domingo, 30 de septiembre de 2018

Miguel


Tarde de llovizna.

En días así, leer sonetos es lo que corresponde.

Me zambullí en la Biblioteca que ya mencioné hace poco y busqué a Miguel Hernández.

Y lo encontré.

Lo presenta así micer Ramón García González, el compilador, con alguna nota de protesta levemente irónica:
MIGUEL HERNÁNDEZ
Orihuela. (Alicante) 1.910 - Alicante. 1.942

Transcurre su infancia en un ambiente campesino. En 1.934 se marcha a Madrid y sin tener el apoyo que merecía por parte de la Generación del 27, en aquellos momentos en plena actualidad, sólo la amistad de Pablo Neruda, le proporciona un empleo en la obra de José María Cossío, "Los Toros" como colaborador.

Silenciado en la época franquista, tampoco es valorado en toda su dimensión en los años actuales, ni por parte de España ni especialmente por la Comunidad Valenciana, seguramente el mejor escritor en lengua castellana de poesía de estos lares. Su biografía, sí es divulgada en varias ocasiones.
Y así fue como empecé a recorrer 30 páginas de sonetos del alicantino, a cual mejor. Pero no me bastó y me las copié en un aparte, para hacer una antología y dejarla aquí para uso de los degustadores de sonetos. No se van a arrepentir. Cuando termine de adecentar el documento, tendrán el aviso.

Un adelanto.
Fuera menos penado si no fuera
nardo tu tez para mi vista, nardo,
cardo tu piel para mi tacto, cardo,
tuera tu voz para mi oído, tuera.
Tuera es tu voz para mi oído, tuera,
y ardo en tu voz y en tu alrededor ardo,
y tardo a arder lo que a ofrecerte tardo
miera, mi voz para la tuya miera.
Zarza es tu mano si la tiendo, zarza,
ola tu cuerpo si lo alcanzo, ola,
cerca una vez, pero un millar no cerca.
Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
sola como un suspiro y un ay, sola,
terca en su error y en su desgracia terca.


A María Santísima

(En el Misterio de la Encarnación)

Hecho de palma, soledad de huerta
afirmada por tapia y cerradura
amaneció la Flor de la criatura,
¡qué mucho virginal!, ¡qué nada tuerta!
Ventana para el Sol, ¡qué solo!, abierta:
sin alterar la vidriera pura
la Luz pasó el umbral de la clausura
y no forzó ni el sello de la puerta.
Justo anillo su vientre de Lo Justo,
quedó, como antes, virgen retraimiento,
abultándole Dios seno y ombligo.
No se abrió para abrirse: dio en un susto,
(nueve meses sustento del Sustento),
honor al barro y a la paja trigo.



10 razones


Encontré un escrito de 1999.

Fue preparado para un homenaje que se le hizo al P. Castellani en San Luis. Vi que en ese mismo año fue leído también en otro homenaje que, en Buenos Aires, le hizo la Sociedad Argentina de Escritores, la SADE. Todo por el centenario de su nacimiento.

Ahora bien. En el escrito hay una nota que dice que esas páginas hacen las veces de Prólogo a una edición de Decíamos ayer..., cosa que me llama la atención. No recuerdo eso, ni recuerdo una edición de esa obra de Castellani, como no fuera la de Sudestada del año 1968. Lo cual parece querer decir que alguien la pidió a esos efectos para una nueva edición, pero no lo sé.

Y vaya uno a saber qué significa eso. Misterio.

Queda aquí.


¿Habrá 10 razones para seguir leyendo a Leonardo Castellani?




sábado, 29 de septiembre de 2018

Adet


En la Biblioteca del Soneto que mentaba días atrás, encontré hoy de pasada dos sonetos del salteño Walter Adet (1931-1992).

Además de parecerme buenos los textos, me vino con ellos el recuerdo de Polito -tenía admiración y afecto por el poeta-, a quien también nombré en estos días.

Creo que era de esos amigos que cosechaba Polo.

Madre

Mi madre, enferma en su bastón raído,
se demora y ausculta en la penumbra
si la vajilla del hogar relumbra
y si estoy bien tapado y ya dormido.
Abre la puerta sin hacerme ruido
y con la última lámpara que alumbra
a media luz mi corazón columbra
un jirón de mortaja en su vestido.
Porque madruga cada vez más vieja
en su trajín de remendar el cielo
con un hilo de su alma destejida.
Y yo siento que todo se me aleja,
que no sé darle ni un fugaz consuelo
entre tanto recuerdo que la olvida.


Esta gente

Esta gente del valle, Pancho Flores,
Silvestre Mamaní, Julián Viveros,
que va diciendo a pulso los senderos
mientras se olvida de contar dolores.
Y que se queda sola, sin amores,
alucinada frente a los yesqueros
donde el ocaso, por los vientos fieros,
alumbra sus viejísimos temores.
Esta gente que va por serventías
creciendo lentamente los percheles,
está soñando con alguna aurora.
Y aunque nada le resta de los días,
ella me da su mundo de laureles
en la baguala que en sus ojos llora.




Curiosidad sin gloria


Apenas en algunas pocas ocasiones tuve que hablar sobre la educación. Recuerdo algunas de las que no guardé más que apuntes someros. Los géneros literarios y las edades de la vida fue un caso; otro, unas palabras sobre comprensión lectora y los resultados escolares, hace no tanto.

Pero algunas otras ocasiones rescaté. Una de ellas fue en un simposio, en 1994. Dejo una versión apenas ampliada de la original que, en cualquier caso, se llamó Excelencia sin gloria.

Otra surgió leyendo un trabajo, para el tiempo en el que oficiaba de lector de originales en una editorial universitaria. Aquel original no estaba dedicado a esos asuntos sino a la exposición de ciertas virtudes, pero parte del enfoque me pareció que valía también y quizá más propiamente para hablar de  educación.

Con ese propósito, comenté un pasaje del Martín Fierro, a la luz principalmente de santo Tomás de Aquino y lo expuse en uno de los encuentros universitarios de Mendoza, hace unos pocos años.

La educación del hombre: saber saber.






viernes, 28 de septiembre de 2018

Lo que está mal


La primera vez, en esta bitácora y que recuerde, fue en 2007. Lo repetí en 2016. Y todo eso venía a su vez de una cita de la Aproximación a Chesterton que a un servidor le publicó EDUCA en 1996.

Dirá no sin algo de razón que no sólo me repito sino que me autoreferencio.

Pero no mire el dedo que señala. Al que hay que mirar es a Chesterton, que hace casi 120 años acertó con la descripción de la hipocresía de izquierda tanto como la del capitalismo.

