martes, 12 de octubre de 2004

Fue mi última subida a la montaña. Y mi primer 'fracaso' en la montaña. La primera vez, en 16 años, que no pude hacer una travesía. No le viene mal al alma, para nada. Al revés. Uno puede ser que se lleve un recuerdo agridulce. Cosas de la obediencia y la ley.

Sin embargo, también alcanzó para que viera lo que son los decálogos. Inevitables. Los hombres parece que no podemos estarnos sin leyes. Mucho menos los anarquistas.

Estábamos, pues, con un amigo en la Laguna de los Témpanos, en ese lugar que aquí se ve, dispuestos a seguir el curso del arroyo Casalata. Cresteando un cerro (yéndonos por lo que se alcanza a ver a la izquierda de la imagen), cruzando dos vallecitos y otros tantos cerros para llegar al Tronador. Una vieja 'picada' ya en desuso que habíamos descubierto en un antiguo boletín del Club Andino.

O arrancamos mal los dos o ya mis piernas no querían acompañarme. Probamos de transportar la carga que llevábamos en dos veces. Subimos por el hielo del anfiteatro de la Laguna y bajamos al atardecer para volvernos al refugio. Los dos estábamos extrañamente exhaustos, pero eran mis piernas las que ya no me respondían en el hielo al bajar y eso me acobardó. De allí vino el fracaso: sin piernas no se puede.

Nos quedamos en el refugio casi dos días, viendo qué hacer. Mucho frío a pesar de la época del año. Lloviznas heladas. Alrededor del refugio, acampaban más o menos alejados todos los tipos previsibles de aquellos lares: mochileros a secas, insulsos; parejas de picarones y libres amantes; solitarios montañeros cerriles; fumadores discretos de hierbas prohibidas; hippies artesanos y, claro, músicos. De esta raza siempre hay. Y había uno. Su melena lacia y rubiona, leonina, atada con una 'gomita para el pelo', nos miraba desde su metro noventa de altura, robusto, olímpico. Un violinista joven, pero diestro. Silencioso, ausente, displicente, pero seguro de su imponencia, refinadamente rústico, aparentemente libre. No podía ocultar el fastidio que le producían (producíamos) casi todos, menos, tal vez, el refugiero, con quien se entendía en una jerga que burlaba sutil y crípticamente a todos los burgueses, a todos 'los de abajo'. Aparecía de vez en cuando por el refugio y sólo de vez en cuando sonaba el violín lejos entre las piedras, el sonido viniendo de ninguna parte, entrecortado a veces por el viento; realmente sonaba mágicamente en aquel lugar.

Una noche, la última, el frío se puso bravo. El refugio estaba bastante animado, la cocina a leña no paraba de quemar madera desde la tarde. Un guiso picante y una sopa espesa pusieron las cosas más o menos en su lugar. Los que pensaban seguir al día siguiente se fueron a dormir, algunos nos quedamos. Aparecieron unas botellas de ginebra, algo de cognac, un poco de vino. Faltaba música. Le pedimos al olímpico violinista que fuera a buscar el instrumento. Se hizo rogar, mirando con cara de que no veía alrededor un solo oído digno de las cuerdas en medio de aquella turba advenediza.

'Mucha crema de enjuague', sentenció socarrón y fastidiado un montañero veterano mirando con los ojos entrecerrados al olímpico. El veterano se había sentado en un rincón, no muy cerca de la cocina ardiente, con los dos pies recogidos sobre un banco. Parecía el Trancos de Bree, con su pipa humeante, hablando sin sacársela de entre los dientes. Y de verdad que el violinista cuidaba las cerdas de su cabeza tanto como las del arco.

Por fin, en una concesión cansina y con cara de nada (ciertamente que con algo en la cara de Moisés desafiante frente a los infieles), el violinista estiró su metro noventa y buscó con la vista el anorak azul gastado que solía calzar. Hacía mucho frío y lloviznaba. Lo había dejado en la carpa.

Como lo tenía junto a mí en ese momento, estiré el brazo y le ofrecí un camperón que llevaba conmigo y que, al parecer, contravenía alguna ley no escrita que amonestaba contra el forro interior de corderito en camperas sin el establecido desgaste.

-¡No, eso no! -me dijo primero visceralmente y después, como resignado, con toda la condescencia de la que era capaz-. Eso es para allá abajo (refiriéndose a la más execrable de las faunas: la de los que se quedan en la ciudad y jamás subirán un cerro).

-No, tonto, es para que vayas a buscar el violín y no te mueras de frío -contesté, inmediatamente sorprendido por su observancia estricta.

Y, créase o no, por no encontrar el atuendo adecuado para salir en medio de la noche oscura en medio de la montaña oscurísima, mi olímpico violinista nos dejó sin música.

Tratando de hacerle justicia al virtuoso del violín (siempre hay que empezar defendiendo al que hace algo bello), años estuve pensando si lo suyo era dignidad de artista, coherencia en su forma de ser y de vestir, ascesis, disciplina de la carne sobre el espíritu.

Al tiempo concluí que, efectivamente, no se puede vivir sin ley. Y que se puede ser esclavo del Decálogo o esclavo de cualquier otra ley. Que allí el problema no es tanto, parece, cuál sea la ley que voy a cumplir, sino cuál voy a rechazar. Y me pareció ver entonces que ciertos arrestos de libertad son parecidos en eso a los arrestos de obediencia. Claro que, ley por ley, entre una que aparezca entre zarzas de fuego en la cima de un monte y otra cualquiera, qué puedo decir. Entre, por ejemplo, No tomarás su Santo Nombre en vano y, por ejemplo, Jamás te pondrás la Campera con Forro de Corderito, me quedo con lo que, por lo menos, me garantice cierta grandeza.

Esa ilusión de los que creen que no sirven ni deben servir a ningún señor, que no pertenecen ni deben pertenecer a ninguna iglesia, que son libres y jamás deben someterse ante cualquier ley, no deja de ser -además de patética e histérica- un poco infantil (pero de eso y de la obediencia habrá que hablar más largo otro día, me parece).

Al final de todo, creo que el montañero veterano, con mirada simbólica, radiografió al olímpico de modo certero e impecable: 'mucha crema de enjuague'.
1º. El descubrimiento de América es el acontecimiento más trascendental que haya realizado la humanidad a través de los tiempos, pues todas las renovaciones posteriores derivan de este asombroso suceso, que a la par que amplió los límites de la tierra, abrió insospechados horizontes al espíritu.

2º. Que se debió al genio hispano intensificado con la visión suprema de Colón, efemérides tan portentosa, que no queda suscrita al prodigio del descubrimiento, sino que se consolida con la conquista, empresa ésta tan ardua que no tiene término posible de comparación en los anales de todos los pueblos.

3º. Que la España descubridora y conquistadora volcó sobre el continente enigmático el magnífico valor de sus guerreros, el ardor de sus exploradores, la fe de sus sacerdotes, el preceptismo de sus sabios, la labor de sus menestrales, y derramó sus virtudes sobre la inmensa heredad que integra la nación americana.

Por tanto, siendo eminentemente justo consagrar la festividad de la fecha en homenaje a España, progenitora de las naciones a las cuales ha dado con la levadura de su sangre y la armonía de su lengua una herencia inmortal, debemos afirmar y sancionar el jubiloso reconocimiento, y el poder ejecutivo de la nación:

Artículo primero: Se declara Fiesta Nacional el 12 de octubre.

Artículo segundo: Comuníquese, publíquese, dése al Registro Nacional y se archive.

Ése es el decreto que dio origen a nuestro feriado de ayer. Es del 4 de octubre de 1917. Lo firmó Hipólito Yrigoyen.

domingo, 10 de octubre de 2004

Lindo, el día de campo. Asado con cuero (y bien con cuero, pelo y todo), buena gente, reencuentros simpatiquísimos (toda una cuestión reencontrar después de tantos años vidas hechas ya, o deshechas ya). Lentas conversaciones, fragante el día, ventoso, contento el paisanaje.

El dueño de casa (que ya no lo será, porque con esto se despedía de su terruño), tuvo la buena idea de traer un cantor.

El kolla José María Mercado, hombre de la música puneña, maestro rural. De Abra Pampa, en Jujuy al norte, allá por la Puna, más de 3.500 metros arriba del mar. Cantó lindo, dulce, pausado, hondo, grave. Estudioso y recopilador. Era una maravilla oír la variedad de letras y formas líricas, en una música en apariencia tan simple.

Mechaba coplas y decires. Dolientes, a veces; honestamente pícaros, otras veces, galantes, siempre. Tan natural que les sale ese precioso castellano mestizo, mistura de quichua y Cervantes, antiguo, como de piedra.

Se me quedó una copla, de entre las coplas y los poemas que dijo y que cantó:
Le tengo miedo al coraje
que me da la borrachera;
miedo a que nadie me ataje
o a que me ataje cualquiera.
La golondrina

-Tú eres feliz -dijo el Ruiseñor a la Golondrina-. Se conoce en tu parloteo vivaz, en tus movimientos sueltos, en tu habilísimo patinaje aéreo, que raya ahora las nubes más altas para descender luego fugazmente con una maravillosa rúbrica a rasar las aguas del lago en curvas armoniosas. ¡Qué vivaracha eres y qué graciosa, muchacha!

-¿Es lo mismo estar alegre que ser feliz? -dijo ella.

-No sé -dijo él-. Pero tú eres feliz.

-¿Y cómo no he de serlo si soy sencilla, soy artista y soy amada? A mí me basta para casa un rancho mitad paja y mitad barro; no le pido mucho a la vida. Yo soy artista y alabo a Dios por la belleza de las cosas. Y procuro ser buena; soy inofensiva y no hago mal a nadie.

-Yo también soy artista -dijo el Ruiseñor-; y sin embargo mi garganta rompe muchas veces en sollozos agudísimos.

-Es que tú produces para el público, cantas para ser oído por los hombres y los pájaros y tu mujer y tus hijos. Yo canto para mí, y cuando siento la belleza del cielo vespertino o el encanto del amanecer desahogo mi admiración por las cosas de Dios en gorjeos, sin preocuparme de poner mis internas armónicas en solfas inteligibles. Y así nunca he progresado en la técnica y mis chirridos alegres son tan iguales y tan monótonos como el canto de mi vecino el Grillo violinista o la Chicharra guitarrera.

