domingo, 27 de junio de 2010

Romero (II)

Hablaba de la Zamba del romero, que cantó por aquí días pasados Jorge Cafrune, cuando dije eso de que alegra oír las penas bien dichas, y alguno frunció un poco el ceño, me imagino. Y no sin razón, porque tal vez la frase pudo haberle sonado con un dejo levemente provocativo.

Es una especie de paradoja, claro que sí, con tintes de oxímoron al bies. Por cierto que allí un acento definitorio está puesto más que nada en bien dichas y no por razones meramente estéticas, sino porque es una de las misiones del arte la imitación de la realidad, buscando conmover a quien lo contempla en aquello mismo que el arte está representando.

Que no nos las arreglemos bien con el término imitación, no es problema del arte, sino de los hombres y no desde siempre. Porque hubo tiempos en que sí sabíamos qué y cómo imita el arte. Y para qué, sobre todo. Y sabíamos que no se imita copiando lo exterior sin más, sino la forma rerum, algo tan sólido como eso y tan inasible para los meros ojos del cuerpo como gozoso para los ojos de aquello con que el hombre ve la realidad y el ser mismo de las cosas, por incompletamente que lo vea.

El asunto es que, con mirada superpuesta, en el momento mismo en que uno mira lo representado por el arte, y ve que es a la vez una representación y algo real, advierte ambas cosas: la representación conmovedora como materia modulada por el artífice con arte, digamos así, y el contenido de esa representación artística, como algo inteligible y finalmente también conmovedor, algo que no pertenece a la obra, sino algo que la realidad le ha prestado a la obra, con la mediación del artífice.

Es un error frecuente, creo, pensar que la actividad de la inteligencia es final y exclusivamente la lógica y el silogismo o la fórmula, el teorema o la ecuación. Y, en consecuencia, es un error extirpar quirúrgicamente el arte del ámbito de la inteligencia, para acomodarlo en el de los sentimientos o de las percepciones sensibles, como suele parecer, como suele sentirse o hacerse.

Que el hombre no es una suma de cosas distintas unidas sino un solo ser uno y compuesto a la vez, es algo que hay que recordar. Como habría que recordar que el principio vital que lo anima es espiritual, de modo que su máximo gozo vital y existencial proviene de una alegría que tiene como sujeto al espíritu y en él, específicamente, a la inteligencia. Porque es espiritual el hombre es inteligente, de modo que cuando su inteligencia goza, la alegría es plenamente humana. Siendo como es un ser corpóreo, es sensible, y de la actividad de los sentidos le viene cierto gozo también, que es humano también, porque el hombre es corpóreo y ser hombre supone percibir con los sentidos y en la percepción de los sentidos hay cierta fruición, de término y de ejercicio, de estímulo y de finalidad. Pero es la naturaleza espiritual del ser humano lo que le permite el gozo y la alegría, no el masaje con el que colores o sonidos, sabores, aromas o texturas amansan o excitan inmediatamente a los sentidos, por mucho y muy hondamente que lo puncen todos ellos.

Tanto y así, creo, que un desorden fruitivo –por exceso o defecto- es más que nada un asunto espiritual, aunque el origen inmediato de tal cosa pudiera estar en los sentidos, en su fisiología, en la psiquis animal, o incluso en el compuesto mismo a una, en el hombre real y entero, que en cuanto tal y por ser de alguna determinada índole, esté indispuesto para cierta actividad o percepción.

Esto lleva a decir dos cosas, entiendo: por un lado, el hombre que no puede ver porque es ciego, está privado no solamente de la visión, sino también y sobre todo de aquello que la visión puede darle de gozoso a la inteligencia; por otra parte, no poder ver lo que hay de gozoso en las cosas de la natura o del arte, no es simplemente una falta de visión corporal. En cualquiera de ambos casos, el hombre sufre, en particular porque su inteligencia sufre. Y la inteligencia sufre, en principio, cuando no ve, cuando no recibe el alimento que la alimenta y la deja volverse un viviente pleno y en acto de vivir el género de vida propio del espíritu, que es la más alta de las vidas, por otra parte.

Repito: la inteligencia no es finalmente la capacidad de resolver un acertijo o un teorema, como no es la capacidad de rectificar la metodología de sus operaciones de conceptualización, juicio o razonamiento. Y si al menos es eso, no es ni sólo ni principalmente eso.

(Por cierto que tampoco una biblioteca es signo de inteligencia, aunque esté hartamente nutrida, completamente leída y subrayada y anotada…)

En cualquiera de sus operaciones, mediata o inmediatamente, la inteligencia se goza con lo que es. Más aún: aunque los sentidos tengan inmediatamente su objeto propio (como podrían ser luz, sonido, calor, aroma o sabor), no están en el hombre para satisfacer ese sólo objetivo, ni principalemente ese objetivo, además.

Los sentidos, son a la vez vasijas y garfios: garfios de abordaje a la realidad, que se vuelven vasijas cuando reciben aquello que han abordado, vasijas que portan un alimento que es el que sacia a la inteligencia (al hombre, en suma), y del que ellos, los sentidos, dicho ahora algo figuradamente, apenas si mastican con entusiasmo la cáscara.

Eso que se llama lo real o la realidad, como digo, es el alimento propio de la señora inteligencia; como el verdadero sabor de lo real es el alimento propio de la señora sabiduría, que no es otra cosa que el propio espíritu todo, amando lo que es, mientras lo paladea hondamente en su sentido más nutricio y sabroso y se deleita en ello, amando el sabor de lo real.

Estoy seguro de que nos han enseñado mal alguna de estas cosas si amor nos resulta una novelita de amor e inteligencia nos resulta un silogismo.

Estoy seguro de que algo hemos aprendido mal, si es que estuvo bien enseñado, cuando la belleza se nos vuelve un adorno cosmético, aunque resulte conmovedor y terriblemente conmovedor, por cualquiera de las razones por las que podemos conmovernos.

Una pena bien dicha no es la más lacrimógena de las penas, la más melosa o melancólicamente drenada de las palabras, los sonidos, o los colores que la vistan.

Una pena bien dicha es la pena misma, diríamos la substancia misma de una pena, puesta ante los ojos de la inteligencia, hasta que ella la entienda y se haga ella misma la pena misma, que a eso se llama propiamente conocer algo. Y que la inteligencia se haga pena, no quiere decir que conocer la pena se le haga penoso. Y más bien quiere decir lo contrario.

Porque cuando la inteligencia conoce hay fiesta, aunque lo que conozca sea la pena.

Y tanto más la hay cuando algo de la pena llega a la inteligencia resplandeciendo en una modulación que no solamente me muestra el concepto de la pena sino la belleza de su ser, belleza que es, insisto, no su halagadora sensibilidad, sino cierta luz que brilla en lo que es y en el tuétano de lo que es -de todo lo que es-, y que es luz de sentido tanto como de amor, y que el arte hace lucir, porque para eso es el arte.

viernes, 25 de junio de 2010

Tormentas y tormentos (IV)

Por lo pronto, y para la historia de las palabras, melancolía y cólera parecen asociadas. Así es como algunos etimólogos refieren que la -colía de la primera y la col- de la segunda tendrían su mismo origen en la raíz chol-, que en griego da, precisamente, cholé, que quiere decir bilis, esto es, uno de los humores del cuerpo humano, generado por el hígado, de color verde o verdeamarillo, nombres de colores que en sus orígenes también están relacionados con la raíz hal- de diversas maneras y en diversas lenguas parientes del sánscrito. Toda una familia de cosas y de palabras, según se ve.

La bilis es amarga, además de amarilla o verde. En tanto, un otro color negro y no menos amargo aparece en la melancolía y está en la primera parte de la palabra que remite al griego mélas, mélanos, es decir, negro. Lo que da al fin cierta bilis negra, y esto en razón de que se creía que ese ánimo y talante lo producía ese humor oscuro. Atrabiliario es otro adjetivo que refiere exactamente lo mismo.

