lunes, 1 de diciembre de 2025

Los cuentos de Clara (V): La reina Clara.


El anciano sentado en el banco verde tenía el pelo algo largo y blanco, como su barba que también era blanca. Siempre vestía un elegante traje azul y unos zapatos muy bien lustrados. Miraba a todos los que pasaban por los caminos de grava de la plaza con una sonrisa muy cortés pero afectuosa. A veces, se lo veía con un libro en el que leía alguna página y lo dejaba sobre el banco, hasta volver a leer otra página. A veces caminaba muy despacio mirando los árboles y las plantas de la plaza.

Pero lo que a Clarita le gustaba más del señor elegante es que, cuando lo encontraban en la plaza, siempre se paraba, se acercaba y las saludaba con mucha cortesía. Y de todos los saludos el que más le gustaba era cuando le decía a su madre: ¡Ah, aquí está su majestad, la reina Clara!, y le tomaba la mano y se inclinaba un poco ante ella.

Clarita sabía que vivía cerca de su casa, pero siempre lo veía en la plaza. Apenas su madre y él conversaban un rato, siempre sonriendo los dos. Después, el señor elegante seguía su camino, apoyándose en un bastón negro con puño de plata, que a Clarita le parecía la espada de un caballero, como los de los cuentos.

Un día, sentada en el piso de su habitación, Clarita estaba mirando un libro con dibujos. Contaba la historia de una princesa que vivía sola con su madre en un castillo apartado en lo alto de una sierra, rodeado de bosques enormes.

Clarita se quedó un rato largo mirando los dibujos con todos los detalles. Entonces se le ocurrió una idea: ella sería la princesa y su mamá la reina: la Reina Clara.

Mientras la madre cocinaba, Clarita buscó todo lo de color rojo y azul que pudo encontrar en la casa: unos manteles, cortinas, mantas o toallas y cosas así. Anduvo por la toda la casa extendiendo lo que había juntado por el piso del comedor y la sala y por el pasillo que iba a su cuarto. Allí había una mecedora en la que se sentaba su mamá para contarle cuentos en los días de lluvia o antes de dormir por la noche.

Cuando terminó, fue a la cocina y tomando de la mano a su mamá le dijo: "¡Ah, aquí está la reina Clara! ¿Me acompaña, su majestad?"

A la mamá le llamó la atención la ocurrencia y se plegó al juego a ver qué pasaba.

Con un paso lento y ceremonioso la fue conduciendo hasta su cuarto por encima de las alfombras que había tendido, como si fuera una procesión real.

Cuando llegaron al cuarto, le indicó la mecedora que había puesto en el centro de la habitación. La había cubierto con su cubrecama color azul, al que su mamá le había bordado unos lirios que parecían dorados pero que eran de un amarillo muy suave.

Clara, divertida con la ocurrencia, se sentó con ceremonia de reina; y Clarita, caminando hacia atrás en presencia de la reina, llegó hasta una mesa de luz en la que había puesto la corona de princesa que había usado en la fiesta de su cumpleaños. 

En silencio caminó hasta su madre, hizo una reverencia y le puso la tiara en la cabeza, dio dos pasos hacia atrás y se inclinó haciendo un saludo.

Cuando se levantó, riéndose, le dijo: Ahora sí el señor te va a poder decir: "¡ah, aquí está su majestad, la reina Clara!".