domingo, 10 de abril de 2005

Hace bastante tiempo atrás -tal vez diez años- escribí una especie de ensayo, que con los años he ido retocando forzosamente muchas veces. Con más pretensión y perplejidad que solvencia, me puse a ver si podía entender por qué los propios apóstoles eran capaces de esta frase, de aquella pregunta ilusionada: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?".

De hecho, mis meditaciones eran en torno a la naturaleza del Reino.

La lectura del evangelio de San Lucas de este domingo, acerca de los discípulos de Emaús, hizo que volviera a ver un capítulo de aquel trabajo, porque en ese episodio la expectativa sobre un reino vuelve a aparecer.

Pero no solamente recordé aquello.

También pensaba, en la misa de esta mañana, que hay un peligro cierto en estos días. Se trata de la sutil complacencia. Cierto larvado triunfalismo terrenal. Y ello por la muerte de Juan Pablo II y más aún por las manifestaciones globales y romanas tras su muerte.

En torno a tantas manifestaciones, no será imposible que aparezca la tentación de sentir la miel de la victoria terrenal sobre el mundo terrenal: los enemigos puestos a los pies, como escabel de Sus pies, la consagración histórica, aquí y ahora. Especialmente para quienes puedan asociar (lo quieran o renieguen de ello) las batallas doctrinales o morales con el poder, aunque sea el poder temporal que otorgue la santidad.

Por duro que pueda sonar, no es imposible esperar la santidad de Juan Pablo II como se puede esperar la restauración de Reino de Israel. La Iglesia en su mejor hora, la restauración.

Es algo que los hombres podemos hacer todo el tiempo. Cada vez. No tiene poco que ver en esto, como creo, el ahora. ¿Es ahora cuando...?, creo, quiere decir también que los hombres nos resentimos de la fatiga que nos provoca el tránsito histórico, más cuando ese tránsito ha llegado a tener por todas partes el aspecto de una derrota, y una derrota temporal.

En cualquier caso, los clamores y las aclamaciones del tiempo, de este tiempo, de ahora, son -cuando menos- signos bifrontes. Como entonces, tampoco en nuestros días la multitud acompaña a Jesucristo por una sola razón. De hecho, el Evangelio habla de dos razones, y todo en una misma semana.

El Rey y el Reino, el rey y el reino, la Iglesia, la historia.

Cristo es el centro de esta historia. Y Cristo es la cabeza de la Iglesia. Y lo que haya sido de la Cabeza, será del Cuerpo.


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Releí el capítulo de aquel ensayo que se llama, precisamente, El Reino. Me parece que viene a cuento, después de todo. No sin bastante pudor lo expongo aquí. Tiene la casi insalvable desventaja de su tal vez injustificada extensión.

Pero aun eso tiene remedio, porque lo substancial, creo, ya está dicho.

ver


EMAÚS: EL VIENTO DE LA HISTORIA

La perplejidad y la tristeza de los discípulos de Emaús es la contracara de la pregunta ilusionada del apóstol: ¿Eres el único que no sabe lo que ha ocurrido en Jerusalén? El que parecía que habría de restaurar el Reino de Israel ha muerto y tenemos miedo por nosotros mismos. Hay un como abismo adelante y estamos casi parados sobre él. Con la muerte de Jesús murió mucho más que el hombre-Dios.

Lo que tendría que haber pasado, no pasó. Y parece que no habrá de suceder ya nunca más.

Toda la dimensión horizontal, con la que lucha nuestro interminable carreteo, que no logra despegar el vuelo hacia la trascendencia, fuera del tiempo, está en ese desconsuelo.

Ha pasado, o dicen que ha pasado, en cambio, otra cosa. Y "aquel", para completar la perplejidad y la confusión, no está y tampoco siquiera está donde se supone que deben estar los muertos, los que ya no están.

Pero, por otra parte, la prueba de que hay todavía una posibilidad para una interpretación benévola de la pregunta del apóstol, la da el propio Jesús. En Emaús se enoja, sí, pero a la postre -mientras van de camino- debe explicar las Escritura una vez más. Esclarecer Su Evangelio en medio del camino de la historia, hacerles claro y real lo que fue palabra velada, aplicar a Sí lo que toda la Escritura anunciaba sobre Él.

Pero, aunque los cura e ilumina, es para llevarlos otra vez ante las puertas del Misterio. Tan a las puertas que recién en la fracción del Pan -cuando el camino ha concluido por esa jornada-, se les abrirán los ojos, como con la Palabra se abrieron sus oídos.

La acción sobre el entendimiento, con la acción sobrenatural absolutamente necesaria, ha llegado a su término. Visión y Gracia. Verbo y Sacramento.

Hay que detenerse para un breve excursus.

El texto de Emaús dice algo sin duda extraño y sorprendente. Jesús, sabiendo que un aspecto del episodio había llegado a su fin, hace ademán de continuar su camino. Y los hombres, una vez más -desde nuestra trinchera de este lado de la eternidad-, le pidieron que se quedara, pues ya anochecía y no era tiempo de seguir andando. Hay un "ahora" que vuelve a aparecer en el lenguaje humano. Llega la noche, no es tiempo para andar de camino. La Fe -el conocimiento por la Palabra- nos ha dado algunos elementos, son alguna luz que puede llevarse bajo techo y con ellos podemos recluirnos. Pero queda todavía el camino: la historia. El entretanto, el mientras tanto, hasta el término, hasta el final de la historia. En apariencia, hemos llegado a algún lugar. En apariencia, estar bajo techo, y no a la intemperie en medio de la noche y del viento inquietante de la noche de la historia que nos obliga a caminar a ciegas, parece lo mejor.

Y Jesús, el único entre ellos que sabe el final, hace ademán de seguir. Y es el único que no va de camino a ningún lado específicamente, pues ya está en el Lugar hacia donde se dirige. Los que están en camino son los demás, somos nosotros, los que rehuyen el camino, los que negamos la Esperanza.

La historia sin Esperanza -aunque haya despuntado la Fe- se vuelve noche cerrada. Aun con ella, es ventosa, inclemente y atemoriza. La Esperanza no es algo que ande por allí y uno se la tope sin más en los hechos.

Es el modo en que dirige su pie el viandante. Es la medida de sus pasos, es la elasticidad de sus pasos. Pero también, de algún modo, la Esperanza hace más clara la oscuridad de la noche de la historia.

Los hombres, igualmente, preferimos no salir a la noche por el camino, a oscuras. Otra vez el "ahora": la jornada ha terminado. Quedémonos aquí, no sigamos por hoy, quédate que anochece, pongamos una tienda, restauremos un reino.

Sin embargo, y por ello mismo, hace falta otro remedio sobrenatural: el Sacramento. Y Jesús, más allá de la Palabra, además de la Palabra, junto con la Palabra Viva, entra bajo el techo de sus corazones, al interior de sus temores y de su desesperanza. Es en y con la fracción del Pan cuando los hombres reconocen a Quien les ha abierto los oídos y ahora les ha fortalecido el corazón.

Jesús se aviene a impulsarlos, a empezar todo de nuevo, como si no hubieran transcurrido los tres años de prédica y de llamado a la conversión. Misericorde, reproduce otra vez el camino completo. La Palabra, el Sacramento. Como en las predicaciones y las curaciones, la predicación y las multipanificaciones, la predicación y las pescas milagrosas. Como en la Transfiguración misma.

Mientras, afuera, todavía el viento barre el camino de la historia, por el que venían desanimados y temerosos hasta esta morada intermedia, un punto cualquiera en el tiempo de la historia, una casa en medio del camino que no es la morada definitiva. Un "ahora".

Entonces, tras la Palabra y el Sacramento, Jesús desaparece ante sus ojos, tal como había aparecido. Y, curiosa pero consecuentemente, con ese nuevo impulso vuelven de inmediato a Jerusalén a proclamar a otros que ha resucitado: el misterio redentor. Los que no querían salir a la noche, se lanzan a ella en una acto que bien puede considerarse una locura. Al fin, con la Palabra y el Sacramento, la noche de la historia, el camino nocturno de la historia, el "ahora", en definitiva, se hace menos lúgubre, peligroso y atemorizante. Y así, a oscuras, el hombre se lanza impulsado por el misterio redentor.

Este pasaje demuestra la insistencia con que Jesús expone a los hombres el sentido de su Venida. La voluntad de Jesús de exponer los motivos y la significación de su Encarnación -pero también el sentido de la historia, en su extensión-, nos obliga a detenernos una y otra vez en este punto. Pues, con excesiva frecuencia, la exégesis se orienta hacia la inmediatez del "ahora" tanto como hacia la importancia del mensaje como mensaje al mero individuo. La reducción de la Buena Noticia a un código moral es una mala señal y un entendimiento acotado, cuando no torcido.

La Redención, en primer lugar, no es un código moral, no es una ortopraxis. Es un rescate óntico. La profundidad del corte, la herida sanada, son algo que requiere más que la restauración del orden moral. Y acaso político, económico, cultural. Ni siquiera es un nuevo alineamiento de fuerzas, un refuerzo de los ejércitos fatigados.

En todo caso, nada de esto último. Jesús renunció explícitamente, no en una sino en varias ocasiones a llevar las cosas a ese terreno. La incitación con la que lo provocan viéndolo en la Cruz fue el caso más claro; pero apenas un poco antes se había negado explícitamente ante quienes lo procesaban, y aun resistiendo al mismo Tentador, tras el ayuno de 40 días en el desierto. Nada más fácil que un chasquido de los dedos y suscitar la presencia de un poderoso ejército sobrenatural. Nada más fácil y sin embargo nada más decepcionante.

A este respecto, incluso, puede, y tal vez debería, verse el episodio en el que Jesús es objeto de las tres tentaciones tras el ayuno y la oración de cuarenta días en el desierto, más como un programa para la condición humana, que como un alarde de la condición divina. Pan, poder y hasta milagros, son tres eficaces refractarios de la Esperanza, son tres raíces y tres anclas poderosas para afincar el "ahora".

Parece claro, entonces, que los discípulos en Emaús todavía no conocen la dimensión del Remedio. Que es lo mismo que decir que no conocen la dimensión del mal que este Remedio ha venido a curar.

Tampoco parecen advertirlo los discípulos más cercanos del Señor, en general. Y no sólo ellos, sino mucho más nosotros, que en alguna medida podemos ver ahora más que ellos.

Una y otra vez hay que volver al asunto principal.


Los dos problemas más difíciles que enfrentó Jesús fueron el fariseísmo y los restauradores de Israel.

Uno es la falsificación y el apropiamiento indebido de la religión. Otro es la expectativa intrahistórica confundida con la misión del Mesías, algo parecido. Sus discípulos cojearon de ambos pies alguna vez. Por caso, se quejaron de que hubiera algunos expulsando demonios en su nombre, se ataron a ritos, apartaron a los que se acercaban o quisieron echar a los que se habían reunido para oír a Jesús, una vez que llegó el momento de darles qué comer. Se apropiaron de la religión. Jesús los reprendió.

Otras veces -como en el pasaje del epígrafe de estas líneas, y algunas veces más- se mostraron ansiosos por la reinstauración del reino en este mundo; o por sus lugares en el otro reino, una forma sutil de lo mismo.

En algún punto hay colusión, se juntan ambas tendencias. Barrabás bien puede ser una de las representaciones de la bisagra de esta historia de equívocos y malversaciones. Él es una de las cabezas de la restauración y de la vindicta frente al poderío romano, de la mano de nacionalistas judíos y sicarios. Y los fariseos lo prefirieron antes que a Jesús, no necesariamente porque estuvieran haciendo un cálculo político y se dieran cuenta de que así molestaban más a Roma, como alguno podría creer. Lo cierto es que, sin dudas sin quererlo, con ello agregaron otra pincelada simbólica a la lucha de Jesús por el verdadero Reino.

