domingo, 28 de julio de 2013

No volveré (III)

Lo cito otra vez: ¿Y si Roma no estuviera ya en Roma? 

Tal vez habría que repasarlo para ver el contexto preciso en el que están estos párrafos, que son los que más me interesan.
El profesor francés Rémi Brague, en su libro Europa. La vía romana, publicado en 1992, considera que el rasgo definitorio de Europa es la romanidad, la latinidad. Europa se distingue de lo que no es ella por el carácter «latino» o «romano» de su relación con las fuentes de las que bebe. Europa no es sólo griega ni sólo hebraica; es también decididamente romana. Atenas y Jerusalén, sin duda. Pero también, y decisivamente, Roma. «Pretendo, más radicalmente, que nosotros no somos ni podemos ser griegos y judíos más que porque primero somos romanos ». La actitud romana consiste en que, más que inventar, conserva y renueva lo antiguo. «Ser “romano” es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter». Roma es un esfuerzo por remontarse a un pasado que nunca ha sido el suyo. Por eso no sería imposible que Roma no estuviera ya en Roma sino en cualquier otro lugar en el que se mantenga esa relación romana con la tradición. Así, podría ser que algunos «no europeos», adoptando la actitud romana, lleguen algún día a ser más europeos que los que se creen ya serlo. Y concluye con una tesis sutil: el cristianismo es más la forma que el contenido de la cultura europea. Y por eso los esfuerzos a favor de él no tienen nada de partidario o interesado. Defender el cristianismo es defender el conjunto de la cultura europea, su forma esencial y radical.

En definitiva, si el cristianismo es la religión del logos, la tesis de Leo Strauss podría ser superada, ya que su validez sólo afectaría al conflicto entre el judaísmo y la filosofía, pero Europa es algo más que ese conflicto; es romana. No tiene por qué haber incompatibilidad entre una actitud de amor obediente y la búsqueda personal de la verdad. Incluso acaso sean la misma cosa. Quizá entonces sólo la vía romana permitiría a ese gigante ciego que es el hombre moderno recuperar la visión, la luz, la claridad, la verdad.

Y de estos párrafos me interesa particularmente la noción de Roma, la de cristianismo y la de forma.

Es verdad que en párrafos anteriores está, como supuesto, un concepto de Biblia que interesa, especialmente porque aparece disociado de cristianismo y asociado parece que excluyentemente a judaísmo. Así, aceptando la dicotomía y oposición entre lo helénico (filosófico) y lo judaico (bíblico), Roma (asociada ahora al cristianismo) aparece postulada como el estadio cultural superador de esa dicotomía.

Si alguno preguntara mi opinión acerca del artículo, diría que no creo que sea ni la primera ni la última palabra sobre estos asuntos. Y no me ocupo se él porque sea un texto conclusivo o liminar. Creo sí que supone una visión de la historia con la que no estoy de acuerdo. Como creo, por ejemplo, que hay en este ensayo cierta liviandad -al menos metahistórica- en la consideración del sentido y el valor del judaísmo y de Grecia.

¿Y el cristianismo? Allí está la cuestión. ¿Qué significa exactamente que es la forma? ¿Qué quiere decir que es "más la forma que el contenido de la cultura europea" y, a la vez, "su forma esencial y radical"?
...es más la forma que el contenido de la cultura europea. Y por eso los esfuerzos a favor de él no tienen nada de partidario o interesado. Defender el cristianismo es defender el conjunto de la cultura europea, su forma esencial y radical.
¿Qué hay que defender? ¿Quién se beneficia con esa defensa? ¿Europa? ¿El cristianismo?

Insisto: en esta formulación, y en principio y a como lo entiendo, no suscribo ni lo que se dice de Roma, ni lo que se dice del cristianismo y, por lo mismo, no puedo acordar con la visión de la historia consecuente. Y admito que podría tratarse de una redacción poco feliz o algo ligera, falta de algunas precisiones y distinciones.

Ahora bien, si el artículo dice lo que dice, la secuela de este asunto se me hace importante.

Hay que pensarlo, claro.

Pero podría ser que, aceptando el planteo tal como aparece allí y según lo entiendo, Roma se transformara en una instancia histórica -y cultural, más que nada- que reemplazara al cristianismo. Incluso, especial y precisamente, si Roma no estuviera ya en Roma, entendiendo por Roma un temperamento histórico, un talante cultural e incluso una tradición o un modo de tradición.

Y es necesario revisar esto porque resulta que, definitivamente, el cristianismo no sólo es más sino que es una cosa distinta de Grecia, del judaísmo, de Roma y de Europa.

De modo que, y en un sentido bastante agónico, dónde esté Roma (como dónde esté el judaismo, Grecia o Europa) resulta al final -y en el final- más bien irrelevante.

Un entendimiento u otro de esta cuestión, importa un entendimiento u otro de la historia. Cosa que a un cristiano le interesa porque -más allá de cualquier geografía espiritual y cultural- su fe, pero especialmente su esperanza sobrenatural -que es aquella virtud con la que sostiene su paso por este mundo- no solamente supone sino que también alienta y promueve un entendimiento determinado de cómo son las cosas en este mundo.



jueves, 25 de julio de 2013

No le crean

Es cosa mía, pero, háganme caso: no le crean.

Sé por qué lo digo.

Puede parecer que dice algo, puede parecer que dice la verdad, puede parecer que miente, incluso; y puede parecer que lo dice con firmeza o con atrevimiento, con humildad o con amor, que le duele o le alegra lo que dice.

Pero, créanme: no le crean.

Durante bastante tiempo miré y oí con atención, sin prejuicio alguno, aunque con mi propio criterio.

Aquí mismo, en esta misma bitácora, hice algún ejercicio de tratar de entender de qué se trataba, por ejemplo el kirchnerismo, que incluye a Néstor y Cristina, claro.

Pero fui viendo que más y más no había mucho para entender.

Un día, y así lo dije, me di cuenta de que el único programa, el único proyecto, el único modelo era simplemente el Relato. Y lo que eso significaba: el mundo según una perversa voluntad de poder, una desquiciada voluntad de poder, una abyecta voluntad de poder que hará perverso, desquiciado o abyecto todo lo que manosee.

Por eso digo: no le crean.

Claro que siempre habrá un imbécil dialéctico que pregunte: " ¡ja...! ¿entonces hay que creerle a los otros?". A ése imbécil no hay siquiera que contestarle. No caiga en esa trampa. Es un imbécil y no está preguntando nada, y nada por sí mismo. Habla su ventrílocuo, por su boca habla el Relato. Y de los otros, me ocupé y otro día, si acaso, me ocuparé más.

Pero ahora hablo de Cristina y del kirchnerismo.

Insisto: no le crean.

Y no teman no creerle. No están dudando de la realidad, no la están negando.

