martes, 11 de febrero de 2025

Pitos y matracas (asuntos de sexualidad) (II)




¿Basta enarbolar determinadas consignas respecto de la vida familiar o de la sexualidad humana? ¿Eso sólo ya bendice todas las intenciones y todo lo demás referido a las acciones comunitarias y políticas? 

Pongamos todo esto en clave política y, más, hasta en clave gubernamental, de medidas de gobierno, de legislación. Pero también veámoslo en los códigos de vida comunitaria, en los usos y las costumbres de una comunidad, que es política en sentido amplio porque eso hiere la vida comunitaria y, en cierto sentido, la contiene y la rige.

Por ejemplo.

Los códigos de conducta y los reglamentos revolucionarios de Montoneros o del ERP, como de muchas organizaciones revolucionarias de izquierda, eran severos con la infidelidad matrimonial y había penas duras contra eso. Dirán que había razones de seguridad y no morales para ese celo, pero si no fuera una conducta reprensible in genere, no se les habría ocurrido que la infidelidad podría ser peligrosa, de hecho no había penas contra la vida conyugal.

Para Lenin, por ejemplo, "la cama debía ser una trinchera" para las mujeres revolucionarias y ellas debían considerarla como tal. Se entiende que ese aspecto de la vida individual debía insertarse en la acción revolucionaria bolchevique. Se lo leí al P. Sáenz en alguno de sus trabajos sobre Rusia, calculo que fue en De la Rus de Vladimir al hombre nuevo soviético. Otra anécdota que recogía Sáenz (en su trabajo sobre el autor) se refería a Antonio Gramsci. Había aparecido una película pornográfica o subida de tono en materia de moral sexual, allá por los años '20 del siglo XX. Gramsci, presidente del recién fundado PCI, circuló un carta secreta entre las autoridades y sedes del partido advirtiéndoles que el partido, orgánicamente, iba a defender la proyección del filme que impugnaba la Iglesia Católica, entre otros. La razón de Gramsci era –y no se equivocaba– que esas manifestaciones "culturales" erosionaban a la burguesía y debilitarían al final su resistencia a la revolución. Pero a la vez postulaba que la moral del revolucionario debía ser austera y cuidadosa de, precisamente, no debilitar su impulso en la acción. Un jansenista, se diría, casi un puritano. Cosa que, por razones políticas, la izquierda sostiene, lo lleve a la práctica o no. Pero, al parecer, la izquierda revolucionaria, torcidamente, advierte que la vida afectiva de los hombres no es ese asteroide que vaga independiente por el espacio. En realidad, están admitiendo –aun oponiéndose a ello ideológicamente– que la vida humana tiene la forma de una constelación y un orden sinfónico.

Quiero decir que, o Gramsci había leído atentamente las cuestiones 153 y 154 de la II-II en la Suma de Santo Tomás de Aquino o tenía sentido común. Porque es Santo Tomás quien advierte que las "hijas de la lujuria" son: ceguera mental, inconsideración, inconsistencia, precipitación, egoísmo, odio a Dios, amor a la vida presente y horror o desesperación de la vida futura. Lean, ustedes, lo que allí dice, y verán cómo acierta Gramsci al recomendar promover en la vida política la lujuria para dejar inerme al hombre para cosas más altas.

Pero, en materia de su opuesto, la castidad, ¿no tienen las organizaciones criminales italianas algo parecido? 'Ndragheta en Calabria, Camorra (Onorata società) en Campania, Mafia (Cosa Nostra) en Sicilia. Celosísimos defensores de la familia, de la fidelidad matrimonial, enemigos del adulterio y defensores del honor de las mujeres solteras y su virginidad, protectores de la inocencia de los niños.

¿No se parecen en eso a las tribus de gitanos? La impresionante y celosa ceremonia prematrimonial de la confirmación de la virginidad de la novia, es apenas un ejemplo. Y en estas materias, ¿no es así a su modo la vida entre los observantes en el Islam? Y en el mundo occidental, ¿no hay reglas similares y concepciones parecidas entre los amish anabaptistas, los menonitas, puritanos en general como otros tantos dualismos, incluso cátaros?

La primera ley contra la homosexualidad en Inglaterra al parecer es del siglo XVI, las últimas leyes se derogaron a fines de la segunda mitad del siglo XX. Eso no impidió que se conociera en occidente a la sodomía como "el vicio inglés".

Hay una lista largas de ejemplos.

Pero, ¿ejemplos de qué son en estas líneas?

Los he traído al azar y en desorden simplemente para mostrar que no basta con pretender algún tipo de orden en la vida afectiva, familiar, sexual. Y eso supuesto que esa pretensión de orden real y natural (pero también sobrenatural...) tenga los fundamentos debidos y se lleve a la sociedad del modo que corresponde.

Hablando de la Iglesia y de la Compañía de Jesús que le tocó vivir, el padre Castellani sostenía algo de sentido común: la castidad mal llevada engendra crueldad. Cierto, lo decía de los sacerdotes. Pero es aplicable a todo hombre. Y agregaría que "mal llevada" significa también que se "lleva" por las razones indebidas y del modo indebido.

Pero, finalmente, son ejemplos de algo que me parece fundamental y que ya dije.

Ni Montoneros, ni el ERP, ni la 'Ndragheta, ni la Camorra, ni la Cosa Nostra, ni el comunismo, ni el celo gitano, ni el puritanismo, ni la preocupación británica por las costumbres sexuales individuales o públicas, ni el Islam, han logrado pese a ese celo generar una sociedad verdaderamente humana. 

¿Todo ese celo los ha vuelto mejores o siquiera buenos?

No, no los ha vuelto buenos ni mejores. 

Porque de un modo u otro han desfigurado la faz humana. La faz completa que incluye el fundamento primero y último del hombre como creatura, un fundamento que funda un orden personal y social que no se restringe a los asuntos de cintura para abajo. Un fundamento que funda los modos verdaderamente humanos de vivir su vida personal acorde a su fin y de vivir, en consecuencia, su vida social del mismo modo.

De manera que, amigos míos: mucho cuidado con las pretensiones de castidad desgajadas de la completa figura humana real. Mucho cuidado con promover una castidad mal llevada que engendre crueldad. Mucho cuidado con querer convencer al hombre de que cuidamos de él cuando en realidad lo estamos esclavizando.

Pero no termina aquí la cosa. Casi que ni siquiera se ha dicho lo principal.


(continuará)