domingo, 24 de abril de 2016

Carta al Diablo


Derrotado señor:
                             El mundo es nuestro.

Nos, los hijos heridos, heredamos
tierras y cielos nuevos. Las estrellas
que moran sobre el mar y las mañanas,
el trigo, el viento, el valle y los arroyos,
las cumbres y las noches y las aves
y los peces y el fuego y las marismas
y la flor y las vides y los árboles.
Ya huele a nuevo la fragante herencia:
así que apreste sombras, sus ejércitos,
y apriete el paso de su retirada. 

Señor del mundo:
                             el título se agota

como el eón de su poder. Ya viene
pronto, el Dueño del campo y su cosecha.




jueves, 14 de abril de 2016

Vendimia de tu voz


En las hileras tintas de tu canto
yo vendimié mi amor, como si fuera
la fruta dulce que tu amor me diera:
el vino de una voz que esperó tanto
y que en mosto lloró, hasta que el llanto,
zumo de otoño que el borgoña hiriera,
virtió en la copa que tu amor espera
el olvido feliz del desencanto.
Mi corazón en roble guarnecido
madura tu dulzor, mientras mis días
le dan solera al sol de tu mirada.
Y tu voz -ay, tu voz...- me ha renacido
en viñas sin agraces, melodías
que siembro en surcos de tu voz cantada.






martes, 12 de abril de 2016

Oscurecidos por la plata


Es tiempo de decirlo.

Otra vez. Tiempo de repetirlo.

Se ha dicho antes. Y había quedado claro antes, hace tiempo.

Pero no sirvió de mucho. Hay que decirlo otra vez.

Y no hay que dejar de decirlo, porque sigue siendo necesario.

Estos que quedan aquí son versos del Ezra Pound que están en Cantos, una obra de toda su vida, publicada fragmentariamente por secciones a lo largo de los años. Concretamente, este canto XLV se publicó, junto con otros, en Londres, en 1937.

Claro que habla de la usura. Y si se equivoca, le parecerá demasiado específico. Un asunto económico y moral y político determinado. ¿Qué tiene que ver el común de las gentes con asuntos de semejante calado? ¿Es una toma de posición política, y nada más?

Nones, mi amigo: Nones...

Aplique todo esto que se dice a la plata, a la simple plata. A la reina plata, que gobierna y nos gobierna desde hace años. Como un aire pestilente que no deja pensar en otra cosa ni quiere que se piense en otra cosa.

La reina de la que no se puede dejar de hablar.

Porque es acerca de ella que está hablando Ezra Pound.

No es sólo el extremo de la usura y sus harapos viciosos. No es una simple crítica a los fundamentos del capitalismo.

Es la plata. Y lo que significa como umbral y avenida de la degradación más que moral: espiritual entera. Ni hace falta tenerla, ni buscarla, ni desearla.

Basta con tener que estar hablando de ella todo el tiempo, en toda cosa.


La plata
hace eso.

¿Entiende?


La Plata
.


CANTAR XLV

Con usura

Con usura no tiene el hombre casa de buena piedra
Cada bloque bien cortado y bien dispuesto
y así el diseño pueda cobijarlo,
con usura
ningún hombre tiene un paraíso pintado en el muro de su iglesia
harpes et luz
o lugar donde la virgen reciba el mensaje
y su halo se proyecte por la grieta,
con usura
no ve Gonzaga ni a sus herederos ni a sus concubinas
no se pinta un cuadro para que perdure ni para conservarlo
sino para venderlo y pronto
con usura, pecado contra la naturaleza,
es tu pan para siempre harapiento,
es tu pan seco como papel,
sin trigo de montaña, sin la fuerte harina
con usura se hincha la línea
con usura no hay límites claros
y nadie encuentra un lugar para su casa.
El picapedrero es apartado de la piedra
el tejedor es apartado del telar
CON USURA
no llega lana al mercado
no vale nada la oveja con usura.
Usura es una pestilencia, usura
mella la aguja en manos de la doncella
y embota el talento del que hila. Pietro Lombardo
no vino por usura
Duccio no vino por usura
ni Pier della Francesca; no por usura Zuan Bellini
ni se pintó “La Calunnia”
No vino por usura Angélico; no vino Ambrogio Praedis,
no hubo iglesia de piedra con la firma: Adamo me fecit.
No por usura San Trófimo
no por usura San Hilario.
Usura oxida el cincel
Oxida la obra y al artesano
Corroe el hilo en el telar
Nadie hubiese aprendido a poner oro en su diseño;
El azur tiene un chancro con usura;
el carmesí se queda sin bordar la tela.
El esmeralda no encuentra un Memling
Usura mata al niño en el útero
No deja que el joven corteje
Ha llevado la sequedad hasta la cama, y yace
entre la joven novia y su marido
CONTRA NATURAM
Ellos trajeron putas a Eleusis
Cadáveres son traídos al banquete
por mandato de usura.





