El cielo ya está de fuego
y la tarde de oro puro,
y hay un murmullo que late
que no parece un murmullo.
Es todo un silencio gris
y azulado, casi oscuro,
que en una rama del sauce
desgrana un rumor de luto.
Secretamente gimiendo,
fingiendo la paz su arrullo,
inhallable en el ramaje,
sangra un lamento menudo,
mientras las alas redoblan
un De profundis nocturno,
porque ya la noche llega
y la noche es su futuro.
Mira el río y le parece
que se detiene su rumbo,
que es sin sentido fluir,
que seguir es tan absurdo
ahora que en su viudez
de paloma de difunto,
le llega la soledad
y le habla como en susurros
de un tiempo que, sin amor,
ya no es tiempo, es un verdugo
de días, sueños y amparos
de nidos en los arbustos.
El cielo ya no es de fuego,
un carbón triste y negruzco
traza líneas de la noche
que está celebrando un búho.
La paloma se refugia
en la altura de un saúco,
como llevando su pena
lo más lejos del terruño
donde tenía un hogar
que se le ha vuelto sepulcro.