martes, 27 de marzo de 2012

Quod est kirchnerismus? (V)

Una cosa que no es


Hay algo que suele llamarse movimiento nacional, nacional y popular, y hasta nac & pop en su versión tilinga, o denominaciones de ese estilo. Hay variantes más jugadas y delatoras como campo popular. No le hace. Va todo más o menos a la misma olla, en lo que a este comentario se refiere. Y siempre están las manipulaciones del lenguaje, alertas y pérfidas, claro.

Suele tironearse de estos nombres. No todo el mundo lo hace, claro. Pero hay una como mitad de los que hablan de estas cosas, digamos, que sí se las disputan. No una mitad del pueblo, entiéndase bien.

Pero, como quiera mirársela, la cuestión es mucho más vieja que el peronismo y por cierto que no es un invento del kirchnerismo. Tampoco la izquierda puede hacerse un ADN con esperanza de éxito en esta materia.

De hecho, movimiento, nacional y popular son motes relativamente nuevos de asuntos mucho más viejos. Y hasta son palabras con orígenes no precisamente iguales o cercanos. Muchas veces son versiones más o menos distorsionadas de una guerra de visiones y acciones que viene de antiguo.

La patria, el país, la nación, en cierto modo, van por otro lado. La gente, el pueblo, los argentinos, en inmensa medida, también.

Si acaso la patria siente los tirones musculares a causa de estas tiranteces, es porque muchas veces tiene los tejidos y músculos que se mueven en estas cuestiones enhebrados con su osamenta misma. El hombre de a pie también participa, también lo siente, muchas veces sin saberlo, y sin andar con tantas milongas de denominaciones, salvo cuando le ponen palabras emblemáticas en su boca y tópicos emblemáticos en su cabeza. Si no fuera por eso, difícilmente cualquiera haría doctrina de estas cosas, porque ni las piensa así ni las vive así, aunque las piensa, las siente y las vive.

Con todo es inevitable ponerle nombres a las cosas. Y también es natural institucionalizarlas. No sólo instituirlas: volverlas institucionales. Es cosa de los hombres institucionalizar. A veces, también es un vicio humano, se las institucionaliza para que la cáscara institucional mate y ahogue la parte viva que debería custodiar y preservar. Pero las instituciones existen y es bueno que existan. Y eso es también porque, en cosas de política, las ideas no flotan solas en el aire: se encarnan. Y más: habitualmente primero se encarnan y después son ideas o consignas que se interpretan o modelan o aplican.

Siempre hay un hombre detrás. Y frecuentemente hay hombres pensando y haciendo cosas que terminan siendo una corriente de pensamiento, una línea. Y, si cuadra, a veces un movimiento.

Más aún: para que algo en política llegue a ser un movimiento necesita de un hombre, la carnadura de un hombre que lo conduzca, discipline, inspire.

Pero un hombre no basta para hacer un movimiento. Necesario es, no suficiente.

Tampoco la institucionalización alcanza.

El kirchnerismo es un ejemplo algo rengo de ambas cosas.

Quien podría eventualmente haber sido el conductor de una corriente, murió antes de que cuajara, aunque su empleo del movimientismo era más utilitario y espasmódico que arquitectónico. Prudente y rápido, todavía no son sinónimos.

Después de él, quien lo continuó, ni mostró ni muestra trazas de estar a la altura de una estructura tan compleja y delicada. Que estas cosas no son soplar y hacer botella. Y no basta con hacer gestos movimienteriles: la mímica de un movimiento, es siempre paródica.

En ese sentido, hay quienes suelen confundir los gestos de la institucionalización revolucionaria de una concepción del hombre, la sociedad y el estado, con los ademanes como imperiales de un movimiento. No son lo mismo.

Lo cierto para mí es que el kirchnerismo en ese sentido hará todo lo que pueda en todos los ámbitos que pueda –y especialmente en los que más le interesan, por motivos diversos-, mientras mande o esté a cargo del gobierno. Ese movimiento incesante, esa que dicen iniciativa política y esa voluntad política de gestión y arquitectura de una sociedad, no son un movimiento, ni son de un movimiento. Son movimiento, a secas: moverse. Que pretenda ser fundacional, que tenga ínfulas e impulso, no significa que el sujeto que actúa y ejecuta sea un movimiento, institucionalmente un movimiento.

Porque, institucionalmente, en el tipo de institucionalidad que supone un movimiento, el kirchnerismo tampoco encaja. Le faltan patas a esa mesa para que sea mesa y para que sostenga todo lo que quiere apoyarse en ella.

Lo que sí entiendo que le pasa al kirchnerismo es que es inquilino del espacio que ocupa en un rincón o en los suburbios del llamado movimiento nacional y aun de los movimientos populares. Y hasta donde veo, es un inquilino que no paga alquiler.

Hasta ahora usó instalaciones que ni ha hecho ni le han sido enteramente propias. Las estructuras políticas, es un caso, tanto las del peronismo como las del fantasmal e inverificable del todo campo popular, particularmente de los grupos y grupúsculos de izquierda. O las instalaciones de la fuerza sindical, por ejemplo. O las herramientas del estado, incluso, entendidas al modo peronista. O el estado mismo, a secas, con sus tantas veces ociosa capacidad de gestión e intervención social. Y hasta el pueblo, en parte y de a ratos. Ni que hablar del tegumen sutil y omnipresente de la sedicente gente de la cultura.

Hasta ahora, también, el kirchnerismo ha vivido de lo que cualitativamente tenía (tal vez todavía tiene) de movimiento el peronismo, y eso es más un "mérito" del disciplinado peronismo que de la capacidad de seducción o conducción del kirchnerismo.

Pero, en este sentido, el kirchnerismo se ha colgado del cable de la luz. Ni ha hecho la instalación ni piensa -¿ni puede?- pagar el precio que hay que pagar para ser un movimiento nacional. Que el propio kirchnerismo y muchos de los sectores de toda laya que lo acompañan -crítica, subsecuente u obsecuentemente, por propios motivos o convergiendo con él- quieran ser protagonistas de un movimiento tal, no alcanza. Querer no es poder.

La grandeza no es sinónimo de bondad. Pero se necesita grandeza para generar o siquiera conducir un movimiento.

