lunes, 31 de agosto de 2009

Plan de vuelo

El año pasa. La vida. Y todas las cosas, menos las que permanecen.

A veces viaja uno, en el espacio como en el tiempo. Y, tal vez, un día vuelve. Se va uno lejos de casa (de tantas cosas que son nuestra casa para cada quien), lejos de cosas, de asuntos. Los deja, los suelta. No los mira del todo ni los sigue con la mirada. Aunque los esté viendo en otro sentido, incluso viéndolos alejarse. No es que se vayan ellos, exactamente. Tal vez quedan en el mismo lugar en que uno los deja o en el que están. Y no es tampoco que se vaya uno, exactamente. Es hacia dónde va la mirada, en realidad. Y eso, tal vez, pase igualmente con lo que está en el espacio, como con lo que va en el tiempo.

Es de algún modo irse dejar asuntos en manos del tiempo que pasa, como volver a mirarlos y volver a hacerlos presentes puede ser de algún modo volver.

Una imagen, por ejemplo, para ilustrar un aspecto de este asunto.

Supóngase uno en una estación terminal fijada como punto de encuentro, o en una esquina convenida de antemano (y tal vez la cuestión es ésa, precisamente: un punto de encuentro convenido de antemano...)

Muy bien. Allí está uno, en cualquier caso. Pasan cientos de gentes, las hay por todas partes: viandantes, madres, turistas, empleados, secretarias, albañiles, abogados, niños, ingenieros, desocupados, ancianas tramitantes, estudiantes bisognos. La mar de gentes.

Todos son seres vivientes, claro. Todos visibles. Todos vistos por uno. Todos existen. Y todos al mismo tiempo. Todos en sí mismos tienen su densidad e importancia. Todos representan algo para alguien en un sentido existencial y hondo y aun en un sentido menos grave. Todos tienen sus historias, todos portan un dolor y una felicidad. Todos son indiferentes a algo o a alguien. Todos se entusiasman con algo o con alguien. Aman, lloran, ansían, piensan, sufren, ríen. Van por la vida. Existen.

Pero, de un modo serio y definitivo, no le son a uno más que un paisaje móvil. Resultan a la vez tan irremplazables en el cosmos, tanto como sólo son referencialmente numéricos en ese momento. Una multitud, como follaje de la vida. Y tal vez porque la mirada va en otra dirección determinada, los miramos andar y no necesariamente los vemos.

Hasta que distinguimos entre ellos a la persona, aquella persona cuya existencia y presencia nos ha puesto allí, en aquel punto: un fruto entre las ramas y las hojas, una flor entre el verde multitudinario de la foresta de hombres. Y digo distinguimos y creo que eso es: hacer eso, hacer a alguien distinto, un punto en una sucesión de puntos. Esa persona –una cuestión, un tema– lleva un estigma, la marca de un punto en la frente que nos la hace distinta del follaje de cosas, del follaje humano, que nos permite distinguirla. En cierto modo, se entiende, sólo ella –esa cosa, esa persona– existe de un modo distinto.

Y si bien los otros, las otras cosas también son, ella se yergue existencialmente por encima de toda cosa y de todos.

Digo que ocurre tanto con alguien como con los asuntos y las cosas que se nos quedan en el espacio como en el tiempo. Tal vez habrá un asunto, una cuestión, alguna cosa, que distinguimos del resto de las voces y asuntos, del follaje de asuntos y cosas. Y el resto queda atrás, aparte de algún modo, aun siendo y estando entre todos los asuntos que son y están en el espacio y el tiempo. Aun cuando todos ellos, muchos de ellos, nos sean interesantes, o, por decirlo de modo menos trivial, nos sean importantes.

Decía que a veces, tal vez, pasa que uno vuelve. Vuelve a cosas y a asuntos y a personas que han quedado atrás, de algún modo, que han quedado aparte.

Y vuelve a ver. Vuelve a mirarlas, en realidad, para empezar. Y porque vuelve a mirar, ve.

No es un ejercicio siempre voluntario, en el sentido de programado o empecinado. Será con la voluntad, eso sí.

Las razones de nuestros viajes en el espacio y en el tiempo, no siempre nos son conocidas del todo. A veces nuestros viajes se llaman intuición, pero también pueden llamarse descuido. Hay viajes justos y otros injustos.

Ir de aquí para allá, en el espacio como en el tiempo de nuestras vidas, puede ser una aventura con destino, o puede ser producto del tedium vitae. Tal vez haya que tener más lucidez y coraje del que solemos gastar para saber por cuál de todas las posibles razones parecemos interesados en ciertas personas o asuntos y desinteresados de otros.

Los motivos pueden llamarse vanidad, frivolidad y desaprensión, como pueden llamarse verdadero vigor, salud o pureza del corazón. Y hasta ocurre habitualmente que tengan un poco de cada una de esas cosas.

Difícil saber sin trabajo qué nos lleva a la presencia de cosas y de personas. Y tampoco nos es fácil saber del todo por qué en un momento determinado nos alejamos a distancias de años de las cosas que tenemos ante la vista, cosas propias en ocasiones, o cosas que a todos o a muchos o un buen –o mal– número de algunos les parecen definitorias y perentorias.

Y acaso un día volvemos. Y volvemos a mirar asuntos y cosas. Y hasta personas.

A veces pasa que al volver a mirar las cosas se muestran de un modo distinto. Pasa que al mirarlas y verlas después de un tiempo muestran aristas y costados inadvertidos antes. Incluso dimensiones distintas. Porque es claro que el tiempo y la oportunidad hacen cosas extrañas y comprensibles a la vez con el tamaño de los asuntos, con la importancia o significación en nuestras vidas de personas y cosas.

Conmovedoras y apasionadas pudieron haber sido aquellas emociones y mociones fulgurosas y haberse vuelto con el tiempo levemente ridículas y tan opacas como prescindibles. Aquella cuenta angustiante que hoy no puedo pagar, tiene grandes posibilidades de transformarse en un vago recuerdo dentro de dos años. Y más probablemente se volverá un nítido olvido. Una antigua relación, un tópico siquiera que haya perdido el sabor que tenía o que creíamos que tenía cuando solamente nos creaba fofas adiposidades intelectuales o afectivas. Una insipidez de asunto o de persona que nuestro gusto inmaduro y liviano no pudo saborear entonces, pero que ahora nos es imprescindible y nutricio.

En cierto y determinado sentido, ojalá que así sea. Y tanto con las penas como con las dichas.

Hay un aspecto dinámico en la existencia temporal de los hombres que pide prestar atención mientras se va viviendo, por lo mismo que nuestra existencia es temporal. Es aquel dinamismo que nos pide, y nos exige, el recuerdo. El recuerdo que nos hace alejarnos a sabiendas y nos hace retornar a sabiendas.

Pero es ese mismo dinamismo connatural a nuestra existencia temporal el que pide, exige, cierto olvido.

Un dinamismo -ni quieto ni vertiginoso- de nuestra existencia temporal que, bien vivido, podría ser el sembrador que sembrara en uno esas formas destiladas de recuerdo y olvido, de presencia y ausencia que los hombres llamamos desaprensivamente silencio.

jueves, 13 de agosto de 2009

Parábola

Proteges a los hombres que te dieron.
Tú los cuidas.
Custodias sus tesoros, que les duelen
como heridas.
Nunca lejos, discretamente dentro
de sus vidas,
aquietas madrugadas de tinieblas,
noches frías.
Los llevas por veredas que no saben
y que alivian
los miedos, las nostalgias, las traiciones
que no olvidan.

Tú proteges al hombre.
Tú lo cuidas.

En los días sin luz, tú eres el aire
que ilumina.
Y si arrecia ese páramo que taja
como astillas,
o un llanto seco de tristeza muda
que se inquina,
vienes con mansedumbre silenciosa
y los miras.
La intemperie de todos los dolores
se apacigua,
y tu voz, en el mar de las tormentas,
es la orilla.

Tu proteges al hombre.
Tú lo cuidas.

Cuando la sombra ahoga la esperanza,
tú respiras;
y si el combate amarga los dulzores
cada día,
los ojos que te buscan no te encuentran,
pero brilla
algo en el pecho que consuela y basta:
medicina
que cura el corazón de cada pena
que mutila,
para que vuelva entero de esas muertes
que moría.

Tú proteges al hombre.
Tú lo cuidas.

Tú, que esperas mirando al horizonte
mi venida,
y sales a buscarme si no llego;
y mi fatiga
restauras con tu vino y que a tu mesa,
ya servida,
la aromas con el sándalo, el incienso
y la mirra,
te apuras a mi encuentro para darme,
inmerecida,
una fiesta en el gozo de tu casa,
que es la mía.



sábado, 8 de agosto de 2009

Agosto

Agosto llega, al fin. Y agosto llaga
con memorias de luz y viento amado.
Viene sereno agosto, puro, alado
y libre en todo. Sé que agosto embriaga
con vinos de quietud. Destila un mosto
que arde en su noche clara y punza leve
de lado a lado el corazón. Agosto,
león de garra firme y furia breve.
Agosto, agosto... Un día, creo, un día
todo agosto será. No habrá más horas
que las de agosto. Y creo que, a tu vera,
no importa cuándo, agosto, yo tendría
en la hierba que estallas o que doras,
verano, otoño, invierno y primavera.



miércoles, 22 de julio de 2009

Clama el viento y ruge el mar

Porque hay vientos y vientos, pensaba mirando aquello del ruido del mar.

En el Evangelio de san Juan (3, 8), Jesús habla con Nicodemo. Para explicarle algo que el fariseo, “príncipe de los judíos”, no entendía respecto de nacer de nuevo para poder entrar al Reino de Dios, Jesús le dice:
No te maravilles de que te haya dicho: ‘Es necesario que nazcan de nuevo’.

El Espíritu espira donde quiere (Spiritus ubi vult spirat, dice en latín; en griego dice: tò pneûma (h)ópou thélei pneî) y oyes su sonido pero no sabes de dónde viene ni adónde va, así es todo aquel que es nacido del Espíritu.
No se ponen del todo de acuerdo los exégetas y los Padres al comentar este pasaje ni respecto de cómo tratar a Nicodemo. Uno de los más acerbos es el Crisóstomo, según recoge la Catena Aurea. Duro, diría uno, leyendo los comentarios que trae. Hasta llegar a decir (a propósito de las preguntas que le formula Nicodemo, quien fue de noche a ver a Jesús y comenzó diciendo: ‘Rabbí, sabemos que eres Maestro venido de Dios, porque ninguno puede hacer estos milagros que tú haces, si Dios no estuviese con él’):
Le llamas Maestro, reconoces que viene de Dios, pero no aceptas lo que dice. Y hablas al Maestro de forma que puedan brotar muchas dudas. Esto -el saber preguntar de cierto modo- es propio de aquellos que no creen firmemente y muchos que así preguntan se han separado de la fe. Porque éstos preguntan: ¿cómo se ha encarnado Dios?; y otros: ¿cómo es impasible? Por lo tanto también éste pregunta llevado por la ansiedad, pero debe tenerse en cuenta que el que mezcla cosas espirituales con sus propios pensamientos habla cosas dignas de risa.
Será de oro el pico, pero bastante filoso, por lo que se ve.

El caso es que el Espíritu también es viento, según se entiende desde el Génesis al Apocalipsis.

Y no todo viento que sopla y ventea es un espíritu que debe ser dominado y debe obedecer a la voz que le dice “¡Calla!”. Porque hay un Viento que manda a los vientos.

Hay vientos y espíritus que rugen y aturden sobre el mar rugiente. Y hay un Viento y un Espíritu que los somete y los gobierna.

Y, soplando, los aquieta. Y, clamando, los acalla.

Discernir entre Uno y los otros, oír el viento y saber si es el Viento o son los vientos, no es cosa que el hombre pueda solo y por sí.

Y nos pasa ser como Nicodemo, al fin de cuentas. Y es cuando Jesús, llegado el caso, nos dice lo que a Nicodemo:
¿Eres tú maestro de Israel e ignoras estas cosas? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que vimos y no aceptáis nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenas y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?

viernes, 17 de julio de 2009

El ruido del mar

El mar, dice la mayoría de los exégetas, es el mundo en las Sagradas Escrituras. Así Rábano Mauro comentando una tempestad calmada en san Mateo (la vorágine del mundo, dice más exactamente); y similarmente san Beda, en el comentario al mismo pasaje en san Marcos y más extensamente en el comentario al pasaje en san Lucas; así como san Ambrosio. Y otros.

