domingo, 15 de septiembre de 2019

La casa cerrada (II)


Siempre con el auxilio de Padres, sabios y doctores, en otras partes he sostenido, como sostengo ahora, el valor tipológico de las Sagradas Escrituras. Un sentido tipológico que se adecua, también, a la entera historia de principio a fin (y eso ya corre por mi cuenta...)

Básicamente, esto significa que en aquello puede verse esto otro, en un cosa verse otra. Y eso no sigue así en una serie indefinida sino que parte de un estado de reposo inmóvil y se dirige a un término igual. Dicho de otro modo, el valor y el sentido tipológico no dependen de los actos de los hombres sino de la acción divina. Del mismo modo que los hombres no inventamos la ley de la gravedad, sino que simplemente la descubrimos operante en el mundo de las masas. Él es el Autor de las leyes. Y de las metáforas que atraviesan la existencia.

Para muchos, tal vez para la mayoría (aun de los cristianos), esta mirada puede resultar difícilmente sostenible, cuando no inconsistente e infundada. Y en cierto sentido es comprensible: siempre causa perplejidad soportar la tensión entre la Gracia y la libertad, así como entre la profecía y la libertad.

Hay sobrevolando la intelección de los hombres una carga existencial de indeterminación -o de absoluta autodeterminación, según el caso-, que se vuelve ajena a los designios. Y no sólo ajena, sino, en apariencia, muchas veces definitivamente contradictoria con ellos. En el corazón del hombre hay un germen de constructivismo muy anterior a las corrientes de moda hoy. Y, de nuevo, como respuesta a la tensión entre lo dado y lo propio. Entre la heteronomía y la autonomía. El sentido paradigmático de lo real parece chocar brutalmente en el corazón humano con la indeterminación. Una colisión angustiante, sin duda. ¿Está todo escrito? ¿Nada está escrito? Preguntas agudas que condicionan la vida del espíritu y la acción humana.

Sin embargo, allí está plantada la profecía, también como un emblema. No solamente de lo porvenir sino como un emblema de que lo real encierra en sí un significado que lo trasciende. Por atractivo o fascinante que pueda resultar conocer el futuro anticipadamente, ése no es el entero sentido de la profecía, también ella atravesada por lo tipológico, en tanto que lo tipológico supone una cierta tensión hacia lo porvenir prefigurado en un dato que resulta real y a la vez simbólico. Es una cuestión de sentido, en su doble acepción: significado y dirección.

Es el dinamismo más hondo de la historia. Una especie de camino sembrado de signos y de pistas que se distribuyen a lo largo del tiempo indicando el sentido, la dirección y el significado.

Dicho esto así, ¿hubiera sido igual la historia sin la Caída original del hombre? Sí, arriesgo a decir, en lo que es propio de su naturaleza. La naturaleza humana, aun aditada con dones preternaturales, permanece opaca no solamente en razón del pecado sino, antes, en razón de su misma composición substancial. El mismo modo de conocer hace que el hombre deba valerse de signos (doblemente en su caso, sensible e intelectual). Cierta necesidad de pasar siempre de lo visible a lo invisible, como una escala necesaria. Si me preguntan, arriesgo nuevamente a decir que lo que hubiera cambiado no es la ausencia de signos, y sí es la penetración de tales signos, el entendimiento, y la fruición de ellos.

La creación misma, toda entera ella, prescindiendo del hombre, es un lenguaje penetrado y formado por el signo, por una cadena de significados desde lo inmediato a lo mediato. Es un lenguaje divino que tiene al ser inteligente como interlocutor y destinatario. En ese creciente entendimiento humano de la riqueza de significados, habría estado la honda fruición. Como lo está ahora de alguna manera, aun con la rémora de la Caída. Pasar de lo que se ve a lo que no se ve y que sostiene lo que se ve, es gozoso para la inteligencia.

*   *   *

Llegado a este punto, es momento de exponer el núcleo de estas reflexiones que llevan el título que llevan por lo que se verá.

Hay una sucesión de hechos en el Nuevo Testamento que ocurren en breve lapso.

Se trata de los días que corren entre la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y Pentecostés. Creo que hay allí una condensación tipológica que conviene observar. En tiempos turbulentos, conviene mirar tiempos turbulentos paradigmáticos y ver qué nos dicen con respecto a nuestros propios tiempos. En cierto sentido, aquellos tiempos miran a los que vendrán y muestran un signo que se significará más adelante. Es necesario repetirlo: los signos proceden de afuera de la historia, aunque se plasman en ella.

Los elementos que encontremos en ese tiempo que se extiende casi dos meses, entiendo que tal vez están mostrando algo que se ha dicho -y ha sucedido- también con un carácter profético entonces, para que, corriendo la historia, puedan ser vistos de nuevo, ahora con una intelección distinta aunque consistente con ellos.

En ese período y de entre aquellas circunstancias, creo que hay que buscar principalmente la sucesión de espacios abiertos y cerrados.

No es un seguimiento topográfico, se entiende. Es una sucesión que asocia momentos significativos a lugares significativos, a mi entender.

Una sucesión de intemperies y amparos cuya significación -o significaciones, porque cada una de ambas realidades tiene más de un significado- creo que es importante para entender algo que ha sido dicho no solamente respecto de ese determinado momento de la historia.