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El texto orginal, bien que en un inglés difícil y con referencias casi crípticas. Pero aquí lo tiene, es muy potente de todas maneras:

Canto XLV

With Usura

With usura hath no man a house of good stone
each block cut smooth and well fitting
that design might cover their face,
with usura
hath no man a painted paradise on his church wall
harpes et luz
or where virgin receiveth message
and halo projects from incision,
with usura
seeth no man Gonzaga his heirs and his concubines
no picture is made to endure nor to live with
but it is made to sell and sell quickly
with usura, sin against nature,
is thy bread ever more of stale rags
is thy bread dry as paper,
with no mountain wheat, no strong flour
with usura the line grows thick
with usura is no clear demarcation
and no man can find site for his dwelling.
Stonecutter is kept from his tone
weaver is kept from his loom
WITH USURA
wool comes not to market
sheep bringeth no gain with usura
Usura is a murrain, usura
blunteth the needle in the maid’s hand
and stoppeth the spinner’s cunning. Pietro Lombardo
came not by usura
Duccio came not by usura
nor Pier della Francesca; Zuan Bellin’ not by usura
nor was ‘La Calunnia’ painted.
Came not by usura Angelico; came not Ambrogio Praedis,
Came no church of cut stone signed: Adamo me fecit.
Not by usura St. Trophime
Not by usura Saint Hilaire,
Usura rusteth the chisel
It rusteth the craft and the craftsman
It gnaweth the thread in the loom
None learneth to weave gold in her pattern;
Azure hath a canker by usura; cramoisi is unbroidered
Emerald findeth no Memling
Usura slayeth the child in the womb
It stayeth the young man’s courting
It hath brought palsey to bed, lyeth
between the young bride and her bridegroom
                               CONTRA NATURAM
They have brought whores for Eleusis
Corpses are set to banquet
at behest of usura.




domingo, 10 de abril de 2016

Distancias y recuerdos


Aquel que quiera distancias,
se hai' largar a caminar.
Aquel que quiera recuerdos,
algo tendrá que dejar.

Bien dicho.

Sencillo. Fácil de entender.

En las palabras, al menos (la vida es más que las palabras, eso se entiende).

Se entreveran el tiempo y el espacio: distancia es tiempo, también; recuerdo es espacio, de algún modo.

Y atrás (el lugar en el que la distancia pone los recuerdos) es tiempo y es espacio. Porque el tiempo, al pasar, aleja; el tiempo camina, digamos, y hace tanto distancias como recuerdos.

Y olvidos, claro: cosa que también hacen la distancia y el tiempo.


Me gustó más la segunda parte, por lo que tiene de paradójico eso de dejar algo para poder tener recuerdos.

Todo el día anduve dándole vueltas a esos dos versos. Hacen pensar. Y todavía no sé que pienso. Pero me gustan lo mismo.


La estrofa es letra de Martín Alemán Mónico, en Apenas palo.

La milonga quedó con otras cosas suyas hace más de un par de años en marenostrum.






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La letra completa:


Recitado

Alboradas grises dejaron
hebras de luna en mi pelo,
silencio de atardeceres,
secó en mis labios el canto.

El tiempo borró mis huellas,
y me quedé sin senderos.

Canto

Aquel que quiera distancias,
se hai' largar a caminar,
así me dijo la vida,
y me tuve que marchar.

Aquel que quiera recuerdos,
algo tendrá que dejar,
así me dijo la vida,
y me tuve que marchar.

