viernes, 5 de junio de 2026

Serenidad


Los últimos días fueron bastante grises, aunque tranquilos abajo, en el pueblo. Pero ayer, a media tarde, apenas llegábamos a la cabaña cuando una lluvia fina y continua oscureció algo más el cielo y el aire. Arriba llovía desde hacía varios días.

Como los fuegos eran mi territorio, traje pronto madera fina del alero y un poco de leña para empezar a entibiar la tarde adentro. Desde el ventanal, se veía el camino por el que habíamos llegado; ahora lucía como una cinta de hierro oscura que contrastaba con el verde del valle. El primer humo seco ya le daba aroma hogareño a la cabaña, que había estado cerrada por más de dos semanas. Al entrar, un frío preciso y cortante nos hizo temblar, pero muy rápidamente los troncos de las paredes tomaron calor y el ambiente fue haciéndose más amable.

Me senté al costado de la chimenea, en el suelo que todavía conservaba el encerado y pronto subió la mezcla de olor de las tablas y la cera que me envolvía. 

Detrás de la barra del desayunador, se la veía de espaldas, trabajando con serenidad sobre la mesada,  vigilando el agua que había puesto a calentar, preparando un poco de té, poniendo dentro de una canasta unos bizcochos y unas porciones de torta galesa que había preparado para la ocasión abajo, en el pueblo.

Busqué un par de medias seco en la mochila. Al cruzar el arroyo que había crecido por las lluvias en las cumbres, el agua helada había entrado un poco en los borceguíes y ya empezaba a sentir frío en los pies. Las medias mojadas humeaban su humedad sobre las piedras.

Cuando llegó con la bandeja, estaba adormecido. Me llamó para que despejara la pequeña mesa y refunfuñó simpáticamente. 

La torta era lo más rico del lote y cuando lo dije preguntó por los bizcochos. Una réplica clásica, de manual. Prepara dos cosas, elogio una de ellas y quiere la rendición incondicional y completa. Una réplica clásica.

Oscurecía muy rápido, la lluvia ya no era tan fina y las nubes se cerraban sobre el valle. Apenas abrí la puerta para buscar más leña, una ráfaga hizo temblar las llamas.

Cerrando rápidamente la puerta, todo volvió al silencio y a la quietud.

Solamente la chimenea parecía hablar, sola, en su lenguaje de llamas y chisporroteos.