Esta sucesión indica que Jesús es primero saludado y ovacionado en las calles de Jerusalén como Rey, como Hijo de David. Durante los días siguientes, en medio de la muchedumbre que todavía lo proclama con acento mesiánico, se agolpan las enseñanzas y los gestos de Jesús, algunos de ellos muy graves, principalmente en las calles y más en el Templo y a la vista y los oídos de todos. Decir todos incluye a aquellos que viendo esa manifestación pública de su majestad y sus efectos, se determinan a darle muerte en cuanto tengan ocasión. De entre la condensación de discursos y enseñanzas de ese tiempo, hay que destacar el "elenco contra los fariseos" en el Templo y el llamado "sermón parusíaco" en el Monte de los Olivos, que está en los sinópticos pero que se destaca en san Mateo. Llega el día primero de los Ázimos, en el que se sacrifica el cordero pascual, y Jesús manda a Pedro y a Juan para que busquen la casa en cuyo piso alto comerá la última Pascua con sus discípulos. Esa misma noche estarán en el huerto, en Getsemaní, de allí es tomado y apresado y llevado sucesivamente ante Anás y Caifás y el sanedrín, que lo condena; de allí a Pilatos; de allí a Herodes y nuevamente a Pilatos, donde es condenado a muerte, por segunda vez. Tras los azotes y la coronación de espinas, el camino de la Cruz por las calles de Jerusalén. Y la Crucifixión en el monte Calvario. Bajado de la Cruz, es llevado a la tumba. Ante el anuncio de las mujeres respecto de la Resurrección, Pedro y Juan salen de la casa en la que se encuentran para ver el sepulcro abierto y vacío. En los días siguientes, Jesús se aparece en el camino a dos discípulos que caminan a Emaús; en medio de la noche y el camino, y conturbados por la muete de su Maestro, oyen sus enseñanzas. Jesús entra con ellos a una casa en la que parte para ellos el pan, con lo que lo reconocen y vuelven a salir al camino para ver a los discípulos, que están reunidos en una casa en Jerusalén -cerrada, dice san Juan, por temor a los judíos-; estando ellos allí, aparece Jesús que come con ellos, sopla sobre ellos el Espíritu Santo y los envía como el Padre lo envió a Él. Ocho días después, una nueva aparición en una casa, también cerradas las puertas, en la que Jesús tiene una gentileza con el apóstol Tomás. Unos días más y aparece ante ellos en la segunda pesca milagrosa en el mar de Galilea y nuevamente come con ellos, en la playa esta vez. Más tarde, ya en Judea, cerca de Betania, a la intemperie, según se deduce del texto, los discípulos le preguntan si ahora restaurará el reino de Israel. Jesús les promete el Espíritu Santo, se despide de sus discípulos bendiciéndolos y asciende al Cielo. Cumpliendo con lo dicho por Jesús, van a Jerusalén y se instalan en el piso alto de una casa, junto a la Virgen y otros discípulos, que se cuentan en número de 120, según los Hechos de los Apóstoles. Es allí que viene sobre ellos el Espíritu prometido, el día de Pentecostés, con lo que salen a las calles a predicar y a hacer milagros, primero en la voz del apóstol Pedro. Con ese impulso, los apóstoles predicarán el evangelio por todas partes, harán signos y milagros en nombre de Jesús, serán perseguidos y finalmente morirán mártires de la Fe, todos menos Juan, el discípulo amado.


Hasta aquí -y bastante antes de desgranar algunas otras reflexiones y comentarios- una reseña de los hechos, los tiempos y los lugares (sobre todo, los lugares) en los que enfoco mi atención.

Por cierto, la reseña no basta y es preciso retomar esos relatos en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles y nutrirse con la exégesis de cabezas y corazones bien mayores que los de un servidor.




(Continúa)




domingo, 8 de septiembre de 2019

La casa cerrada


En tiempos turbulentos, los hombres, de cualquier extracción o condición, tenemos el reflejo espontáneo de guarecernos. Si se trata de las turbulencias climáticas, buscamos estar bajo techo y no quedar al aire libre, donde las inclemencias no pueden paliarse y hasta pueden ser fatales. Si las turbulencias son de otro orden más grave, más hondo y significativo, el reflejo es parecido.

Cuando un ejército se halla diezmado y desperdigado por el campo de batalla, rodeado por enemigos a los que no puede abatir, es de buena doctrina militar que retroceda, se reagrupe, se ponga a cobijo de sus propias líneas, se recuente y estudie la situación para decidir qué hará.

En ocasiones, del análisis de las condiciones, y también de las diferencias de número entre un ejército y otro, surge la modalidad celular, reducida, más fácilmente manejable, movilizable. Procurar la eficacia y los resultados, o la simple preservación y supervivencia, resignando el despliegue a toda bandera.

Cuando un grupo determinado es perseguido por cualquier razón y el espacio público y abierto le es hostil y es hostil a sus acciones, hace lo propio: se refugia, se aglutina, se retrae. Siempre a un espacio y a un ámbito en el que pueda subsistir y en el que pueda dar expansión a aquello que -fuera de ese cobijo- no es admitido o es combatido.

Esto cuenta tanto para un grupo de malvivientes, como para los simpatizantes de un club de fútbol, o para los miembros de una secta, o para una facción política, académica, cultural. Es, como creo, un reflejo espontáneo y, en ese sentido, natural. Y ocurre tanto con un hombre solo como con un grupo.

Este breve prólogo anuncia la aparición de un asunto que en algo, y en bastante, cumple con esas condiciones. Aunque, como espero exponer, con otras coordenadas que lo hacen distinto.

Para no hacer un párrafo fenomenológico interminable (que, por otra parte, es perfectamente posible en muchos ámbitos y aspectos), circunscribo la cuestión a la situación del cristianismo y de la Iglesia Católica. Y por cierto que me refiero a la situación de los cristianos en estos tiempos que, como es sentencia común, son turbulentos asaz en lo que a la Fe se refiere. Una turbulencia que ha llegado más allá de la vida común y que se instala en el corazón mismo de cada uno, que se enerva en la perplejidad, que se desorienta, que se abate y en algún caso bordea la desesperación.

Vivida a la vez como una derrota, y hasta como un descalabro cósmico, y por cierto como una persecución, esta situación angustia de tal modo que obliga a pensar agónicamente qué hacer con la Fe que se profesa y vive, no solamente en el ámbito público y civil, sino incluso en el ámbito eclesial mismo, ámbito en el que también se respira la misma turbulencia, a veces por efecto de las influencias exteriores, a veces por semillas de malezas que no vienen de afuera sino que son del propio almácigo. Dicho de otro modo, son muchos los cristianos católicos que sienten y perciben y entienden que una vida sostenida en la Fe es imposible -o poco menos- en el ámbito público y, a la vez, difícil y angustiante al interior de la misma Iglesia a la que pertenecen. Pero, como digo, no solamente en esos ámbitos campea la angustia y la desazón, también en el corazón mismo de un cristiano que no solamente se sienta fuera del mundo o incómodo tras los muros de su Iglesia, sino aun incómodo en la ciudadela interior misma de su corazón desgarrado.