En cada uno de aquellos años hubo gobiernos distintos en el país de los argentinos. Y sin embargo la cita de Chesterton se aplica, igual de oportuna y verdadera en cada caso.

Entonces no me preocupa la repetición: lo seguiré repitiendo.

Porque lo que está mal, está mal.

En 1910, (G. K. Chesterton) en What's Wrong with the World?, hablaba de la propiedad, asunto que importa por demás a los dos antagonistas, capitalistas y socialistas.
    La propiedad es, escuetamente, el arte de la democracia. Significa que cada hombre debería poseer algo que él puede modelar a su imagen y semejanza, como él mismo está modelado a imagen y semejanza de Dios. Y porque él no es Dios, sino una imagen esculpida de Dios, sus propias expresiones deben operar dentro de límites, dentro de límites rigurosos y aun estrechos.

    Me doy perfecta cuenta de que la palabra "propiedad" ha sido contaminada en nuestro tiempo por la corrupción de los grandes capitalistas. Si se escuchara lo que se dice, resultaría que los Rotschilds y los Rockefeller son partidarios de la propiedad. Pero es obvio que son sus enemigos, porque son enemigos de sus limitaciones. No desean su propia tierra, sino la ajena. Cuando sacan el mojón del vecino, sacan también el propio. El hombre que ama una pequeña parcela triangular debería amarla porque es triangular; cualquiera que le altere la forma es un ladrón que le ha robado el triángulo. El hombre que sienta la verdadera poesía de la posesión desea ver la pared donde su jardín se encuentra con el de Smith, el cerco donde su granja se encuentra con la de Brown. No podrá ver la forma de su propia tierra hasta que no vea los linderos de la de su vecino. Resulta la negación de la propiedad que el duque de Sutherland tenga todas las granjas de su condado, como sería la negación del matrimonio que tuviera todas nuestras esposas en un harén...
Cuenta, poco más adelante, la historia de su nunca abandonado hombre común -"llamémosle Jones"- que
siempre ha deseado las cosas divinamente ordinarias; se ha casado por amor, ha elegido o edificado una casita que le va como anillo al dedo; está listo para ser abuelo y patriarca del lugar. Y precisamente cuando a eso se encamina, algo comienza a andar mal. Alguna tiranía personal o política repentinamente lo desaloja del hogar y tiene que sentarse en el cordón de la vereda.
Ahora se lo disputan el socialismo y el capitalismo. Ambos lo quieren en la vereda. Lo quieren en la calle, que unos llamarán la "vía del progreso y de la civilización" y otros "el escenario de la lucha". Irá a la fábrica, será esclavo del salario y del empleo porque le han dicho que así se construye la gran gesta de la economía. Otros, en la vereda de enfrente, una vez que es esclavo, le explicarán que
por fin se ha metido en la vida real de las empresas económicas; su lucha con el propietario será la única cosa de la cual, en el sublime futuro, sobrevendrá la riqueza de los pueblos...
En este caso, está en las manos de la
república socialista, igualitaria, científica, poseída por el Estado y gobernada por funcionarios públicos. En una palabra, la comunidad del sublime futuro.
Futuro, claro, sólo en apariencia comunitario, mas claramente individualista en la medida que sea verdaderamente carne de esa revolución, la revolución del progreso y el bienestar o la de la sociedad sin clases de ninguna clase.

En ese futuro vivirá solo, pues lo han apartado de su familia y de su ámbito natural, para vivir hacinado -y en el mejor de los casos engordado como un ganso, un pavo, un chancho...- en manos de su protectores. Protectores que podrán ser capitalistas o socialistas, pero siempre pertenecerán a la misma clase de hombres, aquellos que practican
la gran herejía moderna de alterar el alma del hombre para adecuarse a sus condiciones de vida en vez de alterar sus condiciones de vida para adecuarse a su alma.
En el fondo de su corazón, el hombre común atiborrado de mensajes contradictorios, despersonalizado, todavía tiene como un eco de angustia. El no sabe de dónde le viene -y hoy menos que en 1910- esa desazón. ¿Por qué, parece preguntarse Jones, estoy tan mal si estoy arañando la prosperidad del futuro que me prometieron? ¿Por qué, dirá nuestro Jones del tercer milenio, me deprimo y no le encuentro ni sabor ni finalidad a la vida? Una vida tan llena de regalos, de prosperidades, de promesas y felicidades...
Hay, sin embargo, signos de que el incomprensivo Jones todavía sueña de noche con su vieja fantasía de tener un hogar formal. Pedía tan poco y le ofrecieron tanto...Lo querían sobornar con un universo y con grandes sistemas, le ofrecieron el Edén y la Nueva Jerusalén y él sólo quería una casa. Pero la casa, se la negaron.





Global


Por más que camino pacientemente por los pasillos de la memoria, no llego a recordar la razón por la cual elegí el tema de unas palabras que dije en el Centro San Roberto Belarmino de Buenos Aires.

Algunas veces fui invitado a hablar allí, en unas tertulias que organizaban, y sé que en dos ocasiones fue sobre Chesterton y Castellani.

Pero qué hizo que eligiera el asunto que dejo ahora más abajo, es difícil saberlo. Y no es que, tratando sobre esas cuestiones, estuviera lejos de casa. De hecho, el tema tiene vertientes tanto políticas como culturales y hasta escatológicas, barrios por los que todavía hoy suelo andar. Pero por qué esta vez no lo sé.

Como haya sido, aquí queda el escrito, mientras espero la respuesta.



La república universal.





jueves, 27 de septiembre de 2018

Gracias


Préstele usted atención a estas palabras entusiastas:

Todos los sonetos que figuran en esta “Biblioteca del Soneto” han sido el resultado de más de cincuenta años de trabajo de investigación sobre el tema. Cuando comencé esta Biblioteca del Soneto tuvieron conocimiento de ella los poetas al uso en la España de los cincuenta y sobre todos Gerardo Diego, que me animaron en esta incipiente empresa. Por poner un ejemplo sobre Lope de Vega apenas se conocían por entonces trescientos  escasos sonetos, reunidos entre el mismo Gerardo Diego en 1.953 y anteriormente en una publicación conmemorativa del centenario sobre Lope en el año 1.935 de Luis Guarner con quien más tarde, por los años setenta tuve ocasión de hablar sobre el tema en Valencia, donde yo vivía por moti vos profesionales, la obra fue siempre bien acogida por los maestros de la poesía y sobre todo del soneto. Hoy en el caso de Lope de Vega mi Biblioteca ha registrado más de mil cuatrocientos sonetos de dicho autor.
Desde los primeros sonetos copiados en mis cuadernos a golpe de pluma, a los últimos pasados en mi ordenador, de los originales, ediciones o antologías, a los últimos encontrados en Internet. Todos ellos han sido pasados endecasílabo a endecasílabo, o en algunos casos alejandrino a alejandrino, con el fin de que todos tengan la perfección que el Soneto exige. La mayoría de las veces los errores encontrados, han sido más producto de los transcriptores que de los autores. Mi condición de “Corrector de Sonetos”, me ha servido para poner en orden el conjunto de muchos sonetos y darle la forma correcta.

