sábado, 6 de junio de 2026

Lo que hubo antes


Es la misma calle. No sé si ahora sea la misma calle, eso no es posible saberlo del todo.

Cuando era la calle que conocí hace años, podía ser entrañable porque era conocida, porque se había hecho para mí la calle habitual, la que acostumbraba a recorrer de camino a otra parte. No era la salida obligada. Creo que era un atajo imaginado a ninguna parte, porque –ahora que lo recuerdo– el verdadero itinerario empezaba al abandonar esas tres cuadras.

Tenía rasgos, apariencias de ser una calle al menos ordenada. Siempre esquivaba las veredas y caminaba sobre la tierra empedrada de una especie de arena ocre, porque parecía más tersa. Había unos zanjones en ambas márgenes, cubiertos de pastos verdes y algunas plantas silvestres que daban flores vistosas. Tampoco eso era del todo verdadero: por los zanjones corrían, en el fondo, las aguas que salían de las casas. Los días muy húmedos o calurosos, los pastos y las flores silvestres no alcanzaban a ocultar cierto hedor sutil pero testigo de que aquellas aguas se estancaban. De tanto en tanto, aparecían algunos montones de desperdicios. A veces bolsas de basura rotas por algunos animales callejeros, casi siempre gatos nocturnos.

Algunos terrenos baldíos incrustados en la cuadra cada tanto, hacían la figura de un paisaje más rústico que el de una típica cuadra lejana del centro, daban un aire pueblerino casi campestre. Pero aparente, también. Bastaba una parada de colectivos, en el cruce de dos calles; entonces la apariencia se deslucía y surgía impetuoso el aire citadino, de ruidos de frenos de aire potentes, cierre de puertas automáticas, motores arrancando después de la carga o descarga de pasajeros, cada día hasta bien entrada la noche, con el último recorrido, igual que poco antes de que amaneciera.

Pero no es posible saber del todo si la de ahora es aquella misma calle. Tal vez sea un mentís de aquello que dicen: todo tiempo pasado fue mejor.

La calle aquella ha desaparecido. En su lugar hay una calle mejor, aunque sin demasiados cambios drásticos. No se asfaltó, no tiene los cordones que suelen contener los cementos, ni hay cemento. Han entubado los zanjones pero no asfaltaron, sólo alisaron la traza con "macadam", como en otras calles de la periferia. Discreto, vistoso pero vivo. Cuando llueve, todo toma colores fuertes en contraste: el oscuro gris de la calle con los pastos y flores de los bordes exultantes, en tonos distintos de pastos que ahora casi siempre llegan hasta veredas de ladrillos, no muy anchas, parejas y sencillas.

Aquello que hubo antes podía ser entrañable porque era para mí la calle habitual, la salida habitual a ninguna parte, un atajo irreal.

Después de muchos años, volví a vivir cerca de aquel rincón. Y vi que aquello que hubo antes ya era otro lugar, algo que ahora me es a la vez un recuerdo fastidioso y un sitio agradable.

En el otoño pasado, empecé a acostumbrarme a salir a caminar por esos rumbos.

Me hace feliz gozar de esas caminatas, que incluyen también esas tres cuadras.

Antes no me pasaba.