Un discurso políticamente correcto diría sin más que el cristiano debe vivir su Fe con Esperanza, Alegría y Amor. Y, aunque lo dicho es verdadero, si ese discurso es políticamente correcto no diría qué son en realidad esas cosas o daría de ellas definiciones gelatinosas. Un discurso políticamente correcto diría también que al interior de la Iglesia no hay tales diferencias, etc. No vayamos por ese rumbo difuso que dice lo que no es. Si acaso fuera necesaria una verificación de que no es así, bastaría citar las innúmeras expresiones contemporáneas protagonistas de una guerra doctrinaria sobre asuntos graves en el seno de la Iglesia, no tanto entre los fieles, sino más bien entre sus dignatarios y príncipes y que alcanza al pontífice. De allí vienen la perplejidad y la desazón entre los fieles. Se ven categorizados según su visión y según la doctrina y liturgia que profesen. Ridiculizados muchas veces, fustigados a veces, no con manifiesta intención de corrección misericorde, sino con un lenguaje faccioso y excluyente, disciplinador. Pero hay otros motivos de mayor peso. Doctrinas difusas y ambiguas sobre asuntos graves, expresiones provocativas en ámbitos no solamente teológicos sino cultutales en general, o políticos, haciendo como establecidas doctrinas y pareceres que lejos de ser católicos se confunden con tópicas mundanas, no solamente arreligiosas o laicas, sino específicamente teológicas, en cuanto suponen una visión y una consideración que traspasan los límites de los asuntos meros de este mundo e intervienen en sentido trascendente. Esto es, el establecimiento de una fe y una práctica consecuente. Una nueva religión y una nueva religiosidad.

Son muchos los católicos que así enfrentados a esta edad del mundo sienten perplejidad y honda disconformidad. Algunos son laicos, otros sacerdotes, otros obispos. Unos sostenidos por una doctrina recibida y que la Iglesia ha establecido como verdadera. Otros como producto de sus estudios y meditaciones. Unos, confrontando unas doctrinas que se alzan y se afianzan, con otras que forman parte de la Tradición y en las que han abrevado; otros, experimentando la perplejidad y la molestia del disenso espontáneo cuando se enfrentan a definiciones intencionalmente indefinidas, cuando no opuestas a su catecismo básico.

Pero todo eso, en términos históricos, es una situación relativamente nueva en la experiencia del cristiano. Es verdad que tenemos una solidaridad con los siglos pasados, somos como de una misma familia, de tal manera que vemos los asuntos del mundo y de la historia del mundo, como los asuntos y avatares de nuestra propia familia. Y aun como etapas y momentos de nuestra propia vida personal, si acaso. Parafraseando a Chesterton, diríamos que uno ingresa a la Iglesia Catolica y de pronto tiene dos mil años. O como si dijéramos, más atrás todavía, que uno se entera de la existencia de Adán y de pronto advierte el parecido con uno mismo. Es decir, a veces da la impresión de que esas cosas cosas ya pasaron, que les han pasados a otros como nosotros antes, y que seguirán pasando, sin que nada de eso menoscabe al final una Fe que parece sobrevivir a los tiempos y a una Iglesia que, vacas más o menos flacas, pervive en la historia.

Ahora bien, mirando la historia hay muchos modos de establecer los períodos en que podría dividirse y las razones que los han generado. Y, según el criterio que utilicemos, los períodos serán tales o cuales. Y aun por eso mismo podría entenderse que la historia tiene tal o cual sentido, tal o cual dirección, tal o cual significado. Incluso, según el criterio que se aplique, podría resultarle a algunos otros que la historia no tuviera ninguna de las tres cosas: como una azarosa construcción temporal sin sentido, sin significado, sin dirección. Indefinida en todo sentido, incluso en su duración.

El cristiano tiene también sus propios criterios para juzgar los tiempos y hacer, fundado en ellos, una descriptio temporum que es no solamente denotativa de períodos temporales sino principalmente connotativa de la calidad de esos períodos. De modo que los años y los siglos son menos importantes que lo que en ellos ocurrió en relación con el cristianismo y, en conseuencia, con la Iglesia Católica.

Un cristiano que quiera conocer la historia de su Fe mirará la historia, en primer lugar, y en ella verá los avatares a los que las tormentas de los mares de este mundo la han sometido no una vez, sino muchas. Y esto dicho de la historia de la Fe, tanto como de la Iglesia. Pero hay algo más: no mirará esos fenómenos en sentido lineal y literal, solamente, sino también en sentido simbólico (su sentido mayor), de modo que concebirá la historia extendida en el tiempo de manera helicoidal, entendiendo que hay un valor simbólico en hechos que se repiten y que no son los mismos. Repetición que, además y precisamente, no está cerrada en sí misma sino que avanza desde el origen y se dirige a la consumación. Eso, bien entendido, hace que la entera historia de su Fe, en el tiempo, comience con Adán, al menos, aunque puede comenzar con la misma Creación.

Para ello, el cristiano cuenta no solamente con la historia, no solamente con las Escrituras Sagradas, sin más, no solamente con la interpretación de ellas que la Tradición y la Iglesia han hecho.

La clave de bóveda para la intelección de la historia de la Fe, de la historia de la Iglesia, y aun de la historia, sin más, es la profecía.

Una intención y acción positiva por la cual se nos devela en último término aquellas cosas sobre las cuales buscamos respuestas: qué significa la historia, cuál es su origen y hacia dónde va.

Respuestas que, a su vez, iluminan -deberían iluminar- nuestros pasos por la historia y nuestras acciones, mientras estemos en el tiempo de este mundo, mientras vemos todo como en un espejo y antes de que veamos todo cara a cara, Dios queriendo.


