martes, 29 de mayo de 2012

Quod est kirchnerismus (VIII)

Algo que pasó y algo que no pasó (2)



Tiene que resultarle a más de uno una simplificación, si se lo mira sin la benevolencia debida. Y si eso parece es porque esto no es un tratado de política, ni es la entera historia de nada.

Son apuntes, entiéndase bien, de cosas que voy mirando tratando de ver este asunto particular, y lo estoy avisando.

La Argentina lleva en las entrañas -todos lo sabemos, creo- una guerra. Hubo tiempos en que ésa fue una guerra a muerte. O siempre lo fue, mejor. Porque no se muere de una sola manera.

La guerra honda de la Argentina es en gran medida una herencia de otras guerras que no empezaron por estos rumbos. Y que no se definen del todo en este suelo argentino (ni en este suelo, a secas, bien mirado...) Aunque, hay que decirlo, una parte de lo que pase entre nosotros en algo define la guerra grande.

Vamos a ver.

Las cosas de los hombres no son blancas o negras, sino en todo caso tirando a grises y no por defecto, sino por naturaleza. Los bandos en pugna, entonces, también ellos están teñidos del color humano habitual. Claro que puede haber personajes y hasta posiciones parciales que tengan más de una cosa que de otra. Cuestión de matices fundados en las cosas, más bien, y no de perspectivas. En cualquier caso, la imposibilidad de percibir y catar el matiz, me parece, es estolidez o ideología. Y lo es tanto al sostener una posición determinada como en la mirada que necesite ser analítica y sintética a la vez para entender.

Pero.

Hay que decir también, con el mismo énfasis, que en la historia de los hombres las grandes líneas también existen y juegan un papel determinante, porque en realidad son el reflejo, nunca prístino absolutamente, de otra guerra que no es de acá.

Es materia prudencial saber en cuánto abona una posición determinada a una u otra línea, en cuánto la nutre o la erosiona. Y esto no es maniqueísmo, porque no se ha dicho aquí que -si las líneas matrices fueran dos- sean equivalentes. Lo que sí es verdad, entiendo, es que, si son dos las grandes líneas de las que estoy hablando, una tiende al bien y la otra, no.

Es un trabajo más arduo que lo que aquí me propongo, medir con un calibre milimétrico lo cerca o lejos que las cosas de los hombres están del bien o del mal. Pero sí puedo decir que siempre en la historia las cosas de los hombres, en tanto que humanas, o tienden al bien o no.

Hay un grado de certeza respecto de qué es el bien y el mal, y de qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, de eso no hay duda. Como hay un grado de cierta relatividad en las acciones humanas, toda vez que en el gran tapiz de la historia visto todo junto, asuntos que inmediatamente desbarran, más allá de que en sí mismos son vituperables, mediatamente son puestos al servicio de un bien inusitado, por designios que están muy fuera y muy por encima de nuestro gobierno. Y no hay en esto maquiavelismo tampoco porque el principio que se sostiene no es el de la indiferencia moral o el del cinismo o el del oportunismo. Se dice aquí, simplemente, que suele pasar que no haya mal que por bien no venga, y Dios sabrá por qué. Como pasa también haber bienes que empeoran las cosas.

Es muy difícil ver la parte y el todo a la vez. Y más difícil mirar serenamente qué es qué en la historia de los hombres. No poder hacer ese ejercicio permanente de ver lo que es, en todos los planos, es parte de la enfermedad, digo. O, para no usar palabras tan drásticas, es parte del problema.

Pero hay alguito más.

Cuando las hebras que forman el tramado complejo de la historia humana empiezan a enmarañarse (diría diabólicamente) y a nublarse, resulta que la confusión es la reina del terreno y no gana tanto una u otra posición determinada. Reina más bien ella. Y cuando reina la confusión las cosas tienden al mal, a veces incluso las buenas. La confusión misma es un mal serio en las cosas humanas. En las individuales, por cierto. Pero mucho más en las sociales, entre otras cosas porque también esa confusión en las cosas (en las palabras, en las ideas, en los tópicos, en las opiniones, en las acciones subsiguientes) llega a las playas individuales con fuerza muchas veces casi irresistible y pierde a muchos o los desespera o los enloquece de furor torcido o los anula. Porque son muchos los que finalmente languidecen o mueren de confusión y de no saber qué pensar y qué decir y cómo mirar las cosas que ven y que no saben si ven o no, porque la confusión no los deja. Y hasta ocurre que confunde ver la confusión en tantos o en la mayoría. Y esa confusión mata, aunque esa muerte sea incruenta y el muerto camine y respire.