-Yo -dijo el Ruiseñor- intento comunicar a todos mis hermanos de la creación el sentimiento del fulgor del rostro divino que percibo en las cosas. Eso me causa a veces dolores como de parto, pero también gozos muy subidos. Tus alegrías son egoístas. No hay felicidad fuera del amor, y el amor es comunicación. Se me figura que yo ocupo un lugar más alto que tú en la escala de los seres, alegre muchacha volandera.

-Me tiene muy sin cuidado -contestó la Golondrina a quien ya quemaba las patas el alero en que se había asentado por cinco minutos-. ¡A volar! Adiós, genio.

¿Y qué moraleja sacaremos de todo esto?, pregunto yo. Dios mío, no lo sé. Pero esto fue lo que se dijeron el Ruiseñor y la Golondrina.


Leonardo Castellani, Camperas

sábado, 9 de octubre de 2004

La herida

Una herida que tengo me recuerda
el día del dolor y del oscuro
enemigo. (Me lleva esa ventaja:
tiene clavada en mí una cicatriz.)

Pero tengo algo más, que nunca olvido:
sólo es dolor, herida que no sangra,
un hueco de dolor que, restañado,
sólo es un hueco. El resto es diferente.

La mano del milagro y del aroma
me ha dejado su rastro. Cada octubre
punza mi hombro, hiende la memoria.

Y más que aquel hedor que aterra veo,
traspasando las sombras de la nada,
la nave que me lleva restaurado.

La primera gran herida de Frodo fue el 6 de octubre de 3018, en los alrededores de la Cima de los Vientos, mano a mano con el rey oscuro de los Nazgûl.

Otra mayor tendrá en marzo del año siguiente. Finalmente, la que lo convertirá en el hobbit de los nueve dedos. Pero aquella de octubre, cada octubre, le nublará la mirada, le punzará el hombro izquierdo. Le recordará, ella en primer lugar, lo vulnerable, lo caído. Le pondrá ante los ojos la indigencia de los mortales.

Sin decir lo que veía, lo miraba atentamente Gandalf, muy de cerca, la mañana del 24 de octubre, ya convaleciente Frodo en Rivendel. Y era eso lo que veía. No podía en la Tierra curarse del todo un mortal herido así. Y eso, incluso, cuando todavía las heridas peores no habían llegado. Es cierto que aquella esquirla maligna del puñal maligno fue encontrada, al fin, y extraída. Y que de las demás heridas quedarían apenas cicatrices. Pero no hirieron el cuerpo solamente.

Arwen, tal vez la primera, Gandalf también, junto con ella, verán esas heridas de Frodo, una sobre otra, como capas. Hasta llegar a su corazón. Y de allí que Frodo tenga un lugar en el viaje al Oeste, cuando comience el tiempo de los Hombres y los Elfos y otras criaturas se retiren de la Tierra Media. Finalmente, el propio Frodo entenderá todo esto, lenta y serenamente. Y, restaurado en algo más que en las heridas de afuera, está entendiendo en Otro lugar la debilidad de nuestra condición herida, aquello que a tientas -y no solos- creemos vislumbrar ahora en Arda.

viernes, 8 de octubre de 2004

"Cabe entonces ser sumamente respetuosos de los derechos individuales y particulares de quienes han elegido este modo de vida, pero ser muy claros en cuanto a evitar toda asimilación al matrimonio, unión heterosexual, institución humana y perfectible si las hay, pero insustituible para la vida en sociedad conforme a la naturaleza del hombre. El afán de ejemplaridad y el espíritu de docencia que debe imperar en toda ley para el conjunto social nos impide aplaudir el proyecto español y nos insta a hacer votos para que nuestro país no siga el mismo camino."

Así termina el editorial principal de La Nación de hoy, oponiéndose al matrimonio entre homosexuales. Impresionante definición, cruda firmeza. Y eso del afán de ejemplaridad y el espíritu de docencia de la ley, es un hallazgo clásico...

Respecto de los productos emitidos por los medios, hace unos meses -en lo que parece ser ya algo así como una línea del diario-, había hablado en el mismo tenor, más concretamente el 25 de abril (*). Allí el diario había advertido seriamente sobre el efecto de lo que se difunde por los medios en niños, adolescentes y jóvenes. El papel de la familia, la escuela y los medios en la educación de las generaciones que están y las que vienen.

Sí, sí. Muy bien.

Sin embargo, durante todo el pasado mes de septiembre, quien haya querido verlo -y quien no, no ha tenido más remedio, porque estaba en todos los quioscos y en la publicidad en la calle-, se ha topado con la tapa de la revista Rolling Stone, que aquí pertenece al GrupoRevistas/La Nación. También estuvo todo el mes a la cabeza del portal del diario en internet. En la nota, erotizada por las fotos y las preguntas y respuestas del reportaje, hay una promoción de una de las estrellas de la comedia familiar del momento.

Esto es precisamente un ejemplo claro de inconsistencia esquizoide, por lo menos. Estos son los casos en los que se nota el cruce de cables que hay en la cabeza y en el corazón de quienes entran a la cabeza y al corazón de muchos.

En la edición de hoy, hay sentidos y sesudos análisis a mitad camino, sobre Carmen de Patagones y los jóvenes, y los "valores" y el ejemplo, y...

Puede haber cientos de discursos así. Miles. Millones. De hecho, los hay. Pero no vayan a creer que son inútiles porque se anulan entre sí las palabras y las acciones de los que editorializan de un modo y editan de otro. No. Inútiles no son porque sean esquizoides, contradictorios. No son inocuos.

Hacen daño, hacen mal. Lastiman. Hieren y, en un sentido muy real, matan.

Pero sólo se ocuparán de esto -si acaso, cosa que en realidad yo no creo- cuando el daño sangre. Porque si no sangra, no es grave. Porque resulta que una herida de bala es más importante que la amputación de una verdad o que un sofisma, como tener altos los triglicéridos es más grave que una hipocresía, o como un pesticida fosforado es más letal que un error o un razonamiento perverso. Entonces, como solamente se trata de ideas y palabras, no habrá que preocuparse del asunto. Hasta que sangre. Ahí sí.

Mientras, se puede jugar con las palabras y las ideas. Que el espíritu y la inteligencia no sangran. Y después de todo el hombre es libre. Y lo que hay en el fuero íntimo... y como tiene que haber la libertad de expresión... y...

Basta.


(*) No sé si vale la pena. Van a tener que creerme. En realidad, confrontados dichos y hechos, me quedo corto y es peor que lo que estoy diciendo. Si no, tendrán que registrarse en el diario y así podrán tener acceso al editorial que cito. Hagan como quieran. Yo les avisé.

Villanos

Un Ñandú se escapó de una cacería, llevándose enredadas las boleadoras, pero como tenía rotos una pata y el cuello, cayó muy pronto entre unas pajas bravas y empezó a agonizar.

Entonces salieron doscientas Catangas Cascarudas, que son los sepultureros de la pampa, y empezaron a cavar alrededor de su cuerpo cantando:

-¡Al fin caíste, Ñandú patas sucias! ¡Aprendé a comer Catangas, animal inmundo e idiota! ¡Por sonso! ¡Metéte con el Hombre, que es nuestro amigo, imbécil, y come cosas muertas como nosotros! Pronto estarás bajo tierra, es inútil que sacudas la cabeza, que te baila como una estribera! Y nuestros huevos se cuajarán y nuestros huevos empollarán con el calor de tu carne, y nuestras larvas la comerán, la comerán.

El Ñandú no pudo dar una respuesta digna a los Necróforos aprovechadores, porque el frío último le tenía ya sus huesos. Pero un Cardenal se paró en una paja y gorjeó indignado:

Cuando al Grande lo tumba la Fortuna
Se ríe el Vil y a motejarlo empieza;
Cuando el Tigre se hunde en la laguna
Le patea la Rana la cabeza.


Leonardo Castellani, Camperas

jueves, 7 de octubre de 2004

Algunos poemas de Gilbert Keith Chesterton tuvieron un destino épico. Así La Balada del Caballo Blanco, que los ingleses recitaban en las trincheras de la Gran Guerra. No fue la única balada suya que recitaron.

En 1912, publicó La balada de Lepanto, en homenaje a la victoria del 7 de octubre de 1571, texto que tiene un curioso origen. El Padre Brown parece haber intervenido. De hecho, no el Brown de los relatos policiales sino el arquetipo real que GKCh tuvo a la vista para crear su personaje, el padre J. O'Connor. Fueron juntos a una sociedad femenina de debates en Leeds. Habló primero GK y después el sacerdote que, a su turno, completó los dichos del escritor y, por su parte, habló con detalle de la batalla de Lepanto. Esto parece haber sido lo que inspiró a Chesterton.

A la vuelta, en el tren que los lleva a Ilkley, Gilbert interrumpe al padre O'Connor, que entusiasmado habla del tema de las conferencias, para decirle que había decido entrar a la Iglesia Católica, pero que esperaría a Frances, su mujer: "Ella me sacó del Unitarismo y me introdujo en la Iglesia Anglicana".

La esperó diez años, hasta 1922. Cuatro años después, el 1º de noviembre de 1926, se encontrarían finalmente en el seno del catolicismo

La versión de la Balada que copio aquí es una traducción de J. L. Borges y se publicó en Buenos Aires en noviembre de 1938, en el primer número de la revista Sol y Luna, probablemente la mejor revista cultural de aquellos años.
ver

LEPANTO
G.K. Chesterton

Blancos los surtidores en los patios del sol;
El Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
Y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
Y enarca la media luna sangrienta, la media luna de sus labios,
Porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
Han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
Y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
Que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
La sombra de los Valois bosteza en la Misa;
De las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
Y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.
Laten vagos tambiores, amortiguados por las montañas,
Y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
Y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
El último caballero de Europa toma las armas,
El último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
Que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
Sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
Don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
Oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
Carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.

Ríe Don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
Yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Cabalga hacia el mar.


Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(Don Juan de Austria va a la guerra.)
Mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
Su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
Y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
Y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
A Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
Genios y Gigantes,
Múltiples de alas y de ojos,
Cuya fuerte obediencia partió el cielo
Cuando Salomón era rey.
Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
Desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
Ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
Donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
Sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del mar,
Salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
Surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,-
Se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
Y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
Y no déis tregua a los rumíes de día ni de noche,
Pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
De sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
Pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
La voz que sacudió nuestros palacios -hace ya cuatro siglos:
¡Es el que no dice "Kismet"; es el que no conoce el Destino,
Es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
Ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra)
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
Sale de Alcalá.

En los caminos marineros del norte, San Miguel está en su montaña.
(Don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
Donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
Y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
El fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
Llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
Y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
Y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
Y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
Y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
Don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
Que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
Trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.


