lunes, 23 de marzo de 2026

Lástima




Estuve viendo un rato largo cómo la lluvia hacía brotar, con frescura y robustez, todo lo verde que tocaba.

¿Por qué eso sólo trajo ciertas imágenes? No lo sé.

Porque empezaron a pasar por el recuerdo, con sólo eso, caras e historias de gentes a las que, con los años, las he visto desfigurarse. 

A la intemperie (de quién sabe qué, pero a la intemperie...), regadas por lluvias ácidas de este mundo, se deforman una y otra vez, con cada lluvia. Ciertamente: no hay una sola lluvia ácida y corrosiva. Esa lluvia que digo es un género, tiene especies variadas en toda cosa de este mundo.

En toda cosa de este mundo. No es una hipérbole. No es una simple figura. Lo he visto. Soy un eyewitness, diría Chesterton.

Cada vez que han estado a la intemperie, teniendo que decidir cada quien por sí en cosas distintas (triviales o muy serias), teniendo que enfrentarse al mundo de afuera con las solas armas del mundo de adentro, de sus propias ideas, de su propia historia y raíz, de su propio saber y de su propia experiencia, de su propia mente y de su propio corazón, la chingan (ojo, gente mexica, esta palabreja lunfa, en las pampas, tiene otro significado...).

Como si no tuvieran reparo alguno. Como si adentro de cada quién –y afuera...– no hubiera reparo alguno donde al menos guarecerse, un tinglado que al menos protegiera en algo. Y sin embargo lo tienen, podrían tenerlo.

Pero la lluvia del mundo, la lluvia ácida del mundo, moja e impregna el interior de estas gentes y las deforma y afea. Y deforma y afea sus pensamientos, sus palabras, sus obras y sus omisiones.

Y el viento del día, el viento que sopla vario y violento de cuadrantes opuestos, el viento que no dice de dónde viene ni adónde va, las arrastra, las revuelca, las retuerce.

Feliz el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra, porque esa ya no siente..., dice Rubén Darío.

Pero a ellos, al árbol y a la piedra, será que lluvia y viento pueden rasgarlos, torcerlos, moverlos, desfigurarlos, pudrirlos, erosionarlos hasta hacerlos casi nada. 

Porque son árbol y piedra. 

No son gentes.

En fin.

Lástima.

La lluvia sobre lo verde era mucho más feliz que mis recuerdos.