(Continúa)




sábado, 15 de junio de 2019

Cosas de chicas





La cuestión ético-civil más importante ligada a la cuestión sexual es la de la formación de una nueva personalidad femenina. Hasta que la mujer no haya alcanzado además de una real independencia frente al hombre, un nuevo modo de concebirse a sí misma y de concebir su papel en las relaciones sexuales, la cuestión sexual seguirá plagada de caracteres morbosos y será necesario ser muy cauto en toda innovación legislativa. Toda crisis de coerción unilateral en el campo sexual conduce a un desenfreno "romántico", que puede ser agravado por la abolición de la prostitución legal y organizada. Todos estos elementos complican y tornan dificilísima cada reglamentación del hecho sexual y cada tentativa de crear una nueva ética sexual, conforme a los nuevos métodos de producción y de trabajo. Por otro lado es necesario proceder a tal reglamentación y a la creación de una nueva ética. Es digno de hacer notar cómo los industriales (especialmente Ford) se han interesado por las relaciones sexuales entre sus dependientes y, en general, por la instalación de sus familias; las apariencias de "puritanismo" que asumió este interés (como en el caso del prohibicionismo) no debe conducirnos a error; la verdad es que no puede desarrollarse el nuevo tipo de hombre exigido por la racionalización de la producción y del trabajo, mientras el instinto sexual no haya sido regulado de acuerdo con esta racionalización, no haya sido él también racionalizado.

Es el final de un apunte que, con el título Algunos aspectos de la cuestión sexual, dejó escrito el sardo Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la Cárcel (en las obras completas, tomo 3, 294, 1935).


Hace poco me preguntaban de dónde había salido toda esta cuestión del género, su ideología, los empoderamientos femeninos, la demolición del patriarcado y más y más de esas andanadas que aperplejan a tantos por estos días.

Creo que parte de la respuesta -parte solamente, no es todo...- está en estas reflexiones del presidente del Partido Comunista italiano en la década de 1920. Hay que notar la lucidez (torcida y partisana) con la que en pocos trazos reúne las cuestiones de familia, moral, producción. La hermenéutica es marxista, eso queda claro. Pero detrás de las cuestiones de estructuras económicas y superestructuras culturales y políticas de la sociedad civil, amanecen otras que fueron consolidándose con el tiempo, que fueron amasándose con harinas de distintos granos hasta formar el pan nuestro cotidiano que sirve de alimento insusutituible de la tópica con la que el hombre común está obligado a pensar. Lo hacen los referentes políticos, lo hacen los "hombres del pensamiento", los "hombres de la palabra", los hombres y mujeres de a pie, los educadores (y muchos educadores religiosos y en particular educadores católicos); y lo hacen tantos padres de familia que, si no lo hacen por entera convicción, como muchos de todos los que menciono, lo hacen por terror al control social, a la "policía del pensamiento" (que dijera Orwell en 1984), por terror a una tópica que lentamente se ha vuelto ley, primero no escrita y después codificada. Y en todo el mundo es igual, en particular en el mundo occidental. En el mundo oriental marxista, la situación de la mujer se iguala de hecho y de derecho con la del varón, ambos igualmente oprimidos por el Partido en función del Partido y de sus intereses. La producción en esos lugares es solamente un ámbito en el que se muestra esa igualdad. Al mismo tiempo, allí, los crímenes sexuales se castigan con dureza, pero no por la consabida moralidad puritana de los revolucionarios solamente, sino por lo que supone de debilitamiento de la disciplina revolucionaria. Claro que eso afecta allí principalmente al proletariado; pero no solamente, como se ha visto no hace mucho con la condena a dirigentes por asuntos de este tipo.

Es notable que, tanto en los análisis ideológicos como en las obras de ficción distópicas, la cuestión sexual adquiera el carácter de quicio, de gozne cardinal necesario para articular la rebelión del hombre ya frente a lo natural como a lo sobrenatural. Inmanencia, historicismo y materialismo se conjugan en esa rebelión de modo que se haga posible la "construcción" de un "hombre nuevo".


Ahora bien. 

Sería un error, claro está, adjudicarle a la izquierda in genere la primacía en estas oleadas revolucionarias. Porque ninguna de esas tres notas (inmanentismo, historicismo, materialismo) es propiedad de la izquierda en exclusiva. Esas tres notas, y los modos que adquieren en distintas corrientes, son patrimonio de una revolución honda, teológica. Una revolución de la cual la izquierda es solamente una de las expresiones.

Cualquiera que se considere "de derecha" (a esta altura, en cualquiera de las acepciones que se le dé al término) tendrá que cuidarse muy bien de caer en el engaño fatal de creer que todo lo malo, sucio, tuerto, cruel es de izquierda por definición.

Pues, desde que se considera frívolamente de izquierda todo lo que no es de derecha, la verdadera rebelión de la ciudad del hombre campea oronda, afiliando a su lado a cualquiera que profese -sabiéndolo o no- el catecismo de la verdadera rebelión. Un catecismo revolucionario que tanto puede mandar el consumo idiota al modo capitalista, como la lucha armada cruel al modo de los ejércitos de liberación.

Todos ellos tienen en último término un mismo enemigo. Porque todos ellos pretenden la construcción de un hombre nuevo.

A contraluz, así lo veo en las 26 páginas de un documento reciente que la Congregación para la Educación Católica de la Iglesia difundió para salir a dialogar, según insiste en proponerse, con la ideología de género, en particular en el ámbito educativo.

Varias de las cosas que allí se afirman, al margen de la inarrugable voluntad dialongante, son de la más rancia doctrina natural y de Fe, en lo que se refiere a Dios, el varón, la mujer, la familia y la educación. Y está muy bien que se hayan proclamado.

Pero eso mismo es lo que resulta contradictorio. Porque desde el título mismo del documento ya aparece la insoluble contradicción con el diálogo: Varón y mujer los creó. Tres palabras indebidas, inadmisibles, políticamente incorrectas, cuyo entero significado (por separado cada una y más las tres en la misma sintaxis) inhabilita el diálogo. Y el contenido del documento, en lo que tiene de posición terminantemente adversa a la ideología de género (que es su parte central y substantiva), tanto más inhibe siquiera una conversación, cuanto más el diálogo, en los términos corrientes en los que esa palabra se usa.


  

_________________________

Dejo aquí el principo del apunte de Gramsci:

Algunos aspectos de la cuestión sexual.

