lunes, 20 de abril de 2026

EL espinel (II)




Hace más de un mes recorrí una parte del espinel en el que se enhebran asuntos políticos que no varían demasiado desde hace casi un año. Ni en estas pampas ni en el orbis terrarum. Y ahora toca continuar un poco más ese recorrido.


3. Peronismo para todos.

El año pasado, observaba que el peronismo padecía una creciente licuación y una visible falta de figuras representativas. ¿Quién es "el peronismo"?, ¿cuál es el "verdadero" peronismo?, preguntaba. Decía también, en esos días, que detectaba sólo dos voces que por entonces hablaban incansablemente, curiosamente ambos de alguna manera desde "afuera": Guillermo Moreno y el neocandidato Martín Ayerbe. Hoy, no solamente hay más lenguas que hablan lenguas parecidas, sino que la suerte de ambos es difusa. Y más la del segundo que la de Moreno que, desde hace unos meses en otro contexto, sigue la misma línea que veía proclamando pero ahora mezclado con una aparición de candidatos peronistas más oficiales y variopintos. De hecho, Martín Ayerbe –por ahora, al menos– sigue "por afuera" del peronismo "oficial", siempre con su propuesta principal de criollismo, estado empresario e industria para la defensa.

¿Qué cambió desde octubre del año pasado? ¿Cuál es ese nuevo contexto? Simple: desde las últimas elecciones legislativas a hoy, el gobierno lo hizo posible, Milei lo hizo posible. No fue mérito del peronismo, en realidad. La mezcla de disparates oficiales, corrupciones reales y presuntas, la mala praxis económica y el mal humor social sorda y lentamente creciente (más allá del aprovechamiento que hacen de estas cosas las izquierdas periféricas, siempre atentas, con mejor o pero suerte futura), hicieron su trabajo y le dejaron espacio a un "volveremos" que está buscando un sujeto para ese verbo.

De hecho, oportuno y un poco a las apuradas, el peronismo frenéticamente busca aglutinarse a como dé lugar. El problema es que los nombres del menú son..., precisamente, los nombres del menú. Nombres que en estos dos últimos años no lograron atraer sino más bien al contrario, fueron corridos del podio en las urnas y en la calle. Fue preciso que los libertarios desbarrancaran para volver a tener un lugar en el escenario. Más aún: hay gentes en el peronismo que en un tiempo estuvieron en el centro de la escena peronista, se fueron a tomar sol a la vereda de enfrente y volvieron por la ventana. Miguel Pichetto es el caso emblemático, ahora parejero de Guillermo Moreno. Sergio Massa tejiendo en las sombras, hasta La Cámpora sentada a la mesa, Axel Kiciloff que no decide si será o no será, o si lo dejará ser el peronismo o no, Cristina Fernández como telón de fondo (y bolilla negra de cualquier armado de oportunidad), Juan Grabois haciendo de enfant terrible, Emilio Monzó o Juan Manuel Olmos yendo y viniendo de una tribu a otra. Y siguen las firmas, porque estas menciones son solamente a vuela pluma.

Queda bien decir que no es cuestión de nombres sino de "proyecto", que no es hora de candidaturas (aunque cuantas más mejor, dicen para afuera...), sino de unirse en torno a consensos e ideas. De tener un programa para ofrecerlo como alterno.

Sí, claro. Como digo: queda bien decirlo. Pero los tejedores no se lo creen, de modo que los que los vemos tejer no tenemos por qué creerles.

Nadie como el peronismo sabe que el poder tiene una sola silla y sigue siendo una máxima que el que gana gobierna; el que pierde acompaña.

Y aparte sumemos el hecho de que el votante no vota programas o proyectos: "si decía lo que iba a hacer, no me votaban", Carlos Menem dixit. La Argentina no es Suiza. Acá se votan nombres, paradigmas, jefes, caudillos, emblemas, conductores, orgas. Acá se pelean con uñas y dientes los lugares en las listas y las candidaturas. Así sean unos piratas o unos mamarrachos con programas deleznables y delirantes. Así ganó Milei las elecciones en 2023, no por lo que proponía. Él era en ese momento "lo otro" era "otro" y la masa basculante eligió "lo otro", eligió a "otro", más contra algo que a favor de algo. 

