los apóstoles se retiran a una barca y los discípulos olvidan en el apuro las 7 espuertas o cestas con los pedazos de pan sobrantes; así, al sentir hambre en medio del lago-mar, se dan cuenta de que sólo tienen un pan a bordo.

En san Marcos (8, 15-21) dice:
Se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan.

El les hacía esta advertencia: “Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.”

Ellos hablaban entre sí que no tenían panes.

Dándose cuenta, les dice: “¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los 5.000? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?”
“Doce”, le dicen.
“Y cuando partí los siete entre los 4.000, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?”
Le dicen: “Siete.”
Y continuó: “¿Aún no entendéis?”
Y en san Mateo (16, 6-12) dice:
Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes.

Jesús les dijo: “Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.”

Ellos hablaban entre sí diciendo: “Es que no hemos traído panes.”

Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: “Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los 5.000 hombres, y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni de los siete panes de los 4.000, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.”
Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.
No entender, se entiende, es parte casi substancial del papel habitual que los hombres jugamos en esta historia. Y sin tanto casi. Y no sólo por el misterio de la Eucaristía y los tipos de ella que disemina en estos episodios el propio Jesús.

San Lucas, por su parte, no refiere la segunda, sino sólo la primera multiplicación, que es precisamente el texto de hoy. Sin embargo, sí anota una parte de la segunda, aquella en la que Jesús dice cuál es la tal levadura (12, 1-3), que, asociada intencionalmente como está en el pasaje tanto a la tarde, como al desierto y por supuesto al pan, no deja de ser impresionante:
Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados.
La primera multiplicación de los panes, por otra parte, la traen los cuatro evangelistas con matices importantes y significativos, aunque, como dicen los Padres en sus comentarios, no hay que desperdiciar nada ni elegir entre uno y otro, así sin más, por mero gusto o afinidad más o menos frívola, o por el solo hecho de que uno diga lo que otro calla.


Pues, bien. El caso es que tres cosas me distrajeron hoy de la prédica del buen cura.

La tarde y el desierto, por una parte. El humor extraño de Jesús, por otra.

Ya en casa, viendo este último asunto no sólo en san Lucas, me distraje un poco con la cuestión de los doscientos denarios.

Y un poco bastante, verá usted, porque ahora ya es noche cerrada.

Afuera, seguro.

Entonces, mejor seguimos mañana.

Con más luz.

En el cielo, al menos.

sábado, 5 de junio de 2010

El corazón del tesoro (V) / Intermezzo

Apenas balanceándome con alguna gracia irresponsable, aunque al amparo del delgadísimo hilo que me ofrece aquel texto de Lewis sobre el riesgo de amar, traigo ahora estas versiones de Más vale trocar, que compuso el maestro Juan del Encina, según se recoge en el Cancionero de Palacio. Como fuere, si cuadra, aquí están para ilustrar un aspecto de la cuestión (aunque también perche' mi piace…)

Y dije versiones, así en ese plural alarmante o fastidioso, porque, nada más ponerse a ver, parecería que, desde el siglo XV a hoy, nadie ha cantado otra cosa, de una punta a la otra del Orbis terrarum.

Más vale trocar
plaçer por dolores,
qu' estar sin amores.

Dond' es gradecido
es dulce' l morir;
bivir en olvido,
aquél no es bivir;
mexor es sufrir
passión y dolores,
qu' estar sin amores.

Es vida perdida
bivir sin amar,
y más es que vida
saberla emplear;
mexor es penar
sufriendo dolores,
qu' estar sin amores.

La muerte es vitoria
do bive afición,
qu' espera haver gloria
quien sufre passión;
más vale presión
de tales dolores,
qu' estar sin amores.

El qu' es más penado
más goza d' amor,
que´l mucho cuydado
le quita el temor;
assí qu' es mexor
amar con dolores,
qu' estar sin amores.

No teme tormento
quien ama con fe,
si su pensamiento
sin causa no fué;
haviendo por qué
más valen dolores,
qu' estar sin amores.

Amor que no pena
no pida plaçer,
pues ya le condena
su poco querer;
mexor es perder
plaçer por dolores,
qu' estar sin amores.

Una versión, diría yo que canónica, es la que nos da Hespérion XX, con Jordi Savall a la cabeza.




 Otra, que me luce más condensada y lírica, estando sola la voz sin coro, la brinda el Ensemble La Romanesca.




 Y hasta hay una más (como dicen los tilingos…) bizarra, como la que un grupo de música andina, Urubamba, hizo en el mismísimo Buenos Aires, que no está disponible.

Confieso que después de pasar por más de una docena, me quedé con éstas tres (con más una inglesa que no está mal, aunque los melómanos no la quieren.)

(-Oiga, hermano, ¿usted no tiene otras cosas que hacer?...
-Por supuesto, ¿quién no? Esto, por ejemplo, es algo que "tengo que hacer", créame…)


Me parece que este cante se aplica a la cuestión, bien que algo lateralmente tal vez, si uno recuerda que todo empieza con aquello de que donde está tu tesoro, está tu corazón.

Sin embargo, quizá tenga Lewis más razón que la que uno –y él- podría suponer en un principio.

Porque creo que en varios sentidos somos lo que amamos. Como parece cierto también que amamos según somos, tanto como que somos según amamos.

Y tal vez, con suerte y en una de ésas, llega un día cualquiera y nos enteramos de quiénes somos, gracias a nuestros amores, y al modo de nuestros amores. Habrá que estar atento.

No vaya a ser cosa que, de buenas a primeras y sin que sepamos ni por qué ni cómo, en una tarde de la vida se nos aparezca de pronto el corazón con su tesoro adentro y todo.

Y en esa tarde de la vida, como dijera san Juan de la Cruz, seamos así juzgados en el Amor.

Ojalá, en ese caso, que las noticias sean buenas.


Edi beo thu, hevene quene

Algunos (no tantos, no tantos…) tal vez se resienten con mi parcialidad itálica; si es así, es bueno saber que no tengo remedio para ninguna de ambas cosas.

De cualquier modo, y siendo sábado, un canto inglés del siglo XIII a la Virgen María es lo que ahora corresponde. El texto es anónimo y está compuesto musicalmente como un gymel. Lo interpreta aquí el Ensemble La reverdie, que, sí, usted disculpe, es un grupo italiano...


ver


La versión en inglés antiguo.
Edi beo thu, hevene quene,
Folkes froure and engles blis,
Moder unwemmed and maiden clene,
Swich in world non other nis.
On thee hit is wel eth sene,
Of all wimmen thu havest thet pris;
Mi swete levedi, her mi bene
And reu of me yif thi wille is.

Thu asteghe so the daiy rewe
The deleth from the deorke nicht;
Of thee sprong a leome newe
That al this world haveth ilight.
Nis non maide of thine heowe
Swo fair, so schene, so rudi, swo bricht;
Swete levedi, of me thu reowe
And have merci of thin knicht.

Spronge blostme of one rote,
The Holi Gost thee reste upon;
Thet wes for monkunnes bote
And heore soule to alesen for on.
Levedi milde, softe and swote,
Ic crie thee merci, ic am thi mon,
Bothe to honde and to fote,
On alle wise that ic kon.

Y en inglés actual.
Blessed be you, heaven's queen,
People's comfort and angel's bliss,
Mother immaculate and maiden pure,
Such in world no other is.
In you it is easily seen,
Of all women you have the prize;
My sweet lady, hear my prayer
And have pity on me if you will.