Obsesión de la cuestión sexual y peligros ocasionados por esta obsesión. Todos los "autores de proyectos" ponen en primera línea la cuestión sexual y la resuelven "cándidamente".

Es preciso subrayar la parte extensa, frecuentemente preponderante, que ocupa la cuestión sexual en las "Utopías" (la observación de Croce señalando que las soluciones aportadas por Campanella en La Ciudad del Sol no pueden explicarse por las necesidades sexuales de los campesinos calabreses, es estúpida). Los instintos sexuales fueron los más fuertemente reprimidos por la sociedad en desarrollo; su "regularización", debido a las contradicciones a que da lugar y a las perversiones que se le atribuyen, parece la cosa más "innatural", de allí que las referencias a la "naturaleza" sean más frecuentes en este campo. La literatura "psicoanalítica" es también un modo de criticar la reglamentación de los instintos sexuales bajo una forma a veces "iluminista" [luz divina interior en vez de sacramentos], con la creación de un nuevo mito del "salvaje" sobre una base sexual (incluso las relaciones entre padres e hijos).

Gran diferencia en este terreno entre ciudad y campo, pero no un sentido idílico en lo que concierne al campo, donde ocurren los crímenes sexuales más monstruosos y frecuentes, donde la bestialidad y la pederastia están muy extendidas. En la encuesta parlamentaria sobre el Mezzogiorno [sur] hecha en 1911, se dice que en los Abruzzos y la Basilicata (donde es mayor el fanatismo religioso, y el patriarcalismo, y menor la influencia de las ideas de las ciudades, tanto que en los años 1919-20 según Serpieri no existieron allí agitaciones campesinas) se encuentra incesto en el 30 por ciento de las familias y no parece que la situación haya cambiado en estos últimos años.

La sexualidad como función reproductiva y como sport: el ideal "estético" de la mujer oscila entre la concepción de "productora" y la de bibelot [mini adorno, dije]. Pero no es sólo en la ciudad donde la sexualidad se ha convertido en un "sport"; los proverbios populares tales como "el hombre es cazador, la mujer es tentadora", "quien no tiene nada mejor se acuesta con su mujer", etc., muestran la difusión de la concepción deportiva del sexo también en la campaña y en las relaciones sexuales entre elementos de la misma clase.

La función económica de la reproducción: no es solamente un hecho general, que interesa a toda la sociedad en su conjunto, que reclama una cierta proporción entre las diversas edades a los fines de la producción y del mantenimiento de la parte pasiva de la población (pasiva de una manera normal, a causa de la edad, invalidez, etc.), sino también un hecho "molecular", que se encuentra en el seno de los más pequeños agregados económicos, tales como la familia. La expresión "el sostén de la vejez" muestra la conciencia instintiva de la necesidad económica de que exista una cierta relación entre jóvenes y viejos en toda el área social. El espectáculo de cómo son maltratados en los pueblos los viejos y las viejas sin hijos, incita a las parejas a desear la prole (el proverbio de que "una madre alimenta cien hijos y cien hijos no sostienen una madre" muestra otro aspecto de la cuestión): los viejos sin hijos, en las clases populares, son tratados como los "bastardos". Los progresos de la higiene, que han elevado el promedio de la vida humana, coloca cada vez más la cuestión sexual como un aspecto fundamental y autónomo de la cuestión económica, aspecto tan importante que a su vez puede llegar a plantear complejos problemas del tipo de "superestructura". El aumento del promedio de vida en Francia, con la escasa natalidad y con las necesidades de hacer funcionar un aparato de producción muy rico y complejo, plantea ya hoy algunos problemas ligados a la cuestión nacional. Las viejas generaciones se encuentran en relaciones cada vez más anormales con las generaciones jóvenes de la misma cultura nacional, y las masas trabajadoras son engrosadas por elementos extranjeros inmigratorios que modifican su base: se verifica ya como en América, una cierta división del trabajo (empleos calificados para los autóctonos, además de las funciones de dirección y organización; empleos no calificados para los inmigrantes).

Una relación similar, pero con consecuencias antieconómicas, muy importantes, se establece en toda una serie de países entre las ciudades industriales de baja natalidad y la campaña prolífica: la vida de la industria exige un aprendizaje general, un proceso de adaptación psicofísica a determinadas condiciones de trabajo, nutrición, habitación, costumbres, etc., que no es algo innato, "natural", sino que debe ser "adquirido, mientras los caracteres urbanos adquiridos se transmiten de manera hereditaria o son absorbidos en el curso de la infancia y de la adolescencia. Así, la baja natalidad urbana exige un gasto continuo e importante para el aprendizaje de los nuevos elementos urbanizados y comporta un perpetuo cambio de la composición político-social de la ciudad, planteando permanentemente sobre nuevas bases el problema de la hegemonía.





martes, 28 de mayo de 2019

Los nuevos mártires (II)

 

No conozco casi nada de Israel Folau.

Sé por ejemplo que me gustaba verlo jugar de fullback estrella en los Wallabies australianos o en Waratahs, su equipo de Nueva Gales del Sur.

Y digo gustaba porque ya no jugará, según dicen.

La noticia de mediados de mayo de 2019 cuenta que la Federación Australiana de Rugby lo echó por una falta grave al código de conducta de los jugadores.

¿Qué hizo?

Publicó en su cuenta de Instagram dos frases.

"Borrachos, homosexuales, adúlteros, mentirosos, fornicadores, ladrones, ateos, idólatras; el infierno les espera ¡Arrepiéntanse! Solo Jesús puede salvarlos". Y además: "Aquellos que vivan en el pecado irán al infierno, a menos que se arrepientan. Jesucristo los ama y les da tiempo para alejarse del pecado y acercarse a él".

"El contenido dentro de la publicación es inaceptable. No representa los valores del deporte y constituye una falta de respeto hacia los miembros de la comunidad del rugby", dijeron al sancionarlo los del comité de disciplina y le dieron la opción de aceptar la sentencia o seguir el asunto en la justicia. Folau decidió la segunda.

No sé si Folau es un mártir.