Bilis y amargura es lo que estalla en la furia del iracundo y colérico. Esa negrura pastosa y amarga es lo que saborea el melancólico.
En su garganta reseca
gruñe una biliosa hez,
y bajo su frente hueca
la verdinegra jaqueca
maniobra un largo ajedrez.
Dice magníficamente Leopoldo Lugones en una espeluznante descripción de un solterón anclado en el pasado, la soledad, sus frustraciones, además de masticar algún rencor sordo mientras flota entre la niebla de algún puerto brumoso en algún lejano país...

Es interesante la relación entre la bilis de la ira del colérico y la del triste asaz, que es el melancólico. Pero no es el momento de ir por esos arrabales.

Lo que pueda haber de raíz corporal y humorosa en la determinación de uno u otro, me tiene ahora sin cuidado, aunque el hilemorfismo y -la realidad, claro- no permite que uno se olvide sin riesgo grave de que somos seres corpóreos y que los condicionamientos de los humores y fluidos tienen parte en el estado de nuestro espíritu, tanto así como Newman se alertaba a sí mismo advirtiendo que lo que él estimaba una gran fe, era apenas buena salud. Por razones parecidas, no estoy considerando aquí lo que se llama doctrina de los elementos, derivada en la de los humores y consecuentes temperamentos humanos, dos de los cuales son el melancólico y el colérico.

Siempre me ha llamado la atención, sin embargo, más la melancolía que la cólera, aun cuando se las ve tantas veces reaccionar encadenadas, como si fueran dos momentos o fases de un mismo movimiento. Más allá de esto, entendí siempre que la cólera del iracundo era, como si dijera, menos humana y más animal que la tristeza del melancólico. Y tal vez por eso mismo me imaginé siempre que está más cerca de convertirse en diabólica la melancolía que la cólera.

En estos últimos días, he repasado y encontrado muestras musicales de cosas de esta laya, que me han dado algo que pensar sobre estos asuntos. Y no es culpa mía -o sí…- el que para ver ciertas cosas necesite otras, como si le dijera que para entender mejor la soberbia, el dolor desperdiciado, la pureza del alma, el sentido de la historia y los hondones del cuore, me venga bien la música.

Esta canción, por ejemplo, que canta mi estimadísima Savina Yannatou, procede de un poeta griego de principios del siglo XX, Kostas Karyotakis y se llama algo así como atardecer, crepúsculo o, más sencillamente, la noche.
ver

Το βράδυ

Τα παιδάκια που παίζουν στ' ανοιξιάτικο δείλι
-μια ιαχή μακρυσμένη.
τ'αεράκι που λόγια με των ρόδων τα χείλη,
ψιθυρίζει και μένει,
τ'ανοιχτά παραθύρια
που ανασαίνουν την ώρα,
η αδειανή κάμαρά μου,
ένα τραίνο που θά 'ρχεται
από μια άγνωστη χώρα
τα χαμένα όνειρά μου,
οι καμπάνες που σβήνουν,
και το βράδυ που πέφτει
ολοένα στην πόλη,
στων ανθρώπων την όψη,
στ'ουρανού τον καθρέφτη
στη ζωή μου τώρα όλη...

La noche

Los niños que juegan, en la primavera de la oscuridad
-un grito lejano-
el viento, que dice las palabras con los labios de las rosas,
susurros y estancias.

Las ventanas abiertas que respiran la hora,
mi habitación vacía,
un tren,
puede venir desde un país extranjero,
mis sueños perdidos.

El sonido de las campanas que se extingue,
y la noche que cae continuamente en la ciudad,
para buscar la gente,
al espejo del cielo,
ahora toda mi vida.




También di con esta versión en euskera que Xabier Lete hizo de un famoso poema de Cesare Pavese, en mucho contemporáneo de Karyotakis. El poema del italiano se llama Verrà la morte e avrà i tuoi occhi y la canción que canta aquí Paco Ibáñez se titula Heriotzaren begiak.


ver
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi
questa morte che ci accompagna
dal mattino alla sera, insonne,
sorda, come un vecchio rimorso
o un vizio assurdo. I tuoi occhi
saranno una vana parola,
un grido taciuto, un silenzio.
Cosí li vedi ogni mattina
quando su te sola ti pieghi
nello specchio. O cara speranza,
quel giorno sapremo anche noi
che sei la vita e sei il nulla.
Per tutti la morte ha uno sguardo.
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
Sarà come smettere un vizio,
come vedere nello specchio
riemergere un viso morto,
come ascoltare un labbro chiuso.
Scenderemo nel gorgo muti.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
(Versión de Carles José i Solsora)

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

Heriotzaren begiak

Etorriko da zure soaz heriotza
gor, logabe, alhadura zaharren gisa,
goiznabarretik gauera alboan dugun
ohidura zentzugabe bat bailitzan.

Zure begiak alferrikako hitza izanik
garraisi mutu, isiltasun oro isil,
goiz bakoitzean aurkitzen dituzu adi
ispilura begiratuz, ilun, hurbil.

Jakinen dugu egun hartan, oh itxaropen!
bizitza zarela eta ezereza,
guztiontzat du heriotzak soa zorrotz
bakar, mutu, leizera jetsiko gera.

Urratuko da ezpain hertsien keinua,
aurpegi arrotza leihoaren ondoan,
usadioen guneak desitxuratuz
biluztasuna nagusitzen denean.

Zure begiak argi grisaren errainu,
mendi ilunen goizorduko izotza,
esnatzearen dardara eta ikara
kale hutsetik hurbiltzen zarenean.

Jakinen dugu egun hartan, oh itxaropen!
bizitza zarela eta ezereza,
guztiontzat du heriotzak soa zorrotz
bakar, mutu, leizera jetsiko gera.

No diré que sea absolutamente causal la relación, pero no hay que dejar enteramente de lado la cuestión de que tanto Karyotakis como Pavese se suicidaron, uno en 1928 de un tiro en el pecho y el otro, en 1950, envuelto en cierto disgusto y tedio existencial que lo acompañó toda la vida, pocos meses después de componer sus versos acerca de la muerte que, por otra parte, estaban inmediatamente dedicados a una bonita y fugaz actriz norteamericana, por la que sintió algún amor no correspondido.

Por su parte, más en el tono que en el tema, creo que no desmerece para nada y algo del aire del asunto sobre la melancolía tiene, esta canción de cuna (Uspavanka Za Radmilu M., Nana para Radmila M.) del talentoso bosnio Goran Bregović, que, dicho sea como una curiosidad, nació el mismo día en que Pavese firmó su poema, el 22 de marzo de 1950.



Al fin, y creo que como regalo a la paciencia, esta canción que figura en una miniserie que en el 2002 hicieron los ingleses sobre el famoso Doctor Zhivago de Boris Pasternak. La música es de Ludovico Einaudi y, pese a mi afán, no pude dar todavía con la letra de Hablando contigo (Talking to you), cuyo aire terriblemente eslavo y estepario, letras más o menos, me es uno de los emblemas de la melancolía, díganme caprichoso si quieren.



El caso es que, en principio y mirando el asunto desde otra perspectiva, la cólera y la melancolía en cuanto pasiones son parientes también por el objeto que puede producirlas: el bien. En el primer caso, la cólera se manifiesta por algún bien (real o aparente, objetivo o subjetivo) amenazado por algún peligro; en el segundo caso, es la ausencia de un bien de las mismas características que el anterior lo que promueve ese estado y esa pasión del alma asociada a la tristeza, que es como la reacción natural ante el bien ausente o perdido.

El problema con la melancolía, me parece, y cuando llega a arraigar en el alma, es antes que nada que predispone a la desesperanza, cuando no es ella misma la causa; esto es, la disposición a negar en cierto sentido, incluso absolutamente, la posibilidad del bien, presente o futuro.

Mientras, creo ver, otro costado de esta pasión se relaciona con ciertos modos del arte, con cierta manifestación de cierto tipo de belleza, y en este caso no es menos letal que en el anterior. Y es así cuando se trata de cultivar y regar el deleite en la tristeza y el paladeo de lo que la provoca y sostiene en el tiempo, como bien puede ser el caso de la música. Tal vez, pienso, una búsqueda de cierto calor o tibieza de lo bello, compensando la frialdad y la sequedad que le son propias a la melancolía.