No el mundo creado sin más, claro. La vorágine del mundo, la mundanidad del mundo opuesta al designio original que lo creó. La agitación tenebrosa y amarga de este mundo, que confirma san Beda, explicando el sentido alegórico de los elementos del pasaje. "Tú dominas el poder del mar, y calmas la agitación de sus olas", cita san Cirilo el Salmo 88, en el mismo sentido.

Poder y agitación. Pavorosos en el mar. Otro poder y una quietud gloriosos en Él.

En ese sentido, el mundo es por sí mismo ruido. Un ruido tan ensordecedor como sutil. Tan evanescente como poderoso. Tanto estrépito como susurros.

Batirse de vientos y olas parece ruido fuerte. Cualquiera que haya visto el mar lo sabe, nada más fuera parado en sus orillas, frente a su poder y su ruido. El que navegó una tormenta en el mar, lo sabe; siquiera quien vivió un mar ‘picado’ navegando sobre él, lo sabe. Y hasta el que navegó a secas lo sabe. Ese poder tan raro, ese dominio, esa seducción del mar.

Es poderoso el mundo mar. El mar del mundo.

Dicen también los exégetas que este mar bravo es tentación y tribulación. No sólo ruido de sonidos, sino vacíos de negrura y desesperanza. Olas de preocupaciones y agitaciones. Amargas, al fin, aunque tal vez dulces un tiempo en la boca, como el Libro de la Revelación que dice el Apocaleta, en otro sentido.

Tinieblas de mar, tinieblas de viento en el mar.

También se entiende así, por ejemplo, ante las dos pescas milagrosas, con un signo muy fuerte en la segunda y última pesca, Jesús resucitado en la playa y los hombres en el mar, como comentan san Gregorio, san Agustín, san Jerónimo y otros. Lo espiritual y el mundo.

Pobre mar, dirá más de uno. Y sin embargo, allí lo tenemos, campante en su símbolo.

Pero el ruido del mar es lo que importa ahora.

La agitación del mar. La agitación –con ruido o sin ruido–, el ruido como tiniebla y desazón, el ruido como angustia y ansiedad, el ruido como soledad estéril, el ruido como palabras huecas y movidas por la acedia y la desesperación. El ruido del mar en medio de los ruidos del mundo, la misma cosa. En la oscuridad del alma que teme quién sabe cuántas cosas del mundo mar, que teme según la mundanidad del mundo mar. Que teme los sustos mundanos, que se ahoga en las esclavitudes del mar. Que se ahoga, sin más.

Amarguras, ansiedades, temores, dolor, angustias, vacíos, soledades, desesperanzas.

El ruido del mar. El ruido sin ruido del mar. El ruido oscuro del mar que agita y nos agita. La tiniebla del ruido del mar. Tribulaciones sordas del ruido del mar. Preocupaciones vanas del ruido del mar. Angustias prepotentes del ruido del mar. Falsas ocupaciones oyendo el ruido del mar. Inquietas preocupaciones que son más ruido en el mar. Los vientos vanos sobre el mar y dentro del corazón ruidoso frente al mar ruidoso, agitado, amargo, oscuro.

“¡Calla!”, dijo Jesús.

Y el viento se calló. Y el mar se calmó.

En una de las tempestades calmadas, Jesús deja a los hombres toda la noche en el ruido del mar, en la agitación amarga, en la tiniebla. Dicen los Evangelios que, recién a la cuarta vigilia, fue a ellos caminando sobre el mar tempestuoso e hizo ademán de pasar de largo (en otra noche triste y ventosa, en Emaús, haría el mismo gesto, ya resucitado).

San Hilario dice, comentando este pasaje de san Mateo, que la cuarta vigilia de la noche es la última anterior al día, esto es, el tiempo de la venida en Gloria de Jesús al final del tiempo. Los hombres han estado toda esa noche anterior batidos por las olas, aterrados y descorazonados por los ruidos del mar. Y por los silencios de Dios. Y por los silencios ruidosos y agitados de su propio corazón, que no son el mismo silencio.

Habló Jesús esa vez a los hombres que estaban sobre la barca agitada, les dijo que no temieran, que era Él y así lo reconocieron. Tanto que Pedro pidió ir a Él en medio del ruido del mar y la agitación del viento sobre el mar. Y fue, pero aunque no había temido lo más, que era caminar sobre el mar, temió lo menos: temió el ruido del mar y el ruido del viento feroz y así comenzó a hundirse, hasta que Jesús tomó su mano y lo rescató.

Esta vez, al poner Jesús un pie en la barca, el ruido cesó, el viento se aplacó y la nave fue muy rápido al punto de la playa de la tierra al que iban.

El ruido del mar es hoy también el mundo en su agitación amarga y tenebrosa. Y el eco de esas tinieblas y amarguras en nuestro corazón, también es el ruido del mar.

Nuestro silencio estéril, nuestras vocinglerías estériles. Nuestra angustia, nuestra desorientación y desazón. Nuestras presunciones, nuestras desesperanzas.

Ruidos de mar.

Ese ruido se detendrá cuando Él lo mande, claro.

Cuando le impere “¡Calla!” al mar y al viento. Cuando ponga un pie en la barca, en la cuarta vigilia.

A veces tratamos de tapar el ruido del mar con más ruido. Pretendemos aquietar la agitación con nuestras propias agitaciones e inquietudes.

Vana cosa. Vana luz tenebrosa, vana quietud inquieta, vano coraje temeroso, vana impavidez temblorosa.

Es parte del tiempo, se ve. No importa de dónde viene el ruido del mar. Un día serán las hipotecas tóxicas, otro las guerras y sus rumores, otro K o el neoliberalismo, otro el tsunami, otro la sequía, otro la precariedad de la vida, otro la Iglesia y sus cosas y sus dichos y silencios y sus hechos y omisiones, otro las pandemias, otro la muerte y los desamores, otro y otro y otro más. Y nuestros propios ruidos que cada quien sabe y oye, y nuestras agitaciones propias que cada quien sabe y mueve. O todo junto.

Se agita el mar. El ruido es espantoso. En el corazón del mar y en el mar del corazón. La furia del viento barre el aire y seca el alma.

Sí.

Pero más grito sólo será más ruido. Más agitación sólo será más viento.

La noche es larga.

Y el que duda se hunde, así como el que estira su mano es rescatado.

Llegará a la cuarta vigilia de la noche, o dormirá sobre un cabezal en la popa mientras el mar grita ruidos de mar y el viento azota vientos sobre el mar. Pero llegará.

Y dirá “¡Calla!” y se callará. Pondrá un pie en la barca y todo será calma.

Un día, un preciso día, lo hará. Lo volverá a hacer, como lo hizo en Genesareth.

Pero lo hace ya, lo está haciendo cada vez. Cada vez que alguno sabe que Él puede decir “¡Calla!” al mar y al viento, aunque no lo diga cuando yo quiero. Cada vez que alguno sabe que al poner el pie en la barca habrá ya calma, aunque no lo haga cuando yo quiero.

Cada vez que uno confía en que lo hace. Y en que Él es el único que lo hace.

Lo demás es ruido de mar.

martes, 14 de julio de 2009

Subida

Senda del Monte Carmelo: espíritu de perfección:
nada, nada, nada, nada, nada, nada, y en el monte, nada.


(Manuscrito de san Juan de la Cruz
con un dibujo del Monte Carmelo y dichos,
para las monjas del Carmelo descalzo de Beas)



Nada en el corazón y el sol del cielo
lúcido iluminando todo; y nada
queda en el corazón; ni su desvelo:
del suelo al cielo vuela su jornada.
Se lleva el aire al corazón en duelo,
sin dolor en el vuelo; y la mirada
toda mirando al cielo y nada al suelo
y va de vuelo al cielo, que es morada.
Sol en el corazón y el cielo, en celo,
amante busca el vuelo de la amada
sol del cielo, de puro iluminada;
ya sin duelo en la tierra sin consuelo;
y en esa luz de cielo consolada,
amante amada, que rindió su anhelo.


viernes, 26 de junio de 2009

Segundo fuego

La luz

Hay sombras en el aire dolorido.
Y el tiempo pasa en sombras y violento.
Sombras la tierra, el cielo ensombrecido.
Nubes de sombredales en el viento.
Y en sombras los recuerdos y el olvido.
Y el miedo que en las sombras drena lento.
Sombra en el mar y en el mañana huido.
Y el frío de la sombra en el aliento.
Pero, ¿son sombras esta flor y el día?
¿Sombras el vino, el árbol, mis amores?
¿Sombras la estrella, el canto, los dulzores?
¿Sombras un niño? ¿Sombras la alegría?
¿Sombras la voz humilde que porfía?
¿Y sombras el aceite en los dolores?


La sombra

Baja la tarde de este cielo en llamas.
El fuego al occidente pare estrellas
y una luna cremosa en trazas bellas
talla el cielo de luz y libra escamas.
Un incendio aromado de retamas
a una nostalgia hiriente alumbra huellas.
Y en un aire de rayos y centellas
fulge y goza la brisa entre las ramas.
¿Hay luz para los clavos de la cruz?
¿Es el mismo el dolor si crece en luz?
¿La tristeza? ¿La herida? ¿El desconsuelo?
¿No esplende el gris si se ilumina el duelo?
¿No viene de lo oscuro el alba al cielo?
¿Y no alumbra la pena en su trasluz?




Muerte en Barbara

Todos los hombres son mortales reza
la premisa mayor universal
y la menor sostiene por igual
que la del hombre es mi naturaleza.
Miro el papel, repaso cada cual.
No hay dolor en las letras ni tristeza.
No hay más que gloria y además belleza.
Todo está bien en ellas. Nada mal.
Una planicie tersa, sin abismo,
tan nítida, rotunda y luminosa:
la elegancia sin par del silogismo
del principio hasta el fin. Sólo una cosa
alerta al corazón: esa imperiosa
conclusión que dejó sobre mí mismo.


martes, 23 de junio de 2009

La luz cantada

Entonces al mirar con la mirada
vi el cielo de esta tierra. Se veía
la nube que sumisa traducía
un horizonte en flor de llamarada.
Entonces de la nada aparecía
una bandada gris y otra bandada
negra. Y en hebras de una voz callada
vi unos vientos rugir. En esta fría
tierra, hay hombres que cantan todavía.
Y se oye una canción. Bien acordada
suena. Y al son que da la melodía
suena una luz y una verdad. Velada
va la nostalgia. Hay un silencio. Un día
florecerá esa luz, de tan cantada.



domingo, 21 de junio de 2009

Este muelle

Este muelle de mar no me despide.
Ni esta costa, estas piedras, la madera
viva de sal y muerta de vaivenes,
que sostiene este borde de la tierra.
Desde este muelle gris no es la partida
ni se va desde aquí a ninguna parte.
Sólo son tablas. Los viajeros llegan
y miran el abismo, soledades.
Oyen rumores de agua y aves. Temen
los rugidos voraces y los vientos
feroces de lugares infinitos.
Pero este muelle solo no es frontera
ni límite de todo. Solamente
es la espera mientras el mundo pasa.

martes, 16 de junio de 2009

De taciturnitate

El capítulo VI (De Taciturnitate) de la Regla de Monjes de san Benito, trata acerca de la taciturnidad del monje, es decir, y en principio, del ‘callar’ del monje.
ver
1 Faciamus quod ait propheta: Dixi: Custodiam vias meas, ut non delinquam in lingua mea. Posui ori meo custodiam. Obmutui et humiliatus sum et silui a bonis. 2 Hic ostendit propheta, si a bonis eloquiis interdum propter taciturnita tem debet taceri, quanto magis a malis verbis propter poenam peccati debet cessari.

3 Ergo, quamvis de bonis et sanctis et aedificationum eloquiis, perfectis discipulis propter taciturnitatis gravitatem rara loquendi concedatur licentia, 4 quia scriptum est: In multiloquio non effugies peccatum, 5 et alibi: Mors et vita in manibus linguae. 6 Nam loqui et docere magistrum condecet, tacere et audire discipulum convenit.

