viernes, 17 de septiembre de 2004

La Rosa de El Principito

1931. Consuelo Suncín de Sandoval, joven y viuda, conoce a Antoine de Saint-Exupéry. Fue en Buenos Aires. Al poco tiempo se casaron en Francia, en primavera. Lo demás, y aun esto, es historia conocida. Cruzando la obra del aviador, los testimonios sobre su vida, sus biografías, cartas y demás testimonios, incluídos los de la propia Consuelo, todo dice que Consuelo es la famosa rosa de El Principito.

En realidad, no habría mucho problema en que así fuera. No es la primera vez que pasa.

Inclusive, mirando los modos de ser de ambos, de Consuelo y de Antoine -Tonio, para ella-, mirando su vida juntos (es un decir lo de juntos, ... y lo de vida), no hay mucho que decir respecto de cuánto puede cierto tipo de amor. Por ejemplo, a la hora de que quien es más ponga tanto a los pies de quien es menos.

No niego que Consuelo fuera bonita y atractiva en más de un sentido. Es probable que haya sido una mujer con arrestos intelectuales y estéticos. Algo de todo eso tiene que estar en la raíz de la palabra Musa que le asigna el propio "Saintex".

El libro La rosa que cautivó al Principito, escrito hace un par de años por una salvadoreña, parienta y ahijada de Consuelo -que nació cuando ésta estuvo en El Salvador, allá por 1972-, parece (porque no lo leí) que se ocupa de la intimidad de Consuelo, su infancia, amores, aventuras y otras peculiaridades. Básicamente -de allí el título- hace de Consuelo la mujer que inspiró mucho de lo que después sería inmensamente famoso en la pluma de Saint-Exupéry, particularmente, el revés de la trama de la coprotagonista de El Principito: la rosa. Y, más allá de que podría tratarse de una obra algo ñoña o "rosa", parece que bien puede sacar partido de algo que el propio autor no se ocupó de ocultar, ni en la obra, ni en la vida. Esto es, lo mucho que quería a esta mujer, más allá de sus merecimientos, que seguramente los tuvo en algún sentido. Y más allá de sus defectos, que el propio Saintex -no solamente amigos y conocidos- se ha encargado de poner en negro sobre blanco.

Es misterioso el amor. Por supuesto que nadie sabía en aquellos años que van desde 1931 a 1943, que es cuando aparece El Principito, la enormidad que significaría ese aparentemente ingenuo cuento para niños, que hasta se da el lujo de tener un final infeliz y cuasi suicida (aun tomando el final como una metáfora). Con la rosa de espléndida partenaire.

Pero.

He mirado esta foto largamente. Muy largamente. No cómo si fuera un detective que trata de buscar qué produjo el asesinato. Simplemente la miré y la miré, hasta ver si podía lograr que se convirtieran los personajes en seres vivientes, respirantes, móviles. Con deseos y frustraciones, con algo en el corazón y en la mirada, con contradicciones y lealtades, con infidelidades y absurdos. En seres humanos. A pesar de esas bocas tan cerradas de ambos, imaginé los diálogos vivos, los apasionamientos enfurecidos, los caprichos, los requiebros. Traté de olvidarme, y no, al mismo tiempo, de las frases de poster del pobre pequeño príncipe (culpa de los que hacen posters, no del hombrecito, claro...). Traté de ver, en la foto, de dónde venía tanta palabra justa, tanta palabra tan sentida (tan a propósito para un poster, incluso), de dónde venía tanta serena sabiduría, tanta sencillez. Quise olvidarme, a propósito, de los retazos de información que tenía de Consuelo. Pero después me dije, mirándola en esta foto, que era tramposo mi procedimiento. En realidad, al fin, traté de verla como la veía Tonio, que tenía bastante más que retazos de información sobre ella. Y llegué a dos o tres conclusiones, provisionales, claro, porque no estoy del todo seguro de entender de qué trata este asunto.

Sí parece cierto que es raro el amor humano. Quiero decir, el amor humano tan humano.
Entremos al viernes por el amor, después de todo de allí toma su nombre el día.
Presencia

Esta carne mortal que cada día
Se desmorona de su arquitectura,
Este dolido corazón que apura
Gota a gota su cáliz de agonía,
Este temor de amarte, esta armonía
De callar y callar, esta ternura
De saberte mujer y criatura
Y renunciarte y esconderte mía,
Todo me dio el Amor; la paz, la gloria,
El Sol, las flores y la compañera
Presencia de tu piel y tu memoria;
Todo: la luz, la lluvia, y de repente
Tu voz y tu silencio y tu manera
De sonreír y de quedarte ausente.


No me quieras nunca

No me quieras nunca
Como te he querido.
Mira que es muy triste
Llorar sin motivo
Y esperar el sueño,
Remoto y contigo,
Y al final de todo
Darlo por perdido.
Mira que es muy triste
Decirte al oído:
No me quieras nunca
Como te he querido.


Quizá todo ocurriera el mismo día

Callar y más callar y, desvelado,
Recordar lo que he sido y que no he sido:
Lo que quise soñar medio dormido
Para que fuera así medio soñado.
Rescatar lo olvidado y no olvidado
Y jugar al recuerdo y al olvido
Y cortar una flor como al descuido
O como si estuviera enamorado.
Todo es igual. Quizá la misma cosa
Dicha con un lenguaje diferente
Que saben sólo el pájaro y la rosa.
Quizá todo ocurriera el mismo día:
El ayer y el mañana y el presente,
La esperanza, el laurel y la agonía.


Tres poemas (entiendo que por amor) de Ignacio Braulio Anzoátegui (1905-1978).
Credo del Incrédulo

CREO en la Nada Todoproductora
d'onde salió el Cielo y la Tierra.
Y en el Hómo Sapiens su único Hijo Rey y Señor,
que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de la Santa Materia
Bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisionado, muerto achicharrado
cayó en la Miseria,
inventó la Ciencia
Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia.
Y desde allí va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el libre Pensante,
la Civilización de la Máquina,
la Confraternidad Humana,
la Inexistencia del pecado,
el Progreso Inevitable,
la Rehabilitación de la carne
y la Vida Confortable. Amén.


Leonardo Castellani (en Las Ideas de mi Tío el Cura, 1984)
Creo que con buena intención, fue publicado acá . Pero con poco cuidado, cosa que hasta cierto punto es todo un signo también, especialmente por el lugar del que se trata. Y esto lo confirman algunos 'disparates' en la presentación del autor. Por lo menos, liviandad. Aunque buena intención liviana, digamos.

jueves, 16 de septiembre de 2004

Mac Ian y Turnbull tratan de batirse. Ya se sabe, es La Esfera y la Cruz, de Chesterton.

Al montañés escocés católico, recién llegado a Londres, lo ofendió un panfleto contra la Virgen María que había publicado el escocés ateo y que tenía expuesto en la vidriera de El Ateísta, su periódico, a la vera de la catedral de San Pablo.

Desde entonces tratan de batirse, porque ambos creen que vale la pena, y nadie los deja. Literalmente nadie. Porque nadie entiende que haya que batirse. Por nada. Y menos por eso.

Entre tantos 'nadie', aparece, en el capítulo V, un discípulo de Tolstoy y Shaw. Un gordo pacifista que insiste en tratar de impedir el duelo.

Ni siquiera Turnbull, y mucho menos Mac Ian, lo soportan más, ni a él ni a sus discursos sobre el amor y la paz y el principio superior y la no violencia. De modo que, finalmente, y entre ambos, logran ahuyentarlo.

Pero Mac Ian cree que ha sido un ángel. Una aparición que le permitió ver de un trazo lo que podría haber sido de ambos:
- ¡Y qué! Ése hombre era un ángel -dijo Mac Ian.

- No sabía yo que fuesen tan triste cosa -respondió Turnbull.

- Sabemos que los diablos citan a veces la Escritura y falsifican el bien -replicó el místico-. ¿Por qué los ángeles no han de mostrarnos alguna vez el negro abismo en cuyo borde estamos? Si ese hombre no hubiese intentado contenernos... yo acaso... acaso me hubiese contenido.

- Ya entiendo lo que usted dice -contestó Turnbull ásperamente.

- Pero ese hombre vino -prorrumpió Mac Ian- y mi alma me dijo: abandona el combate, y te convertirás en algo como Eso. Abandona juramentos y dogmas, y los principios sólidos, y te irás pareciendo a Eso. Aprenderás también una filosofía turbia y falsa. Te aficionarás a esa ciénaga de moral cobarde y rastrera, y vendrás a pensar que un golpe es malo porque hace daño, no porque humilla. Vendrás a pensar que dar muerte es malo porque es violento, no porque es injusto. ¡Oh blasfemo del bien, hace unas horas creí que le amaba a usted! Pero ahora ya no hay que temer por mí. He oído la palabra amor pronunciada con su entonación, y sé exactamente lo que significa. ¡En guardia!

Las espadas se buscaron y se oyó el ludir formidable, animado del odio y la energía antiguos; y se atacaron una vez y otra. De nuevo, el corazón de cada uno vino a ser el imán que atraía a una espada loca...
El martes 14, el Corriere della Sera publica en la sección Cultura un artículo sobre una investigación que los editores italianos han hecho acerca de, en realidad, la cantidad de libros que venden.

Por supuesto que la cosa aparece con el ropaje de una preocupación política y cultural: Dalla domanda di lettura alla domanda di cultura. Así se llama la publicación que contiene la investigación que hizo la AIE (Associazione italiana editori).

Ivan Cecchini, el director de la AIE, dice: "Meno scrittori, meno scienziati, meno storici, meno cittadini consapevoli, visto que la lettura é una attivitá strettamente correlata con lo sviluppo economico e democratico di un Paese". Todo esto porque los italianos se sienten entre las cenicientas de Europa en materia de lectores (compradores de libros, debe leerse aquí), apenas por encima de Bélgica, Irlanda o España a los que, según la nota, siguen Grecia y Portugal, que suenan allí como los tullidos de Europa.

Como en los primeros puestos están los países nórdicos o germánicos (Suecia, Dinamarca, Finlandia, Inglaterra, Alemania), Cecchini suelta su tesis: "Si legge di più del nord Europa per via del protestantesimo che ha portato la cultura del libro, attaverso la Bibbia, nelle case". Le pican al itálico las cifras de Francia. Por eso la autora del artículo aclara: "Fatto sta che anche al sud Europa, i 'cugini' francesi, non protestanti, ci battono con un 44,3 per cento di lettori". Y como Italia tiene un modesto 42 por ciento de lectores, por debajo de la media europea...

Enseguida aclara Cecchini: "con le ipotesi potremmo scrivere pagine e pagine". (Para qué, digo yo, escribir páginas y páginas sobre semejante bobada, será para que lo lean i nordici... in Svezia, si total los tanos no leen, es decir no compran.)

Parece una típica publinota. Ademanes preocupados, gestos de pariente en la sala de espera de una terapia intensiva, que terminan en un altruista: pase por la caja que allí le cobran...

Está, es verdad, en la línea de Sartori y de algunos otros batalladores de la postmodernidad: menos televisión, más lectura, mejor democracia: volvamos a la ilustrada modernidad.

No sé si da para tanto la discusión del asunto.

