domingo, 31 de mayo de 2009

Canción de la Patria niña



La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo.
Leopoldo Marechal, Descubrimiento de la Patria, I.




Del costado dormido
de algún hombre dormido,
viniste a ver la luz y amaneciste:
no todavía toda, no;
no todavía,
niña doncella tenue, sufrida, silenciosa.

Lejanía en barbecho nos eres todavía,
niña dulce y morena,
y tu voz es como el aire suspendido
que aquieta el corazón
que tú lastimas,
sin querer,
con malones de furia y de esperanza.

Vives otoños secos, deslucidos,
inviernos de llanuras barridas de tinieblas,
y oquedades ahitas de lúgubres silencios.

Apenas si despiertas
aún sin el aliento preñado de frescura
de una hembra florida,
sin primavera en armas de frutos y de abejas,
sin veranos de gozo.

Vamos detrás de ti y te esperamos.

Tienes pies de jazmín,
pequeños pies fragantes
hundidos en el barro de esta historia
incompleta de ti,
aún ausente de ti.

Tus huellas, no mis huellas,
tus huellas, no las nuestras,
no han horadado nunca el mar del tiempo arriba,
el socavón del cielo del que vienes y espera,
las quebradas del tiempo.

Del costado dormido
de algún hombre dormido,
todavía no llegas.

Te esperan en el vientre hijos como relámpagos,
que no hemos visto nunca,
que caerán en cien lluvias de coraje,
en quintales de vientos de alegría:
mansos como los pumas de las sierras,
feroces como calandrias:
coronados de flores de lapacho amarillo,
los señores de montes, de esteros y del agua,
del hielo y del desierto.

Un día llegarás.

Te nombraremos.

Y diremos el nombre,
tu nombre que guardaste y que dormita,
el nombre de tus siglos.

Vendrás como una novia.

Y diremos tu nombre
como una bendición sobre nuestras cabezas.

viernes, 29 de mayo de 2009

Fin de un día

Y la tarde era frágil.

No sabía
que esta comarca en humo
y alhucemas, y sombras,
brillaba resplandores de memorias
y de días;
que estas huestes
de silencios espaciosos y quietos
que hay por todas partes,
conocían mi nombre,
yermo y mudo;
y que seguían mis pasos.

Pero la tarde frágil
no mira huellas vanas, ni vuelve su cabeza;
exhalando su niebla al aire frío,
con la luz de la noche en ciernes,
ya clama silbos de agua de rocío.
Ya truenan fuegos viejos
y crepitan
gozosos de maderas novísimas
que sin arder
reparan con un calor sincero, tan desinteresado;
generosos abrigos alegres,
las llamas desusadas...

Era frágil la tarde.

Y era una espuma en ondas al compás
de una música alta
como un vino denso de aromas,
al ritmo de unas manos ateridas
y ardientes,
al son de unas miradas sin tiempo,
apenas brillos. Un cúmulo
de alientos de tormentas
que están por todas partes,
que susurran
y se desvanecen.

Como recuerdos.

La tarde, frágil, bulle.

Y sobre esta tierra en armas de dolores y grávida
de olvidos,
enhiesta y seca, y gris y azul,
rugiente como las casuarinas,
camino la vereda recién atardecida y ya apenas leve,
en su oro antes y en su plata ahora.

Voy despacio.

Sin sombras.

La noche,
libre de mí en su sigilo oscuro,
compadece los pasos firmes;
se sonríe:
sabe cosas antiguas...

Hoy es limpia esta noche, fin de un día.



martes, 26 de mayo de 2009

Niebla (X)

Veamos, ahora, una segunda parte; otros textos en los que Tolkien habla de Galadriel ya en la Tierra Media, en tiempos todavía muy anteriores al final de la Tercera Edad y la Guerra del Anillo.

Antes de que Galadriel y Celeborn reinaran en Lothlórien pasaron muchos años. Buena parte de ese tiempo estuvo en Doriath, donde Elu Thingol y Melian, la Maia, reinaron.
Galadriel, su hermana, no fue con él (Finrod) a Nargothrond, porque en Doriath vivía Celeborn, pariente de Thingol, y un gran amor los unía. Fue así que permaneció en el Reino Escondido y vivió con Melian, y de ella aprendió la ciencia y la sabiduría de la Tierra Media.
Los Elfos que habían llegado de Valinor y Aman se habían diseminado y habitaban la Tierra Media y muchos de ellos fundaban ciudades y reinos y en aquellos años muchas cosas hicieron por embellecer y engrandecer sus dominios. Otros, andaban por ella aún sin destino fijo. Fueron apareciendo Enanos y Hombres, tal como Ilúvatar había previsto y querido.

Melian, Maia como era, vislumbraba que las edades de paz se agotaban y vigilaba. Nuevas amenazas se habían despertado ya alrededor de sus dominios. En una ocasión, Galadriel y Melian hablaron otra vez sobre el pasado. Deben tenerse en cuenta los claroscuros de esta conversación.
Ahora bien, mientras la ciudad de Gondolin se construía en secreto, Finrod Felagund trabajaba en los sitios profundos de Nargothrond; pero Galadriel, su hermana, moraba como se dijo en el reino de Thingol en Doriath. Y a veces Melian y Galadriel hablaban juntas de Valinor y de la dicha de antaño; pero los relatos de Galadriel no iban nunca más allá de la hora oscura de la muerte de los Árboles. Y Melian dijo en una ocasión: —Hay una pena secreta en ti y en los tuyos. Eso puedo verlo, pero todo lo demás está oculto para mí; porque ni con los ojos ni con el pensamiento veo nada de lo que sucedió o sucede en el Occidente: una sombra pende sobre toda la tierra de Aman, que se extiende hasta el océano. ¿Por qué no me dices más?

—Porque esa pena pertenece al pasado —dijo Galadriel— y acepto de buen grado cualquier alegría que haya aquí, sin recuerdos que me perturben. Y quizá nos aguardan otras pesadumbres, aunque parezca que aún brilla la esperanza.

Entonces Melian la miró a los ojos y le dijo: —No creo que los Noldor vinieran como mensajeros de los Valar, como se dijo al principio: no, aunque llegaran a la hora precisa de nuestra necesidad! Porque no hablan nunca de los Valar, ni ninguno de esos altos señores han traído mensaje alguno a Thingol, ni de Manwë ni de Ulmo, ni siquiera de Olwë, el hermano del rey, y de su propio pueblo que se hizo a la mar. ¿Por qué motivo, Galadriel, las altas gentes de los Noldor fueron expulsadas de Aman como exiliados? O ¿qué mal pesa sobre los hijos de Fëanor, para que se muestren tan altivos y feroces? ¿No me acerco a la verdad?

—Te acercas —dijo Galadriel—, pero no fuimos expulsados, y partimos porque así lo quisimos nosotros, y en contra de la voluntad de los Valar. Y aunque con gran peligro y a despecho de los Valar, con este propósito vinimos: para vengarnos de Morgoth y recuperar lo que se robó. Entonces le habló Galadriel a Melian de los Silmarils, y del asesinato del Rey Finwë en Fórmenos; aunque no dijo una palabra acerca del Juramento, ni de la Matanza de los Hermanos, ni del incendio de las naves en Losgar. Pero Melian dijo: —Mucho me dices ahora y, sin embargo, adivino más todavía. Una sombra arrojas sobre el largo camino desde Tirion, pero veo allí un mal del que Thingol tendría que estar enterado.

—Quizá —dijo Galadriel—, pero no por mí.

Y Melian ya no siguió hablando de estas cosas con Galadriel; pero le contó al Rey Thingol lo que había oído acerca de los Silmarils. —Este es asunto de gran importancia —dijo—, más todavía de lo que sospechan los Noldor; pues la Luz de Aman y el destino de Arda están encerrados ahora en esos artificios de Fëanor, que se ha ido. Y digo ahora que no serán recuperados por poder alguno de los Eldar; y las batallas devastarán el mundo antes de que le sean arrebatados a Morgoth. ¡Tenlo en cuenta! Han matado a Fëanor y a muchos otros, sospecho; pero antes que ninguna otra muerte provocada por Morgoth, ahora o en el futuro, ocurrió la de Finwë, tu amigo. Morgoth lo mató antes que partiera de Aman. Entonces Thingol guardó silencio, lleno de dolor y malos presagios; pero luego dijo: —Entiendo al fin ahora lo que tanto me había intrigado: por qué vinieron los Noldor desde Occidente. No acudieron en nuestra ayuda (salvo por azar); porque a aquellos que permanecen en la Tierra Media, los Valar dejarán librados a sus propios recursos, hasta que conozcan la necesidad mas extrema. Para vengarse y recuperar lo robado han venido los Noldor. Y sin embargo, y por la misma razón, tendrían que ser nuestros aliados más seguros, pues a nadie se le ocurriría que lleguen a pactar con Morgoth.

Pero Melian dijo: —En verdad, por esas causas han venido; pero también por otras. ¡Cuídate de los hijos de Fëanor! La sombra de la ira de los Valar pende sobre ellos; y han hecho daño, según entiendo, tanto en Aman como contra los de su propio linaje. Hay un dolor, aunque ahora esté adormecido, entre todos los príncipes de los Noldor.

Y Thingol respondió: —No sé si eso me concierne. De Fëanor sólo me han llegado noticias, y todas lo engrandecen por cierto. Y de los hijos de Fëanor poco oigo que me complazca; no obstante, es probable que sean los más mortales enemigos de nuestro común enemigo.

—Las espadas y los consejos de los Noldor serán siempre de doble filo —dijo Melian; y ya no hablaron más de este asunto.
Pasó el tiempo, pero la conversación de Thingol y Melian con los príncipes de los Noldor no había quedado sino suspendida.
Ocurrió que por ese entonces los hijos de Finarfin eran otra vez huéspedes de Thingol, pues deseaban ver a la hermana de ellos, Galadriel. Entonces Thingol, muy conmovido, le habló con enfado a Finrod diciendo: —Has obrado mal conmigo, hermano, al ocultarme asuntos de tanta importancia. Pues acabo de enterarme de todas las malas acciones de los Noldor.

Pero Finrod respondió: —¿De qué modo he obrado mal contigo? ¿Y qué daño te han hecho los Noldor que tanto te apena? Nunca pensaron o hicieron nada malo, ni contra ti ni contra nadie de tu pueblo.

—Me maravilla, hijo de Eärwen —replicó Thingol—, que te hayas acercado así a la mesa de un hombre de tu linaje, con manos enrojecidas por la sangre de tus hermanos maternos, sin adelantar alguna defensa o buscar el perdón. Entonces Finrod se sintió grandemente perturbado, pero guardó silencio, pues no podía defenderse, excepto acusando a otros príncipes de los Noldor; y detestaba hacer algo semejante delante de Thingol. Pero en el corazón de Angrod el recuerdo de las palabras de Caranthir creció en amargura, y exclamó: —Señor, no sé qué mentiras habrás escuchado, ni por boca de quién; pero no hemos venido con las manos enrojecidas. Sin culpa hemos venido, salvo quizá de locura, a escuchar las palabras del feroz Fëanor, que nos aletargaron, como si un vino nos hubiera embriagado, y también sólo por un momento. Ningún mal cometimos en el camino, pero en sí cambio lo sufrimos nosotros; perdónanos. Por esto se nos acusa de que venimos aquí con cuentos, y de que hemos traicionado a los Noldor: falsamente como lo sabes, porque de nuestra lealtad no te hemos hablado, y de ese modo nos hemos ganado tu enojo. Pero ahora ya no es posible soportar estas acusaciones y sabrás la verdad.