You ascend like the ray of dawn
Which separates from the dark night;
From you sprang a new light
That has lit all this world.
There is no maid of your complexion
So fair, so beautiful, so fresh, so bright;
Sweet lady, have compassion
And have mercy on your knight.

Blossom sprung from a single root,
The Holy Ghost rested upon you;
That was for mankind's benefit
And their soul to redeem on.
Lady mild, soft and sweet,
I cry for your mercy, I am your servant,
Both hand and foot,
In all ways that I know.

El corazón del tesoro (IV)

Hace algún tiempo, murió la madre de un amigo muy querido.

Conversábamos en la noche de ese día, distendidos. Un gesto digno de un corazón noble no oculta la tristeza, pero se ve a través de un gesto cómo se vuelve una tristeza noble y digna. Serena y honda.

Mi querido amigo –como suele pasarnos cuando conversamos, de tanto en tanto- entró de lleno a una afirmación provocadora: "hoy pierdo un poco de mi identidad…"

¿Cómo así? ¿Los otros nos hacen, decís, hacen nuestra identidad?

Matizamos largamente, a partir de allí, hasta dejar en pie algo provisional, que tal vez nos conformara a ambos.

Pero el asunto se me quedó boyando en las horas de los días que siguieron.

¿De veras los demás tienen una parte nuestra? ¿De algún modo somos también algo que no somos nosotros, sino nosotros en ellos?

¿Tenía razón mi viejo camarada?

Se me han muerto gentes, claro que sí. Gentes del alma, que he llevado en el corazón por tiempos y tiempos. Y algunos han sido carne y huesos de mi carne y huesos, y yo de su carne y sus huesos. Muertes, también es verdad, las hay de todas clases, además de nuestra hermana la muerte corporal...

En cuanto a los muertos-muertos, pensé –sentí- siempre que una parte del cosmos se opacaba si ellos desaparecían del mundo de los vivos. Como si dijera que la ontología de todo lo que es, con esa merma existencial, quedaba renga en algo. Que la muerte agrisaba una parte del cosmos, la dejaba en nieblas, en oquedad. Que el resto de las cosas que existen –espirituales y aun no- quedaban en una como ansiedad y nostalgia, rota esa hermandad de lo que existe con lo que existe, a causa del hachazo invisible y homicida.

Pero lo que sostenía mi buen amigo –hay que decir que se ocupa en filosofías-, no lo había pensando así nunca.

Pasó que apenas poco después, andando por esta cuestión del corazón del tesoro, vi en otras partes de Los cuatro amores, de C. S. Lewis, que también él dice algo parecido.

En el capítulo IV, Lewis habla sobre la amistad. Inmediatamente antes del pasaje que traigo ahora, está distinguiendo entre Eros y Amistad y explica por qué mientras en el primero el número dos alcanza, en la amistad, no.
Lamb dice en alguna parte que si de tres amigos (A, B y C) A muriera, B perdería entonces no sólo a A sino «la parte de A que hay en C», y C pierde no sólo a A sino también «la parte de A que hay en B». En cada uno de mis amigos hay algo que sólo otro amigo puede mostrar plenamente. Por mí mismo no soy lo bastante completo como para poner en actividad al hombre total, necesito otras luces, además de las mías, para mostrar todas sus facetas. Ahora que Carlos ha muerto, nunca volveré a ver la reacción de Ronaldo ante una broma típica de Carlos. Lejos de tener más de Ronaldo al tenerle sólo «para mí» ahora que Carlos ha muerto, tengo menos de él.
Pienso, además, si esto vale para la amistad solamente. Porque tal vez no haya que restringirlo a sólo ese tipo de amor. Y tal vez ni siquiera hace falta amor. Tal vez cualquiera que nos conozca, sin mediar afecto alguno determinado o especial, también nos hace, también hace parte de nuestra identidad.

Como si dijera que somos, también, quienes somos para alguien, aunque no puedo evitar el inciso "de algún modo", claro. No es fácil entender en qué sentido eso que los otros tienen de nosotros, sea nuestro, y así entonces y por eso mismo sea parte de nuestra identidad.

Tal vez, además, poner en actividad al hombre total no signifique solamente algo visto desde mi orilla y desde la playa de mi identidad. Tal vez, de algún modo y en algún sentido, algo de aquello que llamamos la identidad de cada uno, necesite de otros como yo, de otros hombres, precisamente porque son "como yo", y eso porque no sólo no soy capaz de agotar la entera natura humana sino que tampoco alcanzo a ser, yo solo, todo lo yo que soy.

A toda clase de amores y concordias -desde el matrimonio hasta la vida en la polis- se le aplicaría este fundamento. Y toda clase de amores recibiría así una explicación a la necesidad de su existencia. Porque aun los amores desinteresados en algo participan de alguna necesidad, en los hombres al menos y hasta diría en toda creatura.

Pero es verdad, por otra parte, que un día sabremos quiénes somos en realidad.

Y nos lo dirá lo que veamos de nosotros en Otro que nos ve y que nos sabe.

Y así, nosotros mismos y por Otro y en Otro, sabremos.

jueves, 3 de junio de 2010

Tormentas y tormentos

De los versos algo surrealistas de López Riverol, que Omar Moreno Palacios canta en su Huella de Santa Rosa, creo que uno puede pasar a Si dolce è 'l tormento, que son los muy sonoros versos que Carlo Milanuzzi compuso y Claudio Monteverdi hizo música; y pasar, digo, sin mayor merma ni quebranto. Todo lo contrario, más bien.




ver

Si dolce è'l tormento
ch'in seno mi sta,
ch'io vivo contento
per cruda beltà.
Nel ciel di bellezza
s'accreschi fierezza
et manchi pietà:
che sempre qual scoglio
all'onda d'orgoglio
mia fede sarà.

La speme fallace
rivolgam' il piè.
Diletto ne pace
non scendano a me.
E l'empia ch'adoro
mi nieghi ristoro
di buona mercè:
tra doglia infinita,
tra speme tradita
vivrà la mia fè.
Per foco e per gelo
riposo non hò.
Nel porto del Cielo
riposo haverò.
Se colpo mortale
con rigido strale
il cor m'impiagò,
cangiando mia sorte
col dardo di morte
il cor sanerò.

Se fiamma d'amore
già mai non sentì
quel riggido core
ch'il cor mi rapì,
se nega pietate
la cruda beltate
che l'alma invaghì:
ben fia che dolente,
pentita e languente
sospirimi un dì.


¿Y con esto qué hacemos?, me dirá usted.

Pues: nada.

La belleza es gratis.

Es gratis, mi estimadísimo: gratis. Y desinteresada.

No hay nada que hacer, salvo oír y ver. Y saber.

Nada más.

La belleza es gratis.

Tan gratis y desinteresada es, como puede ser terrible y confortante.

Para tormentas y tormentos, también.

miércoles, 2 de junio de 2010

Unduavi

Se la oí cantar sólo a Eduardo Falú. Hace muchos, muchos años. No sé de nadie más.

Nomás ayer, después de muchos y más años sin saber del muy ladino, se me cruzó como si nada este Triste. Y me dio una gran alegría.



Que tampoco toda Bolivia es Evo, qué joder…

Ahora bien: si usted supiera, caserito, de qué cerros y a qué altura está colgado el tal Unduavi, y si se imaginara un poco lo que hay que hacer para llegar, eso de querer volver a devolver un pañuelito robado en un adiós, se vuelve una semejante proeza, que es al menos tan lírica como épica.

Y más lo primero que lo segundo, porque tengo para mí que son más trajinados los trabajos del corazón (con tesoro/s a cuestas...) que los trabajos de una nación.