(Dejo para otro momento el asunto pero, hace un tiempo, hablando de una zamba que oí cantada por Jorge Cafrune, dije que alegraba oír las penas bien dichas. Y esto no es lo mismo que deleitarse con las grisáceas y agridulces honduras de la tristeza, cuando es considerada ella misma como un bien simpliciter…)

Me parece que en tiempos en los que el bien (de tantas formas considerado) peligra o parece perdido, no estaría mal ponerle un ojo a la cólera y a la a veces consecuente melancolía. Aunque es verdad, creo, que este orden no es necesario y puede ser a la inversa, como muchas veces se ve, de modo que la cólera surge por una melancolía precedente, como pasión raigal y vicio del alma, cólera que se enfurece por un bien en peligro pero que, en realidad, el alma, en su tristeza crónica y larvada desesperanza, ya ha dado por perdido.

Después de todo, entre las sutilezas del mundo espiritual está el hecho de que no todo grito del Nazgûl desesperanzador suena mal sino que a veces tiene los dulces acordes de melodías –musicales o no- que llenan el alma de una tristeza infinita que, si uno anda mal parado, cree que le hace bien oír y gustar; así como no toda desesperanza viene del grito del Nazgûl sino que, por extraño que suene, a veces es exactamente al revés y son la propia melancolía y desesperanza del corazón adentro las que atraen o producen los gritos chirriantes, o dulces, del Nazgûl afuera.

Tal vez el ejercicio de discernimiento de estas cosas no sea para todo mundo. Como habrá también quien quiera hacer experimentos de brujo del alma con estas honduras.

Yo no me atrevo y no lo haría, vea lo que le digo. Es materia harto delicada.

La misma belleza, siendo y porque es grande y espléndida, puede ser malversada y así desfigurada, volverse el mullido y tibio tobogán por donde uno se va -eso sí: bonitamente- al carajo.

jueves, 24 de junio de 2010

La tarde, el desierto y el pan (III)

La cuestión sigue en pie. En primer lugar, con una aproximación incompleta al asunto del humor extraño con el que Jesús dice a los apóstoles que ellos mismos procuren comida para 5.000 hombres, más mujeres y niños. Ni con los panes y peces que hay, ni con los denarios que hay, ni con la comida –si caso hubiera- que pudieran encontrar en los alrededores. Ni modo: Jesús sabía que eso era imposible.

“No tienen por qué marcharse…”, se me hace que no es una expresión directa y llana, no está dicha enteramente en serio, digamos así. Y “dadles vosotros de comer…”, es todavía más próxima a la broma, aunque no cualquier broma.

Imaginemos otros actores, o imaginemos que por lo menos no hubiera sido Jesús sino otro el protagonista.

Héroe, o quidam cualunque, si hubiera pronunciado esas frases habría sonado tal vez el clarinazo de la hazaña, de la gesta imposible con final presumiblemente feliz, como en los cuentos de hadas o en las sagas míticas, en las que un puñado de argonautas se lanza a la aventura y vuelve velis nolis con bolsas de 50 kilos de harina sin harina, ya plenas de hogazas humeantes arrancadas a las fauces de un dragón, un basilisco o de recuas de panaderos ávidos que ven el filón de semejante comanda, tanto da.

Pero de hecho es Alguien más perspicaz que un héroe y más inocente que un quidam quien está al mando de la operación “dadles vosotros de comer” y sabe, se entiende, cuál es la tropa y sus posibilidades.

Si, por el contrario, esto hubiera sido el rasgo como si dijéramos voltaireano de un antihéroe socarrón, habría sido por demás escandaloso. Burlarse de la inopia, el desamparo y del hambre, burlarse así de los limitados compañeros de armas: imperdonable. Un espíritu delicado no debería soportar una broma así de ácida volcada sobre la fatiga de unos miles de hombres ansiosos y necesitados de pan. Niños que deambulan por campamentos improvisados en torno a fuegos pobres, mirando a sus padres con ojos expectantes, madres angustiadas por la noche y la lejanía, padres atormentados por la mala idea de quedarse allí hasta tan tarde, ahora no sólo sin pan, sino como posible pan mismo de cualquier alimaña o fiera salvaje. No cabría allí burla alguna, ni broma siquiera. No sería digno siquiera el sesgo de una casi ironía. La preocupación de los discípulos es tan urgente como genuina: “déjalos ir…” y a eso no puede contestarse con: “que se las arreglen, si no hay, no hay: esta no es mi guerra…”

¿Y si se tratara de un prestidigitador, un mago, un buhonero de maravillas blancas o negras? ¿O de un merlín que supiera lo que va a hacer y crea de ese modo una especie de suspenso escénico, una especie de anticipación dramática para que resulte restallante el milagro? Un rasgo de narcisismo, sin duda: la promesa imposible ante una situación imposible será finalmente realizada. La risa callada, alojada cuidadosamente en la comisura que oculta la barba, satisfecho de sí mismo y de sus poderes y de la cara de espanto y asombro de unos y de otros cuando aparecen las canastas repletas.

Entendemos habitualmente el humor como una ocurrencia repentina y a veces llena de gracia, un juego de palabras iluminador corrosivo o fresco, tal vez como un estilete que parte un pelo en el aire y su misma velocidad es sorpresa feliz, tal vez como un absurdo que por su mismo dislate causa risa, o como una voltereta -más o menos cruel- que pone en perspectiva insólita y por ello ridícula a cualquier cosa, y así de otras maneras.

Nos cuesta más atribuirle al humor el papel de un borrador de pizarrones.

Sin mucho esfuerzo exegético, puede entenderse que las frases de Jesús fueron una enseñanza y por lo mismo tuvieron intención docente. Es claro que subrayan algo, claro que sí.

Pero si las frases de Jesús fueron docentes, y ciertamente lo fueron, tuvieron a la vez el mismo efecto que el de un borrador sobre un pizarrón repleto de fórmulas posibles. Esas fórmulas por cierto no son las de Jesús, sino que han sido escritas y pergeñadas por nosotros. Con trazo vacilante, escritura inconclusa, paréntesis vacíos y signos de igualdad con la nada en uno de sus extremos: así es como los hombres solemos resolver nuestras ecuaciones. Y tenemos cierta petulancia mal disimulada al conformarnos complacidos con nuestros trazos insuficientes en el pizarrón. No tanto por impericia, que la hay, sino más bien por indigencia de medios... y de fines.

Y por cierta ignorancia, claro: ¿cómo podrían saber que el momento eucarístico y escatológico que une a la tarde en el desierto y sin pan es el escenario ideal para una parábola en acción, que diría Castellani? ¿Cómo darse cuenta sin que Jesús lo diga? ¿Cómo ver lo que el desierto significa al caer una tarde que no sabemos qué significa? ¿Cómo saber de qué pan vive el hombre? ¿Cómo pensar y sentir a la vez en dos planos todo el tiempo, viendo todo el tiempo en una cosa la otra? ¿Cómo imaginar que el propio hombre al hacer una cosa hace otra a la vez de la cual la primera es sólo el typo?

Si es posible utilizar este texto en la fiesta del Corpus Christi es sin duda porque su sentido eucarístico es nítido, la mera presencia del pan hecho mucho para muchos es un signo transparente de lo que hoy no entendemos del todo, pero ya sabemos de sobra. Con la suficiencia que nos da el tiempo y la sabiduría de los sabios, miramos a los apóstoles rudimentarios e ignaros con mirada piadosa: “pobres, no se dieron cuenta…” Ayuda a nuestra suficiencia, y parece que la corrobora como ya vimos, la furia de Jesús sobre la barca, tratando asuntos de panes y levadura: ¿cómo no entendéis? ¿cómo es posible que no hayáis entendido? Tampoco creo que esa furia fuera la ira homicida de un iracundo, sino el reverbero magisterial que pregunta una y otra vez si hemos entendido, una como impaciente instancia que requiere infatigablemente nuestra atención, sin la cual nada se aprende.

Jesús usa el modo simétrico y en eso, en buena medida, veo el humor, bien que extraño.

No tienen pan, así que mejor déjalos ir..., dicen los apóstoles.