7 Et ideo, si qua requirenda sunt a priore, cum omni humilitate et subiectione reverentiae requirantur. 8 Scurrilitates vero vel verba otiosa et risum moventia aeterna clausura in omnibus locis damnamus et ad talia eloquia discipulum aperire os non permittimus.

En algunas traducciones, creo que atinadamente, este capítulo se llama El Silencio.
ver
1 Hagamos lo que dice el Profeta: "Yo dije: guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua; puse un freno a mi boca, enmudecí, me humillé y me abstuve de hablar aun cosas buenas" (Sal 38,2-3). 2 El Profeta nos muestra aquí que si a veces se deben omitir hasta conversaciones buenas por amor al silencio, con cuanta mayor razón se deben evitar las palabras malas por la pena del pecado.

3 Por tanto, dada la importancia del silencio, rara vez se dé permiso a los discípulos perfectos para hablar aun de cosas buenas, santas y edificantes, 4 porque está escrito: "Si hablas mucho no evitarás el pecado" (Prov 10,19), 5 y en otra parte: "La muerte y la vida están en poder de la lengua" (Prov 18,21). 6 Pues hablar y enseñar le corresponde al maestro, pero callar y escuchar le toca al discípulo.

7 Por eso, cuando haya que pedir algo al superior, pídase con toda humildad y respetuosa sumisión. 8 En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar, y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones.

Si uno lo lee extremando el contexto, podría pensar 'esto no tiene nada que ver conmigo, que ni monje soy...'

Y es claro que, así, esto está dicho para el monje, que no es un hombre en una vida corriente, sino enclaustrado bajo una regla de perfección. Y digo esto para que no se entienda que una disciplina de esta laya es aplicable sin más a cualquiera. Tanto para que no lo entiendan mal los del celo impertinente, que quieran medir con esta vara velis nolis y hacer monjes o símil monjes hasta de las piedras, como para que no lo entiendan mal sus adversarios de la vita dolce, que caerían con una excomunica por abuso contra la libertad de expresión inarrugable, ipso facto pronunciadas las palabras del fraile Benito.

Pero, a mi sabor, algo de universal hay en estas sentencias aplicables según y conforme a todos en, diría, toda circunstancia. Mírese bien y creo que con buena leche y recta mirada, se verá.

En lo que a mí toca, una cita del libro de los Proverbios que allí figura me acompaña desde hace decenios de años. Y creo que es aplicable a todos, y obligada más aun para el que tenga a la palabra como casi única vía y herramienta de casi todo lo que parece que le toca hacer en este mundo (además de portarse lo mejor que pueda en este mundo y estarse en condiciones de pasar a la otra vida en buen estado).

Mors et vita in manibus linguae, de eso se trata aquí, es tan espantable como prometedor. Después de todo dice mors y dice vita, no sólo mors. Del mismo modo, y por esto mismo, creo que no solamente hay que acentuar excesivamente el aspecto taciturno de la cuestión, sino que hay que observar también el parlante.

También la vida y no solamente la muerte está ‘en manos’ de la lengua. Y del hablar y el 'callar', claro, que eso quiere decir. Y hablar se habla de pensamiento, de palabra y por omisión, si uno lo entiende bien. También –y para completar la tetralogía– se ‘habla’ con las obras, pero eso es materia de otro asunto.

La cuestión para mí ahora, dicho todo lo anterior, es otra.

En este sentido de los textos bíblicos y de la Regla, suele pensarse, y no sin razón, en la palabra -y sus efectos- en tiempo presente y pasado. Si acaso se piensa en el futuro, se lo hace en razón de lo que será la cosecha transhistórica de nuestras palabras históricas: o mors o vita. Lo que digamos ahora irá al pasado y parece que allí quedará esperando, pero además habiendo hecho –y tal vez haciendo durativamente– lo que haya hecho al ser dicho (herida, consuelo, confusión, consejo, luz, tiniebla, en nosotros primero y en el otro después) y seremos juzgados por ello después del tiempo, allá en el Juicio, uno de cuyos capítulos será, precisamente, lo que hemos dicho. Y callado, por cierto, virtuosamente o no.

Muy bien.

Podríamos ir más adelante con este asunto, pero no es eso lo que querría ahora, porque hay otro aspecto que me interesa respecto de la virtud de las palabras, no referidas al después metahistórico, sino al después histórico.

Una peculiar relación entre las palabras que decimos, particularmente las proferidas, y nuestros actos. De modo que, según lo que quiero decir, las palabras que decimos arrastren desde el futuro nuestras acciones, futuras o presentes.

Se trata, en ese caso, de hablar (y callar) de tal modo que podamos y debamos hacer lo que hemos dicho (o callado). Que el haberlo dicho (o callado) nos embrete, por cierto que no de modo enteramente fatal porque eso sería pecado contra la esperanza, pero sí serio y para nada trivial. Hacer verdad mañana nuestras palabras (y silencios) de hoy.

No es sólo el hecho de ser íntegros en nuestros dichos y no baladrones, de modo que no digamos nada que no sepamos o que, por fanfarrones, no podamos solventar. No se trata solamente, en esto que estoy diciendo, de ser honestos, cabales y responsables, no se trata de simplemente hablar lo justo y necesario y callar cuando es prudente y conviene justamente.

Estoy pensando, en todo caso, en una relación delicada entre prudencia y palabra, de modo que, como ya dije, la palabra sea el motor futuro de nuestros actos futuros, y no por los actos en sí, sino por nosotros mismos, pues, en definitiva, nuestros actos tienen por objeto el bien propio, la propia perfección. No estoy pensando en los actos del arte o las manufacturas, sino, aun cuando estos u otros de este tipo queden incluidos, pienso en especial en el aspecto humano de todos nuestros actos. Nuestras palabras dichas, debieron haber sido dichas de tal modo que nos sirvan para obrar, como un modelo, un eidos, una forma anticipadamente formulada y posteriormente realizada. Por cierto que, aunque entendido con cierta acuidad, esto debe ser aplicable y aplicado también a la taciturnidad, al silencio, un modo de lenguaje humano no menos importante y significativo.

Y, por ahora, hasta aquí llego.

domingo, 14 de junio de 2009

Niebla (XIII)

Los Elfos tienen tres grandezas concéntricas, digámoslo así; entonces es al menos presumible que tengan tres ‘bondades’ o participaciones en el bien, correspondientes, aunque no digo con esto que una cosa dependa de la otra. Esto es, su participación en el bien no es inmediata a su grandeza, salvo potencialmente. Podrían ser muy buenos, pues son grandes. Pero no lo son necesariamente, salvo en el renglón óntico.

Así las cosas, su primera grandeza es la de la especie de seres a la que pertenecen. Los Elfos son grandes por naturaleza. Así los hizo Eru y son los mayores de sus hijos compuestos de cuerpo y espíritu. Todas las otras ‘razas’ corpóreas e inteligentes son en este sentido inferiores a ellos, inicialmente: Hombres, Hobbits, Enanos (aunque estos últimos tienen además el estigma de su origen subcreado en Aulë, como se sabe.)

A su vez, hay Elfos que superan al resto de los de su ‘raza’ en razón de las excelencias de su origen. Y estos son los tres primeros linajes Vanyar, Teleri y Noldor. Entre ellos, a su vez, hay diferencias y ciertas disposiciones que, si bien no autorizan a enhebrarlos jerárquicamente sin más a partir de ellas, permitirían tal vez decir que unos son más celestes, otros más acuáticos y otros más terrenos. Todos ellos, como se saben, son a su vez estelares, pues estrellas es lo primero que vieron al ‘nacer’ y aman eso más que nada. A partir de estos linajes originarios, se fueron diversificando –aunque no demasiado- y en cualquier caso lo hicieron siguiendo eso que llamo y parecen ser sus disposiciones naturales.

Por último, hay grandeza personal en algunos Elfos que se suma a las anteriores que ya poseen, actual o potencialmente. Esta grandeza personal, además de poder estar asociada a su antigüedad en la existencia como a su linaje, supone en tal caso una característica propia de un individuo de esta ‘raza’. De modo que además de poder ser grande porque es un Elfo, puede ser grande entre los Elfos por razones propias suyas individuales. Incluso, aunque es menos frecuente, saltando por encima de su linaje o antigüedad. Así todo, parece manifiesto que los más antigüos y altos, son los que pueden o podrían ser los mayores y eventualmente los mejores, en razón de esas condiciones.

Por cierto que todos los Elfos son susceptibles de obrar mal y de malearse, como es posible para toda creatura espiritual y por lo tanto inteligente. No debería olvidarse a este respecto que no habría mal sin espíritu y esto significa, primeramente, sin inteligencia y por cierto sin voluntad. En el caso de los Elfos, particularmente, una causa próxima de este maleamiento suele ser frecuentemente el mundo material, del que tienden a enamorarse, así como las obras de sus manos asociadas a la materia, en virtud también sea dicho de su inconmensurable creatividad y pericia. El mundo de lo bello, particularmente, pero también el mundo de lo grande y potente, más de una vez los ha puesto en complicaciones y no pocas veces esas complicaciones han sido funestas y fatales, no solamente para ellos.

La cuestión de su durabilidad en este mundo, su permanencia y su peculiarísima condición temporal y frente a la muerte –ese misteriosamente llamado don de Ilúvatar a los hombres–, es también un factor importante para comprender el talante élfico. Así, la permanencia corre en ellos pareja con su amor por este mundo material, así como con su nostalgia. Para algunos, se trata de una nostalgia específica en razón de su historia personal, como es el caso de los que añoran el Reino Bendecido por haber estado centurias o milenios lejos de allí, o por las circunstancias en las que se alejaron de él. Para otros, el mero contacto y conocimiento de este mundo material -o de algunas partes de él- les despierta tanto amor como melancolía. Tal el caso de los que añoran el mar, los bosques o simplemente Arda. Pero para todos ellos, parecería que el tiempo transcurriendo es tanto una fuente de un intensamente sabroso paso por el mundo, como un agridulce exilio. Esta condición parecería acrecentarse y agudizarse todavía más, después de la salida de Valimar de los lugares de Arda, la tierra, y aun de Eä, en tanto universo material, cuando la morada de los Valar salió de este mundo.

Otra cuestión a estos respectos, y en relación con el mundo imaginado por Tolkien, es la sensación que tiene todo lector de sus dos obras más conocidas, pero aun de El Silmarilion, en cuanto al papel de los Elfos en ese mundo imaginario.

Creo que el lector –más allá de que sepa o advierta por ejemplo que El Señor de los Anillos tiene como punto de vista de la narración la mirada hobbit, y tal vez por ello mismo– puede sentir que hay una impronta ‘elfocéntrica’ en los relatos.

Pero, ¿es efectivamente así? No es asunto que importe inmediatamente ahora pero, sin duda alguna, las historias de Tolkien no son ‘hobbitcéntricas’. Por otro lado, tal vez, cosas dichas a propósito de los Hombres en los escritos que se refieren a las edades primeras, como el final mismo de la saga del Anillo y su Guerra final, permitirían al menos hacer competir a Elfos y Hombres en cuanto a su centralidad en la obra. Como digo, no es un asunto que importe ahora. Pero no deja de tener alguna relación con mi propósito en torno a la figura de Galadriel. Por cierto que los Elfos lamentan el final de lo que ellos consideran sus edades –si es que ese tiempo era el de su predominio efectivamente–, así como parecen lamentar que con el final de sus días en Arda –y tal vez en Eä misma– comiencen los días de los Hombres, como si con ello advirtieran una degradación en la historia (no en el relato, sino en la Historia) en general y en la atención y cuidado de las vastedades de Arda en particular. Si ese lamento es efectivamente así, habría que ver si es enteramente lícito, o si es una inadvertencia de los Elfos, quienes tal vez no puedan sino ser ‘elfocéntricos’ en su mirada de las cosas de este mundo.

