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miércoles, 10 de octubre de 2012

Y al fin, el fin



Con estos tres que dejo hoy, aquí termino con los artículos que tengo de la columna Bajo estos mismos cielos, de Roque Raúl Aragón y que son los que publicó durante varios años en el diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca.

Más cosas escribió Aragón allí y en otras partes. Ya veremos.

No me gustan las despedidas.

Las notas son Un balance a medio hacer, sobre cosas de J. A. Roca; De nuevo en el punto de partida, sobre San Martín y La muerte de Emilio Becher, cosa de poetas.



sábado, 6 de octubre de 2012

Trasluz

Leo estas dos notas que dejo más abajo y me doy cuenta de que hay algo que bien puede agradécersele a Aragón: el trasluz.

Ver a través de los relatos. Poder ver. Dejar ver. Sin que el hecho se violente, sin que se manipule la realidad para dar la versión que se acomoda a la versión y no a la realidad.

No hace falta dedicarse a la historia para eso. Por cierto que muchas veces hay un intento deliberado no por reescribir la historia (personal, de la patria, del cosmos...) -que eso, si me pregunta, es hasta casi pueril y medio pavo-, sino por rehacer la realidad, la historia, presente y futuro incluidos (personal, de la patria, del cosmos...)

Ahora que lo pienso, en realidad conozco alguna gente que puede hacer eso espontáneamente, le sale así, pobre. Y así lo hace casi todo el tiempo en toda suerte de cosas. No sé si es gente mala, creo que no. No perversa, al menos. Aunque me parece que no es buena gente del todo. Y me parece que no está bien ni de la cabeza ni del cuore. Porque de hecho hay que tener la cabeza y el cuore más o menos bien puestos, en su quicio, para la terrible ascesis de ver y asentir: las cosas son lo que son.

En fin.

No me haga caso. Ya hablaremos otro día de estas cosas.

Ahora, vea si es cierto lo que digo, por lo pronto, en Veinticinco años después y en El color del cristal con que se mira.


Buenas noches. Y que descanse.


martes, 2 de octubre de 2012

Guerra y batallas

Van quedando pocas notas de esta serie, lástima.

Estas dos que dejo ahora hablan de armas y de paz, de honores y deshonras.

Así en La paz y el honor como en La primera victoria ¿y la última?

Unas son cosas de doctrinas, otras de historias.

El asunto es que, de un modo u otro, siempre las cosas se amasan con sangre.

Aunque duela o sea duro, siempre hay guerra. Y no siempre hay sangre sangre, porque no todas las guerras son cruentas.

Y no siempre la sangre que se deja en una batalla es la que brota de las heridas.

A veces la guerra y las batallas son en el aire, como la de los ángeles. Están las que son en el corazón de los hombres, entre las ideas de los hombres o entre las ideas y las cosas tal como son.

La sangre en las heridas, de habitual, es la última sangre. No necesariamente la primera ni necesariamente la única.

Hay gentes que guerrean tupido y no mueren de eso ni en eso. Hay otros que nunca tocaron un arma pero no por eso sangraron menos.

Y hay quienes no quieren ni batallas, ni guerra, ni en el aire ni en el campo, ni nada. Ni sangre quieren.

No tienen nada por lo que dar su sangre, si acaso tuvieran sangre para dar.

Porque como dice Braveheart: Every man dies, not every man really lives...

jueves, 30 de agosto de 2012

Pueblo y poesía

Algún día, habrá que hablar del pueblo y la poesía.

Otra vez más, digo, porque hay de eso a pasto por todas partes. Volver a verlo, volver a decirlo. No hay forma de esquivar el asunto si se habla de política y del pueblo.

En 1938, Marechal decía (prometo traer pronto esa pieza breve y nutritiva):
¡Y quién sabe acaso si el caos en que vivimos no es obra de poetas que han hecho de la verdad un peligroso juego lírico!
Y creo que así es de cierto.

Por todos los costados del asunto. Por el lado de los que hicieron el juego con las palabras en la poesía y por el lado de los que jugaron con las palabras del pueblo y con la palabra pueblo. Y con la poesía del pueblo.