De modo que, conclusión: hay que leer más (comprando más libros) para tener más cultura; hay que tener más cultura para ser más desarrollados y democráticos; hay que ser como los nórdicos y germánicos que son más desarrollados económicamente y más democráticos porque leen más porque son protestantes y tuvieron las Biblias en sus casas.

Me dan ganas de mandarlo al Centro Cultural a que encuentre su Marca País, y se deje de llorar...

(¿O vendrá de ahí?)
Invitación a contemplar la luna

Tú que has visto las lunas literarias
que por las hojas de los libros ruedan,
ven a ver esta luna. Es una simple
luna de la naturaleza.
No digas se parece, no hagas una
metáfora, aunque sea
la justa, la inhallable, la que nunca
visitó el corazón de los poetas.
No cuelgues de su disco claro y puro
ningún cintajo literario. Sueña
que por primera vez abres los ojos
a una noche de luna y la contemplas.
Era joven Conrado Nalé Roxlo cuando escribió este poema que publicó después en su libro El grillo. Tan despojado ese estilo suyo, y tan cordial al mismo tiempo.

Tan parecido a aquello que decía Simone Weil, hace poco. Y en la misma línea de aquellas cosas que dice Chesterton, cuando quiere que veamos las cosas por primera vez, alguna vez.

miércoles, 15 de septiembre de 2004

Días atrás, esperando nacer comentó acerca de cierta retórica imbécil y de una expresión de la oración oficial del Congreso Eucarístico.

Cosas de la vida, al poco tiempo cayó en mi mano un folleto. Lujoso, en términos gráficos. Papel satinado, de más de 200 gramos, 21 x 59 centímetros, desplegable, troquelado en 6 cuerpos, doble faz, cuatro colores. Un boletín septiembre-octubre que pregona las actividades del Centro Cultural UCA de la Universidad Católica Argentina. Actividades de las previsiblemente llamadas culturales, con una políticamente correcta cuota de la llamada solidaridad social.

Cuando lo leí con cierto detenimiento, por alguna razón no pude sino asociarlo con lo que, sin extrañeza ni alegría, anotaba Hernán en su página. Confieso, además, que redacté tres veces esto. Una vez me lo borró un virus. Mejor (para mí, sobre todo). La segunda vez, fue por oficio. Ésa la borré yo. De cualquier modo, si alguien tiene demasiado interés en estos asuntos, que se consiga el folletín y, por las suyas, le pase el peine fino.

Por mi parte, me detuve en dos pequeñas entradas del boletín, no por menores menos significativas.

Encuentro y exposición de pintores
Cada país tiene la responsabilidad de mostrarse ante el mundo. El arte, la cultura y las costumbres de una nación se combinan con negocios potenciales y estrategias de marketing internacional, generando el concepto de "Marca País".
En noviembre, el Centro Cultural UCA y la Secretaría de Turismo de la Nación organizarán un Encuentro de Pintores bajo esta temática, con el objetivo de que los artistas convocados plasmen el concepto de nuestra Marca País en sus obras. Los frutos de este encuentro integrarán la Exposición itinerante "Marca País".

Servicio a empresas
Pensando en las empresas que buscan ofrecer un valor agregado a sus empleados, el Centro Cultural UCA ofrece cursos y talleres para capacitarse profesionalmente y desarrollarse en el plano personal. Los cursos pueden dictarse tanto en las instalaciones de la empresa como en el Centro Cultural.

Turismo Cultural
Oratoria Empresarial
Mercado de Arte
Negociación
Apreciación de Arte
Taller de Redacción
Fotografía
Sponsoreo y actividades en conjunto con empresas

Cuando leí la primera notita, les aseguro que inmediatamente me acordé de un párrafo de Cicerón, que me gusta citar.

No somos más numerosos que los Hispanos, ni somos más fuertes que los Galos, no somos más astutos que los Fenicios, ni mejores en las artes que los Griegos, ni tampoco que los Ítalos y los Latinos en cuanto al sentido innato del suelo natural, pero sí superamos a todos los pueblos y a todas las naciones por la 'pietas', por la 'religio' y por una 'sapientia' que consiste en que nosotros tenemos la evidencia profunda de que todo está regido y gobernado por el numen de los dioses.

Sentí una nostalgia infinita -y una envidia inmensa- del siglo I antes de Cristo. Me imaginé, al mismo tiempo, el razonamiento que hay que hacer para llegar a Marca País. El clima espiritual e intelectual que hay que respirar para que a alguien se le ocurra que un Centro Cultural de la Universidad Católica Argentina tiene que ofrecer semejante muestra de tilinguería.

Pero, como la segunda notita del boletín pegaba maravillosamente con la primera, al fin sentí casi toda la nostalgia del mundo. Toda la soledad del mundo. No sé si la mía, pero también.

Sentí toda la soledad del mundo. Me imaginé la que podría haber sentido un pagano del siglo II dC, o un hombre del siglo VIII.

Imaginé que hubiera ido a las puertas de la nueva fe que empezaba a hacerse cultura, civilización, a buscar sapientia, pietas y religio (ya un poco lejanas en su recuerdo, pero vivas por varios otros lados) y que le hubieran dicho que la asistencia social que el Centro Cultural puede ofrecerle, si tiene deseos de desarrollarse en el plano personal, incluye un menú de lo más monono y útil.

No me digan, por favor, algo que ya sé. No me muestren un almanaque de este año y una colección de libros de Paul Johnson, Bertand Russell, Karl Popper o la nueva Constitución de la Unión Europea. No me lean un artículo de Mariano Grondona, de Fernando Savater o de Michel Foucault o de quién sé yo qué obispo, cardenal o superlaico optimista. Ya sé qué año es y dónde estoy. Y por eso mismo, creo tener una idea vaga de este mundo en el que vivo y de los hombres de este mundo. Después de todo, qué embromar, uno es uno de ellos.

Nada más imaginé un hombre que hubiera pasado las invasiones de los bárbaros, que hubiera visto la caída del imperio, la disolución lenta de una cultura que, así como el agua filtra las piedras, se estuviera mezclando con la Buena Noticia y los nuevos modos de ser en sociedad que traían los nuevos tiempos. Imaginé un eremita, un anacoreta, un hombre solo en la selva de soledades de aquellos siglos primeros, rodeado de riquezas que podrían salvarle la vida -la vida que más importa-, un hombre buscando la verdad. Como si dijéramos San Antonio el Abad, San Agustín y tantos otros como ellos en aquellos siglos.

Imaginemos, por qué no, una multitud de hombres de espíritu sediento y hambriento, que se agolparan a las puertas de Alcuino de York, ya muriendo el siglo VIII. Llegan a las oficinas del monje erudito. Aquel que, junto con otros en esos tiempos, recogió pietas, religio y sapientia de todas partes que pudo, y con ellas trazó e hizo la Europa universitaria y buena parte de la Europa a secas.

Y ahí la imaginación se dispara y empieza la nostalgia infinita. Y la sensación de baldío y soledad en el páramo del espíritu. (Claro que en ese páramo o en cualquier otro, el Espíritu sopla donde quiere...)

Esta es la última escena. Antes de que la pantalla funda a negro y aparezcan los títulos, se lo ve a Alcuino junto a los muros de Aquisgrán (ya remodelado y muy parecido al Embankment o a Puerto Madero). Debajo del blazer azul, se le adivinan unos tiradores con motivos búlgaros. Agita animadamente un plateado celular en su mano. Mientras tanto, sin dejar de mirar cada tanto la notebook que tiene sobre una mesita de fórmica, barbilampiño, contento de sí mismo, animoso frente a un futuro de bienestar y solidaridad entre los hombres, le explica a una turba de anacoretas, soldados, labradores, artesanos y reyes -que sin saberlo se disponen a ser la naciente civilización fundada sobre tradiciones venerables y sobre la Buena Nueva- cómo aprovechar las ventajas comparativas, las diferencias étnicas, y cómo utilizar el arte, la ciencia, la Fe y otros materiales fungibles, para construir la "Marca Imperio".

En el fondo del cuadro, se lo ve a Carlomagno, florida la barba blanca, discutiendo acaloradamente con el secretario Económico-financiero de los francos, cómo darle valor agregado a sus empresas guerreras, mientras una germánica rubiecita con trenzas del departamento de Marketing del Frankreich, le acerca una carpeta cuyo rótulo reza: Workshop: Los valores que nos identifican como pueblo.

martes, 14 de septiembre de 2004

Algo más de Voces que te han cantado, todavía en catalán (y todavía sin traducción...):
Has vingut de matí

Has vingut de matí, quan s'inclinava
el lligabosc florit a ran del mur,
Capella endins, quina mirada blava
m'ha donat el cel pur!

M'he ajupit com l'antiga
pols de Cafarnaüm, pel Seu camí;
he tremolat com l'herba i com l'espiga
al vent d'aquella túnica de llí.

Los versos son de Marià Manent, la primera parte de una composición que se llama Mysterium Fidei. La tercera y última parte es ésta:
La nit

La ciutat de la Nit s'obre, tranquilla,
amb llums i places blaves. És silenci i cristall.
Diríeu que ens vigila
damunt aquesta vall
que es féu més olorosa amb el vent i la pluja
de setembre. Lluny, vagues, ara es senten renills.
És el dúgol en l'ombra o bé en carrossa puja
el temps que duu una barba de boscos i de grills?

El silenci es fa so d'aigües. La nit suau
ens vigila i ens pensa.
Oh Rei inconegut, que ens feres un palau
de beutat, de temença!

lunes, 13 de septiembre de 2004

Encuentro en unos trabajos de una argentina doctora en letras, uno en el que comenta un artículo de Albert Camus (L'artiste en prision, 1952) sobre Oscar Wilde y específicamente sobre De Profundis y la Balada de la Cárcel de Reading.

Entre otras cosas, dice el francés con perspicacia que la primera de estas obras es "la confesión de un hombre que declara haberse equivocado, y no tanto acerca de la vida, sino acerca del arte, del que habría querido hacer su vida exclusiva".

La autora aclara que confesión está aquí usada con el sentido que tenía para los primeros cristianos: una declaración pública de su fe.

Para hacer más comprensible el artículo, traduce algunos pasaje de De Profundis, y entre varios, estos dos:
Recuerdo, durante mi primer término en Oxford, haber leído en el Renacimiento de Pater... cómo Dante coloca bajo, en el infierno, a los que voluntariamente vivieron en la tristeza; y haber ido a la biblioteca del colegio y llegado al pasaje de la Divina Comedia en que, debajo del pantano lúgubre, yacen aquellos que fueron 'sombríos en el aire dulce', diciendo por siempre jamás a través de suspiros:
Tristi fummo
nel aer dolce che dal sol s'allegra.
(...)
Sabía que la Iglesia condenaba la acedia, pero la idea en conjunto me parecía fantástica, justo el tipo de pecado -imaginaba- que hubiera inventado un sacerdote que no conocía nada sobre la vida real. Ni podía entender cómo Dante, quien dice que: 'la pena vuelve a casarnos con Dios', pudo haber sido tan duro con los que fueron enamorados de la melancolía, si es que tal existía. No tenía idea que algún día esto se habría de convertir en una de las mayores tentaciones de mi vida.
Hace años me topé con un librito de poesía religiosa, que cada tanto vuelvo a repasar. No sé nada de la autora, Paulina Crusat (ya sé que podría buscarla en la biblioteca de Babel, pero no se me da la gana...)