Entonces ustedes tienen que darles pan, que no se vayan nada..., dice Él.

No tenemos pan, dicen ellos. Y lo que tenemos no alcanza, ni en pan ni en denarios.

A ver..., dice Él.

Y entonces hace que sea verdad aquello que recién les dijo: que no deben irse las gentes y que deben ellos darles de comer. Y las dos cosas que dijo pasan efectivamente: no se van los 5.000 y ellos les dan de comer.

Con todo, y tal vez para mayor deleite de los más agudos, deja completamente de lado la cuestión de los denarios, omite elegante y benévolamente la bolsa que carga Judas, como quien aparta la cáscara de una nuez con el dorso de la mano, con lo que a mi juicio completa el dulce tinte de su humor severo.

Pienso ahora que tal vez, y algo lateralmente, algún punto de la ardiente cuestión "De auxiliis gratiae" tenga su lugar en estos pasaje de las multiplicaciones de los panes, aunque insistiría en que, si lo tiene, es en clave humorística, lo que quizá podría afectar la circunspección de algún que otro teólogo, cosa que no querría, por supuesto, sabiendo lo quisquillosos que pueden ser.

lunes, 14 de junio de 2010

Y bendita la mare que te parió

Qué mañanita tuvo hoy el alba.

Para un melancólico, sería la sombra y figura mismas de la melancolía, qué cosa.

Ni frío ni calor, con una pesada rastra de humedad y neblina en todo. Un cielo de plomo al oeste y al sur, como cielo de Lugones en el Salmo pluvial. Al este, trashuma a desgano un sol de lo más incómodo con el día que tiene por delante, y que aparece nada más que para decir que se va…

Oigo, mientras tanto, unas versiones de un amor a los gritos que rescaté de un arcón y que siempre me hace mucha gracia. Será cosa de los andaluces, no lo sé. Pero eso de cantarle una ternura como de Ave María a la Virgen del Rocío, en esta Salve Rociera, y ese olé como de marcha, con esos aires marciales… esa ternura militante, eso de golpear los puños sobre la mesa al compás de un rítmico ‘te quiero’.

Si ocurriera al acaso que entre el auditorio se encontrare algún melancólico –crónico o circunstancial-, creo que algo tendría que gozar, de algún modo tendrá que levantar su corazón con esta barra brava de la Señora del Rocío.

Así que, oiga.

Y después, vaya, salga al día y mírelo de nuevo. A ver si ve lo mismo.



domingo, 13 de junio de 2010

Romero

Linda, la noche; tarde, en la noche. Tranquilo al fin el día, el tiempo, y tanto que parecen en paz hasta los tiempos, al fin.

Una lluviecita fina, de a ratos. Fresco apenas todo. Entre la humedad que sube de los pastos embarrados y que baja del cielo como seda, hay un aire de maderas que arden bien, maderas de buena madera, en algún fuego adentro de humo afuera. El humo se huele, el fuego se adivina.

Lindo, viera. Sereno.

Oigo a Cafrune, mientras.

Sabe lo que hace, sabe lo que dice. Y sabe decir.

Qué suerte tuvo este hombre, creo. Sencillamente, sin tanto meneo, sin tanto baile. Sobrio para decir.

Qué suerte tuvo al poder hacerlo así. Decir esas cosas buenas, sentires claros que suenan y han de ser puros, me imagino, aunque parezcan penas.

Alegra oír las penas bien dichas.

Y decir también con todo eso una Argentina limpia, simple, honda.

Y decir el amor y el humor y el dolor. Sin tanto lío, ni tanta conga. Limpio.



Es como un rezo (sí, mi amigo, la belleza también reza...)

Yo se lo agradezco: en una noche así -como de fiesta, de tan serena-, es un regalo.

sábado, 12 de junio de 2010

Hard is my fate

Nach truagh mo chas, dicen que dijo el buen Príncipe Carlos Estuardo, un escocés hablando en escocés, en tiempos de la infausta Batalla de Culloden. Y no se refería al resultado de la liza, aunque podría haberlo hecho.

La ocasión en que se supone que podría haberla dicho, fue precisamente la que dio origen a esta melodía que traigo aquí: Hard is my fate, que se dice en escocés como ya se ha visto.



Los investigadores, hablando de ella, dicen cosas como éstas, harto simpáticas y so british, diría yo:

This delightful melody has been attached to a supposed soliloquy of Prince Charles on the night after his defeat at Culloden. The editor's mother, with her elder sister, then little girls, were, from the crowd which the presence of the Prince and Lord Lovat brought to their father's house, stowed into a small apartment or closet betwixt the Prince's bedchamber and another, having a door of communication with both when requisite. The whispers of the little girls, in terror of making noise, produced suspicion in the Prince's breast of having been betrayed. Their door was secured; but how they must have been astonished to hear him knock, and exclaim with agitation 'Open, open!'‑when, upon their reluctantly opening the door, he presented a visage of consternation which they could never forget, easier to be imagined than described. It however gave them the best opportunity they had of viewing his person; and his only exclamation which they understood was 'Hard is my fate, when the innocent prattle of children could annoy me so much.'" (Fraser). Alburger suggests that this tune may be an unacknowledged composition of Fraser's, "writing music associated with the past in the same way that Burns and Hogg wrote poems and songs with historic connections and, by not acknowledging the them as theirs, left the reader to think he would" (Alburger).

Alburger (Scottish Fiddlers and Their Music), 1983; ex. 98, pg. 163. Fraser (The Airs and Melodies Peculiar to the Highlands of Scotland and the Isles), 1874; No. 125, pg. 49. Hunter (Fiddle Music of Scotland), 1988; No. 53.

Este aire apareció en el aire de la cueva cuando estaba distraído en esto y aquello, mientras sonaba aquel disco de Jordi Savall a la viola celta, haciendo asuntos irlandeses y escoceses, que ya menté.

Me sorprendió la tonada, y más porque al oírla me resultó alegre.

Volví sobre ella, busqué la pista y encontré su nombre paradójico. Después, claro, la explicación de los buscahuellas le puso su tono el asunto.

Pero, más allá de la historia y los eruditos, vale la pena tomar ejemplo y ver la cuestión como un emblema.

Porque está bien que alguien pueda, cuando crea que su destino es duro, componer una melodía que le acompañe la mañana a alguno, que le alegre el día a otro.

Creo que, al fin de cuentas, es lo mismo que pedía J. H. Newman, cuando rogaba a Dios que sus tinieblas fueran luz para los demás.

viernes, 11 de junio de 2010

Sudáfrica mía

Disculpe lo módico, cumpa.

Pero se viene el batifondo.

Desde hoy, y por los próximos 30 días, habrá (hay) bastante huevada alrededor de estas cosas; y de tantas maneras, viera usted.

Me apuro, entonces y antes de que me olvide, a dejar aquí sentado todo lo que tengo para decir al respecto.






Que ande bien.

El corazón del tesoro (VI) Altro intermezzo

The Harp Consort, conjunto anglo, grabó por los '90 en un disco So el encina, un poema español anónimo del siglo XV, junto con otros asuntos inspirados en Lucas Ruiz de Rubayaz, un clérigo burgalés del siglo XVII ocupado en cosas de música. Al disco, que es bueno, lo llamaron como el libro de música del prete, Luz y Norte, y le agregaron unos temas de regalo, bajo el título sonoro y simpático de Amores Pasados.

Allí precisamente figura esta pieza que tiene la peculiaridad, según parece, de registrar la participación del que fuera afamado bajista y musicalizador rockero, John Paul Jones.


ver

So el encina

So el encina, encina,
so el encina.

Yo me iba, mi madre,
a la romería;
por ir más devota
fui sin compañía;
so el encina.

Por ir más devota
fin sin compañía;
tomé otro camino,
dejé el que tenía;
so el encina.

Halléme perdida
en una montiña,
echéme a dormir
al pie del encina,
so el encina.

A la media noche
recordé, mezquina;
halléme en los brazos
del que más quería,
so el encina.

Pesóme, cuitada
de que amanecía
porque yo gozaba
del que más quería,
so el encina.
Muy biendita sía
la tal romería;
so el encina.

