domingo, 4 de octubre de 2009
Che farò senza Euridice (II)
Y están esas sierras, unas bajas, otras recortadas al fondo fingiendo altura; muchas lomas de nada, algunas. Pero suaves a la vista y serenas.
El cielo que se va apagando en ese rosado levemente presuntuoso, y se rinde al final en esos anaranjados de fuego, después; y más después todavía acarminándose concentrado en un punto más o menos oeste, hasta morir en flamas de ese amarillo tibio de la tarde a campo abierto.
Animales mansos ramoneando la vida, por todas partes. Choiques de cría, unos pocos; tres llamas para lana; ovejas según la zona. Pocos caballos. Canteras ocres, piedras calizas, pastos grises, dorados, verdes de agua reciente. Silencio de aire fresco, de pampa. A mitad camino, una parada en medio de la nada del mundo, viendo crecer un aire y verlo hacerse viento.
Lindo el campo surero.
Uno, claro, va cansado y vuelve más. Pero mirar, mira. Y ver, ve. Oye. Y más adentro. Y algo afuera.
Y se me dio por no dar vuelta la cabeza. Como le mandaron hacer a Orfeo. No mirar a la Eurídice de la vida. O mejor dicho, a la vida Eurídice que cada quien tiene. Y, todavía más exactamente, entrecerrar los ojos para pensar en la vida como en Eurídice y en Eurídice como en asuntos de esta vida.
Porque, amigo mío, Eurídice apenas si es una mujer. Y se me ocurre que mucho más es algo, de lo que la mujer y el amor a la mujer quizá sólo sean un signo; un signo fuerte en el mito, aunque no tan poderoso como lo que tal vez haya –si tengo algo de razón– detrás de la mujer Eurídice.
Impresionante y doloroso le habrá sido al Orfeo del mito ver deshacerse ante los ojos a la mujer amada, lastimosamente muerta antes y trabajosamente recuperada del Averno después, y esto nada más que porque los dioses se encantaron con los conmovedores lamentos líricos de Orfeo, oyendo con piedad y emoción lo que él mejor sabía hacer.
Así fue entonces que le dieron la ocasión de ir a buscarla, descender a los infiernos y llevarla a la luz del día y recobrarla. Pudo volver del reino subterráneo para verla viva otra vez, resucitada, y ya no perderla. La única condición que le impusieron había sido no mirarla siquiera sino hasta que estuviera por completo fuera del Hades. Sólo y apenas un pie en los reinos oscuros tenía todavía Eurídice cuando Orfeo se dio vuelta y, todo a la vez, la vio y dejó de verla para siempre. Terrible asunto, sí. Aunque no puedo negar que me gusta pensar que al Orfeo tracio de verdad le fue más doloroso todavía, si acaso le pasó algo así o parecidamente así, que bien puede pasar.
Pero. Me inclino a mirar el asunto de otra suerte. ¿Usted dice que Eurídice no es una mujer? No, no dije que no fuera. Digo que, me parece, en el mito Eurídice es al menos un mujer, no sólo; digo que es además una mujer, pero, a mi sabor, es principalmente otra cosa.
Como en círculos concéntricos, creo ver que el primero y más exterior -la carne del mito, digamos- es la mujer Eurídice. Y todo el asunto tiene allí un sentido homogéneo. Basta pensar en ella como una mujer amadora y amada, basta ver el amor de Orfeo, las circunstancias, la trama de ese primer círculo, y la historia se cuenta sola. Tanto y sola que el asunto encantó a muchos desde el comienzo. Pero, creo, esa es la carne del mito. Como su materia.
Detrás de esa apariencia, hay otro círculo que con los mismos materiales bien puede referirse a otra cosa.
Por cierto que lo que es símbolo o mito, puede entenderse en capas diversas e impregnar sentidos complementarios unos de otros que encastran y se traban entre sí.
Como si dijera que, en la medida en que el amor a una mujer es emblema de amores, bien pueden otros amores están simbolizados en ese amor. Y entonces, así, el amor a una mujer no es el amor mayor, aunque en ella se cifra el amor mayor. En la misma medida en que, creo, el amor puede ser el emblema de otras uniones, de otras consubstanciaciones. Así como la fidelidad a una mujer es más que a una mujer, el amor a una mujer es más que a esa precisa mujer, o a una genérica mujer.
Y eso querrá decir entonces que habrá que ver el amor no sólo como lo que se nos aparece siendo, aunque al menos como lo que se nos parece siendo. Y así, hasta la política tendrá que verse como amor, por raro que parezca, fíjese lo que le digo.
A la vez, en mi caletre arrasado por las tierras y las luces sureras, pensaba entonces que la música y la poesía que Orfeo sabía como pocos, no eran en el mito solamente la mención de dotes encantadoras del buen Orfeo. Aunque hay versiones distintas, la historia dice también acerca del fin de Orfeo y la relación de ese fin con la música y la poesía que bien se sabía.
Sin necesidad de ponerme órfico, pensaba entonces en Orfeo a la vez como un arquetipo y un hombre a la vez. Con lo que Eurídice corría suerte pareja a la de su amador.
El paisaje abierto puede hacer eso con la mirada. Permite que uno extienda el asunto todo a lo largo y ancho y alto del campo y el cielo, sin tiempo ni apuro.
Claro, eso si acaso no oscurece antes, casi de repente, y se queda uno como en los abismos de Eurídice, suspendiendo la mirada con precaución y temblor, para que tampoco se deshaga la visión de lo que uno va mascullando, así como se deshizo la enamorada de Orfeo con sólo verla antes de que saliera de los abismos, mitad sombra, mitad luz.
Pero, al fin, me digo: ¿qué apuro hay?
En un poco de tiempo más, habrá tiempo surero para otro tanto, si es que uno tiene todavía esas cosas en la sesera. Y en el corazón.
Con miles de años en las espaldas, ¿quién piensa en resolver a las corridas las cosas del cielo y de la tierra y los abismos, mientras vaga por las tierras del sur en este mundo sublunar?
Yo no, le anticipo.
viernes, 2 de octubre de 2009
Che farò senza Euridice
No sólo hay decenas de versiones: las hay para toda suerte de voces y registros, varones y mujeres, tenores, contraltos, contratenores.
En mis años jóvenes me aficioné a una versión de Pavarotti, claro. Pero con el tiempo incorporé más de una docena de voces distintas, con sus más y sus menos y no porque la de Luciano no me gustara. Así, también y de paso, tuve tiempo en estos años para mirar con más atención a Orfeo.
Veamos la música.
Ahí está, para empezar por alguien, el modo como lo dice Michael Chance, por ejemplo, un contratenor.
O Andreas Scholl, más depurado dicen y más grave, aunque también él contratenor.
Pero, también y no puedo omitirla, está la fabulosa Teresa Berganza.
Y, si ya estoy aquí, entonces cómo no voy a recordar al mítico Tito Schipa. Dicen que no tenía voz. Claro. Pero le da una naturalidad al lamento de Orfeo, que al final resulta tal vez bastante más creíble que el virtuosismo de otros, o casi. Por lo menos, a mi gusto.
Pero.
Finalmente, y bastante más allá de Gluck, está el poderoso mito de Orfeo y Eurídice.
No ahora, no. No mientras viajo y ando por allí y más allá, en otros asuntos que ni a Platón, ni a Virgilio, ni a Ovidio, ni a nadie como la gente le interesarían tanto como lo que les interesó el asunto de Orfeo.
Eso vendrá otro día, si cuadra, con más tiempo. Orfeo, entretanto, sigue cantando su lamento sobre la muerte de Eurídice.
Ay, muchacho… Como si para Orfeo todo el asunto fuera la muerte de Eurídice, que no es poco, pero...
En fin, no me hagan hablar.
jueves, 24 de septiembre de 2009
El día y la noche
Venía hace poco de una reunión nocturna, a la madrugada, y el gallo de enfrente –que siempre canta– cantó a esas horas con un ánimo y un timbre tales, que me recordó, inmediatamente, que había negado a Cristo muchas más veces que las tres de Pedro.
Lo cual no me hace mejor que Pedro, sino peor, fíjese lo que le digo. Y tanto peor. Porque en estas materias, más es menos.
Me fue de gran consuelo el canto del gallo en medio de la madrugada. A veces pasa. A veces ciertos cantos de ciertos gallos le recuerdan a uno no solamente la floración del día y las luces que advienen, todavía en la noche de la vida. A veces el gallo nos recuerda más inmediatamente la oscuridad, nos recuerda que andamos en cierta oscuridad. Y que se viene el día y la mañana, claro que sí.
El gallo, siempre, aunque mida traiciones y desatinos, es esperanza. Siempre.
Y lo que son las cosas. ¿Nunca le pasó confundirse con la luz, más que con las sombras? Y no con la luz del día, esa que anuncia el gallo, sino con las luces de la noche, si se entiende lo que quiero decir.
Más de una vez, anda uno perdido en la vida. Perdido de no encontrar su casa. Las cosas que le son a uno “su casa”, no la casa de uno, literal y necesariamente. Aquellas cosas hacia las que estamos yendo –sabiéndolo o sin saberlo– y que son como el término -puerto y objeto- de nuestros afanes. Y hasta el puerto que teníamos señalado en la frente al nacer. El término que debe ser y no siempre sabemos que es. Pero es. Aquello incluso que de algún modo nos mueve suavemente sin que lo sintamos o sepamos del todo.
Podría pasar que fueran luces a la distancia lo que uno no distingue. O que las luces que ve no fueran las luces que uno anda buscando. O que no fueran aquellas que lo guían hacia donde va. Luces son, claro, pero no lo son para mí.
E, incluso, si no son las luces de aquello que a uno le es su casa, es lo mismo que nada, me parece. O casi nada. Relumbrones podrán ser, o no. Luces que confunden más que iluminar, por buenas que fueren.
Puede pasar, claro que sí.
Se viene la noche, el follaje de las cosas de la vida ni siquiera deja pasar la luz de la luna, que, con ser luna y todo, a veces es misericordia de luz en medio de la noche, atisbo de luz. Lo suficiente como para que uno no ande en tinieblas.
Claro que la luz de la luna no es la luz del sol, pero a veces uno no está para luz de sol, por falta de ojos. Y apenas le dan los ojos para la luz de luna. Pero puede pasar que ni eso, por el follaje de la vida. Y con esa cerrazón de noche sin luna por el follaje y luces confusas a lo lejos, se haga difícil llegar a casa.
Y a veces pasa, por volver adonde salimos, que el canto del gallo nos recuerda dónde estamos. Y a dónde vamos. O hacia dónde estábamos yendo cuando nos perdimos.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Epifanía del zorzal
Si este dolor zorzal canta, es un triste
murmullo de zorzal, una garganta
en pena de zorzal, canto que embiste
la tarde cuando su nostalgia canta.
Mas si es zorzal la tarde, ya no es triste.
Si este sauce zorzal que silba y llora,
traza en verde zorzal a la mañana,
por el aire zorzal que la enamora
se vuelve luz primera en tu ventana.
Mas si es zorzal el alba, ya no llora.
Noche zorzal no vi. Silencio y nada
es la sombra zorzal que cubre el cielo.
Pero un fuego zorzal, en la callada
noche, madura ya la voz en vuelo.
Y si es zorzal la noche, ya no es nada.
domingo, 20 de septiembre de 2009
¡Voistino voskrese!