Ah, esos elitistas populares de la jerga inmunda, de la jerga inmunda socioteopoliticona y de las contraseñas en jerga inmunda para reconocerse -satisfechos de sí mismos- como dizque amigos de los pobres y amigos del pueblo; al lado de esos otros elitistas contra populum de la jerga inmunda, melosa y frívola, que atesoran y embadurnan las palabras porque creen que así se distinguen y los distinguen: refinados como una madama, fieles como prostitutas, virtuosos como Herodes, valientes como Pilatos...

Alto...

En otro momento.

Pero una cosa sí le digo ahora y no me pida que se lo explique, porque es más largo: un día habrá que elegir y para algunos significará ni más ni menos que elegir por qué razón quieren ser perseguidos o muertos.

Y todo por la poesía, aunque no lo crea.

Pero, eso es cosa mía.

Mejor lean a Aragón y lo que dice en Homero y el pueblo o en Cantando me he de morir.

domingo, 26 de agosto de 2012

Las palabras cuentan

Las palabras cuentan siempre y no es esta bitácora la que va a desentrañar ese nudo ahora. Y no es así porque lo diga Aragón, aunque es oportuno recordar que también él lo dijo.

Solamente dos cosas apuntaría, mirando y considerando lo que dicen los dos artículos suyos que dejo más abajo.

Una es que las palabras no solamente dicen algo. También hablan por nosotros, aunque parezca una perogrullada: hablan de nosotros, que es lo que quiero decir. Somos nosotros hablando y diciéndonos. Y, a veces (no frecuentemente, pero, a veces...), hay alguien que oye. Oye lo que estamos diciendo. Pero, también, nos oye a nosotros. Con suerte, conocerá algo acerca de lo que estamos diciendo. Pero también nos daremos a conocer y seremos conocidos, y la mayor parte de las veces ni nos damos cuenta de ello. Así como hay veces en las que somos tan transparentes que ni siquiera el silencio es capaz de ocultarnos lo suficiente, también hay un modo de ser deshonesto que solamente se hace evidente cuando abrimos la boca y sale a la luz con nuestras palabras en tropel quiénes somos en realidad y hasta quién hemos estado tratando de hacer creer que somos. Terrible y penosa cosa es.

Así, en lo que a las cosas que decimos se refiere, a veces, para bien o para mal, la opinión que otros tienen de nosotros no solamente viene del contenido inmediato de nuestras palabras (aquello de lo que estamos hablando) sino del contenido mediato (lo que esas palabras que decimos dicen de nosotros). Tanto si decimos la verdad como si (no para nosotros solamente, sino también para quien oye) es evidente que no estamos diciendo la verdad.

La otra cuestión es acerca de los juegos con las palabras, de los que la poesía, en particular pero no exclusivamente, hace gala. Son una gran tentación. Y son hasta cierto punto inofensivos. Salvo cuando no es solamente con las palabras con lo que estamos jugando. Terrible y penosa cosa es esto también.

Queda aquí Volvamos a José Hernández en la que el autor hace alusión a una anterior con la que todavía no di, pero que prometo buscar hasta dar con ella. Oír que la palabra es más importante que la política, me recuerda, más que estos tiempos -y tantos otros...-, la cantidad de personas que conozco que creen que es al revés y por eso mismo se sienten justificados cuando entienden que la política tiene permiso para mentir, de las maneras más extrañas y sofisticadas y hasta las maneras dizque bien intencionadas que la mentira tiene cuando se trata de política.

Y también El último cumpleaños de Luis Cané, que, qué quiere que le diga, además de otras cosas, es refrescante.

viernes, 24 de agosto de 2012

Dije lo que dije

Fue en junio pasado que publiqué un artículo de Aragón (El almirante saca pecho...colorado") sobre las Memorias de Tomás de Iriarte; había allí unos dichos suyos sobre otros de Iriarte refiriéndose con furia a Guillermo Brown. Prometí aquella vez publicar en la próxima una réplica que recibió Aragón. Y no cumplí.

Mejor.

