Sería posible, al menos posible.
Donald Trump podría ser –en parte– derrotado en las elecciones de noviembre próximo por... Donald Trump.
En mayo pasado, el 19, seis días antes de que apareciera públicamente el 25 de mayo la encíclica Magnifica humanitas (firmada el día 15 de ese mes), aparece en los EE. UU. una Carta abierta a Donald Trump.
El asunto es que los firmantes de ese documento son en general miembros o simpatizantes del movimiento MAGA (Make America Great Again), empezando por uno de los fundadores, Steve Bannon.
La Carta trata de establecer un nuevo parámetro: Human first, superpuesto al ya establecido American first y apunta a presionar a Trump para que regule eficazmente la inteligencia artificial. Y lo hace en términos muy duros contra Silicon Valley y sus sumos sacerdotes, terriblemente influyentes en la gestión de Donald Trump, además de financistas de su presidencia y hasta de J. D. Vance, el vicepresidente, con aspiraciones a sucederlo.
En estas pampas, la lista de los firmantes de la Carta no nos dice nada. Pero el ramillete representa en EE. UU. una corriente conservadora y nacionalista, mayormente protestante (aunque Bannon se considera católico), parte dura de la base votante de Trump.
Tan fuerte fue el impacto de la Carta que, unos días después, el 2 de junio, obligó a Trump a dictar una Orden Ejecutiva, en apariencia mudando su opinión anterior de no aplicar restricción alguna al desarrollo tecnológico, para que se establezcan controles previos al lanzamiento de desarrollos tecnológicos en ese campo. La medida no satisfizo porque era opaca e indefinida. Establecía al mismo tiempo un futuro marco regulatorio que se elaboraría con las empresas. Sólo con las empresas. Y eso aumentó la desconfianza y el desagrado.
Pero.
Pasaron algunos meses y finalmente a principios de este mes de agosto apareció (se anunció, en realidad) el marco regulatorio terminado o algo así. Pero está interdicto. Es confidencial y en parte eso estaba dicho en la Orden Ejecutiva del 2 de junio. Salvo para la empresas o la mayoría de ellas, porque incluso hay algunas que no están obligadas a ser revisadas con anterioridad al lanzamiento de un nuevo desarrollo o avance de esa tecnología.
¿Cómo responderán en las elecciones de noviembre sectores como el representado en la Carta, porque la cuestión no se resolvió y en buena medida se agravó?
En cualquier caso, Donald Trump tiene una interna en razón de la inteligencia artificial, que viene a sumarse a la que nace de los desmanes de su guerra iraní, o al estado de su microeconomía o –algo mucho más hondo– por su apoyo a Israel y a los desmanes de Benjamín Netanyahu en su atropellada geopolítica.
Dejo el texto de la Carta con un análisis. Es un análisis interesado, hay que subrayar, porque la publicación europea suele militar, por razones propias, en el control de la tecnología de inteligencia artificial.
Pero hay un punto particularmente interesante en ese análisis.
Todo esto se da en un contexto de guerra planetaria por la hegemonía global entre los EE. UU. y China, hegemonía no solamente tecnológica, porque la tecnología es solamente el armamento, no la finalidad.
En ese sentido, diría que el análisis de la Carta acierta cuando contrapone el afán de seguridad nacional de los EE. UU. con el afán de dictarle a su vez las normas globales a todo el planeta.
En ese sentido, diría que el análisis de la Carta acierta cuando contrapone el afán de seguridad nacional de los EE. UU. con el afán de dictarle a su vez las normas globales a todo el planeta.
Como si dijéramos que Donald Trump no quiere que nadie lo ataque porque pretende la exclusividad de atacar a todos. O como si dijéramos que no puede admitir que alguien amenace o siquiera discuta su voluntad de hegemonía global.
Es desgraciado –y estúpido– que haya gentes que crean que, entre EE.UU. y China, uno es mejor que el otro o que uno es menos malo que el otro.
Porque es una desgracia, y una desgraciada estupidez, creer que tenemos derecho a elegir de quién queremos ser esclavos.
Mientras tanto, en la primera quincena de noviembre próximo, la Argentina volverá a ser protagonista insospechada y testigo en primera persona de las cosas que definen este tramo convulso de la historia.
Porque, con el resultado ya puesto de las elecciones legislativas yankis, estarán contemporáneamente en Buenos Aires León XIV, Peter Thiele y Donald Trump, este último no personalmente aunque sí representado por su sirviente tecnofanático local, Javier Milei.
Porque, con el resultado ya puesto de las elecciones legislativas yankis, estarán contemporáneamente en Buenos Aires León XIV, Peter Thiele y Donald Trump, este último no personalmente aunque sí representado por su sirviente tecnofanático local, Javier Milei.