Por ejemplo, dicen los que dicen que saben que, el 22 de septiembre a las 21:18 de lo que llaman ahora tiempo universal, se producirá el equinoccio de primavera para el sur y el de otoño para el norte. El sol, dicen, pasará por el punto donde la elíptica cortará el Ecuador celeste. Los puntos de Virgo y Piscis, dicen.
El sol, dicen, saldrá ese día exactamente por el este y ese día se pondrá, dicen, exactamente por el oeste.
Yo, por mi parte, digo que me parece muy bien.
Pero, estoy pensando en otra cosa.
Por ejemplo, que la primavera es florida, como la Pascua lo es. Que la primavera es el signo de las resurrecciones. Y de la Resurrección, que fue en primavera. Y está bien.
¡Hristós voskrese! dicen para esa época los rusos en sus liturgias (de hecho, dicen Христос васкрсе!). Y lo dicen cuando se encuentran por la calle, en cualquier parte, en sus saludos, durante todo el tiempo que va desde la Pascua hasta la fiesta de la Ascensión. Los saludados, a su vez, responden ¡Voistino voskrese! (es decir, Ваистину васкрсе!)
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
Y digo que la primavera -aunque sea en el sur- es el tiempo que nos han dado para recordar que lo que vemos -hasta el zorzal y la calandria que oímos- es el signo de que Cristo ha resucitado.
Ventajas que tiene el sur, al fin de cuentas.
Podemos recordar dos veces al año, al menos dos veces al año: ¡Hristós voskrese!
viernes, 18 de septiembre de 2009
La calandria gallarda y el zorzal de Monteverdi
Por eso.
Que la música hable de la música.
Allá por 1624, parece que Claudio Monteverdi tomó un bellísimo madrigal de Carlo Milanuzzi y le puso música. Milanuzzi, hay que decirlo, era compositor, poeta y pretre, a la vez.
Si dolce è 'l tormento, primer verso y título del madrigal, son palabras que no le vienen mal a un zorzal, creería yo.
Hay varias versiones de esta obra. A mí, me gusta una imperfecta, según se mire. Porque hay quienes dicen que el tenor Marco Beasley no sigue cánones para cantarla como se debería.
Yo -que de música ni pío...- digo que lo más probale es que la sangre materna napolitana de Beasley (no la paterna inglesa, claro...) entienda mejor la obra que cualquiera que siga a pie juntillas el reglamento.
El caso es que lo que oigo en este madrigal, creo que es lo mismo que oigo en el aire del trino del zorzal.
Más o menos para los mismos años, un compositor alemán, Samuel Scheidt, compone una tal Gagliarda Battaglia, pieza para cinco bronces, inspirada en músicas militares de la época, que combina las fanfarrias al uso con una suerte de arte aparte que por entonces había.
Guardianes de las torres fortificadas solían comunicarse entre sí a través de sonidos diversos que combinaban. Y tan bien parece que lo hacían, que algunos compositores tomaron inspiración de ellos para componer. Scheidt es uno de esos compositores.
Y esa característica es en parte lo que hace que asocie esa Gagliarda con la calandria. Pero no menos el tono mismo: vibrante, sí, pero oyendo a la vez que, a su vivacidad y variación, se le cuela una nota leve, tal vez en la sonoridad misma de las trompetas, tan gagliardas ellas.
Tórtolas de bramido
Fue por veredas raras la serie. Si hasta dos versos de allí fueron a dar a otros versos, como brotan de raíces los retoños de ciertos árboles. Y no que el retoño sea mejor que las raíces, se entiende.
Sigue pareciéndome que esa milonga dice bien. Y sigue pareciéndome que los dos versos finales hacen un par sin par. Y bien está esa forma de decir en cada estrofa que lo que el árbol tiene de florido viene de lo que tiene sepultado (aunque mejor, me parece, y disculpen...)
Como creo -repito y volviendo a esos versos-, que está bien, por vía poética y paradojal, eso de que las raíces que alimentan las floraciones tienen que tener la dulcedumbre de los leopardos dulces y el bramido de las tórtolas bramantes.
Raro, si lo pienso. Pero no tanto, si uno se pone a ver.
Después de todo, lo más poderoso es lo más dulce y nadie puede igualarlo en eso. Como el bramido del más manso, y sólo él, puede abrir el cielo.
Más tendrá que ser
Por momentos el cielo aclara y deja una llovizna tenue de nada, mojadora. Pero está el viento, y el viento hace a la garúa cortadora, picante.
Revoltijo de brotes hace este viento, turbiones de pelusas, amagos de flores, cosas de septiembre.
Los estoy mirando y me parece que peligran los mínimos como azahares de la cidra que me traje de México, hace casi ya diez años, y que brotaron recién este año por primera vez. La planté semilla y hubo que esperar años. Ya tiene más de tres metros de alto. Su aspecto de limonero espigado, que de la familia es. Y unas espinas que amedrentan.
Claro que con los bandazos a sesenta kilómetros por hora, y por muy de Jalisco que vengan, los azhares de la cidra tendrán que ser fuertes. Más fuertes tendrán que ser.
Nacer por primera vez tan lejos de la tierra madre y que te reciba este viento...
Pero no es cosa de la cidra, nada más. Cualquiera, después de todo.
Con vientos así -en el aire, en la vida, en el alma, en la historia-, florezca uno por primera vez o ya no tenga -o casi ni dé- flores ni frutos, más fuerte tendrá que ser. Más fuerte que el viento.
Pero, no se engañe, mi amigo. ¡Qué viento! Da gusto.
Maitiak galdegin zautan
Por ejemplo, tengo desde hace unos pocos días un gajo de una vid que viene de tiempos de mi abuelo. Lo hizo para mí mi madre, la dedos-verdes.
Hace poco me traje el gajo a casa y esta lluvia es una bendición. Lo veo desde la cueva. Lo vigilo, en realidad. Empeño inútil. Una vid es como una cultura, tal vez es demasiado para una sola vida de hombre.
Pero una tradición de vid es una tradición -entre tantas otras- que tiene que pasar. Después de todo, ¿qué sería un ítalo si no tuviera una vid heredada?
Pero la música cuenta, claro. También con lluvia.
Como esta cancioncilla popular de los eúskaros, que va de maravillas con esta lluvia. Y ni que decir lo bien que va con mi expectativa de parral.
Maitiak galdegin zautan,
polita nintzanez (bis, o berriz, si prefieren)
polit, polit nintzela baina,
larrua beltz, larrua beltz.
Maitiak galdegin zautan,
premu nintzanez (bis)
premu, premu nintzela baina,
etxerik ez, etxerik ez.
Maitiak galdegin zautan,
boltsa banuenez (bis)
boltsa, boltsa banuela baina,
dirurik ez, dirurik ez.
Maitiak galdegin zautan,
lana banuenez (bis)
lana, lana banuela baina,
gogorik ez, gogorik ez.
Gaixoa, hil behar dugu,
guk biok gosez (bis)
gosez, gosez hil behar baina,
elkar maitez, elkar maitez.
Una traducción libre, dicen que dice esto:
Mi amada me preguntó si era guapo
mi amada me preguntó si era guapo
guapo, guapo era,
pero con la piel negra, con la piel negra.
Mi amada me preguntó si era primogénito
mi amada me pregunto si era primogénito
primogénito, primogénito era,
pero no tenía casa, no tenía casa.
Mi amada me preguntó si tenía bolsa
mi amada me pregunto si tenia bolsa
bolsa, bolsa si tenía,
pero dinero no, dinero no.
Mi amada me preguntó si tenía trabajo
mi amada me pregunto si tenía trabajo
trabajo, trabajo tenía,
pero ganas no, ganas no.
Pobres hemos de morir nosotros dos de hambre
pobres hemos de morir nosotros dos de hambre
de hambre, de hambre moriremos,
pero moriremos queriéndonos, moriremos queriéndonos.
jueves, 17 de septiembre de 2009
Lluvia de septiembre

Como todo el mundo sabe, y según se mire, septiembre bien puede ser marzo. Y viceversa.
Y así es como la primavera es el otoño, según se vea, porque a veces septiembre es un otoño y marzo una primavera. Y viceversa.
Entonces, mientras por ejemplo el norte y el sur levantan sus emblemas de hojas secas o brotes renacidos, disputándose las primicias de la vida y de la muerte, creo que definitivamente lo mejor es un madrigal.
Algo que, al menos por unos tres minutos, aplane las diferencias entre una cosa y otra y haga olvidar las distancias entre lo que se apaga en marzo y lo que estalla en septiembre. Y viceversa.
Y estoy seguro de que lo mejor es un madrigal de un mes neutral. Digamos mayo, por ejemplo.
Un madrigal de lluvia de mayo, ahora que llueve en septiembre.
Algo que suene tan amablemente meláncolico como un otoño de septiembre. O como un zorzal de septiembre.
Ahora que cantan los zorzales. Porque es septiembre. Y llueve. Como si fuera otoño.
A ver las aves
Por eso la llaman Mimus saturninus. Los anglófonos -especialmente en los States- les dicen mockingbirds. Imitadores –mimus-, burladores. Tanto da. Son compositoras las calandrias. Hasta combinan sonidos distintos de varias aves o no y componen con varios de ellos una melodía propia.
El oído del ignaro tanto como los ornitófilos, coinciden, sin embargo, en que su canto tiene una nota melancólica, probablemente propia, dicen los que oyen con grabador en mano, no imitada. Como si dijera uno que cuando canta ella, aparece la melancolía.
Pero a mí, qué quieren que les diga, me traspasa el zorzal. Su canto es lo opuesto al de la calandria: monótono para los entendidos; tiene aunque distinta una nota de melancolía, mucho más nítida e indiscutida. Pero tiene a su vez una consistencia que no le hallo a la calandria, si me disculpan los del otro bando. Porque, claro, allí también hay bandos, ¡cómo no! Calandrias versus zorzales.
Debo decir que no cualquier zorzal, sino el Turdus rufiventris que le dicen, el zorzal de vientre colorado, o chalchalero, para algunos, pero eso no sé yo si es así.
Tengo en mi memoria atardeceres de toda laya, transidos ellos y yo con ese canto. Tengo la memoria física de haber estado viendo clarear -tantas veces- con el pregón casi mañanero del zorzal.
Monótono, todo lo que quieran, pero me produce una alegría sin tasa. Y cuando calla, cuando las horas lo hacen callar, siento que se apaga el mundo. En estos tiempos, cuando amainan los fríos, reaparece, especialmente, al caer el sol y antes de salir. Y es un cierre glorioso de días. Y de noches.
La esperanza que me da ese canto al alba, viera usted. La placidez que me produce ver morir el día con la despedida del zorzal. Algunas tardes de lluvia, como la de hoy, por ejemplo. Apenas cesa la lluvia fuerte, en cuanto escampa apenas o parece va a, la nota penetrante, levemente ronca. Contraltada, atenorada. A veces contratenorada.
No voy a dar una batalla por las preferencias paseriformes. Pero denme a elegir, díganme “puede llevarse de este mundo un solo canto de pájaro...”, y me llevo el del zorzal.
Magnífica creatura. Puede hacer a la vez un homenaje a la belleza de este mundo y ponerle una nota suave de sic transit gloria mundi, y ser ella misma una gloria mundi, en un muy otro sentido, claro.
Y pienso ahora que lo digo que bien puede ser verdad eso de que la creativa calandria multiforme y el monótono zorzal sean ambos melancólicos y nostálgicos, tal vez mejor.
Eso que llaman la monotonía del zorzal, es la nota de eternidad que suena en su canto punzante y reiterado. Y cada frase es a la vez única. Y plena. Como pleno suele ser lo único. Y lo eterno. Y por esa nota de eternidad clama el zorzal, mientras va en el tiempo. Con nostalgia, claro, que suena a melancolía.