Ejemplos de estos errores son: Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Medrano y muchos de los poetas actuales, poetas que por su condición de sonetistas perfectos eran incapaces de escribir un solo endecasílabo que no tuviera la condición de tal. El error siempre está en las personas encargadas de copiar de los originales, que enmendaron, seguramente sin querer, el verso perfecto de el autor.

Esta “Biblioteca del Soneto” tiene la misión de divulgar si ánimo de ningún lucro uno de los más grandes tesoros de nuestra poesía: El Soneto. Para ello he contado con la “Biblioteca Miguel de Cervantes” como editores de mi proyecto. Y como estimo que dentro de Internet, es la difusora cultural más importante del mundo de habla hispana, me siento honradísimo de colaborar con dicho proyecto universal.

Es la introducción a un trabajo ingente (tiene 1306 páginas, figúrese...) que el señor Ramón García González realizó y que está alojado desde 2007 en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes; hace tiempo obtuve la obra en formato .pdf porque me pareció interesante. Siendo, como es un servidor, admirador de sonetistas, ese trabajo tenía por fuerza que parecerme apetitoso. Cualquier interesado puede bajarla de allí.

Y con esto ya tiene usted todos los datos que necesita para seguir adelante.

Bien al comienzo de esta bitácora cite unos versos de un poeta cancioneril de la España de los Reyes Católicos, don Juan Álvarez Gato. De hecho, fue la primera entrada.

Pues bien.


Después de un día agitado, hoy mismo, me puse a mirar unos papeles y yendo de una cosa en otra fui a hurgar la versión digital de aquella Biblioteca del Soneto. No me lo crea, pero descanso leyendo poesía.

Quiso la fortuna que fuera a dar a la página que micer García González dedica a don Juan Álvarez Gato a quien le atribuye un soneto, cosa que me llamó la atención porque es más o menos averiguado, creo, que la poesía cancioneril difícilmente incluya ese tipo de composiones. Para corroborarlo puede verse su Cancionero, aquí.

Más me llamó la atención cuando leí el soneto que le atribuían a Álvarez Gato en la página 675 de la Biblioteca. Cualquiera que conozca a su servidor sabe que jamás recuerdo sin esfuerzo cosas que haya escrito y menos en verso. Pero esta vez me pareció familiar cierto decir, ciertas palabras, giros, modos.


Mordido por la curiosidad, me llevó un tiempo salir de la duda pero al cabo acerté a llegar al Soneto en cuestión, que era, como me temía, efectivamente obra de mis manos.

Ocurre que un par de años después de iniciada esta bitácora compuse un soneto que publiqué primero aquí y que después fue a dar a 140 Poemas, mi primer libro de versos publicado. Era del jueves 17 de noviembre de 2005 y está en la página 76 de dicho libro.



No tengo que enojarme por eso. Al contrario, lo agradezco.  Porque parafraseando a Manuel Machado y a Yupanqui, llegar a ser una obra propia tan universal que cualquiera puede atribuirla a cualquiera -y más al insigne poeta español- hasta que sea de todos y de nadie, lejos de ser una ofensa es una galantería inconmensurable.




¿Si voy a revisar la Biblioteca entera para ver si hay más "hallazgos"?

De ninguna manera.

¿Y perderme así la sorpresa simpática que nos da el verdadero hallazgo? Nones.




Wast


A poco de nacer un servidor, la familia se instaló un año en el norte de Córdoba. Durante los siguientes casi 20 años, los veranos en parte se llamaron Córdoba. Y las sierras.

Para cuando en mi adolescencia leí Desierto de piedra y Flor de Durazno, ya sabía qué color y qué sabor tenían aquellos paisajes. Y eso fue de algún modo lo que hizo que guardara de esas novelas un recuerdo duradero. Todo ocurría en una patria chica que había sido mía, una Arcadia -diría Evelyn Waugh- en la que también yo había vivido.

En aquellos años fui lector esporádico de Hugo Wast. Había tanto para leer que dedicarse a un solo autor no parecía razonable. Y nunca lo es, diría. Lo cierto es que -cosa mía- siempre consideré a Wast un autor de libros para leer. No para hablar de ellos, y, de hecho, nunca había hablado de él.

Hasta que un día, hace unos pocos años, me invitaron a un homenaje que organizaron en el pueblo, por el aniversario de la muerte del escritor cordobés.

Y allí fui con estas páginas que dejo aquí ahora.


Hugo Wast: el Arte y la Fe.




miércoles, 26 de septiembre de 2018

Dulcinea


Árboles, yerbas y plantas
que en aqueste sitio estáis,
tan altos, verdes y tantas,
si de mi mal no os holgáis,
escuchad mis quejas santas.
Mi dolor no os alborote,
aunque más terrible sea,
pues por pagaros escote
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Es aquí el lugar adonde
el amador más leal
de su señora se esconde,
y ha venido a tanto mal
sin saber cómo o por dónde.
Tráele amor al estricote,
que es de muy mala ralea;
y, así, hasta henchir un pipote,
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Buscando las aventuras
por entre las duras peñas,
maldiciendo entrañas duras,
que entre riscos y entre breñas
halla el triste desventuras,
hirióle amor con su azote,
no con su blanda correa,
y en tocándole el cogote
aquí lloró don Quijote
ausencias de Dulcinea
del Toboso.

Estos versos están en el capítulo 26 de la primera parte de El Quijote, la de 1605.

Revisando papeles que ya vendrán a parar aquí, vi que a estos versos hay quienes los consideran tan afinados en la técnica como chuscos y hasta casi irónicos. Principalmente por cierta rima en -ote, que sonaría ridícula a primera vista. Como si fuera una parodia que degrada el asunto que trata: el amor de Alonso Quijano por Dulcinea.

Y digo mal: no es Alonso Quijano, es Don Quijote. Y eso en parte explica, materialmente al menos, que la rima cuestionable sea en -ote.

Creo que entiendo lo que se dice cuando se tacha a esos versos de paródicos. Pero lo que no entiendo es cómo no se advierte a la vez que toda la obra lo es. Todo en Don Quijote es una verdad oculta detrás de una parodia. Por fuerza Cervantes quiso que su personaje tuviera ese aire ridículo.