Así las cosas, y de paso para Sicilia (tengo que ir a buscar el libro experimental ése que le decía, que ya terminé y me dejé quién sabe dónde en algún lugar del Mare…), tuve que pasar por Unduavi.

Al menos, siquiera para ver si se ve desde allí qué quiere decir eso de “¡qué triste la cerrazón!”

Porque, hoy por hoy, con tanto triste, tanto triste de cerrazón, tanta cerrazón, ni modo de esquivar el asunto.

lunes, 31 de mayo de 2010

La fin del mundo (II)

Me dice M. que en su recuerdo hay un Gonzaga diciendo jugando y no conversando.

Dice ella que le gusta más su recuerdo que el mío.

Dos cosas digo.

Celebro que haya otro recuerdo parecido. Me mortificaba no haber dado nunca con ese episodio, como no fuera en mi memoria (ahora creo sinceramente que bastante más maltrecha que lo que suponía, aunque nunca fue gran cosa…) Pero habiendo quien lo recuerde, me doy por satisfecho. Nada dice el recuerdo de la veracidad de la anécdota. Ni falta que hace: doy por supuesto que es posible. Al menos, puede ser tomada la cuestión en clave poética, simplemente como verosímil, y ver en eso algo verdadero, si lo hay, que es lo que hay que hacer. Ni más, ni menos, lo que no me parece poco.

Pero digo también que estoy de acuerdo con M., al menos en un aspecto posible.

Si llega la fin del mundo, como rayo que cruza de oriente a occidente, recibirla jugando tal vez sea de un talante de mayor esperanza que conversando. Tal vez el juego represente mejor cierta paz y abandono, junto con cierta garra y ánimo festivo, que le va muy bien a la esperanza. En particular, porque la esperanza no es ningún juego. Y el juego tampoco lo es. La fin del mundo, después de todo, toca nuestra esperanza como muy pocas otras cosas lo hacen.

Juego y esperanza se parecen en eso: ambos tienen entre manos algo en lo que nos va la vida y que es al mismo tiempo algo que solamente en partes ínfimas depende de nosotros. En un juego de veras, para cualquier buen jugador el resultado es casi mágico, aunque confíe en que no le será adverso y juegue según las reglas para obtener el triunfo (porque según las reglas es el único modo compatible con la esperanza, por otra parte…) A la vez, uno deja de jugar cuando deja de ponerle empeño al desempeño, como pasa con la esperanza. Y digo, quede bien claro, que se parecen y no digo que sean idénticos. La esperanza, con todo, no se opone al riesgo, como el juego no se opone al riesgo. En todo caso, ambos cuentan con el riesgo. Y el riesgo, siempre, forma parte de la razón de ser de ambos.

Andar por la vida seguro de que uno ineluctablemente encontrará –tirado en el piso, esperándolo a uno, no al de al lado, claro...- un billete de lotería premiado, es calvinismo. Y, como cualquiera sabe, calvinismo no será cristianismo hasta que no arregle cuentas, precisamente, con la esperanza.

Tenía algo para decir acerca de por qué conversando puede ser sostenido con mucha ventaja y provecho. Pero, ni falta que hace, por ahora.

Mejor es quedarse mirando el fondo del asunto. Después de todo, casas más o menos, no estaría mal recibir la fin del mundo jugando, con la misma intensidad y alegría con las que se conversa de veras, como no estaría mal recibirla conversando, con la misma seriedad y esperanza con las que se juega de veras.

domingo, 30 de mayo de 2010

El corazón del tesoro (III)

El caso es que es posible que los tesoros se superpongan en el corazón. Y más que posible.

Me encuentro la cuestión en parte tratada en el capítulo que C. S. Lewis dedica a la Caridad en Los cuatro amores.

No es lo único que encontré allí, porque gracias a un traductor, me vi obligado a terciar –no sé si laudar, no creo…- en una controversia entre san Agustín y Lewis.

Como los textos son lo primero, cuando se habla de textos, hará bien el amable lector en armarse de cierta paciencia. No puedo prometerle nada, pero creo que el asunto vale su pena. (La versión que estoy citando ahora, está disponible aquí.)

Veamos, entonces.

Lewis considera la rivalidad entre los amores naturales y el amor a Dios, un asunto que, dice y explica por qué, ha venido demorando en el curso de los capítulos anteriores del libro.

Precisamente, un punto fuerte del fragmento que traigo ahora, se funda en un disenso de Lewis con san Agustín a propósito de un pasaje de las Confesiones.

ver
Pero la cuestión de esta rivalidad, postergada tan largamente por estas razones, debe ahora ser tratada; en cualquier época anterior, excepto el siglo XIX, podría aparecer a lo largo de todo un libro sobre este tema. Si los victorianos necesitaban algo que les recordara que el amor no basta, teólogos más antiguos, en cambio, decían siempre en voz muy alta que el amor natural es probablemente demasiado.

El peligro de amar demasiado poco a nuestros semejantes se les pasaba menos por la cabeza que el de amarlos de una manera idolátrica. En cada esposa, madre, hijo y amigo, ellos veían un posible rival de Dios, que es lo que por supuesto decía Nuestro Señor (Lucas 14,26).

Hay un método para saber con seguridad si nuestro amor hacia nuestros semejantes es inmoderado, método que me veo obligado a rechazar desde el comienzo. Y lo hago temblando, pues me lo encontré en las páginas de un gran santo y gran pensador, con quien tengo, felizmente, incalculables deudas.

Con palabras que aún pueden hacer brotar lágrimas, San Agustín describe la desolación en que lo sumió la muerte de su amigo Nebridio (Confesiones IV, 10). Luego extrae una moraleja: esto es lo que pasa, dice, por entregar nuestro corazón a cualquier cosa que no sea Dios. Todos los seres humanos mueren. No permitamos que nuestra felicidad dependa de algo que podemos perder. Si el amor ha de ser una bendición, no una desgracia, debemos dedicárselo al único Amado que jamás morirá.

Esto es, por supuesto, tener un excelente sentido común. No pongamos el agua en una vasija quebrada. No invirtamos demasiado en una casa de la que nos pueden echar. Y no hay ningún hombre que pueda asumir con más convicción que yo tan prudentes máximas: ante todo, soy partidario de la seguridad. De todos los argumentos contra el amor, ninguno atrae tanto a mi naturaleza como «¡Cuidado!, eso te puede hacer sufrir».

A mi naturaleza, a mi temperamento, sí; pero no a mi conciencia. Cuando me dejo llevar por esa atracción me doy cuenta de que estoy a mil millas de Cristo. Si de algo estoy seguro es de que su enseñanza nunca tuvo por objeto confirmar mi preferencia congénita por las inversiones seguras y los riesgos limitados. Dudo de que haya en mí algo que pueda complacerle menos que eso. ¿Y quién podría imaginar el comenzar a amar a Dios sobre una base tan prudente, porque la seguridad, por así decir, es mejor? ¿Quién podría siquiera incluirla entre las razones para amar? ¿Elegiría usted una esposa o un amigo -y ya que estamos en eso, elegiría un perro- con ese espíritu? Uno debería irse fuera del mundo del amor, de todos los amores, antes de calcular así.

El eros, el ilícito eros, al preferir al ser amado antes que la felicidad se parece más al Amor en sí mismo que esto.