Porque ahora encontré la réplica de Aragón a la réplica que le hiciera entonces el contralmirante Laurio H. Destéfani, quien estaba a cargo del departamento de estudios históricos de lo que era por aquellos años el comando en jefe de la Armada y que fue quien entendió debía salir en defensa de Brown.

Una cosa que me llamó la atención es que todo duró desde fines de julio hasta fines de octubre de 1978 y en ese período solamente están el artículo que da origen a la cuestión, la réplica de Destéfani (de septiembre) y, un mes después, la de Aragón en respuesta. Y nada más. Ida y vuelta.

No sé cuáles habrán sido las razones, pero me gustaría pensar que no fue por falta de entusiasmo de las partes o por desidia, sino por un modo de vivencia del paso del tiempo que ciertamente no es común, y seguro no es actual. Y no estamos tan lejos de aquellos días, como para pensar que son muy distintos aquellos de los nuestros.

Sería impensable hoy sostener a través de las páginas de un diario una polémica de cualquier tema con esa frecuencia de respuestas.

Pero eso es casi lateral, porque está, claro, la substancia del asunto y la metodología para exponerla por parte de cada quien. Un ejercicio que no le vendría mal a más de uno, diría.


jueves, 23 de agosto de 2012

Había una vez

 Las cosas empiezan alguna vez, eso es claro. Pero, ¿cuándo terminan?

¿Y por dónde empiezan en realidad? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Cómo?

A veces en las filigranas de la historia hay episodios que parecen administrativos, formularios. Trámites de cosas. Episodios como trámites.

Como esas interminables y tramposas sesiones del Congreso, en las que cuesta ver de qué se trata realmente, más allá del espectáculo, las chicanas, los discursetes de oportunidad.

Papeles, actas, reglamentos, informes, notificaciones, números y leyes, codicilos y letra chica.

Una nube de humo de nada de nada, o que parece así -las más de las veces humo tóxico-, pero que esconde una guerra que acaba de empezar y durará siglos.

Son curiosas las cosas de los hombres. ¿Importará? ¿No importará?

De hecho, son cosas que pasan y a las que hay que prestarles atención. Nunca son enteramente sin importancia, si hay algo que lo sea.

Puede ser una conversación entre dos, parece casual, cosa de nada, nada que parezca un parteaguas.

Y resulta que después de eso, ya nada será lo mismo. Nada será lo que parecía haber sido antes. Y parecía, digo, claro. Porque la mayor parte de las veces las cosas no empiezan a ser cuando las vemos por primera vez. Y es difícil que lleguen a ser si ya no eran de alguna manera.

(Pasa con algunas cosas, a veces, que decidimos un día enterarnos de cosas que siempre vimos...)

Y así pasa en la historia de muchos, como en la historia de dos.

Y aquí nos trae Aragón lo que a mi gusto son ejemplos de lo que digo.

Son asuntos de antes de la Revolución de Mayo. Cuando la unidad se hizo partido y Una historia certificada parecen ser asuntos de Liniers y Álzaga, por lo pronto.

Pero parece nomás.


miércoles, 18 de julio de 2012

Buena estrella

Hay alegrías raras.

Ya me venía preparando para despedir estas notas de Roque Raúl, con tristeza, debo decir. Creí que me quedaban estas tres que ahora traigo.

Atahualpa Yupanqui solía decir algo así como que cada viejo que se nos muere es una biblioteca que se nos va para el silencio. Y digo yo, que no soy Atahualpa, que cada biblioteca que se nos va para el silencio es como un viejo que se nos muere.

¿Y quién querría ver morir más de una vez a un buen amigo, a un maestro bueno?

Yo no, le garanto. Y de allí la tristeza.

Pero.

De no sé cómo y dónde ayer noche mismo me aparecieron más, Dios primero.

Y de allí mi alegría. Siquiera por un tiempo, que todo va a se finir, claro.

Sin más, vayamos a esta pintura desangelada de un Juan Lavalle de mala estrella que nos cuenta en El ataque a Santa Fe. Pasemos apenas por unas reflexiones sobre la prensa, en La prensa escrita, que no requieren mucho más comento que lo que allí dice, que no crea no se aplica hodierno, no señor.