Me gustó de entrada el título: Voces que te han cantado.

La autora recopila una serie de poemas de asunto religioso -cristianos- en varios idiomas, con sus respectivas traducciones.

Hay un capítulo para la Poesía catalana. Algunas cosas gustan más que otras, y algunas no gustan. Pero, en todas, la lengua catalana suena tan a propósito para la poesía, que podría pensarse que debería usársela para eso y para nada más.

Con un epígrafe de Venancio Fortunato: O Crux, ave, spes unica! (alguna vez habrá que hablar de este poeta medieval tan afamado) está este poema de Joan Sales, tomado del Diari d'un moribund:
Adéu a la Creu del Sud

I ja ho veus: menys que un buf de vent en un desert
és a la fi la vida humana.
Una mica de pols que s'alça, gira, es perd
i es dissipa, resseca i vana.

Guaita el cel: una creu al sud i una altra al nord.
Onsevulgui que l´home fugi,
veu aparèixer al fons del cel quatre claus d'or,
horror glaçat, últim refugi.

Omplint una buidor infinitament gran,
sols Tu, màquina de suplici,
de l'infinitament petit i palpitant
fas créixer un etern edifici.

Sin ansiedades. No hace falta traducirlo... todavía. Creo que bien se puede dejar que los sonidos drenen. Incluso hasta sin saber la pronunciación exacta.

domingo, 12 de septiembre de 2004

El fariseísmo de los publicanos. Eso sí que es un asunto complicado. O tal vez, en realidad, sea bastante sencillo de entender.

La palabra importante es fariseísmo. Jesús vio en los fariseos algo opuesto al Reino. Íntimamente opuesto, radicalmente opuesto.

Es una apropiación. Una apropiación indebida. Una certeza indebida.

Sin embargo, sabemos que Dios ama las certezas. Porque la certeza es la actitud de conformidad interior más acorde con el ser de las cosas (Y vosotros, ¿quién decís que soy?, y ante la respuesta taxativa de Pedro, Jesús se alegra infinitamente.) En rigor, Dios ama las seguridades también.

Pero seguridad y humildad no pueden ser opuestas por definición en el orden humano. Cuanta más honda seguridad tuviera un creyente en sus creencias, diríamos que más fe tiene. Y si obrara de acuerdo con esa seguridad hasta las últimas consecuencias, probablemente lo llamaríamos mártir, llegado el caso.

Aun esa seguridad subjetiva en el juicio sobre las cosas, que llamamos certeza, es buena. Pero tiene que ser una seguridad de conformidad con lo que las cosas son, de modo que es inseparable de la humildad. Porque un corazón limpio, como lo llama Jesús -y toda la Escritura- no solamente es un corazón veraz respecto de lo que es en una materia determinada, o en cuanto a un asunto tal o cual. La limpidez del corazón, parece ser, supone un primer acto -primero en orden de excelencia- que es el reconocimiento piadoso de la distancia entre aquello que no puede no ser y aquello que bien podría no haber sido.

Es una especie de presupuesto de cualquier mirada humana y aun angélica. Por eso la oración por antonomasia -Padre Nuestro, que estás en el cielo...- comienza con esas palabras.

Por alguna extraña razón, pocas veces asociamos a Dios con algo potente, necesario, causal, cuando hablamos con Él íntimamente, en la oración interior, en nuestro diálogo personal con Dios.

"Él nos hizo y a Él pertenecemos", "Oye Israel, el Señor es tu Dios, el Único", son ese tipo de expresiones que solemos encontrar en las Sagradas Escrituras y que muchas veces tomamos como hipérboles propias del exaltado espíritu oriental de los redactores, una expecie de exageración metafórica, que inmediatamente tenemos necesidad de morigerar con "Dios es amor".

Por alguna razón, solemos atraer a Dios a nuestra esfera, hacerlo más próximo, más comprensible. Como si entendiéramos exactamente qué es ser Amor. Como si ser Amor lo hiciera más comprensivo que ser el Único, o Todopoderoso. Y solemos para ello usar del amor, incluso de su cualidad de Dios amante. Dios es amor significa muchas veces Dios es bueno, es más o menos como nosotros y nos entiende y nos perdona porque es como nosotros. No es distante como podría serlo un Dios causal y poderoso (porque terriblemente poderoso significaría algo así como terriblemente malo, frío), es próximo como puede serlo un amigo que nos quiere, un par, alguien ante quien no debemos postrarnos.

Sin embargo, eso tiene el hijo pródigo de religioso. Debe volver, una vez que ha probado la distancia entre su padre y él. Y en la distancia ha visto la magnitud de su pecado. Y, precisamente, la distancia es el signo de la distancia. La magnitud de la ofensa está en relación directa con la magnitud del ofendido: "pequé contra el Cielo y contra tí".

La percepción de esa distancia es la humildad. La contracara del poder terrible de Dios es que somos terrenos. Y no es un juego de palabras. Aterrarse es abajarse, hasta el nivel de la tierra que pisan los pies del padre.

Como llamamos terror al miedo, creemos que terrible debe ser por fuerza algo malo.

Pero Dios es terrible y no es malo.

La sola presencia de Dios nos aterra, como cayeron en tierra Pedro, Santiago y Juan en el Monte Tabor. Así se aterra y cae en tierra el hijo infiel.

Y así el publicano, que no se atreve a levantar los ojos al cielo, postrado en tierra su primer acto es mantenerse a distancia, dice san Lucas: la piedad, el reconocimiento de la distancia entre Dios y él. Eso no le impide comenzar su oración con Dios mío,..., y el posesivo no es apropiación indebida, sino más bien signo de pertenencia de la creatura al Creador.

Otro tanto el hijo pródigo, que, primero en su soliloquio interior como después en sus primeras palabras, usa el vocativo de la piedad por antonomasia: Padre, he pecado contra el Cielo y contra tí.

Creo que bien podemos asociar al hijo bueno con el fariseo que reza de pie, agradeciendo a Dios no ser como ese publicano pecador, aterrado detrás de él, que no cumple la ley. Así como podemos asociar al hijo pródigo con el publicano.

Pero bastaría con que el publicano intercambiara con el fariseo el contenido de su oración: Dios mío, soy un pecador, pero te agradezco no ser como ese fariseo...

En el mismo acto se habría vuelto farisaico.

Como si el hijo pródigo le hubiera dicho a su padre: Padre, he pecado contra el cielo y contra tí, pero al menos no soy como ese hijo mayor tuyo que cumple todo pero ahora te reclama por tu magnanimidad y misericordia...

El no haberlo dicho ninguno de ambos, permite que las parábolas procedan y sirvan al propósito de Jesús. Ni el hijo pródigo habría sido recibido con fiesta por el amor del padre que se alegra de la vuelta de su hijo, ni el publicano habría sido justificado, lo que es lo mismo.

Entretanto, creo que los oyentes de estas parábolas debemos cuidarnos de nuestra autosatisfacción por no ser farisaicos o celosos. Por no ser fariseos o hijos mayores. Porque esa satisfacción no mira a Dios, mira hacia nosotros.

Es tan importante lo que hace Dios con el publicano y el padre con su hijo, como lo que el publicano y el hijo hacen con Dios y con su padre.

Tanto la parábola del fariseo y el publicano, como la del hijo pródigo, muestran sin duda la misericordia divina, esto es, la proximidad a la que se acerca Dios, hasta dónde nos eleva por amor, cuánto es capaz de hacer para justificarnos y agasajarnos y lo que se alegra Él con esto. Pero, al mismo tiempo, muestran la piedad humana, la necesidad de reconocimiento de la distancia.

El reconocimiento de esa distancia, pero una distancia que nos separa de alguien que no nos pertenece (aunque está a nuestro entero servicio), es lo que hace de la parábola del hijo pródigo un ejemplo de humildad al mismo tiempo que de misericordia.

Ocurre que el hijo mayor también se encuentra a la distancia. Vuelve del campo a la casa de su padre.

La presencia del hijo mayor podría pensarse que es innecesaria en la parábola, porque el asunto es entre el padre bueno y el hijo alocado. Pero no lo es. No solamente porque este personaje del hijo bueno pone de relieve el amor del padre, en comparación con el fariseismo de su hijo mayor. También destaca la humildad del hijo pródigo. Y nos advierte, creo, de paso, sobre el peligro de que un publicano tan fácilmente se vuelva fariseo.

sábado, 11 de septiembre de 2004

Un paseo por el campo de la provincia de Buenos Aires: Luján, San Antonio de Areco, Zárate, Capilla del Señor.

Un día frío, con un sol que no alcanza a calentar pero que viene entusiasmando al verde de todas las cosas que empiezan a verdear. Hasta florecen ateridos los ciruelos, algún manznao tempranero, las coronas de novia. Y, empezando a verdear, se encuentran de buenas a primeras con estos días de viento frío y con madrugadas de escarcha y de heladas. Es invierno, después de todo.

Al final de la tarde, ya volviendo al pago, di un rodeo por caminos de tierra y visité a un amigo que vive en medio del campo.

Me regaló su último libro publicado: Fe y Cultura. Una aproximación histórica al problema. Conocía desde hace años el texto porque dimos juntos un curso y esa fue su parte. Muy buen trabajo. Leyó bien la patrística, de la que es devoto. Y leyó más cosas. Y al parecer las digirió.

Repasando el libro, ya en casa, encontré varias citas en distintos capítulos que hilvano ahora porque ponen a contraluz un tema siempre difícil: la belleza.

Y otros asuntos, vecinos del mismo problema: ¿cuánta cultura necesita un santo?; si se tiene fe, ¿para qué hace falta saber cosas de este mundo (si es que acaso hay verdaderamente algo que sea sólo de este mundo)? Y más pregunta de ésas...

El día de frío soleado, la primavera agazapada. Me parece que es la misma cosa.

Primavera del cielo, llama Leopoldo Marechal al Cielo. Pero los hombres no estamos en la primavera todavía. Por más sol que haya en este invierno, por más verdor que se nos muestre en las cosas.

La belleza, el mundo, la sabiduría de este mundo y otra mayor, se mezclan en este invierno de este tiempo de mundo que vivimos y se nos hace la ilusión a veces de que ya estamos en primavera. En la primavera de otro mundo. O en la de éste.

Y sin embargo, todo lo que ha de crecer y fructificar, ya empieza a verdear. Pero todavía es invierno. Pero ya verdea.
ver
"La belleza que es el objeto del arte, tiene que ver con la Verdad y con el Bien ontológicos, que son dos nombres de Dios; y cuya búsqueda no es peligrosa, al contrario; pero la Belleza es el resplandor desos trascendentales, a través o por medio de las cosas sensibles; y el hombre está demasiado apegado a lo sensible, y sus sentidos están desordenados: "concupiscencia" llaman los teólogos no solamente al desequilibrio más notorio con respecto a la lujuria, sino con respecto a todas las cosas creadas, incluido el propio "YO"."

Leonardo Castellani, Doce parábolas cimarrronas

"El arte tiene una ventana abierta al infinito y en su mesa el resabio del paraíso terrestre; y por eso es grande y a la vez peligroso. En su casa es donde Dios y el diablo libran las más hondas batallas. Santa Catalina de Siena, prendada por el de su tiempo, lo estimó ministro de la contemplación; León Bloy, furioso por la corrupción del nuestro, lo creyó un parásito de la antigua serpiente."