Pienso que este pasaje de las Confesiones es menos una parte del cristianismo de San Agustín que una resaca de las elevadas filosofías paganas en medio de las que creció. Está más cerca de la «apatía» estoica o del misticismo neoplatónico que de la caridad. Nosotros somos seguidores de Uno que lloró por Jerusalén, y sobre la tumba de Lázaro, y que, amándolos a todos, tenía sin embargo un discípulo a quien, en un sentido especial, Él «amaba». San Pablo tiene más autoridad ante nosotros que San Agustín: San Pablo, el cual no parece que haya sufrido «como un hombre» ante la grave enfermedad de Epafrodito, y da la impresión de que hubiera sufrido del mismo modo si Epafrodito hubiese muerto (Filipenses 2,27).

Aun cuando se diera por sentado que las seguridades contra el dolor fueran nuestra máxima sabiduría, ¿acaso Dios mismo las ofrece? Parece que no. Cristo llega al final a decir: «¿Por qué me has abandonado?»

De acuerdo con las líneas sugeridas por San Agustín, no hay escapatoria. Ni tampoco de acuerdo con otras líneas. No hay inversión segura. Amar, de cualquier manera, es ser vulnerable. Basta con que amemos algo para que nuestro corazón, con seguridad, se retuerza y, posiblemente, se rompa. Si uno quiere estar seguro de mantenerlo intacto, no debe dar su corazón a nadie, ni siquiera a un animal. Hay que rodearlo cuidadosamente de caprichos y de pequeños lujos; evitar todo compromiso; guardarlo a buen recaudo bajo llave en el cofre o en el ataúd de nuestro egoísmo. Pero en ese cofre -seguro, oscuro, inmóvil, sin aire- cambiará. No se romperá, se volverá irrompible, impenetrable, irredimible. La alternativa de la tragedia, o al menos del riesgo de la tragedia, es la condenación. El único sitio, aparte del Cielo, donde se puede estar perfectamente a salvo de todos los peligros y perturbaciones del amor es el Infierno.

Creo que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo. Es como esconder el talento en un pañuelo, y por una razón muy parecida. «Supe de ti que eres un hombre muy duro». Cristo no enseñó ni sufrió para que llegáramos a ser, aun en los amores naturales, más cuidadosos de nuestra propia felicidad. Si el hombre no deja de hacer cálculos con los seres amados de esta tierra a quienes ha visto, es poco probable que no haga esos mismos cálculos con Dios, a quien no ha visto. Nos acercaremos a Dios no con el intento de evitar los sufrimientos inherentes a todos los amores, sino aceptándolos y ofreciéndoselos a Él, arrojando lejos toda armadura defensiva. Si es necesario que nuestros corazones se rompan y si Él elige el medio para que se rompan, que así sea.

Ciertamente, sigue siendo verdad que todos los amores naturales pueden ser desordenados. «Desordenado» no significa «insuficientemente cauto», ni tampoco quiere decir «demasiado grande»; no es un término cuantitativo. Es probable que sea imposible amar a un ser humano simplemente «demasiado». Podemos amarlo demasiado «en proporción» a nuestro amor por Dios; pero es la pequeñez de nuestro amor a Dios, no la magnitud de nuestro amor por el hombre, lo que constituye lo desordenado. Esto también debe ser clarificado, porque si no podríamos perturbar a algunos que van por el camino correcto, pero se alarman porque no sienten ante Dios una emoción tan cálida y sensible como la que sienten por el ser amado de la tierra. Sería muy deseable -por lo menos eso creo yo- que todos nosotros, siempre, pudiéramos sentir lo mismo; tenemos que rezar para que ese don nos sea concedido; pero el problema de si amamos más a Dios o al ser amado de la tierra no es, en lo que se refiere a nuestros deberes de cristianos, una cuestión de intensidad comparativa de dos sentimientos; la verdadera cuestión es -al presentarse esa alternativa-, a cuál servimos, o elegimos, o ponemos primero. ¿Ante qué exigencia, en última instancia, se inclina nuestra voluntad?

Como sucede con tanta frecuencia, las mismas palabras de Nuestro Señor son a la vez muchísimo más duras y muchísimo más tolerables que las de los teólogos. Él no dice nada acerca de precaverse contras los amores de la tierra por miedo a quedar herido; dice algo -que restalla como un latigazo- acerca de pisotearlos todos desde el momento en que nos impidan seguir tras Él. «Si alguno viene a Mí y no odia a su padre y a su madre y a su esposa [...] y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lucas 14,26).

¿Pero cómo he de entender la palabra «odiar»? Que el Amor mismo nos esté mandando lo que habitualmente entendemos por odio -ordenándonos fomentar el resentimiento, alegrarnos con la desgracia del otro, gozándonos en hacerle daño- es casi una contradictio in terminis. Yo pienso que Nuestro Señor, en el sentido que aquí se entiende, «odió» a San Pedro cuando le dijo: «Apártate de mí, Satanás; tú me sirves de escándalo, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!» (Mateo 16,23). Odiar es rechazar al ser amado, enfrentarse a él, no concederle nada cuando nos susurra las mismas insinuaciones del Demonio, por muy tierna y por muy lastimosamente que lo haga. Un hombre, dice Jesús, que intenta servir a dos señores «odiará» a uno y «amará» al otro. No se trata aquí, ciertamente, de meros sentimientos de aversión y de atracción, sino de lo que estamos tratando: es decir, se adherirá a uno, le obedecerá, trabajará para él, y, en cambio, no lo hará con el otro.

El traductor en la edición que acabo de citar -Rayo ‘una rama de Harper Collins Publishers’…-es Pedro Antonio Urbina, quien acota en nota:
Como traductor no soy partidario de poner notas, pero como admirador de San Agustín no puedo por menos que defenderle de esta interpretación negativa que hace C. S. Lewis de su dolor y llanto por la muerte de su amigo, que, por otra parte, está relatada en los capítulos IV, 7-9; V, 10; VI, 11; VII, 12; VIII, 13 y IX, 14 del libro cuarto; y no se refiere a Nebridio, sino a un amigo innominado, un amigo de la infancia, «mas entonces no era tan amigo como lo fue después, aunque tampoco después lo fue tanto como exige la verdadera amistad, puesto que no hay amistad verdadera sino entre aquellos a quienes Tú aglutinas entre sí por medio de la caridad, "derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Romanos 5,5)... Y de la base humana de esta amistad dice: «¡Oh, locura, que no sabe amar humanamente a los hombres!" Dice: «Había derramado mi alma en la arena, amando a un mortal como si no fuera mortal... Dice: «Bienaventurado el que te ama a ti, Señor, y al amigo en Ti... No me quejo y arrepiento -podría responder él mismo- de haber amado demasiado a mi amigo, sino de no haberle amado.

Parece, pues, como se verá en las líneas siguientes, que se trata de una equivocada lectura de las Confesiones, no de que C. S. Lewis desacuerde doctrinalmente de San Agustín.
Para quien quiera, se puede cotejar el texto de san Agustín. Por lo pronto, lo que dice en ese capítulo que trae Lewis y está en cuestión (IV, 10) es esto (el castellano de la traducción no es muy bueno…):
¡Oh Dios de las virtudes!, conviértenos y muéstranos tu faz y seremos salvos. Porque, adondequiera que se vuelva el alma del hombre y se apoye fuera de ti, hallará siempre dolor, aunque se apoye en las hermosuras que están fuera de ti y afuera de ellas, las cuales, sin embargo, no serían nada si no estuvieran en ti. Nacen éstas y mueren, y naciendo comienzan a ser, y crecen para llegar a perfección, y ya perfectas, comienzan a envejecer y perecen. Y aunque no todas las cosas envejecen, mas todas perecen. Luego cuando nacen y tienden a ser, cuanta más prisa se dan por ser, tanta más prisa se dan a no ser. Tal es su condición. Sólo esto les diste, porque son partes de cosas que no existen todas a un tiempo, sino que, muriendo y sucediéndose unas a otras, componen todas el conjunto cuyas partes son.