Pero quedémonos más de un momento, ahí sí me parece, en esta Fantasía sobre la muerte del Restaurador.

Ya verá por qué, compadre.

sábado, 14 de julio de 2012

Cojones

Hay modos y modos del coraje.

Está el coraje de los que gritan y patotean cuando van ganando, pobre gente aunque peligrosa. Está el de los que gritan y patotean porque no tienen coraje. Está el de los que no gritan ni patotean, pero hablan con voz meliflua, madura y moderna y mandan a otros a gritar y patotear, gente peligrosa, aunque unos pobres tipos. Están los que gritan y patotean porque saben que a nadie le va a importar que ellos griten. Y así. La lista es variada.

Y están los otros. Poquitos son. Muy.

En San Martín: un pronunciamiento formidable, Aragón se ríe con bronca de los que prefieren un San Martín maleable y maleado. Si no veo mal, se ve allí además que para ser revisionista hay que tener coraje, no ir ganando y fundar un instituto revisionista.

En los Idus de mayo, Aragón muestra que tenía razón. Y mucha. No sólo respecto de lo que pasaba en 1978, para lo cual había que tener cojones, sino para lo que pasó antes -¿terminó de pasar...?, porque hasta en eso tuvo razón.





sábado, 30 de junio de 2012

Falta

Miro los diarios, oigo voces y más voces, las mísmas voces, las mismas cosas. Y así es como se ve que pasan cosas que son, en substancia, mil caras de una sola cara. Y no alcanza. El veranito, además, sigue, y el invierno no llega, lo que ayuda al menos como parapeto.

Todavía falta, parece, para que me ponga a terminar lo que falta. Y no es que no haya de qué hablar, porque sobra de eso. Me pregunto también si el tiempo cuenta, si es necesario terminar de pensar antes que..., antes de... Y no. No es necesario, claro.

Entonces.

Miro la lista de notas y artículos que tengo a mano de Aragón, siempre es mejor que hablen los que saben. Pero veo también que esta serie Bajo estos mismos cielos se va terminando. Faltan unos pocos asuntos y ya no habrá más de esto. Pena de la vida, diría Castellani, servía asaz.

Qué remedio. Por ahora, y mientras haya, que Aragón nos explique algo acerca del federalismo obligado de los federales en 7 de enero, comienza el año XX.

Con El almirante saca pecho... colorado, nos asoma a las memorias de Iriarte y su mal carácter. Veo que este articulito en el que el soldado se ensaña con el almirante Brown le valió a Aragón una réplica naval que, si cuadra, traeré en la próxima.

Está El rosario, que es a medias historia, a medias doctrina, a medias política.

Y me voy a esperar lo que viene.

Y a esperar lo que falta.

domingo, 24 de junio de 2012

Veranito

Y así fue, como decían mis abuelos. La noche de san Juan que ellos traían de Europa, aquí es el veranito. Lo dicen, también, los que saben cosas de solsticios y vientos y que miran el clima como quien mira un motor desarmado y no como si fuera un aire vivo, malhaya con los de ojos sin brillo...

Pero que es veranito, es nomás, vea si no, al menos hoy aquí en la pampa, que es san Juan Bautista y es invierno y no parece. Porque viera que cielo lindo se puso en la mañana..., que aire claro y fresco, que envalentonado el sol y quieto el viento.

Sí: pero es invierno, amigo, es invierno.

Hace unos días, en otra parte, el Dúo Socavón hacía sonar El violín del violinero -un "aire de escondido", como apuntó un lector atento-, pieza que homenajeaba a san Francisco Solano. Ahora dejo aquí estas letras de Aragón, Testimonio, que dan cuenta de una prueba fehaciente de que el santo del violín anduvo por Santa Fe y Córdoba en sus días.

Con El derecho y el revés de San Martín, mientras, queda otra más de las menciones del tucumano, que no dejó nunca de mirar al general y más hubiera vivido, más lo hubiera mirado. Para mirar la patria, creo, y entenderla más y mejor, cosa que está muy bien y es tan rara. Porque pasa como con el clima: ¡ay de los que tienen ojos sin brillo y solamente ven bien lo opaco...!