Leonardo Castellani, Arte y Escolástica, Criterio, 1931

"Si es virtud propia del árbol cargarse de frutos de estación, no obsta que se produzca el adorno de las hojas que se agitan en las ramas; así también para el alma el fruto esencial es la Verdad, y sin embargo, no es nada desagradable que se revista de sapiencia profana como de hojas que ofrecen reparo al fruto y lo adornan convenientemente."

San Basilio, Discurso a los jóvenes, capítulo III, 2

"El gusto inmoderado por la forma conduce a desórdenes monstruosos nunca vistos. Absorbidas por la pasión feroz de lo bello, de lo gracioso, de lo bonito, de lo pintoresco, pues hay grados, las nociones de lo verdadero y de lo justo desaparecen. La pasión frenética por el arte es un cáncer que todo lo devora; y, como la ausencia neta de lo justo y lo verdadero en arte equivale a la ausencia del arte, he aquí que el hombre entero se hace humo."

Charles Baudelaire, El arte romántico

"Una carencia de cultura llena de santidad sólo es útil para el mismo santo. Si éste quiere ejercer influencia profunda sobre los demás le será necesaria una santidad cultivada y docta."

San Jerónimo, Epístola 52 a Paulino.


Y sí, se ve que hay que pensar en esto. Un viaje por el campo, a fines del invierno, sirve.

Pero no alcanza.
Rueda y tizón

Con una chispa se encendió y el fuego
se le subió a los ojos por el vino
y la voz le salió como en un juego.

Con relumbrones de un tizón de pino
la voz brilló en el vino enceguecida
buscando su color y su camino.

Y se le hizo oración amanecida,
letánica, chispeante o rumorosa,
del cielo y de la tierra suspendida.

La voz se le crispó creciendo umbrosa
con resplandor de soledad y peña
sonando en la capilla silenciosa

de la rueda que escucha, mira y sueña;
de la ronda que ronda en los porrones
convocados por fuerza de una seña.

Y huérfanos de luces y salones,
nadie atiende otra cosa sino al canto
buscando acomodarse en los rincones

de campo, cielo y fuego; mientras tanto,
la voz como las brasas ya se apaga
y deja espasmos de alegría y llanto.

Y queda como el rastro de una llaga.

viernes, 10 de septiembre de 2004

Hoy es la fiesta de San Nicolás de Tolentino.

Murió a principios del siglo XIV, alrededor de los 60 años, cuarenta de los cuales pasó en la orden de san Agustín.

Su vida está llena de milagros y maravillas, tantos que llega a parecer increíble, y podría resultarle fantasiosa a más de uno si no fuera que casi todos los santorales dicen lo mismo de él. Después de su muerte, no es menos impresionante y milagroso.

Entre otras cosas, se le apareció a Santa Rita de Cassia, junto con San Agustín y San Juan Bautista, de quien la santa era muy devota, para 'llevarla' al convento agustino donde profesaría toda su vida la patrona de los imposibles.

Es curioso -y una pena- lo poco conocido que es entre muchos. Probablemente, porque su homónimo de Myra, el 'famoso' San Nicolás de las fiestas navideñas del norte, se lleva todos los aplausos...

Lo cierto es que este día es de varios recuerdos cruzados para mí. Por lo pronto, mi abuelo materno, Nicolás -que era un gran hombre-, cumpliría 109 años. Por su parte, uno de mis hijos, Nicolás (por su bisabuelo lleva el nombre, así que hoy es su santo), tendrá que saludar a su padrino de bautismo, que cumple 49 años precisamente hoy.

jueves, 9 de septiembre de 2004

Desde que se la oí cantar, cada tanto le pido que la cante otra vez. Es una chacarera de Carabajal (JC) y Onofre Paz.

El mayor de mis hijos, que es quien la canta, me dice con fastidido que 'no es un tratado...'

Porque, entre otras cosas, me puse a leer la poesía de la letra y lo que dice. Ya sé que no es gran cosa. No es sublime. Es casi naïf, y sin casi. Hasta, si me apuran, deja bastante que desear en materia de ritmo literario; pero, claro, está hecha para ser cantada en chacarera. Y se nota. Y cuando la cantan (asantiagueñada, suena mucho mejor) deja en el aire una nostalgia de lo más simpática.

Tanto, que uno se olvida de los barquinazos...

La letra alcanza a dar el sabor del canto popular.

Creo que apenas un sabor y más que nada un tono, como un aroma que parece venir de quién sabe dónde (como esos jazmines que han comenzado a aromar en estos días mi pueblo y que, como a veces crecen detrás de tapias y paredes y solamente nos llega el olor, uno creería que los cercos y muros exhalan perfume...).

Un poco pretenciosa la lírica, es verdad. Pero, curiosamente, en eso mismo me parece que se nota que viene de un tronco más noble, y que allí tiene raíz. Así como en lo mismo se ve que se ha desgajado, se ha desarraigado un poco. Como si hubiera salido del 'pago' y estuviera cada vez más cerca de la ciudad.

Aunque no es folklore tradicional y anónimo, tiene bastante de ese mismo aire, de ese hablar sencillo, púdico, con el que se tratan las cosas del amor entre el paisanaje.

Un par de estrofas, nomás, ponen una nota, qué diré, graciosa.

Qué haremos para estar
por siempre unidos,
si Dios nos hizo andar
distintos caminos
por qué tiene que ser
tan cruel el destino.
..................
Dios quiera que al final
de nuestras vidas
podamos, corazón,
cerrar las heridas
que nos dejó a los dos
tu ausencia y la mía.

¿Crueldad del destino? ¿Crueldad de Dios? ¿Repara Dios su 'crueldad' al final de 'nuestros caminos'? ¿Dios nos quiere unidos o separados? ¿Ausentes o presentes? ¿Qué bendice Dios la separación o la unión? ¿Está conforme el que se lamenta con la voluntad de Dios o del destino? Y preguntas así.

A veces, en esos casos, empuja más la rima o la frase hecha que el sentido. O que la doctrina (y mejor que no empuje, porque las canciones doctrinales casi siempre tienen un destino penoso...)

Me entusiasma pensar que hay una historia detrás de esta letra (como suele haber), apenas dicha en susurros incompletos, casi como para que la entienda solamente la destinataria. Y nadie más.

Basta, basta. Tiene razón mi hijo (aunque lo dicho, dicho está...): esto no es un tratado.

Por eso. A ver, tocála de nuevo...

miércoles, 8 de septiembre de 2004

Hace unos cuantos años, un amigo tradujo estos versos del bueno de Edgar Allan Poe.
At morn - at noon- at twilight dim-
Maria! thou hast heard my hymn!
In joy and woe - in good and ill-
Mother of God, be with me still!

When the Hours flew brightly by,
And not a cloud obscured the sky,
My soul, lest it should truant be,
Thy grace did guide to thine and thee;
Now, when storms of Fate o'ercast,
Darkly my Present and my Past,
Let my Future radiant shine
With sweet hopes of thee and thine!
Me parecen un buen regalo (en todo caso de Poe, y de mi amigo) para la Virgen María, en su cumpleaños.
En la mañana, a mediodía, en el ocaso,
¡María, has escuchado mi himno!
En el gozo y la pena, en el bien y en el dolor,
¡Madre de Dios, quédate conmigo!

Cuando las horas volaban brillantes
y no ensombrecía el cielo nube alguna,
si mi alma se extraviaba
Tu gracia me guiaba hacia tu Reino;
ahora, cuando las tormentas del destino
oscurecen mi presente y mi pasado
haz que se encienda mi mañana
con dulces esperanzas de tu auxilio.

martes, 7 de septiembre de 2004

En uno de sus Cancioneros Aprócrifos, Antonio Machado recopila obras de "doce poetas que pudieron existir".

Entre ellos, aparece un tal Antonio Machado:
Nació en Sevilla en 1895. Fue profesor en Soria, Baeza, Segovia y Teruel. Murió en fecha no precisada. Algunos lo han confundido con el célebre poeta del mismo nombre, autor de Soledades, Campos de Castilla, etc.

Nunca un amor sin venda ni aventura;
huye del triste amor, de amor pacato
que espera del amor prenda segura
sin locura de amor, ¡el insensato!
Ese que el pecho esquiva al niño ciego,
y blasfema del fuego de la vida,
quiere ceniza que le guarde el fuego
de una brasa pensada y no encendida.
Y ceniza hallará, no de su llama,
cuando descubra el torpe desvarío
que pedía sin flor fruto a la rama.
Con negra llave el aposento frío
de su cuarto abrirá. Oh, desierta cama
y turbio espejo. ¡Y corazón vacío!

Este tema del que pretende vivir sin amor, sin amor loco, sin locura de amor, con los frutos sin la flor, al calor del fuego sin el fuego y sólo con las cenizas del fuego, es un asunto que muchos poetas españoles de todas las épocas han tratado. Y con razón. Porque es una cuestión vitalmente atractiva e intelectualmente fascinante: la percepción, siquiera oscura, de que el amor es tan arduo como necesario y la visión espantable de que, como burla a la arduidad -y en realidad a la necesidad-, haya quienes, blasfemando del fuego de la vida, quieren que la ceniza les guarde el fuego. En más de un sentido, el famoso Don Juan de Tirso de Molina, es un tipo de este tipo.

Pero no debemos aplicar todo esto, creo, simplemente a eso que habitualmente llamamos "amor", aquí representado por el niño ciego (=Cupido). Tampoco debemos dejarnos engañar, pensando que detrás de estas cifras hay filosofículas vitalistas que proponen vivir y no pensar tanto y todo eso (aunque, que lo hay, lo hay...)
Porque es mucho más vasto el campo que sugieren estos versos. Creo que es aplicable a toda situación en la que haya quienes quieran el gusto de vivir, el gusto de todas las cosas buenas y aun el gusto de sufrir, sin vivir, sin las cosas buenas, sin sufrir. Hay una infinidad de derivaciones, me parece. Alguna vez le oí decir a Perón que "para hacer tortilla, hay que romper los huevos", lo que no sólo no sería una mala síntesis, sino que alcanza para mostrar el valor de los riesgos.

Con todo, tanto le llama la atención este arquetipo a los españoles que, el propio Machado, no el apócrifo sino el célebre poeta del mismo nombre, publicó en Nuevas Canciones una variante del soneto de su homónimo apócrifo:
Huye del triste amor, de amor pacato,
sin peligro, sin venda ni aventura,
que espera del amor prenda segura,
porque en amor locura es lo sensato.
Ese que el pecho esquiva al niño ciego,
y blasfemó del fuego de la vida,
de una brasa pensada y no encendida,
quiere ceniza que le guarde el fuego.
Y ceniza hallará, no de su llama,
cuando descubra el torpe desvarío
que pedía, sin flor, fruto a la rama.
Con negra llave el aposento frío
de su tiempo abrirá. ¡Desierta cama,
y turbio espejo y corazón vacío!

Por supuesto que se nota, además, que el apócrifo no es el célebre, cosa que sabría el célebre y no el apócrifo.
Dos poemas de Jacobo Fijman. Son de su libro Estrella de la mañana, de 1931, el segundo de los tres que publicó.


