Creo que para que el verano sea verano, debe haber, en alguna calle de algún lugar, una mujer con un vestido floreado.
Y allí estaba ella, ese diciembre de verano recién estrenado. Viento fuerte del este había, tibio y murmurando entre las hojas de los arces en la vereda. El vestido no era llamativo pero sí muy elegante. Y floreado.
Tal vez esperaba a alguien, aunque parecía en todo caso querer orientarse. Al borde de la calle, en la mitad de una cuadra apacible, buscó en su bolso y dejó ver una libreta de tapas verdes. La abrió y leyó. Miró la calle, la numeración de las casas.
De pronto me vio. Era de los pocos a esa hora, casi nadie había. Sonrió y me pareció que hacía ademán de querer preguntarme algo, entornando los ojos. Volvió a su libreta, sin embargo.
Pronto pasé a su lado. Volvió mirarme sin prestarme atención esta vez. Hice una especie de saludo, por cortesía, inclinando la cabeza.
En la esquina, saludé a Fermín, el mozo del café. Sobre la avenida tomé un taxi, estaba llegando tarde.
Cuando volví ya casi no había luz, eran como a las 7 y media, y me había demorado caminando unas cuadras por la avenida. Llegué al bar y pensé en entrar y tomar algo. Pero la vi.
En una de las mesas del fondo del local, cerca del mostrador, leía un libro muy concentrada. Pensé que me estaba esperando. Una zoncera. Por alguna razón, me cohibí. Saludé sólo levantando la mano desde la puerta, para que no se oyera mi voz y me hiciera notar en el bar casi vacío y silencioso.
En la calle, me di cuenta de que empezaba a flotar una llovizna muy fina.