La calle de piedra tiene
alegrías desparejas
y pastos en las hendijas
para alegrar a las piedras.
Se abrazan unas a otras
como antiguas compañeras,
como parientes sin sangre,
hilvanando una madeja
de hilos de peñas grises
para tejerte una senda.
La calle que está a tus pies
y que al pisarla requiebra
no es la calle, sí mi voz
que cuando pasas festeja
haciendo el eco a tus plantas
que más que pisar, me besan.
Si la mañana es de invierno,
tu andar abriga y me deja
el rumor de cada paso,
un aroma como en hebras
con que perfumas sonriendo
las sombras de mi dureza.
Cada tarde soleada,
los días de primavera,
a tus pies cubro el camino
de un suspiro como arena
que va llegando a tus ojos
para que viéndome veas
con qué suavidad caminas,
lo sepas o no lo sepas,
sobre ese mar de suspiros
que hacen verdecer las hierbas
al borde de ese sendero
que hasta mi casa te lleva.
Y así a tus pies acompaño
tu marcha alegre y serena,
de la que hace un tiempo soy
eco y flor, herido apenas
gozosamente doliente
de esa herida dulce y tierna
que me hiere en la sonrisa
cuando ya veo que llegas.
Y cuando a tus pies me inclino
ya no recuerdo la espera
y el corazón se hace abrigo
de todo, menos de pena,
y me atraviesa tu voz
y hay un temblor que atraviesa
entrañas que se emocionan
hasta mis manos que tiemblan.
Por eso a tus pies me quedo
cuando veo que te acercas
por piedras, que vuelves luz,
que hasta mi casa te llevan.