El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(Don Juan de Austria está armado en la cubierta)
Terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
Y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
Lo toca y vibra y se echa a temblar
Y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
Como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
Y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
Pero Don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles-
El rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
Ha desatado el cañoneo.

En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
Ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
La media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
Y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
Y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
Y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
Gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
Como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
Son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
Escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
Son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
De los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
Donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
Y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo-
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)

Cañonea Don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
El rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
Surgen los miles que bajo el mar se afanaban
Blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
Ha dado libertad a su pueblo!

Cervantes en su galera envaina la espada
(Don Juan de Austria regresa con un lauro)
Y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
Por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
Y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero...
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

miércoles, 6 de octubre de 2004

¿Me estoy recuperando tan pronto? Las palabras son ambiguas. Una cosa es decir que un paciente se recupera de una operación de apendicitis; una muy distinta, que se recupera de la amputación de una pierna. Después de esa operación o bien el muñón se cura o bien el hombre muere. Si se cura, se detendrá el dolor penetrante y continuo. El hombre recuperará su fortaleza y podrá ir cojeando con su pierna de madera. Se ha "recuperado". Pero es probable que durante toda su vida tenga dolores recurrentes en el muñón y quizás sean dolores malos; y siempre será hombre de una sola pierna. Apenas habrá un instante en que lo olvide. Todo será diferente: bañarse, vestirse, sentarse y levantarse, incluso recostarse en la cama. Cambiará todo su modo de vida. Placeres y actividades que antaño daba por descontados, deberá, sencillamente, suprimirlos. También obligaciones. De momento aprendo a usar las muletas. Quizás me entreguen pronto una pierna ortopédica. Pero ya nunca seré un bípedo.

C. S. Lewis, Una pena observada, 3.


Al morir Helen Joy Davidman, Lewis se lanzó, partido por el dolor, a escribir cuatro cuadernos sobre lo que iba sintiendo y pensando, al haber perdido a la mujer que amaba. Los publicó dos años antes de morir.

Recuerdo haber prestado este libro a dos 'dolientes' amigos, no muy seguro de por qué ni para qué. En ambos casos, me sorprendió la serenidad y la sonrisa con que me lo devolvieron, una vez leído. Ninguno de los dos , recuerdo, me hizo comentario alguno.

martes, 5 de octubre de 2004

Eso de tomar a los medios de comunicación y a los mensajes de los medios de comunicación y a los productos difundidos por los medios de comunicación y a las decisiones que toman los que toman decisiones en la producción, auspicio y difusión de lo que se produce, auspicia y difunde por los medios de comunicación, como si se tratara de fatalidades geológicas, aspectos climáticos, datos del entorno -como si dijéramos la lluvia, la cola del cometa Halley, un temblor de tierra y ante los cuales cada cual sabrá o querrá tomar sus prevenciones, porque no se puede evitar que el cometa ande por el cielo, o se forme la lluvia o la tierra tiemble-, me parece de una sofisticada cobardía intelectual y moral muy propia de los que necesitan estar para ser. No sea cosa que, diciendo lo que no se debe, ya no puedan estar. Y que haya que pasar por progresista para decir pavadas rastreras y adulonas para con los medios, no le quita lo de cobarde, antes bien, al contrario.

Que eso lo diga Clarín o que se diga a través de él , da exactamente lo mismo.

Necesitamos dos cosas; una nación y una justicia social. No tendremos nación mientras cada uno de nosotros se considere portador de un interés distinto, de un interés de grupo o de bandería.
No tendremos justicia social mientras cada una de las clases, en régimen de lucha, quiera imponer a las otras su dominación.
Por eso, ni el liberalismo ni el socialismo son capaces de depararnos las dos cosas que nos hacen falta.

Entre una y otra de esas actitudes -la revolución y la tradición- se nos ocurrió a algunos pensar si no sería posible una síntesis de las dos cosas: de la revolución -no como pretexto para echarlo todo a rodar, sino como ocasión quirúrgica para volver a trazar todo con un pulso firme al servicio de una norma- y de la tradición -no como remedio, sino como sustancia; no con ánimo de copia de lo que hicieron los grandes antiguos, sino con ánimo de adivinación de lo que harían en nuestras circuntancias-.

La revolución es necesaria, no precisamente cuando el pueblo está corrompido, sino cuando sus instituciones, sus ideas, sus gustos, han llegado a la esterilidad o están próximos a alcanzarla. En estos momentos se produce la degeneración histórica. No la muerte por catástrofe, sino el encharcamiento en una existencia sin gracia ni esperanza. Todas las actitudes colectivas nacen enclenques, como producto de parejas reproductivas casi agotadas. La vida de una comunidad se achata, se entontece, se hunde en mal gusto y mediocridad. Aquello no tiene remedio sino mediante un corte y un nuevo principio. Los surcos necesitan simiente nueva, simiente histórica, porque la antigua ha apurado ya su fecundidad.


Calculo que a nadie se le pasará por la cabeza el supuesto de que la 'revolución' apetecida por mí es la 'revuelta', el motín desordenado y callejero, la satisfacción de ese impulso a echar los pies por alto que sienten, a veces, tanto los pueblos como los individuos. Nada más lejos de mis inclinaciones estéticas. Pero más aún de mi sentido de la política. La política es una gran tarea de edificación; no es la mejor manera de edificar la que consiste en revolver los materiales y lanzarlos al aire después, para que caigan como el azar disponga.

Son cuatro fragmentos de otros tantos discursos y artículos de José Antonio Primo de Rivera. De 1934 y 1935.

Hay cosas de Primo de Rivera que no me gustan, porque a algunas hay que hacerles demasiadas notas a pie de página. Algunas de fondo (tal vez porque era un hombre eminentemente del estadio ético) y otras de forma (tal vez una época, una idiosincracia, una sangre). También es cierto que cuando ciertas cosas no sólo se escriben con cierta sangre sino que al final se firman con sangre, uno las lee con otra atención.

Pero qué puedo decir. Allí están estos pasajes. Los miro. Los vuelvo a leer. Los vuelvo a mirar. Y no les encuentro nada demasiado distinto a lo que yo mismo diría hoy, aquí.

lunes, 4 de octubre de 2004

Hace algunos años, a alguien en el municipio se le ocurrió poner a competir a algunos santos para que uno de ellos -el más votado- hiciera de patrono del pueblo.

El procedimiento era frívolo y me temo que con una cuota importante de intento de seducción política. Ocurre que el pueblo pasa por ser un lugar de fe viva: son decenas las ermitas dedicadas a la Virgen, no pocos los sagrarios, muchos los colegios confesionales. Pesebres de fin de año, noches heroicas, familias numerosas y otras tantas manifestaciones de fe. Quizá lo sea, cosa que no sé seguro.

A principios del siglo XX, el pueblo fue declarado "ciudad del árbol", con fiesta y todo ahí por agosto, lo que ya cayó en desuso hace bastante tiempo, probablemente porque se trató de una tradición artificial.

La cuestión es que, finalmente, el santo más votado fue San Francisco de Asís, a cuya memoria se construyó una ermita, casi capilla, en el exacto centro antiguo del pueblo, bien visible, en el mismo lugar en el que cien años atrás se instituyó la fiesta del árbol. La capilla hubo de ser fortificada más y más, porque las primeras e ilusas ingeniosidades arquitectónicas, fueron atacadas con toda clase de objetos. Hoy, lo que era cúpula de vidrio blindado se convirtió en paredes de ladrillo y una abertura que vigila una gruesa reja de hierro. Una especie de obligada Porciúncula.

San Francisco tiene un aura indeleble de "santo bueno". Todo bondad y aséptica pobreza, para muchos, es el emblema de los santos, el más popular. Incluso emblema de "santo ecologista", patrono de verdes y fanáticos de la vida sana y natural, amante de la naturaleza, del Hermano Sol y de la Hermana Luna, alabante de la entera Creación, amigo y hermano de todas las Creaturas, incluida la Hermana Muerte Corporal (aunque esto último rara vez es recordado, como el propio Cántico y su sentido de alabanza, en realidad).

Con San Francisco, me parece, pasa algo parecido a lo que pasa con los ángeles, o con el mismo Jesús. Nadie piensa que sean terribles. Resulta más tranquilizador que sean pequeños, buenazos, maleables.

Una especie de ablación imaginativa o conceptual nos impide verlos en sus extremosidades, en su permanente tensión, en su potencia. Y nos tranquiliza su blandura. Una oposición extraña entre Amor y firmeza. Tal vez por eso mismo, la iconografía suele tener esa falta de virilidad y cuando un rasgo crudo, viril o firme asoma, lo que se rasgan son las vestiduras.

Francisco no es una excepción. Hay cosas de su vida que parece que no importaran, o que no hay que ver, o que no significan literalmente nada y sólo significan algo metafóricamente. No importa si al leer la vida de San Francisco aparecen sus sacrificios extremos, su apelación a una pobreza extrema y completamente desasida (que nos parece conveniente tomar siempre como una especie de metáfora), los estigmas de Cristo en su cuerpo, la ascesis dolorosa de las espinas en su carne para domar la carne, la ceguera del desierto al ir a predicar a los musulmanes, el desprendimiento y la donación de todo lo suyo, los pies descalzos, el pan escaso, la oración constante. También en un principio le pareció extrema a Roma esta casta de exagerados literales, que se tomaron las palabras de Jesús de un modo casi inédito.

San Francisco era un exagerado, en términos humanos. Y hasta exageradamente bueno y feliz en medio de pobrezas, dolores y trabajos. San Francisco era terrible. Y terriblemente bueno y feliz, a pesar de llevar una vida terriblemente tensa y sufrida en términos humanos.

Pero no creo que haya que olvidarse de estos extremos terribles para poder celebrar a San Francisco. Sería mutilar al Poverello quitarle lo que tiene de trovador, de alegría, de humildad, de poeta, de misericordia. Pero sería violentar la consigna Paz y Bien olvidar las raíces cristianas de la paz y las exigencias cristianas del bien. Francisco no era un fanático del franciscanismo. Francisco era cristiano.

Besar las llagas de un leproso o la cara de un canceroso, son episodios sentimentalmente conmovedores, cuando uno tiene que narrarlos. Y hasta pueden incitar imaginativamente a su imitación, lo que no está mal. Pero en cuanto uno quiera imitar en clave cristiana estos extremos verá que, en el sentido en que lo estoy diciendo, el cristianismo es terrible. Y San Francisco, también.


