martes, 27 de marzo de 2012

Quod est kirchnerismus? (V)

Una cosa que no es


Hay algo que suele llamarse movimiento nacional, nacional y popular, y hasta nac & pop en su versión tilinga, o denominaciones de ese estilo. Hay variantes más jugadas y delatoras como campo popular. No le hace. Va todo más o menos a la misma olla, en lo que a este comentario se refiere. Y siempre están las manipulaciones del lenguaje, alertas y pérfidas, claro.

Suele tironearse de estos nombres. No todo el mundo lo hace, claro. Pero hay una como mitad de los que hablan de estas cosas, digamos, que sí se las disputan. No una mitad del pueblo, entiéndase bien.

Pero, como quiera mirársela, la cuestión es mucho más vieja que el peronismo y por cierto que no es un invento del kirchnerismo. Tampoco la izquierda puede hacerse un ADN con esperanza de éxito en esta materia.

De hecho, movimiento, nacional y popular son motes relativamente nuevos de asuntos mucho más viejos. Y hasta son palabras con orígenes no precisamente iguales o cercanos. Muchas veces son versiones más o menos distorsionadas de una guerra de visiones y acciones que viene de antiguo.

La patria, el país, la nación, en cierto modo, van por otro lado. La gente, el pueblo, los argentinos, en inmensa medida, también.

Si acaso la patria siente los tirones musculares a causa de estas tiranteces, es porque muchas veces tiene los tejidos y músculos que se mueven en estas cuestiones enhebrados con su osamenta misma. El hombre de a pie también participa, también lo siente, muchas veces sin saberlo, y sin andar con tantas milongas de denominaciones, salvo cuando le ponen palabras emblemáticas en su boca y tópicos emblemáticos en su cabeza. Si no fuera por eso, difícilmente cualquiera haría doctrina de estas cosas, porque ni las piensa así ni las vive así, aunque las piensa, las siente y las vive.

Con todo es inevitable ponerle nombres a las cosas. Y también es natural institucionalizarlas. No sólo instituirlas: volverlas institucionales. Es cosa de los hombres institucionalizar. A veces, también es un vicio humano, se las institucionaliza para que la cáscara institucional mate y ahogue la parte viva que debería custodiar y preservar. Pero las instituciones existen y es bueno que existan. Y eso es también porque, en cosas de política, las ideas no flotan solas en el aire: se encarnan. Y más: habitualmente primero se encarnan y después son ideas o consignas que se interpretan o modelan o aplican.

Siempre hay un hombre detrás. Y frecuentemente hay hombres pensando y haciendo cosas que terminan siendo una corriente de pensamiento, una línea. Y, si cuadra, a veces un movimiento.

Más aún: para que algo en política llegue a ser un movimiento necesita de un hombre, la carnadura de un hombre que lo conduzca, discipline, inspire.

Pero un hombre no basta para hacer un movimiento. Necesario es, no suficiente.

Tampoco la institucionalización alcanza.

El kirchnerismo es un ejemplo algo rengo de ambas cosas.

Quien podría eventualmente haber sido el conductor de una corriente, murió antes de que cuajara, aunque su empleo del movimientismo era más utilitario y espasmódico que arquitectónico. Prudente y rápido, todavía no son sinónimos.

Después de él, quien lo continuó, ni mostró ni muestra trazas de estar a la altura de una estructura tan compleja y delicada. Que estas cosas no son soplar y hacer botella. Y no basta con hacer gestos movimienteriles: la mímica de un movimiento, es siempre paródica.

En ese sentido, hay quienes suelen confundir los gestos de la institucionalización revolucionaria de una concepción del hombre, la sociedad y el estado, con los ademanes como imperiales de un movimiento. No son lo mismo.

Lo cierto para mí es que el kirchnerismo en ese sentido hará todo lo que pueda en todos los ámbitos que pueda –y especialmente en los que más le interesan, por motivos diversos-, mientras mande o esté a cargo del gobierno. Ese movimiento incesante, esa que dicen iniciativa política y esa voluntad política de gestión y arquitectura de una sociedad, no son un movimiento, ni son de un movimiento. Son movimiento, a secas: moverse. Que pretenda ser fundacional, que tenga ínfulas e impulso, no significa que el sujeto que actúa y ejecuta sea un movimiento, institucionalmente un movimiento.