Más allá de sus dones naturales, más allá de las inocultables y celebrables virtudes de estos feéricos y altísimos seres, mi condición de Hombre (por Hobbit que uno pueda sentirse) me inclina inevitablemente a pensar que no solamente hay una parte de la entera historia (no de la narración) que los Elfos no terminaron nunca de entender –y digerir–, aun cuando muchas cosas veía su perspicacia y algunas otras les fueron reveladas al respecto, especialmente en cuanto al amor que Ilúvatar tiene por los Segundos Nacidos y, consecuentemente o no, respecto del papel que Eru quiso para ellos, vista la historia de cabo a rabo, más allá de los resplandores de las edades primeras en las que los Elfos habitaron este mundo y eran protagonistas casi exclusivos.

ver


Nota en el margen

Sé que hay toda suerte de lectores de estas cosas. Como los hay de esta bitácora. De modo que no me demoraré mucho en explicar cuál es el valor que le doy a estas cuestiones y al entendimiento que busco de las obras de Tolkien (como de otros asuntos y autores) y el valor que le doy a la interpretación para varios propósitos de lo que dice literariamente en ellas y aun ensayísticamente en sus Cartas, por ejemplo. Y no creo que deba dar demasiadas explicaciones, no muchas más que las que se traslucen de estos escritos que vengo llevando, y esto no por menosprecio, impaciencia o malhumor sino porque a unos nunca les harán falta (o casi) y a otros no les alcanzarán (ni les servirán) nunca.

Se entiende que, cada quien que lleve una bitácora, la lleve según su gusto y, presumiendo su buena fe, la lleve a su leal saber y entender, diciendo lo que cree debe decir y decirse, del modo como le parece más atinado o prudente, y pulcro, claro, en su doble sentido. Y lo digo aun cuando en algunos casos esos sean presupuestos difíciles de probar. O de creer.

Con todo, y sé que no es infrecuente en este mundo, siempre se ve uno tentado de decirles a eventuales lectores, especialmente cuando son o se muestran (hiper)críticos o simplemente gruñones –y hasta a los malparidos–, que si no les gusta esta bitácora se busquen otra a su gusto.

Es una tentación, claro, que debo confesar que pocas veces me ha rondado. Y a veces parece harto justa. Pero creo que no debe hacerse. Tengo afecto por los eventuales lectores, críticos o no, gruñones o no, malparidos o no. Creo que son buenas gentes. Por otra parte, los sé independientes y distantes, casi exactamente a la distancia en que el propio autor de la bitácora los coloca.

Debo agradecer el que no pocos hayan probado su buen sentido más de una vez y otros me hayan ayudado mucho en algunos casos, espontánea y generosamente. Pero entiendo, además, que son inteligentes y algunos muy. De modo que creo que hago bien si supongo que su inteligencia y buena fe les dirán cuándo algo no ha sido escrito para ellos. O cuando están sobrando. Por aquello de lo que se habla, o por lo que se dice, o por quien lo dice o por lo que fuere. Tanto da.

jueves, 11 de junio de 2009

Primer fuego

La barba sobre el pecho, somnoliento y alerta,
miro el fuego. Unas brasas de pino y de laurel,
las hojas de unos robles que bailan, se levantan
en cenizas de cobre. Y trozos de papel
que humean tintas nobles que no sabré qué dicen,
y que habrán dicho tanto quién sabe para quién.

Un aguardiente enciende los ojos entornados.
Un tocón por asiento, y en las manos el cruel
punzón de las heladas escasas de estos días
que intimidan la hierba, sin hacer mal. Ni bien.

Siento el aire que esquiva el frío de la tierra,
y hecho calor reseco sube y ronda mi sien.
Oigo crujir las ramas, las cortezas dormidas
que las llamas trituran. Silba lejos un tren.
La luna hiela sombras. El mundo sueña quieto.
La noche pasa. Y todo. Menos el fuego fiel.



miércoles, 10 de junio de 2009

Niebla (XII)

Hay dos cosas en relación con Galadriel.

Tal vez las dos se resuman en una sola pregunta: ¿Cómo es Galadriel?

Por supuesto que estoy perfectamente de acuerdo con cualquiera que dijere que se trata de un personaje literario en medio de una composición literaria, con todas las limitaciones que esto supone para el análisis o la interpretación del asunto. Cuidado, sin embargo, con establecer lo literario como un ámbito tan cerrado y concluso, con reglas y códigos tan propios que no admitan más claves que las internas a la obra. Cuidado también, hay que advertirlo, con pretender una coherencia tal que nada se escape a la creatividad del autor, a su sintaxis cósmica subcreada, al orden que le ha dado a los asuntos y a las gentes en medio de tales asuntos. Es claro que solamente hay un autor capaz de lograr una obra tal en la que hasta las imperfecciones y contingencias estén ante su vista siempre. Una sola obra podría preciarse de no tener inconsistencia alguna en ningún sentido. Y por cierto que no es la de Tolkien, como no lo es ninguna de las hechas por mano de hombre. Pero cuidado también con desdeñar la potencia de lo literario en orden a la verdad y al bien, no sólo a la belleza. Ya hace milenio y algo más que un hereje donatista acusó a san Agustín de falsear la verdad y creyó que probaba su acusación imputándole el hablar con figuras. Y ya hace la misma cantidad de tiempo que san Agustín le contestó.

Voy, con esta advertencia dicha, a las dos cosas.

Para mirar una de ellas, no se puede sino con la asistencia de lo que el autor del personaje dijo, sugirió o esbozó respecto de ella.

Por una parte, sabemos que Galadriel pertenece a un linaje augusto de elfos primigenios, pero al mismo tiempo al más problemático de los tres linajes de aquellos que son llamados los primeros nacidos como hijos de Eru. Sabemos también que en determinado momento toma su camino hacia la Tierra Media –camino personal, si se quiere, pero no solamente personal-, y que tomarlo supone eo ipso una desobediencia a los poderes angélicos que inmediatamente gobiernan Arda. Sabemos que todos los que tomaron ese camino desobedecieron formalmente, sabemos que algunos siguieron a Fëanor de buen grado, y otros –ella, por caso y algunos de su casa- marcharon primero con él, no exacta y completamente por él; y que después incluso fueron en su, digamos así, persecución; pero –y en su caso explícitamente- sabemos que algunos fueron a la Tierra Media también por motivos propios que no eran enteramente los de Fëanor. Sabemos positivamente que no formuló aquel terrible juramento impío que pronunciara Fëanor en el colmo de su rebelión y fatuidad y otros con él; como sabemos que no participó de las matanzas de los Teleri y que, más tarde, ella y otros elfos de su propio linaje sufrieron una traición por parte del mismo Fëanor. Sabemos que, pese a esto último, la maldición de Mandos, y de los Valar de Valinor, pesa también sobre ella, como sobre todos los que, cuando fue proferida, no aceptaron volver a Valinor ante el indulto que en esa misma ocasión ofrecieron los Valar a los desobedientes, y después asesinos de los Teleri. Sabemos que de todas las veces que pudo haber aceptado o pedido perdón y haber vuelto a los Valar a lo largo de milenios, sólo aceptó en la última oportunidad. Sabemos, además, que precisamente recién estuvo en condiciones de volver al Reino Bendecido, al haber pasado la prueba a la que se enfrentó cuando Frodo le ofrece el Anillo Único, que ella rechaza. Por último, sabemos que está en la Tierra Media porque “anhelaba ver las amplias tierras sin custodia y gobernar allí un reino a su propia voluntad” y que había dejado atrás las terribles penas de ese pasado anterior a su llegada a la Tierra Media y que aceptaba de buen grado cualquier alegría que hubiera en esa tierra, sin recuerdos que la perturbaran, al menos visiblemente, y al menos hasta que estuvo por terminar la Tercera Edad y fue la Guerra del Anillo; porque, para entonces, Galadriel tenía una nostalgia explícita del Reino Bendecido de los Valar (un lugar ya fuera de este mundo), todo lo cual sabemos por su propia declaración. Sabemos que pasó la prueba, que irá empequeñeciéndose, y que marchará al Oeste. Y que entonces, al final, seguirá siendo Galadriel. Sabemos además que Lothlórien es un lugar separado, por su propia presencia y acción (y la de Celeborn, su esposo), y que es aquel reino que ella quería gobernar a su propia voluntad; y que en esa tierra su mano plantó o hizo crecer una belleza inigualable y que es un lugar en el que -como en Galadriel-, al decir de Aragorn “no hay ningún mal”, a no ser que un hombre lo lleve allí él mismo.

Por otra parte, la segunda cuestión sobre Galadriel tampoco puede ser vista enteramente sin el concurso de su autor.

Además de lo que el autor dice respecto de ella en la ficción, nos dice que es una penitente y que es inmaculada. Bien que dice estas cosas no a la vez sino en dos momentos distintos de su vida, respecto de una materia que de suyo es dinámica, porque la composición de un personaje –más en el caso del que se trata y por el tipo de composición que Tolkien encaró- no se inmoviliza ni se petrifica en el tiempo, o una vez que ha sido volcada en el papel.

Aun siendo así –y es natural y razonable que así sea-, Tolkien nos exige con ello hacer algún análisis.

Sabemos que Galadriel es alta y grande, en sentido ontológico, espiritual y moral. Es un personaje de tragedia, no de comedia, dicho en términos clásicos. Sabemos que es un ser alto y bello, tanto que su asociación con rasgos de la Virgen María no es caprichosa ni forzada. Sabemos por supuesto a la vez que alta y buena no se oponen en contradicción, como tampoco stricto sensu se oponen de ese modo alta y penitente, ni siquiera penitente y buena. No hay contradicción en esos términos y bien puede ser Galadriel al mismo tiempo algunos de esos pares. También y con más razón parece posible que Galadriel fuera alta e inmaculada, que es parecido a decir que es alta y buena, aunque parecido y no idéntico, porque propiamente hablando no todo bueno es inmaculado. Sabemos a este respecto lo que ya se ha dicho en cuanto a que en ella no hay mal alguno, según Aragorn, que se parece mucho a decir que es inmaculada o a decir que es buena. Pero se parece, otra vez; no es propiamente idéntico.

Con todo y eso, está claro entonces que Galadriel no puede ser penitente e inmaculada a la vez. Porque eso sí – simpliciter y aun secundum quid, como dirían los filósofos- es una contradicción.

Si Tolkien hacia el fin de sus días pensó distinto respecto de Galadriel, como aparece en su correspondencia, algo tendrá –o tendría- que modificarse en la historia de Galadriel. O habrá que mirar con mucha atención si hay o no una razón consistente y real para que, en sus milenios, la Dama se haya vuelto una penitente. Ocurre que en la historia parecería que sí hay motivos suficientes para que tenga algo de lo que arrepentirse, algún perdón que pedir, alguna penitencia que cumplir, y parece haberlo no solamente en los actos exteriores, no solamente en la desobediencia, ni en la renuencia al perdón, sino tal vez –y aquí hay que caminar con temor y temblor...- en esos actos interiores que parecen traslucirse en motivos como aquel anhelo de llegar a ver aquellas amplias tierras sin custodia y gobernar allí un reino a su propia voluntad.

Sin embargo, sigue allí el trazo algo grueso con el que Tolkien trata de esbozar, al final de sus días, una razón distinta para el camino –con la intención y los actos que suponen ese camino- de Galadriel hacia la Tierra Media.

Ahora bien, creo que si Tolkien pudiera incluir eso en la historia, debería cambiar también partes de ella y partes importantes no sólo al comienzo, sino también al final, incluyendo en particular un cambio notable en los motivos de aquel discurso ante Frodo y aún más en los de los dos bellos cantos de despedida que canta frente a él partiendo de Lórien.

No encuentro objeción para que Tolkien hubiera cambiado eso, si así le parecía. Incluso para que le hubiera dado a esos cantos de Lórien motivos distintos de los que aparecen en la historia tal y como está actualmente.

Diría, eso sí, que si hubiera habido tales cambios, habrían sido grandes cambios. Y cambios más que necesarios, de algún modo, porque no puede sostenerse con la historia tal y como está, en sus partes y en el todo, que Galadriel sea inmaculada y no tenga razones para arrepentirse; ni puede sostenerse, sin violentar algo importante en el relato, que su salida de Valinor la enhebra en una fatalidad frente a la que –precisamente por lo que tiene de involuntario- ella nada puede, salvo sufrir las consecuencias.

Y hasta aquí llego.

Con toda esta larga relación, sin embargo, creo que por ahora parecería que apenas si llegamos a una conclusión provisional: o Tolkien pretendió deshacer desde la raíz lo dicho respecto de Galadriel en sus obras o esa carta contiene algún tipo de desacierto, lo que no tendría por qué escandalizar a nadie, dicho sea de paso. Hay una tercera posibilidad, tal vez, que no voy a exponer ahora.