Y mantuvo la identidad de su ridiculez casi todo a lo largo y ancho de la obra. Pero esa ridiculez es en realidad la parodia de los que descreen en la caballería verdadera, que Quijote representa para escándalo de un mundo que ya no consiente que personajes así anden sueltos.

Es algo extraño el argumento pero lo que quiero decir es que Cervantes, de alguna manera, se las ingenió para componer un personaje según los ojos de los sensatos de este mundo, y logró exponer lo lamentable de esa sensatez mundana, haciendo amable al caballero desquiciado, supuesta parodia de la caballería. Algunos siglos después, Chesterton haría algo parecido con personajes de su invención como Auberon Quinn, Adam Wayne, Gabriel Gale, Inocencio Smith y hasta el propio Padre Brown.

Yo no me apuraría a calificar los versos de amor a Dulcinea.

Porque parece que Quijote sabe bien que Dulcinea es la basta Aldonza Lorenzo campesina. Y las rimas que le aplica allí creo que lo muestran veladamente.

Cuando haya cumplido su propósito transfigurador ante los ojos de un mundo que lo menosprecia, Quijote -y todo su mundo, para nada mundano, Aldonza incluída- volverá a ese lugar de La Mancha, del que salió tres veces y ninguna, porque allí estaba su quicio, su hogar y su cordura, más sensata que la mundana.

Que su heredero sea Sancho Panza, diría que es prueba de lo mismo: un hombre común que -bajo la mirada transfiguradora de su caballero- ya no será más un simple palurdo.






Aragón


Lo mencioné últimamente y recordé unas páginas que se publicaron en la revista Bueyes Perdidos, en 2008. Hacía poco que también él se había ido para el silencio, como diría Yupanqui.

Aragón o la poesía


Hilvané allí, en su homenaje, episodios que la memoria personal se niega a olvidar, por gratitud.




martes, 25 de septiembre de 2018

Cosas del agua


Ya anduvo por este sitio -aunque incompleta- la mención de una batalla naval que tenía un tono zumbón de épica lírica, a propósito de una topada entre Marechal y Lugones, a fines de la década de 1920.

De poetas y nautas se tituló una nota breve que se compuso ad hoc, para cuando Juan Luis Gallardo dirigía una revista naval, a fines del siglo pasado. Él me pidió algún escrito y fue el que ahora queda aquí en su versión completa.

*   *   *

Y hablando de Lugones, tengo que anotar que su muerte cumplió 80 años este año. Entre las cosas más atinadas que leí sobre él, está una obrita breve (130 páginas) del P. Castellani que, como ya dije alguna vez por aquí, creo que lo entendió mejor que Borges, que publicó la suya, breve también (unas 100 páginas). Y mire usted cómo un cura ha entendido a un suicida mejor que un escéptico...

Hay menciones de él y recuerdos de su poesía a lo largo de esta bitácora. Y con razón. Fue Raúl Aragón, el tucumano insigne, el que me enseñó a gustar de su obra hace ya más de 40 años.

En la entrada anterior hay un homenaje en su memoria, casi a su modo.




Calandria


A Leopoldo Lugones
In memoriam

Viento del sur. La mañana
tirita dormida y llega
al cielo donde ya juega
una calandria temprana.
Sobre una loma lozana
desgañita su berrinche
y siembra con su bochinche
de notas el campo entero,
mientras el grito de un tero
afina como compinche.

Deja la garza el bañado,
y sobre el junco, rasante,
despunta su vuelo amante,
blancamente, y desusado.
El cielo vierte a su lado
toda su trama de tul
enhebrada con azul,
hasta llenar el espacio
la paleta de topacio
y una gracia de huemul.

Su cofia de trebolillo
luce la loma y oronda
ya cubre el suelo en su onda,
al son azul del cuclillo.
Veteada, luce el sencillo
sabor de la manzanilla,
que en pincelada amarilla
hace del suelo un dorado
amanecer concertado
con la calandria que chilla.



lunes, 24 de septiembre de 2018

Cicerone (y III)


Como dije, el pedido de Fr. Horacio fue curioso, en cualquier caso.

Venía con addenda de otros pedidos: dar unas conferencias en San Miguel de Tucumán, creo que como marco de la presentación. Recuerdo ahora que hubo algo más: una plática a los monjes, cosa que un servidor tuvo que afrontar con temor y temblor. Hablamos sobre la belleza. Otro día, con alumnos de un colegio secundario, hablamos de la importancia de Martín Fierro, como modelo.

Además de la presentación, se habló de la influencia del Movimiento de Oxford y, en otra ocasión, de autores argentinos, con lo que se completó el ciclo.

Entre otras fuentes, y además de la recopilación de la revista Newmaniana, hay un trabajo de S. Randle (una explicación del Movimiento para argentinos) que solventa sobradamente el asunto y que tuve a la vista para preparar mis apuntes, en los que solamente hice una ubicación muy somera del Movimiento, cosa que se verá fácilmente, porque mi propósito era mostrar su influencia en G. K. Chesterton y en C. S. Lewis. El centro de la cuestión eran las notas del clima cultural que el cardenal Newman, entre otros, había promovido en Inglaterra. Dicho esto, queda la advertencia de que en buena medida son precisamente apuntes, que sirvieron de soporte a una exposición más oral que escrita. 

En la presentación, además de hablar de la obra, extendí la influencia del clima generado por el Movimiento a J. R. R. Tolkien, formado en el Oratorio de Birmingham bajo la tutela del Padre Francis Osborne, como todo el mundo sabe. Agregué algunas reflexiones sobre la palabra y la belleza, que trasladé de otros trabajos sobre esos asuntos, porque me pareció que se aplicaban al caso, en la misma perspectiva de la obra de Fr. Horacio.


Al amparo de la bitácora, quedan los dos escritos.

Apuntes sobre la influencia del Movimiento de Oxford.

Presentación de El árbol y las hojas, de Fr. Horacio Ibáñez Hlawaczeck.





domingo, 23 de septiembre de 2018

Cicerone (II)


Lo que decía sobre las presentaciones vale en parte para los prólogos. Y menos o nada para las recensiones, porque es diferente comentar una obra a tener que arroparla antes de que el lector la vea.

Acumulo aquí unas pocas piezas de ambas cosas.