Así, cada vez que los cristianos se hacen acreedores al mismo "elenco contra fariseos" con que Jesús apostrofó a aquella casta -o secta- sacerdotal y política de Israel, están al borde de elegir a Barrabás. Cada negación o cada falsificación de la profecía y de la misión mesiánica, es otro tanto de lo mismo. Pero, cuando sutilmente los cristianos deseamos el triunfo temporal de la Iglesia en razón de su prestigio histórico, y aun de su origen divino, cuando intentamos barrer la cizaña con un solo golpe de mano o cuando intentamos asegurarnos de que jamás crecerá cizaña en nuestro campo de trigo y esperamos de Jesús una acción decidida en este sentido, preguntamos con el apóstol si es "ahora" cuando, de una vez por todas, comienza lo bueno inmarcesible, con la bota puesta sobre los enemigos del Israel de Dios en este mundo. O si habrá de venir un ejército en ayuda de la Cristiandad, que es, una vez más, otro modo de lo mismo.

Le pedimos un ejército de ángeles -hasta podríamos pedir la posibilidad de la formación de uno de hombres- que resuelva casi mágicamente -o lo que es más y mejor, sobrenaturalmente- la amargura de la flagelación y el escarnio del escupitajo. Que trueque la corona de espinas en algo más confortable, y espantable a los ojos de los impíos de este mundo, que en la mano asegure el cetro a cambio, o en vez, de los clavos y que el templo, en vez de rasgarse, se levante brillante y poderoso para que a su vista doble la rodilla todo hombre. Como si el templo de su Cuerpo no se hubiera efectivamente rasgado y reconstruido.

¿Qué hay de malo en el triunfo de la Iglesia? ¿Qué hay de contrario al Reino de los Cielos en la incipiente o completa instauración del Reino ya en este mundo? Dicho en relación con nuestro epígrafe("Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?"): ¿Puede esperarse o siempre es mala de por sí la restauración del "Reino de Israel" o lo que signifique un sucedáneo entre los gentiles?

En primer lugar, incipiente y completa instauración hacen dos proposiciones distintas. Incipiente sí, completa no.

Sabemos que el Reino incoado es la Iglesia. De modo que hay en ella una semilla del Reino, no una figura. Vivir en ella es vivir en el Reino. El trigo es trigo, no una semejanza de trigo. Así como lo es la cizaña: es enemiga del trigo, no una figura. La Iglesia es el Reino, incoado en medio del mundo, que habrá de consumarse y hacerse pleno en otro modo de existencia que no es la historia. La Jerusalén Celeste bajará del Cielo, no crecerá hasta llegar a él. El Reino completo y definitivo, perfecto, no está desplegado ante nosotros en la Iglesia. De modo que cualquier triunfo terrenal de la Iglesia debe ser de suyo incompleto. Jamás será total. La cosecha hace totales las cosas. Y la historia es siembra. Y la Iglesia terrena es, en este sentido, histórica. Se pidió -y se profetizó- el Evangelio anunciado a las naciones. Pero para que nadie deje de saber de la Buena Noticia. No están garantizados la adhesión universal y el triunfo temporal del Evangelio sobre las naciones por acción de esa prédica. Esto quiere decir que el aspecto sobrenatural de la Iglesia-incólume en medio de los vientos de este tiempo histórico-, sólo se despliega como un estandarte de victoria recién con la vuelta definitiva del Cordero, que vuelve desde más allá de la historia y desde fuera de la historia. Cuando se hacen nuevas todas las cosas para siempre. Por lo tanto, todo esto ocurrirá una vez pasado el tiempo, cuando este cielo y esta tierra desaparezcan y ya no haya mar, dice el apóstol Juan.

Los hombres, como el apóstol que pregunta ansioso por la historia, tenemos la costumbre de transformar en lateral y horizontal lo que es vertical y axial.

El eje del plan salvífico de Dios es todo aquello que se ha perdido y dañado con el mal y el pecado. Es sin duda una restauración. Pero la profecía dice que es además una renovación. Es más que lo que era cuando fue sin mancha en el origen. Se harán nuevas todas las cosas. Y hay cierta insistencia en la inclusión de las cosas, además del hombre. La Redención es un paisaje completo y no un mero retrato de lo humano.
Quien pida la mera restauración y no espere esa magnificente renovación no ha entendido el rescate. En la Ciudad rehecha no habrá noche, ni puerta, ni frío. El descenso de la Ciudad Celeste señala su cualidad vertical. No es el desarrollo de la historia lo que la genera. Tampoco es la acción de la Iglesia, en el sentido horizontal que adquiere en el siglo, en este eón del mundo y en esta dimensión del tiempo.

Que Israel espere un Mesías restaurador de un reino temporal y terreno es hasta cierto punto comprensible. Largas esclavitudes, diásporas, el desierto, Roma, y considerarse la encarnación histórica de la voluntad divina, el arca de la Promesa, el pueblo que habla directamente con Dios, son razones que parecen explicar esa concupiscencia de resplandor histórico, fundada en una promesa de Quien no puede engañarse ni engañar.

Que no hayan visto en Jesús la figura de ese restaurador fulgurante, aparece justificado para algunos en la misma opacidad que busca el propio Jesús, que se hace mísero entre los poderosos y pobre entre los pobres. ¿Por qué saber de Él? Y sabiendo de Él, ¿por qué ver en Él -carpintero nazareno, galileo, provinciano, irreverente, pobre- al Rey que imponga su Ley a las Naciones?

Pero de algún modo hay que ser judío, históricamente y carnalmente judío, para pensar y esperar de ese modo. Porque de hecho a ningún otro pueblo le ha dado Dios la seguridad de su Promesa.

Ahora bien, una nota de esa judeidad es, también encarnada históricamente, el descarrío, la infidelidad, la fornicación con los poderosos, la substitución de Dios por los ídolos, esa confusión -intencional u obstusa- del símbolo con la realidad simbolizada.

Decíamos más arriba que la Redención no se define principalmente como un modo de obrar nuevo de los hombres. No es antes que nada la inauguración de un nuevo código moral. Es antes que nada manifestación de la divinidad: luz, gracia y verdad entre las tinieblas. Es, repetimos, un rescate óntico.

Un Rey que viene al confín de su Reino, tal como lo ha prometido ya en el principio, y viene a él de repente, anunciado pero sin anunciarse. Desde la raíz de su naturaleza, y por la acción de esa redención, las cosas han de volverse restauradas a Dios, de Quien se han apartado o han sido apartadas. El centro de ese rescate es sin duda alguna quien es el centro de la Creación: el hombre. Pero primero en su ser, en lo más hondo de lo dañado de su naturaleza; y luego, recién después, consecuentemente, en su obrar.

La Creación gime con dolores de parto. El Redentor viene a aliviar esos dolores y el dolor termina con la parición. Pone orden, sí, pero restaurando la faz que toda creatura ha de tener a los ojos de su Creador, en lo que es, primero, y en lo que hace, subsiguientemente. No quiere decir que el cristianismo no tenga un código moral. Pero se sigue de una nueva luz que ilumina toda cosa desde adentro mismo de su ser, de la manifestación de una nueva y vieja verdad que resplandece con fuerza renovada por el despliegue del poder de Dios que la redime, para lo cual hace falta un suplemento a la mera naturaleza de todo lo creado que restaure: la Gracia. Una nueva vida que adquieren todas las cosas. Las cosas mismas de las que Dios su Creador no se ha arrepentido ni se avergüenza y por eso las restaura haciéndolas las mismas pero nuevas. Y esto es mucho más que un mero modo de obrar y un nuevo código de conducta.

Una religión fundada sobre preceptos no es apta para la contemplación de la manifestación de la divinidad. Y el cristianismo no es una religión fundada en y por preceptos sino en la manifestación de la divinidad y con la pretensión divina de que en todas las cosas se manifieste la divinidad que les dio origen. Es muy útil para la comprensión de esto la lectura de San Juan, de todos los apóstoles el más maravillado por esa manifestación, por su señorío sobre todo.

Es difícil hacernos entender a los hombres esta proposición. Parecería que la sublimidad de la manifestación divina nos deja vacíos y hambrientos de realizaciones temporales que encarnen esa manifestación. Así, en el monte Tabor, los apóstoles vuelven al "ahora" carnal y temporal. "Hagamos aquí -otro de los nombres del "ahora"- una tienda...".

Saben del bienestar, pero no de su origen. Y así cada vez que Jesús trata de hacer visible su Señorío, la naturaleza de su Realeza, los hombres contestan con el ahora y el aquí del Reino de Israel y dan por concluida la jornada con la llegada de la noche y se guardan bajo el techo de este tiempo.

sábado, 9 de abril de 2005

Si uno anda curioseando por donde no debe, al final le pasan esas cosas.

Si yo estaba de los más contento arreglando artefactos eléctricos, tomando mate, u ordenando libros y oyendo a Tomás Lipán, el jujeño, ¿qué me tengo que meter a ver los diarios?

¿A quién le importa la publinota de tapa que le hace Ñ al joven Savater?

¿Para qué le sirve a uno el repaso de las previsibles ingeniosidades de catálogo del entrevistado y la erudición ad hoc de la entrevistadora, que hizo la tarea para el hogar antes de llamarlo a Madrid, para que él pudiera hacer la promoción de sus libros?

¿A quién le importa su teología de Centro Borges? ¿Se parece a Eco a propósito o los hacen en serie, uno por país? ¿Hay algún gordo de anteojos y barba que sea mezcla de vaca sagrada y pensador para librepensadores, también en la Argentina?

Al final, la culpa es mía. Por ejemplo, por andar viendo qué dicen los que hablan.

Me salvo una puneña, morenita de una voz tan dulce, que, a ritmo de carnavalito -bandoneón, guitarra y charango- pronunciaba, con una picardía que Ñ jamás conocerá, estas coplitas sobre una cholita linda, medio dura para el altar...

Yo t'ey dicho nos casimos,
vos diciendo que tal vez;
sería bueno que probimos
m'a ver eso qué tal es.

Te propongo sirviñaco,
si tus tatas dan lugar
pa' l'alzada del tabaco
vámonos a trabajar.

Te compraré ollita nueva,
en la feria 'e Sumalao,
es cuestión de hacer la prueba
de vivirnos amañaos.

Y si tus tatas se enteran,
ya tendrán consolación,
que todas las cosas quieren
con el tiempo la ocasión.

Y si Dios nos da un changuito
a mí no me ha de faltar
voluntad pa' andar juntitos
ni valor pa' trabajar.

Te propongo como seña
pa' saber si me querís
cuando vas a juntar leña
sílbame como perdiz.

¿Saben qué cosa es un pecado capital? Pecado capital es perder el tiempo con Ñ...



El bailecito se llama Sirviñaco y es de Jaime Dávalos y Eduardo Falú

Según leo por allí, parece que los pueblos aymaras inventaron una cosa llamada el sirviñaco: cuando dos personas dicen amarse y no tienen otras obligaciones sentimentales, y deciden casarse, primero se proponen hacer un periodo de sirviñaco. Una especie de prueba; oigo que dice un complaciente indigenista: "ellos, primero novios, luego los mayores de las familias, llegan a una especie de contrato en el cual se estipula que ambos jóvenes -o no tan jóvenes- deciden compartir casa y cama y alimento durante un periodo determinado, 6 meses, un año, periodo en que ambos podrán darse cuenta si son el uno para el otro, o que la cosa no funciona y no va a funcionar, finalizado el plazo de sirviñaco, se reúnen con las familias y dicen sí, sí, si no, no, si no están de acuerdo se termina el noviazgo y cada uno pa' su casita, o se casarán definitivamente en fecha futura..."

Y ahora que lo pienso, no sé por qué se me hace que estos pícaros de Charles y Camilla, o estuvieron leyendo avances de los pecados capitales según Savater, o que, directamente, se quisieron hacer los sirviñacos, miré usté lo que le digo...
El título no está mal, si el tipo supiera en realidad de qué está hablando.

Pero, tienen un matete...

Se les hace un lío entre capitalismo y condones, comunimo y divorcio, entre globalización y pedofilia...

¿Qué se podría hacer para que les quedara más o menos en negro sobre blanco? No sé.

La prueba de que parecería que no se les ocurre de qué va la historia no sé si no está bien dicha en eso del "permanente litigio inmobiliario-espiritual que confronta en Jerusalén a las principales religiones monoteístas, que encuentran a la Santa Sede en contradicción siempre latente con Israel..."

No sé si alguno de estos plumíferos inteligentes habrá pensado alguna vez qué quiere decir el afán inclaudicable de reconstruir el Templo.