Entonces Angrod habló con amargura contra los hijos de Fëanor, de la sangre derramada en Alqualondë, y de la Maldición de Mandos, y del incendio de las naves en Losgar. Y exclamó: —¿Por qué a nosotros, que soportamos el Hielo Crujiente, han de llamarnos traidores y asesinos de hermanos?

—No obstante, la sombra de Mandos pesa también sobre vosotros —dijo Melian.

Pero Thingol calló largo tiempo antes de hablar: —¡Idos ahora! —dijo—. Pues tengo un peso en el corazón. Más tarde podréis regresar si queréis; porque no os cerraré mis puertas para siempre, ya que fuisteis atraídos a la trampa de un mal que no buscasteis. No me apartaré tampoco del pueblo de Fingolfin, pues han expiado con amargura el mal que cometieron. Y nuestro odio al Poder que provocó toda esta aflicción apagará todas las quejas. Pero ¡escuchad mis palabras! ¡Nunca otra vez quiero oír la lengua de los que mataron a mi gente en Alqualondë! Ni nadie la hablará
abiertamente en el reino, mientras dure mi Poder. Esta orden alcanzará a todos los Sindar: no hablarán la lengua de los Noldor, ni responderán a ella cuando la oigan. Y todos los que la empleen serán considerados asesinos de hermanos y traidores incontritos.
No significa poca cosa la prohibición de Thingol, teniendo en cuenta el amor que los Noldor tenían por su lengua en particular y por las lenguas y las palabras en general, como Elfos que eran. Thingol, de este modo, no se enfurece con ellos, aunque advierte que no han procedido con entera lealtad pese a no ser todos por igual culpables de todos los daños causados por los Noldor.

Por fin, al final del Quenta Silmarillion está el relato del viaje de Eärendil a Valinor cuando va a buscar ayuda para aquella que se llamaría la Guerra de la Cólera, que fue la ruina de Beleriand y en la que el poder de Morgoth y la fortaleza norteña de Angband fueron destruídos por los ejércitos que los Valar enviaron desde Aman a la Tierra Media. Desde aquellos tiempos, y después de que fueron recuperados por Beren, Lúthien y Eönwë (al final de la Guerra), y pese al afán de los hijos de Fëanor por conservarlos, los tres Silmarils se alejaron definitivamente de Elfos y Hombres y están en el cielo (con Eärendil), y en las profundidades del mar y de la tierra. Pero, dice también Tolkien que otra vez los heraldos de Manwë, una vez derrotado el Poder Oscuro en la Tierra Media y antes de volver al Reino Bendecido, convocaron a los Elfos y les ofrecieron su perdón.

Muchos aceptaron y partieron con los ejércitos de los Valar.
Y cuando llegaron al Oeste, los Elfos de Beleriand vivían en Tol Eressëa, la Isla Solitaria, que mira al oeste y al este; desde donde podrían llegar aun a Valinor. Fueron admitidos nuevamente en el amor de Manwë y en el perdón de los Valar; y los Teleri olvidaron la antigua aflicción, y la maldición descansó un tiempo. No obstante, no todos los Eldalië estaban dispuestos a abandonar las Tierras de Aquende, donde habían sufrido mucho y habían vivido mucho tiempo; y algunos permanecieron durante muchas edades en la Tierra Media. Entre ellos se contaban Círdan el Carpintero de Barcos, y Celeborn de Doriath, con su esposa Galadriel, única que quedaba de los que condujeron a los Noldor al exilio en Beleriand.
En otro texto, y hablando de los Anillos de Poder, Tolkien recuerda que:
Aunque Reina de los Elfos del Bosque, y esposa de Celeborn de Doriath, Galadriel pertenecía a los Noldor, y recordaba al Día anterior a los días en Valinor, y era la más poderosa y la más bella de los Elfos que habían quedado en la Tierra Media.
En ese mismo texto, ya en tiempos de la Tercera Edad, y próximos a la Guerra del Anillo contra Sauron, vemos a Galadriel en aquel Primer Concilio Blanco que reúne a Elfos e Istari. Es curioso y significativo en ese encuentro el papel de Olórin, nombre con el que se nombraba "en su juventud" al poderoso Maia, Mithrandir, el Peregrino Gris, nuestro Gandalf.
Pero al fin regresó la Sombra, creciendo en poder; y en ese tiempo se celebró por primera vez el Concilio de los Sabios, llamado luego el Concilio Blanco, y en él estaban Elrond, y Galadriel, y Círdan, y otros señores de los Eldar, y también Mithrandir y Curunír. Y Curunír (que era Saruman el Blanco) fue escogido como jefe, pues era quien más había estudiado las estratagemas de Sauron en otros tiempos. Galadriel había deseado en verdad que Mithrandir fuera la cabeza del Concilio, y Saruman se lo reprochó, pues su orgullo y su deseo de dominio eran ahora grandes; pero Mithrandir rehusó el cargo, pues no quería pactos ni trabas excepto con aquellos que lo habían enviado, y no habitaba en sitio alguno ni se sometía a convocatorias.

Y por ahora, creo, es suficiente.

Porque me parece que, dicho casi todo lo que creo que no puede omitirse de los textos, voy acercándome al final de estas reflexiones.

Pero eso tendrá que esperar, siquiera un poco de tiempo.

Niebla (IX)

Veamos, entonces, algunas cuestiones que nos presentan los textos. Que sea en dos partes, y he aquí la primera.

Dice Tolkien hablando de dos de los linajes primeros de los Elfos, los Vanyar de Ingwë y los Noldor de Finwë:
Manwë y Varda amaban sobre todo a los Vanyar, los Hermosos Elfos; pero los Noldor eran los amados de Aulë, y él y los suyos los visitaban con frecuencia. Grandes fueron los conocimientos y habilidades que mostraron, pero más grande aún era la necesidad que tenían de más conocimientos, y en muchas cosas pronto sobrepasaron a los maestros. Hablaban un lenguaje que no dejaba de cambiar, porque sentían un gran amor por las palabras y siempre querían encontrar nombres más precisos para las cosas que conocían o imaginaban. Y sucedió que los albañiles de la casa de Finwë, que excavaban en las colinas en busca de piedra (pues se deleitaban en la construcción de altas torres), descubrieron por primera vez las gemas de la tierra, y las extrajeron en incontables miríadas; e inventaron herramientas para cortar las gemas y darles forma y las tallaron de múltiples maneras. No las atesoraron, sino que las repartieron libremente, y con este trabajo enriquecieron a toda Valinor.
Respecto del linaje que inicia en Finwë, gran rey de los Noldor, el pueblo del que Galadriel era princesa, dice Tolkien:
Finwë era Rey de los Noldor. Los hijos de Finwë fueron Fëanor y Fingolfin y Finarfin; pero la madre de Fëanor fue Míriel Serindë, mientras que Indis, de los Vanyar, fue la madre de Fingolfin y Finarfin. Fëanor era el más poderoso en habilidades de manos y de palabra, y más instruido que sus hermanos; su espíritu ardía como una llama. Fingolfin era el más fuerte, el más firme y el más valiente. Finarfin era el más hermoso y el más sabio de corazón; y más tarde fue amigo de los hijos de Olwë, Señor de los Teleri, y tuvo por esposa a Eärwen, la doncella—cisne de Alqualondë, hija de Olwë.

Los hijos de Finarfin fueron Finrod el Fiel (que recibió más adelante el nombre de Felagund, Señor de las Cavernas), Orodreth, Angrod y Aegnor; los cuatro tan amigos de los hijos de Fingolfin como si todos hubieran sido hermanos. La hermana de ellos, Galadriel, era la más hermosa de la casa de Finwë; tenía los cabellos iluminados de oro, como si hubiera atrapado en una red el resplandor de Laurelin.
Melkor odiaba a los Elfos, entre otras razones porque por defenderlos los Valar habían ido contra él. Los Vanyar, dice Tolkien, eran felices a la vera de Manwë y Melkor tenía poco acceso a ellos; a los marinos Teleri, los despreciaba y los creía débiles. De modo que era a los Noldor a quienes dirigió Melkor su ambición y su mayor dedicación.
Pero los Noldor se complacían en el conocimiento oculto que podía revelarles (Melkor); y algunos escuchaban palabras que mejor les hubiera valido no haber oído nunca. Melkor en verdad declaró después que Fëanor había aprendido mucho de él en secreto, y que él lo había instruido en la más grande de todas sus obras; pero mentía por envidia y codicia, pues ninguno de los Eldalië odió nunca tanto a Melkor como Fëanor hijo de Finwë, quien por primera vez le dio el nombre de Morgoth; y aunque atrapado en las redes de la malicia de Melkor contra los Valar, no habló con él, ni buscó su consejo. Porque sólo el fuego de su propio corazón impulsaba a Fëanor, que trabajaba siempre de prisa y solo; y nunca pidió la ayuda ni buscó el consejo de nadie que habitara en Aman, fuera grande o pequeño, excepto sólo y por un corto tiempo los de su esposa, Nerdanel la Sabia.
De Fëanor hijo de Finwë, se dice allí con claridad que ninguno de los Eldalië odió tanto a Melkor como él. Pero de Fëanor se cuenta también otra cosa que importa.
En ese tiempo se hizo la que luego tuvo más renombre entre las obras de los Elfos. Porque Fëanor, llegado a la plenitud de su capacidad, había concebido un nuevo pensamiento, o quizás ocurrió que una sombra de presciencia le había llegado del destino que se acercaba; y se preguntaba cómo la luz de los Árboles, la gloria del Reino Bendecido, podría preservarse de un modo imperecedero. Entonces inició una faena larga y secreta, recurriendo a toda la ciencia y el poder que poseía y sus sutiles habilidades; y al cabo hizo los Silmarils. Los Silmarils tenían la forma de tres grandes joyas. Pero no hasta el Fin, cuando regrese Fëanor, que pereció antes de que el Sol apareciese, y que se sienta ahora en las Estancias de Espera y no vuelve entre los suyos; no hasta que el Sol transcurra y caiga la Luna, se conocerá la sustancia de que fueron hechos. Tenía la apariencia del cristal de diamante, y sin embargo era más inquebrantable todavía, de modo que ninguna violencia podía dañarla o romperla en el Reino de Arda. No obstante, ese cristal era a los Silmarils lo que es el cuerpo a los Hijos de Ilúvatar: la casa del fuego interior, que está dentro de él y sin embargo también en todas sus partes, y que le da vida. Y el fuego interior de los Silmarils lo hizo Fëanor con la luz mezclada de los Árboles de Valinor, que vive todavía en ellos, aunque los Árboles hace ya mucho que se han marchitado y ya no brillan. Por tanto, aun en la oscuridad de las más profundas arcas los Silmarils resplandecían con luz propia, como las estrellas de Varda; y sin embargo, como si fueran en verdad criaturas vivientes, se regocijaban en la luz y la recibían y la devolvían con matices aún más maravillosos.