Precisamente al revés: si no le creen, están sosteniendo que lo que no es, no es. Y estarán dciendo, si no le creen, que una cosa falsa y substituta pretende sentarse en el lugar que no le corresponde.


Si les interesa la política y lo político, si tienen pasión por la cosa común y por el bien común, si les duele y aman a la Argentina, empiecen por allí: no le crean. Es la primera muestra de salud y de salud política: saber lo que es y lo que no es.

Con lo que es, acierten, acompáñenlo, sosténganlo, no lo maltraten, mejórenlo, elévenlo.

Con lo que no es, hagan lo quieran, pero no le crean.



Esto, ya lo sé, es apenas una botella vacía, tirada al mar con un mensaje adentro.

A quien la encuentre le digo, por si no lo dije ya: no le crean.



miércoles, 24 de julio de 2013

No volveré (II)

Es una cuestión bastante difícil.

No se arregla con desplantes o con elegancias ingeniosas. Porque es la vida propia y bastante más que eso. Aunque eso que es bastante más que la vida propia, está en la raíz misma de la propia vida.

No es cuestión de trebejos sobre un tablero. Ni de recetas de cocina intelectual.

Quiero decir que no se va por esos rumbos pensando a secas. No es un parto de la mente. No es atletismo en las ideas y las palabras.

Es luz.

Pero no una luz alimentada por uno mismo, gran tentación en estas materias, como si fuéramos iluminados.

Es luz.

Y eso nunca es fácil.


*   *   *



Me quedé pensando en el artículo de Ignacio Sánchez Cámara que mencioné la semana pasada.

Hay varias cosas allí con las que discutiría un rato.

¿Qué es la historia? ¿Qué es Roma? Por ejemplo.


Y fue a propósito de eso que fui a desempolvar dos trabajos de ya hace tiempo, que me parece que vienen a cuento, y que dejo aquí para quien tenga interés en leerlos.

Uno de ellos, El Reino, se publicó finalmente en una revista santafesina de la orden dominicana, en 2005.

El otro, Los pesimistas, fue un aporte a una disputa universitaria algo informal de cuando terminaba el siglo pasado. La cuestión que se trataba era la del sentido de la historia. El trabajo contesta una visión del cristianismo que se expuso en el trámite de la cuestión, en términos similares a lo que se expone en El Reino.

Había algunas otras cosas en esa carpeta. Pero creo que, pese a lo que algunos dicen, todavía están mejor allí que aquí.


lunes, 22 de julio de 2013

Saber irse

Una cosa es pasar a Narnia.

Otra, saber irse.

Pero no de Narnia.

De cualquier parte. De cualquier cosa. Del tiempo atrás. De la vida atrás.

De lo que ha sido.


Y es así que, en poco tiempo en estos últimos tiempos, las cosas de la vida me hicieron ir y venir, ir e irme: lugares, tiempos, gentes.


Una ida al campo, por ejemplo. A la tierra de mi infancia y juventud. Si no es Narnia, es Arcadia, al menos.


Y es así que cosas ácidas a veces nos llevan a lugares que fueron dulces. Nos envuelven y nos devuelven a tiempos, gentes. Otra vida. Otro tiempo. Y la misma existencia, el mismo uno mismo. Pero otro. Y se ve y se entiende cuando uno está yéndose.


La ruta estaba vacía, podía distraerme un poco mientras pasaban las imágenes inmediatas presentes, quietas, un poco agrisadas. El presente de un pasado que apenas está presente. Las voces que fueron, días que fueron. Cosas.


En ocasiones, no es tanto que las cosas pasen y se hundan, cada vez más lejanas, en el pasado. Hasta parecer que desaparecen.


En ocasiones, hay que saber irse.


domingo, 21 de julio de 2013

pelícano en el sur /1

El libro ya está disponible.

Se llama pelícano en el sur  /1


No hay ni que decir que disponible solamente significa que quien quiera verlo, puede.


Y, para quienes ya saben por qué, muchas gracias.


sábado, 20 de julio de 2013

¿Adónde ir a curarse?

Pasamos de la política al amor y del amor a la política sin que nos diéramos cuenta y casi sin hacer distingos.

¡Lo que son las cosas!

¿Pero no es así en realidad? ¿No es una sola la vida y uno mismo uno sólo?

*   *   *

Había pasado el mediodía cuando entré al galpón oscuro del taller mecánico.

Roberto me recibió con bromas: lo del orrin de la entrada del árbol de levas era una tontera de pesos cien y él estaba feliz: quiere al auto más que yo.

El Negro y Toti -socios de Roberto-, tomaban mate, junto al banco de herramientas. Los acompañaba un típico parroquiano de esos que suelen ir a conversar a los talleres. Sobre una pared del costado, el galpón tiene una inmensa boca: una chimenea enorme que estaban alimentando con troncos y tocones de 50 centímetros de diámetro.

Las fraguas de Hefaistos, veramente. Con todo y eso, la altura de aquel recinto es inapelable. El calor llega solamente a unos pocos metros y el frío era mucho, más en esa semipenumbra. Pero la boca de aquella chimenea es vistosa a la vez que brutal con su potencia de fuego. Allí nos quedamos casi una hora, mientras Roberto iba y venía, buscando un calíper, martillando un perno en la morsa, atendiendo a un recién llegado, lavando alguna pieza en nafta...

Los tres son antipolítica y son más bien peronistas pero antikirchneristas furibundos. No por las mismas razones.

Festejan mi llegada, creo que les hace gracia el profesor metido entre los fierros. Son buena gente. Suelen invitarme a almorzar, cosa que hago en una que otra ocasión. Toti cocina muy bien una receta propia de papas marinadas a la parrilla (bajo un magnífico roble, uno de los dos que quedan de un bosquecito que era y que ahora alimenta la boca de fuego del galpón); cuando el plato está en el menú de los sábados (que es el día en que se puede almorzar con vino...), me avisan, si ando por la zona o tuve que llevar el auto a la fosa.

El Negro es un conversador de lo más cordial y honesto que he visto. Toti espera de la vida una revancha que está tardando demasiado. Roberto es un filósofo escéptico que confía más que nada en sus manos y en su trabajo. 

Como siempre, nos trenzamos en la política. Están hartos de la política. Están más que hartos de Cristina y su séquito. Ellos siempre esperan que algo cambie alguna vez. Les gustaron esos versos del Martín Fierro:
Tiene el gaucho que aguantar
hasta que lo trague el hoyo,
o hasta que venga algún criollo
en esta tierra a mandar...

Se los dije hace algún tiempo en otra sesión de lo mismo y, ahora, cuando llega el momento me los espetan, de memoria.

"Y, profe, para cuándo el criollo...", abrevian ya.

Esta vez hablaban de Cristina, otra vez. Pero con un desdén furioso, esta vez.