Y otro tanto con la calandria versátil, que quién sabe cómo sabe que el todo es mucho más que la suma de las partes, por variadas y muchas que fueren las partes. Y extraña el todo, aunque tenga a placer las partes y nada le cueste tenerlas.
Y me pregunto qué habrá querido significar Dios con esos cantos y esas notas. De qué cosas altas serán signos el zorzal y la calandria.
Pero, no me haga mucho caso.
El canto del zorzal puede hacer eso.
No sólo de vino se emborracha un hombre.
martes, 15 de septiembre de 2009
La espada y la luz
Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: “Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel y será signo de contradicción; y a ti misma una espada te atravesará el corazón para que se manifiesten los pensamientos íntimos de muchos”.La Vulgata dice:
Et benedixit illis Symeon et dixit ad Mariam matrem eius: Ecce positus est hic in ruinam et resurrectionem multorum in Israhel et in signum cui contradicetur; et tuam ipsius animam pertransiet gladius ut revelentur ex multis cordibus cogitationes.Otra versión del texto de san Jerónimo dice pertransibit. No le hace.
Lo que creo que hay que mirar con algo de atención es el versículo 35 y en él, más exactamente, aquello de que la espada de dolor que atravesará el corazón de la Virgen de los Dolores (hoy es su fiesta), lo hace también para que se manifiesten, queden a la luz, se revelen las intenciones, los pensamientos de muchos corazones.
No es causa de la manifestación la espada porque atraviese el corazón de María. La manifestación -en particular, un momento específico de esa manifestación- es lo que hará que su corazón sea atravesado por una espada. Y esa manifestación será la luz que ilumine lo recóndito.
En la Catena Aurea, por raro que parezca, aunque es frecuente que ocurra, san Beda, san Ambrosio, san Agustín, san Gregorio Niceno y Orígenes no se ponen de acuerdo del todo sobre esta cuestión y sus exégesis sobre este asunto son en realidad como conjeturales.
La de Orígenes, entretanto, disuena del resto, porque entiende el asunto en sentido auspicioso, positivo diríamos livianamente:
Había en los hombres pensamientos malos, que fueron revelados para que los destruyera el que murió por nosotros. Puesto que es imposible destruirlos durante el tiempo que permanecen ocultos, por lo que, si nosotros pecamos, debemos decir: "no he ocultado mi maldad" (Salmo 31, 5). Si manifestamos nuestros pecados, no solamente a Dios, sino a aquellos que pueden curar las heridas de nuestras almas, se borrarán nuestros pecados.Es muy apretado el lenguaje profético del anciano Simeón. Creo que se entiende que la espada que atravesará el corazón de María es algo que le ocurrirá a su Hijo, no su Hijo sin más. Aunque el Hijo y su Pasión y Muerte, son espada a la vez.
Martirio del corazón, llama san Roberto Belarmino a esa espada de dolor, siguiendo a san Buenaventura y dice con él que es mayor ese martirio que el del cuerpo, asociando incluso esa espada al dolor de Jesús en Getsemaní.
El asunto es que lo que le ocurrirá al Hijo –que será esa espada para el corazón de la Virgen– será a la vez -y ahora sí también el Hijo mismo- luz que iluminará y dejará manifiesta la intimidad de nuestro corazón. Algunos asocian este pasaje de san Lucas con aquellas palabras que Jesús le dirigió a Nicodemo, según cuenta san Juan en el capítulo 3 (14-21) de su evangelio:
Esa serpiente de la que habla san Juan, es la de Moisés en el desierto (Números 21, 4-9), que precisamente se recordó ayer, porque era la fiesta de la Exaltación de la Cruz. De modo que, la Exaltación que será espada, la exaltación de la cruz de quien es espada de luz a su vez, nos queda junto a la fiesta de su Madre de Dolores, cuyo corazón será traspasado por la espada, que traspasando ilumina.De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.
Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.
Y parece que se ve claro que una serpiente que no es una serpiente y cura de las serpientes que matan, es un signo de Cristo.
Esa serpiente que no es serpiente y sirve de signo de contradicción para muchos, esa serpiente, es aquella que elevada, cura. Pero, ella misma, cuando es elevada, traspasa el corazón de la Virgen. Y cuando elevada traspasa el corazón de María, ilumina de oro todo y tanto que los corazones de muchos (y los de todos, diría yo, si esto no va a causar problemas a -y con...- los traductores...) quedan a su luz del todo traspasados e iluminados por la espada que es el Verbo.
Muy bien.
Pero me parece que, de un modo que impresiona, sigue resonando en el pasaje la concisión de Simeón: una espada te atravesará el corazón para que queden a la luz los pensamientos de muchos.
Ya está dicho: Esa espada es el Verbo. Aquella que dice san Pablo (Efesios 6, 17) que
es la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.Aquella misma Palabra, que es espada y luz, y que aparece en la carta a los Hebreos (4, 12-13)
En efecto, viva es la Palabra de Dios y eficaz, y más penetrante que cualquier espada de doble filo, y penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y los tuétanos, y escruta los deseos y los pensamientos del corazón.Simeón, dice Ana Catalina (que no explica esta profecía, sólo relata), está feliz desde que un ángel le anuncia que, a la mañana siguiente, el primer niño en entrar al templo será el Mesías y él lo verá, como pidió a Dios. Y muere feliz, inmediatamente después de haberlo viso y profetizado sobre Él y su Madre, palabras tan graves.
No hay para Ella criatura invisible; todo queda desnudo y al descubierto a los ojos de Aquel al que rendiremos cuentas.
(Vivus est enim Dei sermo et efficax et penetrabilior omni gladio ancipiti et pertingens usque ad divisionem animae ac spiritus, compagum quoque et medullarum, et discretor cogitationum et intentionum cordis; et non est creatura invisibilis in conspectu eius, omnia autem nuda et aperta sunt oculis eius, ad quem nobis sermo.)
Y es así. Porque si bien la noticia es buena, no por eso deja de ser grave.
Tal vez, la nota de tragedia que la profecía incluye, es parte de la siempre paradojal gravedad feliz que anuncia el cristianismo. Una gravedad siempre mal entendida, me parece. Tanto por los que acentúan el dolor de la espada hasta ignorar la luz, como por los que acentúan el brillo de la luz hasta ignorar que con la espada hay algún dolor.
Y allí Simeón dice las dos cosas. Y por algo lo dice. Y por algo lo dice con semejante felicidad y éxtasis.
martes, 8 de septiembre de 2009
Natividad de María
Esta viña niña,
brotada de este gajo sin agraces ni mancha,
toda luz:
va preñada de un vino en sus parrales.
Y de ella, toda bella,
brotó la luz un día.
En racimos de gloria,
los granos luminosos de esta vid luminosa
vienen tintos de sangre
como la sangre fértil,
como este vino nuevo que fermenta
la gloria en los lagares de la vida.
¡Ay vino de este amor!
¡Ay vino de esta sangre!
Borbotones de amor son esta viña niña
y estos granos de vino que redimen.
¡Ay viña de este amor!
¡Ay viña niña de este amor!
¡Líbame el vino suave y luminoso,
de esta viña de amor que te ha hecho niña!
viernes, 4 de septiembre de 2009
Enólogos
Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y recitan oraciones, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben.» Jesús les dijo: «¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días.» Les dijo también una parábola: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, desgarraría el nuevo, y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. «Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino nuevo reventaría los pellejos, el vino se derramaría, y los pellejos se echarían a perder; sino que el vino nuevo debe echarse en pellejos nuevos. Nadie, después de beber el vino añejo, quiere del nuevo porque dice: «El añejo es el bueno.»Esa última frase, precisamente, es la cuestión aquí. Y la cuestión del vino, más exactamente.
Está sólo en san Lucas. Los otros sinópticos no la traen.
La Catena Aurea trae a este respecto comentos varios sobre la oposición nuevo-viejo, que es el punto que creo que más interesa. Y que está en relación sutil con la primera parte relativa al ayuno y al festín.
Y es útil ver lo que dicen tanto con respecto a este pasaje en san Lucas, como al de san Mateo o al de san Marcos.
Respecto de nuevo y viejo, la Vulgata dice, simplemente, novum y vetus, aunque si bien no dice explícitamente añejo (hay que tener presente la connotación habitual de la palabra cuando se trata de un vino), vetus melius est, tal vez tiene algo de añejo:
Et nemo mittit vinum novum in utres veteres: alioquin rumpet vinum utres, et ipsum effundetur, et utres peribunt: sed vinum novum in utres novos mittendum est, et utraque conservantur. Et nemo bibens vetus, statim vult novum, dicit enim vetus melius est.En griego, por su parte, en el pasaje dice palaiós.
καὶ οὐδεὶς βάλλει οἶνον νέον εἰς ἀσκοὺς παλαιούς· εἰ δὲ μήγε, ῥήξει ὁ οἶνος ὁ νέος τοὺς ἀσκούς, καὶ αὐτὸς ἐκχυθήσεται καὶ οἱ ἀσκοὶ ἀπολοῦνται· ἀλλὰ οἶνον νέον εἰς ἀσκοὺς καινοὺς βλητέον καὶ ἀμφότεροι συντηροῦνται. καὶ οὐδεὶς πιὼν παλαιὸν εὐθέως θέλει νέον· λέγει γάρ· ὁ παλαιὸς χρηστότερός ἐστιν.Por cierto que todo está muy bien.
Si uno lee con cuidado, no encontrará nada que le llame demasiado la atención, salvo para bien.
Por mucho que Jesús tense humorísticamente las paradojas de lo bueno-nuevo y lo viejo-rotoso, al final, alguien con mayor fe que un servidor y con mayores luces, va y se lo explica a uno, por si no entendió.
Pero.
Para mí, como para muchos, igual el vino mejor es siempre el añejo.
Me gustaría saber más acerca de las costumbres de trapichar en esos tiempos. Me gustaría tomar mejores vinos, también. Pero, y todavía sin entrar en las necesarias distinciones, parece verdad que cuanto más viejo mejor. Y, vaya añadidura, que entonces Jesús equivocó los adjetivos en lo que al vino se refiere.
Y sin embargo.
En este caso, el asunto ahora es que en el pasaje añejo y viejo son deméritos o al menos menguas en la calidad. La pequeña parábola condensada que dice aquí Jesús, dicen los Padres que está llena de misericordia. Y que vestidos viejos y pellejos u odres viejos, son estados del hombre que por misericordia no deben ser probados con la potencia del vestido vigoroso y nuevo y con la calidad superior del vino nuevo.
Se entenderá fácilmente –siquiera por contexto– que un vino viejo no tiene que ser un vino añejo. Viejo puede querer decir también rancio, avinagrado, que ha perdido fuerza, que ha enrarecido su sabor, que es turbio a la vista, no traslúcido. Y, si es así, que hace mal tomarlo.
Así y todo, un vino bueno no sé qué es, en esos mismos términos, y -aunque podría arriesgar una tipología al respecto con la ayuda de otros más viejos que yo- tampoco se entiende bien por qué bueno se opondría a añejo y por qué y en qué sentido tiene que ser nuevo el vino si ha de ser bueno.
De modo que, así entendido, tenemos tres palabras para estos vinos: viejo, añejo y nuevo.
Y eso es un bonito lío. Y broma magistral, además.
Y se me hace que por entender mal esas distinciones, y no catar el sabor de esos vinos, bien pueden venir problemas mayores en otras cosas. Por ejemplo, qué es la Tradición -ay, pobre Tradición...-, es asunto que, creo, también está incluido en esta enología crística.