Todos los que vivían en Aman sintieron asombro deleite ante la obra de Fëanor. Y Varda consagró los Silmarils, de modo que en adelante ninguna carne mortal, ni manos maculadas, ni nada maligno podría tocarlos sin quemarse y marchitarse; y Mandos predijo que ellos guardaban dentro los destinos de Arda, la tierra, el mar y el aire. El corazón de Fëanor estaba estrechamente apegado a esas cosas que él mismo había hecho.
Tanto así que más y más se apegaba a ellos, los ocultaba y los idolatraba. A la vez, Melkor -como un dragón que se relame por el brillo del oro, aunque no lo ame- ansiaba la luz de los Silmarils, tanto como odiaba a los Valar y a sus Árboles. Melkor entonces maquinó crear enemistad entre los Noldor y los Valar, diciéndoles a éstos, por ejemplo, que los Valar ocultaban un plan: suplantar a los Elfos con los Hombres cuando éstos aparecieran en Arda, porque eran un linaje más débil y dominable que los Elfos. Con éstas y otras argucias, que hicieron habitación en el ánimo de ese pueblo, fue creciendo la rebelión entre los Noldor, envenenados por las mentiras de Melkor. Para cuando la codicia de Melkor arrebató los Silmarils y los robó, yéndose con ellos a Tierra Media, el furor natural de Fëanor se hizo un incendio de ira. En su corazón, además, como en el de muchos de los Noldor, ya estaba sembrada la semilla de la rebelión y el desprecio a los Valar, de modo que cuando éstos prohibieron perseguir a Melkor, a Fëanor y a muchos de ellos les fue fácil la desobediencia.

Así llegamos al terrible juramento y a la partida de Fëanor y de buena parte de su pueblo y algunas gentes de otros linajes élficos hacia la Tierra Media. No todos, hay que insistir en ello, amaban y seguían a Fëanor de buen grado. En aquella oportunidad, Galadriel como princesa de los Noldor, estaba entre ellos mientras se discutía violentamente qué hacer.
Entonces pronunció Fëanor un terrible juramento. Los siete hijos se acercaron a él de un salto y juntos hicieron el mismo voto, y rojas como la sangre brillaron las espadas al resplandor de las antorchas. Era un juramento que nadie puede quebrantar ni nadie ha de pronunciar, aun en nombre de Ilúvatar, y pidieron para ellos la Oscuridad Sempiterna si no lo cumplían; y a Manwë nombraron como testigo, y a Varda, y a la montaña sagrada de Taniquetil, prometiendo perseguir con odio y venganza hasta el fin del Mundo a Vala, Demonio, Elfo u Hombre aún no nacidos, o a cualquier otra criatura, grande o pequeña, buena o mala, a la que el tiempo diese origen desde ahora hasta la consumación de los días, que guardara, tomara o arrebatara uno de los Silmarils de Fëanor.

Así hablaron Maedhros y Maglor y Celegorm, Curufin y Caranthir, Amrod y Amras, príncipes de los Noldor; y muchos se descorazonaron al oír las terribles palabras. Porque así dicho, un juramento, malo o bueno, no puede quebrantarse, y perseguirá tanto al que lo cumple como al que lo quebranta hasta el fin del mundo. Fingolfin y su hijo Turgon hablaron por tanto en contra de Fëanor, y despertaron palabras fieras, de modo que una vez más la ira estuvo cerca del filo de las espadas. Pero Finarfin habló dulcemente, como le era habitual, e intentó apaciguar a los Noldor, pidiéndoles que se detuvieran y meditaran antes que se hiciera algo que no pudiera deshacerse; y Orodreth, solo entre sus hijos, habló de igual manera; pero Galadriel, la única mujer de los Noldor que se mantuvo erguida y valerosa entre los príncipes contendientes, estaba ansiosa por partir. No pronunció ningún juramento, pero las palabras de Fëanor sobre la Tierra Media le habían ardido en el corazón, y anhelaba ver las amplias tierras sin custodia y gobernar allí un reino a su propia voluntad. Lo mismo que Galadriel pensaba Fingon hijo de Fingolfin, también movido por las palabras de Fëanor, aunque poco lo amaba; y con Fingon estuvieron, como siempre, Angrod y Aegnor, hijos de Finarfin. Pero éstos mantuvieron la calma y no hablaron contra sus padres.
La sucesión de hechos violentos y crueles, de traiciones y orgullos desmedidos, de odios y ambiciones, fue rápida. En su afán por alcanzar a Melkor tanto como por desafiar a los Valar, Fëanor no dudó en cometer crímenes entre los Elfos que se le oponían, así como traicionar a sus propios aliados. Fue así, finalmente, que el Valar extendió una maldición sobre los Noldor.
Así por último los Teleri fueron vencidos, y gran parte de los marineros que vivían en Alqualondë fueron muertos vilmente. Porque la desesperación había vuelto feroces a los Noldor, y los Teleri contaban con menos gente y casi no tenían otras armas que unos arcos delgados. Entonces los Noldor se apoderaron de los navíos blancos y cada remo fue manejado por el mejor tripulante con que pudieron contar, y se alejaron hacia el norte a lo largo de la costa. Y Olwë llamó a Ossë, pero éste no acudió, porque no permitían los Valar que la huida de los Noldor fuera impedida por la fuerza. Pero Uinen lloró por los marineros de los Teleri; y el mar se levantó airado en contra de los asesinos, de modo que muchos barcos naufragaron y quienes iban en ellos murieron ahogados. De la Matanza de los Hermanos de Alqualondë se dice algo más en el lamento llamado Noldolante, la Caída de los Noldor, que Maglor compuso antes de perderse.

No obstante, la mayor parte de los Noldor logró escapar, y cuando cesó la tormenta, mantuvieron el rumbo, algunos en barco y otros por tierra; pero el camino era largo y a medida que avanzaban sobrevenían nuevos males. Después de haber marchado largo tiempo en la inmensa noche, llegaron por fin a los confines septentrionales del Reino Guardado, en los bordes del desierto baldío de Araman, que eran montañosos y fríos. Allí vieron de pronto una figura oscura, de pie sobre una roca, que contemplaba la costa desde lo alto. Dicen algunos que era el mismo Mandos, y no un heraldo de Manwë de menor cuantía. Y oyeron una voz alta, solemne y terrible que les ordenó detenerse y prestar oídos. Todos se detuvieron entonces y permanecieron inmóviles, y de extremo a extremo de las huestes de los Noldor se escuchó la voz que pronunciaba la maldición y la profecía denominada la Profecía del Norte y el Hado de los Noldor. Mucho se predijo en palabras oscuras que los Noldor sólo comprendieron cuando sobrevinieron los males; pero todos oyeron la maldición pronunciada contra los que no quisieran quedarse ni solicitar el juicio y el perdón de los Valar.

—Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercaran Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas. Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo. El juramento los impulsará, pero también los traicionará, y aun llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir. A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos.
"Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos. Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado nieguen por vosotros. Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven. Los Valar han hablado.
Los que acompañaron a Fëanor -de buena gana o no por sus motivos propios o por lealtad- tuvieron varias ocasiones de volverse atrás, pues los Valar sucesivamente fueron perdonando y recibiendo a los que se arrepentían, a medida que los hechos de Fëanor se volvían más desatinados o feroces. Sin embargo, hubo grandes príncipes que no amaban a Fëanor y que, a pesar de todo y eso, no volvieron atrás, ni aceptaron ni pidieron el perdón de los Valar.

Galadriel, entre ellos.
Entonces muchos se lamentaron; pero Fëanor endureció su corazón y dijo: —Hemos hecho un juramento y no a la ligera. Lo mantendremos. Se nos amenaza con muchos males y no es el menor de ellos la cobardía: pero hay algo que no se dijo: que padezcamos hoy de cobardía, de pusilanimidad o de miedo a la pusilanimidad. Por tanto os digo que seguiremos adelante, y este destino pronostico: que los hechos que hagamos serán temas de muchas canciones hasta los últimos días de Arda. Pero a esa hora Finarfin abandonó la marcha, y se volvió con pena y amargura contra la Casa de Fëanor, y esto por causa del parentesco que lo unía a Olwë de Alqualondë; y muchos de los suyos fueron con él entristecidos, y tomaron el camino de vuelta, hasta que contemplaron una vez más el rayo distante de la Mindon sobre Tuna, que aún brillaba en la noche; y así llegaron por último a Valinor. Allí recibieron el perdón de los Valar y se le dio a Finarfin el gobierno del resto de los Noldor en el Reino Bendecido. Pero los hijos de Finarfin no estaban con él, pues no quisieron abandonar a los hijos de Fingolfin; y todo el pueblo de Fingolfin siguió adelante, aun sintiéndose empujado por la gente de su propio linaje y por la voluntad de Fëanor, y temiendo enfrentar el juicio de los Valar, pues no todos eran inocentes de la Matanza de Alqualondë. Además Fingon y Turgon eran audaces y de fiero corazón y detestaban 'abandonar cualquier tarea iniciada por ellos mismos antes del amargo final, si amargo había de ser. De modo que la mayor parte de la hueste siguió adelante, y pronto el mal que había sido predicho empezó a operar.
Tampoco volvieron atrás cuando la traición de Fëanor fue a sus propios aliados.
Entonces Fingolfin, al ver que Fëanor lo abandonaba, para que pereciese en Araman o regresara avergonzado a Valinor, se llenó de amargura; pero ahora deseaba como nunca llegar de algún modo a la Tierra Media y volver a encontrarse con Fëanor. Y él y sus huestes erraron afligidos mucho tiempo, pero sintiendo que el valor y la resistencia se les acrecentaban con las penurias; porque eran un pueblo poderoso, los primeros hijos inmortales de Eru Ilúvatar, aunque recién llegados del Reino Bendecido y no sujetos todavía a las fatigas de la Tierra. El fuego de la juventud ardía en ellos, y conducidos por Fingolfin y sus hijos, y por Finrod y Galadriel, se atrevieron a penetrar en lo más crudo del norte; y al no hallar otro camino enfrentaron por fin el terror del Helcaraxë y las crueles montañas de hielo. Pocas de las hazañas que con posterioridad llevaron a cabo los Noldor superaron en penuria o dolor esa desesperada travesía.


Y así fue como llegó Galadriel a la Tierra Media, finalmente.

lunes, 25 de mayo de 2009

Niebla (VIII)

No se puede sin los textos, eso es claro.

Una parte substancial de esta cuestión depende de lo que el propio Tolkien dice sobre Galadriel y sobre otros asuntos que se relacionan con ella, directa o indirectamente. Otro asunto es lo que creo que dice y hasta por qué lo dice.

Pero sin textos, nones.

Desde hace días los miro y los repaso, una y otra vez. Más me doy cuenta, entonces, de que es poco menos que imposible exponer -y fundar- el punto sin recurrir a ellos. No sirve suponer que todo el mundo los conoce o los tiene frescos en la memoria. Además, en estas materias, una injusticia es la cosa más fácil del mundo.

Ya tendré que ir desgranando esos textos, pues.

Con todo, tal vez se pueda ir adelantando con algunas preguntas, porque precisamente las respuestas están -creo que están- en los textos.

Tal vez la primera pregunta sea ¿por qué Galadriel fue a la Tierra Media? ¿Por qué quería ir a la Tierra Media?