Furioso, sí. Pero desdén, como si ya no existiera y fuera solamente su recuerdo o sus huellas en esto o aquello lo molesto de su presencia.

Pienso ahora que habrá sido eso mismo. Me pareció que los tenía harto Cristina, claro, como siempre, pero hablar de Cristina, más hartos todavía.

Y tal vez por eso mismo apareció la vereda de la mujer, de la mujer a secas, no la de la insufrible Cristina. Y la vereda de la soledad de esa mujer. Creo que fue alertado por el desdén. Ciertamente que no por la furia, que es ya tópica en ellos.

Y parecieron descansar, curioso.

Y con una rapidez y una concentración notables empezaron los cuentos sobre los desengaños, las soledades, los despechos, las frustraciones de conocidos y desconocidos. Los errores propios de algunos de ellos en sus amores, solos sin remedio, separados hace tiempo, sin puerto, sin ancla. Sin vida, casi. Y amigos en penas de amor. Y hasta mujeres de amigos, fantásticamente ideales e inalcanzables -nombraron a una de ellas, especialmente-, a las que admiran y aman por lo que tienen de mujer, sin darse cuenta ellos, que en realidad creen que aprecian más que nada la suerte del amigo afortunado.

Y así llegamos a la mujer.

Las paredes, típicamente, sostienen posters y almanaques con previsibles mujeres de taller mecánico que nadie mira del todo, por hastío. Y por pudor.

Mientras el fuego se esforzaba por estar a la altura de la proeza de calentar el galpón, los muchachones se pusieron más serios.

- La mujer es para el fuego, dije sobreactuando profesoral y erudito, y me miraron con una sorpresa y una atención que me obligaron a hablar, sin más y sin afeites. Sí, hogar es fuego, más que nada. Y es el fin del día, amigos, es lo que espera el trashumante, el cazador que llega al final del día. El hombre. El mundo suele ser ajeno y frío. Y el calor está en el fuego, en el hogar. Y cuando se llega al hogar y no hay ese fuego, pasa como con el Pelado (protagonista solterón y complejo de varios cuentos de Toti) que llega a su casa y se pone mal porque no hay mujer ni fuego y él quiere encontrar lo que no encuentra por ninguna parte. Y entonces no quiere ir a su casa...

- Claro, es eso...

Y cada vez se ponían más serios. Y más cada vez hablaban de sus propias penas de amores destrozados, con la misoginia canónica, pero sazonada con la tristeza de quien menosprecia lo que no tiene pero querría tener.

Toti, desde el fondo de sus 20 años de soledad, veteada de infinidad de placebos de fuegos (según contó con cierta gracia...), dijo después de un silencio que apuntaba a la chimenea:

- Y sí, cada uno en el fondo sabe adónde ir a curarse...

- Lo que pasa, terció El Negro, es que no siempre se sabe bien, y no siempre se va adónde uno sabe. Hay gente que ni siquiera quiere curarse, ¿no, Toti?

Y, sí... Como Cristina..., redondeó y retomó con una risa gorda y libre.

Y allí sonaron las señales de los festejos. La conversa había dado todo de sí: de la política al amor y la mujer, y vuelta.


¿El auto?

Anda fenómeno.

viernes, 19 de julio de 2013

Pelícano que migra

En los últimos casi dos años, desde el 5 de agosto de 2011 hasta hoy, se publicaron 89 poemas en esta bitácora.

Es tiempo de invierno y de migraciones. También aquí.

No del todo arbitrariamente, no por el solo y mero paso del tiempo, estos dos años de la bitácora son un ciclo. Y un ciclo cumplido, salvo mejor opinión.

Entonces, y como es invierno, según se ve y ya se dijo, llegó el momento de que este tiempo del pelícano migre, y el pelícano con él.

Los versos publicados hasta aquí han sido agrupados ahora en forma de libro, y se les han agregado tres composiciones que -inusualmente- aparecieron en estos dos años en otras bitácoras de un servidor. Con lo que se formó un volumen de 92 poemas que, en breve, estará disponible en una versión digital, que es hacia donde migraron.




De modo que este pelícano migra, y será por el tiempo que le lleve una ida y una vuelta, como son las migraciones.

Qué traerá a su vuelta, es difícil saberlo ahora.

Pero volverá. Y volverá al sur, se entiende, adonde pertenece. Y, Dios primero, tendrá su nuevo ciclo que, como pasa con las migraciones, ya nació y por un tiempo reposará silenciosa y felizmente en este invierno.


jueves, 18 de julio de 2013

Sos más


Sos más que ese dolor de tierra en llamas.
Sos más que ese desierto amargo y triste.
Sos más que el terco andrajo que te viste.
Sos más que los discursos y proclamas.
Sos más que los engendros que pariste.
Sos más que leyes y que organigramas.
Sos más que los estúpidos, las famas.
Sos más que las batallas que perdiste.
Sos más que lo que dicen de tu historia.
Sos más que los mejores y la escoria.
Sos más que las riquezas que ganaste.
Sos más que los ladrones que aguantaste.
Sos más que la miseria o que la gloria.
Sos más. Pero no más que lo que amaste.


En la montaña


Is a charaid mo chléibh tá na sléibhte gabhail idir mé ‘s tú.
Amiga de mi corazón, las montañas están entre tú y yo.

Tá mé mo shuí, balada irlandesa.


Al fin en la otra orilla de esta mañana clara
y es viento la distancia y hay un sur en el aire:
el sur de las llanuras, de un bosque de tormentas,
y el sur de aquella altura que me abriga y me tiene.
Clara es la luz del sol y clara el agua clara
que se entibia en los fuegos que el corazón anida
mientras la noche, el mar y los sueños se alejan.
Qué silencio y qué voz esperan la mirada,
qué alto y adentro han ido, qué música el arroyo
destila entre las piedras, qué soledad de luna,
qué soledad tan dulce, qué madera más noble,
qué nostalgia de estrellas, qué vino, qué alegría,
qué dolor, qué consuelo, qué manos sin descanso,
qué tiempo demorado y qué amor anhelante.

miércoles, 17 de julio de 2013

Ronda de la dama gentil


Estaba la blanca paloma,
a la sombra de un verde limón...


Ronda tradicional infantil


A la ronda, ronda
de la niña bella,
por sus ojos brilla
mi más clara estrella.

La niña blanca paloma,
ay ronda del limonero,
apenas el sol asoma
anda buscando el aroma
de las flores que más quiero,
ay niña del limonero.

A la ronda, ronda
de la niña clara,
¿vendrías conmigo
si yo te invitara?

La niña boca de rosa,
ay ronda de los azahares,
me prometió colmenares
y besos de mariposa,
ay niña de voz hermosa.

A la ronda ronda
de la niña mía,
tengo para darte
esta flor de un día.


martes, 16 de julio de 2013

Todavía

El tiempo, claro.

Es un asunto.

