miércoles, 28 de septiembre de 2022

Los papeles de Miguel (IV)


¿En marcha?

La tarde se me fue en trabajos y escritos. Apenas una salida de unas dos horas para socorrer a un amigo que necesitaba transporte.

Cuando volví, ya oscuro, sobre la mesa estaba el misterio de Miguel en su ropaje de papeles. Una breve demora más para preparar algo caliente con que afrontar el asunto y, con cierta inquietud, me senté finalmente frente a lo que el viejo restaurador me había entregado a la mañana.

La señal que Miguel me dejó en la esquela trabajaba mi ánimo. ¿Debía ponerme en marcha en ese camino imaginario del que hablaba? ¿No era más prudente tomar el asunto como una excentricidad, tramada con unas cuantas metáforas o analogías? ¿Era imaginario o había efectivamente un camino real?

Y resultó que sí lo había.

Estuve un rato mirando lo que se suponía sería la tapa, si eso fuera efectivamente un libro. No había imágenes, sólo tipografía y el nombre de Miguel, además de un año al pie, que, curiosamente, no era el año en el que estábamos, pero en ese momento pensé que se trataba de un error de tipeo y no le di importancia.

La Advertencia al lector eran en realidad tres párrafos crípticos. Si pensaba introducir o guiar con eso la lectura, había fracasado. Eso, al menos, pensé cuando los leí y, ya algo impaciente por ese galimatías, apuré el paso y me fui a la primera página del texto. 

La primera cosa extraña que noté al mirar la página fue que, debajo del título, entre paréntesis y en bastardilla, había una leyenda que indicaba, con un tono que se me figuró algo imperativo, en qué lugar había que leer el poema en cuestión: ("para leer en..."). Tampoco allí faltaba el detalle críptico, porque, como vi después, cada título era el nombre de alguna flor o de algún árbol.

Otra vez sobrevino un cierto disgusto. Miguel se estaba tomando demasiadas atribuciones. Empecé a pasar las páginas rápidamente y en todos los poemas había una instrucción igual, aunque los lugares y la botánica cambiaban cada vez. En el repaso, advertí algo que la molestia de la primera página no me había dejado ver: no era sólo el lugar sino un punto determinado en ese lugar.

Cerré el cartapacio, en parte fastidiado pero de otra parte con una sensación confusa, mezcla de resistencia y obligación. Sobresalía una hoja y por instinto volví a abrir el cartapacio para acomodarla. Era la esquela de Miguel. Y, fantasiosamente, se me presentó como una señal. Como si Miguel me recordara de ese modo el contenido de la esquela y las dos frases subrayadas: siguiendo los caminos, se llega al final, pero que una vez tomado el camino, sólo queda llegar al final.

Tomé los papeles y los llevé al escritorio. Caminé como un autómata hasta el cuarto, busqué una campera y salí a la noche algo más que fresca. Durante bastante tiempo anduve al azar y sin rumbo, porque caminar me parecía que me alejaba sobre todo de una determinación: ¿me pondría en marcha o no?

Cada vez que lo pensaba sentía un rechazo visceral. Tal vez, muy probablemente, porque sentía que se me obligaba a algo que no había decidido por mi propia cuenta. Y no me gusta que me obliguen. Pero tal vez porque intuía muy borrosamente que mi participación en lo que consideraba un disparate tenía un sentido. Y esa era la verdadera obligación: cumplir el papel que aquella aventura pedía de mí.

Pasé sin advertirlo por la puerta de un pequeño bodegón. Lo habré registrado sin mirarlo porque, a los pocos pasos, me volví y entré. Busqué una mesa apartada y una obsequiosa señora de mediana edad se acercó a saludarme y ofrecerme la carta.

Mientras hacía que la leía (debe de haber advertido mi distracción): "Esta noche hay sorrentinos con crema de hongos", dijo con una sonrisa afable y sincera y asintió animándome a hacer lo mismo.

Pedí una copa de vino y comí ensimismado, solo distraído por la mujer que otras dos veces se acercó a la mesa. Siempre algo ido, pagué y volví a caminar un rato ahora por las calles vacías de la casi medianoche.

Cuando llegué a casa, siempre automáticamente, busqué el bolso de viaje y lo dejé junto a la silla. Lo miré meneando la cabeza en un gesto todavía de incredulidad y me dispuse a acostarme. Apenas unos minutos y me dormí. Pero en esos minutos alcancé a tener la imagen de estar manejando por una ruta rumbo a un punto desconocido de un lugar en medio de la provincia.

(continúa)