A poco andar por la respuesta uno se pregunta si el amor de los Valar por los Primeros Nacidos, influye de alguna manera notable en los Elfos. Ciertamente que cada Vala eligió alguno de los linajes primeros de los Elfos y en ellos volcó su sabiduría y su habilidad peculiar. En realidad, esa afinidad es también parte de la música que ellos compusieron aunque no entendieran del todo o no supieran completamente qué componían. Por otra parte, es cierto también que en Cuiviénen los Primeros Nacidos despertaron a Arda y a Eä. Y Cuiviénen está en la Tierra Media.

Tal vez después, y remontando las preguntas, se hará necesario saber si los Valar y los Elfos se enamoran de sus obras y de las cosas plantadas en Eä y particularmente en Arda, con un amor no siempre recto. No tenemos más respuestas inmediatas que las que da Tolkien. Y Tolkien muestra que sí, que casi todos (casi todos...) lo han hecho.

Ni habría que preguntar si bien y grandeza son inseparables. Pues no lo son. Pero sí podría preguntarse cuánto de la grandeza importa en el bien. Y se dice bien aquí en cuanto a conocer, querer, gustar y obrar el bien. Y entendiendo además la grandeza no solamente como condición, sino también como obstáculo. El asunto importa especialmente porque, en los Días Antiguos que son la raíz de los hechos posteriores, casi exclusivamente nos topamos con seres grandes. Pero además, qué duda cabe, Galadriel es grande.

En tren de preguntas ascendentes, también importa conocer la relación de los Primeros Nacidos con Eru. Como es imprescindible saber cuánto saben los Valar y los Elfos acerca de los Hombres y de los designios que Ilúvatar tiene para ellos. Y lo que piensan y sienten ambos al respecto, además.

En este mismo sentido, es importante recordar lo que Ilúvatar pensó y quiso para los propios Elfos, en particular respecto de su relación con las cosas y respecto de su inmortalidad, incluso aun cuando esto último no estuviera relacionado directamente con la muerte, el específico don de Ilúvatar a los Hombres, tal como lo llama crípticamente Tolkien.

Y termino aquí esta ronda de preguntas, pero con un texto a este respecto, que figura al final del primer capítulo del Quenta Silmarillion:
Ahora bien, todo se ha dicho de cómo fueron la Tierra y sus gobernantes en el comienzo de los días, antes de que el mundo apareciese como los Hijos de Ilúvatar lo conocieron. Porque los Elfos y los Hombres son Hijos de Ilúvatar; y como no habían entendido enteramente ese tema por el que los Hijos entraron en la Música, ninguno de los Ainur se atrevió a agregarle nada. Por esa razón los Valar son los mayores y los cabecillas de ese linaje antes que sus amos; y si en el trato con los Elfos y los Hombres, los Ainur han intentado forzarlos en alguna ocasión, cuando ellos no tenían guía, rara vez ha resultado nada bueno, por buena que fuera la intención. En verdad los Ainur tuvieron trato sobre todo con los Elfos, porque Ilúvatar los hizo más semejantes en naturaleza a los Ainur, aunque menores en fuerza y estatura; mientras que a los Hombres les dio extraños dones.

Pues se dice que después de la partida de los Valar, hubo silencio, y durante toda una edad Ilúvatar estuvo solo, pensando. Luego habló y dijo: —¡He aquí que amo a la Tierra, que será la mansión de los Quendi y los Atani! Pero los Quendi serán los más hermosos de todas las criaturas terrenas, y tendrán y concebirán y producirán más belleza que todos mis Hijos; y de ellos será la mayor buenaventura en este mundo. Pero a los Atani les daré un nuevo don.

Por tanto quiso que los corazones de los Hombres buscaran siempre más allá y no encontraran reposo en el mundo; pero tendrían en cambio el poder de modelar sus propias vidas, entre las fuerzas y los azares mundanos, más allá de la Música de los Ainur, que es como el destino para toda otra criatura; y por obra de los Hombres todo habría de completarse, en forma y acto, hasta en lo último y lo más pequeño.

Pero Ilúvatar sabía que los Hombres, arrojados al torbellino de los poderes del mundo, se extraviarían a menudo y no utilizarían sus dones en armonía; y dijo: —También ellos sabrán, llegado el momento, que todo cuanto hagan contribuirá al fin sólo a la gloria de mi obra.

Creen los Elfos, sin embargo, que los Hombres son a menudo motivo de dolor para Manwë, que conoce mejor que otros la mente de Ilúvatar; pues les parece a los Elfos que los Hombres se asemejan a Melkor más que a ningún otro Ainu, aunque él los ha temido y los ha odiado siempre, aun a aquellos que le servían.

Uno y el mismo es este don de la libertad concedido a los hijos de los Hombres: que sólo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto; a donde, los Elfos no lo saben. Mientras que los Elfos permanecerán en el mundo hasta el fin de los días, y su amor por la Tierra y por todo es así más singular y profundo, y más desconsolado a medida que los años se alargan. Porque los Elfos no mueren hasta que no muere el mundo, a no ser que los maten o los consuma la pena (y a estas dos muertes aparentes están sometidos); tampoco la edad les quita fuerzas, a no ser que uno se canse de diez mil centurias; y al morir se reúnen en las estancias de Mandos, en Valinor, de donde pueden retornar llegado el momento. Pero los hijos de los Hombres mueren en verdad, y abandonan el mundo; por lo que se los llama los Huéspedes o los Forasteros. La Muerte es su destino, el don de Ilúvatar, que hasta los mismos Poderes envidiarán con el paso del Tiempo. Pero Melkor ha arrojado su sombra sobre ella, y la ha confundido con las tinieblas, y ha hecho brotar el mal del bien, y el miedo de la esperanza. No obstante, ya desde hace mucho los Valar declararon a los Elfos que los Hombres se unirán a la Segunda Música de los Ainur; mientras que Ilúvatar no ha revelado qué les reserva a los Elfos después de que el Mundo acabe, y Melkor no lo ha descubierto.

domingo, 24 de mayo de 2009

Niebla (VII)

Si hay algo que queda claro para cualquier lector más o menos atento de Tolkien, es que desde el más excelso Vala hasta el hobbit o enano más insignificante, cualquiera de los seres inteligentes creados, puede fallar, llegado el caso y según y conforme.

Otro aspecto de los escritos de Tolkien concomitante con el anterior y que no requiere demasiada perspicacia, es que el tono de sus obras trasunta el aire de un mundo cruzado por altas cuestiones, en tiempos antiguos o más recientes. Algo grave y serio pasa en el mundo, algo muy serio. En algún sentido, las cosas más serias parecen haber ocurrido al comienzo del tiempo, pero signando lo que viene, aunque los que vienen no alcancen a darse cuenta de ello. También ocurren cosas graves en los tiempos contemporáneos a la Guerra del Anillo, pero sabemos -se sabe- que casi todas ellas vienen desde ayeres profundos en los que han comenzado a crecer como semillas de un árbol que se ha vuelto coposo y complejo, demasiado como para que nos lo imaginemos cuando apenas era una semilla o un planta joven. Y demasiado como para que podamos distinguir dónde comienzan sus ramas y cuáles son las de otros árboles vecinos, más jóvenes o menos significativos. Sin embargo, en cada edad, en cada tiempo de los tiempos, cada quien debe vérselas con sus propias decisiones y una parte substancial de lo que ocurra, dependerá más de esas decisiones que de las extensas raíces de la historia. Por cierto que, ante seres que viven a lo largo de varias edades y tiempos, las cosas son o podrían resultar algo diferentes.

En El Señor de los Anillos, creo que magistralmente, se refieren asuntos -y muchos de ellos cantados en canciones antiguas y sabias- cuyo significado para el lector es a veces tan difuso, y hasta oscuro, aunque siempre grave, como podría serlo para cualquier hobbit de la Comarca. Magistralmente, también, el hecho de que el punto de vista de la historia que transcurre sea el de la mirada hobbit, obliga al lector a situarse en esa perspectiva y a adoptar la mirada mítica que Tolkien propone y que sirve como amplificador de los hechos presentes y en cierto sentido como velo de los más antiguos, a los que una mirada hobbit no entendería necesariamente.

Creo que en buena medida depende de esto último el hecho de que veamos a los personajes más altos -y en particular ahora a los Elfos- tal y como los vemos al oír la historia de aquella Guerra del Anillo, un episodio que está al final de una serie de hechos de larguísimas y profundas raíces. Elrond, Gandalf, Aragorn; la casa de Gondor, las mazmorras oscuras de Mordor, las rencillas entre hombres, elfos, enanos; traiciones antiguas, grandezas inmemoriales, espectros y luces de épocas cuya distancia está a miles de años. Todos asuntos que, como en un vórtice poderoso y vertiginoso, vienen a dar a la historia de una 'casualidad' de un hobbit aventurero como Bilbo y a una otra 'casualidad' todavía mayor en la vida de un pacífico hobbit algo soñador, como Frodo. Siempre nos queda la casi certeza de que no hay tales casualidades, claro.

Es también así el caso de Galadriel. Y así la vemos, no tanto como salida del pasado, sino como si nosotros fuéramos de algún modo hacia él, o como si el tiempo en torno a ella suspendiera el tiempo de todas las cosas, y, a la vez, nada tuviera mancha o defecto en su torno, o como si en su ámbito estuviéramos "dentro de una canción", diría Sam. Creo que en sordina, como en un misterioso segundo plano, el caso de su esposo Celeborn, quien, pese a que es indiscutiblemente el Señor de Lórien y obra en consecuencia en los capítulos dedicados a Lórien en la obra, parece representar menos que la Dama. O, menos notable aún, como en el caso de Círdan, errante constructor de naves. De todos ellos -y en algún sentido de Elrond también-, sobrevivientes de un tiempo completamente otro, tenemos en El Señor de los Anillos, si no me equivoco mucho, una impresión fortísima de seres casi angélicos, tan lejanos a nuestra experiencia como altísimos y hondos y viejos en el tiempo. Aunque viejos tal vez no sea la palabra y debería decir antiguos. Su majestad y poder, apenas visibles por sí, están más vislumbrados que patentes, y son a la vez menguante poder y melancólico poder y nostálgica majestad; vemos, a la vez, como un aura que los distancia y los eleva a un ámbito que ni soñamos podría ser el de nuestra percepción de las cosas cotidianas y mucho menos el de nuestra vida corriente. Salvo que ellos nos los mostraran, como ocurre especialmente en el caso que Tolkien mismo eligió: el de Galadriel.

Como digo, ni Círdan, ni Celeborn, ni siquiera, diría, el propio Gandalf o aun incluso Saruman, tienen el aura terrible con que Tolkien vistió a Galadriel en El Señor de los Anillos. Y a Lórien con ella. Terrible, por cierto, se dice aquí como Rilke dice en sus Elegías que todo ángel es terrible.

Dos asuntos más, al fin y como un mero apunte que debería retomar más adelante, relacionados con lo que vengo diciendo más atrás. Y se refieren específicamente a quién es Galadriel y qué representa. Y también, por supuesto, con lo que Tolkien nos ha dicho sobre ella en sus obras.

Por una parte, está aquello que Aragorn proclama sobre la Dama, cuando Boromir dice que no confía demasiado en ella ni en lo que se propone.