En los últimos 100 años, poniendo aparte los controles de calidad, el peronismo ha sido en la Argentina la única expresión durable políticamente de este tipo de movimientos sociales y políticos. No todas las columnas con las que levantó ese edificio eran suyas. Ni lo eran no pocas de las columnas doctrinales sobre las cuales se asentó para edificar su movimiento. Perón tuvo la ¿habilidad? ¿astucia? ¿intuición? ¿oportunidad? de sintetizarlas en un corpus homogéneo que vertebró instituciones sociales como los sindicatos, estructuras políticas, sectores etarios, empresarios o culturales y hasta religiosos (sí, no tan rápido: también religiosos…)

Los intentos del kirchnerismo por disciplinar esas estructuras –tal vez creyendo que heredaba al peronismo y con él su impulso movimientista-, no parecen mostrar resultados.

Y es natural. Entre otras cosas importantes, hay una axial: puede que algunos revolucionarios en particular no lo sean, pero la revolución en cuanto tal suele ser gorila, no sólo pero especialmente en su defensa del pueblo. Y no se puede generar un movimiento nacional si se es gorila. Se puede sí apropiarse de la denominación, incluso durante mucho tiempo. Pero las palabras y las cosas no son la misma cosa, como dice Platón que decía Sócrates.

Sin embargo, y con todo, esa voluntad sostenida de querer –pretender, suponer, fingir- ser un movimiento, siquiera de pretender haber heredado esa cualidad del peronismo, aunque modelada de otra muy otra suerte, es característica del kirchnerismo y está -junto con otros motivos- detrás de todas sus acciones económicas, políticas, sociales y culturales.

Así es como creo que resultan las cosas de este modo: algo que el kirchnerismo no es, ni parece que vaya a poder ser, es también algo que lo caracteriza y lo impulsa.

Cosa rara, admito.

Pero…

viernes, 23 de marzo de 2012

Quod est kirchnerismus? (IV)

Una cosa que es (2)


Habrá quien prefiera hablar en detalle y con historias -y con historia- de asuntos como la Tendencia, Montoneros, de la juventud maravillosa o de los estúpidos que gritan o de los imberbes que pretenden tener más mérito. O más atrás de la Tacuara de Ezcurra o la de Baxter, y antes todavía de J. W. Cooke, y así hasta llegar quién sabe si acaso a Dorrego o a Tupac Amaru.

Pero no va a ser aquí, porque esto no es una historia del peronismo ni de los a veces sedicentes movimientos populares.

Simplemente estoy pensando acerca de una cuestión: qué es, de qué está hecho el kirchnerismo.

Veamos, a ver.

Aquel discurso de Perón del 1° de mayo de 1974, tan llevado y traído, es tan bueno como cualquier otro para mirar esta característica que agrego al kirchnerismo, además de las dos anteriores que ya mencioné, su provincianismo en el mando y sus trazas de peronismo.

De aquella pulseada Plaza de por medio entre Perón y Montoneros solamente voy a tomar tres párrafos:
"...Compañeros, nos hemos reunido nueve años en esta misma plaza, y en esta misma plaza hemos estado todos de acuerdo en la lucha que hemos realizado por las reivindicaciones del pueblo argentino. Ahora resulta que, después de veinte años, hay algunos que todavía no están conforme de todo lo que hemos hecho...

"...Compañeros, deseo que antes de terminar estas palabras lleven a toda la clase trabajadora argentina el agradecimiento del gobierno por haber sostenido un pacto social que será salvador para toda la República...

"...Compañeros, tras ese agradecimiento y esa gratitud puedo asegurarles que los días venideros serán para la reconstrucción nacional y la liberación de la nación y del pueblo argentino. Repito compañeros, que será para la reconstrucción del país y en esa tarea está empeñado el gobierno a fondo. Será también para la liberación, no solamente del colonialismo que viene azotando a la República a través de tantos años, sino también de estos infiltrados que trabajan de adentro, y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan desde afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero..."

Como se los quiera ver, creo que es claro que en estos dichos aparecen como telón de fondo y como estructura ideológica las tres notas cifradas del peronismo raigal: la independencia económica, la soberanía política, la justicia social. Además, es evidente para mí que de las tres hay una hermenéutica perónica, esto es, de boca de su mentor mismo.

Pero allí hay cifrado algo más, a mi ver. “Hay algunos que todavía no están conformes de todo lo que hemos hecho”. Creo que son los mismos que no ven con buenos ojos el “pacto social que será salvador para toda la república...” que sostuvo “la clase trabajadora argentina” a la que hay que agradecérselo. Por fin, puede presumirse también que a estos mismos -no sólo a ellos, si bien se entiende, pero también a ellos- les cabe la categoría de “estos infiltrados que trabajan de adentro, y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan desde afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero...”

No digo nada inédito si digo que al kirchnerismo le llegan las furias señaladas allí por Perón.

Más allá del lugar que hayan ocupado los Kirchner en aquel entonces, lo cierto es que Perón les habla a ellos. Y hasta diría que especialmente a ellos, pues la historia los ha puesto en la extraña situación de venir a ser en nuestros días la cabeza de las columnas aquellas que se fueron de la Plaza aquel 1° de mayo, ahora volviendo victoriosas a la misma plaza emblemática y con un poder que no habían tenido nunca antes o, por decirlo mejor, con un poder real y formal que nunca tuvieron.

Con ellos, parece que también llegó la hora de dirimir -con Perón primero, claro- algo tan elusivo y proteico como es la naturaleza última del peronismo.

Es la hora de mostrarle -a Perón primero, claro- por qué y en qué no están conformes con lo que se ha hecho. Como se trata de peronismo -y en parte de políticos a secas, no nos hagamos los distraídos con las cosas de los hombres-, en esas columnas que ahora entran victoriosas a la Plaza hay muchos que nunca se fueron de ella.

Los que se fueron eran los estúpidos que gritaban y los imberbes que creían tener más méritos. Los que se fueron eran los que todavía no están conformes de todo lo que Perón ha hecho.

Podrá llamárselo setentismo, montonerismo, camporismo. No voy a hacer ahora una cuestión de eso. Porque no importa cómo se lo llame: se trata de una visión y una concepción. Y ninguna de ambas es peronista lato sensu y hasta bien mirada tampoco stricto sensu: es una concepción amasada con sólo algunas cucharadas de harina peronista, incluso con las tres consignas raigalmente peronistas, aunque pensadas, sentidas y dichas con sentido diferente.