A mí me da la impresión de que no, pero quién sabe. Tal vez estos tipos creen que la Resurrección es una especie de caso Schiavo, pero con final desopilante. Tal vez crean que la historia es una cosa que se puede comentar en las columnas de opinión de los diarios.

Tal vez crean que el Templo de Jerusalén...pero, ¿qué se yo qué creen estos tipos del Templo de Jerusalén?

Mejor no hacer conjeturas frívolas.
¿De veras?

¿Se convirtieron hoy en marido y mujer?

¿Recibieron la bendición por parte del arzobispo de Canterbury, Rowan Williams?

¿Carlos y Camilla contrajeron matrimonio por civil en apenas veinte minutos, en una ceremonia a la que no asistieron la reina Isabel II ni su esposo, el duque de Edimburgo?

Hay una cosa que no entiendo (claro que el protocolo de la cuestión se me escapa por todos lados): ¿Por qué no fue al civil la reina si "al servicio religioso asistió la soberana"?


Ese respeto al sagrado recinto del ayuntamiento del pueblito de Windsor, no deja de ser conmovedor.

O será que como no había matrimonio religioso...

Habría que ver.

Aunque, tal vez soy un mal pensado y su majestad quería estar presente cuando el príncipe y la príncesa de Cornualles (Ay, Arturo...) pidieran perdón. Porque tiene su miga el asunto de las bendiciones y penitencias, no vayan a pensarse que es moco de pavo...

Ahora bien, dice la noticia que "...después de 30 años de relación en secreto ..."

Pero, no hombre, por favor... No sean pavotes, oigan...

¡Secreto! ¿Relación en secreto?

Secretos, lo que se llama secretos, hasta yo conozco y de verdad que los que sé no los puedo decir.

Además, desde hace varios siglos la cosa menos secreta en Inglaterra y en el mundo es el cachondeo de los príncipes ingleses (si es que los Windsor son ingleses...)

Si quieren hablen de quién es el dueño de Inglaterra, de la masonería escocesa, de las misas negras, del pacto Roca-Runciman, de los sacrificios humanos, de los monos sagrados del Vaticano, qué se yo, de lo que se les ocurra. Pero parece mentira que en la tierra de James Bond no sean más discretos con la palabra secreto...

¡Qué cosa este mundo! ¡Qué manera de regalar sustantivos y adjetivos y verbos y adverbios!

miércoles, 6 de abril de 2005

Es un vizcaíno, de Montellano: Antonio de Trueba. Vivió hasta 1889, unos 70 años. Escritor, cuentista, poeta, ensayista: Antón el de los cantares lo llamaban en sus años y en su tierra vascongada. Un agustino, el P. Escudero, hizo hace unos 50 años para Aguilar una antología de sus afamados Cuentos y Cantares, que en mucho son una pintura impecable del alma de los vascos y de sus casas blancas de tejas coloradas y de sus encinares y ciruelos y ríos y nocedales. El recopilador hace de él una breve biografía. Entre las cosas que dice está el que fuera un gran fumador, y defensor del tabaco.

Cuenta el agustino además que:
"La afición le venía por herencia. De su abuelo Don Francisco le refiere un interlocutor:

'En teniendo él tabaco, ya podían venir penas, que no le habían de acobardar. Una noche leía el señor cura la historia de los trabajos de Job, y cuando todos llorábamos admirando la paciencia de aquel santo varón, tu abuelo permanecía con los ojos enjutos.
-¿Qué es eso, Francisco? -le preguntó el señor cura-. ¿No le conmueven a usted los trabajos y la paciencia de Job?
-No, señor, porque yo sufro con paciencia todos esos trabajos y muchos más, teniendo, como el santo tendría, un poquito de tabaco.
-¡Qué tabaco ni qué niño muerto, si entonces no se usaba!
-¡Ah! Si no se usaba entonces, ya es otra cosa- contestó tu abuelo, y se echó a llorar como los demás'".

Don Francisco -tan distante de mis arraigados amores peninsulares- tiene desde este mismo momento mi entera simpatía.

Y pensar que los teólogos se despepitan buscando lianas que crucen de la Fe a la cultura...

martes, 5 de abril de 2005

Hay que ver que se trata de una nota del Times de Londres. Y eso ya tiene su color, y su sabor.

Lamento no tener el tiempo de traducirla (no crean que vale tanto y tanto la pena, pero tal vez su lectura sea un ejercicio que algo enseñe...)

El tono sin contracturas. La pizca delicada de frivolidad calculada y su sazón. Leve erudición que esconde insignificantes distorsiones, pequeñas señales intencionadas al lector entendido y con cierta información histórica y literaria. Sin escándalo por el abordaje módico de asuntos y nombres religiosos, con ese tono asordinado y civilizado, antifanático. Elegante irreverencia...

Un ejemplo de la vieja y fatigada Europa y un ejemplo de los rasgos dieciochescamente imperiales de aquella docente Britain que rules the waves...

El asunto del que trata, en principio, es el aburrimiento. Una breve historia del aburrimiento y su detección como la nota que signa estos tiempos por excelencia.

Sinónimos trae: tedio, salvaje 'torpor', bestial e indefinible aflicción. Raíz de todo mal, recuerda que Kierkegaard llama al aburrimiento. Y más y más autores y cosas.

Sin embargo, el autor tiene al tema de rehén, de algún modo. Porque todo lo dice, finalmente, para dejar para las últimas líneas -técnica archisabidamente anglia- lo que parece interesarle: la aplicación a la política, los políticos y unas próximas elecciones en el norte.


Bien. Si tienen ganas, lo leen. Concedo que el título puede ser algo condescendiente: "Usted no se aburrirá leyendo esto".


Una sola y pequeña observación, apenas.
ver


Uno de los sinónimos de aburrimiento que trae al caso en la breve historia que desgrana, es el de acedia.

El autor la considera, sin lograr ser inédito, el ancestro premoderno del aburrimiento y le atribuye a los Padres de la Iglesia temprana haberla condenado como una especie de madre de todos los pecados.

Y aclara con humor brumoso: "In a way they were right, for boredom is statistically linked with a range of ills from drug-abuse to promiscuity, violence, suicide and afternoon soap operas."

Ya antes (como se ve) -en un tono que me recuerda mucho a lo que Chesterton decía del hombre frívolo- había apuntado: "the hermits of Lower Egypt complained of the 'noonday devil' that sapped vitality and made all those hermit chores seem doubly dull."

No es cuestión de andar haciendo pataletas pacatas. Pero es un caso bastante frecuente de cierta penosa ignorancia. No deja de ser común el error -producto de la ligereza- de confundir la acedia con el aburrimiento.

Cuando los confusos llegan a enterarse de que los variados, divertidísimos e intensos activismos, así como entre otras ruidosas manifestaciones la carcajada y el griterío festivo, son hijos habituales de esa que llaman la abuela del aburrimiento, no sé si ya no es tarde para darse cuenta de que la acedia no es sin más aburrimiento.

Sin querer, al citar a los Padres antiguos, acierta. Pero allí mismo se equivoca porque si la acedia es madre de pecados, no es porque el hombre aburrido peca.

Esa forma de ver la cuestión -mucho más que el aburrimiento mismo- es la madre -y la bisabuela- de nuestro tiempo -porque es una idea bastante vieja- y de las notas espirituales del hombre de nuestro tiempo.

Al calor de esa idea maltrecha se hacen las revoluciones de diversos colores y a su calor nace el capitalismo (el salvaje y el otro que no me acuerdo cuál es). De esa semilla nace nuestra forma de ver la moral y el modo de educarse, incluso -y sobre todo- de educar en los seminarios. De esa traducción tan poco feliz de las raíces y la naturaleza de la acedia viene el horror mismo al aburrimiento (y aclaro que estoy jugando con la palabra: ab horreo.)

De donde resulta que, los que escapan de allí, vayan de la sartén al fuego.

Y de la acedia -entonces sí- al aburrimiento.

Pero es difícil de explicar esto en estos tiempos, y desde hace tiempo.

Difícil cosa es, creo, recordar qué significa que el bien me entristezca. Y que me entristezca el bien de las cosas divinas y que me entristezca la felicidad divina.

Difícil cosa es que hoy se asocie el desprecio de lo divino con eso que llaman aburrimiento.



Y para no ocupar más tiempo -sobre todo del tiempo que no me pertenece-, tal vez esta pequeña muestra vernácula, sea un ejemplo algo lateral de lo que pasa cuando lo divino no resulta lo suficientemente sabroso...

domingo, 3 de abril de 2005





















Ya habrá quien haga recuentos -las cronografías más solemnes, las más interesadas estadísticas-; ya los hacen otros.

Pensaba, en cambio, en mis propios intereses, en las propias estadísticas y en los propios recuerdos. Mis recuentos.

Por ejemplo, que nací y fui bautizado bajo el reinado de Pío XII. Tomé mi Primera Comunión bajo el reinado de Juan XXIII, y recibí la Confirmación bajo el de Pablo VI.

Bajo el reinado de Juan Pablo II terminé mi carerra, me casé y nacieron y fueron bautizados todos mis hijos (que no son pocos, a decir verdad...) y más de la mitad de ellos tomaron su Primera Comunión y recibieron su Confirmación en estos años de su reinado. Mi padre, mis padrinos de bautismo y uno de mis hijos, murieron en estos años.

Así visto, la antigua expresión: "Su Santidad Juan Pablo II, de feliz memoria...", se me hace distinta.

viernes, 1 de abril de 2005

En los próximos días, (ya han aparecido, aun cuando -y tal vez porque- en la ventana no apagaban la luz, siempre encendida...), vendrán las especulaciones sesudas. Y más que de ésas, de las otras.

Pero primero serán los espectáculos y los homenajes, las imágenes y las músicas que -con un patetismo que ya se saben de memoria- televisión y medios en general no podrán evitar: está en el manual del espectáculo.

Por unos días.

Después -ansiosa espera, adrenalina mediática-, la jauría volverá tras la presa, sin resuello.

Habrá que pasar por las más o menos tediosas etapas de la política y de la geopolítica y de los "expertos", de los que saben tantas cosas de adentro y de afuera de Roma. Y de adentro y afuera de este mundo.

Y habrá que pasar por Roma y las luchas y las dentelladas. La tómbola de los nombres, las facciones en pugna, las 'operaciones' de prensa, las preferencias, los odios, los intereses, las expectativas. Tantas cosas parece que dependen de todo esto...

Sí, ya lo sé, ¡cómo no! Tantas cosas dependerán de 'esto'. Si es lo que más sabemos. Lo más fácil de saber. Si es lo que no podemos olvidar. Lo que no nos dejan olvidar. Lo que casi estamos obligados a pensar y esperar. La paz y la guerra. El petróleo y el hambre. El aborto y las mujeres sacerdotes. La deuda externa y el fin del celibato...

Claro que vendrán después -siempre vienen- las profecías y vaticinios. El obispo irlandés, San Malaquías, volverá a ser nombrado. Porque en aquella lista que se le atribuye, parece que el 111 -De gloria olivae-, es el último (de la lista de 111 que se conoció 450 años después de muerto su presunto autor), y antes del 112, Pedro Romano. Y el que venga será el 111. Y se termina la lista, y así.

Nadie querrá saber cuánto de cierto tiene la lista, o si acaso es realmente del obispo de Armagh. Para el caso, ya algunos tendrán a mano a Nostradamus. Y a otros, y a otras...

Para el que esté 'muy' interesado en la política de este mundo sublunar, la lista ya está hecha. El que quiera sacar cuentas, que las saque. Hay unos días para jugar a esa ruleta. Cuántos africanos, cuántos italianos, cuántos americanos... Que si conviene uno de acá o de allá, que si será más progresista o menos... Quién se queda afuera...


Hasta que el humo blanco inaugure otra etapa.

Y entonces habrá más especulaciones y nuevos "expertos".

Más biografías, más fotos e imágenes, más amigos de la infancia y vecinas de cuando era seminarista y más 'documentos especiales', 'inéditos'. Más homenajes, más música.



Sin embargo, pienso ahora en Belén. En las mañanas y en las noches de Belén, antes de que Belén fuera Belén.

Pienso en las gentes que esperaban, por aquellos días, alrededor de Belén. Aunque no supieran que sería en Belén. Ni cuándo sería.