Conclusión por ahora: con el vino no se juega.
Y tomar vino no es entender de vinos. Por mucho que se tome.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Dos
Hoy es septiembre. Soy,
de un ya rumor de abejas matutino,
amador y vecino.
Soy del día de hoy.
Hoy es septiembre. Doy
en silencio las gracias porque vino.
Mientras, busco el camino
por donde vino. Y voy.
lunes, 31 de agosto de 2009
Plan de vuelo
A veces viaja uno, en el espacio como en el tiempo. Y, tal vez, un día vuelve. Se va uno lejos de casa (de tantas cosas que son nuestra casa para cada quien), lejos de cosas, de asuntos. Los deja, los suelta. No los mira del todo ni los sigue con la mirada. Aunque los esté viendo en otro sentido, incluso viéndolos alejarse. No es que se vayan ellos, exactamente. Tal vez quedan en el mismo lugar en que uno los deja o en el que están. Y no es tampoco que se vaya uno, exactamente. Es hacia dónde va la mirada, en realidad. Y eso, tal vez, pase igualmente con lo que está en el espacio, como con lo que va en el tiempo.
Es de algún modo irse dejar asuntos en manos del tiempo que pasa, como volver a mirarlos y volver a hacerlos presentes puede ser de algún modo volver.
Una imagen, por ejemplo, para ilustrar un aspecto de este asunto.
Supóngase uno en una estación terminal fijada como punto de encuentro, o en una esquina convenida de antemano (y tal vez la cuestión es ésa, precisamente: un punto de encuentro convenido de antemano...)
Muy bien. Allí está uno, en cualquier caso. Pasan cientos de gentes, las hay por todas partes: viandantes, madres, turistas, empleados, secretarias, albañiles, abogados, niños, ingenieros, desocupados, ancianas tramitantes, estudiantes bisognos. La mar de gentes.
Todos son seres vivientes, claro. Todos visibles. Todos vistos por uno. Todos existen. Y todos al mismo tiempo. Todos en sí mismos tienen su densidad e importancia. Todos representan algo para alguien en un sentido existencial y hondo y aun en un sentido menos grave. Todos tienen sus historias, todos portan un dolor y una felicidad. Todos son indiferentes a algo o a alguien. Todos se entusiasman con algo o con alguien. Aman, lloran, ansían, piensan, sufren, ríen. Van por la vida. Existen.
Pero, de un modo serio y definitivo, no le son a uno más que un paisaje móvil. Resultan a la vez tan irremplazables en el cosmos, tanto como sólo son referencialmente numéricos en ese momento. Una multitud, como follaje de la vida. Y tal vez porque la mirada va en otra dirección determinada, los miramos andar y no necesariamente los vemos.
Hasta que distinguimos entre ellos a la persona, aquella persona cuya existencia y presencia nos ha puesto allí, en aquel punto: un fruto entre las ramas y las hojas, una flor entre el verde multitudinario de la foresta de hombres. Y digo distinguimos y creo que eso es: hacer eso, hacer a alguien distinto, un punto en una sucesión de puntos. Esa persona –una cuestión, un tema– lleva un estigma, la marca de un punto en la frente que nos la hace distinta del follaje de cosas, del follaje humano, que nos permite distinguirla. En cierto modo, se entiende, sólo ella –esa cosa, esa persona– existe de un modo distinto.
Y si bien los otros, las otras cosas también son, ella se yergue existencialmente por encima de toda cosa y de todos.
Digo que ocurre tanto con alguien como con los asuntos y las cosas que se nos quedan en el espacio como en el tiempo. Tal vez habrá un asunto, una cuestión, alguna cosa, que distinguimos del resto de las voces y asuntos, del follaje de asuntos y cosas. Y el resto queda atrás, aparte de algún modo, aun siendo y estando entre todos los asuntos que son y están en el espacio y el tiempo. Aun cuando todos ellos, muchos de ellos, nos sean interesantes, o, por decirlo de modo menos trivial, nos sean importantes.
Decía que a veces, tal vez, pasa que uno vuelve. Vuelve a cosas y a asuntos y a personas que han quedado atrás, de algún modo, que han quedado aparte.
Y vuelve a ver. Vuelve a mirarlas, en realidad, para empezar. Y porque vuelve a mirar, ve.
No es un ejercicio siempre voluntario, en el sentido de programado o empecinado. Será con la voluntad, eso sí.
Las razones de nuestros viajes en el espacio y en el tiempo, no siempre nos son conocidas del todo. A veces nuestros viajes se llaman intuición, pero también pueden llamarse descuido. Hay viajes justos y otros injustos.
Ir de aquí para allá, en el espacio como en el tiempo de nuestras vidas, puede ser una aventura con destino, o puede ser producto del tedium vitae. Tal vez haya que tener más lucidez y coraje del que solemos gastar para saber por cuál de todas las posibles razones parecemos interesados en ciertas personas o asuntos y desinteresados de otros.
Los motivos pueden llamarse vanidad, frivolidad y desaprensión, como pueden llamarse verdadero vigor, salud o pureza del corazón. Y hasta ocurre habitualmente que tengan un poco de cada una de esas cosas.
Difícil saber sin trabajo qué nos lleva a la presencia de cosas y de personas. Y tampoco nos es fácil saber del todo por qué en un momento determinado nos alejamos a distancias de años de las cosas que tenemos ante la vista, cosas propias en ocasiones, o cosas que a todos o a muchos o un buen –o mal– número de algunos les parecen definitorias y perentorias.
Y acaso un día volvemos. Y volvemos a mirar asuntos y cosas. Y hasta personas.
A veces pasa que al volver a mirar las cosas se muestran de un modo distinto. Pasa que al mirarlas y verlas después de un tiempo muestran aristas y costados inadvertidos antes. Incluso dimensiones distintas. Porque es claro que el tiempo y la oportunidad hacen cosas extrañas y comprensibles a la vez con el tamaño de los asuntos, con la importancia o significación en nuestras vidas de personas y cosas.
Conmovedoras y apasionadas pudieron haber sido aquellas emociones y mociones fulgurosas y haberse vuelto con el tiempo levemente ridículas y tan opacas como prescindibles. Aquella cuenta angustiante que hoy no puedo pagar, tiene grandes posibilidades de transformarse en un vago recuerdo dentro de dos años. Y más probablemente se volverá un nítido olvido. Una antigua relación, un tópico siquiera que haya perdido el sabor que tenía o que creíamos que tenía cuando solamente nos creaba fofas adiposidades intelectuales o afectivas. Una insipidez de asunto o de persona que nuestro gusto inmaduro y liviano no pudo saborear entonces, pero que ahora nos es imprescindible y nutricio.
En cierto y determinado sentido, ojalá que así sea. Y tanto con las penas como con las dichas.
Hay un aspecto dinámico en la existencia temporal de los hombres que pide prestar atención mientras se va viviendo, por lo mismo que nuestra existencia es temporal. Es aquel dinamismo que nos pide, y nos exige, el recuerdo. El recuerdo que nos hace alejarnos a sabiendas y nos hace retornar a sabiendas.
Pero es ese mismo dinamismo connatural a nuestra existencia temporal el que pide, exige, cierto olvido.
Un dinamismo -ni quieto ni vertiginoso- de nuestra existencia temporal que, bien vivido, podría ser el sembrador que sembrara en uno esas formas destiladas de recuerdo y olvido, de presencia y ausencia que los hombres llamamos desaprensivamente silencio.
jueves, 13 de agosto de 2009
Parábola
Proteges a los hombres que te dieron.
Tú los cuidas.
Custodias sus tesoros, que les duelen
como heridas.
Nunca lejos, discretamente dentro
de sus vidas,
aquietas madrugadas de tinieblas,
noches frías.
Los llevas por veredas que no saben
y que alivian
los miedos, las nostalgias, las traiciones
que no olvidan.
Tú proteges al hombre.
Tú lo cuidas.
En los días sin luz, tú eres el aire
que ilumina.
Y si arrecia ese páramo que taja
como astillas,
o un llanto seco de tristeza muda
que se inquina,
vienes con mansedumbre silenciosa
y los miras.
La intemperie de todos los dolores
se apacigua,
y tu voz, en el mar de las tormentas,
es la orilla.
Tu proteges al hombre.
Tú lo cuidas.
Cuando la sombra ahoga la esperanza,
tú respiras;
y si el combate amarga los dulzores
cada día,
los ojos que te buscan no te encuentran,
pero brilla
algo en el pecho que consuela y basta:
medicina
que cura el corazón de cada pena
que mutila,
para que vuelva entero de esas muertes
que moría.
Tú proteges al hombre.
Tú lo cuidas.
Tú, que esperas mirando al horizonte
mi venida,
y sales a buscarme si no llego;
y mi fatiga
restauras con tu vino y que a tu mesa,
ya servida,
la aromas con el sándalo, el incienso
y la mirra,
te apuras a mi encuentro para darme,
inmerecida,
una fiesta en el gozo de tu casa,
que es la mía.
sábado, 8 de agosto de 2009
Agosto
Agosto llega, al fin. Y agosto llaga
con memorias de luz y viento amado.
Viene sereno agosto, puro, alado
y libre en todo. Sé que agosto embriaga
con vinos de quietud. Destila un mosto
que arde en su noche clara y punza leve
de lado a lado el corazón. Agosto,
león de garra firme y furia breve.
Agosto, agosto... Un día, creo, un día
todo agosto será. No habrá más horas
que las de agosto. Y creo que, a tu vera,
no importa cuándo, agosto, yo tendría
en la hierba que estallas o que doras,
verano, otoño, invierno y primavera.
miércoles, 22 de julio de 2009
Clama el viento y ruge el mar
En el Evangelio de san Juan (3, 8), Jesús habla con Nicodemo. Para explicarle algo que el fariseo, “príncipe de los judíos”, no entendía respecto de nacer de nuevo para poder entrar al Reino de Dios, Jesús le dice:
No te maravilles de que te haya dicho: ‘Es necesario que nazcan de nuevo’.No se ponen del todo de acuerdo los exégetas y los Padres al comentar este pasaje ni respecto de cómo tratar a Nicodemo. Uno de los más acerbos es el Crisóstomo, según recoge la Catena Aurea. Duro, diría uno, leyendo los comentarios que trae. Hasta llegar a decir (a propósito de las preguntas que le formula Nicodemo, quien fue de noche a ver a Jesús y comenzó diciendo: ‘Rabbí, sabemos que eres Maestro venido de Dios, porque ninguno puede hacer estos milagros que tú haces, si Dios no estuviese con él’):
El Espíritu espira donde quiere (Spiritus ubi vult spirat, dice en latín; en griego dice: tò pneûma (h)ópou thélei pneî) y oyes su sonido pero no sabes de dónde viene ni adónde va, así es todo aquel que es nacido del Espíritu.
Le llamas Maestro, reconoces que viene de Dios, pero no aceptas lo que dice. Y hablas al Maestro de forma que puedan brotar muchas dudas. Esto -el saber preguntar de cierto modo- es propio de aquellos que no creen firmemente y muchos que así preguntan se han separado de la fe. Porque éstos preguntan: ¿cómo se ha encarnado Dios?; y otros: ¿cómo es impasible? Por lo tanto también éste pregunta llevado por la ansiedad, pero debe tenerse en cuenta que el que mezcla cosas espirituales con sus propios pensamientos habla cosas dignas de risa.Será de oro el pico, pero bastante filoso, por lo que se ve.