A propósito de lo que venía diciendo, pensaba en todavía.

Como indicador de tiempo es un adverbio interesante. Le pasa a otros adverbios lo que a él, pero éste me interesó ahora porque tiene matices inquietantes.

Su definición académica mira hacia el pasado inequívocamente: "Hasta un momento determinado desde tiempo anterior".


Pero el uso dice otra cosa y toma otros caminos temporales, porque el futuro aparece tanto como el presente cuando lo usamos.

¿En qué momento estamos ubicados cuando usamos todavía? ¿Hacia dónde miramos?


Todavía quedan hojas en los árboles.
Todavía estoy escribiendo.
Todavía no saldremos (o no salimos).

Suele decirse, y con toda razón, que aún y todavía son los adverbios propísimos de la esperanza. Y en cuanto tales parecen mirar hacia el futuro y en cuanto a esto último disiento, al menos en parte.

Si bien es verdad que el objeto esperado no está presente y esperamos que habrá de estarlo -no aún, no todavía-, el adverbio -como la esperanza- no están en función tanto del futuro como del presente. El adverbio y la esperanza alimentan el presente no el futuro. Sostienen ahora. De hecho, en el futuro no habrá esperanza, porque no habrá tiempo, y me refiero a eso que consideramos futuro y que en realidad es la eternidad. Pero incluso en asuntos de este mundo, las expectativas se clausuran ante el objeto esperado. Insisto: la esperanza y el todavía que la signa y la acompaña, son para el presente.

En otra dirección, también es verdad que en cuanto a duración e indicación de un estado o circunstancia, todavía puede en cierto modo equivaler a siempre e incluso a nunca, lo que no extraña porque ambas cosas están en el mismo rango.

Todavía soy esclavo.
Todavía no puedo olvidar.

Y así, todavía puede cargarse de exactamente lo opuesto a la esperanza.

En fin.

No tengo ninguna intención de ahondar en erudiciones al respecto, pero, y más allá de los usos y matices, académicos o corrientes, creo que todavía es adverbio de cuidado.

Aunque se entiende que no es el adverbio el peligroso sino que peligrosos somos nosotros.

lunes, 15 de julio de 2013

No volveré


Desde lo del portal que decía en la entrada anterior, varias cosas se fueron acumulando para que no saliera tan rápido de estas cuestiones.

Y todo por haber entrado a una calle con plátanos añosos, veredas rotas, un terraplén de ferrocarril y silencio y pájaros...

La primera cosa es que me quedé pensando en la hondura del asunto. Es casi inabarcable porque es sin casi el sentido mismo de la vida.

Los hombres batallamos con el tiempo del nacer al finir y creemos -al menos sentimos fuertemente, existencialmente- que es nuestra batalla principal. Es tan tópica la cuestión que me doy por eximido de probar el asunto.

Pero.

¿Es el tiempo realmente? ¿O el tiempo es el marco gravoso de la cuestión principal?

En los asuntos principales -en la vida individual y en la entera historia de los hombres-, parece que el tiempo signa de un modo indeleble todo.

El asunto principalísimo -el origen y el fin, así, unidos y no cada uno por separado, sin los cuales implícita o explícitamente todo lo demás nos sabe a nada-, suena a cuestión temporal o nos empecinamos en entenderlo como un asunto radicalmente temporal, y que nos enraiza en el tiempo, a la vez, por su misma naturaleza.

Se entiende que somos seres temporales, o en el tiempo, para decir mejor.

Pero, ¿de dónde nos vendrá la pulsión irrefrenable de considerar precisamente el origen y el fin como si fueran asuntos del tiempo?

Volver. He allí una cuestión atosigante para un ser temporal que no se detiene jamás, que no puede detenerse ni detener el tiempo. Y que no puede acelerarlo ni menos suprimirlo. Volver. Querer volver. Casi lo mismo que llegar y querer llegar.

Ocurre que sólo estamos en un sentido pleno en el presente.

¿Es posible volver? Porque volver -ya se vio en la entrada anterior, ya lo vi al menos- no es volver a dónde sino volver a cuándo.

Por cierto que hay estados, situaciones, momentos, afectos que fueron y fueron algo y de un modo determinado. Y que irremediablemente ya no son. Pero volver a ellos es querer volver a lo que entendemos que guarda el secreto y la potencia de lo que fueron y significaron: aquel momento en el que fueron lo que fueron. Aquel tiempo.

Pero.

¿Es el tiempo? ¿El tiempo los signó y el paso del tiempo los vació?

Identificamos la felicidad con el tiempo. Pero, en realidad, esa felicidad es apenas aquí el signo precisamente de la plenitud, que es uno de los nombres del no tiempo, de la eternidad.

Se entiende que pueda parecernos así. Vimos ese relámpago feliz en un momento dado, circunstancias que fueron en un momento dado. Cosas que ocurrieron en un tiempo largo de años, o breve de segundos. Pero años y segundos que son tiempo. Y el resto del tiempo sin aquello visto o vivido parece una cadena de tiempo, un pesado grillete temporal del que queremos librarnos, y remontar, precisamente, el tiempo, hasta llegar a aquel otro tiempo donde aquello estaba.

Lo cierto es que no se pasa el portal a Narnia para ir a un tiempo.

No se pasa el portal de ninguna existencia a otra para ir a un tiempo. El viaje en el tiempo será fascinante, pero es lo más irreal. Es la tentación negadora de la esperanza y de la existencia. De la verdadera -y única- existencia.

Si hubiera que volver, habría que volver al futuro, en todo caso. Porque precisamente aquello que identificamos y gozamos en aquel largo o breve momento determinado como enteramente feliz e inarrugablemente dichoso, vino de fuera del tiempo, sembró y preñó el instante -o los años- de felicidad luminosa. Pero ni esa felicidad ni esa luz eran del tiempo, ni siquiera, propiamente, de aquello que nos iluminaba felizmente en aquel momento.

Narnia o cualquier mundo al que se pase por un portal de ese tipo nos saca del tiempo, precisamente. No es que nos permite volver; lo que ocurre es que suspende el presente y lo vuelve de una continuidad que nos resulta incomprensible, pero que más allá de comprenderla, en el tiempo, sólo nos ocupamos de gozarla.

Pero, después, volvemos al transcurso y su gravedad, objetiva y subjetiva. Y puede volverse intolerable la nostalgia tanto como el transcurso mismo, gravado además por esa nostalgia.

Sí.

En eso estaba hoy cuando a estas cavilaciones se le sumaron dos textos.