Y recuerdo ahora algo que había olvidado por completo: en un tiempo -más de 25 años atrás- escribía recensiones para la sección cultural del diario La Nueva Provincia, de Bahía Blanca. No guardo memoria de cuáles eran aquellos libros. Menos aún copia de esos escritos, el archivo del diario los tendrá, supongo. Hacía lo mismo en algunos programas de radio. En un tiempo, en radio Argentina, en un programa que conducía Juan Luis Gallardo, hacía de escudero de Roque Raúl Aragón, el insigne tucumano. Alguna vez, de tanto en tanto, lo suplía en las recensiones-sin alcanzar su destreza, claro- o comentaba estrenos de cine. Corriendo el tiempo, tuvimos un programa con Juan Martín Devoto en la por entonces radio Excelsior, una vez por semana, los lunes de las 12 de la noche a las 5 de la mañana; también allí había algo de comentarios librescos, entre otras cosas. Trasmisión oral.

Como haya sido, todo eso queda inhallable, para mí al menos. Salvo por la memoria, que se activó colectando estas piezas.


Campanas de Tierra y Cielo, Antonio Caponnetto (recensión)




Creo que el caso más curioso en estos registros, fue la presentación de un libro de un fraile dominico, Fr. Horacio Augusto Ibáñez Hlawaczek. Me invitó a presentar su obra sin que nos conociéramos, con más unas líneas para la contratapa del libro, inclusive.

El árbol y las hojas. J.R.R. Tolkien: Una estética lingüística, es una investigación exhaustiva sobre el autor de El Señor de los Anillos que publicó Vórtice junto con la editorial de la UNSTA. Ya veré de ampararla aquí.

Fue en Tucumán, para octubre del 2013. Todavía estaban en flor los tarcos tucumanos, nuestro jacarandá del llano, y los lapachos en sus tres colores.






sábado, 22 de septiembre de 2018

Polito rojinegro


A unos papeles siguen otros y es raro cómo aparecen sin avisar cosas que nos significan algo entrañable.

Es el caso de Polito, o Polo, según la ocasión.

Un hombre pequeño y común. Y sin embargo...

El pueblo se recuesta sobre vías del ferrocarril. Y él era por antonomasia un vendedor de libros en los trenes. Un ciruja de la cultura, como solía decir, poniéndole tasa a su labor, que para nada era insignificante.

Salteño a rajatabla, dueño y señor de una vida azarosa, de ajedrecista consumado hasta hacedor de versos (que llegó a publicar en un libro en sus últimos años), Polo tenía amigos de toda laya y rango. Valga decir que lo lloraron poetas y cantores salteños reconocidos, de Eduardo Falú para abajo, así como sus pares de la venta callejera. Y piensa uno que no podría haber distancia mayor entre un afable vendedor ambulante y los artistas de renombre. Y sin embargo...

Lo de Polito viene de Hipólito, segundo nombre que su padre, radical como él mismo, quiso que llevara. Lo de rojinegro viene de los colores del club Libertad de Salta, en el que jugó al futbol con talento en su juventud, antes de irse una temporada a jugar a Chile, allá por 1950. Y con esos colores le gustaba firmar. Y hasta ese nombre Libertad le puso a una de sus hijas. Mire que hay que ser consecuente...

A su muerte, una custodia de Gauchos de Güemes acompañó su entierro en un cementerio inhóspito, una mañana fría. Una conocida coplista y bagualera de su tierra, lo despidió con una oración lírica y conmovedora, dicha en aire de baguala.

No quiero hacer un recuento de nuestra amistad, de la que yo salí beneficiado.

Sólo quiero dejar en esta bitácora un discurso que me pidieron el día en que el municipio de mi pago lo homenajeó, al año de su muerte, en una plaza que está frente a la estación del ferrocarril, el lugar del que Polito hizo su segundo hogar, si no el primero.

Homenaje y celebración a Polo rojinegro, también apareció ordenando papeles.

Me dio tanta alegría como nostalgia. A él lo tengo siempre presente. Y este recuerdo merece un lugar aquí, sobradamente.





viernes, 21 de septiembre de 2018

Hoy


El paso lento, y lenta la mirada,
camina al filo de la primavera;
en vilo el corazón y la voz muda
y atenta: hay un murmullo de zorzales.
Mañana de jazmines, sol benigno,
el viento dulce entre la hierba tibia
como una mano que acaricia el aire;
la sombra de la tarde, el cielo claro.
Pasa en su luz de azahar el limonero,
tímidamente pasan golondrinas,
y abejas pasan a un festín de polen.
En cada hoja hay un silencio de oro
cuando la noche silba su llegada
con gloria, en el poniente de este día.




jueves, 20 de septiembre de 2018

Cicerone


La presentación de obras de otros: todo un asunto. Por no decir que a veces es un asunto peligroso.

Aquí dejo ocasiones en que me tocó hacer de maestro de ceremonias y guiar a los lectores a través de obras ajenas (si casi ni puedo guiarlos por las propias, figúrese usted...)

Una de esas veces, presentando un libro del P. Alfredo Sáenz, ocurrió que, al terminar mi espiche, el autor, que estaba a mi derecha, sonrió y dijo: "Estoy sorprendido... No sabía que había escrito eso...".

La frase, un aguijón cordial y bifronte, dice claramente qué peligros corre el presentador. Pero, a la vez, dice a mi sabor también otra cosa: no está del todo justificada la necesidad de las presentaciones (casi como la de los prólogos...)

Los libros -especialmente los libros de autores ya conocidos- creo que se presentan solos. Si acaso tienen un prólogo, con lo que hay una puerta más que atravesar para llegar a la obra. O tal vez tengan la ventana de una contratapa en la que suele haber algún atisbo de lo que hay dentro. O una solapa. En fin, una lista de pasos fronterizos que hay que sortear para llegar al país de la obra misma. Llámenlo minimalismo, si gustan. Pero tal vez al libro le venga bien una dieta, si quiere mantener la figura...

La presentación puede ser un encuentro social, puede ser una ocasión política o el marco de una manifestación cultural. Hasta puede tener el mero motivo comercial: ocasión para vender ejemplares. En cualquier caso, diría, pertenece al arte de la retórica. Y allí, de entre las clases de discursos, pertenece a mi juicio al género epidíctico más bien, en el que se encomia lo virtuoso y se censura lo vicioso. Y en esto segundo está uno de los problemas para el presentador, que habitualmente entiende que debe soslayar los defectos, tratando de ser al menos cortés. Conozco, sin embargo, casos en los que el presentador se creyó en la obligación de hacer una crítica acerva con las consiguientes secuelas de murmullos y resentimientos cruzados. No es frecuente, claro.

Con todo y eso, rescaté para dejar en la bitácora al menos estas veces de un tópico que, mientras he podido, he evitado.