Me entero de que se crió mormón y pasó después a formar parte de las evangélicas Asambleas de Dios. Es un "ferviente cristiano" dicen las noticias, como quien dijera que tiene esa tara que explica y para nada justifica lo que dijo.

Muy bien.

La cuestión es que esas palabras son de las Sagradas Escrituras, principalmente de san Pablo.

¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. (I Corintios 6: 9 -11)

Sépanlo bien: ni el corrompido, ni el impuro, ni el que se apega al dinero, que es servir a un dios falso, tendrán parte en el reino de Cristo y de Dios. (Efesios 5: 5)

Y hay más cuestiones por el estilo, no solamente en san Pablo, a quien se le atribuye ser duro, demasiado duro. Se lo oí a más de un cura. Y a más de un biblista.

Os escribí en mi carta que no os mezclaseis con los fornicarios… Lo que os escribí es que no os mezclaseis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, avaro, idólatra, injurioso, borracho o ladrón. Con éstos, ni comer siquiera (1 Cor 5: 9-11).

Os ruego, hermanos, que tengáis cuidado con los que producen discordia y escándalos contra la doctrina que aprendisteis. Alejaos de ellos, pues ésos no sirven a Cristo, nuestro Señor, sino a su propio vientre, y mediante palabras dulces y aduladoras seducen los corazones de los ingenuos (Rom 16: 17-18).

Todo el que se sale de la doctrina de Cristo, y no permanece en ella, no posee a Dios; quien permanece en la doctrina, ése posee al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no transmite esta doctrina no lo recibáis en casa ni le saludéis; pues quien le saluda se hace cómplice de sus malas obras (2 Jn 1:9-11).

Hermanos, os ordenamos en nombre de nuestro Señor Jesucristo que os alejéis de todo hermano que ande ocioso y no conforme a la tradición que recibieron de nosotros…Y si alguno no obedece lo que os decimos en nuestra carta, a ése señaladle y no tratéis con él, para que se avergüence; sin embargo, no lo consideréis como un enemigo, sino corregidle como a un hermano” (2 Tes 3: 6. 14-15).

Felices los que lavan sus ropas, porque así tendrán acceso al árbol de la vida, y se les abrirán las puertas de la ciudad. Fuera los perros, los hechiceros, los impuros, los asesinos, los idólatras y todos los que aman y practican la mentira. (Apoc 22:14-15)

Esto no es cosa de Folau.

La Federación Australiana de Rugby está discutiendo con las Sagradas Escrituras.

No es Folau el que dice cosas inadmisibles. Él simplemente las repite. Y las cree, claro, y por eso las repite.

La conclusión para un católico no es distinta: el cristianismo es inadmisible. Y no solamente por lo que Folau dijo.

Es inadmisible cuando dice que es la religión verdadera y salutífera. Que Jesucristo es Dios y es el Hijo de Dios. Que Su madre es enteramente Virgen y concebida sin pecado original. Que es el único Redentor del hombre. Que el pecado aleja de Dios. Que por los méritos de Cristo y por su Gracia se perdonan los pecados. Que Dios ha creado al mundo. Que ha creado al hombre varón y mujer. Que volverá como ascendió a los Cielos y que cuando vuelva ya no habrá tiempo y habrán Cielos nuevos y tierras nuevas. Que habrá un Juicio al final. Que hay Infierno. Que la Iglesia es el Cuerpo Místico de Jesucristo.

Y más y más cosas inadmisibles para la Federación Australiana de Rugby. Y para toda Australia o para Francia o para Bolivia o para Sudáfrica. O para la Argentina.

Y algunas de ellas inadmisibles hasta para el mismo Israel Folau.



 

jueves, 23 de mayo de 2019

Los nuevos mártires




Son casuales. Porque hay más de tres de estos sucesos cada día.

Pero son una muestra. Dicen algo. Y hay que dejarlos decir lo que quieren decir.

Un día la noticia es que, en Mar del Plata, una niña de 5 años obtuvo su cambio de sexo en el registro de las personas. Y fue ella, digo, porque fue a ella y no a sus padres a quien asistió la abogada al efecto.

Otro día, en Cipoletti, un médico es condenado por no matar a un niño de 5 meses en el vientre de su madre. La pena es de prisión en suspenso, pero la condena es de por vida, porque al médico se lo inhabilita para ejercer la medicina.

Un día más y, en Córdoba, una mujer presta su vientre para que allí se geste un niño que nacerá de un espermatozoide de su hermano carnal y de una donante anónima, y eso para que su hermano pueda tener finalmente un hijo, lo que no pudo ocurrir con su esposa.

Como dije: son al acaso. No deliberadamente buscadas. Saltan a los ojos, los ojos no tienen que andar escudriñando en arrabales de las noticias.

La noticia que habla del Dr. Rodríguez Lastra tiene el dato que importa más, a juicio de un servidor.

Para quien no se haya enterado, hacer el bien tiene en la Argentina pena de prisión.

Quiero decir: tome nota todo católico de buena fe. La práctica de sus creencias -y no me importa saber si el doctor las tiene, porque podría haber sido cualquiera que las tuviese-, el testimonio de su fe y de lo que la razón nos dice que la naturaleza prescribe y no debe ser avasallado, puede llevarlo a la cárcel.

En algunos países -también en el nuestro-, hay quienes miden o pretenden medir el compromiso por el diezmo que los fieles aportan a su iglesia, o por la ropa y la comida que las instituciones reparten entre los necesitados.

Necesarias y convenientes pueden ser ambas cosas.

Pero va quedando claro que cada vez con mayor exigencia el compromiso material no alcanza. Y en muchos casos ni siquiera sirve, por engañoso.

Porque se exige algo más que monedas o actos de caridad (entendidos como solidaridad, mayormente...). Porque el mundo exige la rendición total. Y eso significa para un cristiano estar dispuesto a dar la vda. Y la vida se da de varias maneras, la mayor de las cuales es la expresión cruenta del martirio.

Pero hay martirios de distinto grado. Así como hay pecados de distinto tenor. De pensamiento, de palabra, de obra, de omisión.

Lo que hay que pensar, lo que hay que decir, lo que hay que hacer, lo que no hay que hacer.