Aquello que en el entero mundo tiene tantos nombres como episodios emblemáticos -especialmente en los primeros 70 años del siglo XX-, se resume en una concepción revolucionaria profunda del sentido del hombre, de la sociedad y de la historia y abarca todos los ámbitos desde la política al deporte, desde la economía a la cultura en general, desde la educación hasta la teología. Puede ir de Gramsci a Maradona, de Lenin a Teilhard de Chardin, de Simone de Beauvoir a León Gieco, de Evo Morales a Andy Warhol, de Paulo Freire a Barack Obama.

Hay que explicar las palabras un poco más pero, por ahora, digo que en todos los ámbitos la revolución es de izquierda. Siempre.

Perón encarnó un modo de entender la Argentina. Su discurso y su acción estaban hechos de hebras muy distintas pero que, si se divide sin matices el mundo en dos, resultaban hebras que quedaban todas del mismo lado.

Lo voy a decir de un modo brutal: Perón era un socialista de derecha. No hay modo en que eso sobreviva sin por lo menos sorprender. Pero creo que así fue.

Y es el caso que cuando -y cada vez que- el peronismo deriva hacia la izquierda, con el primero -y el último- con el que se tiene que agarrar a las piñas es...con Perón. Y es bastante natural.

Si no gusta el socialismo (entendido de modo peculiarísimo, claro), hay problemas con el peronismo y con Perón. Le pasó a Menem y a los que lo sostenían. Menemismo es, como si dijéramos, una especie de peronismo sin socialismo. Si en cambio lo de derecha perturba, hay problemas con el peronismo y con Perón. Le pasa a Kirchner (en las dos versiones). Kirchnerismo es, como si dijéramos, una especie de peronismo sin derecha.

Ahora bien.

El peronismo, por doctrina, es anticapitalista en cuanto a la concepción de la economía, la política y del hombre y la sociedad, en el orden nacional e internacional. La derecha del peronismo no es lo que se entiende habitualmente como tal, ni propia ni impropiamente. El peronismo es de derecha no como Rivadavia, Moreno o Roca podrían ser de derecha. Es de derecha como Dorrego, Rosas o Quiroga podrían ser de derecha. Pero el peronismo es también anticomunista por doctrina. Y lo es en economía, política y concepción del hombre y de la sociedad, en el orden nacional e internacional.

Su socialismo tiene del corpus de ideas histórico solamente el mismo nombre, porque el contenido es distinto. Se parece más al distributismo antiimperialista y antiglobalista de los hermanos Chesterton y de Belloc. Se parece a los fascismos y al nazismo en lo que ambos profesaban como concepción de comunidad organizada en un cuerpo social. En ese sentido, todos ellos son tan socialistas como el peronismo de Perón.

Y es en ese sentido que se puede decir que el peronismo no puede sino tener un aire definitivamente revolucionario, como movimiento nacional y popular tanto como doctrinariamente, más allá de las salvedades, objeciones y críticas que pudieran hacerse a su doctrina, a su discurso y a su acción. Pero también podrá decirse que en lo que tiene de derecha es profundamente antirrevolucionario, si es verdad aquello de que revolución es una palabra de izquierda, en sentido habitual.

Así las cosas, la idea de un movimiento que sea revolucionario, nacional y popular, y, además de socialista y anticapitalista, de derecha, es un plato exótico.

Y para el kirchnerismo, intragable. Lo era en 1974, cuando el kirchnerismo sólo existía en los espermatozoides que lo engendrarían. Y lo es ahora.

El kirchnerismo, digámoslo así, se llevó finalmente del peronismo las palabras, más que nada. Y, como aquellos jóvenes que se fueron de la Plaza aquel día, nunca estuvo para nada conforme con lo que Perón hizo con ellas. Cuando le llegó el momento, lo mostró para quien quisiera verlo.

El mundo no es el mundo de los '70, claro, aunque en muchísimo es su hijo primogénito. Pero eso mismo le es de gran ayuda al kirchnerismo para esquivar por ahora este asunto central que es precisamente que, en los términos en que lo digo, Perón era irremediablemente un socialista de derecha.

jueves, 22 de marzo de 2012

Grandezas y miserias

Son muchas cosas a la vez y no es cuestión de arrebatarse.

Vuelvo un poco, entonces, al insigne Aragón. Es preciso.

Y así me encuentro con dos asuntos lugonianos: su arte y su muerte. Lo primero en Cómo se hace un poema; lo segundo, en Un suicidio muy particular.

No es todo.

En Un párrafo fatídico, Martín de Álzaga, casi profeta, aparece en el breve trazo de un fresco que creo magistral sobre nuestras grandezas y miserias. Y algunas de ellas se cifran en la anécdota de un tal Jerónimo Costa, ignoto para casi todos en su coraje ante los franceses en Martín García, allá por 1838, como se ve en Claro como el agua.

Y sí: hay que volver de tanto en tanto a mirar la patria de la mano del tucumano.

Yo, al menos.


No vaya a pasar que uno se olvide de lo que es, por mirar sólo lo que pasa.

martes, 20 de marzo de 2012

Equinoccio



Fue igual la noche que la luz del día.
Pero el día fue más: tuvo el aliento
del aire claro en todo. Tuvo el viento
y el otoño y el sol que se moría.
Una llovizna azul tembló un momento,
alguna nube gris aparecía
y revivía el verde y revivía
el cielo oculto y cobre y ceniciento.
Ya es la tarde y otoño. Me parece
que respiro el otoño con las manos
y que palpan mis ojos la madera
que a un fuego de mi invierno pertenece.
Mientras, maduro otoños ya lejanos,
que el corazón ha vuelto primavera.

jueves, 15 de marzo de 2012

Horas



Estoy clavado en horas: hordas mudas
de luz y de misterios, resplandores
en la mirada ciega; las desnudas
horas de los silencios tajadores.
Horas de oscuridades y estertores,
las horas de certezas y de dudas,
las horas de bajezas y de altores,
horas graves, esdrújulas y agudas.
Todas surcan mi tiempo. Y todas cuentan.
Todas me trazan con sus púas crónicas.
Todas mis horas son mi historia viva.
Y todas de mi vida se alimentan.
Todas inaugurales son y agónicas.
Y cada hora es la definitiva.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Quod est kirchnerismus? (III)

Una cosa que es (1)


Los gobiernos nacionales -sus estilos, sus modos- cambian. No todos son iguales, y no todos pueden gobernar, hay que decirlo. Pero cuando gobiernan -cuando pueden, saben o quieren-, no todos lo hacen del mismo modo. Es muy enredada y compleja la madeja nacional, mucho más que los asuntos provinciales. Las veces que gobernantes provinciales acceden al gobierno nacional, suele notarse la diferencia, salvo excepciones. No necesariamente se puede gobernar el país como se gobierna la provincia.