¿Si hoy hay una gran fiesta en mi pueblo? No; no que yo sepa o haya visto, al menos.
Creo que es verdad. Y más lo creo a la vuelta de cada viaje.

Habría que sembrar de monasterios la Patagonia. No se me ocurre otro modo mejor de hacer de aquellos lares algo más que un territorio.

Es verdad también que no sé de dónde habríamos de sacar los monjes aquellos que se fueron al desierto para hacer la Cristiandad. Y para hacer las bibliotecas y el saber y la ciencia; la agricultura y la ganadería; los alimentos y las ciudades alrededor de las iglesias abaciales. La añadidura de una civilización.

No digo que los ovejeros y petroleros, los pescadores y los mineros, los agricultores y artesanos no puedan producir alguna riqueza (incluso mucha), hacer aumentar el consumo, mejorar el standard de vida. Pero no es lo mismo hacer ciudades y abrir industrias y comercios, que hacer una civilización.

De hecho, son hombres y mujeres duros, sufridos, trabajadores, empeñosos. Y se les nota en sus gestos, en sus movimientos, se les nota en los ojos y en las manos. Y en buena medida en el corazón. Pero, precisamente allí se ve, una cultura humana es bastante más que eso.

Es claro que el cuerpo es vigoroso, insistente, empecinado. Dispuesto a soportar el frío, el viento, la aridez.

Pero el viento del espíritu es otra cosa, mucho más que el viento de la meseta o de la cumbre. Y el calor del espíritu es más exigente que el frío del aire, de la nieve o del lago. Y la fertilidad del espíritu es más exigente que la sequedad de la meseta y la piedra en los ojos.

Casi toda la Patagonia necesita agua. Pero muy probablemente necesite antes el agua del Bautismo.

miércoles, 29 de septiembre de 2004

Hoy es la Fiesta de los Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael.

Hay una noticia bastante completa y accesible aquí .

Dos cosas, nomás. Una frase de Rainer Rilke, que solía recordar un viejo amigo cuando veía las estampitas con ángeles de aspecto ambiguo y lavado, por decir lo menos: "Cada ángel es terrible". Y así ha de ser, ciertamente, por aquello que decía I. Anzoátegui recordando que las primeras palabras que pronuncia un ángel cuando se presenta a un mortal son "No temas".


Tal vez por eso mismo, más impresionante todavía me resulta recordar que sirven al hombre y lo servirán en el Cielo, según aquello que dice San Pablo en la Carta a los Hebreos (I, 10.14): "Tú, Señor, en el principio fundaste la tierra, y obra de tus manos son los cielos ; ellos perecerán, más Tú permaneces; y todos ellos envejecerán como un vestido; los arrollarás como un manto, como una capa serán mudados. Tú empero eres el mismo y tus años no se acabarán. Y, ¿a cuál de los ángeles ha dicho jamás: 'Siéntate a mi diestra hasta que Yo ponga a tus enemigos por escabel de tus pies'? ¿No son todos ellos espíritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de heredar la salvación?"
Tuve que comer tarde, casi a medianoche, solo. Sobre la mesa, alguna de las chiquitas había dejado carpetas, cosas del colegio. Así que me puse a hojear libros de 'primaria'.

Había un manual. Hace unos años, lo tenía por un manual discreto, porque había otros decididamente espantosos.

Tan difícil es cuando se trata de la educación de los más chicos. Hay que ver los sapos y culebras que tienen que tragarse los pobres en todos los temas, sin distinción.

No tengo ningún problema en cargarle a los medios de comunicación una responsabilidad inmensa en la decadencia. Pero ya hace tiempo que he sumado a la lista de ogros también a la educación sistemática. Porque cuando aparecen las estadísticas sobre cantidad de horas que pasan los chicos frente al televisor o consumiendo medios y la cantidad de horas que pasan en las aulas, parecería que hay que agradecer que al menos tengan cuatro horas "libres de peligros" en la escuela.

No. Nada de "a salvo". En la escuela corren riesgos similares y, algunas veces, no sé si peores. Los medios son hipnóticos, y manipuladores. Todos, sin distinción, pues todos ellos son empresas comerciales productoras y difusoras de contenidos y criterios a cambio de la mayor cantidad de dinero que puedan obtener por ello. Algo que ciertamente no hace ningún otro difusor de criterios y conocimientos y sensaciones.

Pero la escuela tiene fama de ser seria (hasta de ser "aburrida"). Y, sin embargo, con su aire de abnegación -que, por favor, la tiene ciertamente en las personas, en muchos de aquellos que por satisfacción y algunas pocas monedas, dejan la vida y la garganta-, es capaz de hacer tanto daño como el mejor corruptor de cabezas y corazones.

El manual de Estrada para los chicos de 6to. año EGB, por ejemplo. Al descuido, miro la parte de matemáticas (¿qué hago yo allí?). En varios recuadros simpáticos y muy visibles, aparecen "Los Famosos" (Pitágoras, Euclides, Hipatía, Gauss, Fibonnacci... y por supuesto Galileo y su leyenda negra).

Llego a Descartes: "¿Saben por qué los ejes cartesianos se llaman así? El nombre se debe a su creador: René Descartes, también llamado "Cartesius", quien no sólo se dedicó a las matemáticas, sino que es uno de los más importantes filósofos de la historia. Tal es así, que se lo considera uno de los padres de la Modernidad, porque creó un revolucionario método de investigación que se basaba en la duda: 'podemos dudar de todo, menos que estamos dudando', decía Descartes. Sobre este principio edificó su teoría, que se sostenía en el pensamiento y la razón."

Es de una frivolidad criminal. Casi como el elogio a Stephen Hawking, "que enseña en la universidad de Cambridge, en Estados Unidos..."

O en la parte dedicada a Historia (de la Argentina desde la Revolución de Mayo en adelante), con los lugares comunes de buenos y malos, sutilmente delineados unos y otros (hemos progresado en la sofisticación del decir...)

O en la parte de Biología, en la que, hablando de enfermedades, una autoridad parece ser un artículo del diario Clarín "La conquista bacteriana" que termina: "Los virus y las bacterias que bajaron de los barcos se encontraron con una casi nula resistencia de los sistemas inmunológicos de los nativos y contribuyeron a la conquista, mucho más que los arcabuces..."

Me dirán que por qué éste manual, si hay otros peores. Precisamente, porque se supone que éste no es como los otros.

Algún día, estos niños de 11 años, puede que lleguen finalmente a ser periodistas y habrán llegado al paraíso.

La escuela ya los preparó para que hablen de todo, con los criterios adecuados y con las palabras correctas sobre los temas importantes.

martes, 28 de septiembre de 2004

A unos 2.000 kilómetros al sur de Buenos Aires está Pico Truncado. En la parte norte de la provincia de Santa Cruz, tierra adentro, meseta adentro, a unos 80 kilómetros del mar.

Un cerro trunco que le dio nombre al pueblo. Viento, mucho. Frío, lo necesario.

Yo tengo por ese paisaje, y por el sur del país con cualquier paisaje, un afecto decididamente desordenado. Y los ángeles me premian, cada tanto, dejándome ir. Días apenas, unos pocos. Lo bastante como para dar rienda suelta a la mirada. Y no ver nada. O casi nada.

Es una zona de muy antiguos asentamientos humanos. Pero es tan exigente el ámbito que hasta uno se siente al llegar como un asentamiento humano muy antiguo, al que las civilizaciones han olvidado.

Cerca, un poco más al sur, está mi San Julián (mío por adopción, porque me gustó su ascesis de todo), vieran qué lindo puerto, qué lindas historias hay allí desde hace casi quinientos años. Como que en unos años más, no muchos, se cumplirá el quinto centenario de la primera misa celebrada en nuestro país, según dicen.

Y eso otro que ven en medio del mar son las Islas Malvinas, no sé si me explico.

Pues, por allí andaré en estos días. A veces siento como una profanación ir a dar cursos o clases por allí, ir a hablar en estos sitios, tan a propósito que parecen para el silencio.

Así como se me ocurre a veces que habría que sembrar de monasterios la Patagonia, todavía ahora.

lunes, 27 de septiembre de 2004

Es tiempo de primavera, aquí en el sur. Hagámosle un homenaje, por pequeño que fuere.


"Yo recuerdo una edad escondida entre flores:
Ha dejado en mi lengua un entrañable
sabor de paraíso."


Leopoldo Marechal, Gravitación del cielo.



Ningún lugar de la tierra
al que tuviera que ir,
tendrá el aire de estas flores
que llevo hincadas de ti.

Porque son como tus ojos,
y qué flor aroma así.
Porque tus ojos son aire,
son flores y son país.

No quiero ninguna tierra,
yo que tengo que morir,
adonde siembren mi sangre
en silencio y sin raíz.

Flor son tus ojos, terruño
adonde vale vivir;
y aun morir, si eres la tierra,
ya no se llama morir.

Que se levanten del tallo
que me sostenga feliz
dos flores como tus manos
y que me cubran el gris

que me baja por la risa,
si no me puedo reír,
con la mirada en otoño
o en invienrno, pues sin ti

no hay primavera ni verde,
no hay bosque, prado o jardín,
ni viento que endulce el alba
como amasada en jazmín.

Por eso ninguna tierra,
yo que tengo que morir,
consiento que me reciba
si tú no eres flor allí.

domingo, 26 de septiembre de 2004

A dona que eu amo e teño por señor
amostrádema, Deus, se vos én pracer for,
senón, dádema morte.
A que teño eu por lume destes ollos meus
e por que choran sempre, amostrádema, Deus,
senón, dádema morte.
Esa que Vos fecestes mellor parecer
de quantas sei, ¡ai Deus!, fácedema veer,
senón, dádema morte.
¡Ai, Deus!, que ma fecestes máis ca min amar,
mosrtrádema ú posa con ela falar,
senón, dádema morte.
Si van, por ejemplo a Poesía Juglaresca y Juglares, verán algunos datos de este segrer (el más antiguo segrer conocido de la juglaresca gallega, dice allí Menéndez Pidal).

Conocí al segrer Bernardo de Bonaval porque Amancio Prada le puso música a este cantar y descubrí a Amancio Prada en uno de los conciertos de finales del '99 con los que la televisión gallega homenajeaba al apóstol Santiago, en aquel famoso Xacobeo de aquel aniversario.

Andando por Compostela, descubrí una foto que me trajo a la memoria al gracioso juglar de la corte del rey San Fernando, a principios del siglo XIII.