De semejante modo se forma también nuestro discurso por medio de los signos sonoros. Porque nunca sería íntegro nuestro discurso si en él una palabra no se retirase, una vez pronunciadas sus sílabas, para dar lugar a otra.

Alábate por ellas mi alma, "¡oh Dios creador de cuanto existe!"; pero no se pegue a ellas con el visco del amor por medio de los sentidos del cuerpo, porque van a donde iban para no ser y desgarran el alma con deseos pestilenciales; y ella quiere el ser y ama el descanso en las cosas que ama. Mas no halla en ellas dónde, por no permanecer. Huyen, ¿y quién podrá seguirlas con el sentido de la carne? ¿O quién hay que las comprenda, aunque estén presentes? Tardo es el sentido de la carne por ser sentido de carne, pero ésa es su condición. Es suficiente para aquello otro para que fue creado, mas no basta para esto, para detener el curso de las cosas desde el principio, que les es debido, hasta el fin que se les ha señalado. Porque en tu Verbo, por quien fueron creadas, oyen allí: "Desde aquí... y hasta aquí."
Creo, por mi parte y en principio, que en el punto de controversia le doy la razón a Lewis, con no menos temblor que el suyo en lo que a san Agustín importa.

Especialmente, en la interpretación de lo que sostiene san Agustín en el capítulo X de ese libro IV de las Confesiones, aunque no se puede llegar allí sin pasar antes por los anteriores capítulos, cosa que apunta bien Urbina -con cierta insolencia, creo-, más allá de que señala con razón que Nebridio no es –no parece ser- el amigo muerto del que habla Hipona.

Sin embargo, hay un asunto ¿lateral? que no puede pasar así como así porque es muy grueso. Y no es la primera vez que Lewis se refiere a ese asunto en sus obras, según mi recuerdo. El punto, mal entendido, es un disparate mayúsculo y es sumamente peligroso.

Se parece al tópico romántico que sostiene que no hay faltas por amor, se parece a una torcida interpretación de la indulgencia de Jesús hacia María Magdalena. Se parece a una cantidad de subterfugios, es verdad.

Pero creo que lo que dice está en relación directa con lo que da origen a todo esto: donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón.

Lo que Lewis establece está condensado en este párrafo:
Creo que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo. Es como esconder el talento en un pañuelo, y por una razón muy parecida. «Supe de ti que eres un hombre muy duro».


En lo que todos estaremos de acuerdo, sin embargo, es en que hay que detenerse aquí, por ahora.

sábado, 29 de mayo de 2010

El corazón del tesoro (II)

Una de dos.

Y no parece que puedan ser las dos cosas a la vez.

O es una acuarela, un trazo gracioso y ágil, algo criollo y bien aromado: contar una madrugada de ordeñe en un corral.

O es una canción de amor, tan melancólica y sentida como púdica y digna, sobria, a lo criollo, de la pampa o la sabana, tanto da.

Pues bien.

Con una impecable María Teresa Chacín, “el tío de Venezuela”, Simón Díaz, canta a dúo Corral de ordeño.
ver

Se te fue quien te quería, "Melodía",
por los caminos del viento, "Barlovento";
dame una totuma llena, "Noche buena",
dame una dulce esperanza, "Mala crianza";
de todas las flores bellas, "Linda estrella",
eres tú la más hermosa, "Buena moza";
el corazón me lastima, "Clavellina",
con tu bramar lastimero, "Mi Lucero",
"Mi Lucero", "Mi Lucero"...

Por la sabana infinita, camina mi pensamiento;
dónde estás que no te siento, "Mi Tormento",
ya llegó la mañanita, "Flor marchita".

Ya viene saliendo el sol y no siento tu presencia:
llegas tarde a la querencia, "Penitencia",
me estoy muriendo de amor "Bella flor".
"Bella Flor", "Bella Flor"...

Acercate, "Turupial"; acercate, "Viento de agua",
que tus penas son iguales a las penas de mi alma, "Tengan calma".
"Tengan calma", "Tengan calma"...

Se te fue quien te quería, "Melodía"
por los caminos del viento, "Barlovento",
"Barlovento", "Barlovento"...

Ya me va a tumba' el balde, Malacrianza, Malacrianza, uhmmm,
eche pa' lla Buenamoza, póngase Clavellina, Viento de agua...



Y así es como, diría, se hacen las dos cosas a la vez.

Sin tanta vuelta, sin mucha milonga. Sencillamente. Elegante y simple, valga la redundancia.

Lo cual prueba, si hiciera falta, que se puede.

Y esto dicho para quien diga que no se puede: que una cosa es el placer y otra el deber.

Que una cosa es la milicia y otra la fiesta.

Que una cosa es la belleza y otra el trajín.

Pero el asunto puede catarse de otra guisa.

Porque, al parecer, hay aquí un solo corazón. Como parece también que, en la misma -y por la misma- superposición de cantos, hay más de un tesoro.

¿Puede ser? ¿Podrá ser? ¿O es un solo tesoro, también?

Todo un asunto, todo un problema.


No son cosas mías, son de Díaz.

viernes, 28 de mayo de 2010

El corazón del tesoro

Hay una expresión que, puestos a ver, creo que resulta siempre tan consoladora como inquietante. Y quizá más lo segundo que lo primero. Sobre todo porque me parece que suele verse menos lo que tiene de consoladora que lo que tiene de inquietante. Y, sin embargo...

Más allá del ingenio de los traductores, el hecho es que lo que dice Jesús según san Mateo o según san Lucas, es casi lo mismo. Podrá, eso sí y tal vez, causarle a alguno cierto escozor el que en un caso Jesús use un pronombre de respeto de segunda plural y, en el otro, uno más coloquial o próximo en segunda persona del singular. Mucho menos me ocuparía de las diferencias de ordenamiento sintáctico entre las dos versiones, reducidas a la ubicación de un solo verbo.
Hópou gár 'estin ho thesaurós sou, 'ekeî 'estai xaì he kardía sou.

Ubi enim est thesaurus tuus ibi est et cor tuum.

Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. (Mt. 6, 21)


Hópou gár 'estin ho thesaurós humôon, 'ekeî kaì 'éstai he kardía humôon.

Ubi enim thesaurus vester est ibi et cor vestrum erit.


Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. (Lc. 12, 34)
Esto lo dice Jesús mientras enseña a una multitud de “miles y miles”, dice san Lucas, durante el sermón de la montaña. Concretamente, Jesús está hablando en ese momento de las riquezas, de las terrestres y de las celestes, en oposición. No es que no se aplique, claro que sí. Tampoco es que no tenga que ver o haya sido dicha al pasar, eso no. Las riquezas, por cierto, siempre son un tesoro. Y ése es el problema inmediato. Siempre, además, son más un tesoro en el corazón que en el bolsillo o las manos (aunque esa sensualidad de las riquezas no es una tontera...) Y ése es el problema mediato.

En cualquier caso, me late que no se restringe la cuestión a la relación del tesoro de las riquezas con el corazón, o viceversa.

Ahora bien.

Corazón es una palabra fuerte en las Sagradas Escrituras. Muy.

Hasta donde sé, es, por ejemplo, unas tres veces más frecuente que Amor, ni más ni menos.

Corazón es un término fuerte, un concepto importante. Vaya novedad. Pero no es sólo un concepto, claro.

