Estalla de puro agosto
el julio de tu mirada,
mientras mi septiembre espera
y tu sonrisa prepara
candelas de luz de luna
para prender en las ramas
de los laureles oscuros
a la vera de tu casa.
Tu corazón va en arroyos
de susurros con que aguardas
verme por la calle vieja
ir por la vereda alta
hasta estar frente a la reja,
de verde hiedra abrazada,
donde tu abrazo me acecha,
donde tus besos me amparan.
¿Qué podrá tener la noche
del día de las guirnaldas
de estrellas como faroles
y nubes algodonadas,
para oscurecer la fiesta
que ya te brilla en las palmas?
¿Qué habrá de dar el lucero,
sin pedir ninguna paga,
para lucir como luce
en aquella tarde clara
que morirá sólo en luz
y vivirá en luz plateada,
añil el cielo de fondo,
azul de noche en tu falda?
Y aquel festín que darás,
festín de pocas palabras
con que alimentas el gozo
sin tener que ofrecer viandas,
sin beber vinos añejos:
sólo servir en el alma,
finamente aderezado
y en bandejas nacaradas,
el callado amor que tienes,
el amor blanco que en llamas
arde silenciosamente,
silenciosamente labra
con hebras dulces un nombre
que ahora anida en las entrañas
como de piedra, en mis centros,
donde te guardo y me estallas.