Hay que saber que, en la Argentina, los gobiernos nacionales -lo quieran o no- gobiernan desde la ciudad de Buenos Aires y eso es mucha diferencia. Lo quieran o no los gobiernos nacionales, cuando gobiernan desde Buenos Aires, Buenos Aires los gobierna a todos de alguna manera. No la ciudad de Buenos Aires jurídicamente, no el territorio. No Macri, diríamos por caso y hoy por hoy. No. No eso sino el talante de Buenos Aires, la impronta. Y eso significa que por más que los gobiernos nacionales gobiernen para toda la nación, en este sentido en que lo estoy diciendo, los gobiernos nacionales tienen que gobernar primero para Buenos Aires, para lo que piensa, siente y dice la ciudad capital, que no es solamente la suma de las partes que la constituyen (gentes anónimas, emisores mediáticos, poderes económicos, políticos, culturales y un etcétera que incluye hasta las autoridades eclesiásticas de Buenos Aires...)

En cambio y en general, los gobiernos provinciales no difieren entre sí en lo más hondo y característico. En la superficie, pueden ser de un partido u otro, de una tendencia u otra, no le hace, no en mucho al menos. Los gobiernos provinciales no difieren demasiado en su modo de ejercer el gobierno, y más propiamente el mando. Salvo, claro, que no gobiernen (porque no saben o no quieren), cosa rara pero que puede pasar, aunque pasa poco.

El modo de gobernar provincias –y mandar en ellas- cambia poco. Matices, sí. Nada más. Cada provincia tiene un jefe y un grupo en torno a él, dispuestos todos a ejercer hegemonía en la mayor amplitud posible, vertical y horizontalmente, entre los poderes y en el territorio de cosas y de gentes. Los ha habido históricos y famosos, los hay bisoños o menos conocidos. No es diferente la matriz. Ni la terrible fuerza centrípeta sobre la acción política que ejercen en las cosas públicas.

Mandar y gobernar a veces se superponen, y eso ya depende de la calidad del jefe. La mayoría manda más que lo que gobierna. Y hay algunos que mandan por muchos años, por sí o a través de otros. La hegemonía es una matriz deseada y, en algunas partes más que en otras, casi es lo mismo que gobernar: establecer la hegemonía es gobernar. Desde la capital hasta el último paraje. Puertas afuera y frente al gobierno nacional es otro asunto. Pero, puertas adentro, el que manda manda y si no manda, no gobierna.

Claro que gobernar es mandar. Pero la inversa no vale lo mismo: mandar no es gobernar, necesariamente. Estas sutilezas tienen poca suerte en provincias, habitualmente.

Antes de ser kirchnerismo, el kirchnerismo era un gobierno provincial y en varios sentidos todavía lo es, cuando menos en gestos y hábitos de mando.

El peronismo es otra matriz que hay que considerar. Y el kirchnerismo es peronista en varios aspectos.

La substancia del peronismo es política y la política tiene dos ámbitos fundamentales de ejercicio: el discurso y la acción. Hay muchas variantes de discurso y la palabra ejercida públicamente es una de ellas y más bien es el final del discurso. La política es discurso porque sin discurso no hay conducción y la política en acción es conducción. Sin conducción no hay ejercicio político. Y el discurso es la primera herramienta de conducción.

La calidad del discurso está en relación directa con la de la conducción. Y con discurso y conducción -no sólo, pero sí necesariamente con esas dos cosas- se hace sociedad, se trama, se aglutina y amalgama lo diverso haciéndolo uno. De modo que la cadena de calidades llega desde el discurso hasta la sociedad, pasando por la mediación de la conducción. Y las proporciones de las calidades son directas.

Insisto: el discurso no solo es palabra pública: es antes configuración del mundo y una sintaxis de lo individual y social con un sentido determinado que explica la naturaleza del hombre y de la sociedad así como postula el fin de ambos, y ese discurso así entendido va desde las obras públicas hasta los nombres de las calles, desde la ley hasta la oratoria, desde un impuesto hasta los programas escolares.

Por otra parte, en mi opinión, la acción del peronismo en política tiene realmente -casas más, casas menos- los ejes de independencia económica, soberanía política y justicia social. Es para otro momento la definición celosa y minuciosa de esa tríada, en el peronismo y en el kirchnerismo. Pero uno heredó lo que estaba en el otro, en muchos sentidos nominalmente, en otros realmente. Los modos de obrar en esos tres ámbitos de acción son parecidos en el peronismo y en el kirchnerismo. Eso se debe a que el kirchnerismo es peronista en sus raíces. Otra cosa son el tronco, las ramas, las hojas, las flores y los frutos. Y otra cosa aún es si el árbol recibió algún injerto. Habrá que ver.

Está la cuestión de si algunas visiones, discursos y acciones del kirchnerismo están en la simiente misma de su peronismo. En particular, en aspectos importantísimos de cultura. Y cultura significa aquí algo muy vasto, muy alto y hondo, no cuadros, libros y canciones. Cultura es aquí paralelo a lo que ya dije sobre el discurso.

Dicho de otro modo, en las definiciones más hondas sobre el hombre y la sociedad y los modos de pensar y obrar en medio de ellos o, por hablar más ajustadamente, sobre ellos, ¿el kirchnerismo es ni más ni menos que el puro y mismo peronismo? De la respuesta a esa pregunta depende en un sentido axial la respuesta final a la pregunta que da origen a estas disquisiciones: qué es el kirchnerismo, de qué está hecho.

Más que recurrir a la cuestión acerca de la independencia económica, aunque en parte también atendiendo a ella, para saber eso que me pregunto acerca de la peronicidad del kirchnerismo, es necesario especificar el sentido de la expresión soberanía política, y aun el de justicia social. ¿Hasta dónde llega el término política? ¿Tiene sentido arquitectónico total, de modo que cuando se dice soberanía política se dice algo más que la fortaleza material y formal de un Estado, especialmente pero no sólo, frente a otros estados? ¿Ante qué o quién ha de erigirse como soberana la arquitectura y la acción políticas de un Estado? ¿Qué es justicia? ¿Qué derechos y obligaciones implica? ¿Derechos y obligaciones de quiénes y respecto de cuáles asuntos? ¿Qué tramado de derechos y obligaciones hace justa a una sociedad en una determinada concepción?