Uno que recordé pensando en estas cosas: la Refutación del regreso, de Alejandro Dolina. Hay que discutirle no pocas cosas al sentido del tiempo y de la vida del autor, pero hay párrafos que plantean más de una cuestión interesante:
Aún cuando fuera posible volver al pasado, nada sería igual. Todos los actos de nuestra vida repetidos minuciosamente, serían distintos al estar ocurriendo por segunda vez. Esta diferencia es sustancial. Llevaríamos con nosotros la carga de la experiencia anterior. Nos estaría negada la ansiedad y la esperanza. ¿Con qué entusiasmo apostaríamos a las cartas que ya sabemos perdedoras? Alguien dirá: sería preciso borrar la memoria y volver al pasado sin recordar que ya lo vivimos. Respuesta: ¿de qué sirve volver si uno no sabe que vuelve? Para el caso es posible pensar que ahora mismo estamos viviendo por segunda o quinta vez la misma vida.
Otro texto fue un artículo del diario ABC de Madrid que me mandaron hoy y que, si bien parece ir por otros asuntos, creo que trata la misma cuestión, aunque por otras vías. A mí me fue pertinente y también me suscitó toda clase de reflexiones y observaciones sobre estas materias (y sobre las propias del artículo, relacionadas al fin con éstas mías de ahora): ¿Y si Roma no estuviera ya en Roma?, de un español llamado Ignacio Sánchez Cámara.


Leamos. Pensemos. Veamos qué.


Mientras, haciendo un recreo de lo arduo, y también para considerar si hay que volver o no, si es posible volver o no, si conviene no volver una vez que uno puso el pie en el camino que va y no vuelve, si mejor no volver nunca a nada o si mejor no tener que irse y así, allí están esas graciosas aporías musicales que puse en otra parte (para deliberadamente amenizar estos párrafos) y que canta Chavela Vargas: Volver, volver y No volveré.


Y, no..., no parece que esto termine acá: creo que tendré que volver sobre estas líneas.

Fuimos


Esperar. No cansarse de esperar la alegría.

Soneto. Poemas últimos.
Miguel Hernández

Ya éramos entonces y no éramos
todavía. No estaban nuestras huellas
trenzadas bajo el cielo, en este valle,
y el silencio era todo nuestro canto.
Pero fuimos entonces, siempre fuimos,
y un eco y un murmullo que nacían
fueron la voz que, recia y dulcemente,
dijo un nombre que floreció sin tiempo.
A cada paso vamos adelante
y llega nuestro paso adonde estábamos.
Y viene el día, un siempre sin ayer,
sin mañana ni nunca, nuestro día
que no estuvo y está y está diciendo
que somos y seremos. Porque fuimos.


domingo, 14 de julio de 2013

Pasar a Narnia



Siempre me impresionó la suerte de Susan Pevensie, la única sobreviviente de los cuatro hermanos y, paradójicamente, la única que no volvio a Narnia.

Tanto me impresiona su historia como los "portales" a través de los cuales se llega a Narnia, una idea tradicional que creo que Lewis usó con maestría.

En estos días tuve ocasión de volver a ambas cosas, de un modo sorpresivo.

A veces, como diría Tolkien, un viaje en el espacio puede convertirse en un viaje en el tiempo. Y así fue.

Cosas de la vida, tuve que volver a lugares -y a algunas gentes- que me eran propios hace decenas de años. Nomás estar allí, recordé que no los recordaba como creía y por cierto que no los veía desde entonces.

Lugares cercanos y gentes queridas.

Todo me causó una fuerte impresión. Más que nada porque fui tomado por sorpresa. Un viaje más por un asunto común me puso en cualquier lugar. Un lugar conocido.

Pero ni era tan reconocible ahora y tampoco era cualquier lugar, sino uno que me pertenecía. Que me perteneció. O yo a él. Y así sus gentes.

Mi sorpresa fue no reconocerlo, primero. Casi nada, y casi sin casi, era lo que había sido. Estaba en el mismo lugar pero era un lugar conocido irreconocible. ¿El tiempo? ¿Yo? ¿Quién había cambiado aquel lugar y había puesto otro en su lugar?

No tenía modo de entrar a él. No veía cómo era que yo conocía aquello. Y por eso mismo alargué el camino y me quedé allí más tiempo, cuando ya había terminado mis asuntos. No creo que fuera la ansiedad, sino más bien la nostalgia de lo que no veía por ninguna parte.

Hasta que.

Al dar vuelta en una esquina, y entrar en una calle que terminaba en un terraplén del ferrocarril, una hilera de plátanos enormes fue el portal a Narnia.

Unas casas bajas, jardines pequeños al frente muy cuidados, veredas viejas, bastante rotas por las raíces de los árboles. Pájaros refugiados en ese rincón y el silencio súbito de la calle -cómo saltó erguido de pronto en la memoria el recuerdo dormido de aquel silencio y esos pájaros entre plátanos...-, el sonido de fondo y rítmico del tren, el olor particular de las vías extrañamente aromadas por jardines a su vera, el gris ocre de las piedras y los durmientes coronando el terraplén. El mismo gesto de dar vuelta en esa esquina y encarar la calle que fuera atajo.

Era el portal.

Y era, por ese portal, salir del tiempo éste y entrar a aquel. Desde entonces sigo allí en cierto sentido. Más y más cosas diminutas vinieron. Momentos, historias alrededor de pasos que por entonces daba como mecánicamente por aquella calle, pero que se ve que se iban cargando de significados. Y cosas de las otras, de las hondas. Y tan hondas que no sabía que todavía existieran, en un tiempo distinto del presente y que estaban a la vez en mí y en aquella calle. Con su propio tiempo, más extenso, más intenso. Como en Narnia.

Pero está Susan Pevensie, la que no volvió a Narnia.

La que no quiso volver. La que prefirió quedarse en la parte menos interesante de este mundo.

Y me acordé después, recordando los portales de Narnia.

Y pensé cuántos portales hay para llegar a Narnia. Y cuántas cosas es Narnia. Cuántas cosas de este mundo fuera de este mundo. Cuánto de otro mundo en este mundo.

Y lo terrible de no encontrar los portales. No querer siquiera buscarlos.

O encontrarlos, saber dónde están y cuáles son, y no querer pasar por ellos a Narnia. A la Narnia de nuestras cosas. Y de las no nuestras, más que nada, a las que pertenecemos y no nos pertenecen. Porque de algún modo misterioso y mágico han sido hechas para nosotros, pero no son nuestras.

Dice Lewis que, tal vez, y a su modo, Susan pueda volver a Narnia. Ojalá. ¿Qué podrá ser de ella sin ella en Narnia? ¿Quién será ella si no es ella en Narnia?

Todavía ahora, en este momento, estoy dando vuelta aquella esquina, sintiendo la impresión sorpresiva y como física del recuerdo de un mundo entrañable que sigue viviendo en medio de lo conocido irreconocible. La impresión de haber pasado hacia mí mismo, nomás dar vuelta aquella esquina.

Una calle, una hilera de plátanos, un terraplén, jardines.