Pienso en los que esperaban Belén. No sin alegría.

Reyes, pastores, sacerdotes, amas de casa, carpinteros, soldados. Judíos, gentiles. Esperando lo que esperaban. Gentes de buena voluntad.

También en Jerusalén, treinta y tres años después.

También allí había gentes de buena voluntad que esperaban. No sin dolor.

Me gustaría no distraerme demasiado. Dios lo permita. Esperar lo que vendrá, como las gentes de buena voluntad esperaban Belén. Como esperaban en Jerusalén.

Estar del lado de esas gentes. Esperando lo que esperaban, como ellos lo esperaban. No sin dolor. No sin alegría.

martes, 29 de marzo de 2005

Llegó un poco de frío, y está algo más fresco, más al tiempo. Pero llegó en medio de un revoltijo de agua y viento. De nubes que pasan rápido.

De alguna manera, esa liviandad, esa violencia en los cambios y en las sucesiones, crea cierta intranquilidad.

Así vistas, las cosas siguen teniendo un aire provisional, qué puedo decir. Todo parece prendido con alfileres sutiles. Cuelgan los temas y las cosas que pasan como cuelgan, en las maderas de mis bibliotecas, decenas de papeles y anotaciones sin tiempo. Cosas que parece que hay que hacer en poco tiempo más y que sin embargo envejecen a poco nacer o se pierden con la sucesión de anotaciones que las cubren.

Será cosa mía, pero no puedo dejar de ver por momentos cierta inestabilidad en las cosas de este mundo: desde las tormentas (en esta nueva versión tropical de la llanura sureña) hasta los golpes del mar y los crujidos de la tierra.

Una mirada a los asuntos de los hombres no echa mejor luz. Ni qué decir. Hay una inquietud desasosegada -así me suena, por lo menos-, y las caras parecen haber pasado de largo, por ejemplo, la Pascua, la Resurrección.

* * *

Hace mucho tiempo oí una canción por la radio. Primera y única vez en un programa extravagante, de modo que era casi imposible encontrarla. Nadie la conocía. Pasaron los años y, conversando con un elegante y simpático español -circunstancial colega de un congreso, fuera del país-, le pregunté por la catalana que cantaba aquella melodía. Por cierto que la conocía. Al poco tiempo me llegaban de España dos discos con parte de la obra de Marina Rossell. Despareja su obra y fabulosa su voz. Pero allí estaba la canción. Es del canario Pedro Guerra la letra y suya también la música.

Ha llovido

Ha llovido
bolas balas velas
risas rosas rezos
luces lazos líos
ha llovido
penas pinos panes
lunas llenas llanos
brazos tuyos míos
más tendrá que ser
más

Ha llovido
pisos pasos pesas
radios rubias rabias
sables y silbidos
ha llovido
cantos cuentas quintas
guerras garras grúas
partos y perdidos
más tendrá que ser
más

Más en estos años
tan tacaños
fueron pocos los peldaños
más tendrá que ser
en estos tiempos
tan violentos
fueron pocos los momentos
más tendrá que ser

Ha llovido
frutas fresas frases
rayos rollos rancios
dados y destinos
ha llovido
camas lanas cunas
setas sotas botas
pero poco ha sido
más tendrá que ser
más

Y estos días que corren me hicieron acordar a la canción de Guerra. Porque, por alguna consonancia que viene de vaya a saber uno dónde-, se parece mucho el mundo que veo alrededor a esos versos. Así pinta la historia en estos días.


* * *

Felizmente, la historia, esa historia, no es todo. Y no todo es historia (así vista), como diría Camus: Miseria y sol.

Pero me preguntaba en estos días, entre otras cosas, si acaso -pasando el tiempo- las Navidades y las Pascuas no habrán de parecerse cada vez más a la primera Navidad y a la primera Pascua (*). Y si el mundo alrededor de las próximas, no habrá de parecerse cada vez más al mundo alrededor de las primeras. Y los hombres coetáneos de las que vayan pasando, no habremos de parecernos cada vez más a aquellos.

Y nuestra ignorancia (en el doble sentido de la palabra) no se hará aquella.

Resurrexit sicut dixit.

Surrexit Dominus, vere.

¿Qué más podríamos querer si ya tuviéramos todo, si ya tuviéramos lo mayor de todo, si ya eso no pudiera sernos arrebatado?



(*) La Primera, sí. El modelo de todas las Pascuas, el arquetipo, aquella Pascua por la cual son todas.

sábado, 26 de marzo de 2005

El sábado santo -ya que estamos hablando de 'cultura'- resulta que resulta el momento adecuado y oportuno para reivindicar a Judas. Así le parece a Clarín, al menos.

El tema -además de complicaciones y matices sin fin- tiene su antigüedad, no vayan a creer.

Las reivindicaciones de Judas, como las de Satanás, por ejemplo, no son una novedad.

No descarto que sea una convicción en algunos, aunque me parece una convicción torcida. A veces, creo, es simple falta de fe o defecto en la enseñanza de la fe. A veces es mala teología, simplemente (ni más ni menos), incluyendo mala filosofía. A veces es flojera espiritual, debilidad psicológica. Incapacidad para entender.

A veces, necesidad de que Dios no sea justo de ningún modo. Necesidad de que su misericordia no tenga nada de justa, nada de paradojal (a nuestros ojos opacos).

Pero hay de todo. Tal vez el tema excede la cuestión sentimental de que Dios es bueno y no quiere ni permite que se condenen ni Satanás ni Judas. Porque si lo hiciera, Dios no sería Amor, sino un repulsivo ser represivo. Y Dios es Amor...

Un verdadero matete de afectos desordenados, conceptos románticos (en el peor sentido de la palabra), teología de bar lácteo (que dijera Anzoátegui) y confusiones varias, hasta confusiones de 'buena voluntad'.

También están los misterios. Difíciles para la mente humana, solamente humana. Todo esto es locura y escándalo, tomado sin más. Pero más difícil puede resultar para una mente racionalista o idealista, difícil para un corazón caprichoso que necesita y quiere un Dios (un dios) a su imagen y semejanza.

Los misterios son la clave de esta cuestión. Tanto el misterio del mal, como el misterio de la 'elección de Israel'.

Es curioso, hasta cierto punto, que en torno a la 'elección de Israel' se junte tanta pasión. Dentro de y fuera de Israel, del Israel de Dios.

Y a propósito de Pasión, algo sobre esto ya había apuntado, cuando todavía no había visto la película de Gibson.

Una confirmación indirecta de la necesidad que hay de negar la misión mesiánica de Jesucristo es la propia exposición teológica que los judíos suelen hacer. No se trata sólo de lo que haya para decir acerca de la revelación y la secuente tradición que asocia al propio pueblo de Israel con el mesianismo -lo que los cristianos admitimos-, sino cuando se asocia a Israel con el Mesías mismo. Israel es el Mesías. El Cordero inmolado es Israel.

Así lo piensan, por ejemplo, cuando interpretan el capítulo 53 de Isaías como referido al propio Israel, y no a Jesús, como siervo doliente.

Otro ejemplo de esto es lo que puede verse en el caso de la expresión 'holocausto'. El término es griego y significa simplemente 'completamente quemado', refiriéndose a la víctima animal sacrificada a los dioses entre los griegos, algunas de las cuales eran comidas en parte y en parte quemadas, mientras otras eran 'completamente quemadas' una vez sacrificadas.

Una expresión que en hebreo suena de modo parecido (aw-law; ow-lah; olah) figura, por ejemplo en el Antiguo Testamento, en el Génesis (en el episodio de Abraham e Isaac), así como aparece mencionada en el Levítico, en el libro de los Números o en el segundo libro de Samuel o en los libros primero y segundo de las Crónicas, y en todos los casos siempre referida a la ofrenda de animales, especialmente de carneros o corderos -preferentemente puros-, en el altar de los sacrificios, como ofrenda a Dios para el perdón de los pecados de Israel.

El término es el que parece haber inspirado (por homofonía o reminiscencia) a quienes en las décadas de 1950 y 1960, comenzaron a popularizar esta expresión 'holocausto' como sinónimo de shoah.

En esa asociación, pues, la víctima, el cordero sacrificado, es el propio pueblo judío.

Sin embargo, entre las últimas cosas dichas al respecto, ya en relación específica entre Judas y el judaísmo, tal vez el capítulo final de Pasión intacta, una obra del cultísimo e inteligente George Steiner, sea un ejemplo algo espeluznante para un cristiano.

Con bastante furia teológica, sin que los suyos sean necesariamente los argumentos de un creyente, asocia allí Steiner lo que llama (junto a otra legión) el antisemitismo cristiano, no con la Iglesia y con la historia, sino con el propio Jesús: Judas es el pueblo judío, echado por el propio Jesús a la noche de la historia que tendría su punto culminante en la shoah, en las cámaras de gas.

Según Steiner, esto hizo Jesús cuando escenificó la expulsión, haciendo participar primero a Judas de la Última Cena, en "...el horror no resuelto de lo que algunos comentaristas han tenido la honradez de llamar 'un sacramento satánico'..."

Y agrega: "De todos los nombres de los discípulos de Jesús, sólo Judas es específicamente judío..."

Sucede entonces que Judas fue echado a
"...una noche de aislamiento y maldición de la que el pueblo judío no escaparía más. Éste es el instante crucial (en ese contexto, un término abrumador y ominoso) en que echa raíces el odio a los judíos que mora en lo más hondo del corazón del cristianismo. No sabemos nada de los motivos de Jesús para destinar a Judas a una eterna maldición. El Dios de Abraham y Moisés había elegido a los judíos como seguidores, y ahora los elige por medio de Judas, en una contraelección que hace de la exclusión un sacramento para la humillación y el castigo. Lo que aúlla la muchedumbre cristiana en las masacres de la Edad Meedia, en los progromos, es el nombre de Judas, el cargo de traición venal y deicidio. Lo que anuncia y traduce la milenaria y sangrienta calumnia sobre los judíos son los supuestos rasgos del hijo de Iscariote, su pelo rojo, su nariz 'judia', su barba partida. 'Judas tenía la bolsa' (de las monedas). Y por eso no sólo son esas treinta monedas de plata, sino la demoníaca ambigüedad del dinero mismo, lo que se les pega a los judíos como la lepra. Alcibíades (de la última cena con Sócrates) sale tambaleándose a la noche ateniense y se dirige al subsecuente y frívolo desastre. Pero un desastre personal y político. Judas sale a una eterna noche de culpa colectiva. Decir que su salida abre la puerta a la shoah no es más que la sobria verdad. La 'solución final' que propuso y llevó a cabo el nacionalsocialismo en este siglo XX es la conclusión perfectamente lógica y axiomática de la identificación de los judíos con Judas. ¿Cómo si no iba el cristianismo occidental, que nunca ha repudiado adecuadamente el terrible odio a los judíos que se halla en parte de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, a ocuparse de una tribu como la de Iscariote, satánica, arquetípicamente traidora, usurera? Esa oscurida máxima, esa noche dentro de la noche a la que Jesús envía a Judas después de ordenarle que 'actúe de prisa', es ya la de las cámaras de gas. ¿Quién ha traicionado a quién exactamente?"

(Dos cenas en: George Steiner, Pasión intacta, Ed. Siruela, Madrid, 1997)

Por impresionante que resulte el pasaje, estoy seguro de que no vamos a resolver ahora la cuestión.

Por lo pronto, siempre se podrá recurrir a la historia para ver si los cristianos hemos entendido rectamente el sentido del misterio judío en la historia, tanto en la historia vista sólo por los hombres, como en la historia según Dios la ve.

Porque, claro, está el misterio de por medio, además. Y los misterios, se contemplan y se rezan, en primer lugar. Y si acaso, se revelan o se cumplen y allí un poco más se entienden. Si hay fe que los reciba para verlos o entenderlos.

Con todo, en materia de revelaciones, algunas hay a propósito de esta cuestión que disuenan con estas reivindicaciones de Judas.