Y a un cristiano le es necesario hoy tener muy claro lo que hoy significa -y lo que puede acarrearle- pensar lo que hay que pensar, decir lo que hay que decir, hacer lo que hay que hacer, no hacer lo que no hay que hacer.

Hoy, un cristiano ya sabe -o debería enterarse más temprano que tarde- que su testimonio puede serle requerido a la vuelta de la esquina, en cualquier parte, frente a otros. O aun frente a sí mismo.





martes, 7 de mayo de 2019

Norma Hübscher




Revolviendo papeles de la carpeta de El druida, 5, encontré muchas hojas y hojitas sueltas con escritos propios, inconclusos o a prueba la mayoría. También algunos ajenos.

Así di con Norma Hübscher, de Jorge Vocos Lescano, que se ve me gustó entonces y lo copié. Me gusta también ahora, por lo que tiene de historia velada.

Viene de la Revista Mairena, una publicación de poesía que apareció en Buenos Aires. Tuvo sólo 3 números, entre 1953 y 1954.

El soneto está en la página 13; N° 1, 1953. Al año siguiente, en 1954, el texto aparece con el número 59 en El alma hasta la superficie, libro de poemas que editó Rialp. Es claro para mí que lo tomé de la edición que la Academia de Letras hizo de las cosas de Vocos.

Me quedo con mi hojita manuscrita y dejo aquí el facsímil de Mairena.




sábado, 4 de mayo de 2019

Elegía, de Polito Díaz


No te da el sol. La lluvia no te moja.
Y, aunque te dejo atrás, igual te espero.
Quiero darte una flor y se deshoja;
ya eres ceniza y aire, compañero.
Quiero hablar con la sombra de tu roja
herida sin razón; llegar primero
al hueco de dolor donde se aloja
tu último verso triste, compañero.
Donde estaba tu risa, ahora hay vacío.
Tu canto lleva el mío amordazado
y tu paso me ronda y no me alcanza.
Perdí tu mano, se la lleva el río.
Perdí tu voz, tu canto enamorado.
Nada nos queda. Sólo mi esperanza.
Es una historia agridulce la de este soneto en elegía.

Alguna vez he mentado a Polo Rojinegro, a Hipólito Francisco Díaz, Polito para los de mi pueblo.

Salteño de cuna y de estirpe, vendedor ambulante, poeta de versos sencillos y frescos. Conocedor del dolor y la alegría. ¿Cómo hacía para vivir con ambas cosas a la vez y a flor de piel siempre como si sólo fuera feliz?

Nos veíamos en el bar de Roberto, el bar de la estación, y allí conversábamos de cielo y tierra. Comandaba un grupo de AA y un servidor -además de hacerle el marketing para los libros que vendía en el tren- solía escribirle notas para sus presentaciones.

Una vez me tocó armarle el único libro de versos que publicó. Otra vez me tocó, pasado el tiempo, decir las palabras de homenaje cuando se le puso su nombre a la placita de la estación, una vez que para el 2006 ya se nos había ido para el silencio, dice Atahualpa.

Me traía vino y empanadas de Salta, las empanadas de Topeto Díaz y el vino de Cafayate. Viajaba en camión a su tierra, nunca podía estar demasiado tiempo lejos. Iba como fuera. Ajedrecista, jugador de futbol, lector incansable, anfitrión generoso, buen decidor. Salteño, en suma.

Una mañana, llegado al bar, lo veo en una punta del mostrador, con los ojos tristes y el habla quieta. Inusual. Me acerco. Me cuenta que un amigo poeta, "a quien tanto quería", se le había suicidado en Salta. Estaba conmovido. Y me conmovió.

Llegó la hora de tomar mi tren. Él se quedaba.

Su tristeza me hizo estos versos que le di después. Hablando como si fuera él. Haciendo por él la elegía de su amigo muerto.

Me los agradecía cada vez que nos encontrábamos. Y eso era muy seguido.

Revuelvo en estos días las cosas de El druida, 5 y encuentro el original borrador. Se ve que es contemporáneo de aquellos otros días de la revista. Siempre creí que no había quedado nada de eso. Le había dado el soneto a él y supe que lo llevó a Salta y lo leyó en un homenaje a su amigo, tiempo después. Le había puesto una sola condición para darle el poema: los versos eran suyos y no podía decir que eran mío bajo ninguna circunstancia. Creo que cumplió y a regañadientes. Era hombre cabal. Ahora puedo contarlo, salvo un servidor los protagonistas ya no están en este valle.

Pero lo cierto es que esos versos los había compuesto su conmoción. Y su dolor en mí, así que eran más suyos que de nadie.   





Por fandango


(Aire de fandangos de Huelva)

En el portal de tu casa
hay un jardín florecido
y hay una rosa encarnada,
que parece tu cariño,
de orgullosa y espinada.

*   *   *

Está diciendo el torero:
"con la muerte de este toro,
se está muriendo el toreo
en esta arena en que lloro
su sangre brava y de fuego".

*   *   *

Para darte mi cariño
me bastaba con saber
que no había más motivo
que el perfume de clavel
de tu pelo renegrido.

*   *   *

Un ángel bajó del cielo
para hablarle a la doncella.
Y ella cantó un cante nuevo
feliz por lo que le oyera
decir a un ángel tan bello.

*   *   *

Por la nostalgia del mar
llorando está la gaviota
que está sin poder volar.
Tiene sus dos alas rotas,
y sus ojos lloran sal.

*   *   *

Que no te puedo querer
me dijo mi madre un día
y no pude obedecer
pues yo tanto te quería.
Y me arrepentí después.

*   *   *

Vive esperando la muerte
el hombre que está en la vida
y se enfrenta con su suerte,
como sea que sea venida.
Ella es lo que tiene enfrente.

*   *   *

Es como vara de nardo
el talle de tu cintura,
que lo medí con mi abrazo
en una noche sin luna.
Y florecieron mis manos.





viernes, 3 de mayo de 2019

Hoy vas a entrar en mi pasado


Algo más sobre El druida, 5.

Algo más queda por decir.