En todo caso, una vez presentadas así las cosas, me queda todavía tratar de ver cuánto en este personaje alto y bueno (y penitente) dice algo respecto de eso que viene llamándose aquí el problema del bien.

martes, 9 de junio de 2009

Afinación

Mis conocimientos del arte musical –pese a mis antecedentes familiares- son nulos. Cantante líricos, pianistas, violinistas inmediatos en mi sangre, no lograron dejar la huella suficiente. Una larga tradición itálica de melómanos y músicos solamente dejó en mí el placer del oído; poco de la voz y nada de las manos. Tal vez se deba en parte –estoy inventando- a mi lejanía de la matemática, una señora de gran predicamento, pero que, a mi sabor, vive en otro barrio.

Otra cosa, claro, es que a uno le guste la música. Oírla con encantamiento y paladear lo que se alcance. Y me ilusiono a veces pensando que si santo Tomás entendía a Aristóteles y a Platón sin saber griego, bien podría serme propicia Euterpe, la de genio amable, y permitirme saborear la carne sin tener que masticar los huesos. Tonteras del iluso, me digo; pero sigo oyendo, mientras aparto con displicencia cordial notas, partituras y otros ilustres andamios necesarios.

En estos días, sin ir más lejos -y es la razón en parte de esta entrada-, estuve frecuentando por casualidad a Heinrich Ignaz Franz von Biber, un austro-bohemio del siglo XVII, de quien había oído incompleta una obra suya, unas sonatas que portan el bonito y musicalísimo nombre de Harmonia artificioso-ariosa: diversi mode accordata.

Entre otras ventajas, lo que oí resulta una compañía de lo más adecuada para andar por los trabajos que me trae el problema del bien, ese mosto que todavía no da del todo vino, sino una vinasa (decían mis ancestros), que apenas es bebida para chicos.

Me puse a ver algo sobre el austro-bohemio y entendí que el ejecutante y compositor era un virtuoso del violín, que tiene características distintas del barroco típico (allí entramos en especificidades técnicas que son prendas ajenas para mí...), cosa que en cierto sentido agradecí. Vi también que en estos últimos tiempos le han atribuido una obra que consideran descomunal: una misa para 53 voces e instrumentos (Missa Salisburgensis, de 1682), que dicen ser la mayor obra contrapuntística anterior al siglo XX, dato que no deja de impresionarme, al tiempo que me deja completamente frío, mal de mis pecados artísticos.

Y hay algunas otras cuestiones del estilo con las que, y más aún dichas por la boca de un ignaro, no conviene seguir aburriendo al amable lector.

Pero entre los datos, figuraba un asunto sabroso, creo.
La música de Biber ha experimentado un redescubrimiento, debido en parte a sus sonatas del Santísimo Rosario. Esta notable serie de 15 sonatas también se conoce como Sonatas del misterio (refiriéndose a sucesos importantes en la vida de la Virgen María y Cristo, y también como sonatas de los grabados de cobre (por los grabados que encabezan cada una de ellas). Cada sonata emplea una afinación distinta del violín. Este uso de la scordatura hace que el violín vaya del placer de los cinco misterios gozosos (la Anunciación, etc.) al trauma de los cinco misterios dolorosos (la Crucifixión, etc.), pasando por lo etéreo de los cinco misterios gloriosos (la Resurrección, etc.). También es simbólica la reconfiguración del violín: por ejemplo, las dos cuerdas centrales del violín están intercambiadas en la sonata de la Resurrección.
Dejo piadosamente de lado la fuente de este párrafo y más aún paso por alto la dicción de los asuntos a los que alude.

La cuestión de afinar distinto (scordatura) según los Misterios de los que se trata, es ya de por sí un asunto que me tienta considerar aplicándolo a otros tópicos, así como ese intercambio de las cuerdas centrales del violín en la sonata de la Resurrección.

Tal vez haya más música en las cosas que la que estamos acostumbrados a ver. U oír.

Pero pienso también que tal vez haya más música en la música que la que los músicos (honestamente técnicos, alegremente aficionados, gloriosos sedicentes, vanidosamente pretendidos) sepan.

Hay que tener cuidado con las cosas grandes y graves. Hay que tener cuidado con todo, en realidad.
Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía.
Sí, Hamlet, sí. Y eso porque a Horacio ya le parecía extraño todo aquello de la Sombra, que era bastante extraño, hay que decirlo.

Pero creo que también hay más cosas en la filosofía que las que sueña la filosofía. De Horacio o de cualquiera.

La scordatura es un ejemplo apenas, pero tan bueno como cualquiera.

No es cosa de afinar las cuerdas entre sí y listo. A veces -¿a veces nada más?- las cuerdas tienen que afinar con algo que no son las cuerdas. A veces, incluso, hay que cambiar las cuerdas de lugar para hablar de ciertas cosas.

domingo, 7 de junio de 2009

Niebla (XI)

Un poco de niebla hubo en estos últimos días. No lo suficiente.

Todavía sigo mirando con cierta perplejidad la cuestión del problema del bien y la grandeza en Galadriel.

Mientras, le entré un poco a Zander (sí, finalmente..., pobre) de tanto en tanto; pero no parece cosa de leer en el tren o en huecos del tiempo. Me decepciona un poco, me entusiasma otro poco. Casi en partes iguales. La tesis, como corresponde a un ruso, se hilvana en volutas, va en idas y vueltas de la obra de Dostoievsky al propio ensayo, espirales que se alejan del asunto y se aproximan al nudo, sístole y diástole de la mirada. Hay que tener un tempo distinto del nuestro para leer estas cosas. Por lo menos eso, aunque se me hace que hay que mirar las cosas de un modo que no es el modo al que uno está habituado.

Pero, en suma, el asunto es básicamente parecido a lo que podía uno fantasear con semejante título: encontrar la raíz de bien de los buenos, pintar el bien de los buenos, es asunto complicado y difícil. Y se le hizo difícil a Dostoievsky, que según Zander, trató de hacerlo en toda su obra, con su Aliosha, con el Idiota, con Raskolnikov y demás.

Es curioso, con todo, que sea así. Pero es así, según parece. Es linda cuestión para ver, para tratar de ver. Aunque no sé si se puede fino alla fine, fino in fondo. Y me parece que no del todo.

El mal es misterioso, claro que sí. ¿Y el bien? Ni les cuento. Y a la hora de la representación -ya dicho tantas veces-, es más fácil naufragar en uno que en el otro, quedarse corto o errar el tiro.

De todos modos, no es ése el problema preciso que me había planteado. No era tanto la representación de Galadriel en cuanto personaje bueno. Me interesó más ver qué quiere decir que Galadriel es buena. Y creo que no es sólo una veleidad iconoclasta o un capricho. Tal vez sea el propio Tolkien el que lo permita. Igual, como fuere, no termino de verlo del todo.

Hubo niebla, sí. Pero no lo bastante.

En el medio, y mirando eso mismo, se cruzó otra cuestión: velar el dolor. Los grandes, los buenos, ¿velan su dolor?

Está claro que no es reversible el asunto, porque se entiende fácil que tanto hay quienes velan su dolor por otras razones -orgullo, por ejemplo-, como hay quienes no lo velan tanto y son buenos y grandes lo mismo. Entonces tal vez habría que acercarse aproximadamente a la cuestión, matizándola. Y el asunto sería si tienden a velar su dolor, siquiera de algún modo. O si al menos en eso hay algún signo de grandeza. Y de bien, incluso.

Algo me parece cierto: conozco algunos que son grandes llorones, pero no recuerdo grandes que sean llorones. Hay tipos que lloran mucho -como David sus pecados, por ejemplo- o que se quejan y putean mucho -Leon Bloy, por ejemplo-, y que tienen grandeza y son buenos, pero no es lo mismo que ser un gran llorón, o un llorón a secas, categoría no tanto glandular como sí espiritual, a como lo veo, al menos. Y eso contando con que las lágrimas del llorón sean genuinas y no una simple y mañosa manipulación.

Tal vez no quiera decir mucho, o debería verlo más despacio. Tiene alguna relación con Galadriel, por cierto; porque fue mirando su caso que se me apareció el punto.

Pero.

Ya está dicho. No hay suficiente niebla para un asunto, menos la hay para dos y aún menos para dos a la vez.

Paciencia y pan criollo.

Otro día.

Sigamos.

sábado, 6 de junio de 2009

El barquero

A la luz de una estrella que amaina el brillo
de la luna en un cielo que huele a menta,
se oye el canto de un grillo,
grave y sencillo,
y una copla de truenos de una tormenta.

Y baja por el río, solo y callado,
en su barca de pobre un barquero viejo.
Va remando cansado
y a su costado
ve la luna que juega con su reflejo.

Y la barca se mece, lejos la orilla;
unas ramas de sauce que silban suave;
y la estrella que brilla
junto a la quilla;
el aire que ventea, el rumor de un ave.

Ha dejado los remos y duermevela.
Y dormita la barca y en su deriva
casi no deja estela;
y ya ni riela
la luna, silenciosa y compasiva.



jueves, 4 de junio de 2009

Tango

Arteramente, el bandoneón fatiga
su voz penosa, en un jadeo lento.
Arteramente expira y en el viento
nos queda esa tristeza. Y él mendiga
un poco de dolor con su lamento.
Qué lástima su queja y esa intriga
que nos ata a su sombra y nos obliga
a vestirnos de gris y abatimiento.
Pero, a veces, herido de contento,
me voy a su reparo. El instrumento
se solaza y se amansa. En su cantiga,
oigo silbar al fuelle vinolento
que dice gravemente, como ungüento
que da quietud al aire y que me abriga.

domingo, 31 de mayo de 2009

Canción de la Patria niña



La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo.
Leopoldo Marechal, Descubrimiento de la Patria, I.




Del costado dormido
de algún hombre dormido,
viniste a ver la luz y amaneciste:
no todavía toda, no;
no todavía,
niña doncella tenue, sufrida, silenciosa.

Lejanía en barbecho nos eres todavía,
niña dulce y morena,
y tu voz es como el aire suspendido
que aquieta el corazón
que tú lastimas,
sin querer,
con malones de furia y de esperanza.

Vives otoños secos, deslucidos,
inviernos de llanuras barridas de tinieblas,
y oquedades ahitas de lúgubres silencios.

Apenas si despiertas
aún sin el aliento preñado de frescura
de una hembra florida,
sin primavera en armas de frutos y de abejas,
sin veranos de gozo.

Vamos detrás de ti y te esperamos.

Tienes pies de jazmín,
pequeños pies fragantes
hundidos en el barro de esta historia
incompleta de ti,
aún ausente de ti.

Tus huellas, no mis huellas,
tus huellas, no las nuestras,
no han horadado nunca el mar del tiempo arriba,
el socavón del cielo del que vienes y espera,
las quebradas del tiempo.

Del costado dormido
de algún hombre dormido,
todavía no llegas.

Te esperan en el vientre hijos como relámpagos,
que no hemos visto nunca,
que caerán en cien lluvias de coraje,
en quintales de vientos de alegría:
mansos como los pumas de las sierras,
feroces como calandrias:
coronados de flores de lapacho amarillo,
los señores de montes, de esteros y del agua,
del hielo y del desierto.

Un día llegarás.

Te nombraremos.

Y diremos el nombre,
tu nombre que guardaste y que dormita,
el nombre de tus siglos.

Vendrás como una novia.

Y diremos tu nombre
como una bendición sobre nuestras cabezas.

viernes, 29 de mayo de 2009

Fin de un día

Y la tarde era frágil.

No sabía
que esta comarca en humo
y alhucemas, y sombras,
brillaba resplandores de memorias
y de días;
que estas huestes
de silencios espaciosos y quietos
que hay por todas partes,
conocían mi nombre,
yermo y mudo;
y que seguían mis pasos.

Pero la tarde frágil
no mira huellas vanas, ni vuelve su cabeza;
exhalando su niebla al aire frío,
con la luz de la noche en ciernes,
ya clama silbos de agua de rocío.
Ya truenan fuegos viejos
y crepitan
gozosos de maderas novísimas
que sin arder
reparan con un calor sincero, tan desinteresado;
generosos abrigos alegres,
las llamas desusadas...

Era frágil la tarde.

