No somos jardines.
Hay jardines.
Y cubren la distancia que traza un infinito de noches,
que separa y deshace estrellas y lavandas.
Son más que dos jardines: son los mundos distintos,
son desiertos o selvas,
son amparo o son cruces de delirios de espuma.
Mi jardín es flor a flor.
No hay ramos: son almácigos de caricias limpias,
únicas,
felices en su abrazo, anhelantes de polen.
Únicas.
Y hay una sinfonía de corolas solistas y humeantes,
de vida que es más vida, y más vida, y más vida...
Mi jardín,
cada tarde,
reza una canción que me dedica,
se riega con colores y me espera,
limpia mis manos con aromas de menta, de geranios, de poleos y vides.
En mi jardín no hay ramos.
Todo es flor a flor,
hoja a hoja,
rama a rama.
Sería un sacrilegio un manojo de todo.
Cada cosa me da su corazón,
única, única.
Y cosecho cada día el corazón
entre raíces de laurel,
y miro el azarero que adorna los tocados
de una novia, única;
y siento el amor cuando el aire llega verde y azul,
cuando distingo los suspiros leves de cada rosa que dormita
a mi lado.
Cada paso es una cita,
única.
Única.