Pampa de una noche y un día con su noche

Saltaban los caminos en las moradas,
y alumbraba la tierra,
y otra vez la vida daba la paz a los corderos
en espanto.

Saltaban los caminos,
aguas y estrellas.
Y para sí saltaban los caminos y el alma
que suspira en el camino,
y para sí los días de su muerte.

Sobre mis ojos y en mis ojos
ardían las criaturas.
La tierra y el cielo se abrazaban en el camino,
y ante mis ojos.
Venía el alba, corderos y palomas,
el bosque, la luna y las estrellas,
y en la misma luz de cielo las albas y corderos
y palomas.

Saltaban los caminos,
aguas y estrellas, albas, corderos y palomas,
albas y niños y palomas,
albas y días y palomas, albas y noches
y palomas.

Saltaban los caminos
en el cielo y la tierra, en la tierra
y el cielo;
gracia en la tierra, gloria y el cielo;
saltaban albas, corderos y palomas.

Día del nacimiento
del nuevo pan, del nuevo vino, del pan eterno
y vino eterno.

Cruzo las manos, y extiendo las manos;
gozo en la luz la luz de las estrellas;
gozo en el agua el agua de la gloria;
gozo el amor que alumbran los caminos.

Ruega en amor mi oscuridad profunda.
Han quedado los vuelos de las palomas idas
sobre mi llanto.

Nuestros pies andan en la noche y el día, en la
noche y el día de los corderos.
En la noche y el día revestidos de albas y corderos.


Canción de la visión real de la Gracia

Niño, tú tienes el oído junto al amanecer
de la tierra y el cielo.
Amén del bosque, y Amén el mar, y Amén
a las estrellas.

La tierra canta y el cielo, y la vida
y la muerte.

Niño, tú tienes en el signo que trazan tus manos
el día y la noche, y la tierra y el cielo,
y la vida y la muerte.

Amén, Amén, Amén,
niño del alba de la tierra y el cielo.

lunes, 6 de septiembre de 2004

Dimas y Gestas. El buen ladrón y el otro.

Es uno de esos episodios a los que vuelvo una y otra vez. Está tan lleno de misterios. Me pareció siempre tan impresionante que Cristo tuviera tiempo para hacer parábolas vivas en esos últimos minutos, que no se olvidara de nada, que no dejara cabos sueltos, que no dejara de mostrar su creatividad artística para hablarle a los hombres.

Hasta -y mucho más desde- que lo leí en las Visiones de Ana Catalina Emmerich. En realidad, ella se refiere a estos dos hombres ya en la Huida a Egipto. Allí ve cómo la Sagrada Familia llega a un lugar inhóspito antes de cruzar el desierto. Cuevas de ladrones y asesinos.

Una encumbrada familia de ladrones les da albergue. La mujer de la casa atiende y da de comer a los Viajeros y ella y su marido -jefe de los ladrones- se fijan con admiración en el Niño. La Virgen baña a Jesús, para refrescarlo y asearlo. Y en la misma agua, la mujer acepta bañar a su hijo de unos tres años, leproso. Apenas lavado, se cura completamente. La Virgen le pidió a la mujer que cavara una cisterna en la roca y la llenara con el agua de aquellos baños, de modo que la virtud de aquella agua se trasmitiera a la cisterna.

Dimas, aquel niño curado, es el buen ladrón en el Calvario y el primer mortal en volver a ver a su Redentor, según dice la vidente alemana.
También, aparece en este episodio el hijo de otro ladrón que buscaba matar a la Sagrada Familia en aquellas cuevas: Gestas o Gesmas, como lo llama Ana Catalina, siguiendo en parte una tradición antiquísima que recoge los nombres de ambos ladrones.
Varios de estos pasajes -que no están en el evangelio de san Mateo- aparecen en otros evangelios y relatos apócrifos.

Pero la relación entre el niño curado y el buen ladrón no está en los apócrifos. Sí, en cambio, la trae con detalles Ana Catalina.

Vine a dar ayer con un estudio de Manuel Alvar sobre dos poemas hagiográficos. Uno de esos poemas es un conocido poema juglaresco medieval, probablemente del siglo XII: el Libro de la infancia y muerte de Jesús, composición de un autor anónimo supuestamente castellano a la que se conoce por su impropio título en catalán con el nombre de Lo Libre dels Tres Reys D'Orient (llamando a los Magos Reyes, cosa que también hace Ana Catalina, apartándose al parecer de la tradición canónica).

En el Libro (que no es tal sino un poema de 242 versos irregulares, de gran ternura y concisión), aparece efectivamente la historia de la Huida, los ladrones padres de ambos niños, la curación del hijo del ladrón bueno (de edad pareja a la de Jesús), y la presencia de los tres (Jesús, Dimas y Gestas) en el Calvario.

El académico Alvar dice que:
Al parecer el desarrollo novelesco de la historia de los dos hijos de los ladrones es una invención del Libro. Con esta aguda creación, el ciclo que narra el poema se ha cerrado: la historia de los bandoleros sirvió para mostrar la bondad de María y para que la Virgen tomara bajo su encomienda al niño curado, pero sirvió -también- para dar sentido, dentro de la vida de Cristo, y no sólo en su muerte, a la presencia de los dos ladrones en el Calvario. Al mismo tiempo, la invención de identificar a Dimas con el niño tullido da sentido coherente a todos los hechos narrados.

No hay en el estudio de Alvar (1965-1967) ninguna mención a las Visiones de Ana Catalina, entre las 'secuelas' de la invención del Libro.
Ahora bien, o Ana Catalina conocía de algún modo esa invención, siquiera bajo la forma de leyenda o relato popular y la incluyó en sus relatos (lo que podría resentir en algo la validez de las visiones; o, lo que sería gozosamente inquietante, su visión de las historias personales de Dimas y Gestas se corresponde con los hechos reales, pues lo que está viendo es lo que en realidad pasó. En cuyo caso, y por lo pronto, nuestro anónimo poeta juglaresco no inventó nada. De ningún modo sería posible (y que me disculpen los que se dedican al cálculo de probabilidades) que fuera una invención y una visión al mismo tiempo.

Lo que es a mí, no me amarga la vida que el juglar que compuso el Libro no haya inventado nada y que sí en cambio haya recogido una tradición para él conocida y que nosotros, y otros antes que nosotros, hayamos perdido. Al contrario. Nada me alegraría tanto. Por lo que tiene de consistente y sorprendente, en primer lugar. Pero también como la comprobación flagrante de nuestra infantil e ignorante petulancia frente a los arcanos y las tradiciones. Y si fuera el caso que una humilde monjita alemana apenas alfabeta del siglo XVIII, supiera, viéndolo, algo que conocían por tradición los juglares del siglo XII, más me alegraría. Como en realidad me alegra.

domingo, 5 de septiembre de 2004

Felizmente, entre las lecturas de este domingo, están estas líneas llenas de consuelo del libro de la Sabiduría (9, 13-18):
¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere?
Los pensamientos de los mortales son tímidos, e inseguras las ideas que nos formamos; porque el cuerpo corruptible hace pesada el alma, y esta tienda de tierra abruma el espíritu fecundo en pensamientos.
Trabajosamente conjeturamos lo que hay sobre la tierra y con fatiga hallamos lo que está a nuestro alcance: ¿quién entonces ha podido rastrear las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio, si tú no le das Sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?
Sólo así fueron rectos los caminos de los moradores de la tierra, así conocieron los hombres lo que te agrada, y gracias a la Sabiduría se salvaron.

Y me parece que es feliz la elección de este texto, porque, por lo pronto, ayuda a no desanimarse cuando nos enfrentamos al texto del evangelio de san Lucas; y más que a la primera parte (bastante dura con su 'odio' a los seres más queridos por amor a Cristo), a esta última:
Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?
No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
"Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar."
¿0 qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.
Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Algunos advierten la inconsecuencia aparente entre la primera y la última frase, frente a las dos parábolas del texto. Y especialmente difícil resulta la segunda parábola y su relación con la conclusión. Que a primera vista no se le ve relación por ninguna parte.

Si uno recurre a los comentadores, podrá ver que algunas de las dificultades que surgen en medio de esta obscuridad, parecen aclararse. Y de hecho, comentarios como los de san Agustín, al afirmar que Cristo no aprueba necesariamente el proceder del rey de los diez mil soldados -como ya ha reprobado al que se pusiera a construir sin previsión-, ponen la cuestión en otra perspectiva.

Otro tanto con san Gregorio, Teofilacto o san Basilio, al proponer las realidades que entienden simbolizadas detrás de la actitud del rey guerrero y su oponente, así como la de los propios números de la parábola. Hay que ir y detenerse en esos comentarios. (Los Padres, con todo, sugieren en estos casos, con cierto temor y temblor, y no siempren zanjan terminantemente... imagínese uno de ellos para abajo.)

Sin embargo, en el pasaje de san Lucas el episodio tiene un final que no está incluído en la lectura de este evangelio del domingo 23 durante el año.
Y, en realidad, no sé por qué no aparece. Pues no solamente pertenece a este texto, y de hecho cierra argumentalmente la enseñanza tan tensa y dura de Jesús, sino que hace espléndido sentido con el texto del libro de la Sabiduría.

Inmediatamente después de su conclusión a ambas parábolas (de por sí, ya bastante extraña) agrega Jesús:
Buena es la sal. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? No es buena para la tierra ni para el estercolero; la arrojarán afuera. El que tenga oídos para oír, que oiga.

Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que la sal es signo de la sabiduría, entre otras figuras.

A este respecto, comenta Teofilacto (y en el mismo sentido lo hace san Beda, ambos en la Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino):
Como sus enseñanzas parabólicas podían tener alguna obscuridad, Nuestro Señor exhorta a sus oyentes a bien oír lo que ha dicho de la sal: El que tenga oídos para oír, que oiga, esto es que comprenda según la medida de la sabiduría que le fue dada, pues los oídos son aquí la figura de la fuerza intelectual del alma y su aptitud para asir la verdad...

Como lo que pide Jesús ha sido bastante duro y oscuro, parece enteramente prudente recordar que es menester la sal de la Sabiduría para encontrarle sentido. Que es precisamente a lo que insta el libro del antiguo testamento cuando advierte (lo mismo que Jesús, con la expresión de los oídos que oyen): ¿quién conocerá tu designio, si Tú no le das Sabiduría, enviando tu Santo Espíritu desde el cielo?
Con esto de que al cine se le viene dando por sacar cada tanto "una de romanos", hay que andar a los saltos épicos: de Wallace a Arturo y de Aquiles a Gladiador. Claro que hay romanos de todos los tiempos, así que por qué no sumar al soldado Ryan y movidas así...

Si no se enojan los fanáticos, en el imaginario de muchos la misma Pasión de Gibson entra en la lista, me parece. Por lo menos, en cuanto a poblar la pantalla de romanos...

Pero más allá de todas las salvedades que haya que hacer, en mi opinión, habrá que tener paciencia y esperar que las cámaras se harten de los libros de historia (como se hartaron de las galaxias...), para posar su ojo buscón y perspicaz en otros estantes de la biblioteca (si es que al cine le va quedando alguno...)

Sí, efectivamente, me fui a ver Rey Arturo.