Y era una espuma en ondas al compás
de una música alta
como un vino denso de aromas,
al ritmo de unas manos ateridas
y ardientes,
al son de unas miradas sin tiempo,
apenas brillos. Un cúmulo
de alientos de tormentas
que están por todas partes,
que susurran
y se desvanecen.

Como recuerdos.

La tarde, frágil, bulle.

Y sobre esta tierra en armas de dolores y grávida
de olvidos,
enhiesta y seca, y gris y azul,
rugiente como las casuarinas,
camino la vereda recién atardecida y ya apenas leve,
en su oro antes y en su plata ahora.

Voy despacio.

Sin sombras.

La noche,
libre de mí en su sigilo oscuro,
compadece los pasos firmes;
se sonríe:
sabe cosas antiguas...

Hoy es limpia esta noche, fin de un día.



martes, 26 de mayo de 2009

Niebla (X)

Veamos, ahora, una segunda parte; otros textos en los que Tolkien habla de Galadriel ya en la Tierra Media, en tiempos todavía muy anteriores al final de la Tercera Edad y la Guerra del Anillo.

Antes de que Galadriel y Celeborn reinaran en Lothlórien pasaron muchos años. Buena parte de ese tiempo estuvo en Doriath, donde Elu Thingol y Melian, la Maia, reinaron.
Galadriel, su hermana, no fue con él (Finrod) a Nargothrond, porque en Doriath vivía Celeborn, pariente de Thingol, y un gran amor los unía. Fue así que permaneció en el Reino Escondido y vivió con Melian, y de ella aprendió la ciencia y la sabiduría de la Tierra Media.
Los Elfos que habían llegado de Valinor y Aman se habían diseminado y habitaban la Tierra Media y muchos de ellos fundaban ciudades y reinos y en aquellos años muchas cosas hicieron por embellecer y engrandecer sus dominios. Otros, andaban por ella aún sin destino fijo. Fueron apareciendo Enanos y Hombres, tal como Ilúvatar había previsto y querido.

Melian, Maia como era, vislumbraba que las edades de paz se agotaban y vigilaba. Nuevas amenazas se habían despertado ya alrededor de sus dominios. En una ocasión, Galadriel y Melian hablaron otra vez sobre el pasado. Deben tenerse en cuenta los claroscuros de esta conversación.
Ahora bien, mientras la ciudad de Gondolin se construía en secreto, Finrod Felagund trabajaba en los sitios profundos de Nargothrond; pero Galadriel, su hermana, moraba como se dijo en el reino de Thingol en Doriath. Y a veces Melian y Galadriel hablaban juntas de Valinor y de la dicha de antaño; pero los relatos de Galadriel no iban nunca más allá de la hora oscura de la muerte de los Árboles. Y Melian dijo en una ocasión: —Hay una pena secreta en ti y en los tuyos. Eso puedo verlo, pero todo lo demás está oculto para mí; porque ni con los ojos ni con el pensamiento veo nada de lo que sucedió o sucede en el Occidente: una sombra pende sobre toda la tierra de Aman, que se extiende hasta el océano. ¿Por qué no me dices más?

—Porque esa pena pertenece al pasado —dijo Galadriel— y acepto de buen grado cualquier alegría que haya aquí, sin recuerdos que me perturben. Y quizá nos aguardan otras pesadumbres, aunque parezca que aún brilla la esperanza.

Entonces Melian la miró a los ojos y le dijo: —No creo que los Noldor vinieran como mensajeros de los Valar, como se dijo al principio: no, aunque llegaran a la hora precisa de nuestra necesidad! Porque no hablan nunca de los Valar, ni ninguno de esos altos señores han traído mensaje alguno a Thingol, ni de Manwë ni de Ulmo, ni siquiera de Olwë, el hermano del rey, y de su propio pueblo que se hizo a la mar. ¿Por qué motivo, Galadriel, las altas gentes de los Noldor fueron expulsadas de Aman como exiliados? O ¿qué mal pesa sobre los hijos de Fëanor, para que se muestren tan altivos y feroces? ¿No me acerco a la verdad?

—Te acercas —dijo Galadriel—, pero no fuimos expulsados, y partimos porque así lo quisimos nosotros, y en contra de la voluntad de los Valar. Y aunque con gran peligro y a despecho de los Valar, con este propósito vinimos: para vengarnos de Morgoth y recuperar lo que se robó. Entonces le habló Galadriel a Melian de los Silmarils, y del asesinato del Rey Finwë en Fórmenos; aunque no dijo una palabra acerca del Juramento, ni de la Matanza de los Hermanos, ni del incendio de las naves en Losgar. Pero Melian dijo: —Mucho me dices ahora y, sin embargo, adivino más todavía. Una sombra arrojas sobre el largo camino desde Tirion, pero veo allí un mal del que Thingol tendría que estar enterado.

—Quizá —dijo Galadriel—, pero no por mí.

Y Melian ya no siguió hablando de estas cosas con Galadriel; pero le contó al Rey Thingol lo que había oído acerca de los Silmarils. —Este es asunto de gran importancia —dijo—, más todavía de lo que sospechan los Noldor; pues la Luz de Aman y el destino de Arda están encerrados ahora en esos artificios de Fëanor, que se ha ido. Y digo ahora que no serán recuperados por poder alguno de los Eldar; y las batallas devastarán el mundo antes de que le sean arrebatados a Morgoth. ¡Tenlo en cuenta! Han matado a Fëanor y a muchos otros, sospecho; pero antes que ninguna otra muerte provocada por Morgoth, ahora o en el futuro, ocurrió la de Finwë, tu amigo. Morgoth lo mató antes que partiera de Aman. Entonces Thingol guardó silencio, lleno de dolor y malos presagios; pero luego dijo: —Entiendo al fin ahora lo que tanto me había intrigado: por qué vinieron los Noldor desde Occidente. No acudieron en nuestra ayuda (salvo por azar); porque a aquellos que permanecen en la Tierra Media, los Valar dejarán librados a sus propios recursos, hasta que conozcan la necesidad mas extrema. Para vengarse y recuperar lo robado han venido los Noldor. Y sin embargo, y por la misma razón, tendrían que ser nuestros aliados más seguros, pues a nadie se le ocurriría que lleguen a pactar con Morgoth.

Pero Melian dijo: —En verdad, por esas causas han venido; pero también por otras. ¡Cuídate de los hijos de Fëanor! La sombra de la ira de los Valar pende sobre ellos; y han hecho daño, según entiendo, tanto en Aman como contra los de su propio linaje. Hay un dolor, aunque ahora esté adormecido, entre todos los príncipes de los Noldor.

Y Thingol respondió: —No sé si eso me concierne. De Fëanor sólo me han llegado noticias, y todas lo engrandecen por cierto. Y de los hijos de Fëanor poco oigo que me complazca; no obstante, es probable que sean los más mortales enemigos de nuestro común enemigo.

—Las espadas y los consejos de los Noldor serán siempre de doble filo —dijo Melian; y ya no hablaron más de este asunto.
Pasó el tiempo, pero la conversación de Thingol y Melian con los príncipes de los Noldor no había quedado sino suspendida.
Ocurrió que por ese entonces los hijos de Finarfin eran otra vez huéspedes de Thingol, pues deseaban ver a la hermana de ellos, Galadriel. Entonces Thingol, muy conmovido, le habló con enfado a Finrod diciendo: —Has obrado mal conmigo, hermano, al ocultarme asuntos de tanta importancia. Pues acabo de enterarme de todas las malas acciones de los Noldor.

Pero Finrod respondió: —¿De qué modo he obrado mal contigo? ¿Y qué daño te han hecho los Noldor que tanto te apena? Nunca pensaron o hicieron nada malo, ni contra ti ni contra nadie de tu pueblo.

—Me maravilla, hijo de Eärwen —replicó Thingol—, que te hayas acercado así a la mesa de un hombre de tu linaje, con manos enrojecidas por la sangre de tus hermanos maternos, sin adelantar alguna defensa o buscar el perdón. Entonces Finrod se sintió grandemente perturbado, pero guardó silencio, pues no podía defenderse, excepto acusando a otros príncipes de los Noldor; y detestaba hacer algo semejante delante de Thingol. Pero en el corazón de Angrod el recuerdo de las palabras de Caranthir creció en amargura, y exclamó: —Señor, no sé qué mentiras habrás escuchado, ni por boca de quién; pero no hemos venido con las manos enrojecidas. Sin culpa hemos venido, salvo quizá de locura, a escuchar las palabras del feroz Fëanor, que nos aletargaron, como si un vino nos hubiera embriagado, y también sólo por un momento. Ningún mal cometimos en el camino, pero en sí cambio lo sufrimos nosotros; perdónanos. Por esto se nos acusa de que venimos aquí con cuentos, y de que hemos traicionado a los Noldor: falsamente como lo sabes, porque de nuestra lealtad no te hemos hablado, y de ese modo nos hemos ganado tu enojo. Pero ahora ya no es posible soportar estas acusaciones y sabrás la verdad.

Entonces Angrod habló con amargura contra los hijos de Fëanor, de la sangre derramada en Alqualondë, y de la Maldición de Mandos, y del incendio de las naves en Losgar. Y exclamó: —¿Por qué a nosotros, que soportamos el Hielo Crujiente, han de llamarnos traidores y asesinos de hermanos?

—No obstante, la sombra de Mandos pesa también sobre vosotros —dijo Melian.

Pero Thingol calló largo tiempo antes de hablar: —¡Idos ahora! —dijo—. Pues tengo un peso en el corazón. Más tarde podréis regresar si queréis; porque no os cerraré mis puertas para siempre, ya que fuisteis atraídos a la trampa de un mal que no buscasteis. No me apartaré tampoco del pueblo de Fingolfin, pues han expiado con amargura el mal que cometieron. Y nuestro odio al Poder que provocó toda esta aflicción apagará todas las quejas. Pero ¡escuchad mis palabras! ¡Nunca otra vez quiero oír la lengua de los que mataron a mi gente en Alqualondë! Ni nadie la hablará
abiertamente en el reino, mientras dure mi Poder. Esta orden alcanzará a todos los Sindar: no hablarán la lengua de los Noldor, ni responderán a ella cuando la oigan. Y todos los que la empleen serán considerados asesinos de hermanos y traidores incontritos.
No significa poca cosa la prohibición de Thingol, teniendo en cuenta el amor que los Noldor tenían por su lengua en particular y por las lenguas y las palabras en general, como Elfos que eran. Thingol, de este modo, no se enfurece con ellos, aunque advierte que no han procedido con entera lealtad pese a no ser todos por igual culpables de todos los daños causados por los Noldor.

Por fin, al final del Quenta Silmarillion está el relato del viaje de Eärendil a Valinor cuando va a buscar ayuda para aquella que se llamaría la Guerra de la Cólera, que fue la ruina de Beleriand y en la que el poder de Morgoth y la fortaleza norteña de Angband fueron destruídos por los ejércitos que los Valar enviaron desde Aman a la Tierra Media. Desde aquellos tiempos, y después de que fueron recuperados por Beren, Lúthien y Eönwë (al final de la Guerra), y pese al afán de los hijos de Fëanor por conservarlos, los tres Silmarils se alejaron definitivamente de Elfos y Hombres y están en el cielo (con Eärendil), y en las profundidades del mar y de la tierra. Pero, dice también Tolkien que otra vez los heraldos de Manwë, una vez derrotado el Poder Oscuro en la Tierra Media y antes de volver al Reino Bendecido, convocaron a los Elfos y les ofrecieron su perdón.