Bernardo, que en su nombre y en sus versos exhibía su pueblo de origen, Bonaval, vivía acosado por otros juglares que le objetaban andar por allí con su "señor", simpática forma poética (de poesía cortesana) de nombrar a la mujer a la cual se 'servía de amor'. Ocurre que su "señor" era una prostituta y el asunto no sonaba del todo bien en la corte del rey, a quien Bernardo acompañaba -como otros juglares- en sus campañas guerreras por toda la península.

Con todo, San Fernando prefería los juglares 'españoles', antes que a los occitanos de la Provenza y su moda tan extendida. Mucho más sencillos en su modo de decir, los gallegos, sin embargo, exhiben pericia en esa especie de conceptismo -a veces endiabladamente complejo- tan propio de aquella poesía.

Y si no, vean el ejemplo de Juan del Enzina (también musicalizada por Prada), ya bastante posterior pero heredero de los mismos 'gestos' líricos.
Partísteos, mis amores,
y partió
mi plazer todo y murió.
No partió mi pensamiento,
y vino mi perdimiento.
No murió el contentamiento
que me dio
la causa que me perdió.
Partió la gloria de veros,
no el plazer de obedeceros;
mas el temor de perderos,
que creció,
todo mi bien destruyó.
Dedicatoria: inusualmente, dedico este post a Max, buen amigo, que pasa sus últimas horas en España. Atrás deja la España de estas y otras bellezas, y grandezas; que ciertamente no será la única España que deja atrás. Por eso mismo, bienvenido, para cuando ya esté entre nosotros, otra vez.

sábado, 25 de septiembre de 2004

Y él dijo: "No, padre Abraham, sino que si alguno va a ellos de entre los muertos, se arrepentirán."
Abraham le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto."



Tiene un extraño sabor veterotestamentario esta parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Parece sacada de un paisaje literario anterior. Si no fuera Cristo el que la inventa, bien podría parecer de tiempos antiguos. Y muchos otros asuntos más extraños aparecen aquí, como, por ejemplo, esa comunicación entre el infierno de Epulón y el seno de Abraham de Lázaro, o ese aparente sentimiento de misericordia y hasta de arrepentimiento de Epulón, considerando la suerte futura de sus hermanos en la tierra. Y el modo de pasársela los condenados en el infierno y los cinco hermanos y los perros que lamen las heridas del pobre Lázaro. Y la propia cuestión de la pobreza -toda suerte de pobreza- presente en todos estos textos y parábolas consecutivos de estos tiempos. Está repleta de señales y de guiños, bastante complicados todos y que los Padres y exégetas miran y escrutan.

Pero hay un asunto al que si se le puede entrar, más allá de las luces que haría falta echarle a los misterios y semejanzas, cosa que no puedo yo y que ya han hecho otros, como Castellani, por caso.

A mí me parece que bien se puede hablar un poco acerca de la cuestión que plantea Epulón en el texto que arranca estas líneas.

Y creo que allí, en ese pasaje de la parábola, hay una mención respecto de un punto siempre impresionante: la conversión.

Son varios los términos que se usan en el griego del Nuevo Testamento para indicar esta actitud en el hombre. Básicamente, podrían reducirse a metánoia, y al verbo metanoéo: un cambio del corazón, cambiar el corazón.

También se usan epistréfo, apostréfo, compuestos del verbo strefo (también strepso), con preposiciones que indican distintos matices. Strepsis es el nombre griego para la conversio latina, que indica una cierta relación física con una posición y su opuesta. Como si dijéramos volverse, regresar, dar la vuelta, ir en una dirección distinta.

Epistréfo aparece junto a metanoéo en el anuncio que San Pablo hace inmediatamente después de su conversión (Hechos, 26, 20): "Primero a los de Damasco, y también en Jerusalén, y por toda la región de Judea, y a los gentiles, anuncié que se arrepintiesen (metanoéo) y se volviesen (epistréfo) a Dios".

Apostréfo, en tanto, es el verbo usado por ejemplo en Hechos 3, 26, cuando San Pedro habla al pueblo en Jerusalén: "Para vosotros en primer lugar Dios ha resucitado a su Siervo y le ha enviado a bendeciros, a fin de apartar (apostréfo) a cada uno de vosotros de vuestas iniquidades".

Metamélomai (asociado a la idea de penitencia, ascesis, mortificación), por ejemplo, es el verbo que utiliza este pasaje de San Mateo (21, 32): "Porque vino Juan a vosotros, andando en camino de justicia, y vosotros no le creísteis, mientras que los publicanos y las rameras le creyeron. Ahora bien, ni siquiera después de haber visto esto, os arrepentisteis (metamélomai), para creerle".

Respecto del propio San Juan Bautista, allí aludido, digamos que su incitación a la penitencia y a la conversión, al arrepentimiento, utiliza -como en Marcos 1, 15- nuevamente metanoéo: "El tiempo se ha cumplido y se ha acercado el reino de Dios. Arrepentíos (metanoéo) y creed en el Evangelio".

Son tantas las ocasiones en que se usan estos verbos y sustantivos que resultaría extraño pensar que no son una doctrina en sí misma: Al Reino no se ingresa sin conversión, sin arrepentimiento, sin cambio de dirección, sin metánoia.

La raíz del cristianismo es una metánoia. No se puede seguir a Cristo sin metánoia. Si no fuera así, la Redención del hombre sería baldía, innecesaria.

Y esa metánoia es un movimiento del corazón incoado por Dios mismo; si pudiera ser de otro modo, también serían innecesarias o redundantes tanto la Redención como sus cruentas manifestaciones.

En esta condición están aquellos que han recibido el bautismo en su edad temprana, como los que no, o aquellos que no se han determinado a tratar de seguir a Cristo, bautizados o no, sino hasta más tarde en sus vidas.

Una gracia grande han recibido aquellos que, derribados, en su corazón o en su camino, pusieron sus pies en otra dirección. Y desde las multitudes que cita el Evangelio, siguiendo por San Pablo y una inmensa lista de nombres, admiramos al mismo tiempo la insitencia de Dios que no quiere que ninguna oveja se pierda en el desierto, como las obras de aquellos que fueron rescatados.

Otra gracia grande han recibido aquellos a quienes les fue dada la pertenencia y la fidelidad. Y en ese sentido los veneramos. Como a la Virgen, en primer término (a quien no sentimos menos sino más, precisamente por su constante Fiat de asentimiento). O como aquellos, nacidos en pecado, redimidos por el bautismo, de quienes es fama que pelearon de punta a punta el buen combate a nuestros ojos que no alcanzan a ver demasiado, pero que al menos ven lo que ven.

Habitualmente, muchas hagiografías suelen exagerar la impecabilidad de algunos santos. Pero no hay que hacer un ejercicio irrazonable de piedad para creer que San Juan Bautista, el Evangelista, Santo Tomás de Aquino, San Juan de la Cruz o San Luis Gonzaga, por ejemplo, más allá de los pecados que se atribuían (y que Dios sabrá si tenían o no, yo no lo sé), vivieron en un estado de fidelidad ciertamente admirable e imitable, aunque no sepamos cómo imitarlos tanto.

¿Qué hombre -fuera de la Virgen- no sería admirable remontando con lo suyo la rémora del pecado que trae de origen? El hecho de que Dios lo asista y lo convoque no quiere decir que lo obligue. Algo de sí pondrá cada quien. Incluso algo de sí perfeccionado por la propia gracia que lo asiste: gratia non deficit naturam, sed perficit eam (porque la gracia no destruye la naturaleza sino que la perfecciona).

¿Qué hombre podría remontar lo suyo, si Dios no cargara su carga y no fuera la fuerza que carga su carga?

Y esto vale tanto para el jornalero de las primeras horas y para el de las postreras, para el matutino y para el vespertino. Porque después de todo, su jornal lo paga el mismo Señor.

Por cierto que los hombres solemos medir y tasar con medidas extravagantes nuestros méritos y nuestras debilidades, así como los auxilios que recibimos. Así ocurre a veces que suele tenerse por meritoria la fidelidad y por opaca una conversión, como suele tenerse por meritoria una conversión y por opaca la fidelidad.

Pero nada hay que no hayamos recibido. Ni el converso debería pensar que es mérito propio su conversión, así como el fiel no debería pensar que es mérito propio la fidelidad. Ciertamente ambos recibieron según la medida que Dios puso, a quien los jornaleros no tienen por qué preguntarle a qué hora entró a trabajar el otro y cuál es el salario que el Señor decidió pagarle a cada cual.

Para el caso, todos tenemos nuestro salario: pues, desde el mismo origen del hombre, en los diversos tiempos y de diversos modos, a ninguno el Señor dejó sin sustento, así como tuvimos a Moisés y a los profetas y a Uno que es mayor que todos los profetas.

Qué hagamos con lo que se nos haya dado, en qué gastemos nuestras riquezas, en cuánto nos gloriemos de ellas, ya es harina de otro costal. Y ya es, en todo caso, más cosa nuestra que de quien nos da para vivir. Aunque saber gastar -y cuidar y celebrar- lo que hemos recibido también es parte de nuestro salario de jornaleros, curiosamente. Fieles y conversos, conversos y fieles, están en este punto en igualdad de condiciones.

Estos versículos de San Lucas, creo, nos remiten a la cuestión de la fidelidad, y la fidelidad nos remite a la metánoia.

La fe supone aplicar nuestro oído, dice San pablo, aplicar nuestro corazón, atender a las palabras que se nos dirigen.

Epulón pide para sus hermanos -dejemos ahora otros ricos simbolismos- una conversión que los salve, siquiera entrando a jornaleros al final del día. Y Abraham responde con el núcleo del cristianismo: "Era cuestión de oír la Palabra y practicarla, esa es toda la conversión y quien lo hace, quien lo haga, entrará a la Patria y quien no lo haga, no. Y quien no esté dispuesto a esa metánoia, no querrá entrar, por más que le resuciten a un muerto".

Dios hace las cosas a su modo. Frecuentemente vemos en las Sagradas Escrituras que los episodios reales, históricos, están cargados de significados y misterios, de símbolos y figuras. Y vemos cómo son tan importantes los episodios reales como aquello que quieren significar y de lo cual son figura. Otro tanto, inversamente, creo que pasa con las parábolas, que, siendo comparaciones y figuras, apuntan a realidades dramáticas de lo humano en su relación con lo divino.

Un ejemplo de esto -entre tantos otros-, bien puede ser el del rey David y los avatares de su suerte humana hecha símbolo: Goliat, Betsabé, Absalón.

