jueves, 16 de enero de 2025

Ramos


No somos jardines.

Hay jardines. 

Y cubren la distancia que traza un infinito de noches,
que separa y deshace estrellas y lavandas.

Son más que dos jardines: son los mundos distintos,
son desiertos o selvas, 
son amparo o son cruces de delirios de espuma.

Mi jardín es flor a flor.

No hay ramos: son almácigos de caricias limpias, 
únicas, 
felices en su abrazo, anhelantes de polen.

Únicas.

Y hay una sinfonía de corolas solistas y humeantes,
de vida que es más vida, y más vida, y más vida...

Mi jardín,
cada tarde,
reza una canción que me dedica,
se riega con colores y me espera,
limpia mis manos con aromas de menta, de geranios, de poleos y vides.

En mi jardín no hay ramos.

Todo es flor a flor, 
hoja a hoja,
rama a rama.

Sería un sacrilegio un manojo de todo.

Cada cosa me da su corazón, 
única, única.

Y cosecho cada día el corazón
entre raíces de laurel,
y miro el azarero que adorna los tocados 
de una novia, única;  
y siento el amor cuando el aire llega verde y azul,
cuando distingo los suspiros leves de cada rosa que dormita
a mi lado.

Cada paso es una cita, 
única.

Única.