Podría pasar que respondiendo a estas preguntas se vea que hay vastas zonas del kirchnerismo que tienen poco o nada de peronismo. Y que ocurra que nombren con las mismas palabras cosas distintas.

Todo esto está en relación directa con la concepción de sociedad (y mucho más de hombre) que tenga una línea política o un dirigente.

Pero hay que decir también que el mismo peronismo no es una línea recta. Las sinuosidades del peronismo son producto tanto de su genética capacidad de acomodamiento a los tiempos y circunstancias, como a las posiciones que su creador adoptó, propició o desechó, alternativamente.

Bien cabe aquí el término pragmatismo, aunque la palabra es agridulce y bifronte. Tanto para quienes no tienen límites en su acción como para quienes los tienen por demás.

Otra cosa. Si las opciones fueran sólo dos, simplificadas en mercado y estado, lo más durable en el peronismo parece ser su vocación por mandar -y gobernar- un estado fuerte (esto es económicamente independiente, políticamente soberano, socialmente justo, en principio), lo cual se le hace necesario para conducir una sociedad con tensiones e intereses disonantes y no siempre armónicos. A su vez, también es durable su vocación por paliar desequilibrios sociales. Según los tiempos, ha tenido para este tópico de los desequilibrios (e injusticias) sociales una doctrina y una pragmática de confrontación o de armonía entre clases. Y con frecuencia ha puesto en acción ambas, siempre con un discurso de sostén que habilita la confrontación tanto como la armonía, aunque hay que decir que siempre prefirió inducir esa armonía con firmeza -y hasta rudeza- más que con persuasión.

Estos datos genéticos del peronismo están en el kirchnerismo en mayor o menor medida pero, en cualquier caso, tienen en él el aire de familia y no el de un órgano trasplantado por un donante desconocido.

En resumen, el estilo de gobierno y mando del kirchnerismo tiene esos dos datos raigales: gobierna como provincial y como peronista. Ninguna de ambas cosas es un invento suyo. Las peculiaridades -más cosméticas que constitutivas- dependen del conductor y de sus notas personales.

Un lector medianamente perspicaz se dará cuenta de que ésta es una descripción más que nada y que no estoy abriendo demasiado juicio sobre estas notas que entiendo son constitutivas del kirchnerismo y sin las cuales no me es posible saber qué es y de qué está hecho.

Ahora bien.

Creo que hay algo más que el kirchnerismo también es y que lo signa de un modo substantivo y sin lo cual no se lo entiende ni conoce acabadamente.


Pero eso tendrá que venir después.

Porque ahora se vino largo este primer punto al que habrá que darle una segunda parte.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Quod est kirchnerismus? (II)

Siento que va a hacer falta una advertencia.

Que se enojen los cientistas políticos, pero lo político tiene una raíz agonal inevitable. Esto es: la gente se pelea -se pelea personalmente como si le hubieran mentao a la madre- por las cosas de la política. Incluso los que la estudian y analizan teóricamente, buscando sin más saber lo que es.

Muy difícil, muy pero muy difícil, que al hablar (o siquiera pensar sin hablar) de política y lo político -en cualquiera de sus formas- no se cuele el alma, los sentimientos, las ideas, los deseos, las esperanzas, las frustraciones, las pasiones (cualquiera de las pasiones, las buenas y las otras) de quien habla, como si se estuviera hablando de su biografía.

Eso quiere decir, y eso implica, agonalidad: compromiso con algo a no ceder y que supone que lo que uno sostiene es tan de uno que verlo caer es verse caer y con uno el entero cosmos sin remedio, a veces la patria incluída.

En política, creo, todo el mundo es más o menos partisano. Salvo raras excepciones, muy pero muy raras.

¿Está mal? Según y conforme, mire.

Lo político en sí es grande y noble y es el equivalente del resultado de una visión del mundo en acción y hasta puesta por obra. Hay que sentir el compromiso interior y espiritual, de la mente y la inteligencia, del corazón y la razón, con la realidad tal y como es (o tal y como uno la ve, che non é lo stesso...) Sin eso, no hay política, digo yo.

No hay forma de ir a lo político sin una definición previa -tácita, a veces- de lo que es el hombre y de lo que es la sociedad de los hombres, de su naturaleza, modos, constitución y fin. Y no una simple noción, sino casi una creencia, y sin casi, casi.

Repito, no hay forma de ir a lo político sin eso, ni teórica ni prácticamente.

La mera descripción sin mezcla de categorías y valoración solamente existe en un ente de razón.

No hay sinónimos. No hay estricta neutralidad.

En los entes reales que hablan y piensan y hacen lo político -tanto más en estos últimos- no hay modo de que no haya una visión, una definición.

Y esa primera visión, esas definiciones sobre el hombre y el mundo de lo humano, personal y social -que es el ámbito de lo político-, marcan y dirigen lo que le sigue, las conclusiones y la misma acción, sobre todo.

Que una visión agote la realidad es imposible. Que acierte o yerre, por mucho o por poco, sí es posible.

Como es posible que acierte por poco o por mucho en lo menor y yerre en lo más importante y al revés. Y entonces es posible también que sea buena la visión y deficiente la acción (es un arte, después de todo), como lo es el que se yerre por poco o mucho en la visión y se acierte poco o mucho en la acción.

De todos estos resquicios está hecha la discusión política y la propia acción política.

Seguro que -además de la lucidez, la prudencia y el sentido de la justicia- sólo la buena fe y la honestidad permiten sortear el viboreo con que repta muchas veces el compromiso o el sectarismo (sostenido abiertamente, fingido o mentirosamente negado).

Pero a esa buena fe y a esa honestidad se llega con una ascesis y una virtud -intelectual, moral, psicológica y afectiva- que figura en los libros pero que escasea en la calle.

Como fuere.

Allí va, por lo mismo, esta advertencia que tiene que servir para lo que viene, salvo que hiciere falta otra.

Nunca se sabe.

martes, 6 de marzo de 2012

Parte de guerra (III)

Yahvéh respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo:

Job 38, 1

¿Por dónde se va a la morada de la luz?
y las tinieblas, ¿dónde está su sitio?,
para que puedas llevarlas a su término,
guiarlas por los senderos de su casa.

Job 38, 19-20


A mí me estremece de pavor pensar que alguna vez Dios quisiera preguntarme preguntas como éstas.

Job -él, el justo, el inocente- no sabe contestar, se tapa la boca y se avergüenza de haber hablado alguna vez, de haberle dirigido a Dios la palabra.