Y una última nota por ahora que viene bien, se me hace. En Al Dr. Angélico, Aragón recuerda la figura de santo Tomás de Aquino en un aniversario. Pero lo hace componiendo una oración, diría que programática, que puede seguir rezándose hoy, exactamente con la misma oportunidad que tenía 35 años atrás. Lo que son las cosas...




jueves, 21 de junio de 2012

Hay que pasar el invierno


¿Y a cuento de qué la frase?

Y qué sé yo. Será porque de veras empezó el invierno y hay que pasarlo, quieras o no, venga lo que viniere.

O será que Álvaro Alsogaray dijo eso el mismo día 29 de junio en que César venció a Pompeyo en Farsalia, pero 2 mil y pico de años después, y el episodio me gusta más que el discurso del ministro. O porque la dijo el mismo día en que nació Antoine de Saint Exupéry, 59 años antes, y el escritor está a la altura del episodio romano y Alsogaray no. O porque fue el mismo día pero de 2003 en que murió mi querida Katherine Hepburn, que siempre me pareció tan sugerente y bonita, cosa que ninguno de los anteriores puede empatar. O porque fue el mismo día de 1986 en que la Argentina le ganó a Alemania el campeonato del mundo en México, que ganar con tres goles una final tiene su gracia, como la Hepburn.

De veras que no sé qué decirle.

Hay que pasar el invierno. Y listo.

Así que, mientras pasa lo que recién principia, vaya leyendo unas cuartillas memorables -vea si no...- en las que Aragón con tres trazos nos pinta la Argentina de siempre, la que anda como inhallable y perdida por ahí, cosa que no es culpa suya de él. O sí, pero sólo porque todos somos culpables de alguna manera de que se haya perdido. Aunque no todos somos culpables de lo mismo y en el mismo grado y en la misma medida.

En fin, ¿ve?: Hay que pasar el invierno...

Y allí va, entonces, este episodio de los ingleses masacrando Buenos Aires, en La Defensa vista por un testigo. Puede seguir, si quiere sulfurarse mirando a Bolívar con ojos libertadores, por este relato de Sarmiento sobre Guayaquil en Un diálogo con San Martín. Y si el invierno todavía no lo deja entrar en calor, pruebe a ver cómo le va con La lección de la ley Sáenz Peña.

Digo yo, claro.

Porque usted verá qué se hace: ya está grandecito para andar haciendo pucheros porque los gobiernos de los últimos ___  años (agregue la cifra que corresponda) son uno peor que el otro.


domingo, 17 de junio de 2012

Brasas

Llueve. Lindo llueve, fino, frío. Viento sur y algo del este.

Desde temprano, unos tocones viejos le están dando brasa a la salamandra. Hay que partirlos y, viejos y todo como están, no es fácil. Y arden todavía, quién diría.

El día pasa. El año pasa. Las cosas pasan. Bien.

Entre las notas de Aragón, encuentro tres: De qué color es nuestra bandera (oportuna estos días, sí...), Intermedio mariano (de la Virgen a la Virgen, ya que se habla del asunto...) y Aguirre descubre Santiago del Estero (de cosas que conviene recordar, porque no ha pasado tanto tiempo...)

Por las dos últimas, especialmente, me quedé pensando. Sorprendente, creo. Los años pasan. Las cosas pasan. Y eso quiere decir, según yo, cuánto se repiten los asuntos y cuánto cambia la historia, así y todo.

Hace 30 años, Aragón veía una dirigencia que de pronto -y vaya a saberse por qué, digo- repartía rosarios por el campo para que, como antaño y lejos, el hombre argentino volviera a hacer lo que antes hacía sin campaña; y veía a la vez gobiernos desastrosos. Por otra parte, veía que, para cuando Buenos Aires se anoticiaba de que teníamos folklore -y pueblo diría yo-, ya no existía (casi ni lo uno ni lo otro, diría yo...), porque lo que se veía en el descubrimiento era un luz que nos llegaba tarde, de una estrella que ya se había apagado...