Aproximación a C. S. Lewis, de Jorge N. Ferro; Aproximación a la Postmodernidad, de Aníbal D'Angelo Rodríguez

La Catedral y el Alcázar: Santo Toribio de Mogrovejo y Antonio de Oliveira Salazar, del
P. Alfredo Sáenz, sj

Leyendo los Cuartetos de Eliot, de Inés de Cassagne

Recepción y Discernimiento de textos literarios y temas humanísticos, de Inés de Cassagne

El Héroe en la obra de Saint-Exupéry, de Oscar Tokumura





miércoles, 19 de septiembre de 2018

El Galpón


Alrededor de fines del siglo pasado y comienzos del XXI, había en el pueblo un lugar de esos que suelen llamarse centro cultural, aunque era bastante más, hasta con publicación y todo que circulaba en parte para difundir las actividades, en parte para sacarse el gusto de escribir. Recuerdo ahora que la dirigió Ignacio Anzoátegui...

Funcionaba en un pequeño cine-teatro con adyacencias que había sido parte de unos grandes estudios cinematográficos que hubo aquí durante una parte del siglo XX, y que al fin había quedado como atrapado por casas de barrio.

Como estuvo en desuso por mucho tiempo, El Galpón de Bella Vista fue el nombre que mejor le cuadró. Y así se llamó el lugar y la breve revista que allí se hacía. Un día hubo que abandonar las instalaciones, que volvieron al desuso. Ya hace años que todo aquello terminó siendo un buen recuerdo.

Lo que no hace demasiado se volvió un espantoso gimnasio, supo ser en sus buenos tiempos sitio de música, algo de teatro, artes plásticas y sobre todo charlas y tertulias, que incluían comidas y copiosas bebidas, porque las adyacencias tenían una bonita barra de bar que vestía el pequeño salón de manera muy simpática, cálida y cordial. No se creería la cantidad de gente que solía juntarse, amigos casi todos (pero no todos), familias enteras, con niños incluídos en ocasiones.

Tampoco se creería la cantidad de temas que en aquellos días se ventilaron. Algunas veces me tocó hablar allí. Recordé en esta bitácora hace poco el Mayo del '68 francés, asunto que dije precisamente en una de aquellas tertulias.

Ahora vine a dar con otros dos papeles, más bien diría humorísticos, que se me ocurre que debo conservar.

Y eso hago. 


En Pucherito de gallina. se habló de letras de tangos.


Por qué prefiero a los que prefieren alguna cosa. fue un juego de palabras, aunque no tanto...





martes, 18 de septiembre de 2018

Anzoátegui


Casi al mismo tiempo que moría Ignacio Braulio Anzoátegui, en 1978, conocí a Ignacio hijo. Al padre no tuve ocasión de tratarlo, del hijo fui amigo (y por esas cosas de la vida, terminamos emparentados). Uno era más bien Braulio, el otro más bien Ignacio.

Por 1983, con Jorge N. Ferro, compusimos una antología de la obra de Braulio, que fue un trabajo ameno y para nada gravoso. Ignacio ayudó mucho. 

Braulio e Ignacio, su hijo mayor, creo que se parecían poco. Personalidades diferentes, diría.

En parte hicieron la misma cosa, componer versos. Pero Ignacio se dedicó más bien al arte en general: canciones y pintura, creo que fueron sus disciplinas preferidas.

Braulio tenía una inclinación política mayor que la de Ignacio, y era evidente en su obra de ensayista y poeta. Sin embargo, no diría que "usó" su talento literario. Era talentoso y se le notaba, hablara de política o no.

Como fuere, creo que señorío es un término que puede aplicarse a ambos, más allá de sus diferencias notables. Y ambos tenían señorío también en sus formas de decir, una de las cosas que hay que extrañar en tiempos ramplones.

Supe que cuando principió la Academia Argentina del Folclore, en 2007, Ignacio, que fue miembro y vocal, dijo, entre otras cosas: "Lo que aquí nos reúne es el amor. El verdadero, el limpio, el diáfano amor por la Patria. El color y el olor de la Patria. Las palabras y las músicas que la integran y que llenan nuestro corazón desde siempre, desde el principio, desde el origen. Es nuestra tarea conocer y divulgar el patrimonio que tenemos en las manos y en la sangre".


De Braulio me tocó hablar en algunas oportunidades. Dos recuerdo y conservé.

Ignacio B. Anzoátegui y la Hispanidad.

Anzóategui y la belleza de la Patria


De Ignacio escribí en dos ocasiones. Una recensión de un libro que recopilaba los versos de sus canciones y una despedida evocadora, cuando murió en 2009.Conservé ambas cosas. Y la constancia en la memoria de que mantuvimos innúmeras conversaciones, que no hay modo de representar en palabras, pero que son un recuerdo feliz.

Las palabras de mis canciones

Ser Anzoátegui.




lunes, 17 de septiembre de 2018

Mathoms


Los rescaté revisando papeles, tarea impuesta y siempre inconclusa... Estaban en el boletín que hace unos 20 años publicaba la Asociación Tolkien Argentina: Mathoms (un nombre bien puesto, sin duda).

Son tres artículos que quedaron allí, de los comienzos de la publicación y de la Asociación. ¿Habrá sobrevivido todo aquello con su espíritu original? Quién lo sabe. Yo no.

Entonces, parece que también ellos deben buscar reparo aquí.


El gris que brilla (en un número dedicado a la posesividad).

Sobre el amor de Tom Bombadil y Baya de Oro, hija del río (en un número dedicado a la amistad).

Final feliz (en un número dedicado a la esperanza).






sábado, 15 de septiembre de 2018

El nombre


Y será el nombre que al tronar aquieta,
el nombre claro que al sonar se enciende
y es poderosa música secreta.

Un nombre amparo que lo oscuro hiende
y trasluce la luz que hay en las cosas,
que de ese nombre toda luz desciende.

Será ese nombre el que vendrá en celosas
marejadas de ardor y amor amante
y serán flor raíces misteriosas.

Será al final del tiempo en un instante,
como un rayo de sílabas y paz
al corazón doliente y anhelante.




viernes, 14 de septiembre de 2018

El amor y los Altos de Jalisco



Hace casi 20 años, andaba por el invierno boreal dando unos cursos en México.

Un día, uno de mis anfitriones me pidió un favor especial y completamente fuera de programa. Quería que fuera a un pueblito de los áridos Altos de Jalisco a dar una clase a los padres de los alumnos de un colegio secundario, que él solía asistir mensualmente con cursos y pláticas.

Una mañana muy temprano pasó a buscarme. Fue después de unas cuatro o cinco horas de viaje (almuerzo incluído), y trepando más de 2.000 metros por rutas de montaña, que llegamos hasta la aldea. Hay que decir que aquella siempre había sido zona de cristeros y, por lo mismo, castigada duramente por los gobiernos federales durante décadas. En consecuencia, un lugar pobre, de gente que trabajaba principalmente la tierra. La empresa de unas monjas dominicas en aquel lugar era titánica. Costaba convencer a los padres de que hicieran estudiar a sus hijos. El trabajo en los campos los demandaba. Con todo y eso lo habían logrado y de algún modo aquella misión prosperaba lentamente.