Es algo importante…para Dios. Y para el hombre, se entiende, aunque lo sabemos bastante menos. Y lo es para Dios, porque lo es para el hombre.

Tesoro, sin embargo, y en esta frase específicamente, tal vez no lo sea menos.

No tienen por qué entrar en competencia de importancia, pero me pregunto cuál de las dos es la mayor en este caso.

jueves, 27 de mayo de 2010

Non potho reposare

Supongamos que anda usted por Sardegna, un día cualquiera de estos días.

Pongamos por caso, entonces, que se encuentra a un sardo por la calle -es bastante frecuente...- y le dice, a boca de jarro y en su sardo elemental (como el mío, cumpare, como el mío…): “Verá usted, caro amico sardo, que me anda haciendo falta una bonita pieza para dar serenata por allí y por allá… ¿No tendrá siquiera algo a mano que me dé contento en aquello que he menester…?”

Sabrá entonces a qué llaman la suficiencia sarda en su expresión prístina. Lo mirará el nativo con una media sonrisa condescendiente y sin mediar explicación ninguna dirá, apenas inclinando la cabeza hacia atrás y revoleando sutilmente los ojos hacia el cielo, mientras abre los brazos con las palmas de las manos hacia fuera: Non potho reposare…

Y el muy sardo tiene toda la razón, permítame que lo anoticie: porque parece que no hay otra canción en Sardegna a estos efectos.

Desde hace unos 90 años, los versos de un abogado y poeta comunista, Salvatore ‘Badore’ Sini, nacido en Sarule, Nuoro, se convirtieron precisamente en la canción de amor por antonomasia de los sardos. Parecería que, además de todos los sardos, la han cantado casi todos los que viven de cantar en la isla. Y no pocos afuera. Los versos, intensos y con gracia, aunque algo románticos, eran versos de un poema y al año siguiente de conocidos, en 1921, les puso música el director de la banda de Nuoro, Giuseppe Rachel, compagno del autor. El poema originalmente se llamó A Diosa, que es la letra actual de la canción, según mayormente se la entona. Otro poema de Don Badore supone que la amada contesta a éste y, por cierto, ese poema se llamó A Diosu.
ver
A Diosa

Non potho reposare amore e coro
pensende a tie so donzi momentu,
no istes in tristura prenda 'e oro
nè in dispiaghere o pensamentu.
T'assiguro ch'a tie solu bramo
ca t'amo forte t'amo, t'amo, t'amo.

Si m' essere possibile d'anghelu
s'ispiritu invisibile piccabo
sas formasa e furabo dae chelu
su sole sos isteddos e formavo
unu mundu bellissimu pro tene
pro poder dispensare cale pene.

Ojos tristos cun delicios e ammentos
che umbras mi lassades su manzanu
preguntende a dogni coro amadu
a immagine chi si formant in beru
si idu an'in su mundu tantu amore
ca amare tantu est sì tantu dolore.


A Diosu

Si tue non bi podes riposare
non riposat Diosa, amore, coro,
frequente mi ponzi a lacrimare
pessende ch'est luntanu su ch'adoro.
Itte m'importat chi brames a mie,
si non ti tenzo accurtzu, rie rie?
Inutile est s'affettu ei s'amore,
da chi mill'annos ti restas luntanu.
S'haeres provadu su meu dolore
non t'haio bramadu gosi invanu.
Non potende volare, veni in trenu,
a pede, o curre a caddu sentza vrenu.
Gravellu meu, Diosu istimadu,
s'angelu veru, sole, isteddos, luna,
ses tue, coro, s'universu amadu;
attera non disizzo cosa alcuna.
Su veru unicu bene ses, Diosu,
chi mi vaches provare cada gosu.
Su veru bene, coro, tenzo in sinu,
e s'anima s'esaltat e sa mente,
pessande a s'isplendore 'e su divinu
amore, veru sole de oriente.
Si tue, coro, ses ispasimante,
Diosa, crede, ch'est agonizante.
Non potho biver, no, sentz'amargura,
luntanu dae tene, amadu coro.
A nudda valet sa bella natura
si no est accurtzu a su caru tesoro,
pro mi dare cossolu, hare recreu
coro, Diosu, amadu prus de Deu.
Tue ses s'astru, sole, s'universu,
chi m'has donadu a mie cada bene,
cando s'ispada in coro m'has immersu
tinta de samben d'amore de tene.
E pius de s'universu vales tue
veni, Diosu, non restes incue.
D'unu pintore unu ritrattu bellu
d'una istattua de marmu verdadera,
de sos profumos de rosa e gravellu
nudda m'importat de sa primavera,
bastet s'amore cunserves a mie,
coro, candidu lizu pius de nie.
A mie pro s'eternu ses aunidu
e ti cherjo cuvare intro 'e campana
in modu chi nessunu t'haret bidu.
Veni, mi vasa, su coro mi sana,
veni, t'aspetto, a die, notte, onzora,
veni Diosu, veni, mi ristora!
Non m'importat tramontos, luche 'e die,
ne terra o mare, ne astros de chelu,
da chi tue su coro has dadu a mie,
ch'has divinu isplendore prus d'anzelu.
Como, Diosu, cun s'idrovolante,
vola, m'abbratza e mi vasa a s'istante.

Como digo, Don Badore era un fervoroso comunista -y aunque Diosa y Diosu quieren decir enamorada y enamorado, o amada y amado-, llama igual la atención en ambos textos la recurrencia a divinidades y cielos y ángeles, a la creación y a la belleza y los esplendores de la tierra y el cielo y una pasión tan pura y elevada, tanto bien y amor. Es verdad, por otra parte, que el amado es allí amado más que Dios
coro, Diosu, amadu prus de Deu.
Pero es verdad también que ése es un tópico por varias centurias más antiguo que el romanticismo que impregna el poema.

En fin: il Mare..., ah, l'Italia y ese comunismo itálico... (No puedo no recordar ahora que Gramsci era sardo también...)

Y disculpe el desvío, que usted andaba de parranda y no quiero distraerlo con esas cosas.

La canción se canta como Non potho reposare, habitualmente. Y creo que bastan tres versiones para explicar la condescendencia del sardo que encontró usted por la calle, cuando andaba buscando con qué dar serenata en Sardinia, y todo eso…

Una pertenece a Maria Carta y creo que es de las mejores que encontré.



Otra versión, muy pero muy famosa y diría casi en toda Italia, es la que hace Andrea Parodi, ya muerto y muy llorado en la isla, en este caso acompañado por el guitarrista Al Di Meola. Parodi canta una versión distinta. Aparece una estrofa de A Diosu
Non potho biver, no, sentz'amargura,
luntanu dae tene, amadu coro.
A nudda valet sa bella natura
si no est accurtzu a su caru tesoro,
pro mi dare cossolu, hare recreu
coro, Diosu, amadu prus de Deu.
y desaparece la última de A Diosa.



Para terminar aquí y no fatigarlo a usted con algunas de las otras centenas de versiones, elegí casi al azar a uno de los muchos coros que hay por todas partes en Sardegna: el Barbagia de Nuoro. En este caso, fíjese, el coro canta una estrofa que no está en ninguno de los dos poemas de Don Badore. Vaya uno a saber...



¿Qué? ¿Cómo dice? ¿Cómo que usted no piensa dar serenata a nadie...? ¿Cómo que no tiene por qué ni tiene a quién ni tiene ganas si tuviera a quien ni tiene ganas siquiera de tener a quién? ¿Cómo que usted no está para estas pamplinas?

Pero, ¿usted es pavo? ¿Ahora me lo dice, botarate?