Camino que no termina,
ahora es mi vida, y nada más,
ni siquiera soy palenque,
apenas palo nomás.

Aquel que quiera distancias,
se hai' largar a caminar.
Aquel que quiera recuerdos,
algo tendrá que dejar.

Así me dijo la vida,
y me tuve que marchar.
Ni siquiera soy un árbol,
apenas palo nomás.

Recitado

El tiempo, el tiempo borró mis huellas,
y me quedé sin senderos.





sábado, 9 de abril de 2016

Otro día


El invierno fue muy frío aquel año. Y más frío que de costumbre porque prolongaba las imágenes de las  Malvinas, que humeaban en silencio y entre nieblas, después de los estruendos.

La guerra terminó una semana antes del solsticio y se extendió el viento helado de las Islas por todas partes durante bastante más.

Un día, volviendo de la facultad y ateridos por junio, inauguramos lo que llegaría a ser la costumbre de comer dos o tres veces por semana en un localcito mínimo, de apenas tres mesas, en el que unos norteños comandados por una mujer mayor servían locro, tamales y empanadas. Estaba en la avenida Las Heras, frente a la plaza. No lo he vuelto a ver.

Sólo yo pedía una jarra de vino salteño o riojano y le convidaba medio vaso, que a veces ni siquiera terminaba.

Era un refugio en aquellos días. Después nos pareció una no premeditada liturgia de posguerra, un duelo criollo a los caídos, a los dolientes. A nosotros mismos. Durante la primera semana de aquel ritual súbito comíamos casi en silencio, mirándonos con algo de pena, mirando a los demás como inmigrantes.

Los platos eran abundantes y muy bien preparados, caseros, atávicos. Pero, durante un tiempo, los norteños, tan decidores y de habla tan florida y graciosa, también habían enmudecido y se notaba la tristeza hasta en la forma de servirnos las empanadas o alcanzarnos una chalita para acompañar el locro.

Pero, así y todo, con el abrazo del calor cordial del horno, los aromas típicos, los movimientos pausados y en sordina, una hora en aquel amparo era feliz, casi.

Durante unos tres meses cumplimos el precepto. Allí el tiempo se detuvo casi todo el invierno. 

Había frío por todas partes. En la armas vencidas, en las tumbas nobles, en los ojos desolados o airados. En las calles, en el cielo.

Pero no allí, en esa como antesala de no sabíamos qué.







Un día



Caminábamos por la avenida Corrientes, era lo frecuente. No pasábamos del Obelisco y, las más de las veces, Paraná o Uruguay eran el límite hacia el lado del Bajo; Ayacucho o Uriburu si íbamos en sentido contrario. No esta vez.

Lo de siempre en la zona. Librerías de viejo, carteleras del teatro San Martín o alguna cosa extravagante en el Museo Social, los volantes a mimeógrafo de los cines minúsculos de películas de culto. Ver algo oriental en el Cosmos de los soviéticos o deambular buscando piezas raras en disquerías de melómanos, por los alrededores de Callao. Café en alguna parte. De a ratos, sólo conversar en una esquina o sentados en los umbrales de una galería.

Apenas estaba terminando mi facultad.

Un día, ese día, como náufragos desangelados cruzamos la Plaza de la República, bordeando el Obelisco. Una aventura sin sabor. Habíamos pasado los límites caprichosos y estábamos a disgusto en tierra de infieles.

La idea fue suya: volvamos..., dijo sugirió como suplicando, vayamos al Arte..., pequeño reducto de cinéfilos en la punta de la Diagonal Norte, camino a Tribunales.

En un cartel nuevo, que sé que duró muy poco, anunciaban Un día en la vida de Iván Denisovich.

Hacía pocos meses había leído la novela de Solyenitsin, su primera obra después de Siberia. Terrible pero cándida y emocionante.

Me zambullí. Insistí sin demasiada necesidad. Nos zambullimos como adolescentes mientras le contaba el argumento y los momentos fuertes de la novela. La unidad de tiempo, de acción, casi la de lugar. La forma de narrar como desapasionada y ajena al derredor helado y cruel de la Siberia de castigo. Un festín. Los símbolos. El arte ruso de las honduras de la psiquis del hombre.