Cuando llegamos al colegio, pasamos casi directamente al aula en la que habían juntado a unos 30 padres de alumnos. Y allí la otra nota curiosa inesperada: en su mayoría no eran mestizos, como suele verse en todo México, donde más del 80% de la población lo es. La gran mayoría provenía de una inmigración francesa de mediados del siglo XIX que se había refugiado en las alturas montañosas de Jalisco y allí permanecía después de tanto tiempo. El famoso mariachi mexicano tiene sus orígenes en músicos de aquellas zonas que tocaban en bodas y otros acontecimientos sociales (de marriage vino el mariachi...)

Esa vez me había pedido mi anfitrión que hablara a los padres acerca del amor, cosa que me resultaba extraña y difícil, de hecho un asunto del que nunca había hablado y con razón. Más extraño fue, sin embargo, cuando me enfrenté a esa trintena de caras chacareras, caras limpias y recias, que me miraban no sin asombro, especialmente, creo, porque no entendían bien qué hacía un gringo extranjero tan lejos de su patria hablándoles a ellos y de un tema del que más bien no se habla...

Pese a que llevaba notas y apuntes, como pude salí del paso, porque de verdad no estaba preparado en absoluto para esa situación y ese auditorio.

Tal vez por eso mismo me quedó la espina.

Unos cuantos años más tarde -y siempre con el recuerdo agridulce de aquella vez- insistí con el tema, ahora en estas pampas, en unas jornadas para universitarios.

Los amores del hombre tuvo por título esa otra exposición que dejo ahora en esta entrada.

Y no es que haya quedado mucho más conforme que la vez primera, pero sí tuve la oportunidad de revisar lo que había dicho en aquella inolvidable ocasión extraña. Y haciendo esto, entre otras cosas, me di cuenta de que es necesaria una preparación mayor para los medianos, los menores, para los más pequeños, para los que nunca habían oído hablar de esos asuntos. El enfoque y las palabras de la primera vez fueron forzosamente distintos, pero no así en última instancia el contenido de la cuestión. Es posible que los universitarios hayan entendido la exposición más compleja, pero para mí la primera ocasión ante aquellos campesinos fue más difícil. Decir algo mínimamente significativo -y decirlo de modo sencillo- sobre un asunto que nos es siempre misterioso en todos sus rangos, y decirlo para miradas simples, es cosa ciertamente difícil.

Como fuere, y sobre todo por lo que significó, guardo de aquel episodio de los Altos un recuerdo feliz y agradezco siempre haber tenido la suerte de conocer a aquellas gentes, en tantos sentidos tan prístina e inocente como sufrida. Dios permita que algún bien haya salido de aquello.






lunes, 10 de septiembre de 2018

Las tres fronteras del "Martín Fierro"


Tengo el recuerdo no muy preciso de que esta conferencia llegó a publicarse hace unos 10 años en una revista de humanidades de una universidad de la provincia de Buenos Aires. La publicación no la encuentro en parte alguna entre mis papeles. Los años no vienen solos. Me queda la duda.

Con estas reflexiones, dos veces pude hablar del tema ante públicos jóvenes en encuentros universitarios y eso sí lo recuerdo bien.

Las tres fronteras del Martín Fierro: el espacio, el tiempo y la Fe, fue siempre el título que tuvieron estas páginas que -ante la duda- dejo al amparo de la bitácora. Si acaso, la próxima vez que haya que buscarlas se sabrá donde están.  

En la segunda oportunidad, agregué un apéndice sobre los Consejos del Viejo Vizcacha y de Martín Fierro. Lo dejo ahora como adelanto, por si fuera útil. Dice algo curioso de los argentinos a lo que me parece que conviene enfrentarse de una vez. Y ahora tanto o más que antes.

No suele dedicarse entradas por estos lados. Pero, si fuera el caso, dedicaría esta entrada a mi abuelo materno, don Nicolás, que era hombre de la tierra. Nació en los campos del oeste de Buenos Aires y hoy cumpliría 123 años. 

____________________________________


Apéndice

Sobre los Consejos


Una mirada rápida nos dice que en el canto XV de la segunda parte del poema (1879), La Vuelta de Martín Fierro, están los consejos que el Viejo Vizcacha le ofrece al hijo segundo de Martín Fierro. Antes de terminar, en el canto XXXII, los de Martín Fierro a sus hijos y Picardía, hijo de Cruz.

Un recuento no menos rápido nos dice que en las 23 estrofas del canto XV, 21 son los consejos de Vizcacha y en las 31 del canto XXXII, Fierro ofrece unos 29. Claro que hasta allí todavía no hemos dicho nada de la calidad y densidad de unos y otros.

Este breve apéndice es simplemente para señalar un hecho algo curioso y que amerita, tal vez, una reflexión.

De los 21 consejos de Vizcacha, solamente mentando los más conocidos, 9 han pasado al acervo popular y lo han hecho como sabiduría gaucha de la mejor leche, o al menos así se los repite, sin distingos respecto de su procedencia. Incluso, aunque debería fundarse esto en una estadística más precisa, si eso hiciera falta, suele atribuirse a Vizcacha una representatividad de lo gaucho que no parece que esté fundada en ningún argumento sólido.

Veamos los más conocidos del Viejo:

Jamás llegués a parar
ande veas perros flacos
(II, 15, 2311-2312)

El diablo sabe por diablo
pero más sabe por viejo
(2317-2318)

Hacéte amigo del Juez
-No le dés de qué quejarse;-
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse
(2319-2324)

Hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca
(2335-2336)

Conserváte en el rincón
en que empezó tu existencia-
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición
(2339-2342)

Nunca escapa el cimarrón
si dispara por la loma
(2371-2372)

Cada lechón en su teta
es el modo de mamar
(2383-2384)

(el cuchillo) Debés llevarlo de modo
que al salir, salga cortando
(2413-2414)

Al que nace barrigón
es al ñudo que lo fajen.
(2419-2420)

En cambio, de los 29 de Fierro, apenas cinco han conseguido la consagración de ser repetidos del mismo modo.