Creo que hay aquí otro ejemplo de corazón y tesoros, se entiende fácil.

El asunto de los romeros (o romeras, vea usted, que aquí tengo la historia de una, frente mismo a mis oídos…) que en el camino de su vida se tiran una cana al aire (o más de una…), es un motivo como folklórico en la literatura cristiana desde antiguo.

No, mi estimado, no: no está dicho que sea conditio sine qua non para ser cristiano, ni que para ser un buen cristiano haya que tirarse disciplinada y concienzudamente una cana al aire (o más de una…) ¿De dónde sacó eso?

Dije, nada más, que es una especie de tópico. Y que es un tópico que no horrorizaba tanto antes, como horrorizó después, curiosamente.

Tal vez, precisamente, porque el cristianismo –el de Gonzalo de Berceo, por ejemplo en su siglo XIII, con su Milagro del Romero de Santiago (parecido en algo a esta cancioncilla, aunque con final diverso)- suponía que los que se arrepentían sabían lo que hacían. Y lo que habían hecho. Y lo que querían hacer.

Como digo que, tal vez, quienes se toman de aquellas palabras de Lewis para llamar tesoro a lo que tienen en el corazón, aman más el hecho de tener un tesoro, que el de tener un corazón.

Porque lo que dice es:
Creo que los amores más ilícitos y desordenados son menos contrarios a la voluntad de Dios que una falta de amor consentida, con la que uno se protege a sí mismo.
Y hay un matiz en eso de protegerse a sí mismo con una falta de amor consentida, un matiz algo obvio que no nos permite sacar la conclusión un poco frívola de que para mostrar que uno es cristiano (más cristiano, o mejor persona tan sólo...) ningún amor le está prohibido. O lo que es más sutil –y corriente-: que Dios espera de mí que ame lo que sea a como dé lugar, así fuere dictándole con mi tesoro en la mano la ley al universo, y a Dios mismo si cuadra, en mi beneficio, claro.

Porque parece cierto también que en eso de que donde está el tesoro estará el corazón, de algún modo se dice que la medida de mi corazón ha sido mi tesoro.

El propio Lewis, en el final de su breve sueño, El Gran Divorcio, le hace decir a la mujer que se ha salvado amando:
No puedo amar una mentira (…) No puedo amar lo que no es. Estoy en el amor y no saldré de él.
Ojalá pudiera el corazón decir eso de su tesoro, al final.

Por otra parte, la relación de esto con la alegría, es un asunto que importa.


Pero es viernes, claro.

miércoles, 9 de junio de 2010

Tormentas y tormentos (III)

Los Nazgûl retornaron, y como ya el Señor Oscuro empezaba a medrar y a desplegar fuerza, las voces de los siervos, que sólo expresaban la voluntad y la malicia del amo tenebroso, se cargaron de maldad y de horror. Giraban sin cesar sobre la Ciudad, como buitres que esperan su ración de carne de hombres condenados. Volaban fuera del alcance de la vista y de las armas, pero siempre estaban presentes, y sus voces siniestras desgarraban el aire. Y cada nuevo grito era más intolerable para los hombres. Hasta los más intrépidos terminaban arrojándose al suelo cuando la amenaza oculta volaba sobre ellos, o si permanecían de pie, las armas se les caían de las manos temblorosas, y la mente invadida por las tinieblas ya no pensaba en la guerra sino tan sólo en esconderse, en arrastrarse, y morir. (J. R. R. Tolkien, El Señor de los Anillos, III, 4)

Nazgûl quiere decir, en la lengua negra de Mordor, Espectros del Anillo.

Además de otras mortíferas armas materiales, su Hálito Negro era un arma poderosa y de veneno mortal. De ese Aliento resultaba que los hombres caían en la desesperación, en inconsciencia y hasta en pesadillas horribles y sueños de muerte. Si alguno se exponía por largo tiempo a esa Sombra, moría. Las athelas eran un remedio que podía curar sus efectos.

El Rey Brujo de Angmar era el señor de los nueve Nazgûl, y murió a manos de Éowyn, en la última batalla a las puertas de Minas Tirith, en los Campos de Pelennor.

Éowyn misma supo de los efectos del Hálito del Nazgûl, aunque su propio corazón pudo haberle sido tan fatal como el mal y las heridas del Rey Brujo de Angmar, si otro Rey no la hubiese ayudado a curarse.

Entre otros nombres, al Rey Brujo se lo conoció como Capitán de la Desesperación. Y con razón. Especialmente, por aquel grito agudo que tanto paralizaba a los hombres, los sumía en un terror sin nombre, quitándoles la esperanza y el coraje de sus corazones.

Ahora bien.

Cuando oímos decir “el grito del Nazgûl”, imaginamos un sonido. Y está bien. Porque de veras es un ruido infernal, punzante, chirriante y helado a la vez.

Pero el grito del Nazgûl no es solamente un grito.

Hay otras varias cosas que lo son.

Es un grito del Nazgûl todo lo que desgarre el aire, el aire en el que no solamente viven los demonios, sino la creación entera; es un grito de Nazgûl toda voz y cosa siniestra, reptante como humo, insidiosa como un veneno del mundo, que deshace y disuelve, que quiere romper y rompe, que destroza incluso sin tocar, quemante como ácido, infeliz y triste, violenta o mansa, con la mansedumbre de una pitón.

Y más. Porque muchas cosas que ocurren y nos ocurren tienen el mismo sonido que el grito del Nazgûl. Muchas cosas paralizan a los hombres y quitan la esperanza de los corazones, de modo que ya no se piensa sino en esconderse, en arrastrarse, y morir.

En tantas cosas suenan los gritos del Nazgûl: cosas de la casa o de la política, cosas de los hijos o de la cultura, cosas del amor, cosas de la Fe, cosas de la música, cosas de la amistad, cosas de la natura y las diversiones, cosas de los trabajos, de las comidas o de la muerte.

Se diría que nada hay en el cosmos sino gritos del Nazgûl.

Gritos de Nazgûl en el corazón de tantos a los que se les oscurece la mirada y se les arruga el corazón; gritos de Nazgûl sonando entre las filas de los que apenas pueden -y todavía querrían- mantenerse en pie; gritos de Nazgûl lacerando toda fe hasta que quede exangüe; gritos de Nazgûl en las caras perdidas y babeantes, en los ojos ávidos y las manos rapaces; en las medias sonrisas suficientes de los maquinadores; gritos de Nazgûl en las decepciones; en las ruinas de los amores; en la carroña de una ciudad que ya no puede parir hombres sino despojos; gritos de Nazgûl en las seducciones de los capitanes usurpadores; gritos de Nazgûl en los ojos irritados de soñar sueños infames; gritos de Nazgûl que amenazan a niños y jóvenes desde el vientre mismo de sus madres, para hacerlos mercancías o muerte o rehenes de afanes pútridos; gritos de Nazgûl en la estúpida torpeza del maestro; gritos de Nazgûl en la soberbia del discípulo indolente; gritos de Nazgûl en las fumatas de los volcanes y de los fumaderos; gritos de Nazgûl en los gritos de Nazgûl que punzan y crispan hasta dejar ciegos a los lúcidos, infames a los buenos, traidores a los leales; adúlteros a los fieles; corruptos a los castos; iracundos a los mansos; envilecidos a los humildes; feroces a los dulces.

Sí: el grito del Nazgûl. Tanto grito de Nazgûl...

Y sin embargo.

Después de haber sido traspasado y muerto en los Campos de Pelennor, el Señor de los Nazgûl se deshizo y los restos de sus ropas y atavíos estaban vacíos.
Ahora yacían en el suelo, despedazados y en un montón informe; y un grito se elevó por el aire estremecido y se transformó en un lamento áspero, y pasó con el viento, una voz tenue e incorpórea que se extinguió, y fue engullida, y nunca más volvió a oírse en aquella era del mundo.
Y así será cuando sea.

Mientras tanto, espero.

lunes, 7 de junio de 2010

La tarde, el desierto y el pan (II)

Despejemos mientras tanto una cuestión hasta cierto punto menor, como es la de los 200 denarios.

Hablemos, entonces, de plata.