Y entre las cosas que parece que ya no están, la que no se apaga nada es la salamandra. Esa sí que no. Eso sí que no. Bien.

domingo, 10 de junio de 2012

Alivio

Nada es más aliviador para quien mira la política que el descanso de la poesía. Y hasta para quien hace política, a su modo siquiera, y no sólo la mira.

Y dichoso el que puede con eso y desdichado el que ha hecho que se le muera en sí la poesía (la poca o mucha que Dios le haya dado, para hacerla o gustarla.) Y desdichado asaz el que sólo haya dejado que le entre por los ojos el jugo grisáceo y ácido del poder mero o la mera riqueza, o que le entre por los oídos solamente el veneno ríspido de la melodía nada más que militante o que de habitual le salga por la boca la dialéctica torpe del manipulador. 

Lo sabía Cicerón. Y lo sabía Aristóteles que se ocupó de recopilar las poéticas leyes de Solón, el poeta político. Y lo sabía Dante, que cuando quiso destilar de todo, habló poéticamente aun de política, porque la Commedia es política, lo crea o no... Y Chesterton lo sabía, y Hernández (José y Miguel, claro), y Ezra Pound y...

En fin, ejemplos hay a pasto.

Me considero afortunado, vea. Al menos sé una cosa, y creo que sin duda alguna: si uno se suelta de allí, si desdeña la luz que el poeta podría ofrecer respecto de todas las cosas (todas, sí, todas...), la noche lo gana a uno. La noche de la inteligencia, claro, que es noche espantosa de la verdad (buscada, tan siquiera.)

Pero las otras noches también: la noche de la esperanza, la noche del bien, la noche del amor.

Muchas cosas en el mundo de este valle son consuelo. Y consuelo quiere decir no solamente que haya lágrimas, porque la consolación es a veces para los desolados. De las cosas que hay y que son consuelo, digo yo, la poesía -en su fragua y destilación de luz y de belleza y de hondura y de altura- no es de las menores.

Y digo también que, para que haya más de eso hace falta que Dios libere a los poetas que tiene retenidos, porque andan faltando. Y hace falta también que nos hisopen bonitamente con algún ungüento salutífero los ojos, los oídos y la boca a los que tenemos que recibir lo que los poetas -cuando Dios quiera soltarlos por el mundo- vengan a decirnos.

Por el momento, dejo aquí tres de Aragón que arriman a lo mismo: El poeta entresueña con héroes, La fuerza y la gracia y El caballo.


Buenas noches. Y que descanse, si Dios quiere.

jueves, 7 de junio de 2012

Papanatas

Más de uno creerá que tiene que agradecerme que no se me dé la gana de ponerme a escribir y se me haga poco el tiempo para teclear zopencas ingeniosidades.

Lo cierto también, y por otra parte, es que la ciudad del hombre está tan revuelta con fruslerías y zonceras, tanta es la huevada, que, si no hay ganas ni mucho tiempo, parece que es lo mismo, vea.

Y no, señor mío, se equivoca de medio a medio: no dije en ningún lado que no haya asuntos muy serios que ver y pensar. Al revés. Hay más cada día, incluso porque el tiempo que duran le agrega densidad a las cosas nocivas, si no se las cura, aunque curarlas lleve mucho tiempo y mucho que hacer. Y no sólo crecen y se ahondan las cosas que dañan. Cada vez son menos y peor advertidas las cosas graves, cuestión que más que preocupar, hasta diría que asquea.


