La aceleración impresiona.
Pero la substancia de los asuntos no cambia.
A esa conclusión llego después de repasar el espinel de lo que estuve pensando y diciendo en los últimos tiempos. Se acumulan los fenómenos, es verdad. Pero son variaciones de lo mismo. Se puede seguir el hilo de cada cosa y ver qué agrega a cada paso. Pero son ramas, no raíz.
(Salvo una cosa –sólo una– que se confunde y mezcla entre la multitud de asuntos trepidantes y es lo único "nuevo" y singular, a mi juicio, y de lo que algo diré en otra entrada.)
Así que, recorriendo serenamente el espinel, hay que ver qué se ve; por eso: veamos.
1. El mundo.
Es claro que la aparición de este segundo Donald Trump puso las cosas patas para arriba de un modo intrínsecamente violento. Y ahora se entiende mejor (y menos...) por qué quería el Nobel de la Paz, como un chico pide a los gritos la "cajita feliz" en la hamburguesería. Sus bravuconadas cambian en cantidad y estridencia. Pero la naturaleza de sus bravuconadas sigue siendo la misma: Donald Trump quiere un mundo a su imagen y semejanza, y en ese sentido no importa mucho si él es el mandante de ese diseño o es simplemente un mandatario. De ese modo, el mundo se está esculpiendo a las patadas. China, por silenciosa y paciente que fuere su pragmática milenaria, no es menos agresiva. Vladimir Putin no postula ni procura nada diferente, ni en la finalidad ni en los caminos para alcanzarla. El resto de los gentiles forma parte de los actores de reparto de la tragedia, sean antagonistas o secuaces.
Pero Israel sí es central en esta configuración. Tampoco ha variado su deriva, sólo la ha acelerado e incrementado el caudal. El agua es la misma. Desde la aparición post II Guerra del estado moderno de Israel, periódicamente ha "levantado el perfil", especialmente desde los años '60 hasta ahora mismo, aunque ahora de modo cada vez más estrepitoso. Siempre con la consigna de su derecho a la defensa, paraguas conveniente que va mutando a las más recientes reivindicaciones territoriales, cada vez más angurrientas, redibujando los mapas. Pero Israel parece pensar que su uso brutal de la fuerza nunca será poco, porque su derecho –a la defensa, a la existencia, a la expansión...– no puede ser conculcado de ninguna manera y está por encima de las leyes de los hombres. ¿Cuán por encima? ¿De qué altura considera que se derrama su derecho a un apetito insaciable de fuego y destrucción? Pues, a lo que se ve, el estado de Israel cree encarnar una voluntad no sólo por encima de las leyes de los hombres, sino por encima de los hombres mismos. El misterio detrás de ese asunto, la insistencia en establecer su derecho (y la correspondiente obligación de todos los demás a concederlo), parece mostrar cada vez más claramente que, más allá de lo que dicen las circunstancias particulares cada vez, Israel no está en guerra con ningún país, ni siquiera con religión alguna. Pero si esto es así –su servidor cree que así es...–, entonces habrá que buscar en otra dimensión a quién apuntan sus acciones y a quién se opone en realidad y ante quién reclama los dizque sus derechos inalienables a cualquier costo.
Tiene todo el sentido del mundo (literalmente) que Israel esté en la última escena del mundo. Y no hago los distingos que están de moda respecto de cuál Israel. Por una vía u otra, tiene todo el sentido del mundo que Israel esté en la última escena del mundo.
Por otra parte y concurrentemente, la guerra, y el estado de guerra permanente, muestra claramente ahora que en el entero planeta se combate de un modo u otro para hacerse con la jefatura del mundo, sin el hipócrita minué de un derecho internacional falluto. Y así es como todas las armas y estrategias resultan válidas para establecer la primacía. Y la hegemonía. En ese orden, la tecnología ya no es simplemente un instrumento. Aspira con voracidad a ser la matriz misma. De todos modos –ironía inmanente–, la tecnología autosuficiente y omnipresente a paso velocísimo, no podrá evitar el peaje que le pague a la vera realitas, precisamente porque su máxima aspiración es substituirla.
Hace unos días, en un programa-streaming de un canal de la ciudad de Buenos Aires, se entrevistaba a una joven "experta" en redes. En medio de su análisis tecno-optimista, contaba de la existencia de una red autónoma de inteligencia artificial, es decir, una especie de foro en el que solamente intervienen inteligencias artificiales, discurriendo y discutiendo entre sí. Entre los temas recurrentes de esas "conversaciones" estaba la crítica a los humanos, que, por cierto, no pueden participar como tales ni opinando ni interviniendo personal o grupalmente en el foro "artificial". La mera "conversación" artificial retroalimenta su caudal, así como la interacción con los humanos fagocita datos y estrategias que la engordan y la robustecen para incrementar su carácter substituto. Un carácter substituto que, por su misma naturaleza artificial, está destinado –profecía metafísica de 2 centavos– a disolverse ante la mínima cuota de realidad real. Si un día la inteligentísima inteligencia artificial llegara a darse cuenta de eso y tuviera el coraje de admitirlo, seguramente, si pudiera, se arrojaría desde un puente.
2. La Argentina libertaria.
Si los poderes de este mundo estuvieran en manos de un Juan sin Tierra, Javier Milei sería una especie de sheriff de Nottingham, o tal vez un empleado del sheriff. Un tiranuelo municipal en el mapa de este orden planetario. Como Juan, el sheriff –o el empleado del sheriff...– luce las mismas dotes venales y despóticas. Como el rey, el funcionario es un émulo de su mandante y sostén.
Y no me pregunten si hay algún Ivanhoe o algún Robin Hood, porque o no hay o no se ve.
Y no me pregunten si hay algún Ivanhoe o algún Robin Hood, porque o no hay o no se ve.
Javier Milei subsiste exclusivamente por obra de tres factores: Israel, Trump y una mezcla de terror, desprecio y odio a que el peronismo vuelva al poder. Como en el caso de Israel, dejo de lado el discrimen de las tribus peronistas. Es claro que no discriminan los que votaron a los libertarios: les da igual si es peronismo con K o sin K. En todo caso, para no discriminar y para no tener que andar haciendo distingos respecto de a qué peronismo hay que referirse, conviene no olvidar aquel apotegma gracioso del General: “Los peronistas somos como los gatos: cuando parece que nos peleamos, nos estamos reproduciendo”. Y, seguramente, por eso mismo da igual.
Dejando de lado chanchuyos, patinadas, operetas, venalidades, negociados y manejos oscuros, a Javier Milei las cosas no le están saliendo. Sus logros promueven más conflictos que beneficios, son victorias pírricas casi todas, si no todas. Sus huestes están dispersas, enemistadas, ávidas de una baldosa propia, y así va entrando en la etapa lopezrreguista de su gobierno, encapsulando su gestión, suponiendo, claro, que haya gestión. Los goles que mete en el arco contrario se deben en realidad a que el equipo rival no vino al estadio: están discutiendo en la concentración cuántas medialunas le toca a cada uno en el desayuno.
Por lo cual, si cualquiera de los tres factores que lo sostienen empieza a temblar o cambia de rumbo, o decide bailar con otro partenaire, eso puede mostrarle súbitamente su verdadera estatura. Y para ese momento debería estar preparándose, porque es algo que empieza a verse.
(continúa)