Un portal.


sábado, 13 de julio de 2013

Coplas del camino blanco


Camino de piedra blanca,
caminito de la sierra,
llevame al valle florido,
que me quiere quien me espera.

Camino de piedra blanca,
ay caminito del río,
llevame cantando coplas
porque cantando me alivio.

Caminito de la sierra,
camino de sombra verde,
llevame por lo parejo
que me espera quien me quiere.

Caminito de la sierra,
camino de piedra blanca,
llevame diciendo el nombre
que en el corazón me canta.

Ay caminito, ya llegan,
ay camino, ya me alcanzan,
ay caminito, esos ojos,
ay camino, mi esperanza.


jueves, 11 de julio de 2013

Cesare deve morire



Al noreste de Roma capital, en el V municipio, y como parte del quartiere XXIX, Ponte Mammolo, está un pequeño lugar llamado Rebibbia. Como tal, es relativamente nuevo en la ciudad, de principio del siglo XX, aunque la zona es por cierto mucho más antigua que ese rincón urbano de la Roma actual.

El nombre le viene de quien fuera el propietario de aquellas tierras, Escipión Rebiba, cardenal del siglo XVI, de vida y obra muy interesantes ambas, aunque no es el momento ahora de contarlas. Bastaría apuntar para saber de él que, según dicen los estudiosos de las genealogías episcopales, es uno de los obispos más antiguos del cual se conocen con certeza los datos de su ordenación episcopal. Dicen también que por eso mismo la inmensa mayoría de los actuales obispos -los papas, también, en cuanto obispos- "descienden" de él y remontan su línea sucesoria hasta él, cosa que un servidor no puede decir con autoridad, claro.



Ahora bien.

En ese rincón romano de Rebibbia hay una cárcel de máxima seguridad.

Desde hace algunos años, los presos hacen teatro por iniciativa de Fabio Cavalli, reconocido regista que conduce un proyecto de arte en la cárcel.

Cavalli trabajó en este caso con un grupo de teatro formado por presos -y en general presos peligrosos, la mayoría mafiosos- y adaptó una versión propia de Julio César, de Willliam Shakespeare.

En 2012, Paolo y Vittorio Taviani -ya octogenarios-, filmaron en Rebibbia -con guión de ellos mismos- todo el proceso de la puesta de ese clásico inglés por parte de Cavalli y sus presos. Y así salió esta obra.

Entre los especialistas y críticos, se usan los espantosos nombres de docudrama o docuficción para catalogar la obra de los hermanos Taviani. No les hagan mucho caso.

Cesare deve morire, así se llama la película, tuvo en este breve tiempo decenas de nominaciones y premios, entre ellos obtuvo un David di Donatello y un Oso de Oro en Berlín y fue la candidata italiana al Oscar 2013.


Hay que verla (y no por los premios y nominaciones, sino que los premios y nominaciones los tiene porque... hay que verla).

Por eso dejo aquí un enlace para Cesare deve morire (1).

Después, si cuadra, se puede hablar del asunto, porque harta materia hay.


Pero hay que verla antes.

Para hablar de ella, si hiciera falta.

Pero, sobre todo, porque hace falta verla porque... hace falta verla.






________________________________

(1) En la página del enlace que dejo más arriba hay varias opciones, como se verá. 

Si se quiere ver esta película, es imprescindible elegir la versión en italiano y subtitulada

Por ningún motivo hay que ceder a la tentación insana de verla en español. Estarían viendo cualquier otra cosa con el mismo nombre pero no esta película, que es la que digo que hay que ver.

Amar en julio


Amar en julio es como este día.
En un rincón, adentro, tibiamente
el fuego regocija leña seca;
y el invierno del aire, afuera, llora
una llovizna triste, tenue y gris.
Amar en julio es como mis manos,
áspero abrigo quieto y silencioso.
Amar en julio es como la salvia
que tirita sus ramas perfumando
unas lágrimas de oro del limón.
Amar en julio duele como un beso
que en el pecho nos abre la nostalgia
de algún secreto antiguo que hoy nos dice
que amar en julio es como este día.


viernes, 5 de julio de 2013

Y entonces volverás





Y entonces volverás, de nuevo entera,
con la belleza limpia de lo amado,
con el bello dolor de lo ganado,
con tu inocencia ardiente, amante y fiera.
Y entonces volverás y en tu costado 
te sangrará el amor como una hoguera,
niña de tierra y luz, dulce y guerrera.
Y verás a tus hijos a tu lado.
Y entonces volverás porque te espera
el corazón rugiente esperanzado
que está bramando por tu primavera.
Y entonces volverás del tiempo ajado 
y eternamente ya serás bandera
para el que viva o muera enamorado.




jueves, 4 de julio de 2013

Felices los que cantan

Tal vez no sea cosa para todos, pero creo que habrá a quien le venga bien. Son experiencias ajenas, por lo pronto, y eso tiene siempre doble filo: en lo que tienen de ajenas, en lo que tienen de universales.

Pero quién dijo que no se pueda saber primero en otros. No se daña lo propio por eso. Y tal vez al contrario. Es de la tradición literaria que saber en otros ayude a saber en sí mismo.

¿Quién sabe?

Pero, veamos.

Estaba leyendo unas colecciones de sonetos y di con una -algo despareja, pero muy empeñosa- que trataba de hacer enciclopedia de todas las formas y rarezas en ese mundo, ya normalmente difícil, que es componer en 14 versos.

Interesante, algo de más extensa y un poco forzada aquí y allá.

Anoté algunas cosas que me gustaron, algunas más conocidas, otras audaces.

Empiezo por este Madrigal de madrigales, de Manuel Machado, de métrica inusual y combinada.
¿Qué nuevo nombre a ti, creadora de poetas,
esencia de la juventud,
si todas las magníficas y todas las discretas
cosas se han dicho y hecho en tu virtud?

¿Qué madrigal a ti, compendio de hermosuras,
luz de la vida, si
mis pequeños poemas y mis grandes locuras
han sido siempre para ti?...

En la hora exaltada
de estos nuevos loores,
toda la gaya gesta de tu poeta es…

tirar de la lazada
que ata el ramo de flores
y que las flores caigan a tus pies.
Algo parecido hay aquí, en Verano, del mismo autor, aunque ya más osado:
Frutales
cargados.
Dorados
trigales…

Cristales
ahumados.
Quemados
jarales…

Umbría
sequía,
solano…

Paleta
completa:
verano.
En verso corto también, y con esa rima rica que tantos disgustos le trajo en su vejez por la burla de sus discípulos, estaba también Luna maligna, de Leopoldo Lugones:
Con pérfido aparato
de amorosa fatiga,
luce su oro en la intriga
y en el ojo del gato.

Poetas, su recato
no pasa de su liga;
evitad que os consiga
su fácil celibato.