El título de la entrada es un verso feliz de Los Mareados, un tango que tiene su historia, originarios tintes oscuros (se cantó por primera vez en una obra teatral, Los dopados). Tuvo letras distintas (además de varios tíulos) y de distintos autores desde que nació, sólo música al principio. La letra de Enrique Cadícamo es la que se canta hoy día y fue compuesta en los años '40, unos 20 años después de ver la luz la música.

Hace años, en esta bitácora me ocupé de Paul Géraldy y sus versos "inspiradores" para la letra que Cadícamo hizo para la música de Juan Carlos Cobian.

Y se me apareció ese verso a propósito de la edición del último número de la revista entusiasta y de las circunstancias alrededor.

Pensé, por ejemplo, que durante estos 30 años, y más en los últimos 25, la revista estaba como si dijera fuera del tiempo, por inconclusa.

Hasta ahora, no había entrado en mi pasado. Ni en el pasado. Era algo pasado que no terminaba de entrar al pasado.

Tendrá a partir de ahora una existencia entera y pasada; aunque tan del pasado como perenne en algún sentido, por aquello de Horacio que curiosamente va en el epígrafe de ese último número: ...non omnis moriar. No moriré del todo.

Y es verdad: en ese sentido que dice Horacio no morirá del todo.

Como es verdad que ya fue.

Es la diferencia entre el pretérito imperfecto y el pretérito perfecto.

No fue del pasado enteramente mientras no terminó de ser del todo, por decirlo de algún modo. Porque de algún modo seguía siendo, seguía in fieri, devenía.

Pero ahora, ya está.

Porque, al terminar de ser, entró triunfante al pasado veramente.




jueves, 2 de mayo de 2019

El druida, 5: un regalo (de aniversario)


No vaya a creer. Tiene su asunto "hacer una revista", por artesanal que sea.

Ya va a ver.

Para empezar, ahora sí con obsesión (que seguramente es rémora de la culpa por la incuria), un servidor revisó la edición que dejó nomás ayer. Y la corrigió, porque le halló aquí y allá esto y aquello. El resultado: rehacer y volver a editar. Y volver a "imprimir", es decir, a cambiar el original de ayer por el de hoy.

Ya está cumplido. De modo que la legión de entusiastas que se haya hecho de un ejemplar, si quiere puede cambiar una versión digital por otra, sin lágrima alguna. ¿Necesario? No, para nada. Conveniente, en todo caso.

http://www.mediafire.com/file/ehxkq8wkoe88sga/el_druida_5.pdf/file


Muy bien.

¿Y no debería hacer algo mejor? ¿Y si hiciera lo que no suelo con otras publicaciones propias de uno?

Una edición para imprimir, por ejemplo. Para imprimir-imprimir y que le quede un ejemplar corpóreo, uno "de veras".

¿Sí? ¿Habrá tantos lectores ansiosos de poder tener un ejemplar de papel? ¿Coleccionstas retro? ¿Fanáticos de El druida? ¿Nostálgicos? ¿Desocupados? ¿Curiosos?

Con uno, basta.

Un sólo par de ojos que quieran posarse benévolamente sobre esas páginas, una mano real que pase realmente las páginas, es suficiente. Para quien le habla, claro. Y no sólo.

Pero.

No vaya a creer. Tiene su asunto "hacer una revista", por artesanal que sea.

Entonces, y como un servicio de un servidor, permítame que le deje estas:

INSTRUCCIONES

1. Bajarse una copia del archivo en .pdf a través de la tapa que reza Edición para impresión. Está en esta entrada y quedará sobre las márgenes de la bitácora, junto a la edición para leer digitalmente.

2. Conseguirse al menos 12 hojas tamaño 28x22 mm (es decir, tamaño Carta), de 80 ó 90 gramos. Si se imprime en un local, debería bastar con 12. Si se hace completamente artesanal y en casa, conviene tener algunas más. Nadie es perfecto. Ni las máquinas.

3. Las hojas no deben ser blancas. Lo pide la tradición de El druida. Los coleccionistas notarán inmediatamente la diferencia. El color canónicamente aproximado, queda en esta muestra:


4. Lo primero que notará el artesano lector puesto a imprentero, al abrir el archivo para impresión, es que hay un aparente desorden en la numeración de las páginas de la revista. Pero ocurre que la numeración, en una edición para imprimir en formato libro o revista, debe seguir otro patrón. No querrá usted que le detalle la cuestión ahora. Valga la advertencia para que no se asuste. Lo que verá tiene su razón de ser.

5. Encontrará que en el archivo hay 24 páginas y que están en posición apaisada. Por arte de la impresión, al final se convertirán en solamente 12 hojas. Recuerde la terminología: 1 hoja son dos páginas, una del anverso y otra del reverso.

6. La impresión debe hacerse a doble faz. He allí la razón por la que conviene que el papel no sea menor a los 80 gramos: se trasluce lo impreso. Sin embargo, no debe usarse papel de más de 100 gramos porque hace difícil y desprolija la compaginación al final.

7. MODO DE IMPRIMIR.
Al imprimir a doble faz, debe seguir el siguiente orden: la página 1 del documento debe imprimirse con la 2, una en cada faz; la 3 con la 4; la 5 con la 6, y así sucesivamente:
1-2                    
3-4
5-6
7-8
9-10
11-12
13-14
15-16
17-18
19-20
21-22
23-24

8. Al terminar de imprimir, apile las hojas con la tapa en primer lugar y las hojas sucesivas después. Si tuvo éxito, las últimas dos páginas, las del final inferior de la pila, deben ser las 24 y 25. Serán las del medio de la revista. La "doble central", que se le dice.

9. Si llegó hasta allí, doble el conjunto por la mitad y ya tiene la revista.

10. En realidad, no todavía. Ese conjunto de hojas dobladas tiene un lomo. Hay que sellar la operación abrochando el conjunto por el lomo con dos ganchos. Se llama "acaballado".

11. Y ahora sí está  impreso El druida, 5. Y usted lo hizo posible. Es suyo.

12. A los interesados, aquí les queda el original para imprimir. Muchas gracias.


https://www.mediafire.com/file/8gx4rmhy01h4h6i/el_druida_5_impresi%F3n_..pdf/file