Pero, sin embargo, en la milicia de esta vida, en nuestros días de esclavo, jornalero y mercenario, no hay otra pregunta más grave y urgente y necesaria.

¿Por dónde se va a la morada de la luz?

No, no es el sol y las estrellas del cielo, no es astronomía.

Es la luz aquello por lo que Yahvéh pregunta.

Y no hay otra cosa que importe más en esta vida: hallar el camino por donde se va a la morada de la luz, y llevar las tinieblas a su sitio y guiarlas por los senderos de su casa, llevarlas a su término.

¿Tienen otro motivo los combates de la milicia de esta vida? Porque, una vez que los combates han llegado al fin en la milicia de esta vida, todavía nos queda saber por dónde se va a la morada de la luz. E ir, Dios primero. Y nos queda saber dónde está el sitio de las tinieblas y llevarlas a su término y guiarlas por los senderos de su casa.

¿Quién puede hacer eso?

Pero, ¿quién puede dejar de hacerlo?

¿Hay otro final deseable, necesario, feliz, para nuestra milicia y para el camino de esta vida trabajada que tenemos que la morada de la luz?

Es claro que Dios pregunta por lo que ha sido antes de que Job empezara a vivir sus días y a trajinar la milicia de su vida. Y, entonces, es claro también que ni Job ni yo estuvimos cuando fue la luz, antes del sol, la luna y las estrellas. Y Dios lo sabe y creo que por eso mismo se -nos, me- lo pregunta.

Pero es verdad también que en nuestro fin está nuestro principio y que, cuando lleguemos al fin, también llegaremos al principio de todas las cosas.

¿Por dónde se va a la morada de la luz?

Misterio es esto.

Cuestión de peso(s)

Una cuestión de mangos, de horas de laburo, de jornada laboral, de meses de vacaciones, ñoquis, sacrificio y vocación docente, horas de vuelo, tiza y sudor. Estatuto del docente, ausentismo, licencias, organigramas, grillas, papeles y números.

Claro.

Porque es el principal problema de la educación argentina. Claro, sí, cierto.

Antes de oír el último batifondo -amague que se comieron desde la derecha hasta la izquierda, militantes todos y pobres gentes comunes-, oí eso hace menos de un año de boca de radicales de derecha y liberales duros, sesudos consultores en campaña, patriotas de la vida.

En ese momento, el argumento periodístico -para vender, como se dice, esa presunta preocupación educativa a un público que detetsta la vagancia y la prebenda- fue que, precisamente, según las grietas y "conquistas" del estatuto del docente, uno que hubiera estado en el sistema en los últimos 25 años, sin contar las vacaciones, podría haber estado un año entero sin trabajar y cobrando. Entonces: sin arreglar eso, nada tiene sentido. Es lo primero y principal, es de lo que hay que hablar: los recursos.

Claro.

Pero.

Algunos pocos de los que damos clases -los que damos clases y no hablamos mucho de dar clases-, hablamos de otra cosa, porque pensamos otra cosa.

Somos los tarados torre de marfil que pensamos que el problema esencial de la educación argentina está en la esencia de la educación: en qué es educar y qué es lo que se enseña y qué se busca educando. Y que si no se arregla eso, la educación seguirá siendo lo que hoy es, cosmética declamativa más o menos.

Pero de eso no se habla ni hay que hablar, ni se oirá una sola palabra: ni una sola palabra clara de nadie: de nadie, repito: de nadie.

Y digo yo que de eso no hace falta hablar ni se habla ni a nadie se le ocurre que haya que hablar en serio, porque en realidad en eso están todos de acuerdo: aquí y en el universo mundo, modelo más o menos, cacareo populista o engolamiento conservador al margen -salvando, dicen algunos, tal vez Hungría, eso no lo sé seguro...-: todos están de acuerdo en lo que quieren para un hombre que viva en este mundo y en qué hombre quieren: desde Obama a Sarkozy, desde Merkel a Correa, desde Piñera a Chávez, desde Wen Jiabao hasta Rajoy.

El modelo de hombre, el modelo del mundo es el mismo: el mismo.

La injusticia más grave es qué se enseña y para qué y por qué. Y esa injusticia no importa. Porque la batalla rentable, para unos y para otros, son los números y los discursos de justicia social o de inclusión o de uso racional y eficiente de los recursos...

Y haga la prueba, cumpa: proponga claramente -no, no me entendió: dije claramente-la discusión de fondo y después me cuenta.

El verdadero diseño de la educación no es la materia docente organizada, no son las huestes de enseñadores, funcionarios y opinadores tironeando de los números y papeles: eso se llama simplemente materialismo, economicismo. Y en eso hay muy poca diferencia -¿poca o ninguna?- entre la Iglesia (no las doctrinas, sino las instituciones educativas, el ejercicio inmediato y material de su tarea educativa) y el último militante del PO; desde un teórico a la violeta del Pro hasta el último orejón de La Cámpora, desde Flacso hasta el Acton Institute.

El verdadero diseño de la educación es otro y no el número de horas que trabaja un enseñador, ni las estadísticas de las deserciones y retenciones escolares, ni las inclusiones ni las exclusiones, ni la arquitectura de casas de enseñar, ni tener a todos los patitos en fila, ya sea que lo digan los sindicalistas de los trabajadores de la educación, ya sea que lo digan los apóstoles de las reglas de juego previsibles y claras del mercado y la eficiencia, ya sea que lo digan los ecos militantes del discurso oficial que disimulan mal su "aestegobiernolecomprotodo".

El verdadero diseño interior, formal y motor de la educación es el hombre, su naturaleza y su fin, su fin entero en la tierra y el cielo.

Más allá de los argumentos de oportunidad, de los gritos amañanados de un lado y de otro, creo que eso lo saben los que deberían saberlo -de abajo y de arriba, de derecha y de izquierda-, y creo que -en el caso de los más inocentes- se hacen los tontos, y ponen cara y voz de que les preocupa la decadencia de la educación argentina, vaya a saber uno por qué.