-¡No hables mal de la Dama Galadriel! -dijo Aragorn con severidad-. No sabes lo que dices. En ella y en esta tierra no hay ningún mal, a no ser que un hombre lo traiga aquí él mismo. Y entonces ¡que él se cuide! Pero esta noche y por vez primera desde que dejamos Rivendel dormiré sin ningún temor. ¡Y ojalá duerma profundamente y olvide un rato mi pena! Tengo el cuerpo y el corazón cansados.
Por otra parte, están las dos canciones que le oímos cantar a Galadriel en estos episodios del Libro Segundo, ya al final de la estancia de la Compañía en aquel Bosque que ella custodia. Antes de invitarlos al festín de despedida, se acerca por el río la barca con los señores de Lórien y la Dama viene cantando.
Triste y dulce era el sonido de la voz de Galadriel en el aire claro y fresco.

He cantado las hojas, las hojas de oro, y allí crecían hojas de oro;
he cantado el viento, y un viento vino y sopló entre las ramas.
Más allá del sol, más allá de la luna, había espuma en el mar,
y cerca de la playa de Ilmarin crecía un árbol de oro, y brillaba
en Eldamar bajo las estrellas de la Noche Eterna,
en Eldamar junto a los muros de Tirion de los Elfos.
Allí crecieron durante largos años las hojas doradas,
Mientras que aquí, más allá de los Mares Separadores,
corren ahora las lágrimas élficas.
Oh Lórien. Llega el invierno, el día desnudo y deshojado;
las hojas caen en el agua, el río fluye alejándose.
Oh Lórien. Demasiado he vivido en estas costas
y he entretejido la elanor de oro en una corona evanescente.
Pero si ahora he de cantar a las naves, ¿qué nave vendrá a mí,
qué nave me llevará de vuelta por un océano tan ancho?
Más tarde, antes de que el Río Grande dé una curva y se pierdan para siempre de vista Lórien y la Dama, Frodo oye que ella canta su Namárië, aquel lamento del que Tolkien dice:
...Ahora ella cantaba en la antigua lengua de los Elfos de Más allá del Mar, y Frodo no entendía las palabras; bella era la música, pero no le traía ningún consuelo...

Ai! Laurië lantar lassi súrinen
yéni únótimë ve rámar aldaron!
yéni ve lintë yuldar avánier
mi oromardi lissë-miruvóreva
Andúnë pella, Vardo tellumar
nu luini yassen tintilar i eleni
ómaryo airetári-lírinen.

Sí man i yulma nin enquantuva?

An sí Tintallë Varda Oiolossëo
ve fanyar máryat Elentári ortanë
ar ilyë tier undulávë lumbulë
ar sindanóriello caita mornië
i falmalinnar imbë met,
ar hísië untúpa Calaciryo míri oialë.
Sí vanwa ná, Rómello vanwa, Valimar!

Namárië! Nai hiruvalyë Valimar!
Nai elyë hiruva! Namárië!
La traducción es ésta:
¡Ah! ¡Como el oro caen las hojas en el viento,
e innumerables como las alas de los árboles son los años!
los años han pasado como sorbos rápidos
de dulce hidromiel en las altas salas
de más allá del Oeste, bajo las bóvedas azules de Varda
donde las estrellas tiemblan
en la voz de su canción sagrada y real.

¿Quién me llenará ahora de nuevo la copa?

Pues ahora la Iluminadora, Varda, la Reina de las Estrellas,
desde el Monte Siempre Blanco ha elevado sus manos como nubes
y todos los caminos se han ahogado en sombras
y la oscuridad que ha venido de un país gris se extiende
sobre las olas espumosas entre nosotros,
y la niebla cubre para siempre las joyas de Calacirya.
Ahora se ha perdido, ¡perdido para aquellos del Este, Valimar!

¡Adiós! ¡Quizá encuentres a Valimar!
¡Quizá tú la encuentres! ¡Adiós!


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Está la conocida dicción de Tolkien recitando, en Quenya, la lengua de los Altos Elfos, el Namárië de Galadriel. En la Carta 144, dice del Quenya, y creo que con toda razón oyéndolo:
En realidad, podría decirse que, sobre la base del latín, se la ha compuesto con otros ingredientes (principales) que me producen placer "fonoestético": el finlandés y el griego. Sin embargo, (esta lengua) es menos consonántica que cualquiera de las tres.

Niebla (VI)

No hay que hablar in extenso de los Valar (Los que tienen poder) los grandes y poderosísimos Ángeles, los Ainur (Los Sagrados). Y aunque también en ellos la grandeza y el bien pueden tener un conflicto -allí está Melkor para probrarlo-, no se trata de ellos aquí. Tampoco de los Maiar (Valar menores), ni de los Istari (Magos). Entre ellos también grandeza y bien truenan a veces, como en el gran Curunír-Saruman, pero eso es otra historia.

En realidad, y a propósito de Galadriel, la mirada va hacia los Primeros Nacidos y, especialmente, a los Eldar, Elfos de los tres primeros linajes y, de entre ellos, en particular al linaje al que pertenece la Dama de Lórien, los Noldor -los Elfos Profundos- y aun de entre ellos hacia aquellos -como ella misma- que vieron la luz de los Árboles en Aman, los llamados Altos Elfos o Elfos de la Luz, porque de ellos son los que partieron de Aman hacia la Tierra Media, desobedeciendo los mandatos de los Valar y siguiendo a Fëanor, poderoso príncipe de los Noldor.

En Quenya, Noldo significa "el Sabio" y se aclara que sabio se dice allí en el sentido de poseer conocimiento, no sagacidad o solidez de juicio.

Por su parte, y el dato vale algo, a todos los Elfos se los llamó Quendi, aquellos que hablan con voces, y Quenya a la lengua común de todos ellos, tal como la hablaron en Valinor y, en tiempos muy antiguos, en la Tierra Media, adonde la llevaron los Noldor.

Valinor es el reino de los Valar en Aman, aquella tierra bendecida y libre de mal (eso significa) en el Occidente, más allá del Gran Mar, adonde los Valar vivieron cuando salieron de Almaren, su primera morada en Arda, una isla en un gran lago en medio de la Tierra Media, y de la que salieron hacia Aman cuando Melkor embistió a la creación por segunda vez.

Finalmente, alguna precisión lateral. Eä es el universo material. En élfico significa "es" o "sea" y es la palabra con la que los Elfos traducen la pronunciada por Eru (El Único) Ilúvatar (Padre de todos) cuando el mundo empezó su existencia. Por su parte, Arda (el Reino), es el nombre de toda la Tierra como reino de Manwë, el primero de los Valar, llamado también Súlimo, esto es, El Rey Mayor. A su vez, importa saber que en Quenya se llamaba Melkor (El que se Alza en Poder) al gran Vala rebelde que en los orígenes había sido el más poderoso de los Ainur y con su resistencia a Eru y su rebeldía primera inició los males. Fue, precisamente y tan luego, Fëanor quien comenzó a llamarlo Morgoth ("El Enemigo Negro" o "El Señor Oscuro") cuando Melkor le arrebató a los Noldor los Silmarils, envenenó a los Dos Árboles de Valinor y huyó hacia la Tierra Media, que fue la ocasión en la que los Noldor decidieron ir tras él, desobedeciendo el mandato de Manwë.

Y es este episodio el que nos pone finalmente otra vez frente a Galadriel.


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Estas aclaraciones están mejor dichas en las obras de Tolkien y nos las recuerdo aquí porque crea que los lectores de Tolkien no las conozcan o no tengan acceso a ellas, sino porque haría mal en suponer que los lectores de esta bitácora son necesariamente lectores de Tolkien. Aunque, si ese fuera el caso, y a mi juicio, ganarían mucho al ser lectores de Tolkien y no necesariamente de esta bitácora.

Niebla (V)

Por lo pronto, no viene mal distinguir.

Un asunto es que le haya tomado a Lev Aleksandrovich Zander apenas una parte del título de su obra Dostoïevsky. Le problème du bien (Taina dobra: dobra problema tvorchestve Dostoevskogo) y que todavía ni me haya enterado de qué va el libro en cuestión. No creo que se ofenda.

Otro asunto es que esa parte del título se me haya mezclado con Galadriel, por mera yuxtaposición física de volúmenes en un viaje de tren un día de niebla, aunque tal vez nada sea tan casual enteramente y detrás de nuestras elecciones haya más caminos que los que ve nuestra pobre mirada.

Y otro asunto todavía es que, con esa mezcla algo fortuita entre manos, ensaye algunas relaciones temáticas que no necesariamente están en la realidad inmediata y a primera vista. Pero me pregunto si no es así como ocurren las cosas, en general, de modo que al final sabemos si acaso por qué comenzaron.

El caso es que no sé si para cuando murió Lev A. Zander, que publicó su libro en 1946 en París, emigrado ruso como era, habrá sabido algo de El Hobbit, de 1937. ¿Habrá conocido, en 1954, El Señor de los Anillos, inquieto y viajero como era? No lo sé. Y quizá no haga falta agregar por ahora una línea más de dispersión a estos devaneos.

En cuanto a mí, aquí estoy y aquí me quedo por ahora, mientras Zander -dicho sea con respeto- espera sin remedio que me ocupe un poco más de la Dama de Lothlórien.

Porque, ahora que lo voy viendo, podría pasar que este asunto de Galadriel ya no significara sólo un ejemplo del problema del bien. Tal vez haya un subcapítulo aquí respecto de la grandeza que ya no se refiere a Galadriel sino directamente a Tolkien. O tal vez sea al revés, y el problema del bien aparece en este caso y en el propio Tolkien como una derivación del problema de la grandeza.

Por otra parte, está lo que concierne a la mismísma Dama. Y allí hay que decir que si no existiera esa indefinición en el carácter que Tolkien fue imaginando para ella, especialmente por lo que dice en esa Carta 353 del fin de sus días, y que no coincide con todo el resto de lo que ha dicho sobre Galadriel (ni en otras cartas, ni El Señor de los Anillos ni en el Silmarillion), tal vez la cuestión tendría menos interés, y esto dicho, sin embargo, teniendo ya suficiente interés en relación con el problema del bien, precisamente, aun cuando Galadriel sólo fuera lo que se dice en El Señor de los Anillos y la impresión que nos llevamos de ella sea la que tenemos al verla en ese texto.

Pero, algo más.

ver

Hay que decir, creo, a propósito de esto, que aun tal vez mirando sólo su aparición en El Señor de los Anillos y comparándola con lo que de ella se dice en los capítulos 9 y 14, por ejemplo, del Quenta Silmarillion, podemos advertir que Tolkien ha procedido de un modo extraño en el caso de esta mujer.

Si no estoy muy equivocado, en el caso de Galadriel hay como dos figuras, insisto, aun cuando no incluyéramos en absoluto los bocetos de la Carta 353, en la que de penitente pasa a ser inmaculada. Si fuera así, lo que vemos en la Carta 353 no sería sino el final de algo y no un cambio absoluto de dirección. Aunque si fuera realmente el final, sería un final sorprendente y en algún sentido incongruente.