Con el trabajo que me tomé…

Está dicho: Non potho reposare

miércoles, 26 de mayo de 2010

La fin del mundo

Fue hace varias décadas, así que es comprensible que me cueste rastrear el dato y más aún darlo con precisión.

El caso es que, estando chico, leía pilas enteras de vidas de santos en unas revistas mexicanas. No, ni se le ocurra; no era esa piedad que terminará en el anecdotario de algún santo. Ni mucho menos: postrado en una cama de sanatorio por meses, sin poder caminar y con una pata de palo y peor, siendo por otra parte niño y algo lector, solamente jugaba a los soldaditos (mi pierna buena hacía de montaña defendida por los defensores y a conquistar por los atacantes que avanzaban desde la cama que hacía de valle…); oía partidos de Boca en una vieja radio Spika, tenía un disco simple 33 rpm de Julio Sosa (lado A, El firulete; lado B, Nada…), que fatigué hasta que Sosa se quedó sin voz; había en mi mesa de noche ediciones adaptadas y bonitamente ilustradas de la Ilíada, la Odisea, otra del Quijote, en tamaño gigante las tres; un libro francés de grandes descubridores y aventureros (así conocí a Saint Exupéry, por ejemplo, que para mí por entonces apenas era un aviador…) y otro de leyendas universales, típico de aquellos años. Y casi nada más.

Un buen cumpa del colegio me visitaba los días miércoles y, en unas bolsas enormes, era él quien me traía revistas de aquella laya que dije, más otras de Roy Rogers, Red Rider, El Fantasma

Durante años, recordé episodios de aquellas revistas, así como conocí santos que después advertí que casi nadie más conocía y que me fueron presentados de niño.

Muy bien.

Sin la precisión debida, como digo con algo de temor y temblor ahora, creo recordar que fue en la vida de san Luis Gonzaga que leí una frase que me acompaña desde entonces, de diverso modo según los tiempos van andando.

Recuerdo un recuadro con unos seminaristas o novicios jesuitas flacos y altos y todo de negro hasta los pies vestidos, serían tres o cuatro. Conversaban informales en un recreo, quizá, cerca de algunos árboles, con algún edificio de fondo.

Uno de ellos le hizo al resto una pregunta pía: ¿qué harías si en este momento mismo fuera el fin del mundo?

En los cuadros siguientes, en planos más cortos, aparecían caras de distinto talante respondiendo a su sabor: correría a la capilla, me arrodillaría ante el Santísimo, buscaría un confesor, rezaría un Confiteor…, y cosas así, si no ésas.

Me parece –si no estoy recreando el pasaje a mi gusto literario- que obviamente Luis no contesta y se mantiene callado, hasta que todos vuelven la cabeza y le preguntan qué haría él.

Seguiría conversando con ustedes, contesta.

Que efectivamente fuera de la vida de san Luis Gonzaga –por ser quién era y cómo era- podría dar pienso para pensar. No lo sé de cierto, aunque en mi recuerdo siempre lo tuve por suyo al episodio. En verdad no pude encontrarlo nunca de nuevo en parte alguna, una vez que aquella revista (vaya fuente…) se perdió quién sabe dónde. Y quién sabe por qué, que es más interesante todavía. Es verdad, por otra parte, que tiene el sabor de ser algo atribuible a muchos, como un tópico, digamos, aplicable al tipo de cosas que un santo podría decir.

Al fin, tanto da por ahora.

La frase siempre me llamó la atención.

Durante años, -por alguna razón creo que tratando de ponerla a prueba-, enfrenté la cuestión a otras citas.

Últimamente, por ejemplo, quedó frente al protoapocalipsis, que le dicen, del capítulo 24 del evangelio de san Mateo.

Y en eso estoy.

Y habrá que ver.

martes, 25 de mayo de 2010

Sardinia, con ‘sa’ de Savina

Sigo por el Mare porque vengo de otros desiertos por estos días. Y viajar cansa, claro. Y la música descansa.

Así fue que, buscando reparo, encontré en medio del Mare tres piezas entre varias, pero éstas de rara factura. Y belleza.

Putaiola, por ejemplo, canción sarda, que hacen aquí Elena Ledda (cantante sarda afamada y bastante peculiar), Mauro Palmas y mi querida Savina Yannatou (tres de esos incansables investigadores de la música de todo el Mare en torno...).

(No, mi amigo, no: putaiola quiere decir tijera o podadora.)



O esta rareza de poema en griego Σαν το ρόδο (San to rodo, como la rosa...), que ellos mismos cantan.



O aun esta obrita extraña, Laudatu semper sia, tomada de un antiguo rosario sardo.



Y ya.

A seguir viaje.

lunes, 24 de mayo de 2010

La curva línea recta

¿A quién se le ocurriría? Proponer que la línea curva al mismo tiempo sea recta y la horizontal, vertical. Y que sea tal que no se pueda cercenar una de las dos posiciones sin cercenar ambas y el todo.

Parece un juego de palabras, un disparate geométrico de planos encontrados y superpuestos. O un acertijo algo cruel, sobre todo si va la vida en ello.

Se le dice a un hombre: Jamás se incline usted si no es para mantenerse en pie. Nunca mire para abajo salvo que sea para mirar hacia lo alto. No vuelva nunca sobre sí si no es para salir de sí. Vectores raros son esos.

Sin embargo, por raro que suene: cercene usted la vertical y recta de la fe o de la esperanza o de la caridad, por ejemplo, y vea qué pasa con la horizontal y curva del ensimismamiento, del abajamiento o del arrepentimiento o de la humillación. O del dolor, la decepción, el ahogo y la misma muerte. Y viceversa.

Claro.

Pero.

Había un dios clavado en una cruz.

Hasta que él fue clavado en ella, la cruz eran dos postes atravesados. Dos.

Parece que no hay modo de hacer una cruz si es sólo un poste vertical y recto. Ni se puede con la horizontal sin el poste. Tienen que ser dos.

Eso fue así hasta que clavaron a un dios en una cruz.

Resultó entonces que la cruz ya no son dos cosas unidas: es una sola cosa. No son dos trazos, es uno solo.

La recta vertical sin la horizontal o curva, la curva u horizontal sin la vertical recta: para los hombres, cualquiera de ambas posibilidades de exclusión es como el infierno. Es el infierno. Un infierno de desesperación o de soberbia, de tristeza incurable o de orgullo.

Y resultó claro entonces que no se puede hacer algo siquiera humano en este mundo si no es a la vez curvo y recto, vertical y horizontal.

Ahora bien.

Había un dios clavado en una cruz. Y si debía ser clavado, debía ser un dios, porque no bastaba la cruz. Porque la cruz eran dos maderas separadas que había que atravesar a martillo para que se juntaran y ni así se hacía de veras una sola cosa: por más hombres que usted clavara allí se necesitaba que el dios hincara su carne en la madera, impregnara la madera con su sangre. Hasta que carne, sangre y madera se fundieran. Pero también hasta que la horizontal y la vertical se fundieran: el matrimonio de la sangre y la carne de un dios con la madera; para que la madera pudiera ser humana, claro; pero también para que el hombre pudiera ser horizontal y vertical, recto y curvo en un solo trazo.

Pero el dios estaba clavado en una cruz porque era un hombre, también y especialmente. Y era un hombre porque convenía que fuera un hombre.

Porque la cruz era para un hombre, no para un dios.

Era el modo en que el hombre estaría en el mundo si fuera de otro mundo. El modo en que debe estar en el mundo, si quiere estar en el otro mundo. Y así, amalgamado en horizontal y vertical, en recta y curva, pudiera ser uno y no dos.