Aunque me hago una idea de por qué.

domingo, 4 de marzo de 2012

Romance niño de mi amor más viejo



Brota el azahar. Manantiales
de aromas del limonero
ya conversan por el aire
con las varas del romero,
seco de sol del verano
y de ausencias, siempre seco.
De bronce y negro, abejorros
a las salvias les han puesto
coronas de alas que lucen
como si fuera un cortejo.
Y las verbenas de blanco
y el laurel de gris tan fiero
y el tala apenas dormido
y lavandas como en duelo.
El mirto parece alegre,
el jazmín parece nuevo,
parece en llamas la achira,
parece su flor mi fuego.
El palo borracho trina
como si fueran requiebros,
y pone rosa en guirnaldas
a las salientes del techo.
Duerme el lapacho en el oro
que sé que tiene en sus sueños.
Y maduran unas uvas
de los parrales linderos
que perfuman como un vino
a los ramajes del ceibo.
De la simiente de un roble
no sé si no está creciendo
una ternura de tallo
que ya me será guerrero,
y que no sé si veré
cuando él llegue a ser el cielo
sobre el jardín de las manos
de este torpe jornalero.
Y hay un rosal rosa roja
que, de tanto en tanto, ruego
le dé su sangre a la tierra
por si a sus pies van mis huesos.
La tarde tibia se cae
detrás del alcanforero
y un ciprés ya monta guardia
con la luna de sombrero.
Silencio en la noche clara,
y en todas partes silencio.
Ya sólo verdes rumores
respira mi amor más viejo.


Quod est kirchnerismus?

¿Qué es? ¿De qué está hecho el kirchnerismo?


Pero: un momento.

Mejor atienda un buen consejo: no se haga malasangre.

Deje de leer en este punto.

Yo sigo.

Y no porque quiera de todo corazón. De todo corazón querría estar ocupándome de cosas mejores, siquiera de lo que venía ocupándome.

Como querría tener un buen motivo, un motivo noble, para entrarle a estos arrabales, aunque de eso no desespero. De hecho, si le digo la verdad, tendría que haber escrito estas notas hace unos cuantos años. Y no lo hice. Y creo que hice mal. A mí mismo, por lo menos, seguro.

Pero lo cierto es que, hoy por hoy, estoy un poco harto de la cuestión, y del tironeo medio imbécil a favor y en contra. Como lo estoy de los discursos atolondrados y de papel pintado, en contra y a favor. Así que mejor me saco el asunto de encima de una vez, después de mucho tiempo, y créame que sería feliz con solamente no tener que volver a pasar por esa vereda (y no sé por qué me da que eso no va a poder ser...)

Porque, y esto es lo primero y más importante, la Argentina no es el kirchnerismo, después de todo; y lo que importa de veras es la Argentina -todo en la Argentina y toda la Argentina- y no tanto el kirchnerismo, que sólo importa algo si entra en relación con la Argentina.

Como que la verdad está en las cosas y en las cosas tales y como son y no como quiere verlas el ciego del ojo derecho o el tuerto del izquierdo (y menos son tales como las ve el biestrábico, que digo yo es el que tiene los dos ojos birolados..., y no sabe si ve lo que él dice que está viendo, ni ve lo que se puede ver con verlo, ni si lo que ve está a la izquierda o a la derecha..., y así siguiendo, pobre de él, malhaya su suerte.)

En fin.

Con razón dice Chesterton, hablando de la Suma Teológica, que santo Tomás arrancó bien la primera cuestión preguntándose si Dios existe. Contestó que sí y siguó escribiendo. Si hubiera contestado que no, allí terminaba la obra.

Ya me gustaría a mí poder decir que, simpliciter o secundum quid, el kirchnerismo no existe y terminar el asunto acá nomás. Y hablar de la Argentina, por ejemplo.

Pero.

Existe.

Por eso.

Qué remedio.

Por lo pronto, para ir cansinamente arrancando con la respuesta a la pregunta que abre estas líneas, digo que, a mi ver, el kirchnerismo está hecho de cinco cosas: 1) de algo que es; 2) de algo que no es; 3) de algo que pasó y algo que no pasó; 4) de algo que pasa y de algo que no pasa. Y estas dos últimas vienen con yapa, que no es trampa, sino que vienen así -creo se verá- porque así habría que verlas.

¿Y la quinta cosa? Ah, sí, esa no la dije. No. Pero que la hay, la hay. Ya veremos.

De todos modos, voy a ir despacio (muy despacio...), y no hay que esperar ni inflamaciones de la gola, ni primicias o periodismo (ya hay quienes no pueden dejar de hacer eso...)

Voy a ir despacio porque voy a ir pensando. Y pensando en un asunto que no me despierta un apetito atroz. Y, al fin, porque, si se viene largo, tendré que ir por partes, porque está bien que uno -el que escribe y el que lee...- purgue sus faltas y pecados, pero...

Así son las cosas.

Y hágame caso: ya en contra, ya a favor, no se haga malasangre y deje de leer en este punto.

Créame que a mí hasta casi me hace un favor, fíjese lo que le digo.

sábado, 3 de marzo de 2012

Parte de guerra (II)




¿Cuál es la huella de nuestros pasos?

¿Qué deja atrás la marcha del mercenario en sus días? ¿Qué queda en las eras y el camino cuando la tarde cae y el jornalero vuelve a la casa? ¿Qué rumores estelan los pies del esclavo cuando recorre las estancias, una por una, apagando las últimas luces, ya todos en sus sueños?


Aserrín.


Queda el aserrín de nuestras obras y de nuestros días. El fragante, el vivo, el quieto aserrín de la milicia de la vida.

Para muchos, esas virutas secas y mudas son insuficientes. No alcanza. Es menos. Es nada.

Pero hay aserrín que aroma el mundo una vez que hemos terminado con él. Y habrá tibieza donde haya aserrín.

Detrás de la mano que lo ha hecho, vendrá la de otro jornalero, acaso, y lo esparcirá sobre la tierra húmeda para que el pie camine más seguro, sin mancha. Algún esclavo vertirá sobre él unas gotas de fluído -querosén tal vez- y brillarán las baldosas y olerá a limpio y las pequeñas alimañas huirán a sus recodos.

Sobre él, quizás un mercenario reclinará su cabeza, buscando siquiera algo muelle en este mundo duro.

Aserrín.

Siquiera aserrín.

No es menos, no es nada.

Es humilde y sólidamente aserrín.

Y no ha sido en vano. No es lo que sobra, nada más.

Nos parece a veces que al final de tanta batalla, de tanto diente de sierra rasgando las maderas de las cosas, las maderas del tiempo, la de nuestros asuntos, queda nada, apenas aserrín. Y las manos vacías y los ojos muertos, y el corazón vacío y muerto como las manos o los ojos. Apenas aserrín al final de nuestros días, que es nada.