Por ejemplo, en el capítulo II de las visiones sobre la Pasión, Ana Catalina Emmerich se refiere a Judas.

ver


"No creía Judas que su traición tendría el resultado que tuvo; el dinero sólo preocupaba su espíritu, y desde mucho tiempo antes se había puesto en relación con algunos fariseos y algunos saduceos astutos, que le excitaban a la traición halagándole. Estaba cansado de la vida errante y penosa de los Apóstoles. En los últimos meses no había cesado de robar las limosnas de que era depositario, y su avaricia, excitada por la liberalidad de Magdalena cuando derramó los perfumes sobre Jesús, lo llevó al último de sus crímenes. Había esperado siempre en un reino temporal de Jesús, y en él un empleo brillante y lucrativo. Se acercaba más y más cada día a sus agentes, que le acariciaban y le decían de un modo positivo que en todo caso pronto acabarían con Jesús.

Se cebó cada vez más en estos pensamientos criminales, y en los últimos días había multiplicado sus viajes para decidir a los príncipes de los sacerdotes a obrar. Estos no querían todavía comenzar, y lo trataron con desprecio. Decían que faltaba poco tiempo antes de la fiesta, y que esto causaría desorden y tumulto. El Sanhedrín sólo prestó alguna atención a las proposiciones de Judas.

Después de la recepción sacrílega del Sacramento, Satanás se apoderó de él, y salió a concluir su crimen. Buscó primero a los negociadores que le habían lisonjeado hasta entonces, y que le acogieron con fingida amistad. Vinieron después otros, entre los cuales estaban Caifás y Anás; este último le habló en tono altanero y burlesco. Andaban irresolutos, y no estaban seguros del éxito, porque no se fiaban de Judas.

Vi el imperio infernal dividido: Satanás quería el crimen de los judíos, y deseaba la muerte de Jesús, el Convertidor, el Santo Doctor, el Justo que él detestaba; pero sentía también cierto temor interior de la muerte de est inocente víctima que no quería huir de sus perseguidores. Le vi por un lado excitando el odio y el furor de los enemigos de Jesucristo, y por otro insinuar a alguno de entre ellos que Judas era un malvado, un miserable; que no podía celebrar el juicio antes de la fiesta, ni reunir testigos contra Jesús.

Cada uno presentaba una opinión diferente, y antes de todo preguntaron a Judas: "¿Podremos tomarlo? ¿No tiene hombres armados con Él?". Y el traidor respondió: "No; está solo con sus once discípulos: Él está abatido, y los once son hombres cobardes". Les dijo que era menester tomar a Jesús ahora o nunca, que otra vez no podría entregarlo, que no volvería más a su lado, que hacía algunos días que los otros discípulos de Jesús comenzaban a sospechar de él. Les dijo también que si ahora no tomaban a Jesús, se escaparía, y volvería con un ejército de sus partidarios para ser proclamado rey.

Estas amenazas de Judas produjeron su efecto. Fueron de su modo de pensar, y recibió el precio de su traición: las treinta monedas. Estas monedas eran oblongas, agujereadas por un lado, y enhebradas formando cadena; tenían también cierta efigie.

Judas, resentido del desprecio que le mostraban, se dejó llevar por su orgullo hasta devolverles el dinero hasta que lo ofrecieran en el templo, a fin de parecer a sus ojos como un hombre justo y desinteresado. Pero no quisieron, porque era el precio de la sangre que no podía ofrecerse en el templo. Judas vio cuánto le despreciaban, y concibió un profundo resentimiento. No esperaba recoger los frutos amargos de su traición antes de acabarla; pero se había entremetido tanto con esos hombres, que estaba entregado a sus manos, y no podía librarse de ellos. Observábanle de cerca, y no le dejaban salir hasta que explicó la marcha que habían de seguir para tomar a Jesús.

Cuando todo estuvo preparado, y reunido el suficiente número de soldados, Judas corrió al Cenáculo, acompañado de un servidor de los fariseos para avisarles si estaba allí todavía. Judas volvió diciendo que Jesús no estaba en el Cenáculo, pero que debía estar ciertamente en el monte de los Olivos, en el sitio donde tenía costumbre de orar. Pidió que enviaran con él una pequeña partida de soldados, por miedo de que los discípulos, que estaban alertas, no se alarmasen y excitasen una sedición. El traidor les dijo también tuviesen cuidado de no dejarlo escapar, porque con medios misteriosos se había desaparecido muchas veces en el monte, volviéndose invisible a los que le acompañaban. Les aconsejó que lo atasen con una cadena, y que usaran ciertos medios mágicos para impedir que la rompiera. Los judíos recibieron estos avisos con desprecio, y le dijeron: "Si lo llegamos a tomar, no se escapará". Judas tomó sus medidas con los que lo debían acompañar, y besar y saludar a Jesús como amigo y discípulo; entonces los soldados se presentarían y tomarían a Jesús.

Deseaba que creyeran que se hallaba allí por casualidad; y cuando ellos se presentaran, él huiría como los otros discípulos, y no volverían a oír hablar de él. Pensaba también que habría algún tumulto; que los Apóstoles se defenderían, y que Jesús desaparecería, como hacía con frecuencia. Este pensamiento le venía cuando se sentía mortificado por el desprecio de los enemigos de Jesús; pero no se arrepentía, porque se había entregado enteramente a Satanás. Los soldados tenían orden de vigilar a Judas y de no dejarlo hasta que tomaran a Jesús, porque había recibido su recompensa y temían que escapase con el dinero. La tropa escogida para acompañar a Judas se componía de veinte soldados de la guardia del templo y de los que estaban a las órdenes de Anás y de Caifás. Judas marchó con los veinte soldados; pero fue seguido a cierta distancia de cuatro alguaciles de la última clase, que llevaban cordeles y cadenas; detrás de éstos venían seis agentes con los cuales había tratado Judas desde el principio. Eran un sacerdote, confidente de Anás, un afiliado de Caifás, dos fariseos y dos saduceos, que eran también herodianos.

Estos hombres eran aduladores de Anás y de Caifás; le servían de espías, y Jesús no tenía mayores enemigos. Los soldados estuvieron acordes con Judas hasta llegar al sitio donde el camino separa el jardín de los Olivos del de Getsemaní; al llegar allí, no quisieron dejarlo ir solo delante, y lo trataron dura e insolentemente.

(A. C. Emmerich, La Amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, fragmento del capítulo II.)

viernes, 25 de marzo de 2005

Mire y aprenda: así se hace 'cultura'.

Hay otros modos, es verdad. Uno, por ejemplo, puede pararse sobre un cajoncito de frutas y, haciendo equilibrio, pregonar un discurso laicista, algo bien ácido, crítico, irónico, mordaz, iconoclasta, jacobino. Total, materia para desgranar dos mil años de toda clase de cosas, no va a faltar.

Pero eso no sé si no es demasiado obvio. Y creo que sí.

Decía un conductor jovencito y progresista el otro día en un programa de radio: "No estoy de acuerdo con las declaraciones de Hebe de Bonafini diciendo que el Papa se va a quemar en el infierno... Porque eso quiere decir que Bonafini cree en el infierno..."

Por eso. Lo que es cultura, creo que se hace de otro modo. Cultura es otra cosa. Destila más lentamente. Impregna de otro modo. Tiene que llegar -como el aceite- al centro de una piedra y eso lleva su tiempo. Si uno quiere un cambio cultural, necesita millones de pequeños gestos, pequeñas palabras. Se va poblando el mundo de imágenes nuevas. No es que no haya que hacerlo todo. Pero la aproximación indirecta tiene una cierta eficacia.

Sobre todo porque es el modo de hacer normal, natural, espontáneo, habitual lo que de otro modo sería envarado y forzado, con aire a militancia, como imperativo extrínseco. Tiene que ser algo 'como quien no quiere la cosa...'

Tiene que ser algo que uno se haya convencido de que es lo que corresponde, que está bien, que no tiene objeción alguna.

Gramsci (y hasta el viejo Lenin o Mao, por nombrar algunos más recientes y perspicaces) le daría la razón a nuestro joven conductor: hay que tener cuidado con las palabras y las imágenes que se usan. Hasta que no se substituyan las 'indebidas', a la gente le será más fácil creer. En Dios, por ejemplo. Esto no quiere decir que vayan a creer. Quiere decir que si aceptan creer, el paisaje los ayudará un poco si les es homogéneo. Ya decía el italiano algo así como: 'mientras siga habiendo gramática, la gente seguirá creyendo en Dios'.

Somos animales simbólicos, después de todo. Las cosas que vemos y oímos, algo más nos dicen, además de lo que vemos u oímos.

Hoy es viernes. Viernes Santo para más datos. Ayuno. Abstinencia.

Es decir, quién sabe si no es buen día para hablar de un buen asado. Especialmente para evitar el cajoncito de frutas (y usarlo para hacer el fuego, en todo caso).

Y especialmente un buen día para hacer 'cultura'...

martes, 22 de marzo de 2005

Para nada es obligatorio. Pero si uno tiene tiempo y ganas, puede hacer, uno de estos días, tal vez más adelante, el ejercicio de leer un manifiesto, editorial o algo así.

Hay que buscar el renombrado 'pirulo de tapa', que en su buena época tenía hasta su cierto sentido del humor. Aunque la creatividad, como la juventud maravillosa, no es para siempre...

La materia de argumentación no es novedosa, y la forma de argumentar, menos. Todo lo contrario. Y que el firmante de una nota en un diario se llame así tampoco es decisivo, aunque resulte hasta casi irónico.

El ejercicio consiste en todo caso en ver cómo es una mirada ideológica -de izquierda, en esta oportunidad- cuando necesita que todos los muñequitos estén en línea. Y si fuera que no están en línea, ponerlos en línea, hasta que se forme la línea, porque lo que importa es la línea.

Es algo que se puede hacer con las ideas y también con la palabras, sin duda. A veces, hasta se puede hacer con las cosas. Claro que ideas, palabras y cosas sufren cuando se las trata así.

Pero bien vale esa pena, se dirá el ideológico, si los muñequitos quedan en línea...

Cuidado, amigos. No vayan a complacerse algunos pensando que la izquierda tiene el monopolio.

lunes, 21 de marzo de 2005

Releía hoy las visiones de Ana Catalina Emmerich.

En el capítulo VIII de "La amarga Pasión de Nuestro Señor Jesucristo", Jesús está ante Caifás.

Verdaderamente impresiona y da miedo. En esta parte del relato de lo que Ana Catalina ve, la descripción del carácter de Anás, de Caifás, de los sacerdotes y escribas, de los testigos falsos, es espantosa. Los demonios sueltos, Caifás parado sobre el infierno al momento de condenarlo porque afirmó ser el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios; la furia, la burla, la tortura, la humillación.

Aun si Jesús no hubiera sido Dios y todo eso no fuera parte de nuestra Redención y cada uno de esos horrores no fueran -como son- una consecuencia de nuestros propios pecados, habría parecido demasiado y excesivo.

Lo que ve la monja alemana es espeluznante. Gibson, me parece, no llegó a tanto.

En ese capítulo VIII, una tropa desmañada de testigos falsos consigue poner furioso al propio Caifás, de tan infames, desordenados, contradictorios. Se impacienta con las estupideces que dicen. Hasta él se da cuenta de que las mentiras son de pésima calidad y que no sirven para lo que se propone, que es condenar a Jesús.

Pero en esta Semana Santa va a dominar mi ánimo una mención al pasar.

Entre los testigos que pagaron u obligaron o que se prestaron de buen grado para declarar contra Él, hay uno.
Algunos decían que los había curado, pero que habían vuelto a caer enfermos; que sus curas eran sortilegios. Había muchas acusaciones y testimonios sobre el sortilegio. Los fariseos de Séforis, con los cuales había disputado una vez sobre el divorcio, le acusaban de falsa doctrina: y un joven de Nazareth, que no había querido admitir por discípulo, tenía la bajeza de atestiguar contra Él.
Si no tuviera otra cosa que rezar y pedir en estos días, pediría no ser ese joven.

No que uno no merezca ser ese joven.

Pero pienso que habitualmente nos preocupa más saber si Jesús nos llama, nos preocupa estar atentos y responder, y velar. Y no dejarlo pasar de largo.