El peronismo se enfrascará –ya arrancó hace un rato– en un concilio de propuestas, autocríticas, mea culpas, oír las urnas, no volver a equivocarse, volver a las fuentes o lo que sea. Tendrá que definir temas que lo escuece (y no de ahora) como, por ejemplo, cuán socialdemócrata o progre, cuán globalista o multipolar; cuán capitalista social o colectivista, cuán de izquierda o de derecha, cuán frentista o endogámico quiere ser o aparecer siendo. Y sobre todo, ahora más que nunca, cuánto se recostará en China o en Rusia o en EE.UU. o en Hispanoamérica. De hecho es lo que están discutiendo también (porque no hay que olvidar la consigna de Perón sobre que la verdadera política es la internacional, no la electoral...). Y esto porque en un mundo tan centrípeto hay que sortear remolinos tragadores o  zambullirse en ellos por conveniencia o por convicción. Habrá roscas, recorridas del espinel de los gobernadores, intercambios, "consensos" o como se quiera llamar a las giras provinciales (o internacionales, como las de Massa o Kiciloff). Estar en todas partes, hablar con todos. O con casi todos. Largas tenidas, hectolitros de café o mate. Asados, ravioladas, pizzas o sanguchitos. También para definir "repartos" y cajas", claro que sí, qué no ni no, diría un oriental.

Sí. Pero nada cambia el hecho central de esta hora: Milei parece que se desintegra aunque siga cantando a los gritos urbi et orbi; la economía se resquebraja y a su paso va destrozando cosas que importan mucho y que no son sólo económicas o financieras; la corrupción desfachatada, torpe y cínica ya desnuda al rey a la vista de todos; las cuitas de palacio ya hartan pero a la vez se devoran la gobernabilidad; la gente está caliente; los números y guarismos se caen... por el ascensor (no por la escalera). Es decir, sumando y restando: el poder parece ir quedando vacante. La trama cultural y espiritual de la sociedad se deshilacha, las almas se vacían, lo que importa no importa, la violencia se enloquece en las calles, en los colegios, en los discursos. Para peor, Trump se levantó con fiebre y le va a durar por lo menos hasta noviembre. E Israel no va a servir mucho para make Argentina great again, sino que va a servir para lo opuesto.

El peronismo lo sabe y mientras desempolva la cuestión de partido o movimiento para dirimir los límites de las tribus, manda a la tintorería las ropas de jurar un cargo.

Estuve oyendo hace unos días algunas de las primeras emisiones de un programa partidario que se emite por un sitio llamado Lugano TV. Hay unas tenidas de veras interesantes de un sector muy delineado del peronismo. Allí Ayerbe, Moreno, Lirola, Duzdevich, Cortaberría, Biondini César y otros, exponen sus líneas más o menos convergentes. Es verdad que no necesariamente son parte del menú de "estrellas de primera magnitud", con voz y voto en el PJ, de las que salen en las tapas de los diarios grandes. Pero no cejan por eso. Con todo, detalles interesantes hay en los comentarios a las emisiones: la interna entre los seguidores de Ayerbe y Moreno, por ejemplo, arde por momentos. Por caso, entre aplausos o abucheos, "sionista" es alguno de los varios motes que le cuelgan al ex secretario de Comercio en la sedicente "década ganada".

Por último, en términos más generales, en varios discursos peronistas me llamó la atención cierta compulsión de algunos de ellos por la marca "Nacionalismo" y por la apropiación de la marca y la autoproclamación como "verdadero" nacionalismo. Cosas de marketing político, entiendo, aunque, por otra parte, nada extraño ni nuevo en el peronismo: "la Argentina es peronista", "el pueblo es peronista" "hay dos clases de argentinos: los peronistas y los que todavía no saben que son peronistas", en frase humorosa de Guillermo Moreno, y cosas así.

Claro que no es lo mismo decir que, si acaso, el peronismo es nacionalista, que decir que el auténtico (¿y único?) nacionalismo es el peronismo.

El cinismo de Borges es molesto, casi siempre, pero capaz que queriendo o sin querer no andaba muy errado con eso de que "los peronistas no son ni buenos ni malos: son incorregibles".

Con todo esto dicho, y si antes no aparece algún criollo en esta tierra a mandar, es muy probable que el próximo turno de gobierno les toque a ellos. A algunos de ellos, quiero decir.