Y voy a lo mismo: discernir es cosa tan difícil como necesaria. Y necesaria particularmente porque la pérdida del sentido de las cosas, el atosigamiento y el embotamiento que produce la confusión, es tan malo como los males mismos. Y su efecto resulta al fin la desesperación y la tristeza, aunque sean una desesperación y una tristeza furibundas

Dicho esto sucintamente, vuelvo al punto de este apunte.

La Argentina es, en cierto sentido, un reino dividido por esa pugna intestina que antes menté.

No es sencillo adjetivarla. Pero mucho más peliagudo es substantivarla.

Porque los argentinos, además, parece que somos facciosos casi por naturaleza. Solemos entender las cosas disueltas y entreveradas en antónimos homicidas, monstruos de dos cabezas que viven mordiéndose a morir. Eso no ayuda, claro. Y no se diga que eso es sin más y siempre la lucha noble del bien contra el mal y la nada noble viceversa. Habrá de eso, si acaso, en algunos casos. Pero da igual que sea lo bueno y lo malo, como que sea Boca y River o porteños y provincianos, o derecha e izquierda o conchetos y grasulines. Tenemos esa cosa de constituirnos en los antagonismos, binarios impenitentes en oposición contradictoria. Así se atomiza la Argentina desde hace decenios y decenios, casi desde antes de nacer. Si acaso en algunas de esas contradicciones se levanta la lucha histórica y metahistórica entre el bien y el mal, igual se nos destartala de habitual la cuestión no por lo bueno de la oposición necesaria sino por la cariocinesis interminable, sin la cual parece que nos sintiéramos menoscabados.

Tenemos, creo, una tara difícil de remover. O dos, por mejor precisar.

Una es no poder distinguir la parte del todo y ver dónde a la vez las dos cosas se enhebran en una coreografía que no es otra sino la de la realidad tal y como es en este mundo sublunar, y ver el sentido de eso mismo. La otra es considerar cada parte siempre como contradictoria de otra parte. Y no por ser buena o mala parte, repito, sino por ser simplemente diversa y otra, por ser otra parte.

Y el hecho real y verdadero es que, más allá de las doctrinas, toda sociedad es una cierta unidad de lo diverso en razón del fin. Y si no hay las tres cosas no hay sociedad vera.

Repito: en razón del fin. Porque el fin es fundante. Tanto que es la razón última de toda concordia. Y de toda guerra.

Y allí está la cuestión que tiene partida a la Argentina: en el fin.

En general, salvo difíciles excepciones y más allá de nuestra pulsión centrífuga, en la Argentina los nombres de facciones políticas, sociales, culturales, hay que decirlo, ocultan en última instancia las disonancias respecto del fin.Y por cierto que son muchos los casos en que las disonancias son difícilmente salvables.

Ya venimos siendo al menos bicentenarios en este asunto capital.

Claro que todo el asunto no es cosa tan simple como si habláramos de derechas e izquierdas, sin más; muchísimo menos todavía es la trivialidad de moda de neoliberales contra progresistas; por cierto que, y antes, tampoco fue cosa sin más de republicanos contra monárquicos, ni de unitarios contra federales, ni de conservadores contra radicales, ni de peronistas y antiperonistas.

Pero, y no quiero dejar de insistir, si acaso se llegaran a encontrar en la historia nuestra acuerdos sanos y raigales de partes diversas respecto del fin, ya se verá aparecer a la menor excusa el monstruo sin ojos y dos cabezas que, a dentelladas secas y calientes, irá mordiendo más tarde o más temprano y con furia la parte de la parte de la parte ad infinitum.

Podría, tal vez, haber sido distinto. Pero no lo fue.

Y sobre eso quiero poner los ojos, aunque sé que el asunto dará gusto amargo, en cierto sentido.

(continúa)