Estamos acostumbrados a mirar las llamadas y bendiciones de Jesús. Mira uno la "vocación" de los apóstoles y discípulos y se piensa que no tiene que pasarnos que, llamándonos, se niegue uno, se demore, se ate a sus amores, a las riquezas, a sus muertos, por más paciencia que Él tenga, por más paciencia de amante dispuesto a humillarse y a buscar y a esperar que Él tenga. No quiere uno que le pase ser desatento. Y a pesar de todo nos pasa ser desatentos (en los dos sentidos).

Pero esto tiene un sabor diferente. Porque, según lo que se lee en Ana Catalina (así, como al pasar), visto que Él puede no querer admitir -y que Él no quiso admitir a uno-, no querría yo ser ese joven de Nazareth, sea lo que fuere que signifique que Él no había querido admitirlo por discípulo.

domingo, 20 de marzo de 2005

Según parece, el asunto de la pelea entre el gobierno argentino y el Vaticano (*), es un asunto importante.

Y es el caso que, así dicho, a mí me parece más o menos importante.

Porque este asunto no es el principio de nada. Acaso el final, y más seguro es una estación intermedia.

Ni que decir que hablar de esto como si fuera una quiebra de la religiosidad en la Argentina, es una pomposa enormidad. Ni ataque a la Iglesia, ni brote de comecurismo. Hablar de persecución y de ataque a la libertad religiosa hasta cierto punto me parece una hipocresía.

Será que si no se ve un poco de sangre no se pueda hablar de herida. En todo caso, si Baseotto no hubiera dicho nada, igual las cosas serían lo que son. Y si llegaran a producirse consecuencias serias a propósito de estas cuestiones, esas consecuencias no serán las consecuencias de que Baseotto haya abierto la boca. Si hay persecución, ya había; si hay ataque, ya había; si hay quiebre, ya había.

La clave de la cuestión, creo, está en ver qué se supone que se defiende cuando se defiende a Baseotto y qué se supone que se ataca cuando se ataca a Baseotto.

Que Baseotto haya dicho algo es una anécdota, al fin de cuentas, por más que sea una anécdota ruidosa.

No me hace mayor diferencia. Salvo que uno tuviera como propia la agenda de los medios, o del gobierno asociado a los medios.

Que Baseotto sea la ocasión, vaya y pase. Seguro que Baseotto no es lo central del tema.

Que en ocasión del episodio se discuta lo esencial, podría llegar a pasar. Pero, francamente, no lo creo. Y, si me preguntaran, diría que prefiero pensar que el propio Baseotto piensa así y que no pretende que se hable tanto de él y ni siquiera de lo que dijo, sino de lo que supone lo que dijo y de las razones por las cuales lo dijo.

Lo mejor sería que no pasara que no hubiera preocupación alguna por lo que está detrás de la pelea, y que no pasara que la única preocupación resultara que hubiera pelea. Y lo que está detrás no es ni el preservativo ni el aborto. Ni el petróleo de Venezuela ni la Esma, ni las próximas elecciones ni la frivolidad de la búsqueda de fortaleza política, ni cualquiera otra noticia.

A como lo veo, creo que todo tiende a diluirse mediáticamente en una pulseada (diluir no significa menos espacio y ruido, acaso más). Pero se volverá una pulseada de poder contra poder. A ver quién gana este asalto.

Podrá pasar que se elijan los campos de batalla, las estrategias y las tácticas. Hasta la oportunidad y el momento en que convenga guerrear por esto y aquello.

No podrá pasar que se escatimen las razones de fondo. No podrá pasar que no se sepa exactamente de qué se está hablando cuando se habla del caso Baseotto.

Porque si pasara eso, estaríamos leyendo y comentando los diarios, las noticias. Poniendo cara y voz de preocupación, hasta casi diría que nada más que porque estas cosas aparecen en la primera plana de los diarios. No mucho más.

(*) Sí, el Vaticano, es decir Roma, la Roma religiosa y la política. Porque no estoy para nada seguro de que las autoridades eclesiásticas argentinas -así, corporativamente entendidas- sean realmente parte convencida de esta batalla. Que vayan a verse obligadas, podrá ser. Pero no lo sé. Y creo que no lo quieren, si les dieran a elegir.

sábado, 19 de marzo de 2005

No del mejor humor, arranqué para el asado.

Mediodía de vientecito suave, más o menos sol, más o menos nubes.

Pero el compromiso era de hierro y faltar era pecado grave.

Juan, el que sabe hacer los asados, puntano de San Luis en el límite con Villa Dolores, moreno, socarrón, tranquilo, callado, el dueño de casa, cumplía años. Y su inquilino, el inefable vendedor de libros en el tren, me venía invitando desde que llegué de viaje. Y fui. Tenía que.

Me hicieron contar cosas de afuera, pero también se fueron cruzando las anécdotas de otros en la mesa, de tal modo que, al terminar una muy graciosa de una mula loca en el servicio militar del hijo de mi amigo el vendedor de libros en el tren, le di con el final patriótico del cuento entrada a la guitarra de otro de los comensales, Mariano. Haciendo de maestro de ceremonias, claro...

Cantó unas cuantas. Entre ellas, esta linda zamba (desconocida para mí), con letra de Manuel Castilla y música del Cuchi Leguizamón, flor de la nata salteña en músicas y versos:

Juan panadero

Qué lindo que yo me acuerde
de don Juan Riera cantando
que así le gustaba al hombre
lo nombren de vez en cuando.

Panadero don Juan Riera
con el lucero amasaba
y daba esa flor del trigo
como quien entrega el alma.

Cómo le iban a robar
ni queriendo a don Juan Riera
si a los pobres les dejaba
de noche la puerta abierta.

Por la amistad en el vino
sin voz querendón cantaba
y a su canción como al pan
lo iban salando sus lágrimas.

A veces hacía jugando
un pan de palomas blancas
y harina su corazón
al cielo se le volaba.
Y resultó que mi amigo, salteñísimo él, había conocido al Juan Riera de la zamba y a sus hijos, alguno panadero como él. Y de pronto la canción se volvió otra. No sé si la letra es de lo mejor que le conozco al autor, y creo que no. Aunque la zamba cantada es muy bonita. Pero el agregado 'existencial' la hizo mágica.

Me quedé mirando al hombrecito 'chaparro', moreno, envejecido. La zamba y él se habían vuelto la misma cosa y la zamba ya no era zamba.

Toda la Argentina estaba ahí, en la mesa chica y sencilla de la tarde casi otoñal, mantelito rojo.

La zamba ya no era la zamba y él ya no era el vendedor de libros. Hacía de 'cicerone' tierra adentro, hacía de 'virgilio' salteño diciéndonos quién era quién en ese infierno, purgatorio y cielo cotidiano, nos guiaba por la letra de la zamba y nos contaba más que lo que la zamba decía. Y de otras cosas habló y -salteñísimo él, por supuesto- recitó sus versos propios, que le dedicó a mi mujer, por su primera vez en esa mesa.

Toda la Argentina estaba allí, soterrada, asordinada. Ni por un momento la Argentina de los diarios y de las noticias. La Argentina a secas.

Un panadero hecho zamba, explicado por un vendedor de libros en los trenes.

Buena faena.
Y creerán que es que uno les tiene bronca a los celulares. Y no es eso.

Es lo simbólico. Lo que se ve detrás de lo que se ve.

Tarde de viernes. El día final de la semana de fatigas. Mucha cerveza se ve en la calle. Tal vez el sobrante del 17...

Llego tarde a la estación, ya es oscuro. Hay mala luz en Retiro, poca. Las gentes van como sombras. El aire cambió y por hoy no hace ese calor de marzo (todavía no se fue marzo y va a volver), corre viento.

Cansinamente busco un poco de luz en alguno de estos vagones de Bangladesh. Tengo unos bizcochitos de grasa (alguna vez tengo que hablar de la panadera) y la segunda parte del Quijote. Y tengo una hora para leer y 15 minutos para comer. Cargo con mis ropas como si fuera un príncipe en el exilio. Para mimetizarme, para hacerme invisible, debería vestir de otro modo. Una corbata, nada más, se vuelve un accesorio tan exótico...

Encuentro un asiento de lata, de esos azules que llaman antidestrozos, antidepredadores, antiestéticos, antihumanos.

Son de un ascetismo menos que monacal. El respaldo llega a la mitad de la espalda, no sé a la altura de qué vertebra, que sufre cuando uno se recuesta. Un modo de decir, además, porque están a 90º (tal vez a 95º). En invierno, se congela la chapa y le agrega a la penitencia un regusto a desierto frío que hace variada la experiencia. No hay que desdeñar el espacio para las piernas, ocasión de mortificación más refinada. Son fijos además, de modo que alguna vez, si uno va, va de espaldas, caminando para atrás.

Alguien probó este diseño con un muñeco. Y se ve que el muñeco no se quejó. Y a alguien le pareció que estaba bien así.

El hombre común, la mujer común, se sientan allí, viajan allí dormidos a las 5, a las 6 de la mañana y vuelven a las 9, a las 10 de la noche. Y veo que muchos ríen y me parecen santos.

Y, para colmo, no tienen un blog.

En los extremos de las filas, suele haber espacios vacíos y allí viajan gentes paradas, a veces sentadas en el piso (claro, la mayoría no lleva corbata...) Busco esos lugares, porque se puede estirar un poco las piernas, si nadie se sienta en el piso, claro.

Frente a mí, allí, parados, viajan cinco personas. Y cinco celulares. Son gente joven. Tres mujeres y dos varones. Dos chicas por un lado y los otros tres por otro.

Durante toda una hora, suenan musiquitas metálicas, robóticas. Mensajitos. Luces frías azulinas, cálidas ambarinas, de pantallitas y tecladitos.

La conversación, durante toda una hora, es sobre celulares, prestaciones y trampas, chips y tarjetas. Habría sido gracioso si no hubiera sido triste. Nunca se me figuró que toda una hora pudiera hablarse de modelos y precios, de sonidos y mensajes. Y en todo ese tiempo nunca soltaron de sus manos los rectangulitos a botonera. Y en todo ese tiempo, mientras de ellos hablaban, los sobaban y pulsaban. Y no mucho hablar por ellos, que eran pobres sus dueños y faltos de créditos y líneas (esto, por supuesto...) Había una sensualidad extraña. Una penosa complacencia en tenerlos, aunque se los pudiera usar muy poco. Y paracía que hablar de ellos reemplazaba el hablar por ellos. Y me pareció que era una conversación amorosa, además. Como si dijera que tenía algo de erótico. Tal vez aquello de Dolina de que todo lo que un hombre hace y dice 'es para levantarse una mina'.

El coro, entretanto, sigue la melodía principal. Desde otros rincones de Blangadesh suenan, como tambores de guerra a la distancia, en medio de la floresta de gentes, otros soniditos, cumbias y Beethoven, musiquitas de ascensores, fragmentos de trivialidades. Y conversaciones breves, mensajes de circunstancias, pequeños negocios, gritos impúdicos, susurros amorosos, avisos de viaje y de arribos ('estoy en el tren, ya llego...'), tonteras, acuerdos, salidas nocturnas....

Mientras, algo más allá, en el pasillo oscuro, unos obreros jóvenes blanden una Budweiser y una Schneider de litro, y repasan la semana de trabajos y la mezclan con las expectativas de fin de semana. No creo que lleguen a disfrutar despiertos la noche. Sin celulares, con cerveza.

'Boludo' y 'boluda' son, ya se sabe, los nombres y apellidos de estos días. No hace falta más título ni alcurnia.

Sobre mis rodillas, apenas sostenidos entre mis manos, Alonso Quijano el Bueno y Sancho Panza, el ama y la sobrina, el insoportable Sansón Carrasco, desgranan sus diálogos en medio de la chapa azul e inclemente, en ángulo de 90º y a 4,5º de graduación alcohólica, susurrando sus razones entre 'tonos' y 'boludas'.

Cide Hamete compite empecinado con el guionista que ha escrito la vida común del hombre común que tengo enfrente.

Siento la fuerte tentación de pensar que cualquiera de los esperpentos de la novela, por locos e irreales que parezcan, tienen más cosas que decirme que esta caterva de parias acelularados. Pero enseguida se me pasa: por esperpénticos que sean estos insípidos trashumantes robotizados, son reales.