Como la cruz es una sola línea: vertical y horizontal, recta y curva. Amalgamada desde que se clavó en ella la carne de un dios, desde que fue impregnada de la sangre de un dios.

Así, sí.

Un nuevo modelo geométrico.

Una cruenta lección divina de geometría humana, al fin y al cabo.

Algo que a un hombre no se le ocurriría ni podría resolver, si no tuviera un profesor de geometría que se hiciera geometría para explicarle geometría.

viernes, 21 de mayo de 2010

Sardinia

Noli foras ire…, dice san Agustín. Y dice bien: no vayas afuera, no quieras ir.

Por eso, entonces, a viajar.

Porque no está interdicto en el aforismo el viaje que nos preserva de la evagatio mentis, hija de la acedia. Al contrario. Porque todo el mundo sabe que hay viajes y viajes.

Así es como me fui hace un tiempo y por un tiempo a Sicilia. Y todavía no volví.

Con la fórmula rancia del escritor petulante, éste es el punto exacto en el que el tipo dice con petulancia: “…ocurre, verá usté, que viajé a Sicilia porque estoy trabajando en un nuevo libro, algo experimental, del que no puedo hablar todavía…”

Muy bien. El caso vero es que estoy trabajando en un nuevo libro, algo experimental, qué quiere que le diga.

Dicho sea al pasar: he visto en este tiempo que el viaje nos viaja a nosotros, tanto como nosotros a él. No cualquier viaje, no cualquier nosotros, eso se entiende.

Lo dije alguna vez, me parece: las cosas, finalmente, nos miden y, tarde o temprano, nos dicen quiénes somos. O, al menos, dan pistas firmes para oídos celosos.

Pero eso es otro asunto.

Total que ando dando vueltas por el Mare Nostrum, con grande fruición y contento. A veces pienso que si no estuvieran Italia y el Mediterráneo, no entendería ni jota de todo este sabroso mundo.

Por lo demás, y a modo de justificación maltrecha, son tantas las cosas que pasan en estos tiempos, que conviene mirar todo lo que se pueda desde la mayor cantidad de ángulos posible. Ahora bien. Los ángulos son muchos, claro. Pero uno es uno solo, aunque su inteligencia pueda contener de algún modo todas las cosas. Y las cosas mismas, por hondas que sean, son algo determiado y no cualquier cosa.

¿Y detrás de qué va uno?

Ah, cumpare…, eso sí que está bueno. Fíjese que el viaje nos viaja también. No hay viajero que no se entere a los postres de muchas más cosas que las que suponía iba a ver o a buscar. Y no hay viajero atento que no advierta, con sorpresa feliz, que ha sido viajado de tal manera que no ha sido tanto lo que él ha recorrido como lo que ha sido recorrido en él.

¿Y eso no nos llevará precisamente a la famosa evagatio tan vitanda?, dirá usted. Según y conforme, mire. Porque es claro que alguna disciplina es necesaria para ser discípulo, ¿cómo si no? Esa evagatio infeliz no nos deja aprender nada, nos engorda, si acaso; pero, de hecho y antes, impide que arraiguemos tanto como impide el arraigo de las cosas en nosotros, quitándonos de paso la alegría y el goce. Por lujoso que pareciere, es un patinaje sobre superficies sintéticas, que no respiran ni sudan. Deslizamiento gracioso sobre nadas de nada, pomposas nadas que muchas veces son algo importante y sobre las que flotamos pomposa y livianamente: la frivolidad aquella de la que hablaba Chesterton. La de la peor especie: la de quien manosea con solemnidad las cosas que cree y estima como grandes y serias y aun excelentes, hasta ahogarlas en sí mismo y en otros, hasta matarlas a ellas y morirlas. Ese viaje hay que evitar.

Pero, alto aquí: no deje que engole la gola y me ponga petulante como el escritor aquel.

Pasó que boyando por Sicilia, por ejemplo, pasé a Sardinia. Tan áspera es. Encontré, a primera vista, sabores tan ásperos en la lengua y en las gentes, en las historias y en las piedras, que me sorprendió la insistencia y la ternura de sus ruegos centenarios y ya milenarios a la Virgen.

Como rayos de luz cruzando el Mare aquel, desde las costas del Levante, hasta la Magna Grecia, rozando los promontorios sardos. Me pareció notable y emocionante. Y que todavía perdure.

No es lo único que oí en las costas del Mare, pero eso lo oí.

Por ejemplo.

Un Ave María que en sardo se llama Deus ti salvet, Maria, muy popular en una isla en la que dicen que la mayoría de las iglesias tienen advocaciones marianas.

De ella oí tres versiones, cada cual con lo suyo. Dos son de coros sardos, la otra de Maria Carta, afamada en Cerdeña.






ver

Deus ti salvet, Maria
chi ses de gratzias piena,
de gratzias ses sa vena
e-i sa currente.

Su Deus onnipotente
cun tegus est istadu
pro chi t'hat preservadu
immaculada.

Beneitta e laudada
subra tottu gloriosa:
mama, fiza e isposa
de su Segnore.

Beneittu su fiore
ch'est fruttu de su sinu,
Gesus, fiore divinu,
Segnore nostru.

Pregade a Fizu 'ostru
pro nois peccadores:
chi tottu sos errores
nos perdonet.

E-i sa gratzia nos donet
in vida e in sa morte
e-i sa diciosa sorte
in Paradisu.

El original italiano parece que es del siglo XVII y traducido más tarde al sardo.

Dio ti salvi, Maria,
che sei piena di grazia;
di grazie sei la sorgente e la corrente.

Il Dio Onnipotente
con te e' stato;
percio' ti ha preservato immacolata.

Benedetta e lodata
sopra tutti gloriosa
sei mamma, figlia e sposa del Signore.

Benedetto il fiore,
frutto del seno;
Gesu' fiore Divino Signore nostro.

Prega tuo figlio
per noi peccatori,
che tutti gli errori ci perdoni.

E ci dia grazie,
nella vita e nella morte,
e una buona sorte, in Paradiso.

De María Carta oí otras dos canciones a la Virgen.

Ave mama e Deu, es una traducción a la lengua de la isla del Ave Maris Stella medieval.


ver
Ave Mama e Deu
de chelos sovrana
de grascias funtana
candidu ispantu.

Cun maternu incantu
Gesus ha ninnadu
carignos l'ha dadu
prenda de amare.

L'has bidu indorare
de rajos sos coros
mudende in tesoro
sas ranchidas nues.

Suffris, ma non rues,
Mama de dolore,
cando Redentore
lu idesi isvenare.

Como chi de sos chelos
ses Reina digna
isparghe in Sardigna
grascias e amore.

La otra, está dicha en un antiguo dialecto catalán de la ciudad de Alghero, en el oeste de Cerdeña, que llaman L’alguer, en catalán.


ver
Ave Maria
plena de grassias
nostru Sagnor
es ama tu
i benaira ses Tu
mes de tottas las donas
i benaitu sighi lu fil tou Jesus

Santa Maria
Mara de Deu
prega pels probas
peccarol che t'adoran
ora y nell'ora
della molt nostra
Amen

De regalo, me llevé también de la isla una especie de canción de cuna al Niño Jesús. Estas composiciones se llaman allí ninnie (ninnia, en singular; en italiano es ninna nanna). La letra de esta Ninnia a Gesus viene de fines del siglo XVIII.



Y por ahora, de aquí no me muevo.

Es decir, sigo viaje. No se olvide de que estoy trabajando en un nuevo libro, algo experimental..., and all that.