En este mismo sentido, creo, en algo la conversión y la pobreza se parecen. Ambas son a la vez que realidades, figuras del real status humano.

Todo hombre es pobre a los ojos de Dios, que viendo su indigencia va a su rescate, viéndolo caído lo levanta, viendo sus llagas las cura (y no las lame, simplemente), viendo su hambre lo sacia.

De igual modo, a los ojos de Dios, todo hombre debe caer camino a Damasco, quedar ciego, ser asistido, cambiar su nombre y volverse sobre sus pasos para ser un hombre nuevo.

Epulón parece no haber tomado debida nota de su indigencia, a pesar de su riqueza, como tampoco parece haber creído necesario cambiar los sentimientos de su corazón respecto de Lázaro, pero mucho más gravemente, respecto de sí mismo y de Dios. Así como el Hijo Pródigo sí parece que entendió, convirtiéndose, la riqueza escondida para él detrás de su indigencia.

Pero, de algún modo, en Lázaro hay algo del hijo pródigo, también, necesariamente. Como aquel hijo, Lázaro no olvidó su metánoia, su metamélomai, su apostréfo, su epistréfo: "Me levantaré, iré a la casa de mi padre y le diré...", porque sin esa metánoia, no hay pobre, no hay enfermo, no hay herido. Sin ese movimiento del corazón tampoco se puede reconocer la indigencia y, volviéndose, estirar la mano hacia lo alto, pidiendo pan. Esto mismo se esperaba aun de Epulón. A pesar de su riqueza y de haber tenido a Moisés y a los profetas -e incluso a Quien es más que todos los profetas-, riqueza y herencia que son términos al fin de cuentas intercambiables, también él era un indigente, también él tenía que convertirse, también él, como a Nicodemo, se le pedía que 'volviera a nacer'.

Hijo pródigo, publicano, el pobre Lázaro (así como sus respectivos opuestos) no son variedades literarias de lo humano, en realidad: son lo humano, siempre, a los ojos de Dios.

Sin reconocer cada uno de ellos su indigencia, su necesidad de conversión, jamás entrarían a las Bodas, al Banquete, al Reino.

viernes, 24 de septiembre de 2004

La fogata y las hormigas

Tiré al fuego un pequeño tronco podrido, sin haber visto que por dentro estaba densamente poblado de hormigas.
El tronco empezó a crepitar. De él salieron en masa las hormigas y empezaron a correr desesperadas. Corrían por arriba y se contraían quemándose en las llamas. Tomé el tronco y lo hice rodar hacia un lado. Entonces muchas de las hormigas que consiguieron salvarse corrían a la arena sobre las agujas de pino.
Pero qué cosa extraña: no se apartaban de la fogata.
Habiendo apenas sobrellevado el horror, ya daban la vuelta, rodaban y... una fuerza irresistible las atraía hacia atrás, a la Patria abandonada. Hubo muchas entre ellas que subieron por el tronquito en llamas, y agitándose sobre él, perecieron ahí mismo.

Alejandro Solyenitzin, Cuentos en Miniatura

jueves, 23 de septiembre de 2004

Misterio sobre misterio. Tanto el del hombre que nace, como el del Hombre que nace. En dos entradas sucesivas, Hernán trata estas cuestiones por vías y modos variados.

Vayan unas apostillas, entonces, sugeridas por ambos asuntos.

Porque Santo Tomás trae en diversos lugares algunas cosas que podrían echar cierta luz sobre ambas cuestiones entrelazadas. Cada una con sus respectivas derivaciones, aunque yo aquí las trate mezcladas, no por capricho o confusión, sino porque me parece que así pueden ser tratadas, pese a su aparente diversidad: la creencia de los australianos aborígenes y el Cuerpo Místico de Cristo (admito que bien podría ser un título para un abstruso trabajo erudito, antropologicista, sociologicistadelasreligiones, o cosas así...)


Parece que hace bien el que cree en el misterio de la vida. Y en la entrada de un espíritu donado por la divinidad en el vientre de la mujer que ha de concebir y dar a luz a un hombre.

San Ignacio mártir emplea un ejemplo hermosísimo. En la generación de los hombres la mujer se llama madre, aunque la mujer no da el alma racional, que procede de Dios, sino que suministra la substancia para la formación del cuerpo. Así, pues, la mujer se llama madre de todo el hombre, porque lo que de ella ha sido tomado se une al alma racional. Del mismo modo, habiendo sido tomada de la Bienaventurada Virgen la humanidad de Cristo, aquélla se llama no solamente madre del hombre, sino también de Dios, a causa de la unión (de la humanidad) a la divinidad; aun cuando de María no sea tomada la divinidad, como tampoco en los otros el alma racional es tomada de la madre.

Esto manifiesta la dignidad de María. Porque a ninguna criatura, ni hombre ni ángel, se le ha sido concedido ser padre o madre de Dios. Fue privilegio de gracia singular, no solamente ser madre del hombre, sino también Madre de Dios y por eso dice el Apocalipsis (XII, 1): Una mujer cubierta de sol, como toda llena de la divinidad.
(Comentario al Evangelio de San Mateo, capítulo I)

Sólo la carne y la sangre es de la mujer, es de lo humano. El acto de existir, no. Y el alma racional, principio formal del viviente hombre, y por tanto que hará al hombre lo que es, es creación directa de Dios, es intervención directa de la divinidad en el vientre de la mujer.

Se enhebra esta cuestión con otra característica de quien, siendo Él mismo Vida, es riquísimo en creatividad para donarla.

Al tratar sobre si fue conveniente que Cristo naciese de mujer, Santo Tomás dice que sí, entre otras razones, porque ( S. Th. III, q. 31, a.4):
1. Con ello fue ennoblecida toda la naturaleza humana; por lo cual San Agustín (dice): "la liberación del hombre debió manifestarse en uno y otro sexo; luego, puesto que convenía que Cristo tomase el sexo del hombre, que es el más noble, convenía que la liberación del sexo femenino se manifestase en haber nacido de una mujer." Mas, para que no pareciera que era despreciado el sexo femenino, fue conveniente que tomase carne de la mujer. Por eso aconseja San Agustín: "Varones, no os despreciéis a vosotros mismos; el Hijo de Dios tomó forma de varón. Mujeres, no os despreciéis a vosotras mismas; el Hijo de Dios nació de mujer".

2. De este modo se completa toda la diversidad de la generación humana; pues el primer hombre fue hecho del barro de la tierra, sin varón y sin mujer; Eva fue hecha del varón sin la mujer, mas los demás nacen de hombre y de mujer. Por consiguiente, quedaba este cuarto modo propio de Cristo, cual era el nacer de mujer, sin varón.

Todo este despliegue de "fecundidad" y modos de fecundidad en cuanto al modo de dar vida y existencia, es algo que el hombre querría poder hacer y, ciertamente, no puede. Tal vez a esto se refiera en parte la prevención anterior a la expulsión del Paraíso: "Díjose Yahvé Dios: He aquí el hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él viva para siempre. Y lo arrojó Yahvé Dios del jardín del Edén, a labrar la tierra de la que había sido tomado. (Gen, III, 22-23).

Ahora bien, en el caso de la Virgen María, ésta está asociada de modo inseparable al Cuerpo de su Hijo: Si se está buscando en qué Cuerpo está el Hijo (o lo que es lo mismo cuál es el Cuerpo del Hijo), no es ocioso -aunque pueda parecer que resulta una dificultad adicional- buscar lo que se pueda encontrar de la Madre en este cuerpo o en aquel. Y bien se puede, si se trata de buscar la presencia Mística del Hijo, pensar que pueda hallársela junto a la presencia Mística de la Madre.

Creo que puede entenderse que, así como en el orden corpóreo Hijo y Madre están asociados de modo inseparable en la concepción y alumbramiento, también lo están en el orden místico.
Concebir y nacer se atribuye a la persona. Luego, como la persona divina en el principio mismo de la concepción tomó naturaleza humana, se sigue que puede decirse verdaderamente que Dios fue concebido y nació de la Virgen. Mas una mujer se llama madre de alguno por haberlo concebido y engendrado, por lo cual síguese que la Bienaventurada Virgen se llama en verdad Madre de Dios. (S. Th. III, q. 31, a.4)

Esto quiere decir, creo, que allí donde esté el Cuerpo Místico del Hijo, estará también la presencia mística de su Madre. De este modo, también, la presencia de la Virgen es signo de la presencia de Jesús, tanto en el orden del cuerpo natural material, como en el del Cuerpo Místico. Esto quiere decir Domus Aurea (Casa de Oro) y Foederis Arca (Arca de la Alianza).

Es por otra parte un hecho que lo que se dice de Israel y de la Iglesia, es aplicable también a la Virgen, como cuando se llama a las tres Esposa, Arca, Puerta, y otros nombres, bien que en muchos casos de modo todavía oscuro para nosotros, como bien se ve en pasajes como el del capítulo XII del Apocalipsis, el de la mujer coronada de estrellas, que vimos antes en la cita de Santo Tomás.

Por lo menos, si llegara a resultar insuficiente este camino para discernir el verdadero Cuerpo Místico de Cristo, se sabrá siquiera que no estará el Cuerpo Místico del Hijo allí donde no esté su Madre. Porque es un hecho que Ella no haría casa ni habitación sino donde estuviera su Hijo.

Lo que ya es saber algo. Y no poco.
A éste, pues, hizo una seña Simón Pedro, y le dijo: ¿Quién es de quien habla? (Jn., XIII, 24)
En su Comentario al Evangelio de San Juan, dice Santo Tomás:
Pedro quiere saber de quién decía el Señor: Uno de vosotros me entregará (Jn, XIII, 21). Apareciendo siempre en los Evangelios como más audaz y el primero en replicar a causa del fervor de su amor, ¿por qué (Pedro) calla ahora? ¿Por qué confía a otro la pregunta? La razón es triple, según san Juan Crisóstomo: 1º) Como acababa de ser reprendido por el Señor al rehusar que le lavase los pies, temía ahora molestar al Señor. 2º) No quería Pedro que el Señor lo manifestase públicamente, de modo que los otros pudieran oírlo. Por consiguiente, como estaba separado de Cristo, incita a preguntar a Juan, que estaba más cerca de Cristo. 3º) Hay también una razón mística. Juan simboliza la vida contemplativa, y Pedro la activa. Pedro es instruído por Cristo mediante Juan; pues la vida activa es ilustrada acerca de las cosas divinas por medio de la contemplativa. María, sentada a los pies del Señor, escuchaba las palabras de éste; pero Marta estaba afanada de continuo en las haciendas de la casa. (Lc, X, 39-40).

miércoles, 22 de septiembre de 2004

Entre los viejos saboreadores de las novelas de espionaje frío, Vladimir Volkoff tiene un lugar destacado. Es cierto que los degustadores suelen preferir El Montaje.