Es mejor que aprender mucho
el aprender cosas buenas
(II, 32, 4611-4612)

Debe trabajar el hombre
para ganarse su pan;
pues la miseria en su afán
de perseguir de mil modos-
llama en la puerta de todos
y entra en la del haragán
(4655-4660)

Si la vergüenza se pierde
jamás se vuelve a encontrar
(4689-4690)

Los hermanos sean unidos,
porque ésa es la ley primera.
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea-
porque si entre ellos pelean
los devoran los de ajuera.
(4691-4696)

Ave de pico encorvado
le tiene al robo afición-
pero el hombre de razón
no roba jamás un cobre-
pues no es vergüenza ser pobre
y es vergüenza ser ladrón.
(4727-4732)


¿Qué pasó? ¿Cuándo y cómo y por qué lo que es opuesto a la idiosincrasia gaucha ocupó su lugar de ese modo? ¿Tergiversación?

Tal vez es tiempo de revisar nuestra identidad. Tal vez es tiempo de volver al poema con ojos mejores.

La vizcachización de la Argentina para algunos podrá ser simpática, pero es dañina. Y estamos en muchos sentidos dañados de vizcachismo.

Con ojos mejores, tal vez podamos martinfierrizarnos un poco mejor. No digo más, digo mejor. No digo más bombachas de gaucho y guardas pampas, ni boinas tejidas, ni rastras ornadas ni mate con bombilla, ni alpargatas de yute. Digo mejor. No más.

Tal vez hayamos sido víctimas del pintoresquismo, de la cáscara del asunto y no de su médula. 





sábado, 8 de septiembre de 2018

Voces


Hace mucho tiempo oí del asunto por primera vez y en estos días volví a recordarlo.

Puede que tenga bastante de disparate, pero lo que pudiera tener de disparate lo tiene también de sugestión. Y diría hoy -pasados los años- que la sugestión es más fuerte que el disparate, vaya uno a saber por qué.

No voy a meterme en cuestiones científicas. Sólo voy a enunciar el asunto.

El caso es que, para algunos, los sonidos no se pierden. Permanecen, aunque con el tiempo suficiente podrían evanescer en el aire (¿en el éter?) y volverse irrecuperables. Tal vez algo similar a la luz que viaja en el tiempo.

Pero el sonido por excelencia entre los hombres es la palabra. Y allí el asunto se complica y se agiganta hasta poder volverse un disparate, que no sería lo más grave. Lo más denso de la cuestión es que pudiera ser verdadera.

Así lo creía -entre otros- Guglielmo Marconi, el del telégrafo sin hilos, el premio Nobel de física allá por 1909. Tal vez haya sido el primero, no lo sé. Pero parece ser que la búsqueda de palabras en el viento era una verdadera obsesión para el físico italiano.

Y no cualquier palabra. Especialmente quería rescatar, de entre el tumulto de voces, las últimas que dio Jesús en la Cruz.

Cualquiera puede entender que el asunto es fascinante. Y entonces no es extraño que el asunto ejerciera sobre Marconi la suficiente fascinación como para que dedicara toda su vida hasta el fin de sus días a la búsqueda de aquellas palabras. Marconi tenía madre irlandesa, y alguno podrá pensar que de allí viene el aire feérico que tiene el asunto. Pero el caso es que él no buscaba las voces como un leprechaun busca una marmita de oro al final del arco iris. Buscaba esas voces como físico.

Me abisma esa posibilidad. Las voces de Jesús -y no sólo las que buscaba Marconi- en el torrente de voces en el aire. De todas partes, de todas las gentes que hablaron. El Fiat de Nuestra Señora, las voces de Juan, Santiago, Pedro... Las arengas de batalla de Juana de Arco o los discursos de Cicerón, las palabras de Platón o las de Belgrano, o las de mis antepasados...

Por supuesto, fue desestimado y rebatido y negado y contradicho, pero para ese rastreador de los sonidos en el espacio la cosa era más que una hipótesis, según dicen.

Como fuere.

En tiempos de abismos, no pierdo demasiado con darle vueltas a esa idea abismal. Voces en el aire, emitidas una vez y todavía a la espera de un destinatario que las oiga, o de miríadas de destinatarios en el tiempo.

Las preguntas surgen de a millones, apenas uno se disponga a considerar la mera posibilidad.

Y las posibilidades de esa posibilidad podrían volver loco a cualquiera.

Por ejemplo, cómo distinguir, cómo separar y detectar en esa corriente interminable la voz de tal o cual. Y si una palabra primigenia fue repetida por muchos, cómo datarla, cómo asignarle ese sonido a uno u otro.

Casi un asunto de ángeles, que ellos sí podrían rastrear los vestigios, así como nuestro Ángel de la Guarda, puede detectar cuáles cenizas son las de su custodiado, así pasen miles de años y transformaciones de la materia.

Claro que no es sólo cuestión de aire modulado. No es solamente un sonido la palabra. La palabra es palabra porque tiene un significado y el significado no es materia ni viene de la materia, ni siquiera la sutil materia aérea que lo lleva. ¿También esa carga espiritual sigue asociada al sonido que permanece? ¿Nos encontraríamos solamente con un sonido? Y al oír la palabra misma tal como fue proferida, con el mismo timbre de la voz, las mismas inflexiones, ¿no estaríamos oyendo también al hombre mismo?, ¿no produciría efecto en nosotros esa presencia de la voz?

Fantasear se puede, un rato al menos.

¿Oiríamos alguna vez nuestra propia voz pretérita? Frases que fueron definitivas, terminantes o irrepetibles, ¿todavía hablan en el aire?

¿Te lo digo una vez y no lo voy a repetir... se volvería una imprecisión o una simple falsedad?

Cubrir de fórmulas y teoremas esa posibilidad hasta deshacerla por completo, con cierto aire de suficiencia racional, eso tal vez podría hacerlo cualquier científico. Hasta probar que la posibilidad es más que probable es algo común.

Elevar la cuestión al estadio poético y mágico, eso ya no es tan sencillo. Porque por ejemplo, y más allá del posible logro científico, es poético y mágico que pudiéramos oír por primera vez, después de siglos o milenios, voces que fueron dichas también para mí y para mi oído, tanto como otras de las que pudiéramos resultar testigos impensados.

Y no sólo eso.

Al final del eón de nuestra existencia, ¿nos encontraremos con nuestras voces? ¿Con todas las voces que dijimos? ¿Oiremos otra vez todas las que nos fueron dichas? ¿Soportaremos ese encuentro con voces que quizás hemos olvidado por completo o con otras que no hemos podido olvidar? ¿Oiremos todas las voces? ¿Las distinguiremos y las entenderemos? ¿Podremos acaso elegir y esquivar las voces nefandas? Y más...


En fin.

Podrá parecer un disparate ocioso. Pero, tal vez, hasta para meditar incluso, podríamos pasar un rato viendo qué voces querríamos de veras recuperar y por qué.