Porque, institucionalmente, en el tipo de institucionalidad que supone un movimiento, el kirchnerismo tampoco encaja. Le faltan patas a esa mesa para que sea mesa y para que sostenga todo lo que quiere apoyarse en ella.

Lo que sí entiendo que le pasa al kirchnerismo es que es inquilino del espacio que ocupa en un rincón o en los suburbios del llamado movimiento nacional y aun de los movimientos populares. Y hasta donde veo, es un inquilino que no paga alquiler.

Hasta ahora usó instalaciones que ni ha hecho ni le han sido enteramente propias. Las estructuras políticas, es un caso, tanto las del peronismo como las del fantasmal e inverificable del todo campo popular, particularmente de los grupos y grupúsculos de izquierda. O las instalaciones de la fuerza sindical, por ejemplo. O las herramientas del estado, incluso, entendidas al modo peronista. O el estado mismo, a secas, con sus tantas veces ociosa capacidad de gestión e intervención social. Y hasta el pueblo, en parte y de a ratos. Ni que hablar del tegumen sutil y omnipresente de la sedicente gente de la cultura.

Hasta ahora, también, el kirchnerismo ha vivido de lo que cualitativamente tenía (tal vez todavía tiene) de movimiento el peronismo, y eso es más un "mérito" del disciplinado peronismo que de la capacidad de seducción o conducción del kirchnerismo.

Pero, en este sentido, el kirchnerismo se ha colgado del cable de la luz. Ni ha hecho la instalación ni piensa -¿ni puede?- pagar el precio que hay que pagar para ser un movimiento nacional. Que el propio kirchnerismo y muchos de los sectores de toda laya que lo acompañan -crítica, subsecuente u obsecuentemente, por propios motivos o convergiendo con él- quieran ser protagonistas de un movimiento tal, no alcanza. Querer no es poder.

La grandeza no es sinónimo de bondad. Pero se necesita grandeza para generar o siquiera conducir un movimiento.

En los últimos 100 años, poniendo aparte los controles de calidad, el peronismo ha sido en la Argentina la única expresión durable políticamente de este tipo de movimientos sociales y políticos. No todas las columnas con las que levantó ese edificio eran suyas. Ni lo eran no pocas de las columnas doctrinales sobre las cuales se asentó para edificar su movimiento. Perón tuvo la ¿habilidad? ¿astucia? ¿intuición? ¿oportunidad? de sintetizarlas en un corpus homogéneo que vertebró instituciones sociales como los sindicatos, estructuras políticas, sectores etarios, empresarios o culturales y hasta religiosos (sí, no tan rápido: también religiosos…)

Los intentos del kirchnerismo por disciplinar esas estructuras –tal vez creyendo que heredaba al peronismo y con él su impulso movimientista-, no parecen mostrar resultados.

Y es natural. Entre otras cosas importantes, hay una axial: puede que algunos revolucionarios en particular no lo sean, pero la revolución en cuanto tal suele ser gorila, no sólo pero especialmente en su defensa del pueblo. Y no se puede generar un movimiento nacional si se es gorila. Se puede sí apropiarse de la denominación, incluso durante mucho tiempo. Pero las palabras y las cosas no son la misma cosa, como dice Platón que decía Sócrates.

Sin embargo, y con todo, esa voluntad sostenida de querer –pretender, suponer, fingir- ser un movimiento, siquiera de pretender haber heredado esa cualidad del peronismo, aunque modelada de otra muy otra suerte, es característica del kirchnerismo y está -junto con otros motivos- detrás de todas sus acciones económicas, políticas, sociales y culturales.

Así es como creo que resultan las cosas de este modo: algo que el kirchnerismo no es, ni parece que vaya a poder ser, es también algo que lo caracteriza y lo impulsa.

Cosa rara, admito.

Pero…