Buena se la han hecho a los papanatas de este mundo: hace rato que los embretaron en cosas de $, haciéndoles creer que los pesos eran la palanca de Arquímedes para salvar al páis que-nadie-había-salvado-nunca-hasta-que-lo-salvaron-los-salvadores; y así los papanatas se comen el amague de su vida, pobres paparulos; pero entonces, después, con unos cuantos discursitos canyengues y patoteros, los salvadores les envolvieron a los papanatas los pesos en la bandera; y ¡ojo al Cristo!: para que no se sientan unos logreros de los mangos, materialistas y rastreros -casi capitalistas, fíjese lo que le digo-, les pulsaron con lágrimas celestes y blancas la cuerda sentimental de la patria para que supieran de la emoción inarrugable de jugarse por lo nuestro, qué carajos; hasta les filetearon con el contorno de Evita y todo el capítulo social a más de uno de los papanatas (esos desangelados míseros, de boca peruca y corazón gorila...) para que sintieran que estaban evangelizando el nacional y popular credo nuevo revolucionario que nadie se había animado hasta ahora a poner en la historia...; y, entonces, con unas chirolas de piedritas de colores y al grito de la nueva revolú, que es la vieja vindicada, los papanatas quedaron del lado malo, cambiando un plato de lentejas por el mayorazgo, mayorazgo que significa siempre ojos mejores para ver la patria. Y los papanatas cambiaron el mayorazgo con alegría y emoción patriótica y social, que para y por eso son papanatas, qué joder: alguna ventaja tiene que tener sentirse protagonista y militante de lo mejor que le pasó al pueblo argentino salú en los últimos 500 años...

El variado recetario de sapos importantes y venenosos que vienen ingiriendo estos papanatas -y que ellos mismos están haciéndoles tragar a tantos pobres inocentes...-, ya les hincha la panza y los tiene constipados (sobre todo a los que se acuestan al fin del día puteando de lo lindo -por lo bajo, claro...- por los sapos que se tragan por un plato de lentejas...). Pero... ni hablar.

Digo: ni hablar se puede con ellos y con tantos. Tantos como ellos y tantos como sus adversarios dellos, que son tan papanatas como los papanatas chupaluto...

Y eso es la enfermedad, no el síntoma.


Oiga: ¿no era que no tenía ganas ni tiempo para escribir pavadas...?

Tiene razón, vea. Toda la razón...

Malhaya con eso de no tener tiempo: uno se engolosina prodigando lo que le falta.

Por eso: no me haga caso. No pierda el tiempo y vaya a lo mejor, que no sobra.

Le dejo con qué.

El hálito de la Guerra Gaucha y Hay que descifrar el sable, son dos notas de Aragón que hablan de otras cosas, de otros tiempos en los que, en esta tierra nuestra tan florida de papanatas de un lado y otro, solía haber gentes mejores, con un coraje y una lucidez y una generosidad que solamente merece la Patria, y ciertamente no merecen los discursos ni los $.

Tal vez las haya todavía. Dios sabrá.

domingo, 3 de junio de 2012

Cosas que pasan


Hay que hacer valer el tiempo. No sobra.

Por eso.

Mientras miro y pienso -y no pasa nada de nada en la polis agitada y canallita de los unos y de los otros-, mejor que el lector benévolo tenga en qué leer las cosas que pasan.

Y sí, porque ya le tengo dicho que las cosas que han pasado, de un modo u otro, pasan todavía.

Aquí quedan, entonces, tres de Aragón: Siempre la independencia, Para qué sirve un apellido y La noche del poeta (porque, la poesía, ésa sí que no pasa...)


viernes, 1 de junio de 2012

Tres de antes, de ahora

Tiene que ser verdad eso de que la historia es maestra de la vida, que decía Marco Tulio Cicerón. No porque lo diga Cicerón, sino porque es verdad, que por eso lo dice.

Basta mirar y ver.

Es interesante, con todo, no perder de vista que no hay redondez cerrada en las cosas humanas, no hay círculo absoluto, sino espiral, repetición abierta, helicoidal.

Los hombres de los que hablan la historia y las historias ya no están y su marca individual no es la misma que la mía. Los hechos que ocurrieron son irrecuperables, en un sentido casi ontológico, si es verdad, como dice Platón, que las acciones son unas especies de seres. Palabras, gestos, situaciones, allá están. Atrás, diría san Agustín.

Sin embargo.

A veces vuelven, de algún modo, y no podemos negar el aire de familia -más lejano, más próximo- que el presente tiene respecto de lo que ya fue y ya no es.