El caso es que el Espíritu también es viento, según se entiende desde el Génesis al Apocalipsis.
Y no todo viento que sopla y ventea es un espíritu que debe ser dominado y debe obedecer a la voz que le dice “¡Calla!”. Porque hay un Viento que manda a los vientos.
Hay vientos y espíritus que rugen y aturden sobre el mar rugiente. Y hay un Viento y un Espíritu que los somete y los gobierna.
Y, soplando, los aquieta. Y, clamando, los acalla.
Discernir entre Uno y los otros, oír el viento y saber si es el Viento o son los vientos, no es cosa que el hombre pueda solo y por sí.
Y nos pasa ser como Nicodemo, al fin de cuentas. Y es cuando Jesús, llegado el caso, nos dice lo que a Nicodemo:
¿Eres tú maestro de Israel e ignoras estas cosas? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que vimos y no aceptáis nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenas y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?
viernes, 17 de julio de 2009
El ruido del mar
No el mundo creado sin más, claro. La vorágine del mundo, la mundanidad del mundo opuesta al designio original que lo creó. La agitación tenebrosa y amarga de este mundo, que confirma san Beda, explicando el sentido alegórico de los elementos del pasaje. "Tú dominas el poder del mar, y calmas la agitación de sus olas", cita san Cirilo el Salmo 88, en el mismo sentido.
Poder y agitación. Pavorosos en el mar. Otro poder y una quietud gloriosos en Él.
En ese sentido, el mundo es por sí mismo ruido. Un ruido tan ensordecedor como sutil. Tan evanescente como poderoso. Tanto estrépito como susurros.
Batirse de vientos y olas parece ruido fuerte. Cualquiera que haya visto el mar lo sabe, nada más fuera parado en sus orillas, frente a su poder y su ruido. El que navegó una tormenta en el mar, lo sabe; siquiera quien vivió un mar ‘picado’ navegando sobre él, lo sabe. Y hasta el que navegó a secas lo sabe. Ese poder tan raro, ese dominio, esa seducción del mar.
Es poderoso el mundo mar. El mar del mundo.
Dicen también los exégetas que este mar bravo es tentación y tribulación. No sólo ruido de sonidos, sino vacíos de negrura y desesperanza. Olas de preocupaciones y agitaciones. Amargas, al fin, aunque tal vez dulces un tiempo en la boca, como el Libro de la Revelación que dice el Apocaleta, en otro sentido.
Tinieblas de mar, tinieblas de viento en el mar.
También se entiende así, por ejemplo, ante las dos pescas milagrosas, con un signo muy fuerte en la segunda y última pesca, Jesús resucitado en la playa y los hombres en el mar, como comentan san Gregorio, san Agustín, san Jerónimo y otros. Lo espiritual y el mundo.
Pobre mar, dirá más de uno. Y sin embargo, allí lo tenemos, campante en su símbolo.
Pero el ruido del mar es lo que importa ahora.
La agitación del mar. La agitación –con ruido o sin ruido–, el ruido como tiniebla y desazón, el ruido como angustia y ansiedad, el ruido como soledad estéril, el ruido como palabras huecas y movidas por la acedia y la desesperación. El ruido del mar en medio de los ruidos del mundo, la misma cosa. En la oscuridad del alma que teme quién sabe cuántas cosas del mundo mar, que teme según la mundanidad del mundo mar. Que teme los sustos mundanos, que se ahoga en las esclavitudes del mar. Que se ahoga, sin más.
Amarguras, ansiedades, temores, dolor, angustias, vacíos, soledades, desesperanzas.
El ruido del mar. El ruido sin ruido del mar. El ruido oscuro del mar que agita y nos agita. La tiniebla del ruido del mar. Tribulaciones sordas del ruido del mar. Preocupaciones vanas del ruido del mar. Angustias prepotentes del ruido del mar. Falsas ocupaciones oyendo el ruido del mar. Inquietas preocupaciones que son más ruido en el mar. Los vientos vanos sobre el mar y dentro del corazón ruidoso frente al mar ruidoso, agitado, amargo, oscuro.
“¡Calla!”, dijo Jesús.
Y el viento se calló. Y el mar se calmó.
En una de las tempestades calmadas, Jesús deja a los hombres toda la noche en el ruido del mar, en la agitación amarga, en la tiniebla. Dicen los Evangelios que, recién a la cuarta vigilia, fue a ellos caminando sobre el mar tempestuoso e hizo ademán de pasar de largo (en otra noche triste y ventosa, en Emaús, haría el mismo gesto, ya resucitado).
San Hilario dice, comentando este pasaje de san Mateo, que la cuarta vigilia de la noche es la última anterior al día, esto es, el tiempo de la venida en Gloria de Jesús al final del tiempo. Los hombres han estado toda esa noche anterior batidos por las olas, aterrados y descorazonados por los ruidos del mar. Y por los silencios de Dios. Y por los silencios ruidosos y agitados de su propio corazón, que no son el mismo silencio.
Habló Jesús esa vez a los hombres que estaban sobre la barca agitada, les dijo que no temieran, que era Él y así lo reconocieron. Tanto que Pedro pidió ir a Él en medio del ruido del mar y la agitación del viento sobre el mar. Y fue, pero aunque no había temido lo más, que era caminar sobre el mar, temió lo menos: temió el ruido del mar y el ruido del viento feroz y así comenzó a hundirse, hasta que Jesús tomó su mano y lo rescató.
Esta vez, al poner Jesús un pie en la barca, el ruido cesó, el viento se aplacó y la nave fue muy rápido al punto de la playa de la tierra al que iban.
El ruido del mar es hoy también el mundo en su agitación amarga y tenebrosa. Y el eco de esas tinieblas y amarguras en nuestro corazón, también es el ruido del mar.
Nuestro silencio estéril, nuestras vocinglerías estériles. Nuestra angustia, nuestra desorientación y desazón. Nuestras presunciones, nuestras desesperanzas.
Ruidos de mar.
Ese ruido se detendrá cuando Él lo mande, claro.
Cuando le impere “¡Calla!” al mar y al viento. Cuando ponga un pie en la barca, en la cuarta vigilia.
A veces tratamos de tapar el ruido del mar con más ruido. Pretendemos aquietar la agitación con nuestras propias agitaciones e inquietudes.
Vana cosa. Vana luz tenebrosa, vana quietud inquieta, vano coraje temeroso, vana impavidez temblorosa.
Es parte del tiempo, se ve. No importa de dónde viene el ruido del mar. Un día serán las hipotecas tóxicas, otro las guerras y sus rumores, otro K o el neoliberalismo, otro el tsunami, otro la sequía, otro la precariedad de la vida, otro la Iglesia y sus cosas y sus dichos y silencios y sus hechos y omisiones, otro las pandemias, otro la muerte y los desamores, otro y otro y otro más. Y nuestros propios ruidos que cada quien sabe y oye, y nuestras agitaciones propias que cada quien sabe y mueve. O todo junto.
Se agita el mar. El ruido es espantoso. En el corazón del mar y en el mar del corazón. La furia del viento barre el aire y seca el alma.
Sí.
Pero más grito sólo será más ruido. Más agitación sólo será más viento.
La noche es larga.
Y el que duda se hunde, así como el que estira su mano es rescatado.
Llegará a la cuarta vigilia de la noche, o dormirá sobre un cabezal en la popa mientras el mar grita ruidos de mar y el viento azota vientos sobre el mar. Pero llegará.
Y dirá “¡Calla!” y se callará. Pondrá un pie en la barca y todo será calma.
Un día, un preciso día, lo hará. Lo volverá a hacer, como lo hizo en Genesareth.
Pero lo hace ya, lo está haciendo cada vez. Cada vez que alguno sabe que Él puede decir “¡Calla!” al mar y al viento, aunque no lo diga cuando yo quiero. Cada vez que alguno sabe que al poner el pie en la barca habrá ya calma, aunque no lo haga cuando yo quiero.
Cada vez que uno confía en que lo hace. Y en que Él es el único que lo hace.
Lo demás es ruido de mar.
martes, 14 de julio de 2009
Subida
Senda del Monte Carmelo: espíritu de perfección:
nada, nada, nada, nada, nada, nada, y en el monte, nada.
(Manuscrito de san Juan de la Cruz
con un dibujo del Monte Carmelo y dichos,
para las monjas del Carmelo descalzo de Beas)
Nada en el corazón y el sol del cielo
lúcido iluminando todo; y nada
queda en el corazón; ni su desvelo:
del suelo al cielo vuela su jornada.
Se lleva el aire al corazón en duelo,
sin dolor en el vuelo; y la mirada
toda mirando al cielo y nada al suelo
y va de vuelo al cielo, que es morada.
Sol en el corazón y el cielo, en celo,
amante busca el vuelo de la amada
sol del cielo, de puro iluminada;
ya sin duelo en la tierra sin consuelo;
y en esa luz de cielo consolada,
amante amada, que rindió su anhelo.
viernes, 26 de junio de 2009
Segundo fuego
La luz
Hay sombras en el aire dolorido.
Y el tiempo pasa en sombras y violento.
Sombras la tierra, el cielo ensombrecido.
Nubes de sombredales en el viento.
Y en sombras los recuerdos y el olvido.
Y el miedo que en las sombras drena lento.
Sombra en el mar y en el mañana huido.
Y el frío de la sombra en el aliento.
Pero, ¿son sombras esta flor y el día?
¿Sombras el vino, el árbol, mis amores?
¿Sombras la estrella, el canto, los dulzores?
¿Sombras un niño? ¿Sombras la alegría?
¿Sombras la voz humilde que porfía?
¿Y sombras el aceite en los dolores?
La sombra
Baja la tarde de este cielo en llamas.
El fuego al occidente pare estrellas
y una luna cremosa en trazas bellas
talla el cielo de luz y libra escamas.
Un incendio aromado de retamas
a una nostalgia hiriente alumbra huellas.
Y en un aire de rayos y centellas
fulge y goza la brisa entre las ramas.
¿Hay luz para los clavos de la cruz?
¿Es el mismo el dolor si crece en luz?
¿La tristeza? ¿La herida? ¿El desconsuelo?
¿No esplende el gris si se ilumina el duelo?
¿No viene de lo oscuro el alba al cielo?
¿Y no alumbra la pena en su trasluz?
Muerte en Barbara
Todos los hombres son mortales reza
la premisa mayor universal
y la menor sostiene por igual
que la del hombre es mi naturaleza.
Miro el papel, repaso cada cual.
No hay dolor en las letras ni tristeza.
No hay más que gloria y además belleza.
Todo está bien en ellas. Nada mal.
Una planicie tersa, sin abismo,
tan nítida, rotunda y luminosa:
la elegancia sin par del silogismo
del principio hasta el fin. Sólo una cosa
alerta al corazón: esa imperiosa
conclusión que dejó sobre mí mismo.
martes, 23 de junio de 2009
La luz cantada
Entonces al mirar con la mirada
vi el cielo de esta tierra. Se veía
la nube que sumisa traducía
un horizonte en flor de llamarada.
Entonces de la nada aparecía
una bandada gris y otra bandada
negra. Y en hebras de una voz callada
vi unos vientos rugir. En esta fría
tierra, hay hombres que cantan todavía.
Y se oye una canción. Bien acordada
suena. Y al son que da la melodía
suena una luz y una verdad. Velada
va la nostalgia. Hay un silencio. Un día
florecerá esa luz, de tan cantada.
domingo, 21 de junio de 2009
Este muelle
Este muelle de mar no me despide.