Por supuesto que los interesados podrán encontrar de dónde sacar material para valor debidamente al trío Fuqua-Bruckheimer-Franzoni (director, productor y guionista, respectivamente), en lo que a planteo se refiere (y ya sé que el cine es principalmente visual y todo eso, y que como arte y como sucedáneo de la literatura hay que pedirle no mucho más que verosimilitud y tal y tal...)

Entonces, para no cansar con obviedades, me limito a hacer una breve lista (incompleta) de personas (básicamente amigos y conocidos) a quienes les rogaría no ver la película:

Arturo, Merlín, Ginebra, Lancelot, Bors, Galahad, Gawain, Tristan, el Imperio Romano, Pelagio, los sármatas, la iglesia católica entre los siglos II y VI, los sajones, los britanni...

sábado, 4 de septiembre de 2004

En un ensayo de Gustave Thibon, aparece esta cita de Simone Weil:

"Se cree ordinariamente que un aldeano de hoy, alumno de la escuela primaria, sabe más que Pitágoras porque repite dócilmente que la tierra gira alrededor del sol. Pero, en realidad, no mira ya las estrellas. Ese sol del que se le habla en clase no tiene, para él, ninguna relación con el que ve.

Lo que hoy se llama instruir a las masas es tomar esta cultura moderna, elaborada en un medio tan cerrado, tan tarado, tan indiferente a la verdad, en suprimir todo lo que aún puede contener de oro puro, operación que se llama vulgarización, y en embutir lo que resulta tal cual en la memoria de los desgraciados que desean aprender, igual que se da alpiste a los pájaros".

viernes, 3 de septiembre de 2004

Debe ser que hay días en los que uno piensa por las dudas, como para que la máquina de la razón no se oxide, o como si hiciera la plancha sobre un mar de aceite.

O debe ser que a veces uno se abandona a jugar con ideas flotantes, como si se jugara con algo entre las manos distraídamente, algo peligroso que debe tratarse con cuidado y que uno manipula con desgano, la mirada perdida, echado en un sillón, fláccidas las piernas estiradas, casi disolviéndose, derramándose.

Hay que reconocer que algunas de esas veces, de andar recorriendo la nada, arrastrando los pies de la existencia por los pasillos vacíos y en penumbras de la mente, uno puede darse una vuelta por el abismo y asomarse a honduras que albergan formas que no conviene despertar, como el Balrog de Moria.

Siquiera el Balrog de Moria, feo y malo como es, es un existente.

Pero hay otras cosas que pueden despertarse.
El vacío, la probabilidad, la incertidumbre bien pueden ser, además de monstruos, modos del desarraigo, al fin de cuentas.

Para algunos, y para muchos en ciertos casos, el ejercicio de jugar con el tiempo y la existencia tiene su encanto.

Es cierto también, como diría San Agustín, que de todos los tiempos el pasado ya no es, el presente es una juntura entre éste y el futuro y el mismo futuro todavía no es.

Pero me parece que el ejercicio suele hacerse mirando los tiempos como si fueran sólidos de distintas consistencias, algunos más maleables que otros.

En el presente, por ejemplo, batallan la posibilidad, la probabilidad y el "plan". Y repasar las opciones del presente en el presente y "desde" el presente, no parece un ejercicio del todo insano o enfermante. Hay un riesgo en lo que está siendo y eso, es verdad, parece que justifica repasar las variables.

El gesto parece más natural todavía cuando uno tiende la mirada distraídamente hacia el futuro, lo haga uno con la avidez de la expectativa, lo haga con la firmeza sufrida de la esperanza.

Pero, cuando se mira hacia el pasado la cosa cambia.

Hay un desplante audaz en la probabilidad proyectada hacia el pasado.

Lo que es, tiene en el presente una contundencia existencial difícil de esquivar.

No así en el futuro. Pero la misma inconsistencia existencial de lo que no es ahora, nos empuja a que se la exijamos, desde el presente, para cuando sea. O, más aún, para que sea. Y así manipulamos mentalmente lo posible, lo probable, lo que habrá de ser.

Pero el pasado es difícil de mover. Y trasladar la probabilidad al pasado supone un cierto desprecio. Es cuando el juego se vuelve destructor.

La inmovilidad de lo sido, de lo hecho, de lo acontecido, de lo sucedido, se vuelve de una solidez tal que no podemos disolverlo a voluntad.

Los hombres no podemos desarraigar "para atrás". No nos es dado no haber sido. No haber hecho.

Que yo sepa, a este respecto, está solamente el caso de la Gracia como algo que puede intervenir eficazmente en la substancia del pasado.

Particularmente clara aparece la expresión de movilidad del pasado en el caso del Salmo 50, el famoso Miserere de David.

Que es un caso de Esperanza, al mismo tiempo. De esperanza hacia atrás tanto como hacia adelante.

Pero, claro, esto no es algo que los hombres podamos hacer solos con el pasado. Ni con el futuro, si vamos al caso.

Podremos reinterpretar nuestro pasado hasta encontrar una versión que nos deje en paz. Podemos volverlo en nuestra imaginación anodino y probable, quitándole la carga existencial, para que sea leve y evanescente. Y hasta llegar a convencernos de que no ha sido, de que no hemos sido.

Pero eso no nos libra de la solidez pétrea que adquiere lo que venimos siendo en continuidad desde el pasado, a medida que somos.

Salvo cuando nos topamos con la Gracia.

Tras su adulterio con Betsabé, David le pide a Dios:
Rocíame, pues, con hisopo, y seré limpio;
lávame Tú y quedaré más blanco que la nieve.

No está hablando del futuro, pese al tiempo de los verbos que usa. Se refiere al pasado. Lo que estaba hecho se deshace. Lo sido ya no será. Pero ya no será algo que ha sido.

Todo este Salmo 50 es un ejemplo de intervención en el pasado. De dinamismo del pasado. Un dinamismo insopechado para algo tan inmóvil.

Puede pasarnos, por ejemplo, que nuestras experiencias vividas no hayan sido entendidas. Hasta que al fin se las entiende y dejan de tener esa carga con que las hemos revestido durante tiempo, por haberlas cubierto de una máscara que las ha desfigurado.

Cubiertos con esa máscara, lo que hemos creído ser, lo que hemos vivido, pudieron haber pesado en nuestro existir de un modo insoportable. Habremos cargado así con un peso irreal. Al quitar la máscara nuestra existencia y nuestros actos se muestran tales cuales son. Pero no hemos tocado, en ese caso, la cosa misma sino su cosmética. Es el caso opuesto al de David, si se quiere, porque la máscara ha ocultado una existencia que recién las cosas recuperan cuando les quitamos la máscara.

Pero el caso de David es diferente. Confía en que Dios hará que ya no exista aquello que existió realmente:
Aparta tu rostro de mis pecados,
y borra mis culpas.


Pero para llegar a esa súplica hay que tener una noción muy firme de que lo que ha sido no puede hacerse como que no ha sido. Y viceversa: lo que no ha sido no puede hacerse como que ha sido.

¿Qué borraríamos si no hay nada grabado? Pero, a la vez, ¿qué leeríamos si no hay nada escrito?

Si David hubiera apelado a los estados superpuestos, habría un David que no ha pecado y podría refugiarse allí. Como habría un David que no ha sido, Y entonces no necesitaría siquiera refugio.


¿Cómo llegué hasta aquí?

Creo que por culpa de Borges, la cuántica y quién sabe qué más.

Y eso porque me topé con unos sonetos de Borges y recordé un trabajo de un matemático que trae a cuento el gusto del escritor por las matemáticas y la física y la información que Borges parecía tener sobre estos asuntos.

Y como una cosa lleva a la otra y se recibe al modo del recipiente y así...
ver

Los enigmas

Yo que soy el que ahora está cantando
seré mañana el misterioso, el muerto,
el morador de un mágico y desierto
orbe sin antes ni después ni cuándo.
Así afirma la mística. Me creo
indigno del Infierno o de la Gloria,
pero nada predigo. Nuestra historia
cambia como las formas de Proteo.
¿Qué errante laberinto, qué blancura
ciega de resplandor será mi suerte,
cuando me entregue el fin de esta aventura
la curiosa experiencia de la muerte?
Quiero beber su cristalino Olvido,
ser para siempre; pero no haber sido.

(de El otro, el mismo)

Lo perdido

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Donde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

(de El oro de los tigres)

Vaya a saberse por qué, me vino entonces a la mente el gato de Schrödinger , aquel experimento con el que parece que el austríaco trataba de refutar los estados superpuestos, y otras cosas que los físicos y matemáticos entenderán mejor que yo, y que les sirven incluso hasta para comentar historietas con cierta gracia.

Lo que es a mí, todos estos galimatías me distrajeron de docenas de otras cosas que todavía están sobre mi escritorio, inmóviles como el pasado, esperando mi dinamismo.

Y eso no me hace ninguna gracia.

jueves, 2 de septiembre de 2004

El miércoles 29 de agosto de 1973, Tolkien le escribió a su hija 'Prisca' (Priscilla) desde Bournemouth, adonde recién llegaba. Pensaba quedarse unos 15 días antes de volver a Oxford, según allí cuenta.

Se lo nota animado, aunque nostálgico.

Ese lugar, junto al mar, le traía recuerdos de su Lúthien, la más bella dama élfica. Tinúviel, tal como la llamó Beren, su enamorado.


Después de la firma, hay en la carta una especie de posdata:

"Aquí está bochornoso, húmedo y lluvioso por el momento, pero los pronósticos son más favorables."


Murió el 2 de septiembre, apenas cuatro días después.

Tenía razón, después de todo.

miércoles, 1 de septiembre de 2004

"...Si yendo por la calle te enfrentas con un Triste,
busca tu salvación en la otra vereda;
y en premio, la Cordura te adornará la sien
con una fresca rama de cedrón o de mirto.

Si tu encuentro fatal con un Triste sucede
ya en el tranvía ya en el autobús,
descenderás al punto del vehículo innoble
y aguardarás el otro con naturalidad;
entonces la Prudencia
te llenará las manos de alelíes y los bolsillos de castañas.

Si, por desdicha, un Triste visitara tu hogar,
espera dignamente a que se marche;
y luego, con urgencia, lavarás el asiento
donde ubicó sus nalgas tormentosas,
y romperás el vaso en que ha bebido,
y quemarás en tu salón de seda
nueve granos de incienso con tres de cinamomo.

Buscarás en seguida la casa de un Alegre;
pues en verdad te digo
que vale más la rota pantufla de un Alegre
que la sandalia nueva de los Tristes.

7

Bueno es ahora que te diga yo
cual ha de ser la esencia de un Alegre perfecto.
No entiendas, Elbiamor, que un Alegre lo es
porque la risa brota sin partera en sus labios,
o porque sus talones en frescura
son dos rojos ovillos de la danza.
Baile, canción o risa traducen a menudo
la sola complacencia de un hígado triunfante.
No desdeñes, empero, la humildad de esas flores,
porque lucir un hígado armonioso
también es un regalo de la Bondad Primera.

8

Según mi ciencia, es un Alegre puro
quien se atrevió a reír
después de haber mirado en equidad
el semblante primero de la Rosa.
¡Que un hombre así merezca tu saludo!
Porque ya es el espejo de una flor sin otoño.