A mí me gusta más La Reconversión (Le retournement, 1979). Menos espectacular, menos aventurera, más interior, cuenta una compleja trama de hilos que se tejen en el alma de un espía -Igor Maksimovich Popov- que se acerca a la iglesia rusa en París, adonde lo destinan como agente para vigilar los movimientos de los viejos rusos en Francia, los exiliados, algunos incluso de la época de la revolución. Allí se encontrará con una mujer, Marina, en apariencia doble agente (o triple, si contamos a la fe ortodoxa) a través de la cual el mayor ruso de la KGB espiará más que lo que le habría convenido en este mundo.

Más y más Popov tratará de entender a su enemigo, entrando a lo más hondo del alma rusa y ortodoxa. Siempre con aire, y botas, de KGB, claro.

¿En quién se produce la reconversión (le retournement)? ¿En Popov, en Marina? ¿O en el teniente Volsky (detrás del cual, transparente, está Volkoff) que no sólo es el narrador sino el que controla, desde su puesto en el servicio secreto francés, la operación contra Popov y a Marina, su informante?

Lean la novela, no se van a arrepentir.

Igor visita una iglesia en París, siguiendo a Marina. Y tiene que 'tragarse' la liturgia, la piedad, los rostros, las genuflexiones, mientras su corazón militante contesta todo lo que ve: sombras, luces, iconostasios; contesta todo lo que oye: letanías, lecturas, homilías; contesta todo el incienso que huele:

"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de pravda*, porque serán saciados."

Pero la pravda cabe en un periódico. Cada día se cambia de pravda como de calcetines. Los que se alimentan de ella son unos tontos útiles. Hay que guardar las distancias con la pravda, engordar y cebar con ella a los otros y luego dejarla atrás, como los trenes dejan atrás las estaciones...

* Pravda: uno de los modos de decir verdad, en ruso. También es el nombre del diario más fuerte de la entonces URSS y ahora de Rusia, fundado en 1912. En 1917, apareció Izvestia, el otro gran diario soviético durante el siglo XX. Izvestia quiere decir algo así como noticias. Había un chiste común, considerando la fuerte carga ideológica de los diarios, que los rusos repetían más o menos en voz baja: no hay pravda en Izvestia ni hay izvestia en Pravda. En 'occidente', aunque se festeja el chiste con autocomplacencia, la broma no funcionaría . Más púdica, o cínicamente, los diarios de estas partes del mundo apenas mencionan la palabra verdad.

martes, 21 de septiembre de 2004

En Newmaniana, una revista que hacen los Amigos de Newman en la Argentina, descubro un artículo de 1829, cuando era fellow del Oriel College. Era joven y le entra a Aristóteles y a su Poética, con envidiable libertad, que ya querría ver uno en tanta viuda de autores célebres.

Poetry, with reference to Aristotle's Poetry, se llamó el ensayo y se publicó por entonces en la London Review.

Algunos palos para el filósofo hay, no vayan a creer. Y bastante sensatos.

Y más cosas, pero para otro día.

En el final del artículo, dice Newman, hablando de la 'composición poética':
El arte de la composición es meramente accesorio para el talento poético. Sin embargo, aunque distinto del talento poético, es necesario para su exhibición. La composición poética requiere un dominio del lenguaje que es mero efecto de la práctica. El poeta es un compositor; las palabras son sus tipos, debe tenerlos a mano y con ilimitada abundancia. De allí la necesidad de una cuidadosa labor para el cumplido poeta -no para que su dicción atraiga, sino para que el lenguaje se le subordine. Estudia el arte de la composición como nosotros estudiamos la danza o la elocución: no para poder movernos o hablar según reglas, sino para que, mediante el ejercicio, nuestra voz y porte queden libres para permitirnos hacer lo que queramos con ellos. Por tanto, un talento para la composición no es una parte esencial de la poesía, aunque indispensable para su exhibición. De allí pareciera que atender al lenguaje por el lenguaje mismo no evidencia al verdadero poeta, sino al mero artista...
Pasa a Pope, a Virgilio, a Milton y Sófocles. Hasta que llega a Homero:
Finalmente, el estilo de Homero es perfecto en su género: libre, poderoso, simple, enérgico y variado; es el estilo de alguien que rapsodiza sin pensar en los juicios, en una época anterior a las tentaciones que más o menos han prevalecido entre los escritores, antes que la poesía se haya degradado en mera exhibición y que la crítica la haya estrechado, enangostado en un arte.
La Retórica no es el mayor de los trabajos de Aristóteles, ni mucho menos, pero tiene muchas líneas felices. Y útiles.

Está escrita en un tiempo -y para un tiempo- que me parece que sabía cosas de un modo distinto del nuestro. Algo que uno nota en la antigüedad, en general. El más craso racionalismo antiguo parece tener una cierta humildad -salvo quizás en el caso de los reformadores de la Atenas de Sócrates y Platón, conocidos como sofistas, genéricamente-, una humildad que no conocemos en los racionalismos más nuevos. Probablemente se trata de una ilusión óptica, pero, uno tiene la impresión de que como si dijéramos cierto cansancio por andar sobre la faz de la tierra, ha hecho que los hombres busquemos soluciones y planteos ingeniosos si son lo suficientemente extravagantes, como jugando con la mera posibilidad de que algo sea "de otro modo". A veces por odio -tal vez, cierta envidia- a la antigüedad que parecía lanzarse a la aventura con una frescura que solemos llamar ingenuidad; a veces, quizá, por presunción de novedades, como por desánimo o aburrimiento y la consecuente necesidad de soluciones espectaculares; tal vez por esa tan nuestra e inarrugable voluntad de dominio.

Hay algo con la verdad. No podemos anular nuestro apetito de saber. Y de saber la verdad. Es arduo llegar y nunca estamos seguros de haber llegado. Y llegamos a la conclusión de que no hemos llegado, no bien llegamos a algo cierto y consistente. Puede ser que eso al espíritu le deje un sabor agridulce. Cualquier parada en el camino es forzosamente breve. No hay modo de que el reposo sea duradero. No aquí. No en este lado de la existencia. Y parece que, así, compiten el apetito de saber la verdad, con el cansancio de una marcha que se nos vuelve larga.

En el libro segundo de su obra, hablando del uso conveniente de cuentos y fábulas en los discursos, Aristóteles ejemplifica con una fábula que inventó Estesícoro:
Un caballo poseía él solo un prado, y como viniera el ciervo y le estropease el pasto, queriendo vengarse del ciervo, pidió a un hombre si podría, junto con él, castigar al ciervo; respondió el hombre que si aceptaba un freno y él se montaba encima llevando unos dardos; como el caballo accediera y montara el hombre, a cambio de vengarse, se convirtió en siervo del hombre.


Estesícoro aplica esto a un caso político. Pero, como toda comparación, tiene más de una aplicación.

lunes, 20 de septiembre de 2004

El lirio de tu nombre se levanta
por el aire fatal hasta la altura
del arcángel secreto que conjura
tu equilibrio de espuma en su garganta.

De sí mismo a sí mismo va con tanta
levedad trascendiendo que la pura
ingravidez del aire se apresura
a servir de escabel para tu planta.

Y yo, aquí abajo, entre la hierba vengo
resoplando vapores como un toro
muerto de celos por la tierra parda.

Un mar de celos en las venas tengo
del nombre que te ciñe, del decoro
del aire y del arcángel que te guarda.


Creo que es el soneto que más me ha acompañado, hasta hoy.

Conozco en parte la historia lírica del autor. No por él, a quien conocí y aprecié. Era muy discreto y reservado. Me la contó su hija pocos años después de su muerte, tratando yo de juntar sus versos para publicarlos. En parte se parece a Garcilaso, por la obra intensa y breve.

Apenas 44 sonetos y unos cuantos poemas más. Todos escritos para quien fue su mujer -como éste- la que, al morir, se llevó con ella la pluma del poeta, la inspiración o las ganas de seguir escribiendo. A partir de entonces se dedicó a otra de sus aficiones, la pintura y el dibujo.

Cuanta vez he podido, como ahora, lo doy a conocer.

Hace muchos años, le mostré unos versos propios al insigne tucumano (que alguna vez mencioné), entre ellos algunos que yo entendía podían ser sonetos. Con infinita generosidad -y como entusiasmado por la vena lírica-, sin casi mediar palabra ni introito, me recitó este soneto que ahora copio, y lo hizo de memoria, porque lo tenía a flor de labios. Él lo conocía desde hacía casi cuarenta años. También yo esa tarde lo memoricé sin papel adelante, por tradición oral. Seguimos hablando de poesía y lo que aprendí con el tiempo, creo que en su mayor parte me lo enseñó aquel insigne tucumano a la luz de estos catorce versos. La tarde pasaba, y de unos cuadernitos Gloria de 24 páginas, escritos con birome verde, me leía sus propios sonetos y poemas. Infinita delicadeza y sabiduría la del tucumano insigne, que apenas si decía algo de mis versos. Ni falta que hacía.

Con los años, en la casa de un amigo que vino a resultar, por matrimonio, sobrino político del autor de este soneto, me encontré con él. Conversamos cálidamente. En un momento, apareció la poesía en la charla. Y le recité su propio soneto. "Ah, pero ahora tiene otra versión... hace años que no oía ésa, ¿podés repetirla?" Lo hice. "Es mejor que la actual, me parece que lo voy a volver a su estado original..." Y sentí como si hubiera estado guardando un tesoro mucho más valioso que lo que ya me parecía.

Al tiempo, nos volvimos a ver en el mismo lugar, en un almuerzo. Me trajo de regalo una carpeta con su obra poética, que alguna mano desalmada retuvo cuando se la presté y nunca me devolvió. Mucho después, la hija del poeta reparó la falta con creces y obtuve una copia de todos sus originales.

Todo lo cual es uno de los nombres que la felicidad tiene para mí en esta tierra de sombras.

El poeta se llama Augusto Falciola. Y es una de las pruebas irrefutables para mí de que Dios tiene buen gusto cuando elige amigos.

domingo, 19 de septiembre de 2004

Adiós a la Cruz del Sur

Ya ves: menos que un soplo de viento en el desierto
es al cabo la vida humana.
Una pizca de polvo se alza, gira, se pierde
y se disipa, seca y vana.