La milicia de esta vida, nuestros días de mercenarios, nos dejan apenas eso, siquiera eso. Y no es nada.

Es la misma madera que vistió el mundo, troncos magníficos y erguidos, ramas de sombredales, sostenes rugosos de flores frescas y de frutos sabrosos. Es la misma madera de los pilares de este mundo, soporte para el que busca refugio, arboladuras de naves surcadoras, quillas de barcas que enfrentan el mar belicoso de nuestros días, astas de banderas por las que hemos combatido con la madera de nuestras pobres lanzas hendidoras. Es la misma madera que nos dio fuego y calor.

Eso es el aserrín.

Y es de la misma madera de nuestros días y nuestra milicia.

viernes, 2 de marzo de 2012

Parte de guerra

La vida del hombre sobre la tierra es milicia
y como los días del mercenario son sus días.

Job 7, 1.





No es tanto que mientras estemos en este valle habrá guerras y guerra.

Unos contra otros, uno contra otro, o uno contra sí mismo o contra las cosas que se nos levantan como amenazas o enemigos. Secuelas del pecado del origen y del mal. Sí.

Eso sí, claro, eso pasa y es así. Pero no es de eso sin más de lo que habla Job, me parece.

Dice milicia y la voz que usa significa también servicio militar; en los versículos que siguen asocia al mercenario con el esclavo y el jornalero, con el que está al servicio de otro u otros.

No es tan fácil ni tan sencilla la consigna. No se trata simplemente de tener espíritu de combate. Ni siquiera de combatir, por noble que sea la causa. Eso sí, también, si acaso y nos es dado. Que a veces lo más duro de una guerra es que sólo nosotros sepamos que es una guerra.

Pero no es eso, así como así.

La vida del hombre sobre la tierra es milicia y sus días son como los días de un mercenario, un esclavo o un jornalero. Desde el amanecer al ocaso.

Toda la vida del hombre es esa milicia de la que habla -no tanto quejumbroso como proféticamente- Job. Todo día, todos los días, son para uno como los del jornalero, el esclavo o el mercenario. Haya guerra en derredor o no la haya.

Es verdad: Job lo dice porque está sufriendo el dolor que se inquina con él, mientras su inocencia es evidente. No ha hecho nada para merecer el dolor de todos sus dolores (este asunto del dolor del inocente, es otro asunto...)

Pero lo está diciendo en general. Para todo hombre. No dice: la vida de Job es milicia y sus días son los de un mercenario. Es la vida del hombre, y son todos los días de su vida.

La vida de Job, que es inocente. Y la mía, que no lo soy.


* * *


Desde poco antes de los fines del año pasado, se me dio por acopiar leña para el próximo invierno. No sé si la veré arder. Pero se me puso que, para cuando llegaran los fríos, leña tiene que haber.

Un tronco, tocones, podas tardías, ramas gruesas, maderas sin más.

Hasta es posible andar eligiendo a veces la madera para que su combinación en la salamandra venerable huela de un modo u otro.

Claro, están el quebracho, el espinillo y el eucalipto, por ejemplo. Ir a comprar. Que lo traigan a la casa. Claro.

Pero, ¿es eso milicia?, ¿así podría uno advertir que es un esclavo, un jornalero, un mercenario al servicio del fuego y la madera que lo alimenta y de los que gozan a su vera?

Días atrás, por estos pagos, en medio de una tormenta al anochecer, sopló fiero el viento. Poco tiempo, pero mucho. Esa noche, se devastaron algunos viejos paraísos, laureles jóvenes y vigorosos, las ramas gordas de los alcanforeros, cipreses y tuyas. Postes y cables, chapas y carteles, agua. Todo caía a la tierra vencido, agobiado, arrastrado.

Nada pasó en la casa, isla quieta en medio del mundo sacudido. Pero así de convulsas estaban las calles que recorrí a la mañana siguiente, todavía lluviosa y turbulenta.

El ojo del mercenario, la mirada del esclavo, el afán del jornalero, vieron leña. No más que leña.

Entonces, fue necesario primero mandar a componer la motosierra y afilar sus dientes, que ya sospechaban una cosecha de aserrín oloroso y fresco. También había que afilar el viejo machete colombiano, arma del mercenario, bastón del jornalero, compañero del esclavo.

Toda la comarca, por estas partes, crujía con los desmontes obligados de las bajas de esa batalla. Entre los aromas verdes, resinosos, secos o húmedos, se olía a mezcla de nafta y aceite, se oían los pequeños motores de dos tiempos ensañarse con los caídos.

El mercenario hizo su obra, también él.

Algunas noches pasadas, por ejemplo, surqué las calles vecinas, no muy tarde, machete en ristre. En las pilas funerarias había buena leña.

Bajo un cielo denso, con su luna creciente y con el calor tenue del verano que quiere irse pero todavía sin partir, durante un par de horas sonaron rítmicos y extravagantes a esas horas los ecos de los golpes del machete.

Como en un rito funerario, los palos, ramas y troncos, iban siendo preparados por el esclavo y el jornalero para sus exequias. Después, el acarreo hasta la casa.

Al día siguiente -algo por las mañanas, algo por la tarde-, la sierra del mercenario completaba la preparación de aquellos cuerpos tibios, derrotados, con destino de salamandra.

A las maderas que había ido acopiando, se sumaron éstas, inmigrantes insólitas.

Y, en poco tiempo, brotaron unas leñeras apenas hace unos días inexistentes.

Ya en silencio los campamentos de este ejército de un solo hombre, fumaba sentado en un tronco viejo pero macizo, junto a la eugenia y el limonero fragante. Fin de la jornada, sudoroso, cansado, las manos encalladas, envuelto en los olores de la madera nueva y en la rancia fragancia de la vieja.

Y eso pensaba: milicia es la vida, sí; y son de mercenario -de jornalero, de esclavo- los días de esta vida.

Y habrá otro día, Dios primero.

jueves, 1 de marzo de 2012

Limosna de otoño



Con la mano tendida y la mirada
suplicante entre sombras invisibles,
nace marzo y mendigo inútilmente
la luz amada que el otoño esparce.
Mas sólo hay luz teñida en bronce, triste,
que alienta a unas cigarras infructuosas;
opacamente luz: tersura vana
de un verano que gime de vencido.
La calle muda de mis pasos ciegos
se duele de esa luz, que no es otoño,
y me hiende consuelos como clavos:
'pronto marzo se irá y en su agonía
dejará su limosna, primavera
de una luz que redime como sangre'
.