9

Y es un Alegre bien atemperado
quien se metió en la caja tenebrosa
de su misma vihuela,
y allí se desnudó para verse el ombligo,
y entendió la verdad,
y luego recobró sus vestiduras
para cantar la desnudez eterna.
Elbiamor, a ese Alegre cantante le darás
un racimo de uvas y un gorro de viajero.

10

Y es un Alegre de color exacto
el que rompe a bailar
después de haber quemado su corazón de tierra
y de haber visto sobre la ceniza
la figura de un dios ensimismado.
No es bueno que saludes a ese Alegre
ni que lo mires en su justa danza.
Bastará con que dejes en su portal oculto
dos huevos de torcaz y un porrón de agua fresca..."


(Un fragmento de La Alegropeya, del Heptamerón, de Leopoldo Marechal.)


(Yo sé por qué.)

martes, 31 de agosto de 2004

Tres de G. K. Chesterton.

Eso es lo que hace a la vida al mismo tiempo tan espléndida y tan extraña. Estamos en un mundo erróneo. Cuando creí que aquella era la ciudad buscada, me fastidió; cuando supe que nos habíamos equivocado, me sentí contento. Así, el falso optimismo, la moderna felicidad, nos cansa porque nos dice que somos adecuados a este mundo. La verdadera felicidad consiste en que no lo somos. Venimos de alguna otra parte. Nos hemos extraviado en el camino... (Enormes minucias)

El hombre está hecho para dudar de sí mismo, no de la verdad. Y hoy los términos se han invertido. Hoy lo que los hombres afirman es aquella parte de sí mismos que nunca deberían afirmar: su propio yo, su interesante persona; y aquella de la que no deberían dudar, aquella que sostiene todas las cosas, es aquella de la que dudan: la Razón Divina. (Ortodoxia)

Los laicistas no han logrado destruir las cosas divinas, pero han logrado destruir las cosas humanas.

No es posible demostrar que una religión es monstruosa en último término: una religión es monstruosa desde el principio. Se anuncia como algo extraordinario. Se ofrece como algo extravagante. Los escépticos, a lo más, pueden pedirnos que rechacemos nuestro credo como algo extraño. Y lo hemos aceptado como eso, como algo extraño
(...)
Los enemigos de la religión no pueden dejarla estar. Intentan laboriosamente aplastarla. No pueden aplastarla, pero aplastan todo lo demás. Con vuestros interrogantes y dilemas no habéis provocado ningún transtorno en la fe; desde el comienzo era una convicción trascendental; no se la puede hacer más trascendental de lo que era. Pero -si eso os conforta en alguna forma- habéis provocado cierto remolino en la moral común y el sentido común.
(...)
Los Titanes no escalaron jamás el cielo, pero arrasaron la tierra. (Las raíces del mundo, en El reverso de la locura)
A propósito de las 'convicciones humanísticas' de Santo Tomás Moro y de la 'solidaridad'.

Son dos casos de lenguaje políticamente correcto. Por lo menos, son dos casos de lenguaje políticamente correcto. Y tal vez de algo más.

Mártir de la fe y caridad son las palabras que estamos tratando de evitar cuando decimos 'convicciones humanísticas' y 'solidaridad'.

Tratando de evitar, no queriendo decir. O escamoteando.

Santo Tomás Moro no murió por no abjurar de sus convicciones humanísticas. Tuvo que elegir entre ofender a Dios o que su rey se sintiera ofendido. Si se trataba de complacer a alguien, no estaba pensando en complacer a sus convicciones humanísticas.

Por otra parte, el mandamiento dice: amar al prójimo como a sí mismo por amor a Dios. No dice solidarizarse con el prójimo como nos solidarizamos con nosotros mismos por solidaridad con Dios.

Si cada vez que vemos la palabra caridad huimos hacia solidaridad es probable que terminemos creyendo que la muerte de Tomás Moro fue el producto de un choque de culturas o el avasallamiento de los derechos humanos o de la libertad de opinión o expresión del canciller inglés.

Moro pudo haber sido un mártir de los derechos civiles y de la justicia social, un luchador por la libertad, un militante popular (allí lo políticamente correcto nos permite el uso de la palabra mártir, porque derechos civiles forma parte del vocabulario de la religión civil, que está admitida y es obligatoria); pero es el caso que Moro no lo fue.

Moro no pretendía solidarizarse con las costumbres del pueblo inglés o desolidarizarse de su rey. El de Tomás Moro es un caso de Ciudad de Dios o Ciudad del Hombre.

Solidaridad ha devenido una palabreja conveniente. Como convicciones humanísticas es una expresión conveniente.

Tópicos substitutos, al fin de cuentas.

Tengo contra ambas palabras lo que les veo de fraudulentas. De gato por liebre.

Lo que les veo de 'religión civil'. Religión civil tan autoritaria como dicen que es la 'otra' religión. Así que, si se trata de obedecer...

No quiero reemplazar amor por solidaridad. Ni fe, esperanza y caridad por convicciones humanísticas.

Aunque más no fuera porque en el diccionario suena mejor amor que solidaridad:

Amor: Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser. // Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear. // Sentimiento de afecto, inclinación y entrega a alguien o algo.

Solidaridad: Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.


Y eso es el Diccionario de la Real Academia, que no es una fuente de sutiles verdades sino de definiciones mínimas de palabras.

Pero el asunto de veras grave es que las palabras nunca son solamente y meras palabras. Al final de las palabras están las cosas. La Res. La realidad. Lo que es.

lunes, 30 de agosto de 2004

Un buen amigo -pero muy buen amigo-, que vende libros por la calle y en los trenes, me regaló la semana pasada un ejemplar de lo que ahora está 'vendiendo'.

"El prójimo", de Pacho O'Donnell. El libro lleva un subtítulo perverso con la palabra infaltable: "La revolución de los solidarios".

Pobre, él no tiene nada que ver... (mi buen amigo, digo).

Confieso que hice unos cinco intentos por leerlo de cabo a rabo. En uno de esos gestos inexplicables que tiene la amistad. Y hasta por poner a prueba mi probidad intelectual. Traté de disciplinarme. Es cierto también que la arquitectura aforística y fragmentaria del libro no ayuda y más bien invita a desorganizarse. Entonces, también acepté, de buen humor, esa sugerencia del autor.

Pero, nada. Ni así.

Me dije que la letra era -y es verdad- demasiado chica. Me dije que había -y es verdad- demasiada cosa y muy -pero muy- despareja.

Con parsimonia, sin ardor ni furia, me dije que la palabreja 'solidarios' me caía mal y que era un fraude.

Me acordé, ya con franca malicia, de una finta típica de Borges cuando apareció otro libro de O'Donnell, "La seducción de la hija del portero", cuando Pacho era todavía radical. Dijo Borges algo así como que el libro de cuentos era francamente obsceno, porque cualquiera sabe que no se dice 'portero' sino 'encargado'.

Fue un gozo fugaz, es verdad. E insuficiente.

Hasta que -siempre insistiendo en mi disciplina de lector y leyendo como quien toma un tónico acibarado a las horas que el boticario le ha sentenciado- fui a dar a la página 292.

Allí, O'Donnell transcribe unos fragmentos finales de la Utopía de Tomás Moro, aunque no la cita (Pacho fecha el escrito en 1509, vaya a saberse por qué).

Bajo el título capitular de "Una vida tan pobre y dura", van unos pasajes en los que Tomás Moro se queja de los bajos sueldos de los obreros y labradores, de sus desdichas y dolores -en trabajos que verdaderamente ayudan a sostener a la república- y de la pobreza a la que están condenados, que no les permite tampoco ahorrar para aliviar su vejez; mientras, ricos nobles, usureros u holgazanes inútiles, llevan una vida rica, inane y placentera.

Me amoscó el oportunismo.

Pero la cita era, con todo, vibrante y llena de verdades.


Sin embargo, la parte que salió de la pluma de Pacho, en ese breve capítulo, terminó por exorcizar cualquier culpa.

Al presentar el texto, dice: "Escrito en 1509 por Tomás Moro, canonizado hace poco tiempo, ajusticiado por Enrique VIII por no abjurar de sus convicciones humanísticas..."

Y al concluir la descripción que hace Tomás Moro, cierra diciendo: "Así era y es. Y será cada vez peor si no reaccionamos".

domingo, 29 de agosto de 2004

Estribillo de los Fenianos

Bienvenida, Oh, mujer que estabas triste,
lo que nos agravió fue que hayas estado encadenada,
el hermoso país en posesión de bribones,
y vendida a los ingleses,
Oró, bienvenida a casa,
Oró, bienvenida a casa,
Oró, bienvenida a casa,

¡Ahora, que viene el verano!

Gracias al Dios de los milagros que vemos,
aunque no vivamos una semana después,
Gráinne Mhaol y mil héroes
Proclamando la dispersión de los ingleses
Oró, bienvenida a casa,
Oró, bienvenida a casa,
Oró, bienvenida a casa,

¡Ahora, que viene el verano!

Gráinne Mhaol viene desde más allá del mar,
La Legión de Irlanda como escolta alrededor de ella,
Ellos, Gaélicos, ni franceses o españoles,
¡y una derrota sobre los ingleses!
Oró, bienvenida a casa,
Oró, bienvenida a casa,
Oró, bienvenida a casa,

¡Ahora, que viene el verano!




'Se do bheatha...
Oró, 'se do bheatha a bhaile...

Bienvenida, bienvenida a casa...

Así cantaba Pádraic H. Pearse. Pádraig Mac Piarais.



Feliz del pueblo que tiene poetas guerreros.
Aunque ya no los tuviera.
Aunque ya no sea un pueblo, una nación, sino un socio de la Unión Europea.

Feliz Irlanda si un día puede volver a decirle a Irlanda: 'Se do bheatha... Oró, 'se do bheatha a bhaile...

Y que vuelva a cantar Padraic Pearse, con la túnica de los que dieron su sangre por la Fe y por la Patria.

Yo soy Irlanda

Yo soy Irlanda:
Soy más vieja que la Vieja de la Montaña.

Grande es mi gloria:
Yo parí a Cuchulainn el de la Hazaña.

Grande es mi vergüenza:
Mis propios hijos han vendido a su Madre:

Yo soy Irlanda:
estoy más sola que la Vieja de Beare.


Padraic Pearse murió en la Primavera de 1916, fusilado por los ingleses en la prisión de Kilmainham, a los 36 años, después del levantamiento irlandés de la Pascua, el Easter Rising, que él encabezaba.


¡Dios nos diera Poetas! ¡Dios se apiadara aún más de nosotros y nos diera Poetas!

No solamente hacedores de líneas, rimadores. No solamente alfareros de realidades ficticias.

Poetas. Tan siquiera uno de ésos.

Alguno que pudiera decirle a la Argentina: ¡Bienvenida a casa!

Mientras él va camino a Casa, vestido con la túnica de los Poetas Guerreros.


El Loco

Ya que los cuerdos no hablan, hablará el loco.
Yo, un loco que ha amado su locura,
Sí, más que los cuerdos sus libros,
sus bolsas y sus hogares tranquilos
O su fama en boca de los hombres;
Un loco que en todos sus días
nunca ha hecho una cosa prudente
Nunca ha calculado el costo,
ni contado lo que otro cosechaba,
El fruto de su ingente siembra,
contento con desparramar la semilla;
Un loco que es impenitente, y que pronto al final de todo
Reirá en su corazón solitario
Cuando el grano maduro caiga en los graneros,
Y los pobres sean llenos que andaban vacíos,
Aunque él ande hambriento.