Las advertencias de Christopher Tolkien respecto de las dificultades para consolidar un texto y conformarlo, creo que me son innecesarias en este caso. Ya lo sé: ya sé que la coherencia completa y racionalmente impecable solamente se encuentra en la realidad real -más allá de que podamos advertir esa coherencia o no- y no en una obra literaria. Y mucho más cuando uno se enfrenta a un autor que está en la difícil tarea de establecer un mundo como completo en el que transcurren las historias, misterios y aparentes inconsistencias incluídos. Y que solamente tiene una vida de hombre para hacerlo.

Tampoco estoy mirando directamente la mente -y el corazón- de Tolkien y tratando de adivinar sus intenciones y la máquina de su pensamiento y de su subcreación.

Tal vez, si tuviera que decir qué estoy haciendo (y no tengo por qué decirlo, si se entiende...), diría que voy yendo de cosa en cosa, tratando de entender qué significa, qué contiene y en cuánto me valen todas ellas para ver, pensar y entender estas cosas y otras cosas que de algún modo están contenidas en ellas, Tolkien incluso.

No se crea que, por ejemplo, no estoy hablando de política también. O de la Iglesia. O de tantas otras cosas que me son cercanas y hasta propias, tanto como de otras que me son ajenas y no me tocan en ningún sentido.

Cada hombre es un solo hombre, con una inteligencia capaz de hacerse de algún modo todas las cosas y con hambre de entender las cosas y también la sintaxis de las cosas, su significado y su relación en distintos planos. Aun en aquellos planos en los que parece a primera vista que no tienen relación alguna.

Pero esto mismo, se sabe, es tan fructuoso como peligroso. Y siempre difícil.

Sin ir más lejos, el propio Tolkien no se cansa de decir que los Elfos mismos, los Primeros Nacidos, con su belleza y luz a cuestas, con su inmortalidad y su poder a cuestas, aun ellos tenían una tal voracidad de conocer de tal modo todas las cosas y de obrar con ellas. Y una capacidad inconmensurable de amar las cosas que conocían y hacían. Superior a la de los Hombres, dice. Pero no es lo único que dice de ellos.

Tal vez, y precisamente, Galadriel es un ejemplo viviente del cuidado que hay que tener con las cosas grandes.

De modo que, a cuidarse -digo y me digo-, mientras uno va por allí mirando y tratando de ver y diciéndose a sí mismo que es eso lo que quiere y busca. Porque de esa voracidad y de ese amor vinieron a ellos, los Elfos, tanta gloria en sabiduría y obras como penas, infortunios, orgullos terribles y hasta desesperación.

Cosa que puede pasarle a cualquiera, esté mirando a ver si ve qué significa el problema del bien o qué es en realidad de verdad una simple mosca.

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Es claro que para quien no ha leído las obras de Tolkien, muchas si no la totalidad de estas elucubraciones tienen que parecerle ruso arcaico, además de serle por sí mismas completamente superfluas o abstrusas.

Si así es, no hace falta que se tomen el trabajo de leer a Tolkien para entender de qué estoy hablando. Olviden todo este asunto.

Menos una cosa, por cierto: leer a Tolkien.

viernes, 22 de mayo de 2009

Niebla (IV)

Frodo y Galadriel hablan, apenas él ha visto el Espejo y, en él, cosas que habría preferido no saber.

En ese momento, Galadriel le revela al Portador que ella es la depositaria de uno de los tres anillos de los Elfos, Nenya, al que llaman el de Diamante. En realidad, el anillo era de mithril y tenía una piedra blanca de suave luz. En Quenya, su nombre significa agua.

Los otros dos anillos de los Elfos eran Vilya (que significa aire o cielo) y que Gil Galad le dio a Elrond. Era de oro y y tenía una piedra azul; era, además, el más poderoso. Finalmente, estaba Narya, llamado el anillo de Fuego y que fue el que Círdan le dio a Gandalf cuando éste llegó a la Tierra Media. En Quenya, el nombre significa sol.

Sauron había participado en la forja de los tres. Si recuperara el Único, los gobernaría a los Tres, esclavizándolos como a los demás. Pero si el Único fuera destruido, los Tres perderían su poder y su virtud, y las obras hechas con y por ellos empalidecerían hasta desaparecer.

Sauron no sabe dónde están los anillos de los Elfos.
-Él lo sospecha -le dice Galadriel a Frodo- pero no lo sabe aún. ¿Entiendes ahora por qué tu venida era para nosotros como un primer paso en el cumplimiento del Destino? Pues si fracasas, caeremos indefensos en manos del Enemigo. Pero si triunfas, nuestro poder decrecerá, y Lothlórien se debilitará, y las mareas del tiempo la borrarán de la faz de la tierra. Tenemos que partir hacia el Oeste o transformarnos en un pueblo rústico que vive en cañadas y cuevas, condenados a olvidar y a ser olvidados.
Frodo bajó la cabeza.
-¿Y vos qué deseáis?
-Que se cumpla lo que ha de cumplirse -dijo ella-. El amor de los Elfos por esta tierra en que viven y por las obras que llevan a cabo es más profundo que las profundidades del mar, y el dolor que ellos sienten es imperecedero, y nunca se apaciguará. Sin embargo, lo abandonarán todo antes de someterse a Sauron, pues ahora lo conocen. Del destino de Lothlórien no eres responsable, pero sí del cumplimiento de tu misión. Sin embargo desearía, si sirviera de algo, que el Anillo Único no hubiese sido forjado jamás, o que nunca hubiese sido encontrado.
-Sois prudente, intrépida y hermosa, Dama Galadriel -dijo Frodo-, y os daré el Anillo Único, si vos me lo pedís. Para mí es algo demasiado grande.
Galadriel rió de pronto con una risa clara.
-La Dama Galadriel es quizá prudente -dijo-, pero ha encontrado quien la iguale en cortesía. Te has vengado gentilmente de la prueba a que sometí tu corazón en nuestro primer encuentro. Comienzas a ver claro. No niego que mi corazón ha deseado pedirte lo que ahora me ofreces. Durante muchos largos años me he preguntado qué haría si el Gran Anillo llegara alguna vez a mis manos, ¡y mira!, está ahora a mi alcance. El mal que fue planeado hace ya mucho tiempo sigue actuando de distintos modos, ya sea que Sauron resista o caiga. ¿No hubiera sido una noble acción, que aumentaría el crédito del Anillo, si se lo hubiera arrebatado a mi huésped por la fuerza o el miedo?
"Y ahora al fin llega. ¡Me darás libremente el Anillo! En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche! ¡Hermosa como el Mar y el Sol y la Nieve en la Montaña! ¡Terrible como la Tempestad y el Relámpago! Más fuerte que los cimientos de la tierra. ¡Todos me amarán y desesperarán!
Galadriel alzó la mano y del anillo que llevaba brotó una luz que la iluminó a ella sola, dejando todo el resto en la oscuridad. Se irguió ante Frodo y pareció que tenía de pronto una altura inconmensurable y una belleza irresistible, adorable y tremenda. En seguida dejó caer la mano, y la luz se extinguió y ella rió de nuevo, y he aquí que fue otra vez una delgada mujer elfa, vestida sencillamente de blanco, de voz dulce y triste.
-He pasado la prueba -dijo-. Me iré empequeñeciendo, marcharé al oeste y continuaré siendo Galadriel.

Permanecieron largo rato en silencio. Al fin la Dama habló otra vez.
-Volvamos -dijo-. Tienes que partir en la mañana, pues ya hemos elegido y las mareas del destino están subiendo.
-Quisiera preguntaros algo antes de partir -dijo Frodo-, algo que ya quise preguntárselo a Gandalf en Rivendel. Se me ha permitido llevar el Anillo Único. ¿Por qué no puedo ver todos los otros y conocer los pensamientos de quienes los usan?
-No lo has intentado -dijo ella-. Desde que tienes el Anillo sólo te lo has puesto tres veces. ¡No lo intentes! Te destruiría. ¿No te dijo Gandalf que los Anillos dan poder de acuerdo con las condiciones de cada poseedor? Antes que puedas utilizar ese poder tendrás que ser mucho más fuerte y entrenar tu voluntad en el dominio de los otros. Y aun así, como Portador del Anillo y como alguien que se lo ha puesto en el dedo y ha visto lo que está oculto, tus ojos han llegado a ser penetrantes. Has leído en mis pensamientos más claramente que muchos que se titulan sabios. Viste el Ojo de aquel que tiene los Siete y los Nueve. ¿Y no reconociste el anillo que llevo en el dedo? ¿Viste tú mi anillo? -preguntó volviéndose hacia Sam.
-No, Señora -respondió Sam-. Para decir la verdad, me preguntaba de qué estaban hablando. Vi una estrella a través del dedo de usted. Pero si me permiten que hable francamente, creo que mi amo tiene razón. Yo desearía que tomara usted el Anillo. Pondría usted las cosas en su lugar. Impediría que molestasen a mi padre y que lo echaran a la calle. Haría pagar a algunos por los sucios trabajos en que han estado metidos.
-Sí -dijo ella-. Así sería al principio. Pero luego sobrevendrían otras cosas, lamentablemente. No hablemos más. ¡Vamos!


Sí, señora: Mejor, vamos...

Porque por ahora se me hace suficiente con estos diálogos como para pensar sobre el problema del bien.

Si Frodo fracasa, caen. Si Frodo triunfa, desaparecen.

Está raro. Pero algo hay que ver allí.

No hay apuro.

El problema del bien. Sí.

El asunto es que vemos apenas como en un espejo y no es el Galadriel.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Niebla (III)

El problema del bien, eso es.

¡Qué asunto descomunal!

El problema del mal tal vez lo resuelva cualquiera, si tiene ciencia, virtud, coraje. Y Gracia.

Pero el problema del bien es otra cosa.

Más lo miro, más me parece que Tolkien -un poco a oscuras, me parece- entrevió en las historias de los grandes y de los buenos el problema del bien, o entrevió que había allí un problema que siempre parece quedar sin resolver enteramente. No digo que esté mal, digo por lo pronto que los asuntos de los buenos son más difíciles de resolver que los asuntos de los malos.

Gandalf, Arwen, los altos elfos, los señores de Gondor, el propio Frodo si uno lo mira fijamente, son más complejos en sus negocios con el bien que con el mal. Y Galadriel también.

¿Qué querrá decir esto, si esto es así como creo?

Los viajeros están a punto de dejar Lothlórien, ese fragmento de tierra bendecida, tan inquietante como nimbada de grandeza y belleza. La Dama Galadriel los despide y le da a cada quien un regalo a propósito de quién es cada uno. Los diálogos en torno a cada presente están sembrados de filosos contrapuntos. Imperdibles, matizados.

Se embarcan, navegan ya por el río y Galadriel -apenas una luz a la distancia ya, apenas "un cristal caído en el regazo de la tierra" a la vista de los viajeros- canta su Namárië a tantas cosas y, en los versos del final, a Frodo, quien, tras una curva del río Grande, deja de ver la luz de Lórien, aquel hermoso país que ya no verá más. Todos lloran.

De todos los viajeros, el enano Gimli es el único a quien la Dama le dio a elegir su regalo: un cabello, pidió él. Ella le regaló tres.

Sobre la barca, sollozando, es precisamente Gimli quien tiene allí algunas de las palabras tolkienianas sobre un aspecto notable del 'problema del bien'. No tiene todas las palabras. Y no es el único que tiene palabras para eso. Pero al salir de Lórien, al menos advierte una parte del asunto. A lo enano, claro.