Ni esta costa, estas piedras, la madera
viva de sal y muerta de vaivenes,
que sostiene este borde de la tierra.
Desde este muelle gris no es la partida
ni se va desde aquí a ninguna parte.
Sólo son tablas. Los viajeros llegan
y miran el abismo, soledades.
Oyen rumores de agua y aves. Temen
los rugidos voraces y los vientos
feroces de lugares infinitos.
Pero este muelle solo no es frontera
ni límite de todo. Solamente
es la espera mientras el mundo pasa.
martes, 16 de junio de 2009
De taciturnitate
1 Faciamus quod ait propheta: Dixi: Custodiam vias meas, ut non delinquam in lingua mea. Posui ori meo custodiam. Obmutui et humiliatus sum et silui a bonis. 2 Hic ostendit propheta, si a bonis eloquiis interdum propter taciturnita tem debet taceri, quanto magis a malis verbis propter poenam peccati debet cessari.
3 Ergo, quamvis de bonis et sanctis et aedificationum eloquiis, perfectis discipulis propter taciturnitatis gravitatem rara loquendi concedatur licentia, 4 quia scriptum est: In multiloquio non effugies peccatum, 5 et alibi: Mors et vita in manibus linguae. 6 Nam loqui et docere magistrum condecet, tacere et audire discipulum convenit.
7 Et ideo, si qua requirenda sunt a priore, cum omni humilitate et subiectione reverentiae requirantur. 8 Scurrilitates vero vel verba otiosa et risum moventia aeterna clausura in omnibus locis damnamus et ad talia eloquia discipulum aperire os non permittimus.
En algunas traducciones, creo que atinadamente, este capítulo se llama El Silencio.
1 Hagamos lo que dice el Profeta: "Yo dije: guardaré mis caminos para no pecar con mi lengua; puse un freno a mi boca, enmudecí, me humillé y me abstuve de hablar aun cosas buenas" (Sal 38,2-3). 2 El Profeta nos muestra aquí que si a veces se deben omitir hasta conversaciones buenas por amor al silencio, con cuanta mayor razón se deben evitar las palabras malas por la pena del pecado.
3 Por tanto, dada la importancia del silencio, rara vez se dé permiso a los discípulos perfectos para hablar aun de cosas buenas, santas y edificantes, 4 porque está escrito: "Si hablas mucho no evitarás el pecado" (Prov 10,19), 5 y en otra parte: "La muerte y la vida están en poder de la lengua" (Prov 18,21). 6 Pues hablar y enseñar le corresponde al maestro, pero callar y escuchar le toca al discípulo.
7 Por eso, cuando haya que pedir algo al superior, pídase con toda humildad y respetuosa sumisión. 8 En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar, y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones.
Si uno lo lee extremando el contexto, podría pensar 'esto no tiene nada que ver conmigo, que ni monje soy...'
Y es claro que, así, esto está dicho para el monje, que no es un hombre en una vida corriente, sino enclaustrado bajo una regla de perfección. Y digo esto para que no se entienda que una disciplina de esta laya es aplicable sin más a cualquiera. Tanto para que no lo entiendan mal los del celo impertinente, que quieran medir con esta vara velis nolis y hacer monjes o símil monjes hasta de las piedras, como para que no lo entiendan mal sus adversarios de la vita dolce, que caerían con una excomunica por abuso contra la libertad de expresión inarrugable, ipso facto pronunciadas las palabras del fraile Benito.
Pero, a mi sabor, algo de universal hay en estas sentencias aplicables según y conforme a todos en, diría, toda circunstancia. Mírese bien y creo que con buena leche y recta mirada, se verá.
En lo que a mí toca, una cita del libro de los Proverbios que allí figura me acompaña desde hace decenios de años. Y creo que es aplicable a todos, y obligada más aun para el que tenga a la palabra como casi única vía y herramienta de casi todo lo que parece que le toca hacer en este mundo (además de portarse lo mejor que pueda en este mundo y estarse en condiciones de pasar a la otra vida en buen estado).
Mors et vita in manibus linguae, de eso se trata aquí, es tan espantable como prometedor. Después de todo dice mors y dice vita, no sólo mors. Del mismo modo, y por esto mismo, creo que no solamente hay que acentuar excesivamente el aspecto taciturno de la cuestión, sino que hay que observar también el parlante.
También la vida y no solamente la muerte está ‘en manos’ de la lengua. Y del hablar y el 'callar', claro, que eso quiere decir. Y hablar se habla de pensamiento, de palabra y por omisión, si uno lo entiende bien. También –y para completar la tetralogía– se ‘habla’ con las obras, pero eso es materia de otro asunto.
La cuestión para mí ahora, dicho todo lo anterior, es otra.
En este sentido de los textos bíblicos y de la Regla, suele pensarse, y no sin razón, en la palabra -y sus efectos- en tiempo presente y pasado. Si acaso se piensa en el futuro, se lo hace en razón de lo que será la cosecha transhistórica de nuestras palabras históricas: o mors o vita. Lo que digamos ahora irá al pasado y parece que allí quedará esperando, pero además habiendo hecho –y tal vez haciendo durativamente– lo que haya hecho al ser dicho (herida, consuelo, confusión, consejo, luz, tiniebla, en nosotros primero y en el otro después) y seremos juzgados por ello después del tiempo, allá en el Juicio, uno de cuyos capítulos será, precisamente, lo que hemos dicho. Y callado, por cierto, virtuosamente o no.
Muy bien.
Podríamos ir más adelante con este asunto, pero no es eso lo que querría ahora, porque hay otro aspecto que me interesa respecto de la virtud de las palabras, no referidas al después metahistórico, sino al después histórico.
Una peculiar relación entre las palabras que decimos, particularmente las proferidas, y nuestros actos. De modo que, según lo que quiero decir, las palabras que decimos arrastren desde el futuro nuestras acciones, futuras o presentes.
Se trata, en ese caso, de hablar (y callar) de tal modo que podamos y debamos hacer lo que hemos dicho (o callado). Que el haberlo dicho (o callado) nos embrete, por cierto que no de modo enteramente fatal porque eso sería pecado contra la esperanza, pero sí serio y para nada trivial. Hacer verdad mañana nuestras palabras (y silencios) de hoy.
No es sólo el hecho de ser íntegros en nuestros dichos y no baladrones, de modo que no digamos nada que no sepamos o que, por fanfarrones, no podamos solventar. No se trata solamente, en esto que estoy diciendo, de ser honestos, cabales y responsables, no se trata de simplemente hablar lo justo y necesario y callar cuando es prudente y conviene justamente.
Estoy pensando, en todo caso, en una relación delicada entre prudencia y palabra, de modo que, como ya dije, la palabra sea el motor futuro de nuestros actos futuros, y no por los actos en sí, sino por nosotros mismos, pues, en definitiva, nuestros actos tienen por objeto el bien propio, la propia perfección. No estoy pensando en los actos del arte o las manufacturas, sino, aun cuando estos u otros de este tipo queden incluidos, pienso en especial en el aspecto humano de todos nuestros actos. Nuestras palabras dichas, debieron haber sido dichas de tal modo que nos sirvan para obrar, como un modelo, un eidos, una forma anticipadamente formulada y posteriormente realizada. Por cierto que, aunque entendido con cierta acuidad, esto debe ser aplicable y aplicado también a la taciturnidad, al silencio, un modo de lenguaje humano no menos importante y significativo.
Y, por ahora, hasta aquí llego.
domingo, 14 de junio de 2009
Niebla (XIII)
Así las cosas, su primera grandeza es la de la especie de seres a la que pertenecen. Los Elfos son grandes por naturaleza. Así los hizo Eru y son los mayores de sus hijos compuestos de cuerpo y espíritu. Todas las otras ‘razas’ corpóreas e inteligentes son en este sentido inferiores a ellos, inicialmente: Hombres, Hobbits, Enanos (aunque estos últimos tienen además el estigma de su origen subcreado en Aulë, como se sabe.)
A su vez, hay Elfos que superan al resto de los de su ‘raza’ en razón de las excelencias de su origen. Y estos son los tres primeros linajes Vanyar, Teleri y Noldor. Entre ellos, a su vez, hay diferencias y ciertas disposiciones que, si bien no autorizan a enhebrarlos jerárquicamente sin más a partir de ellas, permitirían tal vez decir que unos son más celestes, otros más acuáticos y otros más terrenos. Todos ellos, como se saben, son a su vez estelares, pues estrellas es lo primero que vieron al ‘nacer’ y aman eso más que nada. A partir de estos linajes originarios, se fueron diversificando –aunque no demasiado- y en cualquier caso lo hicieron siguiendo eso que llamo y parecen ser sus disposiciones naturales.
Por último, hay grandeza personal en algunos Elfos que se suma a las anteriores que ya poseen, actual o potencialmente. Esta grandeza personal, además de poder estar asociada a su antigüedad en la existencia como a su linaje, supone en tal caso una característica propia de un individuo de esta ‘raza’. De modo que además de poder ser grande porque es un Elfo, puede ser grande entre los Elfos por razones propias suyas individuales. Incluso, aunque es menos frecuente, saltando por encima de su linaje o antigüedad. Así todo, parece manifiesto que los más antigüos y altos, son los que pueden o podrían ser los mayores y eventualmente los mejores, en razón de esas condiciones.
Por cierto que todos los Elfos son susceptibles de obrar mal y de malearse, como es posible para toda creatura espiritual y por lo tanto inteligente. No debería olvidarse a este respecto que no habría mal sin espíritu y esto significa, primeramente, sin inteligencia y por cierto sin voluntad. En el caso de los Elfos, particularmente, una causa próxima de este maleamiento suele ser frecuentemente el mundo material, del que tienden a enamorarse, así como las obras de sus manos asociadas a la materia, en virtud también sea dicho de su inconmensurable creatividad y pericia. El mundo de lo bello, particularmente, pero también el mundo de lo grande y potente, más de una vez los ha puesto en complicaciones y no pocas veces esas complicaciones han sido funestas y fatales, no solamente para ellos.
La cuestión de su durabilidad en este mundo, su permanencia y su peculiarísima condición temporal y frente a la muerte –ese misteriosamente llamado don de Ilúvatar a los hombres–, es también un factor importante para comprender el talante élfico. Así, la permanencia corre en ellos pareja con su amor por este mundo material, así como con su nostalgia. Para algunos, se trata de una nostalgia específica en razón de su historia personal, como es el caso de los que añoran el Reino Bendecido por haber estado centurias o milenios lejos de allí, o por las circunstancias en las que se alejaron de él. Para otros, el mero contacto y conocimiento de este mundo material -o de algunas partes de él- les despierta tanto amor como melancolía. Tal el caso de los que añoran el mar, los bosques o simplemente Arda. Pero para todos ellos, parecería que el tiempo transcurriendo es tanto una fuente de un intensamente sabroso paso por el mundo, como un agridulce exilio. Esta condición parecería acrecentarse y agudizarse todavía más, después de la salida de Valimar de los lugares de Arda, la tierra, y aun de Eä, en tanto universo material, cuando la morada de los Valar salió de este mundo.
Otra cuestión a estos respectos, y en relación con el mundo imaginado por Tolkien, es la sensación que tiene todo lector de sus dos obras más conocidas, pero aun de El Silmarilion, en cuanto al papel de los Elfos en ese mundo imaginario.
Creo que el lector –más allá de que sepa o advierta por ejemplo que El Señor de los Anillos tiene como punto de vista de la narración la mirada hobbit, y tal vez por ello mismo– puede sentir que hay una impronta ‘elfocéntrica’ en los relatos.