Cabalgan Quijote y Sancho, rocín y rucio cansados, entrando al Toboso en medio de la noche, buscando a una Dulcinea que no es. Y que es. Y cabalgo en lata también yo, con ellos, metiéndome en la noche hacia mi Toboso, el viernes, al final del día.

Levanto la vista y veo nada más que Aldonzas Lorenzos y Sanchos sin Quijote, y ninguna sensata Teresa Panza y varios insufribles Sansones, bachileres salmantinos o no. Y Maritornes y curas y barberos y cabreros y galeotes.

Todos llevan sus celulares.

Aunque, secretamente, sin que ninguno de todos ellos siquiera lo imagine, allí está él en medio de todos, dolido y perplejo, benevolente y triste.

Allí va Quijote que los lleva a todos ellos, que para eso es quien es. Y los lleva Sancho, todavía más, que los conoce y los ama.

Y ahora veo que, junto con todos los demás, me llevan también a mi.

jueves, 17 de marzo de 2005

La polis -la de acá- (1)

El que se zambulla con la íntima expectativa de un poco de política, se tiene que decepcionar. Apenas si estoy leyendo diarios atrasados de los últimos tiempos. Y desordenadamente, para peor.

Es muy probable que esté equivocado. Pero, por momentos, me parece que todo está en orden. Quiero decir, cada cosa se me aparece teniendo el aspecto de lo que es. No digo que esté bien como está, ni como aparece. Digo que, si lo miro con un poco de atención, el mundo tiene cierto guión bastante consistente. Que no guste, es otro costal y otra harina.

Tiene que ser impresión mía, seguramente. Y también está el hecho de que no estoy del todo acomodado, todavía.

Ahora bien, en grandes líneas, lo que se ve está dominado por dos o tres asuntos, con todo lo que tienen de simbólico, además.

Por ejemplo, se ven los asuntos de estado. Y lo que parece verse es un gobierno que ocupa casi todo el espacio que hay para ocupar. Creo que porque nadie más está en condiciones. Apenas si la Iglesia (sea lo que fuere lo que esa palabra quiere decir hoy por hoy), dice algo diferente, con algún peso. Y eso a veces. Y eso algunos. Y no siempre bien. Y a veces vaya uno a saber por qué. El resto de las voces posibles, y por cierto que las de algunos católicos -con púrpura o sin púrpura-, en general se oyen como grillos o cigarras.

Lo que me suena es que el gobierno tiene aspecto de estar mintiendo en lo que grita y diciendo la verdad en lo que apenas dice. Y de este modo se me vuelve el abanderado del mundo tal como parece que va a ser en los próximos tiempos. Abanderado en el finimondo, claro, pero, es lo que tengo a mano, qué puedo hacer...

Este gobierno, por ejemplo, hace gestos ampulosos, progresistas, agresivos. Muestra los dientes, pega golpes en la mesa, llega tarde a las citas, displicente, feroz, juvenil. Pero lo que es pagar, paga. Llena el pizarrón de fórmulas, de slogans y de discursos provocadores. Pero pagar, al final paga. Si yo fuera supongamos el FMI, o cualquier otro de esos, estaría feliz de la vida. Le seguiría el juego. Hasta protestaría airadamente por las protestas y los gritos. Pero para seguirle el juego, nada más. Porque lo que es pagar, paga. Y si quiere gritar mientras paga, que grite. Y si quiere pagar menos, mientras pague, que pague menos. Esta izquierda de obediencia por lo menos financiera -obediencia gritona, pero obediente-, es un poquitín falluta. Con empresas, conglomerados, multinacionales, más o menos lo mismo. Gritos y negocios.

(Por otra parte, bastante burdo ese asunto de mantener un clima de agitación y efervescencia progresista. Como si fuera una gran idea tener a todo el mundo caminando por la calle, el mayor tiempo que sea posible, dando la sensación de 'soberanía política e independencia económica'.)

Me parece que el hombre común cada vez paga más por cada vez menos y peores cosas. Y no estoy hablando solamente de comida y vestido. Parece que el discurso obligatorio es que estamos luchando a brazo partido y con inteligencia y coraje contra los poderosos y malvados de este mundo. Pero, qué puedo decir: lo que es este gobierno, pagar, paga. (E insisto en que no solamente se trata de dinero...)

Las condiciones de vida que quedaron como leyes de los nuevos tiempos globales, todavía humeantes en el recuerdo, aparentemente, aún están, vivas.

Cuando éramos del primer mundo menemista, por caso, eran las condiciones del progreso y lo que hacía falta para ser civilizados, ahora que somos latinoamericanos progresistas, son las condiciones de la lucha y lo que hay que hacer para ser revolucionario. Y -casas más casas menos- son las mismas condiciones, curiosamente.

Antes, ser precario era el modo de competir; ahora, ser precario es el modo de resistir.

Total: ser precario es el modo. Si fuera una religión quién sabe si no sería estupenda. Desasida, mística, ascética. Libre de las solicitudes mundanales.

Filfa.

Por lo demás, en esas materias que se llaman morales (algunas tan vecinas a obedecer lo que pide eso que hay que llamar el globalismo), este gobierno habla con pequeñas palabras pero firmes. Hace lo que hay que hacer para estar en este mundo hoy por hoy. Y allí no miente. Ni grita demasiado, salvo que lo obliguen o le den el 'piedra libre...'

Pequeñas líneas que se cruzan y que hacen un tramado que se me figura bastante horrendo: plata y moral sexual, negocios y revolución 'bolivariana'.

Piqueteros + inflación + aborto + arranques nacionalistas + lesbianas + aumentos de tarifas + antiFMI + condones + montoneros + pagos puntuales de la deuda externa.


Y falta las respuestas que recibe de enfrente (cualquier enfrente, al fin al cabo, salvo por los inmensos matices...)


Pero para seguir hablando de esto, y de algunas cosas más de estos barrios, mejor otro día.

Que la polis aturde y cansa, como se ve.

miércoles, 9 de marzo de 2005

Vine a dar con el colombiano Eduardo Carranza, en una vieja Revista Nacional de Cultura.

"...Nacido en 1913, en los llanos de Apiay...", dígase lo que se quiera, es un muy buen comienzo para una biografía. Sonoro comienzo, al menos.

En uno de sus libros de poemas ("Azul de ti. Sonetos sentimentales, 1937-1944") hay uno que, tratando de mantenerse ecuánime, es recomendabilísimo.
Soneto con una salvedad

Todo está bien: el verde en la pradera,
el aire con su silbo de diamante
y en el aire la rama dibujante
y por la luz arriba la palmera.

Todo está bien: la frente que me espera,
el agua con su cielo caminante,
el rojo húmedo de la boca amante
y el viento de la patria en la bandera.

Bien que sea entre sueños el infante,
que sea enero azul y que yo cante.
Bien la rosa en su claro palafrén.

Bien está que se viva y que se muera.
El Sol, la Luna, la Creación entera,
salvo mi corazón, todo está bien.

martes, 8 de marzo de 2005

Volver al tren es toda una experiencia que había olvidado en estos últimos dos meses, parece mentira.

Conseguí un buen horario, con asientos, no mucha gente. Un poco de lectura, apenas unas 'cabeceadas' de siesta y con eso y suerte se hace corto el viaje de una hora.

Lo que es por mí, no hubiera dado diez centavos por el sujeto. Ciego, al parecer, los ojos muy apretados. Mal vestido, de negro, pantalones y buzo. Además del pelo y las cejas renegridos. Bajito, arrastrando los pies. Tal vez treinta años.

Un bastón que no era bastón, un pedazo de caño blanco con puntera abajo. Y una guitarra completamente destrozada, emparchada con cinta de embalar transparente, mal puesta, todo alrededor de las curvas, levantado el fondo.

Una voz grave cuando hablaba y habló poco.

Y una voz de tenor cuando empezó a cantar.

Muy suave, sin estridencia ninguna. Modulando para que los 'altos' apenas molestaran al pasaje. No sé si era oficio o simplemente buen gusto.

Pero como yo no hubiera dado ni diez centavos por él, me sorprendió.

La canción era una canción de amor, versos impecables, rica melodía, al estilo trova cubana, muy buena guitrarra (pobre, la guitarra, dando sus últimos sonidos...)

Al terminar esa maravilla, 'diez centavos' hizo -con su voz grave, levemente impostada y letánica- una glosa evangelista, protestante, de iglesia electrónica. Una glosa miserable que aplicaba los versos al amor de Jesús, al amor por el hermano. Miserable por mísera.

No que no se pudiera entender esa aplicación. Pero con entender simple amor estaba bien. Y más que bien.

'Diez centavos' salió triunfante, conmovió espontáneamente a todo el vagón. Desde donde estaba, yo podía verlos a todos. El aplauso brotó sin obligación en cuanto terminó de cantar.

Estoy seguro de que, como a mí, a casi todos les pareció que la glosa no había siquiera tocado a la canción, que seguía flotando sola y musical.

No era faltar a la virtud de religión. Era un homenaje a una obra bien hecha.

'Diez centavos' cosechó algo más que aplausos.

Me quedé pensando si creería él haber hecho un acto apostólico y que las monedas (que tintineaban en el fondo de la media botella de gaseosa), brotaban de la fe conmovida de su auditorio. No sé que pensar. Aunque algo intuitivamente me hace esperar que no sea así.

lunes, 7 de marzo de 2005

La nube

Buena fama va delante
y buena va tras de si.
Nada le mancha su nombre,
nada tienen que decir.
Ni muerte lleva ni heridas
que digan de él que es vil.
Ni injusticias de dineros.
Ni sabe lo que es mentir.
Leal siempre, fiel amigo.
Valiente como del Rif...

Mas, de noche en noche suena
diría yo que el gemir
de un pecho que no ha consuelo
y que él ni debe oír.

Es lo que quedó de una historia que supe en estos días.

La trágica experiencia de no saber, de no tener idea, de no oír. Casi de la substancia de la tragedia.

Es el caso que la honra, el pundonor, tienen sus nubes y sus velos. Secretos, silenciosos, en sordina.

Un caballero con todas las letras, y sabe Dios que tiene buena fama. Y, con todo, allí va su sombra, una pequeña nube. Ni le opaca la honra, ni la desmerece. Pero, allí está. Y él no la ve. Y es honrado. Pero allí está una nube, dando la resolana.

Pero eso no pasa solamente con la honra, si vamos a ver. Son insondables los corazones. Para nosotros al menos.

viernes, 4 de marzo de 2005

Me pregunto en qué se parece James Joyce a Ginés González García.

En realidad, no sé.

Tal vez, y nada más, en que haya letras que se repiten en sus nombres, por ejemplo.

Por lo demás, Joyce era muy flaco; González, au contraire.

Con todo, estoy seguro de que algo dañino hay detrás de las dos figuras. Por algún lado son parientes. Tendría que ponerme a cotejar, investigar un poco.

Pero, a primera vista, algo hay. Hay algo con el amor en ambos. Escribir un poema de amor sin amor y repartir condones entre los adolescentes, son de esas cosas que tienen un aire de familia.

Es probable que cierta educación, en-el-peor-sentido-de-la-palabra-jesuítica, le haya dejado a JJ todo revuelto en la cabeza y en el corazón. Y de verdad no tengo idea quién haya podido revolverle el corazón y la cabeza a García.

Igual -y aunque es mucho más grave y muchísimo más peligroso-, siempre será materia más noble ser mal educado por los jesuítas que ser un visitador médico de laboratorios o empleado del Banco Mundial o del PNUD.

O será que yo mismo prefiero un escritor a un políticastro. O será que GGG, entre otras cosas, ha leido a JJ y así quedó.

Si no fuera tensar la metáfora, tal vez cabría lo de que de aquellos polvos vienen estos lodos...

Pero no sé si se puede explicar bien esto.

Mejor lo miro todo de nuevo.

miércoles, 2 de marzo de 2005

Leía en un ensayo sobre James Joyce, un relato que su hermano Stanislaus trae en Mi hermano James Joyce.