Muchos aceptaron y partieron con los ejércitos de los Valar.
Y cuando llegaron al Oeste, los Elfos de Beleriand vivían en Tol Eressëa, la Isla Solitaria, que mira al oeste y al este; desde donde podrían llegar aun a Valinor. Fueron admitidos nuevamente en el amor de Manwë y en el perdón de los Valar; y los Teleri olvidaron la antigua aflicción, y la maldición descansó un tiempo. No obstante, no todos los Eldalië estaban dispuestos a abandonar las Tierras de Aquende, donde habían sufrido mucho y habían vivido mucho tiempo; y algunos permanecieron durante muchas edades en la Tierra Media. Entre ellos se contaban Círdan el Carpintero de Barcos, y Celeborn de Doriath, con su esposa Galadriel, única que quedaba de los que condujeron a los Noldor al exilio en Beleriand.
En otro texto, y hablando de los Anillos de Poder, Tolkien recuerda que:
Aunque Reina de los Elfos del Bosque, y esposa de Celeborn de Doriath, Galadriel pertenecía a los Noldor, y recordaba al Día anterior a los días en Valinor, y era la más poderosa y la más bella de los Elfos que habían quedado en la Tierra Media.
En ese mismo texto, ya en tiempos de la Tercera Edad, y próximos a la Guerra del Anillo contra Sauron, vemos a Galadriel en aquel Primer Concilio Blanco que reúne a Elfos e Istari. Es curioso y significativo en ese encuentro el papel de Olórin, nombre con el que se nombraba "en su juventud" al poderoso Maia, Mithrandir, el Peregrino Gris, nuestro Gandalf.
Pero al fin regresó la Sombra, creciendo en poder; y en ese tiempo se celebró por primera vez el Concilio de los Sabios, llamado luego el Concilio Blanco, y en él estaban Elrond, y Galadriel, y Círdan, y otros señores de los Eldar, y también Mithrandir y Curunír. Y Curunír (que era Saruman el Blanco) fue escogido como jefe, pues era quien más había estudiado las estratagemas de Sauron en otros tiempos. Galadriel había deseado en verdad que Mithrandir fuera la cabeza del Concilio, y Saruman se lo reprochó, pues su orgullo y su deseo de dominio eran ahora grandes; pero Mithrandir rehusó el cargo, pues no quería pactos ni trabas excepto con aquellos que lo habían enviado, y no habitaba en sitio alguno ni se sometía a convocatorias.

Y por ahora, creo, es suficiente.

Porque me parece que, dicho casi todo lo que creo que no puede omitirse de los textos, voy acercándome al final de estas reflexiones.

Pero eso tendrá que esperar, siquiera un poco de tiempo.

Niebla (IX)

Veamos, entonces, algunas cuestiones que nos presentan los textos. Que sea en dos partes, y he aquí la primera.

Dice Tolkien hablando de dos de los linajes primeros de los Elfos, los Vanyar de Ingwë y los Noldor de Finwë:
Manwë y Varda amaban sobre todo a los Vanyar, los Hermosos Elfos; pero los Noldor eran los amados de Aulë, y él y los suyos los visitaban con frecuencia. Grandes fueron los conocimientos y habilidades que mostraron, pero más grande aún era la necesidad que tenían de más conocimientos, y en muchas cosas pronto sobrepasaron a los maestros. Hablaban un lenguaje que no dejaba de cambiar, porque sentían un gran amor por las palabras y siempre querían encontrar nombres más precisos para las cosas que conocían o imaginaban. Y sucedió que los albañiles de la casa de Finwë, que excavaban en las colinas en busca de piedra (pues se deleitaban en la construcción de altas torres), descubrieron por primera vez las gemas de la tierra, y las extrajeron en incontables miríadas; e inventaron herramientas para cortar las gemas y darles forma y las tallaron de múltiples maneras. No las atesoraron, sino que las repartieron libremente, y con este trabajo enriquecieron a toda Valinor.
Respecto del linaje que inicia en Finwë, gran rey de los Noldor, el pueblo del que Galadriel era princesa, dice Tolkien:
Finwë era Rey de los Noldor. Los hijos de Finwë fueron Fëanor y Fingolfin y Finarfin; pero la madre de Fëanor fue Míriel Serindë, mientras que Indis, de los Vanyar, fue la madre de Fingolfin y Finarfin. Fëanor era el más poderoso en habilidades de manos y de palabra, y más instruido que sus hermanos; su espíritu ardía como una llama. Fingolfin era el más fuerte, el más firme y el más valiente. Finarfin era el más hermoso y el más sabio de corazón; y más tarde fue amigo de los hijos de Olwë, Señor de los Teleri, y tuvo por esposa a Eärwen, la doncella—cisne de Alqualondë, hija de Olwë.

Los hijos de Finarfin fueron Finrod el Fiel (que recibió más adelante el nombre de Felagund, Señor de las Cavernas), Orodreth, Angrod y Aegnor; los cuatro tan amigos de los hijos de Fingolfin como si todos hubieran sido hermanos. La hermana de ellos, Galadriel, era la más hermosa de la casa de Finwë; tenía los cabellos iluminados de oro, como si hubiera atrapado en una red el resplandor de Laurelin.
Melkor odiaba a los Elfos, entre otras razones porque por defenderlos los Valar habían ido contra él. Los Vanyar, dice Tolkien, eran felices a la vera de Manwë y Melkor tenía poco acceso a ellos; a los marinos Teleri, los despreciaba y los creía débiles. De modo que era a los Noldor a quienes dirigió Melkor su ambición y su mayor dedicación.
Pero los Noldor se complacían en el conocimiento oculto que podía revelarles (Melkor); y algunos escuchaban palabras que mejor les hubiera valido no haber oído nunca. Melkor en verdad declaró después que Fëanor había aprendido mucho de él en secreto, y que él lo había instruido en la más grande de todas sus obras; pero mentía por envidia y codicia, pues ninguno de los Eldalië odió nunca tanto a Melkor como Fëanor hijo de Finwë, quien por primera vez le dio el nombre de Morgoth; y aunque atrapado en las redes de la malicia de Melkor contra los Valar, no habló con él, ni buscó su consejo. Porque sólo el fuego de su propio corazón impulsaba a Fëanor, que trabajaba siempre de prisa y solo; y nunca pidió la ayuda ni buscó el consejo de nadie que habitara en Aman, fuera grande o pequeño, excepto sólo y por un corto tiempo los de su esposa, Nerdanel la Sabia.
De Fëanor hijo de Finwë, se dice allí con claridad que ninguno de los Eldalië odió tanto a Melkor como él. Pero de Fëanor se cuenta también otra cosa que importa.
En ese tiempo se hizo la que luego tuvo más renombre entre las obras de los Elfos. Porque Fëanor, llegado a la plenitud de su capacidad, había concebido un nuevo pensamiento, o quizás ocurrió que una sombra de presciencia le había llegado del destino que se acercaba; y se preguntaba cómo la luz de los Árboles, la gloria del Reino Bendecido, podría preservarse de un modo imperecedero. Entonces inició una faena larga y secreta, recurriendo a toda la ciencia y el poder que poseía y sus sutiles habilidades; y al cabo hizo los Silmarils. Los Silmarils tenían la forma de tres grandes joyas. Pero no hasta el Fin, cuando regrese Fëanor, que pereció antes de que el Sol apareciese, y que se sienta ahora en las Estancias de Espera y no vuelve entre los suyos; no hasta que el Sol transcurra y caiga la Luna, se conocerá la sustancia de que fueron hechos. Tenía la apariencia del cristal de diamante, y sin embargo era más inquebrantable todavía, de modo que ninguna violencia podía dañarla o romperla en el Reino de Arda. No obstante, ese cristal era a los Silmarils lo que es el cuerpo a los Hijos de Ilúvatar: la casa del fuego interior, que está dentro de él y sin embargo también en todas sus partes, y que le da vida. Y el fuego interior de los Silmarils lo hizo Fëanor con la luz mezclada de los Árboles de Valinor, que vive todavía en ellos, aunque los Árboles hace ya mucho que se han marchitado y ya no brillan. Por tanto, aun en la oscuridad de las más profundas arcas los Silmarils resplandecían con luz propia, como las estrellas de Varda; y sin embargo, como si fueran en verdad criaturas vivientes, se regocijaban en la luz y la recibían y la devolvían con matices aún más maravillosos.

Todos los que vivían en Aman sintieron asombro deleite ante la obra de Fëanor. Y Varda consagró los Silmarils, de modo que en adelante ninguna carne mortal, ni manos maculadas, ni nada maligno podría tocarlos sin quemarse y marchitarse; y Mandos predijo que ellos guardaban dentro los destinos de Arda, la tierra, el mar y el aire. El corazón de Fëanor estaba estrechamente apegado a esas cosas que él mismo había hecho.
Tanto así que más y más se apegaba a ellos, los ocultaba y los idolatraba. A la vez, Melkor -como un dragón que se relame por el brillo del oro, aunque no lo ame- ansiaba la luz de los Silmarils, tanto como odiaba a los Valar y a sus Árboles. Melkor entonces maquinó crear enemistad entre los Noldor y los Valar, diciéndoles a éstos, por ejemplo, que los Valar ocultaban un plan: suplantar a los Elfos con los Hombres cuando éstos aparecieran en Arda, porque eran un linaje más débil y dominable que los Elfos. Con éstas y otras argucias, que hicieron habitación en el ánimo de ese pueblo, fue creciendo la rebelión entre los Noldor, envenenados por las mentiras de Melkor. Para cuando la codicia de Melkor arrebató los Silmarils y los robó, yéndose con ellos a Tierra Media, el furor natural de Fëanor se hizo un incendio de ira. En su corazón, además, como en el de muchos de los Noldor, ya estaba sembrada la semilla de la rebelión y el desprecio a los Valar, de modo que cuando éstos prohibieron perseguir a Melkor, a Fëanor y a muchos de ellos les fue fácil la desobediencia.

Así llegamos al terrible juramento y a la partida de Fëanor y de buena parte de su pueblo y algunas gentes de otros linajes élficos hacia la Tierra Media. No todos, hay que insistir en ello, amaban y seguían a Fëanor de buen grado. En aquella oportunidad, Galadriel como princesa de los Noldor, estaba entre ellos mientras se discutía violentamente qué hacer.
Entonces pronunció Fëanor un terrible juramento. Los siete hijos se acercaron a él de un salto y juntos hicieron el mismo voto, y rojas como la sangre brillaron las espadas al resplandor de las antorchas. Era un juramento que nadie puede quebrantar ni nadie ha de pronunciar, aun en nombre de Ilúvatar, y pidieron para ellos la Oscuridad Sempiterna si no lo cumplían; y a Manwë nombraron como testigo, y a Varda, y a la montaña sagrada de Taniquetil, prometiendo perseguir con odio y venganza hasta el fin del Mundo a Vala, Demonio, Elfo u Hombre aún no nacidos, o a cualquier otra criatura, grande o pequeña, buena o mala, a la que el tiempo diese origen desde ahora hasta la consumación de los días, que guardara, tomara o arrebatara uno de los Silmarils de Fëanor.

Así hablaron Maedhros y Maglor y Celegorm, Curufin y Caranthir, Amrod y Amras, príncipes de los Noldor; y muchos se descorazonaron al oír las terribles palabras. Porque así dicho, un juramento, malo o bueno, no puede quebrantarse, y perseguirá tanto al que lo cumple como al que lo quebranta hasta el fin del mundo. Fingolfin y su hijo Turgon hablaron por tanto en contra de Fëanor, y despertaron palabras fieras, de modo que una vez más la ira estuvo cerca del filo de las espadas. Pero Finarfin habló dulcemente, como le era habitual, e intentó apaciguar a los Noldor, pidiéndoles que se detuvieran y meditaran antes que se hiciera algo que no pudiera deshacerse; y Orodreth, solo entre sus hijos, habló de igual manera; pero Galadriel, la única mujer de los Noldor que se mantuvo erguida y valerosa entre los príncipes contendientes, estaba ansiosa por partir. No pronunció ningún juramento, pero las palabras de Fëanor sobre la Tierra Media le habían ardido en el corazón, y anhelaba ver las amplias tierras sin custodia y gobernar allí un reino a su propia voluntad. Lo mismo que Galadriel pensaba Fingon hijo de Fingolfin, también movido por las palabras de Fëanor, aunque poco lo amaba; y con Fingon estuvieron, como siempre, Angrod y Aegnor, hijos de Finarfin. Pero éstos mantuvieron la calma y no hablaron contra sus padres.
La sucesión de hechos violentos y crueles, de traiciones y orgullos desmedidos, de odios y ambiciones, fue rápida. En su afán por alcanzar a Melkor tanto como por desafiar a los Valar, Fëanor no dudó en cometer crímenes entre los Elfos que se le oponían, así como traicionar a sus propios aliados. Fue así, finalmente, que el Valar extendió una maldición sobre los Noldor.
Así por último los Teleri fueron vencidos, y gran parte de los marineros que vivían en Alqualondë fueron muertos vilmente. Porque la desesperación había vuelto feroces a los Noldor, y los Teleri contaban con menos gente y casi no tenían otras armas que unos arcos delgados. Entonces los Noldor se apoderaron de los navíos blancos y cada remo fue manejado por el mejor tripulante con que pudieron contar, y se alejaron hacia el norte a lo largo de la costa. Y Olwë llamó a Ossë, pero éste no acudió, porque no permitían los Valar que la huida de los Noldor fuera impedida por la fuerza. Pero Uinen lloró por los marineros de los Teleri; y el mar se levantó airado en contra de los asesinos, de modo que muchos barcos naufragaron y quienes iban en ellos murieron ahogados. De la Matanza de los Hermanos de Alqualondë se dice algo más en el lamento llamado Noldolante, la Caída de los Noldor, que Maglor compuso antes de perderse.