Salimos como si hubiéramos visto una aparición, aunque la textura de la película era sensiblemente inferior a lo escrito. Era de ingleses y noruegos.

No sabíamos qué hacer. En silencio, fuimos hasta unos canteros en medio de la calle peatonal. Nos sentamos y armé y fumé un cigarrillo de tabaco criollo mirando el mundo tibio, que era el contraste más lejano con las manos heladas y arropadas con harapos de Iván y sus vecinos de la prisión. Las caras citadinas, del atardecer de un día agitado de naderías de oficina, nos llamaban la atención. Cuál era el mundo. Dónde estábamos.

De la mano, fuimos caminando hacia la plaza Lavalle. A mitad camino, vimos el Viking (nuestro lugar de comidas nórdicas), estrecho y tenue. Oímos su piano decadente y cordial. Entramos.


El día ya era noche. 




jueves, 7 de abril de 2016

El día que me quieras


Habrá que ver.

El día que me quieras.

Una cosa es que alguna vez me quisiste. Otra, que nunca me hayas querido. Otra, que me quieras ahora.

Pero.

El día que me quieras.

Creo que es una forma rara de decirlo, tan esperanzada como desdichada.

*   *   *

Alfredo Le Pera leyó a Amado Nervo, por cierto que sí. Y seguro lo leyó antes de 1934 y después de 1919.

En 1919, Amado Nervo moría joven de 48 años en Montevideo. La corbeta Uruguay, que sirve de museo naval en nuestro mundano Puerto Madero, llevó sus restos a México, su patria madre, escoltada por otros buques en marítimo cortejo fúnebre: era un poeta laureado en esos días.

En un libro que apareció póstumo en ese mismo año, El arquero divino, Nervo incluyó este poema: El día que me quieras.

El día que me quieras tendrá más luz que junio;
la noche que me quieras será de plenilunio,
con notas de Beethoven vibrando en cada rayo
sus inefables cosas,
y habrá juntas más rosas
que en todo el mes de mayo.

Las fuentes cristalinas
irán por las laderas
saltando cristalinas
el día que me quieras.

El día que me quieras, los sotos escondidos
resonarán arpegios nunca jamás oídos.
Éxtasis de tus ojos, todas las primaveras
que hubo y habrá en el mundo serán cuando me quieras.

Cogidas de la mano cual rubias hermanitas,
luciendo golas cándidas, irán las margaritas
por montes y praderas,
delante de tus pasos, el día que me quieras...
Y si deshojas una, te dirá su inocente
postrer pétalo blanco: ¡Apasionadamente!

Al reventar el alba del día que me quieras,
tendrán todos los tréboles cuatro hojas agoreras,
y en el estanque, nido de gérmenes ignotos,
florecerán las místicas corolas de los lotos.

El día que me quieras será cada celaje
ala maravillosa; cada arrebol, miraje
de "Las Mil y una Noches"; cada brisa un cantar,
cada árbol una lira, cada monte un altar.

El día que me quieras, para nosotros dos
cabrá en un solo beso la beatitud de Dios.

Alfredo Le Pera, como digo, lo leyó. Y es claro que le gustó. Siguió la línea argumental del mexicano y le tomó prestada la frase que titula ambas composiciones. Gardel le puso música y en marzo de 1934 (hay quienes dicen en 1935), grabaron la canción en Nueva York, para el sello Victor, con una orquesta local.

Acaricia mi ensueño
el suave murmullo de tu suspirar,
¡como ríe la vida
si tus ojos negros me quieren mirar!
Y si es mío el amparo
de tu risa leve que es como un cantar,
ella aquieta mi herida,
¡todo, todo se olvida..!

El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta
con su mejor color.
Al viento las campanas
dirán que ya eres mía
y locas las fontanas
me contarán tu amor.
La noche que me quieras
desde el azul del cielo,
las estrellas celosas
nos mirarán pasar
y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo,
luciérnaga curiosa
que verá...¡que eres mi consuelo..!

(recitado)
El día que me quieras
no habrá más que armonías,
será clara la aurora
y alegre el manantial.
Traerá quieta la brisa
rumor de melodías
y nos darán las fuentes
su canto de cristal.
El día que me quieras
endulzará sus cuerdas
el pájaro cantor,
florecerá la vida,
no existirá el dolor...