Mira el cielo: una cruz al sur y otra al norte.
Dondequiera que el hombre huya
ve en el fondo del cielo cuatro clavos de oro,
helado horror, postrer refugio.

Y, llenando un vacío grande infinitamente,
sólo Tú, ingenio de suplicio,
de lo infinitamente pequeño y palpitante
haces crecer un eterno edificio.

Joan Sales

I. Viniste de mañana

Viniste de mañana. Se inclinaba
la madreselva a lo largo del muro.
capilla adentro, ¡qué azul la mirada
que lanzó el aire puro!

Me postré, como el viejo
porlvo de Cafarnaum en Su camino.
Y temblé, como hierba y como espiga,
al soplo de su tínica de lino.

II. La noche

La ciudad de la Noche se descorre, tranquila.
Luces, plazas azules. Es silencio y cristal.
Dirías que vigila,
desde arriba, la paz
de este valle que aroma con el viento y la lluvia
de septiembre. A lo lejos se oyen vagos relinchos.
¿Alucón de la sombra, o sube en su carroza
el Tiempo, con su barba de bosques y de grillos?

Se hizo rumor de aguas el silencio. La Noche
nos vigila y nos piensa.
¡Oh Rey desconocido que nos diste un palacio
de temor, de belleza!

Marià Manent


Estas son las traducciones de los poemas catalanes. Finalmente.
En realidad, en lo que suenan, y la poesía es música también, en parte traduttore traditore!
Alguna vez habrá que hacer una especie de elogio de las riquezas, porque se puede, en algún sentido. No el elogio culpable del católico liberal, tratando de servir a dos señores, o el elogio capitalista de las bondades infinitas de las inversiones para la vida de la tierra y del cielo, o el elogio oblicuo del progresista, con ese aire de que envidia el dinero que tienen otros y que él usaría mucho mejor.

Pero no será hoy.

Hay una cuestión simple, pero impresionante, en la posesión y la búsqueda de posesión de bienes, así como en la 'competencia' entre Dios y los bienes de este mundo, también las riquezas de dinero. Y de eso parece hay que tratar.

Lo descubro leyendo un libro de meditaciones para cada día que armó un dominico, Fr. Mézard, op, entresacando textos de toda la obra de Santo Tomás y siguiendo el año litúrgico (en la versión vieja del año litúrgico, porque es anterior a 1950). En Buenos Aires, lo publicó Emecé, en 1948. No sé si hay edición nueva, pero debería haberla. Todavía se lo ve por ahí. Si lo encuentran, no se lo pierdan (a mí me lo regaló un amigo, hace unos diez años).

En el breve y discreto prólogo dice Fr. Mézard: "No deben buscarse aquí, ciertamente, las meditaciones que tantas veces se publican para uso de los fieles, meditaciones enteramente acabadas, muy solícitas en indicar, a veces con excesiva prolijidad, no solamente las ideas para la inteligencia, sino también los afectos para el corazón y hasta los propósitos prácticos que deben sacarse, de suerte que apenas queda al que medita nada que hacer ni investigar.
Aquí, sin duda, sólo las ideas se presentan al espíritu, ideas breves, en estilo elevado, claras, firmes, pero ¡cuán llenas y fecundas, cuán saturadas de piedad y de verdadero amor de Dios!"


Un ejemplo de espiritualidad dominicana, que, si no lo leyera aquí, ya lo había visto en acto en varios amigos dominicanos, que no sé cómo se las ingenian para hacer teología cordial pero viril, exigente al espíritu pero no seca, tan completamente distinta a cierta otra teología y espiritualidad de manual piadoso (incluso de manual de teología) que tanto se ha enseñado.

Otros dos aciertos de este librito. En el tiempo durante el año, sigue las vías purgativa, iluminativa y unitiva.
Por otra parte, el Prefacio comienza diciendo: "Todo este libro, tanto en los conceptos como en las mismas palabras, salvo unas pocas que se hallarán en la meditación de la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, es, en verdad, obra del piadosísimo Doctor Angélico, Santo Tomás de Aquino." Tanto, que el libro se llama Meditaciones y lleva por autor al propio Santo Tomás.

Por eso. Mejor me callo y vamos al asunto.

En la meditación del día 29 de julio, se comenta el texto de san Lucas, X, 41-42, aquel de la visita de Jesús a la casa de Marta y María, y aquel del 'reproche' a Marta, 'porque una sola cosa es necesaria'. Entre otros textos de Santo Tomás, el recopilador anota estos:
Debemos buscar una sola cosa: en verdad una sola es necesaria. (Luc, X, 42)
Estando Marta muy afanada en muchas cosas, quiso el Señor atraerla a una sola. La perfección del hombre consiste en que su corazón se ligue a una sola, ya que cuanta mayor unidad haya en él tanto más semejante es a Dios, que es verdaderamente uno. Una sola cosa he pedido al Señor. (Psal. XXVI, 4) Pero en contra de esto padece el que busca las riquezas o las cosas del mundo, pues se llena de muchos deseos, y su corazón es arrastrado a cosas diversas.
(In I Tim., VI)

Por eso también el Espíritu Santo realizó la purificación de la Bienaventurada Virgen, como preprándola para la concepción de Cristo; esa purificación no fue de alguna impureza de culpa o concupiscencia, sino que consistió en reconcentrar más profundamente su alma en una sola cosa, y en separarla de la multitud.
(S. Th., III, q. XXVII, a. 3 ad 3)

Ese uno, al cual se adhiere el hombre por la caridad, es Dios. En esto consiste la perfección del hombre: en unirse a Dios por la caridad. El alma puede unirse perfectamente a Dios de dos modos: refiriendo actualmente a Dios todas sus acciones y conociéndolo en la forma en que es cognoscible, lo cual se verifica en el cielo.
Pero la adhesión en esta vida en que estamos es doble: una necesaria para la salvación, a la cual todos están obligados, es decir, que nadie debe aplicar su corazón a lo que es contra Dios, sino que habitualmente debe referir a Él toda la vida. Acerca de este modo dice el Señor: Amarás al Señor tu Dios, etc. (Matth., XXII, 37.) La otra es de supererogación, cuando alguno se une a Dios más allá del estado común a todos, lo cual se verifica apartando el corazón de las cosas temporales, y así se acerca más a la patria celestial, porque cuanto más se debilita la ambición, tanto más crece la caridad.
(In Phil., III)

Santo Tomás, comenta en este último texto, la carta de San Pablo a los filipenses, es el capítulo 3, 9-14, de muy fuerte sabor. Tanto, que el comentario de Mons. Straubinger, en su edición del Nuevo Testamento, hasta con cierto humor áspero, dice: "Bien vemos en esto que la Sagrada Escritura no enseña a ser capitalista, poseedor de virtudes, sino a ser eterno mendigo, pues en esto se complace Dios cuando ve 'la nada de su sierva', como María (Luc., 1, 48). por eso la Biblia suele tener tan poca acogida, porque no nos ofrece como 'la satisfacción del deber cumplido' ni esas otras fórmulas con que el mundo alienta nuestro orgullo so capa de virtud..."

sábado, 18 de septiembre de 2004

Para quien no conozca a John Henry Newman, tal vez sus dificultades no le digan demasiado. Y quien lo conozca, ya las conoce.

Pasar del anglicanismo al catolicismo es siempre una complicación. Ser converso a mediados del siglo XIX en Inglaterra ya es haberse metido en un problema. Nació en 1801 y murió en 1890 y, en el medio del camino de su vida, exactamente en 1845, ingresa a la Iglesia Católica. Creo que se trata del converso más notable del siglo XIX, no solamente en Inglaterra. Lo curioso en un hombre tan afable, de reconocida inteligencia y ciencia, es que tuviera tantos enemigos y que todo le costara tanto y que buena parte de sus principales intuiciones e iniciativas quedaran truncas o malversadas o arrumbadas. O quizá no tan curioso. De hecho, tuvo tantos amigos como enemigos en ambas iglesias. Sorprende al mismo tiempo su coraje y su determinación. De hecho, aunque no estuvo nunca solo en su accidentado peregrinaje espiritual y cultural, da la impresión de que junto a él no había nadie.

Su obra es inmensa en variedad y en calidad, y su esfuerzo por producir una verdadera primavera en la fe y en la cultura inglesa y, una vez convertido, en el catolicismo no solamente inglés, parece una tarea sobrehumana.

No hay modo de evitar el penoso pensamiento de que ha sido un hombre desaprovechado. Y que, por lo mismo que impresionan su potencia y originalidad, corre siempre el riesgo de ser aprovechado frívolamente. Los designios divinos son difíciles de entender para los hombres, ciertamente. Pero si con Newman nos hubiera sido enviado un profeta, en primer lugar fue tratado como los del Antiguo Testamento. En segundo lugar, no es al profeta al que se ha destratado.

Entre muchos otros, el caso de la Universidad de Dublín, entre 1853 y 1858, es un episodio más pero muy significativo. Lo convoca el arzobispo de Armagh, el primado de Irlanda, para formar una universidad. Newman acude y pone en la tarea toda su experiencia oxfordiana, sus estudios, su concepción arquitectónica, delinea el papel de la excelencia académica, el puesto de la teología como formación primordial, hace lugar al laicado en el cuerpo de profesores y en la administración (lo que le niegan). Pensaba en una universidad, no en un seminario. Pensaba en una universidad, no en una escuela de negocios embadurnada con una fina capa de agua bendita. Trabajó -batalló- casi siete años, mientras el mismo que lo había llamado boicoteaba en Roma su nombramiento de obispo y le dificultaba todo lo que podía su tarea en Irlanda. Sospechaban de él porque era inglés, porque era de Oxford, porque era converso, porque quería poner laicos -incluso laicos irlandeses jóvenes- en vez de sacerdotes, porque quería que dieran clases otros ingleses conversos, porque quería traer alumnos ingleses y norteamericanos (nunca lo dejaron), porque quería que los estudiantes estudiaran de todo, que estudiaran bien y que estudiaran mucho. Allí está su Idea de una Universidad (1852.1859), para enterarse de qué trataba este asunto, por ambas partes, especialmente viendo las cosas que se veía obligado a explicar y a defender.

Dice uno de sus biógrafos: "cuando finalmente vio que todo iba a ser un asunto irlandés y clerical... renunció en 1858".