Su dulce Shakespeare canta
su distinción de infanta de naranja;
mas, cuando su alma aduna

con Julieta infelice,
swear not by the moon, dice:
"No juréis por la luna".
A Tengo miedo a perder la maravilla, de Federico García Lorca, lo anoté nada más que en homenaje a los años de estudios. Y porque es buen soneto, claro.
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
Por otra parte, había en la colección que digo esta rareza de la Corona de sonetos, que nunca había visto entera, pese a ser forma antigua, bien que casi nada frecuentada por lo difícil.

Son 15 sonetos de un mismo tema, y el último de la serie -que es el que copio ahora- lleva el nombre de Madre, es decir, soneto madre. En la Corona, el último verso del primer soneto es el primero del segundo, el último del segundo es el primero del tercero, y así siguiendo. Además, el primer verso del primer soneto resulta el último del soneto 14. El 15, el soneto madre, reúne los primeros versos de los catorce sonetos anteriores.

En este caso que cita la colección, la corona se llama Nada quedó. Nada. y su autora es Delia E. Fernández Cabo, que los compuso, para mayor asombro, en lunfardo.
El bulín se quedó junando ausencia;
la poesía rimando en un cajón;
la viola apoliyando en el rincón.
Un silencio de parla y confidencia.
El berretín se impuso a la conciencia.
Marcó tu alejamiento y mi bajón.
En la vitrola Manzi, el Milongón.
Un llanto gris sin ritmo ni cadencia.
El recuerdo de días de fandango
afilando al arrullo de un gotán;
de bohemia, de vento y de champán;
de vidas trajinadas entre el fango.
Hoy estoy ya fané y abandonada
sin fe, sin vos, sin mí, sin sueños. Nada.
En un registro similar, había también un soneto compuesto con versos de otros autores y sonetos, que se denomina centón, precisamente por ese acopio. No sé quién se habrá tomado el trabajo, pero quedó bien.
Cándida luna, que con luz serena (Herrera)
del espacio los ámbitos dominas (Quintana)
y el horizonte lóbrego iluminas (S. Martínez)
de pompa, majestad y gloria llena. (Cadalso)

¿Sientes acaso la amorosa pena, (Ramón Palma)
y a la mansa piedad dulce te inclinas, (M. Arjona)
y en busca de un amante te encaminas (L. de Vega)
que a eterna desventura te condena? (Anónimo)

Parece que me escuchas y parece (F. de la Torre)
que en gloria y paz y amor y venturanza, (Espronceda)
tibia, modesta, fugitiva luna, (Zorrilla)

Tu faz en dulce lumbre resplandece, (José Roldán)
y entre el vago temor y la esperanza (M. de la Rosa)
constante dura sin mudanza alguna. (Luzán)
Vuelve a ser corazón enamorado, de Francisco Luis Bernárdez, tiene la particularidad de que alterna rimas de palabras de ambos géneros.
El día, que antes era noche oscura,
vuelve a ser día cada día más puro;
la noche, que antes era día oscuro,
vuelve a ser noche cada vez más pura.

El cielo, que antes era tierra impura,
vuelve a ser cielo menos inseguro;
la Tierra, que antes era cielo impuro,
vuelve a ser Tierra menos insegura.

Desde que en este día sin reproche,
desde que en esta noche que no es noche,
desde que en este cielo que destierra.

Desde que en esta Tierra que no es tierra,
el corazón, ayer deshabitado,
vuelve a ser corazón enamorado.
Mientras tanto, y para ya finir, este soneto difícil de Francisco de Quevedo es un soneto con eco, porque repite en cada rima, algo de la anteúltima palabra de cada verso.
Es el amor, según abrasa, brasa;
es nieve a veces puro hielo, hielo;
es a quien yo pedir consuelo suelo,
y saco poco de su escasa casa.

En un ardor que a quien traspasa, pasa,
y como a veces yo paselo, selo;
es un pleito do no hay apelo, pelo;
es del demonio que le amasa, masa.

Tirano a quien el Cielo inspira ira;
un ardor que si no se mata, mata;
gozo, primero que cumplido, ido;

flechero que al que se retira, tira;
cadena fuerte que aun de plata, ata;
y mal que a muchos ha tejido nido.



Y eso fue todo.


miércoles, 3 de julio de 2013

De Alejandría a Mar del Plata

Hace un tiempo, vi que en Mendoza la masonería había inaugurado una nueva logia y que la había puesto bajo el amparo de Hypatía de Alejandría. (Vi, a propósito de eso, que en su bitácora copiaban casi literalmente sin disimulo ni criba la historia que figura en la entrada correspondiente a Hipatia de la Wikipedia.)

Por curiosa que resulte la asociación (nada nueva, eso sí) de Hipatía con la masonería, la mención de esta mujer de los siglos IV y V no tiene más significación aquí que la de haberme llevado a otras cavilaciones.

Porque me acordé de Hipatia hoy mismo, vea usted, y paso a decirle por qué.

Resulta que oía los soponcios por los asuntos de espías y contraespías que se han desatado en el orbe y que tienen a medio mundo a los gritos, y todo en ocasión de un estadounidense ahora asilado en el aeropuerto de Moscú que dicen destapó una olla que los tiene nerviosos a espiadores y a espiados.

El asunto es que el medio mundo a los gritos llegó a rozar la piel de Evo Morales que, viniendo de Rusia, quedó con su avión en Austria porque no lo dejaban refuelar ni en Portugal, ni en Francia, ni en Italia ni en España. Como el avión oficial es pequeñín, no podía cruzar el mar sin parar antes. Y no lo dejaban parar porque sospechaban que sin decirlo sacaba de Rusia al estadounidense perseguido y buscado por espiar y por decir que espiaba.

Cristina Fernández se entera anoche tarde del despelote porque se lo cuenta Rafael Correa cuando ella llega a casa. Comienza a moverse frenéticamente detrás del asunto y, después de haberse meneado por espacio de casi tres horas, cuenta todo en chorradas de tuits, como acostumbra, hasta casi la 1 de la madrugada; algunos, dicho sea de paso, analizan esa falta de control de esfínteres verbales y ese permanente logoflujo como una meditada estrategia de comunicación y acción política. No lo niego del todo, pero creo que -además, o principalmente- no poco tiene que ver con eso la soledad...

¿Hipatia? Cierto, Hipatía...

Pero antes me gustaría detenerme en una frasecita que aparece allí en el recuadro que copio.


Rafael llama a Cristina. Cristina llama a Evo. Evo contesta: "Hola compañera, cómo está?" Y ella reflexiona: "El me pregunta a mí como estoy! Me lleva miles de años de civilización de ventaja."

Eso digo y aquí me paro un momento: me lleva miles de años de civilización de ventaja...