-Mi última mirada ha sido para aquello que era más hermoso -le dijo a su compañero Legolas-. De aquí en adelante a nada llamaré hermoso si no es un regalo de ella.
Se llevó la mano al pecho.
-Dime, Legolas - continuó-, ¿cómo me he incorporado a esta Misión? ¡Yo ni siquiera sabía dónde estaba el peligro mayor! Elrond decía la verdad cuando anunciaba que no podíamos prever lo que encontraríamos en el camino. El peligro que yo temía era el tormento en la oscuridad, y eso no me retuvo. Pero si hubiese conocido el peligro de la luz y de la alegría, no hubiese venido. Mi peor herida la he recibido en esta separación, aunque cayera hoy mismo en manos del Señor Oscuro. ¡Ay de Gimli hijo de Glóin!
-¡No! -dijo Legolas-. ¡Ay de todos nosotros! Y de todos aquellos que recorran el mundo en los días próximos. Pues tal es el orden de las cosas: encontrar y perder, como le parece a aquel que navega siguiendo el curso de las aguas. Pero te considero una criatura feliz, Gimli hijo de Glóin, pues tú mismo has decidido sufrir esa pérdida, ya que hubieras podido elegir de otro modo. Pero no has olvidado a tus compañeros, y como última recompensa el recuerdo de Lothlórien no se te borrará del corazón, y será siempre claro y sin mancha, y nunca empalidecerá ni se echará a perder.
-Quizá -dijo Gimli-, y gracias por tus palabras. Palabras verdaderas sin duda, pero esos consuelos no me reconfortan. Lo que el corazón desea no son recuerdos. Eso es sólo un espejo, aunque sea tan claro como Kheled-zâram. O al menos eso es lo que dice el corazón de Gimli el Enano. Quizá los Elfos vean las cosas de otro modo. En verdad he oído que para ellos la memoria se parece al mundo de la vigilia más que al de los sueños. No es así para los Enanos.


Pobre Gimli.

Tal vez, si supieras lo que has visto te consolarías algo más y algo mejor. Y no fue ni la Dama Galadriel ni sus cabellos de oro. Al menos has visto que las palabras de Legolas son verdaderas, pero las palabras verdaderas de Legolas no te reconfortan.

Lo que el corazón desea no son recuerdos. Claro. Y es precisamente uno de los problemas del bien en este valle, querido y valiente enano. Tal vez, si no estuvieras tan hecho una sola cosa con las cosas de Arda, no tener las cosas de Arda te sería más feliz y te reconfortaría. Y aun no tener las cosas que aquí ves y no son de aquí, querido Gimli hijo de Glóin. Aun eso te daría más alegría.

Ah, Gimli, si pudieras entender qué alegría hay en el dolor por la luz y la alegría.


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No, de ningún modo. No puedo decir en absoluto que esto lo diga el bueno de Zander, hablando sobre el problema del bien en Dostoievsky. No puedo decir en absoluto nada sobre lo que Zander dice allí. Todavía ni abrí el libro. Esto que digo corre por mi mismísima cuenta. No hay que castigar al ruso. Es cosa mía.

Niebla (II)

Se pasó la noche. Se me dio por quedarme esperando ver si veía la niebla. Verla no sé si crecer, bajar, subir. ¿Qué hace la niebla?

Pero, nada de nada. Típico. Casi ni frío hizo.

Entre la ventana y yo, incólume, silencioso, paciente, estaba mirándome el Dostoïevsky. Le problème du bien, de Zander; en medio de otros papeles, se apilaban unos apuntes para ver más de cerca la cuestión Galadriel que toma cuerpo y se desvanece. Asunto un poco inasible, qué puedo decir. Hay algo en el modo que tiene Tolkien de pensar, de ver, de elaborar las historias con lo que ya me he topado alguna vez y siempre me deja un poco inquieto.

Cada vez que levantaba la vista hacia il buio della notte tenía que cruzarme con Dostoïevsky. Le problème du bien. Hasta que advertí que no era casual, ni holístico. Escrutaba un punto determinado: eso de Le problème du bien.

¿El bien, un problema?

Si dijera Le problème du mal uno tal vez reposara más tranquilo, es más natural.

Decepcionado con la no niebla, tuve que admitir al fin que la cuestión Galadriel y Le problème du bien eran como dos caras de la misma cosa, sin saber del todo cómo.

A esa altura ya me hacía gracia el que ni siquiera hubiera abierto el libro y que dialogara con él como si nos conociéramos desde chicos.

Pero sí. Cuando la niebla ya daba ausente sin aviso, me pareció entender que ese dolor de bien que rodea a la Dama de Lórien, y que hay que ver todavía de qué se trata, es un problema y que en parte es un problema del bien.

Es difícil entender eso en alpargatas, por más mate y tabaco negro que acompañe a uno. Pero hay que ver lo difícil que puede llegar a ser mezclado con sagas nórdicas, elfos rebeldes y runas y ortodoxos rusos pensando en ruso, cosas más o menos rusas al modo ruso.

Es verdad también que a las 03:30 casi todo es, para mí al menos, como si fuera ruso.

De modo que, después de todo, algo de niebla hubo.

martes, 19 de mayo de 2009

Niebla

Niebla absoluta estos días, las mañanas en niebla. En la estación sonaban hoy las campanas de las barreras y no se sabía, fantasmagóricamente, de dónde llegaba el tren. Frío húmedo. Otoño, al fin. Al fin.

Atrasos, gentíos. Hubo que dejar pasar dos trenes. Pero el tercero, un falso rápido, parsimonioso, cálido y semivacío, era más que vivible.

Había llevado dos libritos para el viaje. Uno de un ruso, L.-A. Zander, y su Dostoïevsky. Le problème du bien, que estaba en gateras desde hace unos meses y no me le animaba. El otro, un regalo de fin de año: David Colbert y su Los mundos mágicos de El Señor de los Anillos, título y presentación festivalera para un librito desparejo, aunque... Es una especie de 'todo lo que usted siempre quiso saber sobre...', pero lleno de amagues y guiños de toda suerte, versación sobre la obra, erudición de divulgación, incluso no pocos guiños religiosos y católicos, de lo más extraños en ese contexto.

Arranqué entonces por allí, por el más liviano. Hasta que a poco llegué al capitulito ¿Qué vio Tolkien en Galadriel? ¿A ver...?

La madre, la Madre, la Madre Tierra, Isis, Gea, Maya, Ceres, Deméter, la Virgen María y, finalmente, más bien María Magdalena...
Es como una célebre penitente de la Biblia, María Magdalena, una pecadora que llegó a aceptar a Cristo y le acompañó en sus últimos días. Y, al igual que María Magdalena, Galadriel recibe el perdón de los Valar cuando ven que rechaza el ofrecimiento de Frodo (del anillo único, se entiende...)

Caray.

No. No me arruinó el viaje, en modo alguno. Pero, digo yo, ¿qué dirá Tolkien?

En la Carta 345, John Tolkien dice que Galadriel es la mujer de más importancia que se nombra en El Señor de los Anillos, y se entiende que lo diga porque además es la más noble de los elfos en la Tierra Media de la Tercera Edad.

Ahora bien, en la Carta 320 dice que era una penitente en la Tierra Media y en la Carta 297 y las notas que la completan explica en parte de qué modo y por qué su penitencia está cumplida al final, razón por la que la vemos embarcarse hacia Valinor, con Frodo y Bilbo entre otros, cosa que tenía prohibida desde fines de la Primera Edad; entre ambas cartas se delinea someramente la causa de tal penitencia: su participación en la rebelión que encabezó Fëanor, príncipe de los Noldor, uno de los tres reinos elfos, del que era también princesa Galadriel. El Valar había prohibido cruzar el mar y volver a la Tierra Media a guerrear con Morgoth y hubo elfos -casi todos Noldor- que desobedecieron; así se transformaron en los Exiliados. Se sabe, por otra parte, que ella es la única sobreviviente de las posteriores Guerras de las Grandes Joyas, cuando fue el robo de los Silmarils y los Noldor se alzaron en armas contra Morgoth y fueron a la batalla.

(Gente notable este pueblo élfico de artesanos y hacedores de alfabetos, notables sus grandezas y sus debilidades. Curiosamente, o no tanto, entre los tres reinos élficos, los Noldor son los que peor se llevan con los enanos, precisamente porque comparten intereses...)

Pero volvamos a Galadriel.

Porque, por otra parte, en la Carta 353, Tolkien dice que Galadriel estaba inmaculada.

Veamos los textos centrales:
Creo que es verdad que este personaje debe mucho a la enseñanza cristiana y católica acerca de María y de la presentación de su imagen, pero en realidad Galadriel era una penitente: en su juventud, una conductora de la rebelión contra los Valar (los guardianes angélicos). A fines de la Primera Edad, rehusó orgullosamente el perdón o el permiso de volver. Fue perdonada por su resistencia a la tentación definitiva y abrumadora de coger el Anillo para sí. (Carta 320, 25 de enero de 1971).
En un borrador de agosto de 1967, dice:
A los Exiliados se les permitió volver (una vez que Morgoth fue vencido con la ayuda de los ejércitos que enviaron los Valar, por los ruegos que les dirigió Eärendil), salvo unos pocos de los principales actores de la rebelión, de los cuales en tiempos de El S. de los A. sólo quedaba Galadriel. (Carta 297).
Pero es el caso que, un mes antes de morir, el 4 de agosto de 1973, Tolkien escribió a Lord Halsbury:
Tenía intención de tratar a Galadriel y la cuestión de cómo dan a luz los Elfos; he pensado mucho ambas cosas. Pero no debo demorar ya el envío de esta carta de gratitud...

Galadriel estaba "inmaculada": no había cometido malas acciones. Era enemiga de Fëanor. No llegó a la Tierra Media con los demás Noldor, sino de manera independiente. Sus motivos para desear ir a la Tierra Media fueron legítimos, y se le habría permitido partir si no hubiera sido por el infortunio de que la rebelión de Fëanor estalló antes de ponerse en camino, y ella quedó involucrada en las medidas desesperadas adoptadas por Manwe, y la prohibición de toda inmigración.
(Carta 353).

Y sí: niebla...

No sé. Tal vez debería haber atacado el Dostoïevsky. Le problème du bien. En ruso, claro.

Tengo que ver a ver qué se ve, si se ve.

lunes, 18 de mayo de 2009

Pioggia (III)

Y, finalmente, le lacrime.

Porque hay lágrimas y lágrimas, claro.

Habría que ver si es posible llorar de otro modo que no sea solo. Se me hace que aquello que está cifrado en las lágrimas, así metafórica y universalmente dichas, es algo que sólo es de un hombre solo. Podrá haber lágrimas colectivas y lágrimas colectivas hay, por cierto. Pero, no tanto. No se puede.

Si son de pena o de alegría, el talante de cualquier dolor es personalísimo, como el tono de cualquier gioia.

Lágrimas de tristeza, lágrimas de arrepentimiento, de desesperación, de angustia. Lágrimas del que sufre la historia, la pobreza o el mal. Lágrimas del que se siente lejos de casa. Lágrimas del que pena la patria aturdida, postrada. Lágrimas de miseria del alma, de miseria de las cosas, de los hombres, de miserabilidades y pequeñeces. El dolor por el dolor de un hijo, por la muerte de un amigo, lágrimas de desamparo; las lágrimas del apartado, del rechazado. Lágrimas de soledad, finalmente.

