Es piedra la costa fría,
tan alta y al viento afrenta,
se asoma al mar insolente
y lo resiste sin queja.
De su altura acantilada
nos llegan vuelos que sueñan:
cormoranes atrevidos
y gaviotas de tristeza,
que lanzan sobre la espuma
sus ansiedades de pesca.
El mar tirita en las olas
su soledad marinera.
Su orfandad bajo las nubes
y su nostalgia estrellera,
congelan el aire arriba
y el aire abajo congelan,
en unas playas heladas
que tiemblan ya sin arenas,
pintadas de sal marina
las agujas de sus piedras.
Andamos las lejanías
de estas sombras ribereñas
con un sol entre las manos
que se entrelazan y esperan
una esperanza que entibie
–esa esperanza es tibieza–,
la vida que está llegando
mientras buscamos sus huellas.