Pero, ¿es efectivamente así? No es asunto que importe inmediatamente ahora pero, sin duda alguna, las historias de Tolkien no son ‘hobbitcéntricas’. Por otro lado, tal vez, cosas dichas a propósito de los Hombres en los escritos que se refieren a las edades primeras, como el final mismo de la saga del Anillo y su Guerra final, permitirían al menos hacer competir a Elfos y Hombres en cuanto a su centralidad en la obra. Como digo, no es un asunto que importe ahora. Pero no deja de tener alguna relación con mi propósito en torno a la figura de Galadriel. Por cierto que los Elfos lamentan el final de lo que ellos consideran sus edades –si es que ese tiempo era el de su predominio efectivamente–, así como parecen lamentar que con el final de sus días en Arda –y tal vez en Eä misma– comiencen los días de los Hombres, como si con ello advirtieran una degradación en la historia (no en el relato, sino en la Historia) en general y en la atención y cuidado de las vastedades de Arda en particular. Si ese lamento es efectivamente así, habría que ver si es enteramente lícito, o si es una inadvertencia de los Elfos, quienes tal vez no puedan sino ser ‘elfocéntricos’ en su mirada de las cosas de este mundo.
Más allá de sus dones naturales, más allá de las inocultables y celebrables virtudes de estos feéricos y altísimos seres, mi condición de Hombre (por Hobbit que uno pueda sentirse) me inclina inevitablemente a pensar que no solamente hay una parte de la entera historia (no de la narración) que los Elfos no terminaron nunca de entender –y digerir–, aun cuando muchas cosas veía su perspicacia y algunas otras les fueron reveladas al respecto, especialmente en cuanto al amor que Ilúvatar tiene por los Segundos Nacidos y, consecuentemente o no, respecto del papel que Eru quiso para ellos, vista la historia de cabo a rabo, más allá de los resplandores de las edades primeras en las que los Elfos habitaron este mundo y eran protagonistas casi exclusivos.
Nota en el margen
Sé que hay toda suerte de lectores de estas cosas. Como los hay de esta bitácora. De modo que no me demoraré mucho en explicar cuál es el valor que le doy a estas cuestiones y al entendimiento que busco de las obras de Tolkien (como de otros asuntos y autores) y el valor que le doy a la interpretación para varios propósitos de lo que dice literariamente en ellas y aun ensayísticamente en sus Cartas, por ejemplo. Y no creo que deba dar demasiadas explicaciones, no muchas más que las que se traslucen de estos escritos que vengo llevando, y esto no por menosprecio, impaciencia o malhumor sino porque a unos nunca les harán falta (o casi) y a otros no les alcanzarán (ni les servirán) nunca.
Se entiende que, cada quien que lleve una bitácora, la lleve según su gusto y, presumiendo su buena fe, la lleve a su leal saber y entender, diciendo lo que cree debe decir y decirse, del modo como le parece más atinado o prudente, y pulcro, claro, en su doble sentido. Y lo digo aun cuando en algunos casos esos sean presupuestos difíciles de probar. O de creer.
Con todo, y sé que no es infrecuente en este mundo, siempre se ve uno tentado de decirles a eventuales lectores, especialmente cuando son o se muestran (hiper)críticos o simplemente gruñones –y hasta a los malparidos–, que si no les gusta esta bitácora se busquen otra a su gusto.
Es una tentación, claro, que debo confesar que pocas veces me ha rondado. Y a veces parece harto justa. Pero creo que no debe hacerse. Tengo afecto por los eventuales lectores, críticos o no, gruñones o no, malparidos o no. Creo que son buenas gentes. Por otra parte, los sé independientes y distantes, casi exactamente a la distancia en que el propio autor de la bitácora los coloca.
Debo agradecer el que no pocos hayan probado su buen sentido más de una vez y otros me hayan ayudado mucho en algunos casos, espontánea y generosamente. Pero entiendo, además, que son inteligentes y algunos muy. De modo que creo que hago bien si supongo que su inteligencia y buena fe les dirán cuándo algo no ha sido escrito para ellos. O cuando están sobrando. Por aquello de lo que se habla, o por lo que se dice, o por quien lo dice o por lo que fuere. Tanto da.
jueves, 11 de junio de 2009
Primer fuego
La barba sobre el pecho, somnoliento y alerta,
miro el fuego. Unas brasas de pino y de laurel,
las hojas de unos robles que bailan, se levantan
en cenizas de cobre. Y trozos de papel
que humean tintas nobles que no sabré qué dicen,
y que habrán dicho tanto quién sabe para quién.
Un aguardiente enciende los ojos entornados.
Un tocón por asiento, y en las manos el cruel
punzón de las heladas escasas de estos días
que intimidan la hierba, sin hacer mal. Ni bien.
Siento el aire que esquiva el frío de la tierra,
y hecho calor reseco sube y ronda mi sien.
Oigo crujir las ramas, las cortezas dormidas
que las llamas trituran. Silba lejos un tren.
La luna hiela sombras. El mundo sueña quieto.
La noche pasa. Y todo. Menos el fuego fiel.
miércoles, 10 de junio de 2009
Niebla (XII)
Tal vez las dos se resuman en una sola pregunta: ¿Cómo es Galadriel?
Por supuesto que estoy perfectamente de acuerdo con cualquiera que dijere que se trata de un personaje literario en medio de una composición literaria, con todas las limitaciones que esto supone para el análisis o la interpretación del asunto. Cuidado, sin embargo, con establecer lo literario como un ámbito tan cerrado y concluso, con reglas y códigos tan propios que no admitan más claves que las internas a la obra. Cuidado también, hay que advertirlo, con pretender una coherencia tal que nada se escape a la creatividad del autor, a su sintaxis cósmica subcreada, al orden que le ha dado a los asuntos y a las gentes en medio de tales asuntos. Es claro que solamente hay un autor capaz de lograr una obra tal en la que hasta las imperfecciones y contingencias estén ante su vista siempre. Una sola obra podría preciarse de no tener inconsistencia alguna en ningún sentido. Y por cierto que no es la de Tolkien, como no lo es ninguna de las hechas por mano de hombre. Pero cuidado también con desdeñar la potencia de lo literario en orden a la verdad y al bien, no sólo a la belleza. Ya hace milenio y algo más que un hereje donatista acusó a san Agustín de falsear la verdad y creyó que probaba su acusación imputándole el hablar con figuras. Y ya hace la misma cantidad de tiempo que san Agustín le contestó.
Voy, con esta advertencia dicha, a las dos cosas.
Para mirar una de ellas, no se puede sino con la asistencia de lo que el autor del personaje dijo, sugirió o esbozó respecto de ella.
Por una parte, sabemos que Galadriel pertenece a un linaje augusto de elfos primigenios, pero al mismo tiempo al más problemático de los tres linajes de aquellos que son llamados los primeros nacidos como hijos de Eru. Sabemos también que en determinado momento toma su camino hacia la Tierra Media –camino personal, si se quiere, pero no solamente personal-, y que tomarlo supone eo ipso una desobediencia a los poderes angélicos que inmediatamente gobiernan Arda. Sabemos que todos los que tomaron ese camino desobedecieron formalmente, sabemos que algunos siguieron a Fëanor de buen grado, y otros –ella, por caso y algunos de su casa- marcharon primero con él, no exacta y completamente por él; y que después incluso fueron en su, digamos así, persecución; pero –y en su caso explícitamente- sabemos que algunos fueron a la Tierra Media también por motivos propios que no eran enteramente los de Fëanor. Sabemos positivamente que no formuló aquel terrible juramento impío que pronunciara Fëanor en el colmo de su rebelión y fatuidad y otros con él; como sabemos que no participó de las matanzas de los Teleri y que, más tarde, ella y otros elfos de su propio linaje sufrieron una traición por parte del mismo Fëanor. Sabemos que, pese a esto último, la maldición de Mandos, y de los Valar de Valinor, pesa también sobre ella, como sobre todos los que, cuando fue proferida, no aceptaron volver a Valinor ante el indulto que en esa misma ocasión ofrecieron los Valar a los desobedientes, y después asesinos de los Teleri. Sabemos que de todas las veces que pudo haber aceptado o pedido perdón y haber vuelto a los Valar a lo largo de milenios, sólo aceptó en la última oportunidad. Sabemos, además, que precisamente recién estuvo en condiciones de volver al Reino Bendecido, al haber pasado la prueba a la que se enfrentó cuando Frodo le ofrece el Anillo Único, que ella rechaza. Por último, sabemos que está en la Tierra Media porque “anhelaba ver las amplias tierras sin custodia y gobernar allí un reino a su propia voluntad” y que había dejado atrás las terribles penas de ese pasado anterior a su llegada a la Tierra Media y que aceptaba de buen grado cualquier alegría que hubiera en esa tierra, sin recuerdos que la perturbaran, al menos visiblemente, y al menos hasta que estuvo por terminar la Tercera Edad y fue la Guerra del Anillo; porque, para entonces, Galadriel tenía una nostalgia explícita del Reino Bendecido de los Valar (un lugar ya fuera de este mundo), todo lo cual sabemos por su propia declaración. Sabemos que pasó la prueba, que irá empequeñeciéndose, y que marchará al Oeste. Y que entonces, al final, seguirá siendo Galadriel. Sabemos además que Lothlórien es un lugar separado, por su propia presencia y acción (y la de Celeborn, su esposo), y que es aquel reino que ella quería gobernar a su propia voluntad; y que en esa tierra su mano plantó o hizo crecer una belleza inigualable y que es un lugar en el que -como en Galadriel-, al decir de Aragorn “no hay ningún mal”, a no ser que un hombre lo lleve allí él mismo.
Por otra parte, la segunda cuestión sobre Galadriel tampoco puede ser vista enteramente sin el concurso de su autor.
Además de lo que el autor dice respecto de ella en la ficción, nos dice que es una penitente y que es inmaculada. Bien que dice estas cosas no a la vez sino en dos momentos distintos de su vida, respecto de una materia que de suyo es dinámica, porque la composición de un personaje –más en el caso del que se trata y por el tipo de composición que Tolkien encaró- no se inmoviliza ni se petrifica en el tiempo, o una vez que ha sido volcada en el papel.
Aun siendo así –y es natural y razonable que así sea-, Tolkien nos exige con ello hacer algún análisis.
Sabemos que Galadriel es alta y grande, en sentido ontológico, espiritual y moral. Es un personaje de tragedia, no de comedia, dicho en términos clásicos. Sabemos que es un ser alto y bello, tanto que su asociación con rasgos de la Virgen María no es caprichosa ni forzada. Sabemos por supuesto a la vez que alta y buena no se oponen en contradicción, como tampoco stricto sensu se oponen de ese modo alta y penitente, ni siquiera penitente y buena. No hay contradicción en esos términos y bien puede ser Galadriel al mismo tiempo algunos de esos pares. También y con más razón parece posible que Galadriel fuera alta e inmaculada, que es parecido a decir que es alta y buena, aunque parecido y no idéntico, porque propiamente hablando no todo bueno es inmaculado. Sabemos a este respecto lo que ya se ha dicho en cuanto a que en ella no hay mal alguno, según Aragorn, que se parece mucho a decir que es inmaculada o a decir que es buena. Pero se parece, otra vez; no es propiamente idéntico.
Con todo y eso, está claro entonces que Galadriel no puede ser penitente e inmaculada a la vez. Porque eso sí – simpliciter y aun secundum quid, como dirían los filósofos- es una contradicción.