Soledad de las lágrimas.

Como los varones y mujeres de Ilión, que dice Homero, que lloraban sobre las murallas mientras Aquiles arrastraba a su crédito de ellos, el noble Héctor finado. Pero a la vez cada uno lloraba por lo de cada quien.

Sin embargo, pienso que tal vez parte de la soledad de las lágrimas viene de no entender, o de no saber, que alegría y lágrimas no son contradictorios, necesariamente. Y no pienso en las lágrimas de alegría. Ni en la alegría de las lágrimas. Pienso en la vida, en la vida humana nacida contingente y después indigente. En lo que nos ha sido dado y en lo que nos falta, vivido a la vez. En la misma mirada que ve lo que hay y lo que no hay, a la vez. Pienso en la vida con sus tonos varios y cambiantes y todos luciendo a la vez. Y en la convivencia a medias pacífica entre los dolores más hondos y el gozo más hondo.

Conformidad y dolor. Nostalgia y alegría. Incluso a veces, y a Dios gracias, sonrisa y lágrimas sobre lo mismo y por lo mismo. Aunque parezca extraño. Vean y verán.

Tantos nombres tienen las lágrimas y el dolor. Y tantos de esos nombres son nombres justos –no todos, claro, no todos...–, y son lágrimas ésas que ennoblecen al piangente. Tanto que algunas de esas lágrimas son de dolores para atesorar, dolores para resguardar.

Por cierto que más que ninguna otra cosa buscamos, al fin, ser felices, claro que sí. Pero no sabemos mucho ni del fin ni de la felicidad, después de todo. Y el entretanto de lágrimas se nos así hace un asunto difícil.

Incluso, con frase que no es mía, desperdiciando el dolor.

Y aun desperdiciándolo de un modo criminal y estúpido, por hacer de él un objeto estético, un objeto de exhibición. Raro, sí, pero frecuente.

Francesco De Gregori, amigo y compagno de Fabricio De Andrè –y en los ’70 y después, setentista como él–, escribió para mediados de aquella época una canción famosa –en Italia, claro– que se llama Santa Lucia.

Es una curiosa preghiera laica, como les gusta decir, en la que el autor le pide cosas a santa Lucía, con algunos de los tics infaltables en esos cruces con las cosas del cielo y de la tierra, que no son exclusivos de los tanos de sinistra, qué va...

Sin embargo, -y miren lo que son las cosas...- al final, en la última estrofa, volvemos a la pioggia y a la solitudine. Pero no son iguales los versos del romano a los versos del genovés.

En el último ruego, hablando de los pobres que ríen y aun cantan en medio de su pobreza, De Gregori le pide a la santa:
Fa che gli sia dolce anche la pioggia nelle scarpe, anche la solitudine...

(Haz que les sea dulce también la lluvia en los zapatos, también la
soledad...)

domingo, 17 de mayo de 2009

Pioggia (II)

Dicho lo cual, tal vez habría que mirar un poco el asunto ése de
per non piangere da solo
Y no tanto -se entiende- por el piangere como por el da solo.

Suena un poco duro tener que esperar la lluvia porque no tiene uno con quien llorar.

La mirada más inmediata, y casi obvia, diría que el hombre es un zoón politikón y su natura le pide otro. Una mirada menos obvia tal vez exige definir mejor qué significa exactamente 'otro'.

Podría también uno preguntarse cuán solo está el hombre cuando no está con otro. O también si siempre está solo el hombre que no está con otro. Y aún podría decirse -¿cómo no?- que cierta soledad no sólo es buena sino necesaria al hombre. Como también que no todas las soledades son para llorar, sino, algunas cuantas, para un gozo inefable y hasta intransferible.

En cualquier caso, no creo que se trate aquí de estar solo en medio de esas ausencias más nominales que reales. Como cuando alguien viaja y otro espera que vuelva, mientras ambos saben que existe otro.

Es claro que hay ocasiones terribles en las que el hombre parece indescriptiblemente solo. Cuando es llamado a la existencia, cuando muere. Pero también cuando toma decisiones y obra libremente.

Pero, hasta donde entiendo, solo tal vez signifique aquí la pura y dura soledad de no tener a alguien en ningún sentido. ¿Es posible esto? ¿No es una exageración, una hipérbole de la soledad? ¿Existe realmente eso?

Me gusta, en cierto modo y no poco, la idea de que un hombre crea o sienta que la lluvia le es compañía, siquiera para llorar. Porque es verdad que, bien mirado, todo lo que es, es una presencia; y esto sin necesidad de recurrir al tarado animismo ramplón y fácil de los que hablan con el gato, la luna, las piedras o las flores divinizadas, sin saber lo que tocan cuando manosean esas cosas.

Pero, de verdad dicho, creo que no existe la pura soledad, la pura distancia de uno respecto de cualquier otro, de otro que sea una persona. Creo que sí existe la experiencia subjetiva de esa distancia, digamos infinita, entre alguno y un otro. Pero, insisto, creo que no existe la distancia objetiva, la distancia real con algún otro personal.

Lo que tal vez sí podría pasar es que no prestara uno suficiente atención, que fuera tan sí mismo-que fuera tan en sí mismo- que se le escapara cualquier presencia de otro. O podría pasar que no entendiera qué significa otro. O aun podría ocurrir que cualquier presencia le quemara de tal modo el alma a alguno que rechazara siquiera la suposición de la presencia y a eso llamara soledad. Incluso, podría pasar que la cuestión estuviera en la mera elección, de modo que nadie es otro sino aquel que quiero presente y que sin esa presencia, toda presencia es nadie.

Casas más, casas menos, todos esos y otros del estilo, son modos algo sofisticados de injusticia.

De Andrè, con todo, dice otra cosa allí. Este mundo nuestro hace soledades, terrores de soledad, páramos de soledades. Crece en número de otros y hace crecer la distancia entre unos y otros, todo a la vez. Y es verdad, en cierto modo. Y digo en cierto modo porque el espíritu, en rigor de verdad, nunca está solo en sentido absoluto. Claro que reduciendo el espíritu a la mínima expresión, ahogándolo, matándolo, ya es otra cosa y así sí que parecerá posible esa soledad. Claro. Salvo que el espíritu muere sólo secundum quid, es decir, nunca muere.

También hay poses de soledad, claro que sí. Hay refracciones impostadas. Hay apartamientos mañosos o enfermos. Miedos, odios, frustaciones y locuras que se encubren así o se refugian en esa soledad; y hasta viceversa, de algún modo. Y hay romanticismos a la violeta de un amargor cuidadosa y trabajadamente carpido, regado y almibarado; como hay dolores hasta cierto punto reales algunos y otros impostados, que son o terminan siendo al cabo simplemente ombligos omnipresentes, abismos de mismidad.

Simone Weil asocia la desgracia -y lo que ella entiende por tal cosa- con la mayor distancia entre el desgraciado y cualquier otro y, en consecuencia, con la mayor soledad. De otros y de Otro.

Pero, a la vez, el ejemplo por excelencia de ese horror es Cristo.

Pioggia

Dediqué algún tiempo de estos días a cierta música italiana, diciamo strana. Como si dijera un poco de prolongado setentismo musical italiano de cantautores, qué tanto y ya que estamos: Branduardi, De Gregori, Guccini, Battiato, Giuni Russo, ed altri.

En una canción bizarra y sarcástica, Il bombarolo de Fabrizio De Andrè (dedicada a una especie algo más amarga de Bombita Rodríguez...), oí estos dos versos al pasar
c'è chi aspetta la pioggia
per non piangere da solo

(hay quien espera la lluvia
para no llorar solo...)
que además de causarme una simpática impresión poética, soltaron una catarata de caras en tropel; gentes que, por un motivo u otro, aprovechan, digamos así, la lluvia para llorar. Y que así se note menos o no se note il pianto. Que no parezca llanto sino, quién sabe, altas y hondas preocupaciones, de traza universal. Servicios desinteresados a la humanidad, sedienta de un poco de luz, de verdad y de guía espiritual. Una especie de llanto paradigmático y sanador.

Un llanto que valga lo que una lluvia, tal vez.

O será tal vez siquiera que estarán buscando ellos mismos notarlo lo menos posible. O un poco de rebuscado narcisismo. Ya que voy a llorar, que parezca una lluvia benéfica.

¿Será así?

¿Valdrá la pena?

Los versitos, con todo, son buenos. La imagen, también. Lo demás, menos.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Hay un murmullo en el mundo



Hay un murmullo en el mundo
que no nos deja dormir.
Es tan arrullo del aire
que apenas se hace sentir.
Y vaga en nieblas de nada,
colmillo de hincar y herir
sin sangre. Grito en silencio
que aturde y va por ahí;
humo de sombras que bailan
y reverberan. Matiz
que oscurece lo que es claro
y a lo negro hace lucir.

Hay un murmullo en el mundo
que ronda en la tarde gris,
melancólico y sonriente
como si fuera feliz.
Llena de flores las ramas:
lavanda, azahares, jazmín;
y verdea hojas que aroman.
Pero seca la raíz.

Hay un murmullo en el mundo
que me quita lo que di
y mata lo que está vivo
y da confín al sin fin.

Hay un murmullo en el mundo
que no nos deja vivir
y apaga el canto del ave
que querríamos asir;
lo vuelve en acres chirridos
hasta hacerlo un ruido ruin;
y hasta el polvo vuelve amargo;
y, tenebroso al urdir,
hace mentiras de todo
lo que se pueda decir.

Hay un murmullo en el mundo
que destila un zumo vil
trapichado en las memorias
que sólo saben plañir,
y que gime con falsía
como si fuera a sufrir;
un jugo falso de anhelos
que escancian un elixir
que embriaga días y noches
con una risa infeliz.

Hay un murmullo en el mundo
que nos envuelve en su ardid
y se complace sangrando
heridas como al desliz,
dudas, rencores, agobios
o cualquiera cicatriz
o fantasmas que laceran
y otras tantas penas mil.

Hay un murmullo en el mundo
que nos quiere ver morir.
Rumor de tantos acentos,
delicia cruel y sutil
que canta, con voz que encanta,
lánguidas coplas de esplín.
Quejumbre vaga, insidiosa,
fría y opaca y reptil.

Hay un murmullo en el mundo
que sólo sabe encubrir.
Y no sabe de las cosas
ni las puede bendecir:
el agua, la tierra fértil,
el fuego, el aire gentil.
Voces huecas que desdeña,
y no quiere para sí.
Sólo pronuncia sus nombres,
solemne son baladí.

Hay un murmullo en el mundo
que a veces quiere rugir
y blande su faca inútil
roída por el orín:
mandobles que da al vacío,
argucia vana y hostil;
y aunque no corta desgarra
por su modo de esgrimir:
vaina que rasga hasta el alma
con su susurro esmeril,
que es voz para hacer esclavos
hasta doblar su cerviz.

Hay un murmullo en el mundo
que, solícito y febril,
nos cuece manjares rancios,
prodigios de su magín:
venenos dulces y astutos
que quiere vernos fruir.
Uvas que dan malos vinos
porque son de mala vid,
panes que nunca alimentan
de un insípido festín.

Hay un murmullo en el mundo.


Ya se dejará de oír.