Hipatía era, además de muchas otras cosas que no vienen del todo a cuento aquí, una mujer de una inmensa formación e instrucción. Culta, muy leida, maestra de otros no menos aptos que ella. No hay duda al parecer de que se destacaba intelectualmente, y no sólo por ser mujer, aunque esto tiene su importancia para la época, porque no eran muchas las que se dedicaban y eran menos las que se destacaban tanto.

Alejandría ayudaba, claro, por ser lo que era, aun en sus años que no fueron los más brillantes de la ciudad. Pero sin duda tenía un lugar privilegiado no sólo en el Egipto milenario sino en toda aquella cuenca de cultura antigua al oriente de il Mare.

Todo muy mezclado. Pero parece cierto también que esta mujer notable tenía influencia fuerte en asuntos políticos y religiosos, así como era una férrea defensora del paganismo, o no muy amiga del cristianismo, diríamos, porque su práctica religiosa no consta y sí constan sus entreveros con buenos y malos cristianos y hasta con otros religiosos incluso paganos.

Su muerte -la forma en que murió- logró ponerla en un sitial distinto y elevado a los ojos de sus defensores y su figura se volvió por eso mismo el emblema de muchas cosas, entre ellas, y corriendo los siglos, del feminismo, tanto como de la revolución cultural y científica frente a la religión y cosas así, más o menos de cajón. Todo muy mezclado, repito, pero lo que importó de Hipatia para la historia fue su calidad de emblema que es lo que para la mayoría quedó (razón por la cual resulta al final que la masonería la homenajea ahora en Mendoza...) 

En más de un aspecto, Cristina Fernández querría ser la Hipatia de estos tiempos, en la Argentina, seguro, y en el entero mundo si fuera posible. Hay diferencias, claro que sí, y son evidentes, incluso hasta para los enemigos inquinados de Fernández y por cierto que para sus adoradores. Porque Hipatía era una mujer culta, por lo pronto, y era seria en sus ciencias, desde la astronomía y la aritmética hasta la filosofía o la literatura.

A Cristina Fernández le quedaría solamente la asociación ilícita con la cáscara de la Hipatía del emblema: una mujer que no se detiene ante los poderes de ningún tipo, especialmente ante los espirituales o más altos, enfrentadora, de una palabra pública oída y atendida por muchos, a la que se odia o se ama sin matices, de una durable influencia, máscarón de proa de innovaciones o revoluciones culturales o políticas, y así siguiendo.

Se entiende que ni Tolosa ni La Plata son Alejandría de Egipto. Y eso cuenta, y cuenta mucho, créame. Sobre todo si a una le falta todo lo demás.

¿Y Mar del Plata?

Ah, Mar del Plata, claro... Cierto...

Pues, precisamente.

Vuelvo a la frase que tiene la culpa de esta entrada: me lleva miles de años de civilización de ventaja...

¿Qué significa eso? ¿Qué quiso decir? ¿Lo dijo porque Evo Morales le preguntó cortésmente cómo está? ¿Porque ella en su atropello no se lo preguntó y él sí y con eso mostró ser más civilizado que ella? ¿Sí?

Hmmm...

Puede ser, sí...

Pero, no lo creo del todo...

Creo que con su sutileza bruta, y sin darse cuenta del gorilismo implícito, quiso decir, y dijo, que el indio patasucia (eso entiendo que supone su comentario) de Evo Morales -por ser eso mismo: indio- mantenía la calma y la presencia de ánimo y, claro, contestaba con normalidad en medio de la tercera guerra mundial y con cortesía y hasta con un atisbo de dignidad.

Creo que efectivamente le atribuyó eso a Evo Morales por ser indio, lo cual en su imaginario de manual supone una punta de años de civilización. Y, por lo mismo, muchos más que los que ella misma tiene por ser..., por ser...

Y ahí paremos otra vez: ¿por ser? ¿qué? ¿hija de gringos y gallegos? ¿por ser argentina?

¿Y cuántos años de civilización tiene atrás Cristina Fernández, se note o no?

Hipatia, por ejemplo y además de su sangre, era la heredera de escuelas que arrancaban antes de Platón, más de mil años atrás de ella misma. Una cifra de años que no era mucha, pero que ella asumía como propia. Hipatía consideraba tener, al menos, mil años. No me la imagino a Hipatia de Alejandría renegando de aquello que precisamente intentaba sostener.

¿Cuántos años tiene Cristina Fernández? Ella dice haber nacido en 1953. Pero, ¿cuántos años tiene por todo concepto? No creo que suponga que el mundo nació con ella. Aunque... Tampoco que ella misma tenga a todos los efectos la edad que figura en su partida de nacimiento.

Me lleva miles de años de civilización de ventaja...

¿Por qué atribuirle a Evo Morales la edad de todos sus genes y antepasados y no reconocer -o renegar de- los propios?

No importa si Cristina Fernández hace honor a la edad que tiene ella y ella con la civilización a la que pertenece, porque ella es ella y la edad de su civilización. Malgrado de ella misma, tiene más de dos mil años y probablemente bastante más que eso.

Muy bien.

Pero.

¿Y Mar del Plata?

Ah, Mar del Plata, sí....

Bueno, vea: Mar del Plata es el tacho de basura adonde Cristina Fernández piensa tirar con asco y bronca la estatua de Cristóbal Colón que es un signo -visible desde su casa rosada- que le recuerda -todos los días a su imaginación limitada y desquiciada que debería ver lo mismo en millones de otras cosas a su alrededor- los miles de años de edad que ella tiene.



martes, 2 de julio de 2013

Meiga

Eu non creo nas meigas,
mais habelas, hainas

Dicho de Galicia


Una llovizna de plata
que cae del cielo frío;
y entre la niebla del bosque
un ruiseñor desvaído
tirita sus penas dulces
con unos húmedos trinos.
Iba de asunto en asunto
y de camino en camino;
iba buscando reparo,
comida, fuego y abrigo;
iba oyendo los compases
del corazón, los latidos
que a veces laten tristezas
que siempre vienen conmigo.
La sierra se hunde en la vega
de un arroyo adormecido
y por allí van mis pasos
y el corazón afligido.
Sobre una piedra sentada,
el blanco de su vestido
ponía a la tarde gris
un aire de regocijo.
La vi mirar hacia el bosque
del que salgo peregrino;
la vi mirarme a los ojos
y acariciar unos lirios;
la vi seguir adelante
hasta un claro seco y tibio,
entre unos cedros añosos
y algunos robles rojizos.
Vi que era Dama de castro.
Lo supe por su vestido,
y por su modo de hablarme
de cosas de mi destino
con esa voz melodiosa
que consuela como un filtro.
¿Cuánto tiempo habré pasado
en su silencio benigno?
Dejé la vega y el claro,
atrás quedaron los lirios,
y en el aire alborotaba
un perfume de tomillo.
Mientras andaba el arroyo
entreverado en jacintos,
vi las huellas de la Dama
como un manto de rocío
perderse en el bosque adentro
por un sendero escondido.