Si Tolkien hacia el fin de sus días pensó distinto respecto de Galadriel, como aparece en su correspondencia, algo tendrá –o tendría- que modificarse en la historia de Galadriel. O habrá que mirar con mucha atención si hay o no una razón consistente y real para que, en sus milenios, la Dama se haya vuelto una penitente. Ocurre que en la historia parecería que sí hay motivos suficientes para que tenga algo de lo que arrepentirse, algún perdón que pedir, alguna penitencia que cumplir, y parece haberlo no solamente en los actos exteriores, no solamente en la desobediencia, ni en la renuencia al perdón, sino tal vez –y aquí hay que caminar con temor y temblor...- en esos actos interiores que parecen traslucirse en motivos como aquel anhelo de llegar a ver aquellas amplias tierras sin custodia y gobernar allí un reino a su propia voluntad.
Sin embargo, sigue allí el trazo algo grueso con el que Tolkien trata de esbozar, al final de sus días, una razón distinta para el camino –con la intención y los actos que suponen ese camino- de Galadriel hacia la Tierra Media.
Ahora bien, creo que si Tolkien pudiera incluir eso en la historia, debería cambiar también partes de ella y partes importantes no sólo al comienzo, sino también al final, incluyendo en particular un cambio notable en los motivos de aquel discurso ante Frodo y aún más en los de los dos bellos cantos de despedida que canta frente a él partiendo de Lórien.
No encuentro objeción para que Tolkien hubiera cambiado eso, si así le parecía. Incluso para que le hubiera dado a esos cantos de Lórien motivos distintos de los que aparecen en la historia tal y como está actualmente.
Diría, eso sí, que si hubiera habido tales cambios, habrían sido grandes cambios. Y cambios más que necesarios, de algún modo, porque no puede sostenerse con la historia tal y como está, en sus partes y en el todo, que Galadriel sea inmaculada y no tenga razones para arrepentirse; ni puede sostenerse, sin violentar algo importante en el relato, que su salida de Valinor la enhebra en una fatalidad frente a la que –precisamente por lo que tiene de involuntario- ella nada puede, salvo sufrir las consecuencias.
Y hasta aquí llego.
Con toda esta larga relación, sin embargo, creo que por ahora parecería que apenas si llegamos a una conclusión provisional: o Tolkien pretendió deshacer desde la raíz lo dicho respecto de Galadriel en sus obras o esa carta contiene algún tipo de desacierto, lo que no tendría por qué escandalizar a nadie, dicho sea de paso. Hay una tercera posibilidad, tal vez, que no voy a exponer ahora.
En todo caso, una vez presentadas así las cosas, me queda todavía tratar de ver cuánto en este personaje alto y bueno (y penitente) dice algo respecto de eso que viene llamándose aquí el problema del bien.
martes, 9 de junio de 2009
Afinación
Otra cosa, claro, es que a uno le guste la música. Oírla con encantamiento y paladear lo que se alcance. Y me ilusiono a veces pensando que si santo Tomás entendía a Aristóteles y a Platón sin saber griego, bien podría serme propicia Euterpe, la de genio amable, y permitirme saborear la carne sin tener que masticar los huesos. Tonteras del iluso, me digo; pero sigo oyendo, mientras aparto con displicencia cordial notas, partituras y otros ilustres andamios necesarios.
En estos días, sin ir más lejos -y es la razón en parte de esta entrada-, estuve frecuentando por casualidad a Heinrich Ignaz Franz von Biber, un austro-bohemio del siglo XVII, de quien había oído incompleta una obra suya, unas sonatas que portan el bonito y musicalísimo nombre de Harmonia artificioso-ariosa: diversi mode accordata.
Entre otras ventajas, lo que oí resulta una compañía de lo más adecuada para andar por los trabajos que me trae el problema del bien, ese mosto que todavía no da del todo vino, sino una vinasa (decían mis ancestros), que apenas es bebida para chicos.
Me puse a ver algo sobre el austro-bohemio y entendí que el ejecutante y compositor era un virtuoso del violín, que tiene características distintas del barroco típico (allí entramos en especificidades técnicas que son prendas ajenas para mí...), cosa que en cierto sentido agradecí. Vi también que en estos últimos tiempos le han atribuido una obra que consideran descomunal: una misa para 53 voces e instrumentos (Missa Salisburgensis, de 1682), que dicen ser la mayor obra contrapuntística anterior al siglo XX, dato que no deja de impresionarme, al tiempo que me deja completamente frío, mal de mis pecados artísticos.
Y hay algunas otras cuestiones del estilo con las que, y más aún dichas por la boca de un ignaro, no conviene seguir aburriendo al amable lector.
Pero entre los datos, figuraba un asunto sabroso, creo.
La música de Biber ha experimentado un redescubrimiento, debido en parte a sus sonatas del Santísimo Rosario. Esta notable serie de 15 sonatas también se conoce como Sonatas del misterio (refiriéndose a sucesos importantes en la vida de la Virgen María y Cristo, y también como sonatas de los grabados de cobre (por los grabados que encabezan cada una de ellas). Cada sonata emplea una afinación distinta del violín. Este uso de la scordatura hace que el violín vaya del placer de los cinco misterios gozosos (la Anunciación, etc.) al trauma de los cinco misterios dolorosos (la Crucifixión, etc.), pasando por lo etéreo de los cinco misterios gloriosos (la Resurrección, etc.). También es simbólica la reconfiguración del violín: por ejemplo, las dos cuerdas centrales del violín están intercambiadas en la sonata de la Resurrección.Dejo piadosamente de lado la fuente de este párrafo y más aún paso por alto la dicción de los asuntos a los que alude.
La cuestión de afinar distinto (scordatura) según los Misterios de los que se trata, es ya de por sí un asunto que me tienta considerar aplicándolo a otros tópicos, así como ese intercambio de las cuerdas centrales del violín en la sonata de la Resurrección.
Tal vez haya más música en las cosas que la que estamos acostumbrados a ver. U oír.
Pero pienso también que tal vez haya más música en la música que la que los músicos (honestamente técnicos, alegremente aficionados, gloriosos sedicentes, vanidosamente pretendidos) sepan.
Hay que tener cuidado con las cosas grandes y graves. Hay que tener cuidado con todo, en realidad.
Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía.Sí, Hamlet, sí. Y eso porque a Horacio ya le parecía extraño todo aquello de la Sombra, que era bastante extraño, hay que decirlo.
Pero creo que también hay más cosas en la filosofía que las que sueña la filosofía. De Horacio o de cualquiera.
La scordatura es un ejemplo apenas, pero tan bueno como cualquiera.
No es cosa de afinar las cuerdas entre sí y listo. A veces -¿a veces nada más?- las cuerdas tienen que afinar con algo que no son las cuerdas. A veces, incluso, hay que cambiar las cuerdas de lugar para hablar de ciertas cosas.
domingo, 7 de junio de 2009
Niebla (XI)
Todavía sigo mirando con cierta perplejidad la cuestión del problema del bien y la grandeza en Galadriel.
Mientras, le entré un poco a Zander (sí, finalmente..., pobre) de tanto en tanto; pero no parece cosa de leer en el tren o en huecos del tiempo. Me decepciona un poco, me entusiasma otro poco. Casi en partes iguales. La tesis, como corresponde a un ruso, se hilvana en volutas, va en idas y vueltas de la obra de Dostoievsky al propio ensayo, espirales que se alejan del asunto y se aproximan al nudo, sístole y diástole de la mirada. Hay que tener un tempo distinto del nuestro para leer estas cosas. Por lo menos eso, aunque se me hace que hay que mirar las cosas de un modo que no es el modo al que uno está habituado.
Pero, en suma, el asunto es básicamente parecido a lo que podía uno fantasear con semejante título: encontrar la raíz de bien de los buenos, pintar el bien de los buenos, es asunto complicado y difícil. Y se le hizo difícil a Dostoievsky, que según Zander, trató de hacerlo en toda su obra, con su Aliosha, con el Idiota, con Raskolnikov y demás.
Es curioso, con todo, que sea así. Pero es así, según parece. Es linda cuestión para ver, para tratar de ver. Aunque no sé si se puede fino alla fine, fino in fondo. Y me parece que no del todo.
El mal es misterioso, claro que sí. ¿Y el bien? Ni les cuento. Y a la hora de la representación -ya dicho tantas veces-, es más fácil naufragar en uno que en el otro, quedarse corto o errar el tiro.
De todos modos, no es ése el problema preciso que me había planteado. No era tanto la representación de Galadriel en cuanto personaje bueno. Me interesó más ver qué quiere decir que Galadriel es buena. Y creo que no es sólo una veleidad iconoclasta o un capricho. Tal vez sea el propio Tolkien el que lo permita. Igual, como fuere, no termino de verlo del todo.
Hubo niebla, sí. Pero no lo bastante.
En el medio, y mirando eso mismo, se cruzó otra cuestión: velar el dolor. Los grandes, los buenos, ¿velan su dolor?
Está claro que no es reversible el asunto, porque se entiende fácil que tanto hay quienes velan su dolor por otras razones -orgullo, por ejemplo-, como hay quienes no lo velan tanto y son buenos y grandes lo mismo. Entonces tal vez habría que acercarse aproximadamente a la cuestión, matizándola. Y el asunto sería si tienden a velar su dolor, siquiera de algún modo. O si al menos en eso hay algún signo de grandeza. Y de bien, incluso.
Algo me parece cierto: conozco algunos que son grandes llorones, pero no recuerdo grandes que sean llorones. Hay tipos que lloran mucho -como David sus pecados, por ejemplo- o que se quejan y putean mucho -Leon Bloy, por ejemplo-, y que tienen grandeza y son buenos, pero no es lo mismo que ser un gran llorón, o un llorón a secas, categoría no tanto glandular como sí espiritual, a como lo veo, al menos. Y eso contando con que las lágrimas del llorón sean genuinas y no una simple y mañosa manipulación.
Tal vez no quiera decir mucho, o debería verlo más despacio. Tiene alguna relación con Galadriel, por cierto; porque fue mirando su caso que se me apareció el punto.
Pero.
Ya está dicho. No hay suficiente niebla para un asunto, menos la hay para dos y aún menos para dos a la vez.
Paciencia y pan criollo.
Otro día.
Sigamos.
sábado, 6 de junio de 2009
El barquero
A la luz de una estrella que amaina el brillo
de la luna en un cielo que huele a menta,
se oye el canto de un grillo,
grave y sencillo,
y una copla de truenos de una tormenta.
Y baja por el río, solo y callado,
en su barca de pobre un barquero viejo.
Va remando cansado
y a su costado
ve la luna que juega con su reflejo.
Y la barca se mece, lejos la orilla;
unas ramas de sauce que silban suave;
y la estrella que brilla
junto a la quilla;
el aire que ventea, el rumor de un ave.
Ha dejado los remos y duermevela.
Y dormita la barca y en su deriva
casi no deja estela;
y ya ni riela
la luna, silenciosa y compasiva.
jueves, 4 de junio de 2009
Tango
Arteramente, el bandoneón fatiga
su voz penosa, en un jadeo lento.
Arteramente expira y en el viento
nos queda esa tristeza. Y él mendiga
un poco de dolor con su lamento.
Qué lástima su queja y esa intriga
que nos ata a su sombra y nos obliga
a vestirnos de gris y abatimiento.
Pero, a veces, herido de contento,
me voy a su reparo. El instrumento
se solaza y se amansa. En su cantiga,
oigo silbar al fuelle vinolento
que dice gravemente, como ungüento
que da quietud al aire y que me abriga.