Vean, si no, y si no me equivoco mucho, estos tres artículos de Aragón: Junta como en España, La situación de los proletarios y 1930 Experiencia agotada 1980.

jueves, 3 de mayo de 2012

Malhaya mayo si falla

Y así arranca: fallando su destino de niebla de otoño y humo de madera.

No le hace.

Cosas hay en este mundo, mientras.

Ahí lo tenemos a Aragón mirando con recelo a los refundadores de la patria en La tradición y su sombra y mirando con simpatía otras raíces que están más hondas y son más fuertes en Los buenos cimientos.

Una vez más San Martín, en una semblanza de su ocaso de destierros hasta que Llegó la noche a las tres de la tarde.

Y me voy con Hasta que el silencio se hizo total. Porque poesía no puede faltar, claro. Y uno de sus preferidos, tampoco: Enrique Banchs.

martes, 24 de abril de 2012

Está verde el amarillo

Así que me va a tener que perdonar, vea.

Sí. Algo de otoño medio invernado vino, eso es verdad. Tanto que ya estoy aprontando la salamandra oronda, que al presente luce silenciosamente sobria y serena, quemando a prueba lo que le doy, sin más trámite que los ajustes de su osamenta, ya harta del verano y sus arrabales.

Tiene toda la razón: había dicho que hasta que el otoño no apareciera no seguía con las cosas del país de hoy; por capricho, había dicho.

Y ahora que llegó lo dejo estar al asunto. Sí.

Que madure, vea: no me van a correr. ¿Qué es esa prepeada de querer que uno se ocupe a cada rato de cada cosa que se le cae del bolsillo a los madamases y mandamenos?

A los gobiernos hay que tenerlos con la rienda corta, cumpa. Y a los que no lo son, anche. No vaya a ser cosa que se les suba a la cabeza la historia y se crean históricos, nomás que porque los días pasan.

Historia es otra cosa, mi amigo. Historia lo que se dice historia no es el relato.

Mientras, y para historia, sigo con Aragón, por ahora. Y cuando le cuadre a un servidor, seguirá con lo otro. Faltaba más...

Lo veo entonces a San Martín yéndose para siempre de estos pagos en Creer en la soberanía.

Como veo una mirada retrospectiva, desde aquel 1978, sobre el sentido del papado en La sombra de Pedro. Y otra mirada igual, pero ahora sobre militares y civiles en estos pagos, en El juego de nunca acabar.

Al final, y para descanso de los días, poesía: y así viene ella en la remebranza de un Recuerdo de los versos de Etchebarne, que si se lo pierde se perdió algo de veras grande.


No se apure, cuate: todavía vamos a estar discutiendo en falso cosas verdaderas un rato y otro rato y todas esas seriedades mal paridas pasarán, pero esotras que le traigo ahora no habrán de pasar.

martes, 10 de abril de 2012

Capriccio

Me decía un cumpa nomás ayer, mientras surcábamos caminos del conurbano: "...es mi preferido el otoño..."

Claro. Y cómo no. También para mí.

Pero el otoño no se decide y anda de remolón, distraído en tormentones del cielo y de la tierra, de afuera y de adentro...

Así que me encapriché. Y no voy a seguir con lo que estaba hasta que no vengan los primeros aires decididos, el otoño de veras.

Mientras, me ocupo de plantas en estos días, noble cosa. Porque voy yendo a la caza de unas salvias y de unas damas de noche y de unos pastos nuevos, para hacer matas.

Y, en los ratos de escribir, me ocupo de seguir con las huellas de Aragón (siempre son mejores que las que voy dejando de mí mismo, así que es ganancia y no pérdida de tiempo...)

Así encontré esta memoria de Mariano Cordero, en Un héroe sin homenaje. Y esta aguafuerte sobre otro tucumano en Avellaneda descubre el pueblo.

En La reorganización de 1955 lo veo hacer un equilibrio que la historia habitual no suele perdonar.

Por fin, la figura de Mariano Necochea y su táctica en un combate menor pero significativo durante la campaña en Chile, aparecen en Recordemos Las Coimas y ¡viva la patria!