La noche que me quieras
desde el azul del cielo,
las estrellas celosas
nos mirarán pasar
y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo,
luciérnaga curiosa
que verá... ¡que eres mi consuelo!


Difícil decir cuál me gusta más, o cuál me gusta menos, puestos a comparar y ya que una es hija de la otra.

Da la impresión -tal vez sorprendente- de que el estro de Le Pera es más ágil, pero hay que ver también que median unos líricamente conmovidos e innovadores 20 años entre la madre y la hija.

Con todo y eso, algún día habrá que hacer algún comentario sobre la poesía de Amado Nervo, que tanta influencia lírica tuvo en toda América. No ahora.


Ahora miro y miro la frase.

El día que me quieras.

Y no puedo dejar de verla tan bifronte como terrible, porque mi pobre cabeza no puede dejar de oír en la exaltación ilusionada y feliz, su contracara silenciosa y silenciada: el día que me quieras no es hoy.






sábado, 2 de abril de 2016

La caza del Dragón


The Hunting Of The Dragon

When we went hunting the Dragon
in the days when we were young,
we tossed the bright world over our shoulder
as bugle and baldrick slung;
never was world so wild and fair
as what went by on the wind,
never such fields of paradise
as the fields we left behind:
For this is the best of a rest for men
that men should rise and ride
making a flying fairyland
of market and country-side,
wings on the cottage, wings on the wood,
wings upon pot and pan,
for the hunting of the Dragon
that is the life of a man.
For men grow weary of fairyland
when the Dragon is a dream,
and tire of the talking bird in the tree,
the singing fish in the stream;
and the wandering stars grow stale, grow stale,
and the wonder is stiff with scorn;
for this is the honour of fairyland
and the following of the horn;

Beauty on beauty called us back
when we could rise and ride,
and a woman looked out of every window
as wonderful as a bride:
And the tavern-sign as a tabard blazed,
and the children cheered and ran,
for the love of the hate of the Dragon
that is the pride of a man.

The sages called him a shadow
and the light went out of the sun:
And the wise men told us that all was well
and all was weary and one:
And then, and then, in the quiet garden,
with never a weed to kill,
we knew that his shining tail had shone
in the white road over the hill:
we knew that the clouds were flakes of flame,
we knew that the sunset fire
was red with the blood of the Dragon
whose death is the world’s desire.

For the horn was blown in the heart of the night
that men should rise and ride,
keeping the tryst of a terrible jest
never for long untried;
drinking a dreadful blood for wine,
never in cup or can,
the death of a deathless Dragon,
that is the life of a man.


Pocas veces pasa. Casi nunca.

Pero alguna vez tenemos la fortuna de encontrarnos con un poema -uno solo- que nos habla a la vez de tantos asuntos que nos importan y nos duelen.

Y si vemos que lo hace con una hondura seria y fresca y una alegría inarrugable, ya es más que afortunado: es un signo de que hay en el mundo un talento descomunal que no sólo puede ver las espaldas de las cosas, sino verlas de frente.

Y a la vez es un regalo.


Un dragón.

La muerte de un Dragón inmortal: ésa es la vida de un hombre.

La guerra en las Islas Malvinas, la Patria de nuestros días, nuestra Fe, la vida en la Iglesia que nos tiene por hijos.

Y más cosas. Tantas y algunas tan hondas y grandes.

La muerte de un Dragón inmortal: ésa es la vida de un hombre.

Horizontes de fuego al atardecer del mundo, del Mundo, de nuestro mundo, que se tiñen de rojo con el rojo de la sangre de un Dragón, cuya muerte es el deseo del mundo. Del Mundo. Nuestro deseo.


Cuando fuimos a cazar al Dragón...


Fuimos. ¿Fuimos?

Vamos. ¿Vamos?

Ir a cazar al Dragón.

Tenemos que.


Ésa es la vida del hombre.





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El autor de The Hunting of the Dragon es G. K. Chesterton.

El poema fue publicado en 1922, en The Ballad of St. Barbara & Other Verses.