miércoles, 4 de marzo de 2026

Andrómeda


La veo, acantilada y sola
en una peña fría,
rugiente el mar enfrente,
tan firme la mirada,
tan feroz su dulzura
que amedrenta el oleaje.

Si yo fuera Perseo, ya estaría
de pie en el aire, 
volandero, marinero del cielo
con un morral de guerras sobre el hombro;
pertrechos de vasallos paladines 
serían mis arrestos atrevidos,  
arreos de amor súbito traspasando mi pecho.

Y Andrómeda sería ella. No me importa 
su nombre terrenal: 
ella merece el mito más que nadie.

Me ha dicho, enamorada, 
que me ha visto navegando entre nubes feroces,
más alto que mí mismo,
ir a su encuentro
a rescatar sus manos de una sal inclemente,
de un monstruo que quiere devorar su aliento y su belleza, 
de una playa sin nombre.

Si yo fuera Perseo, creería
las canciones que cantan mi coraje.

Recordaría un héroe que tal vez no hube sido,
sabría las hazañas de mi brazo,
el origen olímpico
de mi astucia, de mi alegría opaca.

Si yo fuera Perseo, tal vez sería Perseo.
 
Pero ella, 
desde el misterio de su alumbramiento,
será Andrómeda para siempre.