Yo he derramado los espléndidos días que el Señor dio a mi juventud
Intentado cosas imposibles, juzgado que sólo ellas valían la pena
¿Fue locura o gracia? Sólo Dios me juzgará, no los hombres...
Yo he derramado los espléndidos años.

Oh Dios, si tuviera los años los derramaría de nuevo,
Cristo los arrojaría de mí
Porque esto escuché en mi corazón, que un hombre debe
Derramar, no muñir,
Hacer el hecho de hoy, no cuidar de los mañanas
No debe negociar ni regatear con Dios;
¿O fue eso un chiste de Cristo
Y este es mi pecado ante los hombres, haberle tomado la palabra?

Los leguleyos se han sentado en Concejo,
Los Hombres de caras largas y listas,
Y han dicho "Este hombre es loco"
Y otros han dicho: "Blasfemia".
Y los cuerdos han compadecido al loco,
Que ha conado por su vida
(En el mundo de espacio y tiempo,
Entre el montón de cosas actuales)
A un sueño que fue soñado en el corazón,
Y que Solamente el corazón puede contener
Oh cuerdos, adivinadme esto:
¿y qué si el sueño resulta verdad?
¿Si el sueño se realiza,
Y millones de aún no nacidos habitasen
En la casa que yo hice en mi corazón,
La noble casa de mi pensamiento?
Señor, yo he prendado mi vida,
He prendado la vida de mi gente
Sobre la verdad de tu tremenda Palabra,
No recuerdes mis fallas,
Recuerda, ésta, mi fe.

Y así yo hablo.
Sí, antes que pase mi juventud ardiente,
Yo hablo a mi pueblo y digo:
Habéis de ser locos como yo:
derramar y no ahorrar;
Aventurarlo todo,
no sea perdáis lo que es
más que todo,
Habéis de reclamar un milagro,
tomándole a Cristo la palabra
Y por esto yo responderé, oh mi pueblo,
Yo responderé ahora y después.
Oh pueblo al que he amado,
¿Por qué no responder juntos?

sábado, 28 de agosto de 2004

El "hijo de las lágrimas". Es un título casi tan impresionante como ser uno de los pocos Doctores que tiene la Iglesia.

Lo que tiene que haber sido ese siglo IV, ese siglo V.

Lo que tiene que haber "necesitado" el hombre de aquellos siglos, la Iglesia de aquellos tiempos, el "Plan", la presencia de Agustín. Lo "necesaria" que tiene que haber sido la presencia de Agustín para el "Plan". Y lo necesario que tiene que haber sido la presencia de Agustín para el "Plan" de Agustín.

Y lo que se resistió Agustín a aparecer en escena.

Pensar que podría haber sido un pagano más, tal vez un notable pagano, tal un maniqueo notable, un prisiciliano espectacular, un duro donatista, quién sabe qué.

Lo que debe haber sido entender la historia desde adentro del corazón, del propio corazón. Lo excepcional de ver construir la Ciudad de Dios en sí mismo, mientras la Ciudad del Hombre propia se bate denodadamente, resiste encarnizadamente.

Lo que tiene que haber sido el misterio de la historia en el misterio del propio corazón.

Aquella paganidad enorme, potente todavía en su vejez, aquel "Hortensio" perdido, ese primer umbral pagano en la escala de un hombre saliendo de la paganidad, como quien sale de una casa inmensa a un jardín inmenso, a un bosque fresco.

Ayer recordaba a Santa Mónica, su madre. De ella sabemos tanto por lo que su hijo nos ha contado.

El episodio que menté ayer está en el Libro III de sus "Confesiones". Y hay más sobre ella en el Libro IX. Pero me llamó la atención que una hagiografía no esquivara ese rasgo de aquella mujer, entre otras posibles muestras de piedad, que suelen estar más a tono con las habituales vidas de santos. Y celebro que no lo omitiera. Mónica de Tagaste era tan hija de aquel siglo IV de la paganidad romana, como su hijo. Y en aquella frase de Mónica está también, a mi juicio, la llamada del cristianismo a la paganidad, en metáfora y figura: "No que yo estaría contigo, sino que tú estarías conmigo".

Agustín no era solamente, como él mismo se llama, "el hijo de las lágrimas". No era solamente la simiente de la cristiandad que nacía, regada por las lágrimas cristianas de su madre.

Era el emblema del paganismo que lloraba su fin, el fin de su tiempo, su límite. El fin de un tiempo que, por grande que fuera -tal vez por ser de ese modo grande-, era insuficiente, y ya no tenía más que sus pobres y lujosos palacios que ofrecerle al hombre. Porque el hombre andaba en busca de un establo.
Saber saber (I)

(Algunos) Materiales y (algunas) herramientas.


¿Por qué no empezar por lo que parece un grano de mostaza?

(Después de todo, no hace mucho tuve que armar otros escritos con parte de estos materiales, ajenos y propios. Entonces, además de que me parece que corresponde, me resulta más sencillo.)


En la segunda parte del Martín Fierro, la que llaman "La Vuelta", están aquellos famosos 'consejos' del gaucho a sus hijos. Es el canto 32 (4595-4618), el anteúltimo del Poema.


Un padre que da consejos
más que padre es un amigo;
ansí como tal les digo
que vivan con precaución:
nadie sabe en qué rincón
se oculta el que es su enemigo.


Yo nunca tuve otra escuela
Que una vida desgraciada:
No estrañen si en la jugada
Alguna vez me equivoco;
Pues debe saber muy poco
Aquel que no aprendió nada.


Hay hombres que de su cencia
Tienen la cabeza llena;
Hay sabios de todas menas,
Más digo sin ser muy ducho:
Es mejor que aprender mucho
El aprender cosas buenas.


No aprovechan los trabajos
Si no han de enseñarnos nada;
El hombre, de una mirada,
Todo ha de verlo al momento:
El primer conocimiento
Es conocer cuando enfada.
?


No pude consultar una que con toda el alma hubiera querido, pero que todavía está injustísimamente inédita: la del 'insigne tucumano'. Varias ediciones anotadas, sin embargo, dicen que en estas décimas José Hernández cita varias veces a Lucio Anneo Séneca, el filósofo. Y a mí se me hace que, aunque haya Séneca, hay más que Séneca.

Los versos resaltados me parece que nos remiten a otras fuentes.

A Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, y a la tradición que con él viene. Veamos si es verdad.

En su tratado de las virtudes (en la parte de la Suma Teológica conocida como la Segunda Segunda ó II-II), trata las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cuatro cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza).

Dentro de la Templanza (II-II, qq 141-170), considera la Modestia (qq. 160-169), como virtud menor y aneja a la Templanza, que modera apetitos tanto exteriores como interiores, tanto sensibles como espirituales. Y entre tales apetitos, el apetito de saber.

En ese marco, trata la virtud de la Estudiosidad (q. 166) y el vicio correspondiente, la Curiosidad (q. 167).

Me parece que, quien tenga interés en seguir el asunto, tal vez tendría que armarse de paciencia y recorrer las cuestiones de la Suma Teológica a las que se vaya aludiendo. Y esto no por erudición, sino, en primer lugar, para ver vivamente cómo piensa un hombre antiguo y tradicional estas cuestiones.

Entre otras riquezas, se verá allí que aparece una cuestión capital para nuestro modo de ver este asunto. Porque Santo Tomás inmediatamente después de introducir a la Modestia (q. 160), nos "desvía" la mirada a la cuestión de la Humildad y la Soberbia (q. 161.162) para pasar acto seguido a considerar el Pecado del Primer Hombre (qq. 163-165).

Recién después, repito, aparece la virtud de la Estudiosidad (q. 166) y el vicio correspondiente, la Curiosidad (q. 167).

(El inestimable trabajo que se tomó Hernán, permite ver todas estas y otras citas de la Suma Teológica , con cybercomodidad; lo que tiene que ser un alivio para el lector interesado.)


Y, con estos materiales y herramientas, de aquí partimos: Nómbrese a Dios.

Hay que tener paciencia. A ver si llegamos a algo, Dios primero.

viernes, 27 de agosto de 2004

Cuando era chico, en casa se recordaba la fiesta de Santa Mónica. Nadie se llamaba así entre mis parientes. Mi madre era -y es- muy devota de la madre de San Agustín, y nunca le pregunté por qué. Mi padre, en cambio, tenía más bien los ojos puestos en el hijo.

Pocas cosas me daban tanta curiosidad, en materia de fiestas de santos, en mi niñez, como esa 'seguidilla' de madre e hijo. Y quién sabe las cosas que imaginaría yo. Cuál creería que era la relación de parentesco en la santidad que los unía a ambos.

(De hecho, todavía hoy pienso a veces....)

Para ser honesto, pensaba que la importante era Mónica. Que cualquiera 'saca' un Agustín, si 'tiene' una Mónica en la primera fila de batalla, persiguiendo a su hijo por todo el Mediterráneo, por África, por Italia, para ver que se porte bien. Una tontera medio mecanicista, típica de una forma de religión medio boba que nos han enseñado.

Pero dice San Agustín que su madre era una mujer muy inteligente y perspicaz, de fina inteligencia.


Por todos esos recuerdos y datos, sentí una enorme alegría cuando encontré este fragmento de la vida de Santa Mónica que copio más abajo.

Hay que decir antes que, primero, se pasa uno años celebrando las lágrimas de una madre buena y santa, creyendo que eso horada infaliblemente la corteza seca de un hijo rebelde y tarambana, a más de muy despierto, para dejar finalmente a la luz al 'verdadero' Agustín, que como era hijo de tal madre, no podía sino ir para santo...

Después, años se pasa uno celebrando al hijo y gozando de la hondura, de la inteligencia y agudeza del hijo.

Y resulta que..., la que sabía lógica, dialéctica y retórica era ella.

"Cuando murió su padre, Agustín tenía diecisiete años y estudiaba retórica en Cartago. Dos años más tarde, Mónica tuvo la enorme pena de saber que su hijo llevaba una vida disoluta y había abrazado la herejía maniquea. Cuando Agustín volvió a Tagaste, Mónica le cerró las puertas de su casa, durante algún tiempo, para no oír las blasfemias del joven. Pero una consoladora visión que tuvo, la hizo tratar menos severamente a su hijo. Soñó, en efecto, que se hallaba en el bosque, llorando la caída de Agustín, cuando se le acercó un personaje resplandeciente y le preguntó la causa de su pena. Después de escucharla, le dijo que secase sus lágrimas y añadió: "Tu hijo está contigo". Mónica volvió los ojos hacia el sitio que le señalaba y vio a Agustín a su lado. Cuando Mónica contó a Agustín el sueño, el joven respondió con desenvoltura que Mónica no tenía más que renunciar al cristianismo para estar con él; pero la santa respondió al punto: "No se me dijo que yo estaba contigo, sino que tú estabas conmigo".



Tanto se nos ha dicho respecto de la Bondad y la Verdad, casi como opuestos excluyentes; de la Inteligencia y el Bien, como vecinos que raras veces se saludan...