No obstante, la mayor parte de los Noldor logró escapar, y cuando cesó la tormenta, mantuvieron el rumbo, algunos en barco y otros por tierra; pero el camino era largo y a medida que avanzaban sobrevenían nuevos males. Después de haber marchado largo tiempo en la inmensa noche, llegaron por fin a los confines septentrionales del Reino Guardado, en los bordes del desierto baldío de Araman, que eran montañosos y fríos. Allí vieron de pronto una figura oscura, de pie sobre una roca, que contemplaba la costa desde lo alto. Dicen algunos que era el mismo Mandos, y no un heraldo de Manwë de menor cuantía. Y oyeron una voz alta, solemne y terrible que les ordenó detenerse y prestar oídos. Todos se detuvieron entonces y permanecieron inmóviles, y de extremo a extremo de las huestes de los Noldor se escuchó la voz que pronunciaba la maldición y la profecía denominada la Profecía del Norte y el Hado de los Noldor. Mucho se predijo en palabras oscuras que los Noldor sólo comprendieron cuando sobrevinieron los males; pero todos oyeron la maldición pronunciada contra los que no quisieran quedarse ni solicitar el juicio y el perdón de los Valar.

—Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercaran Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas. Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo. El juramento los impulsará, pero también los traicionará, y aun llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir. A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos.
"Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos. Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado nieguen por vosotros. Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven. Los Valar han hablado.
Los que acompañaron a Fëanor -de buena gana o no por sus motivos propios o por lealtad- tuvieron varias ocasiones de volverse atrás, pues los Valar sucesivamente fueron perdonando y recibiendo a los que se arrepentían, a medida que los hechos de Fëanor se volvían más desatinados o feroces. Sin embargo, hubo grandes príncipes que no amaban a Fëanor y que, a pesar de todo y eso, no volvieron atrás, ni aceptaron ni pidieron el perdón de los Valar.

Galadriel, entre ellos.
Entonces muchos se lamentaron; pero Fëanor endureció su corazón y dijo: —Hemos hecho un juramento y no a la ligera. Lo mantendremos. Se nos amenaza con muchos males y no es el menor de ellos la cobardía: pero hay algo que no se dijo: que padezcamos hoy de cobardía, de pusilanimidad o de miedo a la pusilanimidad. Por tanto os digo que seguiremos adelante, y este destino pronostico: que los hechos que hagamos serán temas de muchas canciones hasta los últimos días de Arda. Pero a esa hora Finarfin abandonó la marcha, y se volvió con pena y amargura contra la Casa de Fëanor, y esto por causa del parentesco que lo unía a Olwë de Alqualondë; y muchos de los suyos fueron con él entristecidos, y tomaron el camino de vuelta, hasta que contemplaron una vez más el rayo distante de la Mindon sobre Tuna, que aún brillaba en la noche; y así llegaron por último a Valinor. Allí recibieron el perdón de los Valar y se le dio a Finarfin el gobierno del resto de los Noldor en el Reino Bendecido. Pero los hijos de Finarfin no estaban con él, pues no quisieron abandonar a los hijos de Fingolfin; y todo el pueblo de Fingolfin siguió adelante, aun sintiéndose empujado por la gente de su propio linaje y por la voluntad de Fëanor, y temiendo enfrentar el juicio de los Valar, pues no todos eran inocentes de la Matanza de Alqualondë. Además Fingon y Turgon eran audaces y de fiero corazón y detestaban 'abandonar cualquier tarea iniciada por ellos mismos antes del amargo final, si amargo había de ser. De modo que la mayor parte de la hueste siguió adelante, y pronto el mal que había sido predicho empezó a operar.
Tampoco volvieron atrás cuando la traición de Fëanor fue a sus propios aliados.
Entonces Fingolfin, al ver que Fëanor lo abandonaba, para que pereciese en Araman o regresara avergonzado a Valinor, se llenó de amargura; pero ahora deseaba como nunca llegar de algún modo a la Tierra Media y volver a encontrarse con Fëanor. Y él y sus huestes erraron afligidos mucho tiempo, pero sintiendo que el valor y la resistencia se les acrecentaban con las penurias; porque eran un pueblo poderoso, los primeros hijos inmortales de Eru Ilúvatar, aunque recién llegados del Reino Bendecido y no sujetos todavía a las fatigas de la Tierra. El fuego de la juventud ardía en ellos, y conducidos por Fingolfin y sus hijos, y por Finrod y Galadriel, se atrevieron a penetrar en lo más crudo del norte; y al no hallar otro camino enfrentaron por fin el terror del Helcaraxë y las crueles montañas de hielo. Pocas de las hazañas que con posterioridad llevaron a cabo los Noldor superaron en penuria o dolor esa desesperada travesía.


Y así fue como llegó Galadriel a la Tierra Media, finalmente.

lunes, 25 de mayo de 2009

Niebla (VIII)

No se puede sin los textos, eso es claro.

Una parte substancial de esta cuestión depende de lo que el propio Tolkien dice sobre Galadriel y sobre otros asuntos que se relacionan con ella, directa o indirectamente. Otro asunto es lo que creo que dice y hasta por qué lo dice.

Pero sin textos, nones.

Desde hace días los miro y los repaso, una y otra vez. Más me doy cuenta, entonces, de que es poco menos que imposible exponer -y fundar- el punto sin recurrir a ellos. No sirve suponer que todo el mundo los conoce o los tiene frescos en la memoria. Además, en estas materias, una injusticia es la cosa más fácil del mundo.

Ya tendré que ir desgranando esos textos, pues.

Con todo, tal vez se pueda ir adelantando con algunas preguntas, porque precisamente las respuestas están -creo que están- en los textos.

Tal vez la primera pregunta sea ¿por qué Galadriel fue a la Tierra Media? ¿Por qué quería ir a la Tierra Media?

A poco andar por la respuesta uno se pregunta si el amor de los Valar por los Primeros Nacidos, influye de alguna manera notable en los Elfos. Ciertamente que cada Vala eligió alguno de los linajes primeros de los Elfos y en ellos volcó su sabiduría y su habilidad peculiar. En realidad, esa afinidad es también parte de la música que ellos compusieron aunque no entendieran del todo o no supieran completamente qué componían. Por otra parte, es cierto también que en Cuiviénen los Primeros Nacidos despertaron a Arda y a Eä. Y Cuiviénen está en la Tierra Media.

Tal vez después, y remontando las preguntas, se hará necesario saber si los Valar y los Elfos se enamoran de sus obras y de las cosas plantadas en Eä y particularmente en Arda, con un amor no siempre recto. No tenemos más respuestas inmediatas que las que da Tolkien. Y Tolkien muestra que sí, que casi todos (casi todos...) lo han hecho.

Ni habría que preguntar si bien y grandeza son inseparables. Pues no lo son. Pero sí podría preguntarse cuánto de la grandeza importa en el bien. Y se dice bien aquí en cuanto a conocer, querer, gustar y obrar el bien. Y entendiendo además la grandeza no solamente como condición, sino también como obstáculo. El asunto importa especialmente porque, en los Días Antiguos que son la raíz de los hechos posteriores, casi exclusivamente nos topamos con seres grandes. Pero además, qué duda cabe, Galadriel es grande.

En tren de preguntas ascendentes, también importa conocer la relación de los Primeros Nacidos con Eru. Como es imprescindible saber cuánto saben los Valar y los Elfos acerca de los Hombres y de los designios que Ilúvatar tiene para ellos. Y lo que piensan y sienten ambos al respecto, además.

En este mismo sentido, es importante recordar lo que Ilúvatar pensó y quiso para los propios Elfos, en particular respecto de su relación con las cosas y respecto de su inmortalidad, incluso aun cuando esto último no estuviera relacionado directamente con la muerte, el específico don de Ilúvatar a los Hombres, tal como lo llama crípticamente Tolkien.

Y termino aquí esta ronda de preguntas, pero con un texto a este respecto, que figura al final del primer capítulo del Quenta Silmarillion:
Ahora bien, todo se ha dicho de cómo fueron la Tierra y sus gobernantes en el comienzo de los días, antes de que el mundo apareciese como los Hijos de Ilúvatar lo conocieron. Porque los Elfos y los Hombres son Hijos de Ilúvatar; y como no habían entendido enteramente ese tema por el que los Hijos entraron en la Música, ninguno de los Ainur se atrevió a agregarle nada. Por esa razón los Valar son los mayores y los cabecillas de ese linaje antes que sus amos; y si en el trato con los Elfos y los Hombres, los Ainur han intentado forzarlos en alguna ocasión, cuando ellos no tenían guía, rara vez ha resultado nada bueno, por buena que fuera la intención. En verdad los Ainur tuvieron trato sobre todo con los Elfos, porque Ilúvatar los hizo más semejantes en naturaleza a los Ainur, aunque menores en fuerza y estatura; mientras que a los Hombres les dio extraños dones.

Pues se dice que después de la partida de los Valar, hubo silencio, y durante toda una edad Ilúvatar estuvo solo, pensando. Luego habló y dijo: —¡He aquí que amo a la Tierra, que será la mansión de los Quendi y los Atani! Pero los Quendi serán los más hermosos de todas las criaturas terrenas, y tendrán y concebirán y producirán más belleza que todos mis Hijos; y de ellos será la mayor buenaventura en este mundo. Pero a los Atani les daré un nuevo don.

Por tanto quiso que los corazones de los Hombres buscaran siempre más allá y no encontraran reposo en el mundo; pero tendrían en cambio el poder de modelar sus propias vidas, entre las fuerzas y los azares mundanos, más allá de la Música de los Ainur, que es como el destino para toda otra criatura; y por obra de los Hombres todo habría de completarse, en forma y acto, hasta en lo último y lo más pequeño.

Pero Ilúvatar sabía que los Hombres, arrojados al torbellino de los poderes del mundo, se extraviarían a menudo y no utilizarían sus dones en armonía; y dijo: —También ellos sabrán, llegado el momento, que todo cuanto hagan contribuirá al fin sólo a la gloria de mi obra.

Creen los Elfos, sin embargo, que los Hombres son a menudo motivo de dolor para Manwë, que conoce mejor que otros la mente de Ilúvatar; pues les parece a los Elfos que los Hombres se asemejan a Melkor más que a ningún otro Ainu, aunque él los ha temido y los ha odiado siempre, aun a aquellos que le servían.

Uno y el mismo es este don de la libertad concedido a los hijos de los Hombres: que sólo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto; a donde, los Elfos no lo saben. Mientras que los Elfos permanecerán en el mundo hasta el fin de los días, y su amor por la Tierra y por todo es así más singular y profundo, y más desconsolado a medida que los años se alargan. Porque los Elfos no mueren hasta que no muere el mundo, a no ser que los maten o los consuma la pena (y a estas dos muertes aparentes están sometidos); tampoco la edad les quita fuerzas, a no ser que uno se canse de diez mil centurias; y al morir se reúnen en las estancias de Mandos, en Valinor, de donde pueden retornar llegado el momento. Pero los hijos de los Hombres mueren en verdad, y abandonan el mundo; por lo que se los llama los Huéspedes o los Forasteros. La Muerte es su destino, el don de Ilúvatar, que hasta los mismos Poderes envidiarán con el paso del Tiempo. Pero Melkor ha arrojado su sombra sobre ella, y la ha confundido con las tinieblas, y ha hecho brotar el mal del bien, y el miedo de la esperanza. No obstante, ya desde hace mucho los Valar declararon a los Elfos que los Hombres se unirán a la Segunda Música de los Ainur; mientras que Ilúvatar no ha revelado qué les reserva a los Elfos después de que el Mundo acabe, y Melkor no lo ha descubierto.