En el mismo episodio en el que Jesús menciona la cuestión de la levadura de los fariseos, concluye que no debemos temer a los que matan el cuerpo. Allí mismo enseña que ni uno solo de nuestros cabellos es indiferente para nuestro Padre, y pone el ejemplo de los pajarillos de las ofrendas para el templo.

Así lo dice san Mateo (10, 29):
¿No se venden dos pajarillos por un as?
Y así san Lucas (12, 6), con una tabla de correspondencias que expresa mejor lo que Jesús quiere decir:
¿No se venden cinco pajarillos por dos ases?
Porque dos pajarillos por un as, hacen cuatro por dos ases. Tan poco valen, que uno va de regalo. Sin embargo, ni siquiera ese pajarillo de yapa, irrelevante entonces, deja de estar ante la mirada de Dios que vela por él, como por los lirios del campo. Cuánto más velará entonces por nosotros, mucho más preciosos en Su corazón que estos pajarillos de a un as el par.

Otro caso de los varios que hay para hablar de denarios y dineros, es el que trae san Juan (12, 5-6) cuando relata el episodio en el que María (Magdalena, dicen) derrama una libra de carísimo perfume de nardo en los pies de Jesús durante una comida en lo de Simón el leproso, en Betania, a la que fue con los apóstoles. Estaban allí Lázaro, recientemente revivido, además de su hermana Marta, que, como siempre, servía.
Dice Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que lo había de entregar: “¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?”

Pero no decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella.
Chaval, que trescientos denarios es un pasote de pelas...

Volvamos ahora a la cuestión del pan en el desierto, a la tarde, y se verá que no es poca cosa.

El relato de la primera multiplicación está en los cuatro evangelios y, de distinto modo, los cuatro dicen que no hay con qué darles de comer. Ya porque sólo aparecerán cinco panes y dos peces insuficientes, ya porque en la bolsa, dijera san Juan, no había para comprar lo necesario.

Ni san Mateo ni san Lucas mencionan la cifra. Pero sí lo hace san Marcos (6, 37):
Él les contestó: “Dadles vosotros de comer." Ellos le dicen: “¿Vamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”
Y también san Juan, especificando que fue Felipe el que hizo el cálculo (6, 7):
Felipe le contestó: “Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.”

Muy bien.

No porque sea muy importante, repito, pero veamos de qué cantidades estamos hablando.

La moneda romana que circulaba (junto con la griega y la propia moneda hebrea), tenía como unidad el as, moneda de escaso valor, cuya equivalencia actual parece difusa, aunque tal vez, y por lo que vi, al valor de aquellos tiempos podría cotizársela hoy a unos dos pesos argentinos, algo más que medio dólar o un poco más que medio euro.

Con entre 10 y 16 ases se obtenían 4 ó 5 sestercios y con eso, un denario que, a su vez, era más o menos equivalente a una dracma griega. Así: un denario es igual a 4 ó 5 sestercios y a entre 10 ó 16 ases, según los cálculos.

Para la época de Pompeya, y por lo que se ve en las paredes de las tabernas, en las que se anotaban los precios, es probable que una familia de 3 personas, una familia del común, pudiera sobrevivir con unos 6 sestercios al día.

A su vez, para esa misma época, parece que el jornal diario era de un denario, en casi todo el Imperio. Es precisamente la paga que en la parábola de los trabajadores de la viña (por ejemplo, en san Mateo 20, 1-16), ofrece el patrón al que llega primero... y al que llega último, con lo que enfrenta un reclamo gremial...

Según cuenta Tácito en sus Anales, por su parte, Augusto elevó durante su mandato a unos 220 denarios al año la paga de un legionario corriente, que hasta entonces cobraba unos 125. Se ve que paritarias e inflaciones hubo desde antiguo, para lo cual bastaría comparar lo que dicen las paredes de Pompeya (sepultada en el 79 d. C.) con los edictos de control de precios de Diocleciano, un par de siglos después.

Al fin y por último, es útil saber que una pieza de pan costaba, para la época del relato, alrededor de unos dos ases, es decir, lo mismo que los pajarillos aquellos de las ofrendas que menta Jesús.

Así las cosas, para darle una pieza de pan a cada uno de los 5.000 hombres (sin contar mujeres y niños, porque no se contaban...), habría que haber pagado 10.000 ases o, lo que es lo mismo, 625 denarios (a 16 ases por denario) o 1.000 denarios (a diez ases cada uno).

Tenía razón Felipe: con doscientos denarios no hacemos mucho.

Y eso supuesto que hubiéramos conseguido 5.000 hogazas de pan por los alrededores del desierto, ya anocheciendo y con las tabernas que hubiera ya cerrando, en los pueblitos de aquella Galilea.

Está claro que Jesús sabía todo esto cuando les dijo: “No tienen por qué marcharse (todos estas gentes a ver qué consiguen por allí, aunque ya sea tarde); dadles vosotros de comer...”

Tormentas y tormentos (II)

Sobre una historia todavía anónima y compuesta en la baja Edad Media en Francia, Le Roman de Ponthus et Sidoine, el gaitero Carlos Nuñez interpreta aquí un brano (dicen los italianos…) en el que, a mi gusto, toma una melodía también medieval que, en otros tiempos, traje aquí en varias versiones (una de ellas, la de mi estimada Savina). El tema se llama, claro, Ponthus et Sidoine. El roman es la historia de Ponthus, un heredero al trono gallego, y su amada princesa de la Bretaña, Sidoine. Cuestión de aventuras y peripecias, guerras con moros, bretones, ingleses e irlandeses, traiciones y romances y más cosas, con final feliz. En esta interpretación, Núñez aparece acompañado por Jordi Savall a la viola celta.



Como digo, he visto que se trata de una melodía que se ha usado antiguamente tanto para un canto profano de Cuaresma de despedida del carnaval en el Levante y sur de Francia, como para un himno libanés, Wa Habibi, dedicado a Jesús ensangrentado el Viernes Santo, de finísimos versos; lo dejo aquí en una versión instrumental.



Al mismo Jordi Savall, con la misma viola celta, lo tenemos por su parte haciendo aquí un aire escocés que se intitula Chapel Keithack.



Muy bien: ¿Y con esto qué hacemos?, sigue preguntándose (y -me) usted.

Y digo otra vez: nada. Y otra vez más: la belleza es gratis.

Pero esta vez sí le diré algo más: no tomemos a la belleza de rehén de nada. Ni de lo bueno ni de lo malo. Ni de la alegría y la fiesta, ni de la pena y el dolor, ni de la verdad (interesada o libre), ni del malintencionado error.

No la hagamos apologética ni servil.

No la hagamos sierva, porque es señora.

Y si usted no es capaz de vérselas con la belleza mano a mano, de dolerse con su alegría y hondura, como de alegrarse con su intensidad y nostalgia, me da que llegará a ser un traficante, un bucanero, un estraperlista de la creación divina y humana. En el peor de los casos, Dios no lo permita, tal vez si sigue por ese camino llegue a ser un esteticista, que es una especie de cafisho (o madama…) o dandy de la belleza que hay en el cosmos, en las cosas o en las obras de los hombres.

En el mejor de los supuestos, no se dará cuenta de nada y no tendrá idea de qué trata el asunto.

Usted verá.

Y no sé bien por qué será, pero, hasta donde sé, le garanto que hay pocas cosas que nos ponen más a prueba en la calidad de nuestro declamado amor a lo que es, como estar frente a lo bello.

Creo, incluso y ya que me apura, que hoy por hoy hasta debemos pedir más Fe (sí: fe sobrenatural...) para alcanzar a distinguir siquiera lo bello natural y tener de ese modo los frutos del consuelo y aun de la esperanza y la alegría que eso da, en medio de tormentas y tormentos.

domingo, 6 de junio de 2010

La tarde, el desierto y el pan

El pasaje que se lee hoy, en la Fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, es del evangelio de san Lucas (9, 11-17) y se refiere a la primera multiplicación de los panes. Y que son dos queda claro porque, tanto san Mateo como san Marcos, dejan asentado el reto que los apóstoles reciben de Jesús, después de la segunda ‘multipanificación’, dijera Castellani (en este caso, con dudosamente bella voz…)

Todo el asunto tiene su importancia, claro.

