martes, 9 de julio de 2024

La barca, el hierro, la altura


I

Mi puerto
no está lejos de ti.

¿Y cómo llegará 
la tierra de mi sangre al puerto de tu mar?

Eres el mar, la barca,
el puerto y todo.

Iré hacia ti por ti.

Tu sangre ha navegado
–el verdor de una isla a sus espaldas–
desde el mar gris, 
como tus ojos grises.
 
Y tu sangre ha buscado
el eco de la voz 
en la llanura nueva verdecida.

Un resplandor en un mar infinito 
que ahora sabe a trigo.

Pero tú, intrépida y sonora, 
desde tu altura,
soplaste un viento sur en la tarde de mis días.
 

II

Tienes de mí
el ardor del hierro de mi sangre,
sobre un yunque de amor.

Tienes todo de mí,
todo te pertenezco.

El silencio de nieve que te llama, 
la soledad feliz de cada espacio, 
la mirada y el vino que riega mis raíces, 
la belleza de siglos
que nació de una tierra que te busca.

Tienes todo de mí.


III

Nos encontró la altura que encontramos.

Nos abrazó, 
nos cobijó bajo el cielo, 
nos unió a la piedra, 
en la piedra, 
en la altura.

Y encontramos el viento, 
la soledad del viento,
la dulzura del viento, 
la ternura silenciosa de la altura.

Somos ahora un viento, 
arriba,
alto en el alto mar del cielo que nos guarda;
nuestro paso es la barca de tu sangre
que navega hacia mí.
Y nuestros pies el hierro que se forja en mi sangre
y me llevan a ti.