Resulta que James tenía unos poemas juveniles, de carácter erótico y, refiréndose a ellos, un amigo, Skeffington, le pregunta si alguna vez había estado enamorado:
"La respuesta fue rápida: -¿Cómo podría escribir las más perfectas canciones de amor de nuestra época si estuviera enamorado? El poeta debe escribir siempre sobre un sentimiento pasado o futuro, nunca presente. Si se trata de una relación normal, bien encaminada, devota del amor de Dios,'hasta-la-muerte- nosotros- dos', se hará incontenible y arruinará la poesía.
La poesía debe tener una válvula de seguridad bien ajustada. La tarea del poeta es escribir tragedias, pero nunca la de ser actor."

Leo también que Joyce se había educado en los colegios de Clongowes y Belvedere y también en Trinity College, todos ellos a cargo de la Compañía de Jesús.

lunes, 28 de febrero de 2005

Y al fin, pasadas las seis semanas de trabajos, de vuelta en casa

¿Podría poner aquí todas las cosas vistas? ¿Podría -debería- hacer la verdadera cuenta de cosas?

Me acuerdo de Chesterton: ¿qué debo decir: lo que todo el mundo diría que ocurrió o decir lo que 'verdaderamente' es?

No. Mejor callar la mayor parte de las cosas. Las que verdaderamente son y fueron. Hasta que vayan saliendo tal vez, si acaso, si salen, si aparecen, si deben salir a la luz.

Et si non, non. No soy yo quien decide eso enteramente, después de todo.

Uno teme siempre trivializar, tratando de explicar.

Pero lo cierto es también que uno se lleva algo de todas las cosas, algo de todo lo que vivimos y vemos va donde vamos.


Así es como muchos indígenas que vi, verdaderamente se asustan cuando los turistas pretenden sacarles una foto 'pintoresca'.

De verdad creen que algo de su alma se va con el turista y con la fotografía que les toman.

No saben la razón que tienen. O sí.

domingo, 13 de febrero de 2005

A poco más de 100 kilómetros al noreste están los Altos de Jalisco. Buena tierra, muy.

Es campo, aunque no es el campo de nuestra llanura, porque no hay llanura de ese tipo aquí. Pero es campo: vacas, siembras, cría de aves, ranchos, corrales. Leche, maíz, huevos, carnes. Y, por supuesto, plantaciones de agave, la planta del 'tequila'.

Otra vez esta vez me invitaron a cazar huilotas (son como nuestras torcazas del sur), campamento incluido, de noche bajo las estrellas. A la vera de una represa, una especie de laguna. Son Los Altos de San Joaquín, porque está en una sierra sobre un caserío, una ranchería, que así se llama.

Las huilas (apócope de cazadores) comen de los campos ya cosechados de maíz y hacen sus vuelos sobre ellos, que es cuando el cazador las caza. Eso pasa entre el alba y las 9 y, por la tarde, entre las 4 y la caída del sol.

Me había comprado de oferta un compacto de Jorge Negrete, cantando en vivo con el trío Los Calaveras. Y esa fue la música de este fin de semana. Especialmente, las canciones de José Alfredo (Jiménez, autor exquisito de La media vuelta o Te solté la rienda...)

Qué bien sonaba bajo la Osa mayor y un cielo desconocido para mí, un cielo de estrellas nuevas, que no se ven en el sur. Viento suave que soplaba del lado de la lagunita, alrededor de un fuego de una rama enorme que conseguí en la sierra, para beneplácito de mis anfitriones (mi pasión por el fuego es casi famosa ya por estos lares...)

Una especie de nuestro espinillo. A la planta cuando es chica, una mata muy espinosa, la llaman huisache y mesquite al árbol en que se convierte pasado mucho tiempo, que da flores amarillo oscuro muy abigarradas. La planta puebla la sierra como los nopales, especies de cactus (como nuestras tunas, pero distintos, de esos que a veces aparecen en los dibujos animados o en las películas.)

Riquísimo huele el mesquite, madera dura, de una madre durísima. Casi no da humo y 'tira' calor casi como nuestro espinillo, pariente pobre del quebracho para la chimenea o el asado.

Asado hice, a propósito. Se come aquí un corte al que llaman arrachera que es una carne muy finita. Pero esta vez venía un poco más ancha y no resistí la tentación.

Era cosa de ver la parrilla con comal (una plancha de acero) en la que calentaba tortillas de maíz, tacos de res o de frijol y cebollitas. Y más era cosa de ver el gaucho dándole vuelta y vuelta a la arrachera hasta dejarla en su punto, grosor de matambre y consistencia de lomo... El orgullo cárneo nacional, diría yo, quedó salvado con toda dignidad.

Pero la noche, en realidad, era de fuego, cigarros de hoja y ron.

Conversación masculina, cosas de hombres. Quién sabe durante cuántos miles de años ha sido así. Cazadores silenciosos o bromistas (ellos, mucho más que yo), cansados de caminar entre rastrojos y con el hombro derecho apenas resentido por las decenas de golpes de los tiros de escopeta, allí los cuatro, alrededor del mesquite que gobernaba con celo (o me dejaban gobernar...) y que olía y miraba quemarse con deleite.

José Alfredo gobernaba el aire, mientras tanto. El viento movía el agua de la lagunita contra piedras grises y pardas. Una luna increíble, menguante, amarilleando el agua. Y Los Calaveras, a pura guitarra dulce y rústica, diciendo con gran elegancia:
"...Se me acabó la fuerza de mi mano izquierda:
voy a dejarte el mundo para ti solita.
Como al caballo blanco le solté la rienda,
a ti también te suelto y te me vas ahorita.

Y cuando al fin comprendas
que el amor bonito lo tenías conmigo,
vas a sentir mis besos
en los propios brazos del que esté contigo;
vas a sentir que lloras
sin poder siquiera derramar tu llanto
y has de querer mirarte
en mis ojos claros que quisiste tanto,
que quisiste tanto,
que quisiste tanto...

Cuando se quiere a fuerzas rebasar la meta
y se abandona todo lo que se ha tenido,
como tú traes el alma con la rienda suelta
ya crees que el mundo es tuyo y me das tu olvido..."

A esta altura, exactamente dentro de dos semanas, y primero Dios (acá si usan esta expresión), estaré en la pampa otra vez.

Pero ahora, y por ahora, estoy aquí. No sé -y no creo que pueda saberlo- si no es esto lo que vine a hacer. Por lo menos también esto.


¿Que si lo pase bien en la sierra? Sí, cómo no: tenía casi todo.


Menos el resto.

Como siempre en este mundo.

jueves, 10 de febrero de 2005

Los he visto miles de veces, en todas partes, suspendidos en vuelo, quietos en el aire.

Tener que cruzar dos trópicos y el Ecuador para poder ver, por primera vez en mi vida, un colibrí quieto sin volar, parado en un alambre, sobre una pared a la que da la ventana de mi cuarto, con el noreste de fondo, recién salido el sol.

Un personaje, el animal. No sé por qué me dio la impresión de que aprovechaba, como actor tras bambalinas, un momento de descanso, que nadie lo veía (nadie, nadie, no...)

Como si fuera consciente de que, a la vista de todos, debe hacer lo que se espera de él, y necesariamente debe volar infatigable. No sé si eso les pasa a los colibríes (o solamente a los actores, o si alguna vez o muchas nos pasa a todos...)

Hablando de pájaros, años atrás alguna vez vi unos pájaros extravagantes en Tijuana, una tarde de invierno, una tarde fría. Más que ver, los oí. Los cantos nos rodeaban como en estereofonía, porque sonaban unos trinos de mil formas que parecían de otros tantos bichos. Y, no. Pregunté y me dijeron que era uno solo. Había salido del salón con las gentes del curso. Estábamos tomando café y chocolate caliente en un jardín entre muros, en un alto entre clases, rodeados de árboles inmóviles, el cielo limpio, helado, a la caída del sol, con las estrellas nítidas y una luna brillante.

Me dijeron que se llamaban zenzontles y me acordé del nombre, lo había leído en Darío y los oí mencionar en canciones de la Trova, por ejemplo. Creo que algo dije de ellos alguna vez. Es un caso único porque imita los cantos de otros muchos pájaros y los mezcla. Un auténtico subcreador en segundo grado...

Y están por aquí también los zanates (de hecho, xanates o chanates, más propiamente tal vez), que quiere decir algo como negros u obscuros. Tal así que, por estos rumbos, a los morochos los llaman zanates. Tienen mucho de cuervos, si vamos al caso.

Pájaros raros, grandes talmente como cuervos grandes, de cola larga, verdaderamente negros y lustrosos, pico largo, y agresivos al parecer. Comen de unos frutos de árboles que aquí llaman jacaranda, con acento grave. Y no sólo, parece que también comen pájaros más chicos, cosa que no me extraña para nada.

Tienen un canto dramático, casi grave, punzante, desgarrado, con trinos a veces, que suenan como arias de tenores rusos. Me quedo viéndolos en las plazas y en los jardines. Suelen pararse también en las ramas altas de unos árboles como ficus muy grandes y desde allí gritan y se lanzan en picada. Andan acompañados de otros pájaros que no alcanzo a distinguir (parecen zorzales a la distancia, o a mi cortedad de vista) y como no los oigo cantar, no sé describirlos bien.

martes, 8 de febrero de 2005

Anduve al norte de aquí, por Tepic, capital del estado de Nayarit.

Hay varias historias de ese viaje que alguna vez si acaso contaré. Algunas son historia política y social.

Pero, por ahora, una de ésas cosas tan típicas a las que uno se acostumbra en estas tierras.

En una iglesia bastante vieja en el centro de la ciudad, que no es muy grande, hay una reja que da paso a una especie de navecita al aire libre.

Allí, en medio de esa nave o capillita está la cruz de zacate.

Zacate es pasto. Y efectivamente lo que hay allí es una milagrosa cruz de pasto (el brazo mayor es de una hierba o yuyo como si dijéramos manzanilla), pastos de dos texturas y colores, perfectamente trazada y simétrica, todo alrededor lo que hay es tierra con un musgo impoluto lo que muestra que el lugar no es hollado por pie humano de quien pudiera carpir o cuidar.

Nadie ha sembrado, nadie riega ni cuida. Simplemente crece así en forma de nítida cruz de zacate.

Y así está desde por lo menos 1619, aunque otras fuentes dicen que ya estaba desde los primeros tiempos de la evangelización, allá por 1540. El que descubrió el milagro fue un mozo de mulas, o mejor dicho las mulas, que eran las que no querían, ni por pienso, pararse sobre aquel terreno. Viendo por qué, así lo advirtió el mozo que fue quien dio la novedad al pueblo.

A quien le importe el dato, hacia el sur de Nayarit, cerca de Vallarta, está la ciudad de Compostela, tierra adentro.

Tuvo como primer designio ser la capital de la Nueva Galicia, pero el clima no gustó al primer obispo, por caluroso y húmedo, de allí que propuso correr la fundación hacia un valle más benigno, en Jalisco, adonde fundaron con el tiempo la nueva capital.

Oyendo a los nayaritas, creo que Compostela suspira todavía ese desdén.

domingo, 6 de febrero de 2005

Cosas tienen aquí que son bien simpáticas.

Como la 'tamaliza'. Pero empecemos la historia por el principio.

Los Pesebres ('Nacimientos' o 'Belenes') duran hasta el dos de febrero, Fiesta de la Candelaria, o Nuestra Señora de la Candelaria, tiempo en que se presentó al Niño en el templo, una ceremonia que incluía una procesión que supo ser acompañada de candelas, y de allí el nombre.

Para Epifanía aparecen las famosas roscas de Reyes, en cuyo interior se mezcla con la masa un pequeño Niño de materiales diversos.

Cuando llega el 2 de febrero, se celebra la Presentación de los niños en las iglesias, acompañados de sus respectivos padrinos de bautismo. No necesariamente se trata de niños recién nacidos, he visto de varias edades.

También se 'presentan' figuras del Niño muy cuidadosamente ataviadas, incluso cambiando los trajes de año en año, y también con sus respectivas 'madrinas' que son las que se ocupan de ellos. En esa ocasión hay una bendición especial 'con' esos Niños.

Ahora bien, a quien le tocó el Niño en su porción de rosca le tocó también la obligación de pagar los tamales el 2 de febrero, cuando se deshacen los Belenes, y de allí la 'tamaliza'.

Hay una explicación por cierto para esta tradición, pero, cuando pregunté por qué tamales, me contestaron, como hacen muchas veces: "pues, porque tamales..."