Pasó que, tras esa segunda, y atosigados por los fariseos y saduceos que, para tentar a Jesús, lo persiguen pidiéndole una señal (también ellos se llevan una amonestación dura, ahora por andar detrás de espectacularidades, lo que recuerda las tres tentaciones, en las que también rondaban pan, milagros y poder…), Él y los apóstoles se retiran a una barca y los discípulos olvidan en el apuro las 7 espuertas o cestas con los pedazos de pan sobrantes; así, al sentir hambre en medio del lago-mar, se dan cuenta de que sólo tienen un pan a bordo.

En san Marcos (8, 15-21) dice:
Se habían olvidado de tomar panes, y no llevaban consigo en la barca más que un pan.

El les hacía esta advertencia: “Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.”

Ellos hablaban entre sí que no tenían panes.

Dándose cuenta, les dice: “¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí los cinco panes para los 5.000? ¿Cuántos canastos llenos de trozos recogisteis?”
“Doce”, le dicen.
“Y cuando partí los siete entre los 4.000, ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?”
Le dicen: “Siete.”
Y continuó: “¿Aún no entendéis?”
Y en san Mateo (16, 6-12) dice:
Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes.

Jesús les dijo: “Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.”

Ellos hablaban entre sí diciendo: “Es que no hemos traído panes.”

Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: “Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los 5.000 hombres, y cuántos canastos recogisteis? ¿Ni de los siete panes de los 4.000, y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.”
Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.
No entender, se entiende, es parte casi substancial del papel habitual que los hombres jugamos en esta historia. Y sin tanto casi. Y no sólo por el misterio de la Eucaristía y los tipos de ella que disemina en estos episodios el propio Jesús.

San Lucas, por su parte, no refiere la segunda, sino sólo la primera multiplicación, que es precisamente el texto de hoy. Sin embargo, sí anota una parte de la segunda, aquella en la que Jesús dice cuál es la tal levadura (12, 1-3), que, asociada intencionalmente como está en el pasaje tanto a la tarde, como al desierto y por supuesto al pan, no deja de ser impresionante:
Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto ni oculto que no haya de saberse. Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz, y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas, será proclamado desde los terrados.
La primera multiplicación de los panes, por otra parte, la traen los cuatro evangelistas con matices importantes y significativos, aunque, como dicen los Padres en sus comentarios, no hay que desperdiciar nada ni elegir entre uno y otro, así sin más, por mero gusto o afinidad más o menos frívola, o por el solo hecho de que uno diga lo que otro calla.


Pues, bien. El caso es que tres cosas me distrajeron hoy de la prédica del buen cura.

La tarde y el desierto, por una parte. El humor extraño de Jesús, por otra.

Ya en casa, viendo este último asunto no sólo en san Lucas, me distraje un poco con la cuestión de los doscientos denarios.

Y un poco bastante, verá usted, porque ahora ya es noche cerrada.

Afuera, seguro.

Entonces, mejor seguimos mañana.

Con más luz.

En el cielo, al menos.

sábado, 5 de junio de 2010

El corazón del tesoro (V) / Intermezzo

Apenas balanceándome con alguna gracia irresponsable, aunque al amparo del delgadísimo hilo que me ofrece aquel texto de Lewis sobre el riesgo de amar, traigo ahora estas versiones de Más vale trocar, que compuso el maestro Juan del Encina, según se recoge en el Cancionero de Palacio. Como fuere, si cuadra, aquí están para ilustrar un aspecto de la cuestión (aunque también perche' mi piace…)

Y dije versiones, así en ese plural alarmante o fastidioso, porque, nada más ponerse a ver, parecería que, desde el siglo XV a hoy, nadie ha cantado otra cosa, de una punta a la otra del Orbis terrarum.
ver
Más vale trocar
plaçer por dolores,
qu' estar sin amores.

Dond' es gradecido
es dulce' l morir;
bivir en olvido,
aquél no es bivir;
mexor es sufrir
passión y dolores,
qu' estar sin amores.

Es vida perdida
bivir sin amar,
y más es que vida
saberla emplear;
mexor es penar
sufriendo dolores,
qu' estar sin amores.

La muerte es vitoria
do bive afición,
qu' espera haver gloria
quien sufre passión;
más vale presión
de tales dolores,
qu' estar sin amores.

El qu' es más penado
más goza d' amor,
que´l mucho cuydado
le quita el temor;
assí qu' es mexor
amar con dolores,
qu' estar sin amores.

No teme tormento
quien ama con fe,
si su pensamiento
sin causa no fué;
haviendo por qué
más valen dolores,
qu' estar sin amores.

Amor que no pena
no pida plaçer,
pues ya le condena
su poco querer;
mexor es perder
plaçer por dolores,
qu' estar sin amores.

Una versión, diría yo que canónica, es la que nos da Hespérion XX, con Jordi Savall a la cabeza.



Otra, que me luce más condensada y lírica, estando sola la voz sin coro, la brinda el Ensemble La Romanesca.



Y hasta hay una más (como dicen los tilingos…) bizarra, como la que un grupo de música andina, Urubamba, hizo en el mismísimo Buenos Aires.



Confieso que después de pasar por más de una docena, me quedé con éstas tres (con más una inglesa que no está mal, aunque los melómanos no la quieren.)

(-Oiga, hermano, ¿usted no tiene otras cosas que hacer?...
-Por supuesto, ¿quién no? Esto, por ejemplo, es algo que "tengo que hacer", créame…)


Me parece que este cante se aplica a la cuestión, bien que algo lateralmente tal vez, si uno recuerda que todo empieza con aquello de que donde está tu tesoro, está tu corazón.

Sin embargo, quizá tenga Lewis más razón que la que uno –y él- podría suponer en un principio.

Porque creo que en varios sentidos somos lo que amamos. Como parece cierto también que amamos según somos, tanto como que somos según amamos.

Y tal vez, con suerte y en una de ésas, llega un día cualquiera y nos enteramos de quiénes somos, gracias a nuestros amores, y al modo de nuestros amores. Habrá que estar atento.

No vaya a ser cosa que, de buenas a primeras y sin que sepamos ni por qué ni cómo, en una tarde de la vida se nos aparezca de pronto el corazón con su tesoro adentro y todo.

Y en esa tarde de la vida, como dijera san Juan de la Cruz, seamos así juzgados en el Amor.

Ojalá, en ese caso, que las noticias sean buenas.

Edi beo thu, hevene quene

Algunos (no tantos, no tantos…) tal vez se resienten con mi parcialidad itálica; si es así, es bueno saber que no tengo remedio para ninguna de ambas cosas.

De cualquier modo, y siendo sábado, un canto inglés del siglo XIII a la Virgen María es lo que ahora corresponde. El texto es anónimo y está compuesto musicalmente como un gymel. Lo interpreta aquí el Ensemble La reverdie, que, sí, usted disculpe, es un grupo italiano...


ver


La versión en inglés antiguo.
Edi beo thu, hevene quene,
Folkes froure and engles blis,
Moder unwemmed and maiden clene,
Swich in world non other nis.
On thee hit is wel eth sene,
Of all wimmen thu havest thet pris;
Mi swete levedi, her mi bene
And reu of me yif thi wille is.

Thu asteghe so the daiy rewe
The deleth from the deorke nicht;
Of thee sprong a leome newe
That al this world haveth ilight.
Nis non maide of thine heowe
Swo fair, so schene, so rudi, swo bricht;
Swete levedi, of me thu reowe
And have merci of thin knicht.

Spronge blostme of one rote,
The Holi Gost thee reste upon;
Thet wes for monkunnes bote
And heore soule to alesen for on.
Levedi milde, softe and swote,
Ic crie thee merci, ic am thi mon,
Bothe to honde and to fote,
On alle wise that ic kon.

Y en inglés actual.
Blessed be you, heaven's queen,
People's comfort and angel's bliss,
Mother immaculate and maiden pure,
Such in world no other is.
In you it is easily seen,
Of all women you have the prize;
My sweet lady, hear my prayer
And have pity on me if you will.

You ascend like the ray of dawn
Which separates from the dark night;
From you sprang a new light
That has lit all this world.
There is no maid of your complexion
So fair, so beautiful, so fresh, so bright;
Sweet lady, have compassion
And have mercy on your knight.

Blossom sprung from a single root,
The Holy Ghost rested upon you;
That was for mankind's benefit
And their soul to redeem on.
Lady mild, soft and sweet,
I cry for your mercy, I am your servant,
Both hand and foot,
In all ways that I know.

El corazón del tesoro (IV)

Hace algún tiempo, murió la madre de un amigo muy querido.

Conversábamos en la noche de ese día, distendidos. Un gesto digno de un corazón noble no oculta la tristeza, pero se ve a través de un gesto cómo se vuelve una tristeza noble y digna. Serena y honda.

Mi querido amigo –como suele pasarnos cuando conversamos, de tanto en tanto- entró de lleno a una afirmación provocadora: "hoy pierdo un poco de mi identidad…"

¿Cómo así? ¿Los otros nos hacen, decís, hacen nuestra identidad?

Matizamos largamente, a partir de allí, hasta dejar en pie algo provisional, que tal vez nos conformara a ambos.

Pero el asunto se me quedó boyando en las horas de los días que siguieron.

¿De veras los demás tienen una parte nuestra? ¿De algún modo somos también algo que no somos nosotros, sino nosotros en ellos?

¿Tenía razón mi viejo camarada?

Se me han muerto gentes, claro que sí. Gentes del alma, que he llevado en el corazón por tiempos y tiempos. Y algunos han sido carne y huesos de mi carne y huesos, y yo de su carne y sus huesos. Muertes, también es verdad, las hay de todas clases, además de nuestra hermana la muerte corporal...

En cuanto a los muertos-muertos, pensé –sentí- siempre que una parte del cosmos se opacaba si ellos desaparecían del mundo de los vivos. Como si dijera que la ontología de todo lo que es, con esa merma existencial, quedaba renga en algo. Que la muerte agrisaba una parte del cosmos, la dejaba en nieblas, en oquedad. Que el resto de las cosas que existen –espirituales y aun no- quedaban en una como ansiedad y nostalgia, rota esa hermandad de lo que existe con lo que existe, a causa del hachazo invisible y homicida.

Pero lo que sostenía mi buen amigo –hay que decir que se ocupa en filosofías-, no lo había pensando así nunca.

Pasó que apenas poco después, andando por esta cuestión del corazón del tesoro, vi en otras partes de Los cuatro amores, de C. S. Lewis, que también él dice algo parecido.

En el capítulo IV, Lewis habla sobre la amistad. Inmediatamente antes del pasaje que traigo ahora, está distinguiendo entre Eros y Amistad y explica por qué mientras en el primero el número dos alcanza, en la amistad, no.
Lamb dice en alguna parte que si de tres amigos (A, B y C) A muriera, B perdería entonces no sólo a A sino «la parte de A que hay en C», y C pierde no sólo a A sino también «la parte de A que hay en B». En cada uno de mis amigos hay algo que sólo otro amigo puede mostrar plenamente. Por mí mismo no soy lo bastante completo como para poner en actividad al hombre total, necesito otras luces, además de las mías, para mostrar todas sus facetas. Ahora que Carlos ha muerto, nunca volveré a ver la reacción de Ronaldo ante una broma típica de Carlos. Lejos de tener más de Ronaldo al tenerle sólo «para mí» ahora que Carlos ha muerto, tengo menos de él.
Pienso, además, si esto vale para la amistad solamente. Porque tal vez no haya que restringirlo a sólo ese tipo de amor. Y tal vez ni siquiera hace falta amor. Tal vez cualquiera que nos conozca, sin mediar afecto alguno determinado o especial, también nos hace, también hace parte de nuestra identidad.

Como si dijera que somos, también, quienes somos para alguien, aunque no puedo evitar el inciso "de algún modo", claro. No es fácil entender en qué sentido eso que los otros tienen de nosotros, sea nuestro, y así entonces y por eso mismo sea parte de nuestra identidad.

Tal vez, además, poner en actividad al hombre total no signifique solamente algo visto desde mi orilla y desde la playa de mi identidad. Tal vez, de algún modo y en algún sentido, algo de aquello que llamamos la identidad de cada uno, necesite de otros como yo, de otros hombres, precisamente porque son "como yo", y eso porque no sólo no soy capaz de agotar la entera natura humana sino que tampoco alcanzo a ser, yo solo, todo lo yo que soy.

A toda clase de amores y concordias -desde el matrimonio hasta la vida en la polis- se le aplicaría este fundamento. Y toda clase de amores recibiría así una explicación a la necesidad de su existencia. Porque aun los amores desinteresados en algo participan de alguna necesidad, en los hombres al menos y hasta diría en toda creatura.

Pero es verdad, por otra parte, que un día sabremos quiénes somos en realidad.

Y nos lo dirá lo que veamos de nosotros en Otro que nos ve y que nos sabe.

Y así, nosotros mismos y por Otro y en Otro, sabremos.

jueves, 3 de junio de 2010

Tormentas y tormentos

De los versos algo surrealistas de López Riverol, que Omar Moreno Palacios canta en su Huella de Santa Rosa, creo que uno puede pasar a Si dolce è 'l tormento, que son los muy sonoros versos que Carlo Milanuzzi compuso y Claudio Monteverdi hizo música; y pasar, digo, sin mayor merma ni quebranto. Todo lo contrario, más bien.




ver

Si dolce è'l tormento
ch'in seno mi sta,
ch'io vivo contento
per cruda beltà.
Nel ciel di bellezza
s'accreschi fierezza
et manchi pietà:
che sempre qual scoglio
all'onda d'orgoglio
mia fede sarà.

La speme fallace
rivolgam' il piè.
Diletto ne pace
non scendano a me.
E l'empia ch'adoro
mi nieghi ristoro
di buona mercè:
tra doglia infinita,
tra speme tradita
vivrà la mia fè.
Per foco e per gelo
riposo non hò.
Nel porto del Cielo
riposo haverò.
Se colpo mortale
con rigido strale
il cor m'impiagò,
cangiando mia sorte
col dardo di morte
il cor sanerò.

Se fiamma d'amore
già mai non sentì
quel riggido core
ch'il cor mi rapì,
se nega pietate
la cruda beltate
che l'alma invaghì:
ben fia che dolente,
pentita e languente
sospirimi un dì.


¿Y con esto qué hacemos?, me dirá usted.

Pues: nada.

La belleza es gratis.

Es gratis, mi estimadísimo: gratis. Y desinteresada.

No hay nada que hacer, salvo oír y ver. Y saber.

Nada más.

La belleza es gratis.

Tan gratis y desinteresada es, como puede ser terrible y confortante.

Para tormentas y tormentos, también.

miércoles, 2 de junio de 2010

Unduavi

Se la oí cantar sólo a Eduardo Falú. Hace muchos, muchos años. No sé de nadie más.

Nomás ayer, después de muchos y más años sin saber del muy ladino, se me cruzó como si nada este Triste. Y me dio una gran alegría.



Que tampoco toda Bolivia es Evo, qué joder…

Ahora bien: si usted supiera, caserito, de qué cerros y a qué altura está colgado el tal Unduavi, y si se imaginara un poco lo que hay que hacer para llegar, eso de querer volver a devolver un pañuelito robado en un adiós, se vuelve una semejante proeza, que es al menos tan lírica como épica.

Y más lo primero que lo segundo, porque tengo para mí que son más trajinados los trabajos del corazón (con tesoro/s a cuestas...) que los trabajos de una nación.

Así las cosas, y de paso para Sicilia (tengo que ir a buscar el libro experimental ése que le decía, que ya terminé y me dejé quién sabe dónde en algún lugar del Mare…), tuve que pasar por Unduavi.

Al menos, siquiera para ver si se ve desde allí qué quiere decir eso de “¡qué triste la cerrazón!”

Porque, hoy por hoy, con tanto triste, tanto triste de cerrazón, tanta cerrazón, ni modo de esquivar el asunto.